COMENTARIOS A LA SEGUNDA LECTURA OPTATIVA
1 Jn 03, 01-02. 21-24

1.

El c. 3 de 1 Juan puede ser definido como el capítulo de la moral que nace de la Pascua. Dios nos ha hecho hijos en el Hijo, la vida del cristiano es consecuencia de ello. En los vv. 1-2 el autor considera al cristiano en su realidad concreta de persona que vive en estrecha comunión filial con el Padre y con el Hijo; y ello porque es "hijo", objeto del amor paterno de Dios. Pero el carácter itinerante de nuestra existencia hace que nuestra comunión con Dios no sea vivida todavía de una manera plena. El pecado nos continúa acechando día tras día. En la situación definitiva de la escatología, entonces se manifestará plenamente nuestra filiación con Dios.

En los vv. 21-24 se dan los criterios cristianos para saber si verdaderamente se vive según el amor de Dios: consisten en ver si, como Cristo, se da la vida por los hermanos, es decir, si se ama a los hermanos con los hechos y de verdad, si se observan los mandamientos. Somos hijos de Dios, entramos a formar parte de la Familia de Dios en la medida en que reproducimos en nosotros las actitudes vitales de Jesús de Nazaret.

JORDI LATORRE
MISA DOMINICAL 1991, 17


2. El Padre nos llama hijos de Dios, y lo somos. El texto expone un punto que ya ha salido en la primera lectura: Dios concede lo que se le pide. Pero esta afirmación categórica tiene dos explicaciones complementarias. Una que pone una especie de "condición": porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y la otra que hace un doble recorrido: primero, el hecho de ser reconocidos como hijos de Dios; el podernos acercar a él con toda confianza; y el testimonio del Espíritu que nos hace saber que él está en nosotros. Es una unidad que va haciéndose más profunda: reconocimiento-proximidad-interioridad. El autor también propone el sentido inverso: la interioridad divina ya la disfrutamos por el don del Espíritu; la proximidad se juega en la conciencia que no acusa; el reconocimiento todavía no se ha manifestado en su plenitud. La vida del cristiano, pues, es una vida que avanza hacia la manifestación que aquí equivale casi a "identificación" (seremos semejantes a él). Según el autor, el "mundo" avanza hacia otro tipo de "identificación".

El pleno sentido del cumplimiento de los mandamientos (para poder ser escuchados en nuestras peticiones) radica en creer en el nombre de su Hijo, Jesucristo, es decir, aceptar su amor. Nos identificamos con él cuando nos amamos los unos a los otros. El amor (los mandamientos) sólo pueden proceder de un conocimiento mutuo que nos hace ver a Dios y a los otros tal como son. También nosotros mismos nos descubrimos tal como somos.

J. MARÍN RAMÓN
MISA DOMINICAL 1997, 16, 27-28