COMENTARIOS A LA SEGUNDA LECTURA
Col 3. 12-21

 

1. BAU/SANTIDAD

En Cristo, Dios convoca a su pueblo y a su familia. Es un pueblo en el que ya no hay diferencias entre esclavos y libres, gentiles y judíos, mujeres y hombres..., pues todos somos hermanos en JC que es el Primogénito del Padre. Somos un pueblo "santo", es decir, separado por Dios y para Dios. Pero esta santidad objetiva que todos recibimos en el bautismo al ser constituidos en hijos de Dios, exige la santificación de cada uno de nosotros y la edificación de la comunidad. La comunidad, esto es, la convivencia de los creyentes, se construye si todos ellos procuran tener los mismos sentimientos que Cristo y se revisten de misericordia entrañable, de bondad, de humildad... Pablo señala cinco virtudes fundamentales para la convivencia y las contrapone a otros tantos vicios que la impiden y de los que es preciso despojarse (cf. v. 8).

Pero el Apóstol sabe muy bien que siempre habrá pegas y pecados en la vida comunitaria. Por eso será siempre necesario el perdón. También en esto debemos ser imitadores de Cristo, el Señor, que a todos nos ha perdonado. El perdón de Cristo es el fundamento y el motivo del perdón que nos debemos los unos a los otros.

El amor es lo que da coherencia y perfección a todas las virtudes. Es también lo que mantiene a todos en la unidad, y la culminación de la vida comunitaria.

Sólo cabe desear ahora que los fieles, bien trabados como un solo hombre, reciban la paz a la que han sido convocados.

Cristo es "nuestra paz" (Ef 2. 14). Él habita por la fe en el corazón de cada creyente y, por lo tanto, en el corazón de la comunidad. Es aquí donde ejerce su arbitraje, donde engendra y defiende la buena convivencia. Pero Cristo es "aquella paz que el mundo no puede dar", la paz que Dios nos concede graciosamente.

Por eso la deseamos y la pedimos, por eso damos gracias a Dios cuando la recibimos.

En la eucaristía se expresa toda la riqueza de la convivencia cristiana animada por la presencia de Cristo. Es la fiesta en la que se anticipa el gozo del reino de Dios, que es paz, amor y fraternidad. Pero en esta fiesta no puede faltar la enseñanza mutua y la exhortación, pues la asamblea que la celebra está todavía en camino, y el Señor, que está con nosotros, todavía ha de venir con poder y majestad a reunirnos a todos en la mesa del Reino.

Mientras tanto es justo y necesario que lo hagamos todo en nombre de Jesús y dando gracias al Padre por medio de él. En la medida en que cada cristiano habla y actúa en nombre de Jesús, permanece unido a sus hermanos y la comunidad sigue su acción de gracias en asamblea permanente. No hay separación aquí entre el culto y la vida, entre lo sagrado y lo profano. Todo es, todo debe ser, acción de gracias.

Con gran facilidad se pasa de la vida en la comunidad a la vida en la familia. También la familia humana es familia de Dios, es Iglesia. También en la familia humana se construye la iglesia y se continúa la acción de gracias al Padre por medio de Cristo.

Pablo se dirige a las mujeres y a los maridos, a los padres y a los hijos, y les anima a vivir según conviene "en el Señor".

Aunque en el pensamiento de Pablo subyace el esquema de la familia patriarcal, alienta aquí el nuevo espíritu de la fraternidad cristiana. Es interesante ver cómo Pablo señala también los deberes del marido respecto a su mujer y de los padres respecto a sus hijos.

EUCARISTÍA 1986, 62


2.

Es muy importante tener presente el condicionamiento cultural de estos contenidos éticos para no desorbitar las recomendaciones tomándolas en sentido general, como si ahora mismo hubieran de ponerse en práctica. Sería contrario al sentido del texto como Palabra de Dios tomar las circunstancias históricas concretas tal cual, sin percatarse precisamente de su variabilidad. Lo ético, cuando se ha de concretar en la práctica, está sujeto a estas limitaciones que, por un lado, hacen que sea practicable en el momento determinado en que se describe o dice, pero lo concretan y lo convierten en no aplicable en otras circunstancias en cuanto a sus contenidos detallados. Cuando las circunstancias sociales, culturales, etc, cambian, los principios permanecen, pero sus aplicaciones han de ser concordes con las nuevas situaciones precisamente para que sea efectivas.

Este es el caso con las recomendaciones de los vv. 18 al 21 sobre todo, aun cuando puede verse una tónica general de amor y entendimiento entre los miembros de la familia válida hoy como ayer.

DABAR 1986, 6


3. BI/INTERPRETACION 

La sección Col 3. 5-17 parece ser una instrucción ética impartida en el bautismo, mientras que a partir de 3. 18 nos encontramos con resonancias de las exhortaciones domésticas usuales en el mundo grecorromano. En los dos casos se trata de exhortar a la vida cristiana práctica y cotidiana.

En la primera parte del texto (vv. 12-17) las imágenes son bastante claras y la comprensión general es fácil. Sólo hay que evitar una lectura dulzona o en exceso mitigada de estas palabras que se prestan a un cristianismo atontado o fuera de la realidad. Cada uno ha de verlo en concreto. Las actitudes base están claras. Pero nadie piense que el mensaje quiere que sus receptores sean hombres poco presentes en la vida y reacciones normales de los seres humanos. Así no fue Jesús.

En la segunda parte hay que evitar entender los textos prescindiendo de su encuadramiento histórico. Una interpretación literal, sin tener en cuenta las circunstancias sociales y personales de hace veinte siglos, es la mejor manera de desacreditar los textos bíblicos y hacerlos inservibles. No vale engañarse. Hablar hoy de autoridad de maridos y cosas tales no es válido para familias de finales del siglo XX. Y no sólo porque hayan perdido el sentido cristiano. Sino porque hay que interpretar los textos bíblicos, y cuanto más concretos sean, más vinculados a unas determinadas condiciones culturales. Es preciso tomar el núcleo de la exhortación y aplicarlo a relaciones humanas, matrimoniales, propias de nuestro momento histórico.

Porque no podemos pretender que para ser cristiano haya que prescindir de las legítimas maneras de ser que ha ido produciendo la evolución humana, también querida por Dios. Naturalmente, ello es un poco más difícil que la aplicación fácil y grosera de los textos. Pide una mayor formación y asumir riesgos de interpretar y aplicar. Pero así es la revelación.

Creemos sagradas familias del siglo XX.

F. PASTOR
DABAR 1989, 6


4. I/DOMESTICA 

No va dirigida directamente a la vida familiar, sino a las relaciones en el interior de la comunidad cristiana. Pero la comunidad familiar debe ser un lugar privilegiado para vivir cristianamente las relaciones humanas. Además de lo que hemos dicho anteriormente, recojamos su invitación al perdón: "perdonaos, cuando uno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo". Solamente si nos reconocemos perdonados por el Padre de todos y por el Señor Jesús sabremos perdonarnos.

La segunda parte de esta lectura nos remitiría -aplicada a la familia- al tema de la "Iglesia doméstica" y a la oración familiar, que hoy resulta difícil, a todos los niveles. La última parte sí habla directamente de las relaciones en el seno de la familia, pero en su formulación es tributaria de una concepción que va quedando atrás: la mujer sumisa al marido y los hijos deben obedecer punto por punto a los padres. Andemos con cuidado en no insistir en estas connotaciones socio-culturales, y mucho menos en decir que Dios quiere que las mujeres estén sometidas a sus maridos y que los hijos se limiten a obedecer a sus padres. Fijémonos, en cambio, en la defensa que hace de la parte débil: "maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos".

J. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1982, 24


5. MORAL/SANTIDAD 

Frente a los falsos ídolos que atraen la atención de los hombres se levanta ahora la persona de Cristo, a quien su victoria sobre la muerte sitúa por encima de ellos, como único Señor capaz de llevar a la humanidad a su perfeccionamiento y al mundo a su realización final. Esta primacía de Cristo, tesis esencial de la carta a los colosenses, tiene sus repercusiones en el plano moral. Así, al esfuerzo y a la ascesis impuesta por el culto de los ídolos y la búsqueda de los bienes naturales (2, 16-23), se opone, con una prioridad absoluta, la ascesis que se desprende del reconocimiento de la soberanía de Cristo sobre el mundo (3, 1-4).

a)Se trata, pues, para los cristianos de vivir una moral que sea signo de la soberanía de Cristo sobre la humanidad. De ahí que el pasaje de san Pablo les interpele a ese nivel: aplicándoles los títulos de santos y de elegidos e invitándoles a "revestir" determinados sentimientos propios hasta ahora exclusivamente de Dios (vv. 12-15). La idea de SANTIDAD encierra, ante todo, la idea de separación: Dios era el Santo, en el A.T., porque no tenía nada en común con los hombres, y el pueblo de Israel era santo, a su vez, en la medida en que se singularizaba y se separaba de las demás naciones (Is 4, 3; Dt 7, 6). Pero en JC se ha revelado la santidad de Dios precisamente en comunicación, y su trascendencia se ha manifestado en la inmanencia. Por eso san Pablo puede llamar "santos" a los cristianos en la medida en que comparten el sentido de la comunicación con otro mediante las virtudes de bondad, de perdón, de caridad, de compasión, etc. El testimonio de la soberanía de Cristo sobre el mundo no tiene, pues, nada de superior o de despectivo; al contrario, es comunicación y participación. La mayoría de las palabras utilizadas por san Pablo para caracterizar esa comunicación son palabras que el A.T. reservaba al comportamiento de Dios para con los hombres. La "bondad" y la "dulzura" son sentimientos propios de Dios (Sal 24/25, 6-7; 39/40, 11; 50/51, 1; 68/69, 17; 20/21, 3; 30/31, 20; 64/65, 12; 118/119, 65-68; etc.); y al incorporarlas al actuar del hombre, Pablo indica de qué forma trata Dios de reinar sobre la humanidad. Dentro de esa misma perspectiva es donde el apóstol hace del perdón cristiano y de la paz la reproducción del perdón de Cristo (v.13).

b)Otra aplicación de la soberanía de Cristo se pone de manifiesto en el "estilo de las celebraciones litúrgicas". Pablo les dedica los vv. 16-17. En ellos se descubre el esquema esencial de las reuniones: la proclamación y el comentario de la Palabra de Dios, el canto de los salmos y de los himnos, la acción de gracias en último término (vv. 15b y 17). Pero la liturgia apenas se diferencia de la vida, y Pablo se preocupa con la misma intensidad de la repercusión de la Palabra, de los cánticos y de la acción de gracias en los corazones y las actitudes de la vida cotidiana como de la liturgia en sí.

c)Pablo pasa después a diferentes situaciones humanas: relaciones conyugales y familiares, relaciones entre esclavos y amos. Era un procedimiento normal en la catequesis primitiva enfocar así esas situaciones concretas en las que se desarrollaba la vida de los cristianos para subrayar a la vez las exigencias de la moral común y la originalidad del comportamiento cristiano (cf. Ef 5, 21-6, 9; 1 P 3, 1-7). La lectura litúrgica de este día no recoge más que la primera parte (vv. 18-21): la que trata de las relaciones conyugales y familiares. A primera vista, uno se queda decepcionado por la aparente pobreza de este pasaje. Pablo se limita a reproducir las exigencias más banales de la moral de su tiempo y de su nación: sumisión de las esposas, autoridad amorosa de los maridos, obediencia de los hijos, serenidad de los padres.

Se diría que los cristianos no obran de distinta forma que los demás y no descubren exigencias nuevas. No hacen nada que los demás no hayan descubierto ya. Pero hay dos palabras que san Pablo ha introducido intencionadamente: "en el Señor", que dan a las actitudes que exigen de los cristianos un alcance y una significación nuevas. Al parecer, esta expresión no se entiende del todo más que oponiéndola a otra expresión que es corriente en la pluma de san Pablo (1 Co 15, 21-22; 2 Co 5, 21; Rm 15, 12): "en Adán". No existen dos humanidades diferentes, sino una sola humanidad, animada de la misma esperanza de promoción y de salvación. Pero hay hombres que buscan esa promoción "en Adán", es decir, a base de sólo medios humanos, y eso es el pecado; otros buscan esa promoción "en Cristo", es decir, abriéndose al don de Dios que permite al hombre realizar su proyecto e imitando la justicia de Cristo, capaz de superar el pecado y el fracaso.

El amor conyugal y el amor familiar de los cristianos no están necesariamente en oposición al amor de los no cristianos, sino que los cristianos que tratan de vivir "en Cristo" se saben partícipes de una humanidad nueva en la que la iniciativa de Dios se entronca con el esfuerzo humano para triunfar del pecado y de la muerte, mientras que el hombre que se apoya en sí mismo se expone mucho a ver cómo sus esfuerzos se estrellan contra el fracaso y, en todo caso, contra la muerte.

* * *

Vivir "en Cristo" o "revestirse de Cristo", para emplear dos expresiones características de esta lectura, no consiste en vivir aislados, lejos de los demás hombres. Cristo, en efecto, no hace más que revelar al hombre a sí mismo, y, al mismo tiempo, invitarle a abrirse a la iniciativa de Dios y al ejemplo de la cruz. Vivir en Cristo es, por tanto, intensificar al máximo la vocación de la humanidad y adoptar los medios indispensables -y que provienen de Cristo tan sólo- para llevar adelante ese proyecto.

La asamblea litúrgica, reflejada en el corazón mismo de este pasaje, tiene como finalidad introducir en nuestros corazones esa convicción y esa fe, de tal manera que todos los actos y los gestos de nuestra vida queden constantemente bajo el poder del "nombre de Jesús" (v. 17).

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA I
MAROVA MADRID 1969.Pág. 212


6.

Las frases de la 2ª lectura son fáciles de comprender, dejado aparte, cuando menos, el "mujeres, sed sumisas a vuestros maridos", culpable de provocar hoy en día, las más vivas exasperaciones. La frase no corresponde ya a nuestra representación de la familia; perdonémosla. Procede de una mentalidad acostumbrada a distinguir las cualidades respectivas del hombre y de la mujer, del hombre sobre todo, en tanto que hoy nos sentimos más preocupados por la igualdad. Ambas actitudes parecen menos opuestas que complementarias. En vez de condenarla sumariamente, sería preferible buscar la intuición permanente que inspira una representación caduca en su literalidad. Hoy somos conscientes de lo parciales que son las opciones de nuestra civilización; ¿no convendría valorar a la luz de esta convicción reciente las doctrinas hoy de moda sobre la relación hombre-mujer?.

Hay otras formulaciones que sí captan la atención: el deseo de que la Palabra tenga en la vida de los cristianos un puesto primordial: "que habite entre vosotros", desea el Apóstol... ; el deseo de intercambios fructuosos que favorezcan el mutuo enriquecimiento en los cristianos... ; el sentido del agradecimiento, de la acción de gracias... ; la práctica de la oración cantada, etc. Reflexiones todas ellas que no pueden dejar indiferentes a nuestras comunidades de hoy.

Hay que señalar, en fin, los motivos que fundamentan las exigencias morales enumeradas. Los cristianos tienen una vida "distinta" porque se saben "diferentes": son "elegidos de Dios, pueblo sacro y amado" y desean estar "a la altura" de semejante vocación. Se acuerdan de que "el Señor les ha perdonado", y son por eso más humildes ante las deudas de otros. Son miembros de un mismo cuerpo, y de ahí deducen un sentido muy particular de la comunidad que forman... Se hallan establecidos "en el Señor... en el Señor", repite el autor, que piensa que, instaurados en un estado nuevo, los discípulos de Jesús no pueden vivir ya al modo antiguo.

En una palabra, los cristianos están en relación con el Señor, actuando "en su nombre": de ahí, un comportamiento original ante los hombres y... sobre todo ante Dios.

LOUIS MONLOUBOU
LEER Y PREDICAR EL EVANGELIO DE LUCAS
EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1982.Pág 109


7.

El «uniforme» cristiano: un traje bien cortado para todos los que forman el pueblo de Dios. Repasad uno por uno sus detalles, su estilo, su color, sus adornos. Es realmente un modelo único.

Se enumeran siete virtudes imprescindibles para toda familia y comunidad. Estas culminan en un centro maravilloso, que a su vez da origen a una cascada de otras siete virtudes. El ritmo, pues, sería 7-1-7. Este centro nuclear, en el que todo confluye y vuelve a brotar, es el amor, «ceñidor de la unidad consumada».

El pueblo de Dios es, ante todo, un pueblo amado, una familia nacida de un gran amor. Y los que nacen del amor deben vivir para el amor. Este es el verdadero dinamismo familiar, como se quiere que se entienda la familia.

CARITAS
VEN.../ADVIENTO Y NAVIDAD 1993.Pág. 161


8.

Vida familiar según Dios. Esta carta está escrita durante el primer cautiverio de Pablo en Roma. Comparando su contenido con el de la primera lectura, se advierte un enriquecimiento que le da el ejemplo de Jesús. Traza Pablo un cuadro de la actividad y virtudes familiares según Dios. Todos somos elegidos, amados, de Dios. Somos por ello "santos" con santidad no necesariamente moral, sino ontológica, que deriva del bautismo. En virtud de esa santidad, debemos revestirnos interiormente -no mimetismo exterior- de una serie de virtudes: bondad, humildad, dulzura, comprensión... Son las virtudes sociales que hacen agradable la vida familiar y la convivencia social. Pablo concibe ya la familia como integradora del hombre en la sociedad.

GUTIERREZ Ciclo B.págs. 29


9.

En la exhortación general a la comunidad de Colosas (3, 5-4, 6), Pablo se apoya sobre el carácter de bautizado del creyente e invita a construir un nuevo estilo de comunidad. Y después de la enumeración de los "vicios", viene la de las "virtudes", según un procedimiento literario que se encuentra también en la literatura del judaísmo tardío y en el pensamiento filosófico griego. No se pueden aislar estas cualidades: caracterizan en bloque el actuar del hombre nuevo, de modo que estas virtudes básicas de convivencia adquieren todo su realismo cuando se aplican a la comunidad familiar.

El amor es aquí, como en 1 Cor 13, el don por excelencia. La comunidad cristiana, así como la familia, no tiene otra salida posible que la de un amor realista, traducido en respeto, ánimo, comprensión y colaboración entre todos. El amor es la perfección de todas las virtudes, que las reúne como el vencejo a las espigas para formar un solo fajo.

La "acción de gracias" tiene en esta carta un lugar importante: 1, 12; 2, 7; 3, 15-17; 4, 2. Parece apuntar, más que al sacramento de la eucaristía, a esa situación interna del que cree, por la que va creciendo en una actitud comunitaria cordial y fraterna en el grupo en que vive. De ahí que esta "gratitud" haya que aplicarla a todo aquel grupo o persona que, de una manera u otra, nos acercan más al núcleo del Evangelio. Esta es la verdadera fraternidad y la auténtica familia de creyentes.

EUCA 1992, 60


10.

Se trata de un típico texto de exhortación ética de la tradición paulina. En realidad sigue hasta 4,1, pero dirigido a relaciones entre esclavos y amos de menor aplicación hoy y que tiene dificultades de otro tipo.

Hay recomendaciones generales (v. 12-17) y particulares (v. 18-21). Gran parte del texto es igual al de los catálogos de virtudes de la filosofía popular estoica o del judaísmo rabínico. El contenido es de ética general o de sentido común, vertido en moldes culturales del tiempo. Así el v. 18 refleja la condición femenina y del matrimonio en aquella época. Esto es preciso tenerlo presente para no tomar como palabras de Dios lo que no es sino la forma cultural en que se transmite un contenido de revelación. Lo ético, cuando pasa a lo concreto, está más sujeto a estos condicionamientos culturales que otras partes del mensaje neotestamentario, porque aplica los principios generales a circunstancias históricas definidas. Cuando estas circunstancias cambian por evolución humana, los principios permanecen, pero sus aplicaciones han de adaptarse a las nuevas situaciones, precisamente para ser fieles a la Palabra.

En cuanto a la familia, esta perspectiva es esencial, dado que ha cambiado enormemente respecto a los tiempos primitivos del cristianismo y continuará evolucionando sin duda alguna.

No sería conforme al mensaje evangélico hipostatizar ciertas formas familiares, como si fueran las únicas acordes con tal mensaje. Hay que estar abierto a la evolución, que actualmente en este campo es enorme, dadas las circunstancias científicas y sociales. También las nuevas formas familiares pueden recibir en sí el mensaje del Nuevo Testamento como ha ido pasando desde entonces hasta ahora.

FEDERICO PASTOR
DABAR 1992, 6


11.

Después de haber recordado que, por el bautismo, nos hemos despojado del "hombre viejo", Pablo explica a los cristianos de Colosas en qué consiste el "vestido" propio del "hombre nuevo": en unos sentimientos que, de hecho, son los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

Es importante subrayar la gradación que hace el apóstol, alejada de un espiritualismo desencarnado. Lo primero que pide es que se "sobrelleven" mutuamente: a menudo es un paso imprescindible para poder dar los siguientes. Después viene el perdón, como consecuencia del conocimiento de uno mismo y del ejemplo de Jesucristo: si él nos ha perdonado, también nosotros debemos hacerlo. Y, finalmente, el amor, que es el "ceñidor" de la vestidura nueva de los bautizados y lo que mantiene unidos a todos los miembros del cuerpo.

Pero aún queda una cosa por decir, un pequeño añadido que es consecuencia de saberse amado infinitamente y, a la vez, la posibilidad para la solidaridad y la paz. El agradecimiento es una característica básica del cristiano, que es repetida con insistencia en el párrafo siguiente.

Vienen tres aspectos que deben estar presentes en la vida del hombre nuevo: la "palabra de Cristo", la "enseñanza", la "corrección" y la plegaria gozosa y agradecida. Seguramente encontramos aquí una alusión a la liturgia comunitaria, de la que podemos destacar la participación de todos los miembros de la comunidad, incluso en la instrucción y la amonestación.

Finalmente Pablo habla de las relaciones entre los miembros de la familia considerados débiles (mujeres e hijos) y los tenidos por fuertes (maridos y padres). El apóstol cristianiza preceptos de la moral corriente, añadiendo la fórmula "en el nombre del Señor Jesús".

JM. GRANÉ
MISA DOMINICAL 1992, 16