COMENTARIOS A LA 1ª LECTURA OPTATIVA
Pr 23, 22-25
Durante mucho tiempo se ha creído que la breve recopilación de máximas reunidas en Prov
22, 17-23, 11 hacia el siglo VII era la transposición de una antigua recopilación de
máximas egipcias atribuidas a Amenemope. Esta hipótesis hacía depender una parte de la
sabiduría judía del mundo pagano. Pero parece que, en realidad, la recopilación de
Amenemope no es más que una traducción egipcia de una antigua recopilación hebrea
perdida, pero que el autor de los Proverbios conocía en su texto original. Por tanto, las
influencias han circulado en sentido contrario: Israel ha sido el maestro de sabiduría en
Egipto al menos en este punto, y no al contrario.
Nos encontramos evidentemente en un medio hebreo ilustrado en el que se reclutan los políticos y los funcionarios reales.
Esta burguesía está preocupada ante todo por transmitir a sus hijos la experiencia adquirida en las funciones más elevadas del reino. Se atribuye, por tanto, mucha importancia a la familia para garantizar esa educación y la transmisión de las verdaderas tradiciones. Se da igualmente mucha importancia a la sumisión de los hijos a esa educación para que la familia pueda seguir siendo uno de los puntos clave.
En el marco de esta transmisión de las tradiciones burguesas ha adquirido mucha importancia la enseñanza de la ley, sobre todo después de la reforma deuteronómica (Dt 6, 4-20; 32, 7). Y fácilmente se adivina en este pasaje que se lee hoy la preocupación de los padres por ser escuchados, el respeto a las tradiciones antiguas, las promesas de alegría y de felicidad para los buenos educadores y los buenos discípulos.
La familia es, pues, en Israel la célula esencial del pueblo, la que confiere al hombre la mayor serenidad, rodeándole de un medio solidario, incorporándole a las tradiciones del pueblo y a la historia de la salvación. Pero es también un medio bastante cerrado y bastante conservador, y si muchos textos del Antiguo Testamento desarrollan la idea de una familia que sabe superarse a sí misma, no sucede lo mismo con las máximas burguesas de los Proverbios.
El carácter absoluto de la familia será quebrantado por Jesús, el cual ha preferido siempre los asuntos de su Padre (Lc 2, 42-50) y la voluntad de quien le ha enviado (Mt 12, 50). Y es que la única realidad familiar que puede reclamar una dedicación total es la de la Familia del Padre, abierta a todos los hombres, sin distinción de raza, de sexo o de condición social. De ahí que el ejercicio del amor, de la educación y de las tradiciones en la vida familiar no sea posible sino en cuanto las fronteras de la familia coinciden con las del Reino de la fraternidad universal.
Sin eso, la familia se repliega sobre sí misma y adapta sus propias responsabilidades al paso de las responsabilidades respecto a todos los hombres.
La Eucaristía, al mismo tiempo que agrupa a las familias en torno a ella, las llama a esa conversión y nos presenta la figura de Cristo que no tiene miedo a abandonar a los suyos para salvar a todos los demás.
MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA I
Marova, Madrid
1969 pág. 221
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