HOMILÍA
Durante
la misa de ordenación episcopal de diez presbíteros en la solemnidad de la
Epifanía, 6 de enero
El día 6
de enero, solemnidad de la Epifanía, el Santo Padre confirió la ordenación
episcopal a 10 presbíteros procedentes de Italia (5), República democrática
del Congo (2), República del Congo, Filipinas y Portugal; cuatro de ellos
ejercerán su misión como representantes del Santo Padre en Senegal y
Mauritania, Georgia, Armenia y Azerbaiyán, Papúa Nueva Guinea, y República
democrática del Congo; cinco serán pastores de Iglesias locales en República
del Congo, República democrática del Congo, Italia y Portugal; y el otro
trabajará en la Ciudad del Vaticano como delegado de la Fábrica de San Pedro.
Durante su pontificado Juan Pablo II ha ordenado ya 309 obispos en el curso de
43 celebraciones, de las cuales veintitrés en la solemnidad de la Epifanía; en
tres ocasiones ha ordenado nuevos pastores fuera de la basílica vaticana:
el 4 de mayo de 1980 en Kinshasa (África), donde impuso las manos a ocho
obispos; el 14 de septiembre de 1985, en la catedral de Albano, donde ordenó a
mons. Rigali; y el 25 de abril de 1993 en Shkodër, cuando ordenó cuatro nuevos
obispos para la Iglesia albanesa. En esta ocasión actuaron de co-consagrantes
los arzobispos mons. Leonardo Sandri, sustituto de la Secretaría de Estado, y
mons. Robert Sarah, secretario de la Congregación para la evangelización de
los pueblos. Asistieron al acto numerosos cardenales, arzobispos y obispos,
miembros del Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, y una gran
asamblea de fieles procedentes principalmente de las naciones de origen de los
nuevos prelados y de los lugares en los que ejercerán su ministerio.
La
ceremonia tuvo lugar en la basílica de San Pedro; comenzó a las nueve de la mañana
y terminó poco antes de mediodía. Después del rito de introducción, el
cardenal Giovanni Battista Re, prefecto de la Congregación para los obispos, se
acercó al altar para pedir al Papa "en nombre de la Iglesia católica",
que confiriera la ordenación episcopal a los diez presbíteros elegidos. Estos
respondieron a continuación a las preguntas que les hizo el Santo Padre:
si estaban dispuestos a cumplir el ministerio transmitido por los Apóstoles, a
anunciar con fidelidad y constancia el evangelio de Cristo y custodiar puro e íntegro
el depósito de la fe, a edificar el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, a
prestar obediencia al Sucesor de Pedro, a cuidar del pueblo de Dios, a acoger a
los pobres, a ir en busca de la oveja perdida, a orar incansablemente a Dios
omnipotente. Siguió el canto de las letanías de los santos, el rito de la
imposición de las manos, la imposición del Evangeliario abierto sobre la
cabeza de los ordenandos, la oración de la ordenación, la unción con el
sagrado crisma y la entrega de las insignias episcopales: el Evangelio, el
anillo, la mitra y el pastoral. Durante esta celebración, el Papa pronunció en
italiano la homilía que ofrecemos a continuación traducida al castellano.
1. "Lumen
gentium (...) Christus, Cristo es la luz de los pueblos" (Lumen
gentium, 1).
El tema
de la luz domina las solemnidades de la Navidad y de la Epifanía, que
antiguamente -y aún hoy en Oriente- estaban unidas en una sola y gran
"fiesta de la luz". En el clima sugestivo de la Noche santa apareció
la luz; nació Cristo, "luz de los pueblos". Él es el "sol que
nace de lo alto" (Lc 1, 78), el sol que vino al mundo para disipar
las tinieblas del mal e inundarlo con el esplendor del amor divino. El
evangelista san Juan escribe: "La luz verdadera, viniendo a este
mundo, ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9).
"Deus lux est, Dios es luz", recuerda también san Juan,
sintetizando no una teoría gnóstica, sino "el mensaje que hemos oído de
él" (1 Jn 1, 5), es decir, de Jesús. En el evangelio recoge las
palabras que oyó de los labios del Maestro: "Yo soy la luz del
mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de
la vida" (Jn 8, 12).
Al
encarnarse, el Hijo de Dios se manifestó como luz. No sólo luz externa,
en la historia del mundo, sino también dentro del hombre, en su historia
personal. Se hizo uno de nosotros, dando sentido y nuevo valor a nuestra
existencia terrena. De este modo, respetando plenamente la libertad humana,
Cristo se convirtió en "lux mundi, la luz del mundo". Luz que
brilla en las tinieblas (cf. Jn 1, 5).
2. Hoy,
solemnidad de la Epifanía, que significa "manifestación", se propone
de nuevo con vigor el tema de la luz. Hoy el Mesías, que se manifestó en Belén
a humildes pastores de la región, sigue revelándose como luz de los pueblos de
todos los tiempos y de todos los lugares. Para los Magos, que acudieron de
Oriente a adorarlo, la luz del "rey de los judíos que ha nacido" (Mt
2, 2) toma la forma de un astro celeste, tan brillante que atrae su mirada y los
guía hasta Jerusalén. Así, les hace seguir los indicios de las antiguas
profecías mesiánicas: "De Jacob avanza una estrella, un cetro surge
de Israel..." (Nm 24, 17).
¡Cuán
sugestivo es el símbolo de la estrella, que aparece en toda la iconografía
de la Navidad y de la Epifanía! Aún hoy evoca profundos sentimientos, aunque
como tantos otros signos de lo sagrado, a veces corre el riesgo de quedar
desvirtuado por el uso consumista que se hace de él. Sin embargo, la estrella
que contemplamos en el belén, situada en su contexto original, también
habla a la mente y al corazón del hombre del tercer milenio. Habla al
hombre secularizado, suscitando nuevamente en él la nostalgia de su condición
de viandante que busca la verdad y anhela lo absoluto. La etimología
misma del verbo desear -en latín, desiderare- evoca
la experiencia de los navegantes, los cuales se orientan en la noche observando
los astros, que en latín se llaman sidera.
3. ¿Quién
no siente la necesidad de una "estrella" que lo guíe a lo largo de su
camino en la tierra? Sienten esta necesidad tanto las personas como las
naciones. A fin de satisfacer este anhelo de salvación universal, el Señor se
eligió un pueblo que fuera estrella orientadora para "todos los linajes de
la tierra" (Gn 12, 3). Con la encarnación de su Hijo, Dios extendió
luego su elección a todos los demás pueblos, sin distinción de raza y
cultura. Así nació la Iglesia, formada por hombres y mujeres que,
"reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar
hacia el reino del Padre y han recibido el mensaje de la salvación para proponérselo
a todos" (Gaudium et spes, 1).
Por tanto,
para toda la comunidad eclesial resuena el oráculo del profeta Isaías, que
hemos escuchado en la primera lectura: "¡Levántate, brilla (...),
que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! (...) Y caminarán los
pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora" (Is 60, 1. 3).
4. De
este singular pueblo mesiánico que es la Iglesia, vosotros, amadísimos
hermanos, sois constituidos pastores mediante la ordenación episcopal de hoy.
Cristo os convierte en ministros suyos y os llama a ser misioneros de su
Evangelio. Algunos de vosotros ejerceréis este "ministerio de la gracia de
Dios" (Ef 3, 2) como representantes pontificios en algunos Estados:
tú, monseñor Giuseppe Pinto, en Senegal y Mauritania; tú, monseñor Claudio
Gugerotti, en Georgia, Armenia y Azerbaiyán; tú, monseñor Adolfo Tito Yllana,
en Papúa Nueva Guinea; y tú, monseñor Giovanni d'Aniello, en la República
democrática del Congo.
Otros serán
pastores de Iglesias particulares: tú, monseñor Daniel Mizonzo, guiarás
la diócesis de Nkayi, en la República del Congo; y tú, monseñor Louis
Portella, la de Kinkala, en la misma República del Congo. A ti, monseñor
Marcel Utembi Tapa, te he confiado la diócesis de Mahagi-Nioka, en la República
democrática del Congo; y a ti, monseñor Franco Agostinelli, la de Grosseto, en
Italia. Tú, monseñor Amândio José Tomás, ayudarás, como obispo auxiliar,
al arzobispo de Évora, en Portugal.
Por último,
tú, monseñor Vittorio Lanzani, como delegado de la Fábrica de San Pedro,
proseguirás tu servicio a la Iglesia aquí, en el Vaticano, en esta basílica
patriarcal tan querida para ti.
5. Hace
un año, en esta fiesta de la Epifanía, al final del Año santo, entregué
idealmente a la familia de los creyentes y a toda la humanidad la carta apostólica
Novo millennio ineunte, que comienza con la invitación de Cristo a Pedro
y a los demás: "Duc in altum, rema mar adentro".
Vuelvo a
aquel momento inolvidable, amadísimos hermanos, y os entrego de nuevo a cada
uno este texto programático de la nueva evangelización. Os repito las palabras
del Redentor: "Duc in altum". No tengáis miedo a las
tinieblas del mundo, porque quien os envía es "la luz del mundo" (Jn
8, 12), "el lucero radiante del alba" (Ap 22, 16).
Y tú, Jesús,
que un día dijiste a tus discípulos: "Vosotros sois la luz del
mundo" (Mt 5, 14), haz que el testimonio evangélico de estos
hermanos nuestros resplandezca ante los hombres de nuestro tiempo. Haz
eficaz su misión para que cuantos confíes a su cuidado pastoral glorifiquen
siempre al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 16).
Madre del Verbo encarnado, Virgen fiel, conserva a estos nuevos obispos bajo tu constante protección, para que sean misioneros valientes del Evangelio; fiel reflejo del amor de Cristo, luz de los pueblos y esperanza del mundo.