65 HOMILÍAS MÁS PARA LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
20-26

20.

Los dos evangelistas que narran la infancia de Jesús -Mateo y Lucas-, lo hacen de forma muy distinta; pero ambos coinciden en colocar un signo de contradicción, inmediatamente después de su nacimiento, por medio de los primeros visitantes del recién nacido. Los primeros que reconocen a Jesús no son los que parece sería lógico -los judíos respetables y piadosos, la gente religiosa-, sino personas extrañas al mundo religioso israelita. En Lucas, los primeros visitantes -siguiendo un criterio que marcará todo su evangelio- son unos pobres pastores marginados de la vida de Israel. En Mateo, son unos gentiles los primeros en preocuparse por encontrar a Jesús y en reconocerlo. Mientras, los judíos fieles a Moisés no dan ni un paso en busca del Mesías.

Y es que en la vida lo importante no es qué se es, sino cómo se es; no está en lo que hacemos -importante o sencillo-, sino en cómo lo hacemos. Este pasaje es una nueva llamada de atención a nuestras "seguridades" de cristianos en posesión de la verdad.

El capítulo segundo del evangelio según Mateo se divide en dos partes: la adoración de los Magos es la primera. Distingue dos formas muy distintas de acogida: los Magos, que buscan a Jesús, y Herodes y Jerusalén, que lo rechazan. La segunda nos narra un itinerario, a manera de nuevo éxodo: Belén, Egipto, Nazaret. La narración, en su conjunto, se desarrolla en cuatro escenas: la adoración de los Magos, la matanza de los inocentes, la huida a Egipto y la vuelta de Egipto.

Dos personajes están presentes en las cuatro escenas: Jesús, protagonista principal, y Herodes. Son dos reyes con planteamientos opuestos: Mateo contrapone el poder y la tiranía de Herodes a la debilidad del Niño rey. Cada escena es comentada con una cita del Antiguo Testamento, de forma que el enfrentamiento entre los dos reyes se construye e interpreta a la luz de las Escrituras.

Los personajes que aparecen en este capítulo son figuras representativas. Los Magos representan a los hombres inquietos y deseosos de liberación, a los hombres capaces de reconocer la intervención de Dios en la historia humana y dispuestos a todo para construirla según el plan de Dios; son símbolo de los pueblos paganos que un día abrazarán la fe cristiana, pocos años después de la muerte de Jesús; nos representan a todos los cristianos que no pertenecemos al pueblo de Israel. Herodes y Arquelao se identifican con el poder político, siempre celoso de su hegemonía y temeroso de que alguien se la arrebate; un poder político mentiroso e hipócrita, al que no le importa llegar hasta el asesinato con tal de lograr sus propósitos. El pueblo aparece sometido e identificado con el que manda. Los intelectuales lo saben todo, pero no se molestan en comprobarlo; instalados en sus posiciones de privilegio, no desean ni esperan cambio alguno. Son todo lo contrario que José y María, figuras del resto fiel de Israel.

Tenemos, en pocas líneas, un cuadro que resume la sociedad del tiempo de Jesús, y que podríamos trasladar a la nuestra con sólo cambiar nombres, fechas y lugares.

1. Atentos a los signos de los tiempos

Lo mismo que Jesús expresaba muchas de sus enseñanzas en parábolas, también lo hacían los primeros cristianos. Y así, la exégesis actual opina que la narración de los Magos no es un relato histórico, sino una construcción teológica para presentar una idea de la primera comunidad cristiana: una parábola que expresa el camino que todos debemos recorrer si queremos encontrar a Jesús. En ella, los que vienen de lejos descubren la salvación con inmensa alegría, mientras los poderosos y sabios de Jerusalén no saben hacerlo. Estamos ante una tesis que se hará general a lo largo del evangelio de Mateo: Jesús es rechazado por el pueblo de Dios y es aceptado por los gentiles. Es como si dijéramos: Dios es aceptado por los ateos y agnósticos y rechazado por los creyentes. Este episodio tiene todas las características de una leyenda, con una base sólida que le dio consistencia. Según persuasión del antiguo Oriente, en los países donde se cultivaba la ciencia astrológica -todo el entorno de Palestina-, los movimientos de las estrellas y el destino de los hombres están relacionados; cada hombre tiene su propia estrella. Para ellos, la aparición de una nueva estrella, o la conjunción de dos, significaba un nuevo acontecimiento que llevaría a un cambio en la historia humana. Y la regularidad en la marcha de las estrellas garantizaba la normalidad en la marcha del mundo. De aquí que un acontecimiento importante tenia que ser señalado de algún modo en la marcha de las estrellas. Esto lo entenderán perfectamente los aficionados a los horóscopos.

Como el nacimiento de Jesús era el acontecimiento más importante de la historia humana, debía ser anunciado necesariamente por los astros. En este punto es donde se unen la leyenda y la teología.

No sabemos qué estrella era aquélla. Lo que si sabemos es que el año siete antes de Cristo -coincide con lo dicho a propósito del nacimiento de Jesús unos años antes de nuestra era-, según los astrólogos, tuvo lugar la conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis. El planeta Júpiter era considerado universalmente en el mundo antiguo como el astro del Soberano del universo. Para los astrólogos babilonios, Saturno era el astro de Siria, mientras que para los astrólogos helenos era el astro de los judíos. La constelación de Piscis estaba relacionada con el fin de los tiempos. Ante la conjunción de Júpiter y Saturno, los astrólogos parece que pensaron en el nacimiento, en Judea, del Soberano del fin de los tiempos.

En Qumrán ha aparecido el horóscopo del Mesías, lo que nos indica que también los judíos mezclaban las creencias astrológicas con las esperanzas mesiánicas y especulaban acerca de cuál sería el astro bajo el que nacería el Mesías.

Mateo pudo haberse inspirado en todo esto, o no. Sea lo que sea, el relato bíblico pretende llevarnos más allá, como iremos viendo.

¿Quiénes son los Magos? Son paganos, personas instruidas en cuestiones sagradas, probablemente sacerdotes babilonios o persas, familiarizados con el curso y las apariciones de las estrellas.

Debieron ser astrólogos que hubiesen tenido contacto con el mesianismo judío. Son paganos que buscan y encuentran al Mesías. Dejan su tierra -sus seguridades- y se ponen en camino como Abrahán. Son sabios que no están satisfechos de sus conocimientos y aceptan humildemente la grandeza de Dios, expresada en un recién nacido de un pueblo perdido: "Venimos a adorarlo". Son el símbolo de todas las personas, de todas las razas y culturas que buscan la verdad y el bien.

Expresan la sencillez del camino del bien que exige dejar certezas, valorar a los demás, estar atentos a los signos de los tiempos, como ellos supieron estar atentos a la estrella que les condujo hasta Jesús.

Este primer encuentro de los gentiles con Jesús puede explicarse históricamente por la esperanza de un Salvador extendida por la Mesopotamia e Irán, potenciada por los judíos allí residentes y en las frecuentes peregrinaciones de gentiles, simpatizantes de los judíos, a Jerusalén.

Mateo ha enriquecido la narración con datos bíblicos: profecía de Miqueas (5 1-3), estrella de Jacob (Núm 24,17).

Los nombres de los tres reyes y el simbolismo de los dones son tradiciones que tardaron varios siglos en perfeccionarse. El número de tres se sacó de los dones ofrecidos y es del siglo Vl. En el siglo Vlll reciben los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar.

"En qué sentido puede llamarse a Jesús "rey de los judíos"? En la genealogía hay una referencia: Jesús desciende del rey David. Pero entre David y Jesús se interponen el destierro a Babilonia, el fin del reino de David, la pérdida de todo el prestigio político. Jesús es rey, pero sin corona, sin poder; es rey de un "reino que no es de este mundo" (Jn 18,36).

Los Magos preguntan en Jerusalén. Los judíos no se han percatado del nacimiento del nuevo rey; los paganos, sí. Son éstos los que anuncian su nacimiento al pueblo elegido. Herodes "se sobresaltó" ante el temor de un competidor. Tiene razón para sobresaltarse: Jesús es muy peligroso para lo que él vive y representa. La pregunta estremece a la ciudad, que quizá tiembla por miedo a nuevas medidas de terror. Ante la noticia, Jerusalén tiene la misma reacción que el rey tirano; no intuye en el que ha nacido un posible liberador de su opresión. De hecho, el pueblo no hará esfuerzo alguno por encontrarlo. La masa de los pueblos, alienada siempre de tantas formas, tiene pocas posibilidades de luchar por su liberación.

A lo largo de la historia de la humanidad ha sido frecuente que hombres inquietos y ajenos a la fe cristiana hayan propuesto caminos de liberación para los pueblos inspirados en el evangelio, aunque no fueran conscientes de ello, y sí contrarios a la práctica de la Iglesia y de la sociedad llamada cristiana. La primera encíclica social seria de la Iglesia -Rerum Novarum, de León XIII, del año 1891- provocó una reacción hostil en gran parte de la jerarquía y pueblo católicos. El marxismo, por ejemplo, es una llamada de atención a los cristianos, que hemos olvidado aspectos esenciales del mensaje de Jesús y puesto en práctica otros contrarios a ese mensaje, como el haber divinizado la propiedad privada y privante. Y esto no es más que un ejemplo. En este sentido podemos decir que los paganos nos evangelizan constantemente.

Herodes "convocó a los sumos sacerdotes y a los letrados". Convoca a los miembros del Consejo, excepto a los senadores, cuyo papel era meramente político, porque el tema que se propone tratar es religioso. Convoca a los expertos en la Ley, a los teólogos y juristas, a los sacerdotes. Sus decisiones en materia de legislación religiosa o ritual eran decisivas. Herodes identifica al "rey de los judíos", por el que preguntan los Magos, con el Mesías esperado, el Salvador prometido. Le responden con exactitud: "En Belén de Judá".

Respuesta doctrinal, teórica, pero exacta. Una respuesta fría, terriblemente fría. Los entendidos de Jerusalén saben muy bien dónde tenía que nacer el Mesías, y se lo indican a Herodes. Pero ellos no se molestan en ir a ver. Lo sabían tan bien que era como si ya no lo supieran. Estaban instalados en sus seguridades. Se lo saben todo, y por ello no esperan nada nuevo. Saben todas las respuestas y llevan una vida perfectamente incrédula.

¿No está sucediendo ahora lo mismo? ¿No está Jesús más presente en los hombres que luchan por un mundo más justo, aunque sea de espaldas a las religiones, que en nosotros, refugiados en unos rezos y en unas prácticas religiosas anquilosadas y sin ninguna relación con la vida?

Los cristianos sabemos tantas cosas sobre Jesús desde pequeños, que estamos incapacitados para descubrirlo presente en nuestras vidas, incapacitados para entender la palabra de Dios de manera comprometida y viva. Nos sabemos todas las respuestas, pero no nos sirven para nada.

Nuestra sociedad espera de nosotros una respuesta vital, encarnada en nuestra propia vida. No entiende las respuestas puramente teóricas, por sabias que parezcan. Hemos de estar siempre dispuestos a dar una respuesta que brote de una experiencia personal, única forma de dar respuesta a las inquietudes de los demás.

¡Cosa extraña!: Dios tardó cientos de años en preparar al pueblo escogido, le colmó de atenciones, de delicadezas; envió de vez en cuando a sus profetas para que mantuvieran la esperanza del Mesías y no se desviaran de su camino... Y cuando llega Jesús, la primera visita se la hacen unos pastores, marginados de la sociedad israelita, y la primera adoración solemne y oficial se la hacen unos extranjeros.

Encuentro una gran semejanza con los jóvenes que están con nosotros desde niños y luego marchan: mimados continuamente, rodeados de las bondades de Dios y nuestras, llenos de ideas claves para vivir una vida plenamente humana, descubriendo y viviendo una alternativa de fe y de diversiones sanas al aire libre con el escultismo... Y también semejanza con nosotros, adultos, acostumbrados posiblemente a vivir en esta comunidad: quizá algún día nos llegue alguien de otros lugares, con hambre de vida verdadera, y nos pida informes del Niño -de nuestras ilusiones y esperanzas, de nuestros proyectos de futuro-, y no sepamos qué decirle, y descubramos que realmente nunca nos encontramos personalmente con El, que nunca estuvimos en su presencia... Y llegará él antes que nosotros... Y tal vez no vuelva ni siquiera para decirnos la gran sorpresa que le esperaba en el "encuentro".

2. ¿Quién será capaz de acoger la novedad?

"Herodes llamó en secreto a los Magos". No quiere que sus planes sean conocidos. Muestra su hipocresía engañando a los Magos, cuando lo que en realidad se propone es matarlo. Aferrado a su poder y egoísmo, resiste a la luz y quiere ahogarla. "Se pusieron en camino". Todas las generaciones humanas fecundas y todos los hombres fecundos han sido inquietos, inconformistas, deseosos de superación. Han intuido que en cualquier momento pueden descubrir una "estrella", una vocación acuciante a algo nuevo, una llamada irresistible para buscar y realizar el porvenir.

Cada hombre y cada generación tiene "su estrella", su misión que realizar, que tiene que descubrir y seguir si quiere hacer avanzar la historia.

Debemos ser capaces de acoger la novedad. Debemos saber contemplar como nuevas todas las cosas de cada día. Sólo necesitamos ser pobres para reconocer sin miedo la novedad.

La estrella sólo es visible por el camino. En Jerusalén, donde ni el pueblo ni los dirigentes esperan cambio alguno, no pueden verla. Los instalados en la comodidad y el conformismo nunca descubrirán una "estrella". Se les vuelve a aparecer a los Magos cuando se alejan de la "ciudad" de los hombres masificados.

Los Magos son un ejemplo que debemos imitar: salir de la prisión de nuestras preocupaciones cotidianas para seguir la "estrella", que nos puede llevar hacia el descubrimiento de la manifestación de Dios en esta vida nuestra de cada día. Los Magos son capaces de emprender un camino largo y difícil, y de creer que lo que buscaban se revela en un Niño, nacido en una familia del pueblo fiel.

Todos debemos ser atrevidos para emprender el camino de la vida, guiados por la luz de la revelación de Dios, aceptando que hallaremos a Dios en la sencilla realidad de nuestra vida diaria.

Un camino, una vida que debemos recorrer con esperanza y con ilusión. Y una luz que solamente ilumina cuando nos ponemos en camino, cuando hacemos algo. Muchas de nuestras oscuridades -¿todas?- son consecuencia de nuestra pasividad, de nuestro conformismo.

Los Magos son ejemplo de búsqueda ilusionada. El camino de cada hombre hacia Dios implica un saber salir de uno mismo para buscar. Es necesario que salgamos de nuestra vida instalada, fácil, ya hecha, sin compromiso con nada ni con nadie, para buscar a Dios presente en cada hombre y en cada acontecimiento.

Todos necesitamos emprender un camino -oscuro, inseguro- que pueda llevarnos a descubrir esa "inmensa alegría" que llenó a los Magos "al ver la estrella". La alegría es la consecuencia de descubrir el sentido verdadero y siempre nuevo de la vida; es un regalo de Dios a los hombres, porque Jesús vino al mundo para que alcanzáramos la auténtica y total felicidad; es fruto del hallazgo, del anhelo cumplido.

La estrella no les fue acompañando paso a paso, solucionándoles todos los problemas, todas las dificultades del camino. Ellos se arriesgan, afrontando con decisión todas las dudas y circunstancias imprevisibles. Gran lección para nosotros, que exigimos respuestas exactas, seguras, para toda clase de problemas y dificultades... sin dar un paso para encontrarlas. Queremos todo claro, exacto, matemático, lógico. Olvidamos que el cristianismo, lo mismo que la vida, no es una clase de matemáticas. ¿Por qué no nos resignamos serenamente, ¡dolorosamente!, a caminar en tinieblas, a iluminar a los demás, aun cuando nuestra alma esté sumergida en la más negra oscuridad? Hemos de aceptar nuestro camino, que será siempre un camino incómodo, lleno de dificultades y de sorpresas.

"En la casa" ven al Niño con su madre. José no aparece. En Israel, el rey y su madre formaban la pareja real. De esta forma, la escena subraya la realeza del Niño. Manifiestan su homenaje con una postración: "Cayendo de rodillas, lo adoraron".

Mientras Herodes se queda inmovilizado con sombríos pensamientos homicidas ante un posible competidor, y los sumos sacerdotes y los letrados del pueblo les informan, pero no dan ningún paso para descubrir al Mesías, estos gentiles venidos de Oriente se arrodillan delante del Niño. Sabían mucho menos, pero al ver una luz incomprensible se fiaron de ella y partieron hacia lo desconocido. Fueron capaces de superar la rutina de la vida y soñar una situación nueva.

"Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra". No buscaban a Jesús para pedirle favores, sino para ofrecerle sus dones, lo mejor de sí mismos. Fueron verdaderos "sabios", porque supieron buscar la luz que guía a los hombres en la larga marcha de la vida. Los regalos que le ofrecen son productos típicos que en los países orientales ofrecían a los reyes.

Avisados "en sueños..." Dios vela por su Mesías, e impide que Herodes sepa dónde está el Niño.

Dentro de la humanidad, según mi parecer, hay dos tipos de hombres: los que sueñan y los que se limitan a dormir. Los primeros "hacen" la historia. Los otros se dan cuenta, cuando despiertan, de lo que ha sucedido, de lo que habrían podido hacer también ellos si hubieran tenido el coraje de soñar. Quizá haya, dentro del segundo grupo, los que nunca se darán cuenta de nada porque pasan dormidos toda su vida. El soñador es el más realista, porque lucha por empujar la historia para ponerla al paso de sus sueños.

3. Dios sigue siendo manifestación para los hombres

Este pasaje evangélico se lee todos los años en la fiesta de la Epifanía, que es como una repetición de la Navidad. La Navidad insiste en el nacimiento humano del Hijo de Dios, y la Epifanía subraya la manifestación de Dios, en Jesús de Nazaret, a todos los hombres y pueblos. Manifestación universal que debe continuar la Iglesia.

La fiesta de la Epifanía tiene un trasfondo profético: la revelación de la gran aventura humana, la búsqueda de todas las generaciones, la actitud escrutante de esa parte de la humanidad que tiene capacidad para acercarse a los acontecimientos de la historia y captar la profunda realidad que en ellos se revela.

Para la inmensa mayoría del pueblo cristiano, esta fiesta se ha convertido en el "día de Reyes", fiesta popular centrada en los niños y en los regalos. Y también en la invasión de la propaganda, el abuso de la candidez y la ilusión, la competencia del consumismo. Una fiesta que presenta unas dosis de engaño que va más allá de lo tolerable.

EPI/CONSUMO: La televisión, la publicidad, todo eso que llamamos la sociedad de consumo, nos han estropeado bastante el aspecto popular "de Reyes", y casi ha hecho desaparecer el mensaje religioso que tiene la Epifanía para todos los hombres. ¿Cuántos cristianos "de a pie" saben que la fiesta se llama "de la Epifanía" y no "de Reyes"'? Nos han convertido el gozo sencillo de regalar algo a los niños y a los mayores, como recuerdo de los regalos de los Magos a Jesús, en una especie de competición para ver quién gasta más dinero, quién consigue que su hijo se sienta superior a otros niños por tener más regalos ese día.

Nuestra sociedad ha convertido esta fiesta en una especie de lavado de cerebro para los chicos al presentarles que lo bueno es tener mucho, es tener más que los demás, es tenerlo todo. De esta forma se van convenciendo, ya desde pequeños, que cuando sean mayores también será lo bueno intentar tener mucho, poseer más que los demás. Así nuestros niños comienzan a participar -con el consentimiento de sus padres- en el afán de dinero, de dominio y de posesión que caracteriza esta sociedad que padecemos.

Poco podemos hacer nosotros contra los anuncios de televisión y contra los proyectos de los que dominan nuestra sociedad. Pero, al menos, seamos conscientes del daño que se está haciendo a los niños, y tratemos de evitarlo en lo posible a nuestro alrededor. Pensemos que una sociedad organizada de esta manera es todo lo contrario a los planteamientos de Jesús de Nazaret.

Desde luego, es válido mantener el gozo de los niños en este día. El cómo se está haciendo es lo que habría que replantear. Esta fiesta popular, tan rica en aspectos y motivos, ha ido tomando cuerpo con ocasión de la parábola evangélica de los Magos. Es urgente separar los Magos del relato evangélico de los tres reyes que traen regalos. Leyendo el texto comprobaremos que no tienen nada que ver los unos con los otros. No digo esto para echar cubos de agua fría sobre niños y padres ilusionados, sino para evitar el presentar como una historieta un relato que tiene otra intención y que va mucho más lejos.

La Epifanía es la fiesta de cada día, porque en todo acontecimiento se revela Dios. Dios es epifanía, manifestación, revelación a los hombres. Dios viene siempre a nosotros, se nos da a conocer poniéndose a nuestro nivel humano.

La creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (Gén 1,26) nos está indicando la posibilidad de comunicación entre El y nosotros y entre nosotros. El hombre ha sido creado permeable a Dios.

LUZ/TINIEBLA: Desde la narración simbólica del origen del hombre, Dios es epifanía: bajaba todos los atardeceres a pasear familiarmente con el hombre (/Gn/03/08). Dios se comunicaba, se entregaba, se daba.

El hombre rechazó aquella revelación y se convirtió en tinieblas. Y llegó el pecado, que es el estado en el que el hombre no puede conocer a Dios, en el que Dios no es sensible. Conocemos bien ese estado. Caemos en él continuamente. Las tinieblas no captan a Dios; no quieren captarlo.

A través de la Historia de la Salvación, Dios no ha dejado de manifestarse a sí mismo. Jesús de Nazaret rasgó el velo por completo. Dios decidió, en El, acercarse definitivamente a nosotros.

El estado normal, la condición ordinaria del hombre, es la de percibir a Dios en lo habitual, en lo sensible. Pero es necesario, para ello, vivir con el corazón abierto y desprendido, sin pecado.

PD/ACTITUDES: Ante Dios caben dos actitudes, lo mismo que cuando hablaba Jesús: los corazones duros asistían a su predicación como espectadores indiferentes, cerrados. Al terminar El de hablar, no se habían quedado con nada, a no ser con objeciones y críticas. Los otros, los corazones abiertos, cuando Jesús enseñaba, se dejaban instruir, transformar; la palabra de Dios obraba sobre ellos; descubrían el plan de Dios, su llamada y la resistencia que ellos le hacían.

Los que eran de Dios (/Jn/08/47) escuchaban embelesados la palabra de Dios. Sentían despertarse en ellos las ilusiones más profundas de su ser. Su corazón ardía mientras les hablaba (Lc 24,32). Se sentían transformados, atraídos hacia El, sin saber muchas veces por qué, incapaces de explicarlo. Callaban para acordarse mejor, para volver a colocarse en el estado al que El los había llevado. Sólo podían decir que "nadie les había hablado jamás como ese hombre" (Jn 7,46).

Actualmente, Dios se nos puede manifestar de muchas maneras: en un hombre, en un grupo, en una reunión, en una celebración..., nos damos cuenta, de pronto, que Dios está allí, ante nosotros, visible, palpable; que las tinieblas han desaparecido. Es verdad que estos intervalos de luz vuelven pronto a rodearse de tinieblas. Pero si ha habido luz una vez, esto basta para saber que la luz existe y para creer en la Epifanía de Dios, a pesar de la ceguera de nuestros corazones.

Son luz y epifanía los individuos y los grupos que nos orientan y nos marcan el camino que, individual y colectivamente, debemos seguir. Individuos y grupos que, en uno o en muchos momentos de sus vidas, tienen una intuición feliz o un valor y un coraje inusitados que producen en nosotros una luz nueva. Son para todos como profetas que guían los pasos del pueblo. Son epifanía, sobre todo, los que dan su vida al servicio de la humanidad.

Cuando oímos de hombres o grupos que animan y defienden a sus vecinos, que corren los mismos riesgos que ellos, que viven como ellos pudiendo evitarlo, que sufren la persecución de los poderosos o dejan oír su voz contra la opresión en América Latina, España, África, Polonia..., ¿no sentimos dentro de nosotros una esperanza, una luz nueva, una epifanía?

A veces tiene el carácter de un encuentro personal en la oración. Hay epifanía de Dios en nuestra vida cuando alguien nos infunde confianza y esperanza y del que podemos decir que nos ha iluminado; cuando alguien nos presta atención, se fija en nosotros y nos acepta como somos; cuando alguien nos escucha con hondura y verdad, no para respondernos ni darnos soluciones prefabricadas; cuando alguien nos ama y se identifica con nosotros; cuando alguien nos trata como personas y no como instrumentos a utilizar. También son epifanías las pruebas, las purificaciones, las oscuridades, las dificultades... y hasta los pecados.

¿Somos epifanía la Iglesia, los cristianos, nuestra pequeña comunidad. cada uno de nosotros? ¿En qué? Sólo asumiendo plenamente todo lo que es humano encontraremos a Dios y lo manifestaremos al mundo.

4. La universalidad de la salvación

El gran tema de la fiesta de la Epifanía es la universalidad de la salvación. Dios ha llamado a la fe de Cristo a todos los hombres, de todos los colores, de todas las culturas, de todas las ideologías .

Dios, en su Hijo, llama a todos los hombres a su reino de libertad, de justicia, de amor, de verdad y de paz. El objetivo principal de la vida de Jesús fue el anuncio del reino de Dios para todos los hombres. Luego fundó la Iglesia como el camino mejor, no único, para ese Reino. El reino de Dios es más que la Iglesia.

Todo hombre que practica la justicia, la libertad... y trabaja para que llegue a todos, es reino de Dios, aunque no pertenezca a la Iglesia. Y el que cree que está dentro de la Iglesia y no es consecuente con las exigencias del Reino, estará fuera de él y de la Iglesia. La Epifanía es la fiesta de un Dios que se ha mostrado universal, enviando a su Hijo también para los "otros", para los que no piensan como nosotros. Una fiesta que nos alegra, a la vez que nos educa y nos corrige. Una fiesta que debe hacer de nosotros personas abiertas, universales; como lo es Dios, Padre de todos.

Esta universalidad es un aspecto fundamental del mensaje cristiano, que es difícil comprender para el hombre de hoy si no le damos una verdadera interpretación. Hoy se han ensanchado los horizontes culturales del hombre, ha aumentado su información sobre otras religiones y modos de vivir y entender la vida; nuestro mundo es cada vez más pluralista, las místicas orientales nos atraen, se relativiza el hecho religioso al saber que existen otras religiones que también se presentan como la única verdad...

En estas condiciones es más urgente dar una visión realista del mensaje cristiano. ¿Cómo presentar hoy, de una forma coherente y comprensible para el hombre actual, la universalidad del mensaje cristiano y de la llamada a la fe? ¿Cómo dirigirnos a todo el mundo, a gentes de todas las culturas y religiones, desde la fe cristiana? ¿Cómo unir esta universalidad con la libertad religiosa y el pluralismo sinceramente asumidos? ¿Tendremos que presentar de modo distinto la fe a los creyentes y a los demás? ¿Seguiremos tratando de imponer nuestra fe a todos, por seguir pensando que fuera de la Iglesia no hay salvación?

No podemos seguir oponiendo unas religiones a otras. Todas tienen su gran parte de verdad, todas creen en un más allá después de la muerte, todas se dirigen de una forma u otra a Dios, todas tratan de hacer mejor al hombre.

De aquí que tenemos que ser capaces de presentar la novedad de Cristo, no negando los valores de las demás religiones, sino tratando de presentar lo que Jesús añade a esas religiones, lo que nos exige un mayor conocimiento de ellas. A la vez, asumiendo sus aspectos positivos, que nos ayudarán a entender mejor el evangelio. Es lo que san Pablo nos aconseja: "Examinadlo todo quedándoos con lo bueno" (1 Tes 5,21). ¿Quién puede dudar de la verdad de muchas enseñanzas de Buda o Lao Tsé, por ejemplo? ¡Cuánto reino de Dios en todas las religiones de la tierra!

Lo mismo se puede decir de tantos agnósticos y ateos. Es su vida lo que importa: lo que ellos llaman justicia, libertad, paz, amor, verdad, solidaridad..., nosotros lo llamamos también Dios, porque para nosotros Dios es todo eso. Y viceversa: lo que nosotros llamamos Dios, ellos lo llaman de todas esas formas. Lo falso es hablar de Dios y no demostrar la fe en El trabajando por un mundo fraternal; o negar su existencia de palabra y con la vida personal.

"¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: "Dios os ampare: abrigaos y llenaos el estómago", y no le dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué le sirve? Esto pasa con la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro. Alguno dirá: "Tú tienes fe y yo tengo obras". Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe". (Sant 2,14-18)

Otro aspecto del universalismo del mensaje cristiano es el necesario diálogo entre la fe y la ciencia, entre la fe y la cultura, tan maltrecho. Una salvación universal sólo puede anunciarse con lenguaje y con formas culturales plurales y diversas, buscando siempre el entendimiento entre ellos. Encerrar la fe en un lenguaje y una tradición cultural únicos es ir en contra de la universalidad. Es urgente hoy una reinterpretación, a la luz de los adelantos científicos y bíblicos, del relato de las Escrituras del origen del hombre y del mundo, del pecado, del sentido de los sacramentos, de la salvación, de la fe... Reinterpretación que ya está haciéndose en pequeños grupos, pero que está lejos de llegar a la mayoría.

La universalidad y credibilidad del mensaje cristiano está muy comprometida por falta de verdadero diálogo con la sociedad tecnificada y secularizada actual. El lenguaje teológico tradicional está desprovisto de interés para el hombre de hoy. ¿Conseguiremos hablar un lenguaje verdaderamente inteligible para el hombre, a la vez que fiel a la revelación? Hemos de realizar un verdadero esfuerzo para que Jesús pueda manifestarse a todos sin que los cristianos lo limitemos. Debemos abrir lo que está demasiado cerrado, vitalizar lo que está mortecino.

La fiesta de la Epifanía nos invita a mirar hacia nuestra Iglesia: este misterio de comunión universal que reúne tantas diversidades y que, pese a todas sus imperfecciones y pecados, sigue siendo para nosotros la señal de salvación, la señal de la presencia de Jesús. No tenemos ningún derecho a hacernos una Iglesia a la medida de nuestros intereses. La Iglesia tiene que ser el resultado de la fe en Jesús y "estrella" que lo manifiesta.

La Iglesia de Dios es universal. No es patrimonio de ninguna cultura, de ninguna Iglesia particular, de ninguna comunidad, de ningún grupo, de ninguna persona, de ningún partido político o clase social.

¿Somos consecuentes con esta universalidad de la Iglesia? Lo somos en la medida en que no la vivamos como una propiedad nuestra.

¿Nuestra Iglesia es "católica" -universal-? ¿No se presenta identificada con un tipo de pueblos, de culturas, de clase social, de edades? ¿A los pueblos africanos o asiáticos, por ejemplo, les es posible descubrir esa universalidad? ¿Los jóvenes inquietos se encuentran en ella a gusto? ¿No está demasiado identificada con las costumbres de otras generaciones? Los hombres que trabajan por una verdadera transformación de la sociedad -los partidos de izquierda, normalmente-, ¿descubren en ella a su aliada o es lo contrario?

No se trata de que los cristianos europeos adoptemos costumbres africanas; ni lo contrario; o que todos seamos o nos hagamos jóvenes; o que todos nos apuntemos a partidos de izquierdas... Se trata de no identificar a Jesús con nosotros, de descubrir en El siempre más, que hay diversos modos de ser cristianos, que la única condición es la fidelidad al evangelio.

La fiesta de la Epifanía nos invita al gozo por ser miembros de la Iglesia de Cristo, "sacramento universal de salvación" (Lumen gentium 48), sacramento de la comunión -común unión- de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Un "sacramento" que tenemos que hacer visible con nuestras vidas.

Temamos caer en el error de los habitantes de Jerusalén. Caminemos con la ilusión de hacer que la Iglesia y cada uno de nosotros seamos como debemos ser.

FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET - 1 PAULINAS/MADRID 1985.Págs. 106-119


21.

1. La manifestación universal del Reino

La fiesta de Epifanía es, en realidad, un desdoblamiento de la fiesta de Navidad, y debe ser considerada como su prolongación, lo mismo que la del Bautismo del Señor, que celebraremos el próximo domingo. En Oriente los tres acontecimientos de la vida de Jesús son festejados el mismo día, poniéndose así de relieve la triple manifestación salvadora de Jesús como enviado de Dios.

Hoy nosotros nos dedicaremos a subrayar el segundo de los aspectos de la manifestación de Jesús: su revelación a los paganos, es decir, a los no judíos o no pertenecientes al pueblo de Dios.

Dicho de otro modo: la festividad de este día, 6 de enero, celebra la universalidad de la salvación traída por Jesucristo.

La Iglesia cristiana que, a lo largo de los primeros siglos y de la Edad Media se había extendido por los países de Europa, Cercano Oriente y del Norte de África, sufre un rudo golpe a su expansión misionera por la presencia del islamismo y por dificultades internas. Pero a partir del descubrimiento de América, el entusiasmo misionero comienza a tomar gran vigor y se generan las corrientes evangelizadoras a América, Lejano Oriente y, después, a África y Oceanía.

La Iglesia cristiana tiene conciencia de su universalidad y la interpreta como la entrada de todos los hombres en su seno. Desde los países europeos miles de misioneros y misioneras se desplazan hacia lejanas tierras, particularmente hacia las colonizadas por sus respectivos países.

La catolicidad de la Iglesia es vista no sólo como un ideal lejano, sino como un objetivo a lograr en el menor tiempo posible: se consideraba fundamental «reducir a la fe» a los nuevos pueblos conocidos o descubiertos.

Pues bien, esta visión del sentido universal del cristianismo sufre un rudo golpe en este siglo, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial. Hoy casi podemos hablar del fin del mito misionero. Muchos y complejos son los motivos de esta nueva situación, pero podríamos señalar por ejemplo los siguientes:

--Por lo general las misiones estaban enclavadas en países dominados por el colonialismo europeo y aparecían casi como un complemento de la colonización y cultura europeas. Cuando surgen los movimientos de liberación nacional en Asia y África, con la consiguiente independencia de esos países y la expulsión de los europeos, la presencia de los misioneros fue interpretada como una intromisión blanca.

De esta forma, lo que al principio fue visto como apoyo logístico de las misiones, terminó por confundir lamentablemente las cosas, sin contar que muy a menudo las misiones estaban más preocupadas por exportar cultura europea que por encarnar el cristianismo en las culturas autóctonas.

Al mismo tiempo, los movimientos de liberación fueron y son, por lo general, de inspiración marxista y están sostenidos por países comunistas; motivo más para que la obra misionera estuviera vedada.

En aquellos lugares donde pudo desarrollarse un clero indígena, la obra de los misioneros pudo salvarse, al menos parcialmente. Por lo demás, y hasta que la Iglesia encuentre una nueva forma de evangelización, el movimiento de las misiones permanece más bien estancado.

--A este motivo de tipo externo, debe agregarse otro, seguramente mucho más importante: la situación del cristianismo en los países tradicionalmente cristianos. Mientras se exportaba la fe a otros lugares, Occidente se descristianizaba a ritmo vertiginoso y llega la alarma: también Europa es tierra de misión...

Una Iglesia en crisis, con tremendas divisiones internas, con ideas muy confusas acerca del papel que debe cumplir en el mundo moderno pluralista, no podía, evidentemente, ver tampoco con claridad en qué podía consistir su papel misionero.

Y mientras se revisan todos los elementos tradicionales de la fe cristiana, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, también entra en revisión el concepto mismo de evangelización misionera y de la universalidad del cristianismo.

La Iglesia, después de varios siglos de aparente seguridad, debe abrir los ojos ante la cruda realidad del mundo moderno: el ateísmo teórico y práctico es un hecho cada día más universal dentro de los países llamados cristianos; al mismo tiempo cae la autoridad eclesiástica, se separa la Iglesia del Estado, se critica el centralismo de Roma con respecto a las iglesias locales y, en fin, se comienza a ver los problemas desde una nueva lectura de la Biblia, revisándose sobre todo cierto triunfalismo latente o manifiesto en las obras expansivas de la Iglesia.

Por todo esto, la festividad de hoy, a pesar de su folclorismo tradicional, vuelve a tener actualidad, y el texto de Mateo sobre los magos que vienen desde países paganos a adorar al Niño necesita ser leído con sumo cuidado, para descubrir en él una fuente de inspiración para esta época que nos toca vivir.

Digamos, antes que nada, que hoy no es la fiesta de los reyes magos, sino de la manifestación salvadora del Reino de Dios a todos los pueblos del mundo, pertenezcan o no al seno de la Iglesia.

RD/I: Obsérvese que hablamos del Reino de Dios, no de la Iglesia. Es el Reino el que debe crecer como una levadura que expansiona toda la masa, o como un árbol que nace pequeño y se transforma en gigantesco árbol que cobija a los pájaros del cielo. Entendemos que si no hacemos la diferencia que corresponde entre Reino de Dios e Iglesia, desembocaremos necesariamente en un callejón sin salida. La Iglesia puede no ser universal, hasta puede ser muy pequeña; sin embargo, Dios no se halla atado a ella porque el Espíritu de Dios «sopla donde quiere», y es ese Espíritu el mismo que nos anima a nosotros los cristianos y el que anima a millones de hombres y mujeres sinceros que pertenecen a otro credo o no pertenecen a ninguno.

El evangelio de hoy, como tantos otros textos evangélicos, subraya la misericordia y magnanimidad de Dios para con todos los pueblos; no el sometimiento de éstos a la jerarquía eclesiástica...

Tan cierto es todo esto que puede darse la paradoja de que los mismos cristianos no vivamos el Reino de Dios... Por eso el Padrenuestro nos enseña a pedirlo todos los días, porque más importante que pertenecer a esta Iglesia o a la otra es «adorar a Dios en espíritu y verdad», sinceramente, viviendo desde el fondo del corazón aquello que resume toda la ley, toda la Biblia, todo el dogma y todo el culto y la moral juntos: el amor. Un cristianismo vivido sin amor al prójimo no es del Reino: nada digamos si se impone a los demás por la fuerza o por los artilugios de la política.

De ahí el lenguaje paradójico de la Navidad: es un niño el que ha nacido, un niño el que llama a los pastores humildes, un niño el que recibe a los magos. El niño de Belén es el símbolo de una nueva mentalidad religiosa que pretende destruir hasta las raíces toda forma de imposición y dogmatismo religioso, como también de contubernio entre el poder y la religión.

2. El Reino no puede ser encadenado

El evangelio de hoy sobre los magos, consignado solamente por Mateo, no puede ser leído como una crónica más o menos divertida de los primeros días de la vida de Jesús. Al contrario, tal como nos enseñan los exégetas, es una narración simbólica en la que se esconde el drama del cristianismo primitivo y del judaísmo.

Con Jesús llega la luz de los pueblos, pero su propio pueblo no lo reconoce. Mas no por eso la luz fracasa: sus rayos pueden llegar más allá de las fronteras judías. El texto es de por sí escandaloso para la mentalidad judía y para los judeo-cristianos que se oponían a un trato de igualdad entre los cristianos llegados del judaísmo y los venidos del paganismo. El evangelio es radical en su punto de vista: los que fueron llamados primero, los que tenían consigo los rollos de la Biblia, los que vivían a la sombra del Templo, no conocieron al que estaba en medio de ellos. Sabían de memoria las profecías, pero sólo las interpretaban desde un mesianismo nacionalista y patriotero.

En cambio, los paganos, o sea, los odiados gentiles, los considerados raza maldita y prostituida, los que estaban lejos y separados del templo de Dios, esos fueron los que pudieron reconocer desde su corazón puro y sincero el sentido liberador del Evangelio. No otro es el sentido de los relatos de la samaritana, de la mujer sirofenicia, del centurión romano cuyo siervo es curado, o de aquel soldado pagano que, a la hora de morir Jesús, confiesa su fe en el inocente crucificado. En esta misma línea de pensamiento escribe Lucas los Hechos de los Apóstoles, y Pablo las Cartas a los gálatas y romanos.

Alguien dirá: pues, entonces, lo importante es hacerse cristianos y abandonar toda forma de judaísmo. ¿Es esto lo que inspira este pasaje evangélico? Una vez más atengámonos al espíritu del evangelio, no a su letra. En aquella circunstancia histórica el judaísmo era la religión oficial a la que se sometían tanto los judíos como los judeo-cristianos; y a ella permanecerá fiel la iglesia de Jerusalén guiada por Santiago, el hermano del Señor. Sin embargo -y por aquí pasa el espíritu del evangelio-, el Reino de Dios no está necesariamente atado a las instituciones religiosas. Al contrario, y para desgracia del judaísmo (simbolizada en la matanza de los inocentes y en la indiferencia de los escribas y sacerdotes por el Mesías recién nacido), su fuerza salvadora llegaría igualmente a todos, comenzando por los que estaban más lejos.

En otras palabras: en cualquier parte puede hacerse presente el Reino de Dios, o sea, el Dios de la salvación.

Es cierto que la primitiva Iglesia, inmersa aún en un clima apocalíptico y escatológico, consideraba fundamental la rápida evangelización de los paganos porque el Día del Señor (la segunda venida) estaba próximo. Pero este error de cálculo debe ser un aviso para que nosotros no cometamos el mismo error.

Sí, es bueno e importante que los hombres conozcan a Jesucristo y a su evangelio. Pero más importante aún es que les permitamos que sientan a Dios allí donde Dios está: en su corazón sincero. Mejor que hacer proselitismo es dar testimonio de amor a los que están lejos de nuestras miras; mejor que fundar iglesias que dividen a los hombres en odios irreconciliables es fomentar la unión y la comprensión. Pues, ¿cómo podremos anunciar el evangelio de la paz, de la unidad y del amor, sino desde esa perspectiva? El Reino llama a los hombres; éstos responden. No somos nosotros los jueces que dictaminan si la respuesta es buena o mala. El juicio pertenece a Dios y lo hará al final de los tiempos... También esto lo hemos olvidado.

Comprendo que este punto de vista puede, en primera instancia, crear confusión y cierta alarma en nuestros espíritus acostumbrados a hacer de lo «nuestro» el centro del mundo. Comprendo que esta manera de ver las cosas es como un balde de agua fría hacia mucho entusiasmo conquistador de almas. Comprendo que el Reino de Dios no excluye a la Iglesia como comunidad cristiana... Todo esto es comprensible en una hora de cambio, pero nada puede eximirnos de revisar nuestro proyecto evangelizador teniendo en cuenta, por un lado, el espíritu del evangelio, y por otro, la situación cultural e histórica que hoy vivimos.

Eso sí: tengamos mucho cuidado para que cierto patrioterismo católico no nos haga caer en la trampa. Contra ese patrioterismo luchó Jesús... y terminó en la cruz. Por eso planteábamos al comienzo la necesidad de ser fieles, antes que nada, al Reino de Dios que, impulsado por el Espíritu, puede llegar allí donde nosotros no llegamos ni podemos imponer nuestra autoridad o prestigio.

Si hemos criticado siempre el nacionalismo religioso de los judíos del tiempo de Jesús y su interpretación triunfalista de las profecías mesiánicas, no es para hacer leña del árbol caído, sino para tener cuidado de que no caiga nuestro árbol.

Y si hoy se nos ha leído y anunciado este evangelio no es para, una vez más, echar en cara a los judíos su ceguera... Es porque el peligro está dentro de la propia Iglesia. Apliquémonos a nosotros, los cristianos, este texto y saquemos las conclusiones. ¿Hemos resuelto con esto el problema de la evangelización? Pretender resolverlo hoy es otro signo de triunfalismo y superficialidad. Solamente hemos pretendido abrir los ojos de nuestra conciencia para comenzar a comprender el problema en toda su compleja dimensión. Vivimos un tiempo de proyecto; un proyecto que es nuestro y que es de Dios. Sabemos cuál es el proyecto de Dios en Cristo: la salvación universal. Que al menos no seamos nosotros los que pongamos obstáculos a este objetivo primordial del Padre. Entender, aceptar y vivir esta actitud es comenzar, quizá, a acercarnos un poco más al Niño de Belén.

SANTOS BENETTI
EL PROYECTO CRISTIANO. Ciclo B.1º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1978.Págs. 145 ss.


22. Los magos

Es obligado decir una palabra sobre ellos, porque son un modelo de respuesta a la llamada del Señor. En esta historia hay otros personajes que "brillan" siniestramente, caso de Herodes; o que están totalmente apagados, caso de pontífices y letrados. Pero estos magos son encantadores, hombres abiertos, disponibles, constantes, generosos, es decir, hombres creyentes, hombres de fe admirable. Diríamos que tienen hambre de Dios: que le desean con fuerza y le buscan con esfuerzo; que le reconocen y le acogen con entusiasmo, a pesar de las dificultades; que se dejan cambiar por él.

-Búsqueda de Dios BUSQUEDA/DESEO

Entre todos los aspectos, podíamos destacar su deseo y su búsqueda de Dios. El problema nuestro es que estamos tan entretenidos y satisfechos, que ya no deseamos a Dios ni lo buscamos. Tenemos otros ídolos más cercanos y asequibles. «El hombre ya no busca a Dios», confesaba ·Pablo-VI.

"Sin embargo», decía, «la búsqueda de Dios en Cristo, es la brújula de la vida, y es una búsqueda que debe realizarse en todos los senderos de la experiencia humana... Dios debe ser buscado... Cristo está en la encrucijada de todos los caminos para quien sabe buscarlo y hallarlo".

El camino de los magos es también un signo de todos los caminos. Al final, si se sabe seguir la propia estrella y si no nos cansamos fácilmente. al final de todos los caminos, encontraremos al Dios de Jesucristo.

Todos los caminos llevan a Dios. Sea el camino de la oración: sea el del estudio de la verdad: sea el de la comunidad y la familia; sea el del servicio y la entrega: sea el de la profesión y el trabajo; sea el del dolor y la enfermedad; sea el del desprendimiento y la solidaridad. En todos los caminos de la vida siempre aparecerá una estrella que nos conduzca hasta Cristo.

Necesitamos lucidez para descubrir la estrella, que puede ser algo o alguien muy sencillo, y decisión de seguirla hasta el f1nal. Y necesitamos, previamente, lo más importante: hambre de Dios, deseo grande de encontrar a Dios.

IDEAS PRINCIPALES PARA LA HOMILÍA

1. Hoy no es tanto la fiesta de los Reyes y los regalos, cuanto la fiesta de la Epifanía, la manifestación de Dios a todos los hombres. Es una fiesta de gran tradición cristiana, especialmente en el Oriente.

2. La estrella es el símbolo de Cristo, "lucero del alba", por el que Dios se nos manifiesta a todos, cercanía amistosa de Dios al hombre. La estrella ilumina, orienta y alegra. Esto es lo que hace Jesús con su vida, su palabra y su presencia permanentes. Pero no sólo nos debemos dejar iluminar por Cristo, sino que el Señor quiere que seamos luz para los demás, que nos convirtamos en estrellas vivas.

3. Los magos son modelo y maestros en la fe, por su apertura a la llamada de Dios, su docilidad para seguirla, su perseverancia en el seguimiento, su acogida en el descubrimiento y su capacidad de cambio o conversión. Destacamos sobre todo su búsqueda y su deseo de Dios.

CARITAS
UN AMOR ASI DE GRANDE
ADVIENTO Y NAVIDAD
1990/90-2.Págs. 168 s.


23.

Una historia de fe

Pero vamos a fijarnos ya en la parte bonita de esta historia. La respuesta de los Magos es verdaderamente ejemplar. Ellos, más que Magos y más que Reyes, son nuestros padres y maestros en la fe. Es una historia de fe. Destaquemos algunas enseñanzas:

--La capacidad para ver la estrella, abiertos a la llamada de Dios, vigilantes, hombres de oración. Saben distinguir perfectamente los signos de los tiempos. No son hombres distraídos, somnolientos, cerrados. Escuchan la voz del cielo y la de su propio corazón. Escuchan su yo profundo.

--Su disponibilidad para dejarlo todo y ponerse en camino. No son hombres instalados, apegados a cosas y lugares, porque viven de esperanza. Son de los que buscan la tierra prometida. Hombres libres «de» toda atadura y libres "para" toda aventura, hambrientos de luz y de Dios.

--Su constancia en el seguimiento de la estrella. No les faltaron dudas y pruebas en el camino. La estrella a veces jugaba con ellos y se sentirían ridículos, y sentirían la tentación de volver a lo conocido, como los hebreos en el desierto. Ellos pasaron también por la noche, cuando no se ve ni se siente ni se entiende nada; lo difícil de la noche, cuando Dios es silencio, y hasta los más queridos nos abandonan.

--Su responsabilidad en la búsqueda. La fe es don de Dios, pero exige nuestra colaboración continuada. La fe no está reñida con la reflexión, el diálogo y la oración. Hasta de los incrédulos se puede recibir alguna luz.

--Su generosidad en la ofrenda. Han comprendido la necesidad de compartir. Escogen regalos significativos, porque esperaban encontrar un rey. Si hubieran sabido que se trataba de un niño pobre, no se hubiesen andado con incienso y con mirra.

--Su lectura de los hechos. Cuando la estrella se para ante la casa pobre, no se escandalizan y lo reconocen como Mesías. La mayoría del pueblo judío no fue capaz de hacer esta lectura. Y es que Dios es siempre sorprendente, se viste de sencillo y sólo se manifiesta a los humildes y los pequeños.

--La adoración: «Cayendo de rodillas lo adoraron». No basta con ver. La fe es entrega y amor. Ellos, más que el oro, incienso y mirra, ofrecieron su corazón. Creyeron y adoraron: ése es el mejor perfume. Adoraron: ésa será nuestra definitiva vocación.

--Su capacidad de cambio. Fueron capaces de volver por otro camino. Es cosa segura que Dios cambia siempre nuestros planes. Creer es vivir confiados en la inseguridad, es estar dispuestos a iniciar siempre un nuevo camino, es tener capacidad de renovación constante. Todo esto, el caminar por aquí y por allá, entre luces y sombras, suele ser difícil, pero al final produce siempre «una inmensa alegría».

--Su transformación. En el viaje de vuelta ya no necesitaban estrellas, porque la estrella la llevaban dentro. Era tal la luz y la alegría que recibieron, que ellos mismos se convirtieron en estrellas. Volvieron con la cara resplandeciente, como Moisés después de hablar con Dios. Y por donde quiera que pasaban iban dando testimonio de lo que habían visto y oído. Fueron misioneros de la alegría y el amor.

Desde entonces, las estrellas ya no se encuentran en el cielo, sino entre nosotros, entre todos aquellos que de una u otra manera se encuentran con Dios.

CARITAS
UN DIOS PARA TU HERMANO
ADVIENTO Y NAVIDAD
1991/91-2.Págs. 174 s.


24.

1. Epifanía, la manifestación de Dios Aunque popularmente hoy es el día de los Reyes Magos, día de ilusiones y generosidades -día también, por desgracia, de una locura consumista y derrochadora-, litúrgicamente es el día de la Epifanía, la manifestación amorosa de Dios a todos los hombres. Un evangelio, una buena Noticia, en una triple dimensión.

-Dios se ha manifestado a los hombres

Es lo primero que tenemos que admirar y agradecer. El que estaba oculto se ha dejado ver en forma de niño, de llanto y de sonrisa. El que estaba lejos, se ha acercado, se ha quedado junto a nosotros. El que estaba «junto a» Dios, siendo su alegría y su encanto cotidiano, ahora está también «junto al» hombre, siendo su amigo y protector. El que sólo se manifestaba por medio de los ángeles e intermediarios, ahora se manifiesta directa y personalmente.

Dios se ha manifestado. Es como si el cielo se hubiera abierto, como si un sol se encendiera de nuevo para nosotros, como si una estrella se pusiera a hacer guiños a los hombres, o como si la misericordia empezara a llover, como si hubiera una primavera de justicia, como si la paz fuera un río inagotable.

La Epifanía es una profesión de fe en la persona y en la misión de Jesús. Creemos que, en Jesús, Dios se nos ha manifestado, se ha acercado a nosotros, nos ha hablado, nos ha salvado y se ha quedado definitivamente con nosotros. No es fácil esta fe. Si viéramos a Jesús en persona, ¿no sería más fácil o más difícil? Si viéramos a Jesús como le vieron los pastores y los Magos y los paisanos de Nazaret, ¿reconoceríamos a Dios en él? Si le viéramos ahora mismo y le escuchásemos, ¿le reconoceríamos?

-Las paradojas de Dios

Todas las epifanías de Dios tienen algo de manifestación y algo de ocultamiento. Los pastores vieron unos ángeles, pero después se encontraron con un niño normal en un pesebre; casi sabían más ellos que los mismos padres, que «se admiraban de lo que decían los pastores». Los Magos vieron la estrella de un rey y encontraron a un niño pobre y perseguido. Y antes que nadie los padres, que escucharon oráculos maravillosos, pero no entendían absolutamente nada del niño, y aflora en sus labios el «por qué nos has hecho esto». Lo mismo sucederá después en la vida pública, pasión y resurrección. Se presenta como Mesías, pero no gana batallas; se le abren los cielos, pero mezclado entre pecadores; resplandece en el Tabor, pero habla de su muerte; en la cruz es el derrotado y el exaltado; cuando resucita, da pruebas a los discípulos, pero a nadie más.

-En claroscuro

Dios sigue estando junto a nosotros, sigue manifestándose, pero en claroscuro. Le seguimos viendo, pero con el aspecto más pobre y más humilde; sentimos su presencia, pero intermitente; notamos el efecto de su gracia, pero a veces nos vemos en la noche; palpamos su cuerpo y su palabra, pero a través de los velos del sacramento. Es decir, que el camino de la estrella sigue siendo largo y accidentado: unas veces nos ilusiona y otras veces nos cansa; unas veces parece que lo hemos perdido todo y otras nos llena de inmensa alegría.

Así es la vida de la fe. Siempre conlleva un dinamismo de tensión entre la búsqueda y el encuentro.

-Dios se ha manifestado como amor

Quizá en otros momentos se había manifestado más como poder, gloria y sabiduría. Así lo vemos en la creación y en algunas intervenciones en favor de su pueblo. Otras veces se manifestaba como ley y doctrina. Así aparece en el Sinaí y a través de los profetas. Y no hablemos de las manifestaciones entre amenazas y castigos, que habrá que interpretar en cada caso.

Hay también otras epifanías de Dios, tanto en Moisés como en los profetas, más cercanas a su realidad última, pero no quedaron suficientemente clarificadas. Ahora, en cambio, en Jesús aparece, en toda su claridad y esplendor, el verdadero rostro de Dios. Dios mismo reverbera en la faz de Cristo (cf. 2 Cor 4 4-6; Ab 1, 3). Y, como ya hemos repetido, lo que en Jesús aparece es «la gracia» y la salvación. En Jesús, Dios ha aparecido cercano y comprensivo, compasivo y misericordioso. Jesús es el Amor de Dios en traje humano, que pasó entre nosotros perdonando y haciendo el bien, entregado hasta el fin.

Así se manifestó y así se sigue manifestando. En Jesús, Dios sigue estando junto a nosotros como huésped y amigo, como maestro y salvador. En esa fuente bebemos toda la capacidad de servicio, comunión y entrega a los hermanos.

-Dios se ha manifestado a los pobres

Jesús, en un momento de su vida, daba gracias a Dios y se exaltaba porque se había revelado a los pequeños y la gente sencilla (cf. Mt 11, 25-26). Parece ser que los grandes, los sabios y los importantes, se quedaron con sus poderes y su ciencia, pero no entendieron nada de los misterios del Señor. Con una fuerza impresionante lo expresa asimismo San Pablo: «Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo... lo débil del mundo... lo plebeyo y despreciable del mundo... lo que no es...» (1 Cor 1, 26-28). Desde el principio fue así. En Belén había muchas familias importantes y linajudas, descendientes del gran David, que ni siquiera se enteraron del nacimiento de Dios. ¿De qué sirvió a Belén tanta historia y tanta profecía? La casi totalidad de sus habitantes cerraron las puertas a Dios. Y así, dondequiera que se predique este evangelio, se hablará mal de este pueblo.

Sólo unos pastores recibieron el anuncio de los ángeles, fueron evangelizados y creyeron. ¿Por qué precisamente los pastores? Más tarde, estando en Jerusalén, sólo dos ancianos fueron iluminados. ¿No había en toda Jerusalén gente más preparada, más influyente, mejor situada que estos dos viejos? ¿Por qué tiene Dios esta preferencia por los sencillos y los pobres? Durante toda su vida Jesús sigue haciendo esta opción preferencial por los pobres. Son los escogidos, los preferidos, los bienaventurados.

-Los viles y sin apoyo

Y será siempre así. En el siglo II, Celso acusaba a la Iglesia: «Vénse cardadores de lana, bataneros y zapateros, las gentes más incultas y rústicas... Muestran bien claramente que no quieren ni saben conquistar sino a los necios, a las almas viles y sin apoyo, a los esclavos, a las pobres mujeres y a los niños. ¿Qué mal hay, pues, en ser un espíritu culto, en amar los conocimientos bellos, en ser sabio y en ser tenido por tal? ¿Será eso un obstáculo al conocimiento de Dios? ¿No será más bien una ayuda?» (Discurso verdadero, 37). ·Celso, muy culto, no puede entender que la cultura y la ciencia sean un obstáculo para el conocimiento de Dios. Es interesante conocer las reflexiones del que parece un hombre honrado pero demasiado poseído de sí mismo.

CV/ORGULLO: La verdad es que los más difíciles en aceptar el evangelio fueron siempre los nobles, los ricos, los antiguos sacerdotes y los intelectuales. Es decir, todos aquellos que tenían algo que perder, que no esperaban nada de Jesucristo Salvador, porque se sentían ya salvados.

Si Dios se manifiesta especialmente a los pobres y pequeños, no es porque éstos sean mejores o porque Dios sea clasista, sino porque están más necesitados de salvación y porque están más abiertos y más dispuestos a recibirla. El que se apoya en sí mismo, en sus propios poderes y sus conocimientos, tendrá siempre un Dios a su medida. Sólo el que se vacía del todo puede llenarse de Dios.

2. Dios se ha manifestado a los extranjeros

La fiesta de hoy también nos sorprende. Apareció una estrella en el cielo, pero sólo unos Magos de Oriente la descubrieron y la siguieron. Y la estrella era una nueva epifanía. La totalidad del pueblo escogido no se enteró de la estrella ni de su significado. Ellos debían estar abiertos a los signos; ellos sabían dónde tenía que nacer el Mesías; ellos deberían estar dispuestos a recibirle, pero ahí están, lejanos al acontecimiento. Y cuando a algunos les llega la noticia confirman las señales pero no dan un paso para descubrirlas y acogerlas. Algunos incluso quisieron destruirlas.

No fue la primera ni la última vez que estos hechos se repetían. Jesús mismo se lo echará en cara a sus paisanos de Nazaret: «Ningún profeta es bien recibido en su tierra», y les recuerda los casos de la viuda de Sarepta y del leproso Naamán, el sirio (Lc 4, 24-27). Y nos hacemos la misma pregunta. ¿Por qué antes los extranjeros que los de casa? Y la respuesta irá en la misma línea. Porque los extranjeros son una clase de marginados; porque muchos son también más pobres, más humildes, más abiertos y más libres de prejuicios. Los de casa se creen con derechos y con privilegios; se creen que saben más y conocen mejor las cosas de la familia. San Pablo es un testigo dramático del rechazo constante de su gente hacia el evangelio, porque se seguía apoyando en la seguridad que le daba el sentirse hijos de Abraham y discípulos de Moisés.

-Ya no hay extranjeros

La verdad es que para Dios ya no hay extranjeros. Ya hace tiempo que Dios borró todas las fronteras y divisiones de los mapas. Para Dios no hay judío ni gentil, griego o bárbaro, blanco o negro, paisanos o forasteros. Todos son sus hijos, todos son de la casa; todos pueden llegar a ser madres y hermanos de su Hijo Jesucristo. El problema no está en Dios; el problema está en los hombres, en su mayor o menor capacidad de acogida, en su mayor o menor escucha de la Palabra y de los signos, o sea, en su fe o falta de fe.

Los Magos son un modelo perfecto de fe: vieron la estrella, siguieron su llamada, dejándolo todo; se pusieron en camino, «sin saber adonde iban»; son constantes en el seguimiento de la estrella; son responsables con la búsqueda de los signos; son sencillos y dóciles, y pueden así reconocer al Mesías en apariencias humildes; son generosos en la ofrenda; son capaces de cambio y transformación; se convierten ellos mismos en testigos de la luz. Ellos, los Magos, los extranjeros, los raros, los inesperados, fueron los primeros gentiles que adoraron a Jesús.

-«Luz para todas las gentes»

Con los Magos empieza la historia de las misiones. Seguro que ellos se convertirán después en testigos de lo que habían visto y oído. Su historia se convierte así en parábola y profecía para todos. Jesús está llamado a ser, según anunciaba Simeón, «luz para alumbrar a todas las gentes» (Lc 2, 32). Nosotros debemos dejarnos iluminar y creer en él, y enseguida hacernos testigos de la luz, llevarla a todos los pueblos: «Y caminarán los pueblos a tu luz».

Los misioneros son estrellas que recorren el Este y el Oeste, el Norte y el Sur -especialmente el Sur-, ofreciendo la luz a los pobres. Todos estamos llamados a ser misioneros, aunque no tengamos la oportunidad o la llamada de salir fuera de nuestra tierra. Seremos misioneros siempre que ofrezcamos a los hombres la luz de nuestra fe, la fuerza de nuestra esperanza, la alegría de nuestro servicio, la ofrenda de nuestro amor. Cualquier testimonio que demos de nuestra fe tendrá siempre un alcance insospechado, que puede ir mas allá de nuestras fronteras. Nunca sabremos medir la distancia de onda de nuestra pequeña estrella. Pensemos, por ejemplo, en Teresa del Niño Jesús, que desde su pobre convento de Lisieux iluminó y sigue iluminando el mundo.

IDEAS PRINCIPALES PARA LA HOMILÍA

1. Epifanía es la manifestación de Dios. Dios se ha manifestado en Jesús. En Jesús, Dios se ha hecho niño y sonrisa. El que estaba lejos se ha acercado. El que estaba oculto se ha manifestado.

Pero todas las epifanías de Dios tienen algo de manifestación y algo de ocultamiento. Es el dinamismo de la fe.

2. Dios se ha manifestado como amor. En Jesús apareció la bondad y la filantropía de Dios. Antes se hablaba de su gloria, de su poder, de su justicia, de su sabiduría; pero en Jesús se pone de manifiesto que todos esos atributos son amor.

3. Dios se ha manifestado preferentemente a los pobres, a los pequeños, a los marginados y a los extranjeros. Ellos son los preferidos porque son los que más sufren, los más necesitados; y son, por otra parte, los más abiertos y más dispuestos a recibir la salvación de Dios.

4. Los Magos son ejemplo de fe. Desde que vieron la estrella, hasta que cayeron de rodillas ante el niño, hasta que volvieron a su tierra, convertidos e iluminados. También nosotros debemos no sólo creer, sino ser portadores de la luz de Jesucristo. La Iglesia debe seguir siendo estrella para todo nuestro mundo.

CARITAS
RIOS DEL CORAZON
ADVIENTO Y NAVIDAD
1992/92-2.Págs. 178-183


25. FE/QUÉ-ES

TEMA: LA AVENTURA DE LA FE.

FIN: Desinstalar a la comunidad de un falso descanso que se concede, una vez que se sabe creyente. La fe es una búsqueda constante y decepcionante. Hay quienes piensan que la fe les va a solucionar todos los problemas. Hoy deberían descubrir que no es así.

DESARROLLO:

1. La fe es una búsqueda.

2. La fe es una aventura.

3. La fe es una carrera de obstáculos.

4. La fe es decepcionante.

TEXTO:

Comencemos por despejar este Evangelio del folklore. La narración de los Magos es una historia didáctica que nos quiere enseñar:

-- La llamada de todos los hombres a la fe.

-- Las cualidades de esta fe.

Llamada a la fe que ha aparecido en Jesucristo como salvación. Esta manifestación del amor salvador de Dios se llama Epifanía, revelación, resplandor, iluminación. En Cristo, Dios ha querido revelarse a nosotros y hemos visto su gloria. Esta es la Epifanía que celebramos. En lugar de contemplar cómo Dios se ha manifestado, vamos a examinar qué cualidades debe tener la fe del hombre, para poder llegar a captar esta manifestación de Dios.

1. La fe es una búsqueda. FE/BUSQUEDA En la narración de los Magos, uno de los elementos que más resalta es la pregunta: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?

Los Magos buscan, indagan.

¡Qué diferencia esta actitud, con esa fe estática, quieta, que todos padecemos! Tenemos la fe como quien ha recibido un paquete bien embalado con muchas cosas dentro y que guarda cuidadosamente. La fe subjetiva, de cada persona, no es algo que esté hecho, debe ser encontrada por cada hombre y generación. No es Algo que ya está conquistado sino una realidad que debemos conquistar. Nada más extraño a una actitud de fe que el fixismo, el enraizamiento, la calma, la inmovilidad

Las actitudes del creyente, inquieto, investigador, inquirente, están descritas con estas imágenes: «Buscad y hallaréis, pedid y se os dará, llamad y se os abrirá...». Todo son actitudes activas. Como lo son también: el velar, estar despiertos.

2. La fe es una búsqueda no exenta de aventura.FE/EXODO

-- Se ha recorrido un largo camino desde el Oriente hasta Belén. El camino de los Magos nos sugieren otros muchos caminos de la historia, realizados bajo el imperio de la vocación: «Sal de tu tierra a la tierra que yo te mostraré» (Gen 12). «Deja a tu padre y a tu madre.» «Vende todo cuanto tienes y rapártelo entre los pobres y luego sígueme.»

La fe es una invitación a salir de una situación de esclavitud a una nueva manera de vivir. Ello exige despojarse, aun antes de seguir la promesa.

--La aventura de la fe consiste en que tenemos que despojarnos, fiarnos solamente en el parpadeo de una estrella, en una Palabra interior que a veces percibimos.

La fe es una intuición, una experiencia luminosa, que se nos escapa constantemente, como la visión de una estrella fugaz. La fe es una flecha indicadora, una vocación a ponerse en movimiento sin camino asfaltado. La luz de la fe entraña la suficiente garantía como para seguirla, pero está en la conveniente distancia como para que no estemos nunca seguros. La fe participa también, de la inseguridad de toda vida humana.

3. La fe, por otro lado, es una carrera de obstáculos:

-- Una verdadera actitud de la fe tiene que superar la política de la fe, no se puede llamar creyente a quien posee una fe por la simple asimilación del ambiente socio-oficial en que se vive. La presión de la sociedad nos puede hacer tener unas creencias, unas prácticas, una moral y unos sacramentos, pero eso no es fe. Tampoco es fe una creencia aceptada por conveniencias: para ganar puntos, por subir puntos, para cumplir ambiciones, para ostentar cargos políticos. Hay que superar el obstáculo de la política de la fe: la engañosa apariencia de un Rey al servicio de la fe y de una Iglesia al servicio del Estado. Muy bastardos intereses pueden empujar al Estado y a la Iglesia a apoyarse con la adoración de Cristo.

Superar el obstáculo de la política de la fe, no quiere decir renunciar al aspecto de una fe política: el anuncio del nacido Rey de los judíos intriga a Herodes, hasta tal punto que decide matarlo. Es que el anuncio del Evangelio no puede permanecer indiferente ante la situación del pueblo, ni ante el sistema económico, político y social que rige la convivencia.

Es necesario superar el obstáculo de poner demasiadas esperanzas en una fe letrada, sabia, muy informada, docta. No quiero decir que la fe no sea inteligible, sino que hemos de caer en la cuenta de que «el saber» intelectual de la fe vale para muy poco. Los sacerdotes y letrados sabían que el Mesías iba a nacer en Belén de Judá, pero ninguno lo encontró. La fe debe ser ilustrada, pero la ilustración no engendra la fe. Podemos saber muchas cosas sobre la fe y no ser creyentes.

--Hay que aceptar la oscuridad de la fe. El proceso de búsqueda que dura toda la vida, pasa por situaciones en las que no se ve nada. «Desaparece la estrella.» Es lo que San Juan de la Cruz llama «la noche oscura», y que en mayor o menor grado padecemos, en ocasiones, todos los creyentes.

De este obstáculo tenemos que ser conscientes, porque es doloroso y produce no poca angustia; cuando esta situación se presenta, el relato de los Magos nos sugiere que debemos seguir buscando, preguntando, investigando, aceptando el testimonio de los demás, la Iglesia, aunque nosotros no veamos nada. Podemos tener la confianza de que «de pronto la estrella... comenzará a guiarnos».

4. Quiero decir también para que nadie se sienta engañado, que la fe es decepcionante. Después de un largo camino uno no encuentra más que a un niño con su madre.

-- Cuando emprendemos en serio una búsqueda de la fe, soñamos mucho, demasiado. Esperamos llegar a grandes y convincentes metas. Soñamos con un mundo utópico, lleno de luz, de sentido, de fuerza, sin tensiones. ¿Quién no ha tenido una ligera esperanza de solucionar con la fe todos los problemas que ahora nos atormentan?

-- La fe, aunque sea don de Dios, es siempre humana, es una fe del hombre en su condición de mundano y, por tanto, una fe decepcionante, limitada, pobre, débil, sin respuestas fulgurantes, sin evidencias; una fe velada. No vemos aún cara a cara. Cuando llegamos a tener un acto de fe consciente no somos derribados de ningún caballo, ni padecemos espectaculares caídas de rodillas en actitud de adoración. La fe participa también de la sencillez de nuestra vida. La fe es la actitud de aquellos que saben, a pesar de todo, de quién se han fiado; de los que esperan contra toda esperanza; de los que se saben en la verdad, aunque constantemente les asalte la duda; de los que creen sin «escandalizarse de mí», de un niño con su madre; de la debilidad, de la fugacidad de la luz, de la torpeza de los demás, del silencio de Dios, de la miseria propia. Pasemos ahora a celebrar la Eucaristía, el decepcionante sacramento de nuestra fe, en que ni siquiera encontramos visiblemente al Niño con su Madre y cuya única garantía de salvación es nuestra balbuciente comunión fraternal.

JESUS BURGALETA
HOMILIAS DOMINICALES CICLO B
PPC/MADRID 1972.Págs. 42-45


26.

La solemnidad de la Epifanía tiene entre nosotros un carácter muy popular, sobre todo entre los más pequeños de cada hogar. Los entrañables y coloristas personajes de los Reyes, que van más allá de lo que narra el texto evangélico, indican quizá por exceso el impacto que el misterio de la Navidad ejerce sobre nosotros, afectando la imaginación, la sensibilidad, toda nuestra persona.

Es tan grande y desbordante el nacimiento del Hijo de Dios, que la tradición litúrgica de la Iglesia ha dado lugar a dos fiestas, Navidad y Epifanía, que de manera complementaria celebran el mismo hecho.

La perspectiva de cada solemnidad es diversa. Navidad nos evoca principalmente el nacimiento de Jesús como Mesías anunciado a Israel y dado a conocer a los más humildes del pueblo, unos pastores que vivían al aire libre. Epifanía nos habla de la proyección universal de Jesús presentado como Salvador y Luz para todas las naciones. No son figuras contradictorias. La buena noticia -que tanto para los magos como para los pastores es motivo de gran, de inmensa alegría- necesita expresarse en todas sus dimensiones.

-Este será signo de contradicción

Acercándonos más a la fiesta de hoy nos damos cuenta de que esta manifestación del Hijo de Dios a la humanidad suscita reacciones muy diversas. Desde el inicio se cumplen las palabras proféticas del anciano Simeón: éste será signo de contradicción. Las lecturas de hoy nos ambientan en este clima de contrastes.

El himno de Isaías subraya la luz y el resplandor del Señor que atrae a los pueblos mientras las tinieblas cubren la tierra. San Pablo anuncia que ahora se ha revelado el misterio de salvación universal que los hombres no habían conocido.

Pero en el evangelio de Mateo es donde los contrastes se acumulan: Belén y Jerusalén, la última de las ciudades de Judea y la sede de la realeza; los magos venidos de Oriente que buscan al rey de los judíos desconocido por los letrados del pueblo; la angustia y la inquietud de la capital al oír aquellas noticias conmocionadoras y la alegría serena e inmensa de seguir el camino de la estrella que conduce hacia el recién nacido; el temor de un reyezuelo poderoso ante el nacimiento del hijo de María; el homenaje solemne de los personajes venidos de lejos y la amenaza por parte del poder de su pueblo...

Toda esta diversidad de reacciones ante la manifestación del Hijo de Dios nos sugiere que también nosotros somos invitados a situar nuestra vida en relación a Jesús. La vida entera de este recién nacido es una epifanía, una verdadera presencia de Dios en nuestra historia concreta. No tenemos otro acceso al Padre más que el camino de la humanidad de Jesús que para unos oculta y para otros revela este misterio de amor y comunicación. Jesús aparece como único y universal. Inexplicablemente concreto e histórico en su enraizamiento en el pueblo de Israel. Sorprendentemente universal en su proyección a toda la humanidad.

-Epifanía, diálogo de Dios con toda la humanidad

La fiesta de la Epifanía nos invita a establecer un diálogo, una relación con el Señor que ha querido que le conociéramos. Un diálogo con nosotros mismos: ¿Cómo respondemos a esta invitación? ¿Qué reacción suscita en nosotros la luz de la estrella? ¿Cómo buscamos en nuestra vida, en nuestro pensar y obrar, el camino que conduce hacia Jesús? Un diálogo con nuestra época y cultura: "También los gentiles... son partícipes de la promesa en Jesucristo...". Qué fundamento para la fraternidad humana, para la superación de toda discriminación de raza, lengua, cultura... Qué acogida a los que son diferentes... Un diálogo en la Iglesia: "También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo". ¿Cómo servimos a este designio universal de salvación?

Son preguntas que nos plantea la presencia de Jesús en medio de nuestra historia. Son preguntas que fecundan nuestras vidas, que estimulan nuestra búsqueda de fidelidad al Señor, como los magos que se pusieron en camino siguiendo la luz de la estrella. La Navidad, la Epifanía, nos hacen emprender también a nosotros un camino de renovación, de apertura y de amor a Dios y a los hombres nuestros hermanos. Y por encima de todo, ahora en nuestra Eucaristía y siempre en nuestra vida, brilla la alegría que experimentaron los magos y el gozo radiante y el corazón henchido con que Isaías nos invitaba a vivir.

JOSEP M. DOMINGO
MISA DOMINICAL 1995, 1

HOMILÍAS 27-39