65 HOMILÍAS MÁS PARA LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
1-10

 

1.

A-D/GRATUIDAD:

-Fiesta infantil.-Guste o no (y no veo por qué no debe gustar) hoy es, popularmente, una fiesta infantil. Aunque esta fiesta haya quedado a menudo desbordada -y falseada- por la sociedad de consumo. La ilusión muy sana, humana y cristiana, de los niños (y de los padres) queda con frecuencia desfigurada por un exceso del "tener más". Con todo, me atrevería a decir que la ilusión infantil es como un "sacramento" de la gratuidad del don de Dios, de la gratuidad del amor entre los hombres. La "inmensa alegría" de la que habla el evangelio es siempre algo a descubrir para los adultos. Y el ejemplo de los niños puede ayudar (si ellos reciben con "inmensa alegría" el regalo de una muñeca, de un juguete..., los adultos deberíamos recibir con semejante alegría el constante don de Dios, del amor a los hombres. Todo lo que sea insistir en la gratuidad, en el saber valorar con alegría el amor de Dios y de los hombres, será -pienso- muy cristiano, muy "sacramento" de la Epifanía de Dios en el Niño.

D/BUSQUEDA: Epifanía para cada hombre.-Este aspecto más popular no debería hacer olvidar, sin embargo, que lo propio de esta celebración cristiana es la manifestación humana de Dios para todos los hombres. Para cada hombre. Y que esta manifestación -es el sentido hondo de la parábola evangélica- es al mismo tiempo fruto de la "encarnación" de Dios y de la búsqueda del hombre. Los magos son ejemplo de búsqueda ilusionada. El camino de cada hombre hacia Dios implica -como el de los magos- un saber salir de uno mismo para buscar. Es, de algún modo, una aventura.

Exhortar a salir de nuestra instalación para buscar a Dios en su revelación, en su presencia en cada hombre, en cada situación humana, sería hoy muy necesario. Todos necesitamos emprender un camino -no claro, no seguro- que pueda llevarnos a descubrir la gran alegría.

-Epifanía universal.-Pero esta búsqueda no es sólo para cada uno de nosotros. Se nos ha encomendado -a los cristianos, a la Iglesia- ser "sacramento" de esta manifestación de Dios para todos los hombres. Si el texto evangélico subraya que la epifanía de Dios no quedaba entonces limitada al pueblo judío, sino que era para todos los pueblos, ello sigue vigente hoy. Y, en el marco más limitado de la mayoría de nosotros, ello significa que debemos ser "sacramento" -signo real y eficaz- de la manifestación del amor de Dios para todos los que nos rodean.

Podría mencionarse en la homilía esta exigencia de no encerrar el testimonio cristiano en los estrechos límites de los "convencidos", de saber comunicar el evangelio liberador y salvador de JC a quienes se hallan alejados o les es más difícil recibirlo: ¿los cristianos adultos saben comunicarlo a los jóvenes? ¿los cristianos "tradicionales" saben comunicarlo a los "marginados"? ¿identificamos el cristianismo con unas costumbres sociales y no sabemos dar camino a otros sectores sociales? Etc., etc.

J. GOMIS
MISA DOMINICAL 1982, 14


2. EPI/VOCA/FE

La fiesta de Reyes que hoy celebramos, nos recuerda sobre todo la vocación universal y misionera de nuestra fe. Lo decía el canto del libro de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura y lo repetía, acentuando aún más la radicalidad, el texto de san Pablo en su carta a los Efesios.

ESTRELLA/VOCACION: La fe cristiana es una oferta que Dios hace a la humanidad entera. Por la presencia del Hijo de Dios en el mundo -su Epifanía- todos los hombres de todas las épocas y culturas estamos llamados a la salvación definitiva. Cada civilización, cada tiempo, cada hombre tiene en el cielo su estrella que, seguida e interpretada correctamente, lo lleva hasta Jesús. Él, Jesús, respeta los modos de ser, las costumbres y tradiciones en lo que tienen de valioso y, al hacerse hombre, instaura la nueva y gran fraternidad de todos los hombres, hijos de Dios llamados a vivir para siempre con Él.

La misión y las misiones de la Iglesia nacen de esta convicción y de este gozo. Pero cuando san Mateo redactaba el evangelio que acabamos de leer -la adoración de los magos-, quería destacar seguramente que son los extranjeros, los extranjeros de buena voluntad, los que se acercan a Cristo, mucho más que los que en teoría lo tendrían más fácil. Al describirnos el malestar y la hipocresía de Herodes o el desinterés de los fariseos, también evidenciaba la dificultad que tienen los poderosos del mundo para abrirse de corazón al Evangelio. A menudo tienen miedo -tenemos miedo- de perder posiciones, olvidando que el mensaje de Jesús es precisamente palabra de libertad verdadera y de dignidad para todos. Herodes, como sabemos, prefirió matar a los niños de Belén; otros encuentran, ciertamente, soluciones menos crueles, pero no por eso se resisten menos a que el Evangelio impregne la vida humana personal y colectiva (...).

Siempre en algún rincón de la tierra hay hombres y mujeres -los Magos, si queremos- que, captando los signos de los tiempos, seguirán la estrella y encontrarán finalmente a Jesús. Y siempre habrá cristianos que también querrán convertirse, con la gracia de Dios, en signos para los hombres del propio medio y de los confines de la tierra (...).

Entre nosotros, Reyes es la gran fiesta de los niños. Ellos son evidentemente la alegría y la esperanza de las familias y de la Iglesia. Pienso que el mejor regalo que los mayores podríamos hacerles, sería el de enseñarles por la palabra y, sobre todo, por el ejemplo, el profundo cariz liberador que Cristo da a nuestra vida, que vieran en casa la alegría de la presencia de Jesús y que aprendieran, ya desde ahora, que la felicidad mayor consiste en compartir.

TALTAVULL
MISA DOMINICAL 1989, 1


3. BUSQUEDA/DESEO: EL EVANGELIO PREFIERE A LOS INDIVIDUOS CAPACES DE MOVIMIENTO. CR/BUSQUEDA. SER INCANSABLES BUSCADORES DE DIOS, NO POSEEDORES DE DIOS.

También aquí será oportuno, en primer lugar, limpiar el episodio de los magos de todas las incrustaciones que le han ido pegando a cuenta de la leyenda y del folklore, y restituirlos a la sobriedad de la narración de Mateo.

Entonces descubrimos la identidad más profunda de estos misteriosos personajes venidos de lejos. Son unos buscadores.

El evangelio parece tener predilección por este tipo de "individuos capaces de movimiento". Han captado una señal y se han puesto a caminar. No fue algo bullicioso. Quisiera decir, una señal acaso imperceptible, discreta, pero que ha encontrado una resonancia, una especie de "complicidad" interior. Esta señal se ha insertado en una nostalgia, en un deseo, en una búsqueda.

Y comenzó la aventura que les ha hecho abandonar las seguridades habituales, afrontar el ridículo (muchos cuerdos les habrán juzgado como locos, o al menos como soñadores) y meterse en los riesgos de un viaje que les llevaría quién sabe dónde.

Su actitud adquiere todo su relieve especialmente si se compara con la de los intelectuales y expertos convocados por Herodes.

Estos están preparados para facilitar las informaciones precisas. Saben todo. Pero no se mueven de sus libros, de sus esquemas. Dejan que los otros sean quienes arrostren los peligros. Su geografía es la aprendida en los textos, no a través de una exploración personal.

Y el Niño se dejará encontrar por los insatisfechos, los buscadores, los magos venidos de lejos. Quizás también nosotros tenemos necesidad de aprender, de estos extraordinarios "nómadas de la fe", el sentido del movimiento. Se trata de no pararse ni siquiera frente a la verdad que uno cree haber descubierto. ¡Ay! de los satisfechos en este campo.

Ciertos cristianos dan la impresión de colocarse y reposar en la verdad. Pero es legítima la duda expresada por G. ·Thibon-G: "¿Es la posesión de la verdad lo que da fundamento a tu reposo, o es el amor al reposo lo que crea tu verdad?". VERDAD/DESCANSO 

Para muchos se trata, sin duda, de amor entrañable -si bien no confesado- al reposo, la seguridad, la estabilidad, más que de amor a la verdad. Esta última, en efecto, crea nómadas, no sedentarios.

Ser creyentes quiere decir ser incansables buscadores de Dios, no poseedores de Dios. El creyente es alguien que no se considera nunca "llegado". "Para el creyente Dios no es una posesión, no es un objeto de bolsillo, sino una persona que jamás es encontrada de una vez para siempre, de quien se tiene sed. Los creyentes son un pueblo que camina por el desierto hacia Dios". (Enzo ·Bianchi-E).

BUSQUEDA/SED: La imagen más expresiva en este sentido, es presentada por el fenómeno que ha suscitado la curiosidad de Moisés: "Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que no se consumía" (Ex 3, 2). Con razón se ha observado que la llama, probablemente, estaba más en el ánimo de Moisés que en la zarza. De todos modos, la imagen expresa muy bien la "insaciabilidad" de un buscador de Dios.

Cada uno de nosotros debe ser, esencialmente, uno que busca. Y después de haber encontrado, sigue buscando por todas partes. Es necesario librarse de la ilusión de "tener" a Dios, de poseerlo de una vez para siempre. Se trata de tener la fuerza, el coraje, de reemprender cada día la búsqueda apasionada. Cada cristiano debe aparecer, a los ojos de los otros hombres, no como un rico que posee la verdad y se digna dispensarla desde una cátedra de privilegio y de presunción, sino como alguien que se une a ellos humildemente para buscar juntos.

Pero todavía queda una duda por resolver: ¿somos nosotros los que buscamos a Dios o es él el que nos busca? ¿Es más ardiente la nostalgia -con frecuencia inconsciente- que el hombre tiene de Dios o la nostalgia que Dios tiene del hombre?. De todos modos, también cuando le encontramos caemos en la cuenta de que él nos estaba esperando, es más, ha venido a nuestro encuentro.

El mismo deseo que nos había puesto en camino, que nos había empujado a partir, venía de él. En él descubrimos la fuente y la satisfacción de nuestra ser. "Durante tres años he ido a la búsqueda de Dios, y cuando he abierto los ojos al final de mi camino, he descubierto que allí estaba él, que me esperaba" (·Ferid-Ed-Din Attar).

En cualquier caso, el don más precioso que podemos ofrecerle es el habernos dejado encontrar.

ALESSANDRO PRONZATO
EL PAN DEL DOMINGO CICLO C
EDIT. SIGUEME SALAMANCA 1985


4. D/PELIGROSO.

UN ENCUENTRO EXCEPCIONAL.

Es evidente que Mateo ha conseguido hoy una fantasía encantadora. Más allá de la literalidad del evangelio, es interesante que nos preguntemos con un poco de seriedad qué quiso decir el Evangelista con su bello relato.

Aun cuando estamos en los comienzos del Evangelio de Mateo no parece aventurado indicar que el escritor intenta contraponer dos mundos distintos: el de los que habitan en las tinieblas y el de los que habitan en la luz. En las tinieblas están el palacio de Herodes, los grandes de la época, los sumos pontífices y los letrados del país; en las tinieblas están los que dominaban y sabían la ley y la escritura. Los entendidos, los especialistas consultados, respondieron con toda exactitud a la pregunta que, forzados por las circunstancias, les hizo Herodes. Saben con toda certeza que el llamado "Rey de los judíos" deberá nacer en Belén y en una época como la que están viviendo. Así lo dicen y lo aciertan. Sin embargo, no salen de la tiniebla en la que viven; su sabiduría no es capaz de ponerlos en movimiento para encaminarse hacia esa luz que anuncian, sino que, al contrario, los pone en guardia contra ella . A Herodes, esa respuesta que lo ilustra le sirve para atacar violentamente al Rey descubierto en el que vislumbra, aun cuando confusamente, una amenaza para su trono y su género de vida. No sabían todos ellos hasta qué punto ese Niño iba a socavar los cimientos de la vida que disfrutaban e iba a cambiar radicalmente el curso de la historia dejando al descubierto los puntos débiles de su sistema político, social y religioso.

Frente a estos hombres, Mateo nos presenta otros que vienen de la tiniebla pero no viven en ella; hombres que tienen una inquietud que les hace salir de sus casas y de sus patrias para ir en busca de ese Rey sin rostro y sin nombre que se anuncia en el cielo y que les espera para sorprenderlos y hacer que den una lección de fe al mundo. Porque lo maravilloso de estos magos de Oriente que caminaron hasta Jerusalén desde la oscuridad de su paganismo, es que fueron capaces de ver al Rey que buscaban en el Niño que encontraron. No hemos vuelto a saber nada más de ellos pero ningún rey de la historia, de lo que sabemos puntualmente su trayectoria desde el nacimiento hasta la muerte, ha soportado el paso del tiempo manteniendo intacta su popularidad y su lozanía como estos tres Reyes Magos que , todos los años, pasan por el mundo haciendo el milagro de compartir con los demás la alegría que vivieron en Belén.

Hubo algo más que alegría en aquel momento de los Magos con Jesús, hubo peligro para ellos. Tuvieron que huir de los poderosos que los habían encaminado hasta Él; resultaba sumamente peligroso que volvieran a Herodes para contarle que, por fin, habían encontrado al Rey que buscaban. Parece ser que es peligroso encontrarse con Dios y decírselo a los hombres y lo parece porque esto es así no sólo en el caso de los Magos sino en muchas ocasiones en las que los hombres ha sido perseguidos porque se han atrevido a decirle al mundo como es el Dios con el se han encontrado. Y es que el encuentro de Dios puede resultar sumamente comprometido y fastidioso cuando el encuentro se lleva a cabo desde la sinceridad y con la intención de buscarlo intentando aceptar todas sus consecuencias.

Pero hay algo en el evangelio de hoy que me parece interesante subrayar: el hecho de que los Reyes tuvieron su Epifanía, su manifestación de Dios, porque supieron reconocer el rostro de Dios en los rasgos de un hombre-niño. Parece evidente que si no somos capaces de encontrarnos con Dios en los hombres, no lo descubriremos nunca. Al menos no encontraremos nunca al Dios de Jesús que no es una entelequia o un ente sólo para la especulación o la oración sino que es Alguien vivo y cercano que nos espera agazapado en la mano del hombre que se tiende a nosotros para que la estrechemos cuando sufre o cuando goza.

Quizá nunca se insistirá bastante en este aspecto de la vida cristiana que es, por otra parte, el que comporta verdaderos y auténticos problemas prácticos (entre ellos el del riesgo que en su día tuvieron que asumir los Magos y han asumido en el tiempo muchísimos cristianos de verdad). Ir al encuentro de un Dios en el que sólo se piensa o al que sólo se le reza, compromete a poco; ir al encuentro de un Dios al que hay que descubrir en el hombre, sabiendo que ese hombre, porque Dios lo ha querido así, es mi hermano al que hay que amar tanto como nos amamos a nosotros mismos, es algo que acarrea consecuencias imprevisibles y, a veces, muy molestas. pero si no caminamos por esa senda es muy posible que nunca alcancemos nuestra particular y espléndida epifanía. Podíamos hoy pedir confiadamente nuestro regalo de Reyes, podríamos renovar en nosotros la ilusión de la infancia, dejar los zapatos en la ventana o cerca de la chimenea y encontrar en ellos, a la mañana siguiente, el talante y el espíritu que hizo a los Magos salir de su casa, preguntar ansiosamente y descubrir a Dios iniciando un camino de conversión

ANA MARÍA CORTES
DABAR 1987, 9


5. FE/ESTRELLA:

-HEMOS VISTO SALIR SU ESTRELLA:

Estamos celebrando la fiesta de la Epifanía o manifestación del Señor, que viene a ser la otra cara de la Navidad. Lo singular de nuestra fe cristiana es siempre este doble aspecto, esta doble y complementaria visión de la Navidad y de la vida. Aparentemente todo ocurre con absoluta normalidad: una mujer en avanzado estado de embarazo da a luz un niño.

¿Hay algo más normal y natural? Pero, de otra parte, por la fe reconocemos en ese niño, hijo de María, al Hijo de Dios. La fe es la estrella que a nosotros, como ayer a los magos, nos ha conducido a ver a Dios en el niño que ha nacido en Belén.

La fe, sin embargo, no es ciega, es luz y claridad. No es, con todo, un posicionamiento, como una ideología, sino una actitud de búsqueda, de abandono de situaciones, de peregrinación y camino.

Tampoco esta búsqueda lo es a tientas y a ciegas, no es una salida a la desesperada. Hay siempre un indicio, una estrella que marca el camino. Unos magos procedentes de Oriente, que no reyes, sino hombres curiosos y dados al estudio de los astros, se sorprenden ante la presencia de una estrella nueva, y sin pensarlo dos veces, se ponen en camino. Tienen que salir de su patria, abandonar su casa y sus comodidades y rutina, tienen que prescindir de sus propios prejuicios y dejarse guiar, emprendiendo la aventura de la fe: ¿Dónde está el nacido rey de los judíos? Esa es su pregunta y su inquietud, porque han visto su estrella, han visto una señal, un indicio... y han creído.

Todos nosotros nos hemos dejado sorprender por una estrella en la vida. En los acontecimientos ordinarios -nunca pasa nada- o en momentos extraordinarios, en casa o en la escuela, en el trabajo o en el negocio, en el ocio o en el descanso, en el campo o en la ciudad... hemos visto la estrella, hemos tropezado con una pregunta, nos hemos cuestionado por la vida o por la muerte. Y hemos descubierto la señal. Aparentemente todo era normal, corriente, irrelevante, si queréis; pero hemos visto algo y nos hemos dejado cuestionar donde muchos pasan de largo, sin ver y sin mirar.

-VIERON AL NIÑO, CON MARÍA SU MADRE: Conducidos por la estrella llegaron a Jesús. Vieron lo que cualquiera podría ver: un niño recién nacido en brazos de su madre. Pero adivinaron lo que muchos no quisieron o no pudieron, porque tenían miedo que fuera verdad. En el niño en brazos de su madre se detuvo la estrella que les guiaba. Veían al niño, pero creyeron que era el rey de los judíos. Por eso le adoraron como a Dios. Y ése es el gran misterio, que hoy festejamos con gozo. Muchos quieren ver a Dios para creer. Muchos piden señales, pruebas, hechos contundentes. Pero no se atreven a descubrir a Dios en un niño, en su prójimo, en el hombre. Y así no encontramos a Dios, porque no buscamos a Dios, sino que buscamos un ídolo que se ajuste a la imagen de nuestros prejuicios. No entendemos que Dios es más que todos nuestras ideas sobre Dios y que la única imagen de Dios auténtica es el hombre, hecho a su imagen y semejanza.

Navidad y epifanía son las dos caras de esta revelación singular: Dios se ha hecho hombre, no una idea abstracta, sino un hombre de carne y hueso, un niño, uno como nosotros. El único camino que conduce inequívocamente hacia Dios es el otro, el hombre, el hermano. Cualquier rodeo por evitar al prójimo no lleva a Dios, sino a los ídolos, a nuestros prejuicios sobre Dios.

Los magos, que habían abandonado todo, encuentran todo cuanto buscaban en el niño en brazos de su madre. Se postran en su presencia y le abren su corazón y sus tesoros. Guiados por una estrella, han recorrido el camino de la fe, que es apertura y no cerrazón, es generosidad y no egoísmo, es encuentro y no ensimismamiento: es en definitiva, amor.

-SE MARCHARON POR OTRO CAMINO: CV/CAMINO: La demostración de la fe es la conversión. No es posible creer y vivir como si tal cosa. La fe misma es ya una conversión radical, pues nos cambia desde la raíz, de nuestra mentalidad. Por eso se manifiesta enseguida en las obras, en la conducta y en el talante. El que cree en Dios no puede vivir como si Dios no existiera o como si Dios fuera un superman o un remedio para todo a nuestra disposición y conveniencia. Y el que cree en la paternidad de Dios, no puede vivir como si los demás no fuesen hermanos. Creer (CREER/QUE-ES), más que un asentimiento a verdades formuladas en abstracto, es una forma de vivir. Y no hay forma de vivir sin alguna fe, aunque no sea precisamente religiosa. Quien no cree en Dios, cree en otra cosa como si fuese Dios, convierte en ídolo un sucedáneo, al que absolutiza y consagra su vida. El evangelista, como quien no dice nada, subraya ese cambio de ruta en el camino de los magos, que se vuelven por otro camino.

No vuelven, pues, a las andadas. Y aunque es de suponer que regresan a su tierra y a su casa, no va a resultar nada igual. No podrían vivir como si el viaje a Belén hubiera sido una ruta turística. El camino les ha cambiado. Por eso cambian de camino, aunque parezca que siguen igual. La aventura de la fe inventa siempre nuevos caminos, porque va de sorpresa en sorpresa, de estrella en estrella, de pregunta en pregunta, siempre preguntando, buscando siempre. Por eso los que se las saben todas se quedan sin saber de la misa la mitad, porque han perdido la capacidad de sorprenderse, de preguntar, de buscar. Y así ya no pueden encontrar nada más. Pierden el tiempo y la vida.

La fiesta de la Epifanía del Señor supone para nosotros el reconocimiento del Señor. No basta que Dios se nos manifieste, es preciso que sepamos verlo donde se manifiesta: en un niño, en la pobreza, en la debilidad, en la inocencia, en el hijo de la mujer, en el hijo del carpintero. Y ese encuentro con Dios requiere de nosotros un cambio profundo. Si somos creyentes, no podemos seguir disimulando nuestra fe. Si creemos en la encarnación del Hijo de Dios, no tenemos por qué andar buscando a Dios donde a buen seguro no está. Y Dios no está en nuestros prejuicios, en nuestros intereses, en nuestro lado ni al lado de los poderosos, sino al lado del débil, de los pobres, del otro.

Para encontrar a Dios, como los magos, tenemos que dejarnos conducir por la estrella, salir de nosotros mismos -de todo lo mío y lo nuestro-,para ir al encuentro de los otros, de todos los otros. Si nos decidiéramos a amar al prójimo como a nosotros mismos, no nos resultaría tan difícil creer en Dios. Pero, mientras tengamos vueltos los ojos y el corazón hacia nosotros mismos, ni podemos ver al prójimo ni podremos descubrir a Dios en un niño en brazos de su madre.

EUCARISTÍA 1987, 3


6.

ESTRELLA Y CAMINO:

Los "reyes" ven la estrella y observan que en ella había algo muy especial; atisban un mensaje, una noticia importante para su vida. En eso consiste la sabiduría de esos "sabios" en que no sólo ven la superficialidad de las cosas, no sólo ven en la estrella una estrella y, más tarde, en el niño, sólo un niño, sino que en el fondo descubren algo más, digamos que descubren la base y fundamento del conjunto que observan y, por eso, siguen sus huellas.

En la sonrisa de una persona podemos ver no sólo un rostro distendido, sino también una expresión amorosa. No cabe duda que todo el mundo tiene un rostro, una faceta, una cara: nuestra vida, nuestros encuentros, nuestras experiencias... En muchas cosas puede aparecer una estrella que indique el camino. Pero también ocurre que a menudo sólo vemos los contornos de un asunto y no notamos la expresión, el contenido, el mensaje que se encuentra dentro. En esto consiste, pues -como decimos-, la sabiduría de los sabios, en saber ver realmente lo que la estrella quiere indicarles. No ven en ella un simple cuerpo celeste que por salir y ponerse es objeto de estudio, sino que tras él descubren una llamada, una provocación, una revelación. Que ¿cómo reconocen eso? No cabe duda que en ellos existe ya un amor por las estrellas o, mejor dicho, por otro y mejor resplandor que de hecho puede tener la vida humana.

Quizá ellos se esfuerzan en buscarlo por encima de sus propias vidas cuadriculadas. Magos son desde el momento en que su mirada y su atención corren tras lo maravilloso de este mundo y del hombre.

Una tal revelación, una aparición así desde el interior de la aparente superficialidad de las cosas necesita hombres abiertos, los magos se abren . Esto se puede decir en un doble sentido. Por una parte, se abren ante la aparición del nuevo rey del mundo y se ponen en el camino de la vida. Por otra parte, se abren realmente en cuanto salen de sí mismos y de su mundo para ponerse en el camino que señala la estrella, por donde ella les marca. Una estrella amanece en su vida y se ponen en marcha hacia Jerusalén donde encontrarán la luz de su vida. Todos los demás se cierran, se quedan en su mundo y en su casa; la cuestión sobre el fondo, es decir, sobre lo más importante de nuestra vida no es importante para ellos y el mundo queda como está: ni cambia ni cambiará. Generalmente, siempre son sólo unos pocos los que se abren y los que se ponen en camino.

-DOS REYES. UNA ADORACIÓN:

La estrella los lleva a Jerusalén. Allí les espera la mayor decepción y también la más importante decisión. Porque en Jerusalén encuentran dos reyes. En primer lugar, encuentran a Herodes, el que poco antes había hecho ejecutar a sus hijos por miedo a perder el trono. Pero Herodes no está aquí en un primer plano; él es más que nada un signo, una señal del poder, del éxito, del prestigio, de la autosuficiente y el desprecio con todos sus medios. Y ante él se manifiesta de nuevo la sabiduría de los sabios que no se quedan parados frente a las intrigas de aquel hombre, frente a su ambición de poder y su mendacidad. No se detienen, pues, ante el primer rey que encuentran, porque no lo reconocen como tal para sus vidas; la estrella no les señala en él el sentido último que buscan. La estrella sigue adelante y ellos van detrás, hasta encontrar al otro rey de los judíos, un niño, sin poder y necesitado de ayuda. Esa pobreza no les lleva a confusión. Ante él se postran y lo adoran. Y le ofrecen sus tesoros; su corazón, su entrega, su esfuerzo. Para ellos está claro que la epifanía de Dios en la tierra no acontece en el poder y la riqueza del mundo, sino en la impotencia por causa del amor. Naturalmente, este es el fundamento de una gran noticia, de una gran alegría para ellos y para todos.

-A CASA POR OTRO CAMINO:

Los tres sabios o reyes vuelven a su tierra por otro camino. Esto es muy significativo: quien experimenta a Dios tan sencillamente y a la vez tan profundamente no puede volver a recorrer el mismo camino. Ellos dieron la espalda a Herodes con el que nada tenían que ver, ni del que nada querían saber. Hay ahora más motivo para seguir el camino que marca la estrella: el camino del rey de reyes, que por nuestro amor se ha hecho pequeño, para que nosotros seamos grandes. Este es el amor universal que tal rey nos ofrece para que nosotros seamos pequeños en bien de los otros; un amor que se extienda a los que nos son difíciles, no sólo a los que nos caen bien, a los creyentes y a los que no lo son, a los cercanos y a los lejanos, a los conocidos y a los extraños.

El que, según los valores de este mundo, se hace aparentemente insignificante -éste es quizá el mensaje de hoy- y así se manifiesta por su estrella y con los magos, pero es el verdadero rey del mundo, ése es el único al que nosotros podemos aceptar como auténtico rey de nuestra vida. Porque es su estrella la que dará a ésta luz y pleno sentido. Aunque seguramente con esta luz también nosotros aparecemos como insignificante a los ojos de los poderosos y tendremos que elegir otro camino, lejos de sus intrigas.

Es fácil que, si profundizamos en todo esto, reconozcamos el esplendor de una vida en Jesús, no con Herodes. El futuro de Jesús es garantía de que resucitaremos y seremos glorificados con él. Todos los demás "reyes" a la postre nos harán caer.

EUCARISTÍA 1988, 3


7. 

-EL OTRO NOMBRE DE NAVIDAD:

Debemos esforzarnos para rescatar el auténtico significado de la fiesta que celebramos. Como tantas otras, y quizás más que ninguna esta fiesta, llamada vulgarmente día de Reyes ha sido mercantilizada y degradada. De ahí la urgencia y el esfuerzo que tenemos que hacer para recuperar su sentido originario.

Para los creyentes la Epifanía es el otro nombre que recibe la Navidad, el nombre que le dieron las iglesias orientales desde el principio. Si la Navidad, fiesta de origen latino, alude al nacimiento: "La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros", Epifanía significa manifestación y sugiera la idea de alumbramiento o de dar a luz: "y hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo del Padre, lleno de gracia y de verdad". Por consiguiente, la metáfora bíblica de esta fiesta es la luz: "la gloria del Señor que amanece sobre Jerusalén", "la revelación del misterio escondido", la estrella de los magos que vienen de oriente... Por el nacimiento de Jesús en Belén creemos que la Verdad de Dios, la Palabra, es un hecho, una vida, y no sólo una doctrina.

Por la manifestación del Señor reconocemos que esa vida, ese nacimiento, trasciende el marco doméstico y familiar y pertenece a la historia de salvación. El Hijo de María es noticia, la Buena Noticia.

-GUIADOS POR UNA ESTRELLA: VOCA/ESTRELLA

Jesús nace en Belén para todos los hombres, para los de cerca y para los de lejos, para los judíos y para los gentiles, para los pastores y para los magos que vienen de oriente. No hay acepción de personas. Pero los primeros en recibirlo van a ser los pobres, los pastores, para que se vea que "los pobres son evangelizados", como había dicho el profeta Isaías. Y, después, llegarán los magos guiados por una estrella.

La estrella que nos conduce a todos es la que nos saca de casa, del acomodo en bienes y opiniones, de las certezas humanas y demasiado humanas, de la pretensión de poseer la verdad. Es la pregunta que busca y nos pone en camino, más allá de nuestros prejuicios e intereses, no el interrogatorio que inquiere y persigue. Es la pregunta en la que se formula el deseo y la esperanza no el interrogatorio en que se pone en guardia el recelo y el miedo. Herodes interroga a los magos y termina persiguiendo a los niños inocentes. Los magos preguntan. Herodes se sobresalta y, con él, toda la ciudad de Jerusalén, pero los magos se llenan de inmensa alegría al salir de esa ciudad y ver de nuevo la estrella. Para hallar la verdad que nace en Belén de Judá, hay que salir de los muros y de los convencionalismos, guiados por esa estrella, por esa pregunta, que nos hace peregrinos y mendigos de la verdad, hambrientos de ella y no poseedores y satisfechos de nuestras pobres verdades.

-VAMOS A BELÉN: Los que se creen en posesión de la verdad lo único que hacen es enseñar "sus verdades" despóticamente al pueblo. Este despotismo ilustrado es la contradicción manifiesta de la estrella de los magos. Estos dejaron atrás su sabiduría para buscar la sabiduría de Dios. No fueron a Belén cargados de razón, sino preocupados y encaminados por una pregunta. Se acercaron al pesebre de Belén para contemplar la verdad hecha carne, no para llevar a su escuela al niño de José.

Si la Palabra de Dios se hace carne entre los pobres, y estos son los primeros evangelizados, debemos acercarnos a ellos con más preguntas que respuestas. Con el ánimo de aprender lo que realmente importa a todo el mundo, de ver en su praxis, en su lucha, cómo se abre camino y se hace carne la promesa de Dios.

Debemos acercarnos para aceptar su punto de vista, para abrazar su causa y comprometernos en ella. Para ponernos en su lugar, y por lo tanto, en el lugar donde podamos ser evangelizados.

EUCARISTÍA 1981, 3


8.

Celebramos la Manifestación del Señor. El es la Verdad que ha venido al mundo. No se trata de aquellas verdades que el hombre puede encontrar en el mundo tras largas y complicadas investigaciones, sino de la Verdad que estaba junto al Padre y que en un momento histórico hizo su entrada en el mundo, ofreciéndose a todos los hombres. No es la lámpara que encendemos para iluminar nuestro sendero, sino la luz que ha amanecido para todos, descubriéndonos el camino e invitándonos a la marcha.

Isaías, en la primera lectura de hoy, describe poéticamente ese amanecer del Señor sobre Jerusalén. A su luz todos los pueblos, que yacían en la oscuridad y en las sombras de la muerte, se levantan de su postración y gozosamente emprenden el camino hacia Jerusalén. Precisamente este hacerse presente y manifiesta la Verdad en el mundo hace posible que los hombres podamos caminar a su encuentro. Bellamente lo había dicho San ·Agustín-SAN: "Yo no te buscaría, si tú ya no me hubieras encontrado".

Este es el acontecimiento que hoy celebramos: existe la Verdad en el mundo. El Verbo de Dios se ha hecho hombre y no sólo existe ahí, en el mundo, sino que existe para nosotros, nos sale al encuentro como luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Por eso, a todos, sin distinción de ninguna clase, nos es dado el correr al encuentro de la Verdad, que nos invita, nos alienta y nos va desbrozando el camino. Todos los esfuerzos de los hombres a través de los siglos, todos nuestros propios esfuerzos por salir de las sombras de la duda, encuentran hoy su justificación y su culminación. Tenemos razón los hombres en buscar la Verdad, porque la Verdad está entre nosotros. ¿No es esto motivo de gozo? La aparición de la Verdad en el mundo despierta el interés de los hombres, porque no se trata de una verdad teórica, no es una frase verdadera, ni siquiera un simple hecho verificable. Es mucho más: es Cristo, la Verdad encarnada. Y una tal verdad, "Dios con nosotros", compromete nuestra vida, nos saca de quicio, nos invita a caminar tras de ella, a salir de nuestro aburguesamiento, a despojarnos de nuestra comodidad, a renunciar a "nuestras verdades". Por eso, no todos los hombres responden de la misma manera. San Mateo nos refiere el caso de los Magos.

Ellos buscan la Verdad, han visto su luz, se han dejado iluminar por ella y se ponen en camino. Atraviesan las soledades del desierto y los desiertos del politiqueo e inquietud de la ciudad.

MIEDO/VERDAD: Siguen su camino, a pesar de que muchos se quedan tranquilamente en casa, incluso aquéllos que teóricamente sabían del acontecimiento. Su camino les llevó hasta la Verdad y llenos de gozo se rindieron ante ella y la adoraron, pero Mateo refiere también la actitud de Herodes. Aquel usurpador del trono de David tiene miedo de la verdad, tiene miedo de perder su posición, su nivel de vida, su rango real. Por eso se conmueve y con él toda Jerusalén. Pero como tiene miedo de la verdad, decide aplastarla, recurriendo incluso a la injusticia del asesinato en masa de los inocentes.

Herodes y los Magos tipifican dos actitudes contrarias ante la Verdad: la de aquéllos que la aman y la buscan sinceramente, poniendo en juego toda la vida, y la de aquéllos que la temen y recurren a todas las astucias, hasta la injusticia, para liquidar la verdad del mundo. Nosotros, los cristianos, nos ufanamos de poseer la verdad, como si fuéramos los propietarios en exclusiva de la luz, como si fuéramos ya la luz. Pero la luz, la Verdad, es Cristo. Nosotros somos sólo testigos de la luz, de la verdad.

Todos los hombres de buena voluntad caminan a la luz de esta Verdad única que es Cristo. pero mientras muchos -cristianos anónimos- recorren su camino sin reparar en la luz que les alumbra, nosotros -los cristianos- caminamos y sabemos que esa luz es Cristo. El es la Verdad abierta para todos los hombres.

Nosotros lo sabemos y somos testigos, tenemos que ser testigos de que la Verdad, la única, está ya con nosotros. Llenos de regocijo, vamos a dar gracias a Dios.

EUCARISTÍA 1970, 9


9.

COLECTA: HOY ES EL "DÍA DE LAS MISIONES".

Según la liturgia, hoy es el día de las Misiones. Si nos hubiésemos fijado bien en ello, no hubiera sido necesario instituir el "Domund" en un domingo que no tiene nada que ver con este tema. La liturgia de hoy ve en aquellos tres magos llegados de lejanos países de Oriente la representación de los paganos convertidos al cristianismo, que ocuparían el puesto de los judíos, que en su gran mayoría no aceptaron al Mesías cuando vino. Vino a su casa y los suyos no le recibieron, mientras que los que no eran de los suyos se hicieron suyos. Los de lejos llegaron antes que los de cerca: los dirigentes de Jerusalén, los letrados, los grandes sacerdotes, escrutan las Escrituras, interpretan las profecías sobre el Mesías prometido, son capaces de indicar el buen camino a los extranjeros que llegan preguntando por el rey de los judíos recién nacido... ¡pero ellos no van! Hacia el final del libro de Isaías, un jubiloso oráculo que hemos escuchado como primera lectura, contemplaba la luz del Señor resplandeciente sobre Jerusalén, mientras las tinieblas del paganismo cubrían las naciones, y todos los pueblos de la tierra que se acercaban a su luz, y los reyes que buscaban el resplandor de su aurora. Al no ser recibido por los judíos, el que ha nacido rey de los judíos será rey de todos los hombres, de todos los pueblos, de todos los siglos.

Todo esto lo expresa la oración colecta diciendo que "por medio de una estrella (Dios) reveló a su Hijo Unigénito a los pueblos gentiles". Sólo que en nuestros días los no creyentes ya no están tan lejos. Ya no están solo en la China, la Polinesia, el África o la selva del Amazonas, sino que llenan nuestras ciudades descristianizadas. Pero vayamos con cuidado a despreciarles: por muy católicos practicantes que creamos ser nosotros, podría ocurrirnos como a los judíos practicantes de Jerusalén, que los magos se les adelantaron en el camino que conduce a Jesús. El gran misterio secreto que las generaciones pasadas no habían conocido es, decía San Pablo a los Efesios, "que desde ahora, por el evangelio, todos los pueblos, en JC, participan de la misma herencia, forman un mismo cuerpo y comparten la misma promesa".

La Iglesia es portadora de un mensaje que no es sólo para ella, para quienes están ya dentro de ella. La Iglesia, por decirlo con palabras de la oración colecta de hoy, es ella misma la estrella por la que Dios revela a su Unigénito a todos los no creyentes, tanto a los de países lejanos como a los que están más cercanos a nosotros.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS: NUESTROS PRESENTES Y EL SACRIFICIO DE CRISTO.

El colocar sobre el altar el pan y el vino para la Eucaristía, nos acordamos de las ofrendas que los magos habían traído de muy lejos para homenajear al Salvador del mundo recién nacido, y pensamos en lo que nosotros nos disponemos a ofrecer al Padre: no ya oro, incienso y mirra, ni tampoco meramente pan y vino, sino "Jesucristo al que aquellos dones representaban y que ahora se inmola y se da en comida". El verdadero y gran ofertorio no es cuando presentamos el pan y el vino, sino cuando, después de la consagración, decimos a Dios que le ofrecemos el pan de vida y el cáliz de la salvación, el memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo. No sólo lo hace el sacerdote; lo hacemos todos. No sólo ofrecemos a JC muerto y resucitado por nosotros; con él nos ofrecemos a nosotros mismos. Dice el Vaticano II que debe procurarse que los fieles no asistan a la eucaristía como mudos y extraños espectadores "sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada, no sólo por manos del sacerdote, sino junto con él". (Sacr. Conc.48).

Estos días muchos intercambian obsequios, recordando el gran regalo que Dios ha hecho a la humanidad: su Hijo único. En JC, Dios no sólo "ha" dado, sino que "se ha" dado. Así nosotros no debemos quedarnos sólo en dar, sino que debemos darnos, tanto a Dios, en la Eucaristía, como al prójimo, en la vida.

POSCOMUNION: TODO CRISTIANO ESTA LLAMADO A LA CONTEMPLACIÓN. La oración colecta ha pedido que "los que ya conocemos (a Dios) por la fe podamos contemplarle un día cara a cara" como los magos, que hicieron el camino guiados por la estrella. También nosotros caminamos, en la fe, guiados por la Palabra y los sacramentos, y cuando lleguemos a nuestro término, a la gloria, no necesitaremos ya ni la Eucaristía ni la Escritura, ni los demás sacramentos. Por esto diremos en la oración después de la comunión: "Que tu luz nos guíe siempre, Señor, para que contemplemos el misterio del que hemos participado".

HILARI RAGUER
MISA DOMINICAL 1980, 1


10.

Desde sus orígenes la solemnidad de la Epifanía ha contado con gran variedad de aspectos -reducidos entre nosotros a nivel popular al episodio de la adoración de los magos- que hacen difícil un enfoque central y unitario. "De todos modos, en su evolución histórica, la Epifanía ha conservado en gran modo su carácter de solemnidad antigua, ideológica, trascendiendo los episodios históricos que son su objeto: es la celebración de la manifestación, en general, de Dios a los hombres en su Hijo, es decir, la primera fase de la redención" (Alexandre OLIVAR, el nuevo calendario litúrgico, Estela, Barcelona, 1970. p. 46).

De acuerdo con este tema central, podemos orientar la homilía según dos aspectos de la manifestación de Dios a los hombres: su carácter humilde y poco espectacular, y su dimensión universal.

1) LA MANIFESTACIÓN DE DIOS ELUDE TODA ESPECTACULARIDAD.

Tradicionalmente son tres las manifestaciones que celebra la Epifanía: la adoración de los magos, el bautismo de Jesús, el milagro de Caná, como podemos ver en la antífona del cántico de María correspondiente a las segundas vísperas de la solemnidad: "Celebramos un día santificado por tres milagros: hoy la estrella condujo a los magos, hoy el agua se convirtió en vino, hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, aleluya". (Actualmente, sin que la Epifanía deje de conmemorar los tres aspectos, el bautismo es especialmente recordado el domingo siguiente, y las bodas de Caná en el evangelio del otro domingo correspondiente al ciclo C).

Si nos fijamos bien en ello, las tres manifestaciones tienen un cariz común: son apariciones de Dios no en poder y en gloria, sino en humildad y ausencia de espectacularidad. Jesús se presenta a los magos, que traen presentes espléndidos, como un niño impotente y débil. Cristo obra su primer milagro en el marco de una fiesta popular y familiar. El Hijo de Dios se coloca en la cola de los pecadores, que se someten al bautismo de penitencia.

No hay nada, en ninguna de estas manifestaciones, que evoque pujanza, riqueza o dominio. Son manifestaciones de un Dios bien extraño. Es que a Dios no le ha dado miedo el escándalo de los puritanos, de aquellos que lo habrían hecho de un modo bien diferente. Si es que Dios debía manifestarse, la mentalidad meramente natural y humana habría preparado un modo bien abierto e irrebatible. Pero los pensamientos de Dios no son los pensamientos de los hombres. Este estilo epifánico de Dios tiene una repercusión bien clara en el campo eclesial, puesto que la Iglesia continúa en el mundo la manifestación de Dios entre los hombres. También ella corre el peligro de caer en la tentación de la espectacularidad, pero los cristianos debemos comprender que tanto más manifestaremos la verdadera presencia de Dios cuanto menos nos presentemos al mundo con voluntad de poder y dominio y más bajo los velos humildes del servicio y el amor.

2) LA MANIFESTACIÓN DE DIOS TIENE UNA DIMENSIÓN UNIVERSAL.

El Evangelio de la Epifanía es, en su totalidad, una parábola que de un modo plástico quiere que nos demos cuenta de un aspecto esencial del mensaje de la Buena Nueva. Como en cualquier parábola, la anécdota es secundaria y lo verdaderamente importante es la intención teológica de la narración. Tras la escena pintoresca de unos personajes misteriosos que vienen del Oriente para rendir homenaje al niño nacido en Belén, se encuentra lo mismo que, en lenguaje diferente, nos dicen las otras dos lecturas, y que podemos resumir así: la manifestación de Dios se dirige a todos los hombres y pueblos de la tierra y no conoce fronteras de ninguna clase. En efecto, Isaías, usando el género de la poesía poética, dice "Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos vienen de lejos, a tus hijas las traen en brazos". Y san Pablo, en un estilo ya directamente teológico, afirma: "Se me dio a conocer por revelación el misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio".

Los magos del relato evangélico son una representación de todos estos pueblos -en esto resulta muy acertada la intuición popular, que atribuye a cada uno de los magos una raza diferente- que han oído el anuncio del evangelio y que se disponen a destruir para siempre las barreras de separación. De este modo la Epifanía se convierte en la fiesta de la universalidad de la salvación y, por tanto, de la catolicidad de la Iglesia. Universalidad y catolicidad que en modo alguno significa uniformidad, sino que respeta y promueve las ricas diferencias de raza, lengua y cultura.

JOAN  LLOPIS
MISA DOMINICAL 1979, 1

HOMILÍAS 11-19