MEDITACIÓN LITÚRGICA

La meditación navideña tiene una nueva oportunidad en este segundo domingo. Es muy sugerente la antífona de entrada que figura en el misal: "Cuando todo guardaba un profundo silencio, al llegar la noche al centro de su carrera, tu omnipotente Palabra, Señor, bajó de los cielos desde su solio real". El libro de la Sabiduría refiere este dicho a la noche luminosa de la salvación de Israel. Nosotros la leemos como luz meridiana sobre el mundo entero, claridad que es la venida de la Palabra hecha carne.

Los textos litúrgicos de hoy ofrecen la dimensión teológica de los hechos de Belén. La contemplación se basa principalmente en el prólogo del cuarto evangelio. El alma se postra al son de la gran afirmación: "La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros". Nosotros, por la venida de esta Palabra, somos hijos de Dios.

-En medio del pueblo elegido

Estamos ante la personificación de la Sabiduría. Es el gran don de Dios a los suyos. La lectura del Antiguo Testamento, desde la perspectiva cristiana, nos remite el Cristo encarnado, verdadera "Sophía" que ha querido habitar en medio de su pueblo, el nuevo Israel, y por él entre todos los hombres.

La presente meditación, siguiendo el texto sapiencial, nos conduce a ensalzar a la Sabiduría, a admirarla, a alabarla y bendecirla. Oración gratuita que acaricia el misterio, a semejanza de la actitud contemplativa de la Virgen María, y que lo hace penetrar en el corazón. Adoremos, pues, a la Divina Sabiduría Eterna, que ha querido residir, con todo su poder salvador, en la nueva Jerusalén, para participar a su pueblo la misma gloria que ella posee.

La oración, por tanto, deviene hoy glorificación de Dios. Oportunidad para dar alas a la alabanza que brota espontáneamente de la consideración de los hechos y palabras del Señor a favor de los hombres. Singularidad de una revelación que hemos tenido la suerte de conocer y que agradecemos con todo el alma.

Nuestra bendición -decir bien- se dirige a Dios, porque, en Cristo, nos ha bendecido con toda suerte de bendiciones espirituales. Elegidos eternamente a la santificación, nos ha predestinado a ser hijos adoptivos en el mismo Cristo. Debemos ser alabanza de la gloria de Dios. Tenemos que ser testigos de la esperanza que inunda nuestros corazones.

-La Palabra se hizo carne

La oración, con el prólogo del evangelio según san Juan, alcanza una insospechada profundidad. Este preludio contiene, como una bella sinfonía, los temas más importantes que el hagiógrafo desarrollará a lo largo de su escrito inspirado. Conviene, pues, leer detenidamente el texto.

La palabra es eterna. La Palabra es Dios. Intervino en la creación. La Palabra es vida y luz. Luz espléndida para la tiniebla -del pecado- y rechazada por esta misma tiniebla. He aquí el drama luz-tinieblas, paralelo al de luz-mundo, que será la dinámica del evangelio joánico y que culminará en la cruz.

La Palabra conoció el rechazo. ¡Absurda obcecación! Ni encontró espacio entre los suyos. Los que optaron por acogerla pudieron ser hijos de Dios. Es la obra de la fe. Y requiere un nacimiento de Dios.

Pero la realidad se impone. Del mismo modo que Dios quiso estar en medio del Israel peregrino en el desierto, así mismo "la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros". La gloria de Dios se ha manifestado en el Hijo único del Padre celestial. Y este Hijo ha venido para revelarnos el nombre del Padre. Aparece, al lado de este misterio, la figura del Precursor como testigo de la luz y reclamo de la fe.

Sin duda, la contemplación cristiana siente la paz de la Encarnación del Verbo. Y recuerda la expresión de Jesús, en el tercer capítulo del evangelio de Juan: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3, 16s).

La oración colecta desea que la gloria de Dios llene la tierra y que todos los pueblos reconozcan a Jesucristo. La súplica sobre las ofrendas insiste en el hecho de que, por el nacimiento de Cristo, se nos ha señalado el camino de la verdad y se nos ha prometido el camino de la gloria.

-Una plegaria

Se conecta con las peticiones acabadas de indicar: que la gloria de Dios sea reconocida universalmente, que marchemos en la verdad que nos hace libres y que nos mantengamos fieles para llegar a la gloria que saciará nuestra sed de verdad y de luz.

La alabanza puede hacer uso del "Gloria" de la Misa o del "Te Deum laudamus".

JOAN GUITERAS
ORACIÓN DE LAS HORAS
CENTRO DE PASTORAL LITÚRGICA BARCELONA
1991/12. Pág. 421 ss.


Para orar con la liturgia

"Canten mis labios las alabanzas del Señor, 
de ese Señor por el que fueron hechas todas las cosas 
y por el que fue hecho Él en medio de las mismas; 
de ese Señor que es el manifestador del Padre 
y el creador de su Madre; 
Hijo del Padre Dios sin madre, 
hijo del hombre de madre sin padre; 
gran luz de los Ángeles,
pequeña en la luz de los hombres;
Palabra de Dios antes de los tiempos;
palabra humana en el tiempo oportuno,
creador del sol,
creado bajo el sol"

S. Agustín
Cuarto Sermón de Navidad, 1 PL 38, 1001