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HOMILÍAS PARA EL DOMINGO SEGUNDO DE NAVIDAD
39-40
39. DOMINICOS 2004
En el sosiego entre la fiesta de la navidad y la epifanía, este domingo nos invita a entrar en el “silencio sereno”que proclama la antífona de entrada de la Eucaristía para dejarnos invadir por el insondable misterio, expresado por el evangelista Juan: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria”. Palabra “hecha carne” que se manifiesta como el amor cercano, entrañable y solidario de Dios con todos los seres humanos para manifestarnos su rostro, para recorrer con nosotros el camino de la historia que avanza hacia la realización plena del plan amoroso de Dios. Palabra que establece y crea una relación viva y personal con los hombres y mujeres, si estamos dispuestos a acogerla: “a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios”. De la mano de la sabiduría, que aparece en la lectura del Eclesiástico, personificada y cercana a Dios, pero que echó raíces en medio del pueblo, se va preparando en el Antiguo Testamento la revelación que conducirá a la auténtica Sabiduría, a la Palabra definitiva del Padre.
El apóstol Pablo nos invita a releer, con corazón agradecido, la historia de la salvación que Dios Padre nos ha otorgado en Jesucristo: en el Hijo hemos sido bendecidos, agraciados, elegidos para ser santos, hechos hijos adoptivos... En su bella oración por la comunidad de los cristianos de Éfeso, Pablo pide al Padre que les ilumine con el espíritu de sabiduría para comprender el destino final al que han sido llamados, el mismo al que nos llama nuestra vocación y orienta nuestra existencia concreta de creyentes. La sabiduría que el apóstol pide no se basa en conocimientos abstractos o intelectuales, sino en la adquisición de una sensibilidad especial para vivir haciendo experiencia de Dios en la historia humana en la que el Verbo se ha encarnado; sabiduría que cuestionará siempre el intento de la búsqueda de un Dios al margen de la vida. Si Dios nos ha elegido y nos ha hecho hijos ¿podremos rechazar y negar el don de la filiación de Dios a nuestros hermanos y hermanas?, ¿podremos considerar a alguien como extraño?. Si hemos sido llamados a “heredar una bendición” ¿podremos vivir entre nosotros mal-diciendo o apropiándonos de una bendición destinada para todos?
Este segundo domingo de Navidad, después de la fiesta de María Madre de Dios con que abrimos el año nuevo, es una profundización en los valores más vivos de lo que significa la encarnación del Hijo de Dios.
I.1. La primera lectura se toma del libro del Eclesiástico (titulo popular) o de la Sabiduría de Ben Sirá, como se le conoce, técnicamente, por el autor que lo escribió. Antes no se le conocía más que en griego, pero ya se han descubierto los fragmentos hebreos (en la antigua Guenizá del Cairo) que certifican que esa es su lengua original. Es un libro propio, con un género literario específico, tanto en el mundo bíblico como en la literatura del Medio Oriente y de Egipto. Este tipo de obras intenta poner de manifiesto los valores más fundamentales de la vida, de un comportamiento justo, honrado, humanista; en definitiva, eso es vivir con sabiduría.
I.2. La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría, con mayúscula; no la del hombre, sino la de Dios. Es un himno grandioso del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres. Debemos tener en cuenta que los judíos no podían entender que hubiese alguien como Dios; la sabiduría, aunque personificada, es, en el texto, una criatura como nosotros, aunque es la mano derecha de Dios, porque es la confidente del saber divino y, por lo mismo, de su acción creadora, hálito del poder divino en todo el proyecto que El tiene sobre el mundo. De hecho, en el judaísmo se identificaba a la Sabiduría con la Torah, la ley. No podía ser de otra forma en un ambiente cerrado a los valores creativos y proféticos de Dios. Sin embargo, una lectura cristiana de este texto, lo sabemos, apunta directamente a la Palabra de Dios, a Jesucristo. Y entonces, la Torah, la ley, quedará en lo que es, un mundo de preceptos que a veces ni siquiera ponen de manifiesto la voluntad de Dios.
II.1. Aunque se proclame en nuestra lectura que esta carta es de San Pablo, la opinión más extendida hoy, aunque no sea general, es que es un escrito posterior de la escuela paulina. Es un escrito de una gran densidad teológica; una especie de circular para las comunidades cristianas de Asia Menor, cuya capital era Éfeso. En realidad lo que hoy nos toca proclamar de esta lectura es el famoso himno con el que casi se abre la epístola. Es un himno o eulogía (alabanza), a Dios, probablemente de origen bautismal, como sucede con muchos himnos del NT; desde luego ha nacido en la liturgia de las comunidades cristianas. Su autor, como Pablo hizo con Flp 2,5-11, lo ha incardinado a su escrito por la fuerza que tiene y porque no encontró ostras palabras mejores para alabar a Dios.
II.2. Se necesitarían un análisis exegético de más alcance para poder decir algo sustancial de esta pieza liturgia cristiana. Es curioso que estamos ante un himno que es como una sola frase, de principio a fin, aunque con su ritmo literario y su estética teología. Canta la exuberante gracia que Dios ha derramado, por Cristo, en sus elegidos. Vemos que, propiamente hablando, Dios es el sujeto de todas las acciones: elección, liberación, redención, recapitulación, predestinación a ser hijos. Es verdad: son fórmulas teológicas de cuño litúrgico las que nos describe este misterio. Pero todo esto acontece en Cristo, en quien tenemos la gracia y el perdón de los pecados. Y por medio de Él recibimos la herencia prometida. Y en Cristo hemos sido marcados con el sello del Espíritu hasta llegar a experimentar la misma gloria de Dios en los tiempos finales.
II.3. ¿Qué podemos retener del mismo? Entre las muchas posibilidades de lectura podríamos fijarnos en lo que sigue: que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo. Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia. Hay en el texto toda una “mirada” del Dios vivo. El es un Dios de gracia y de amor. La teología de la gracia es, pues, una de las claves de comprensión de este himno. Sin la gracia de Dios no podemos tener la verdadera experiencia de ser hijos de Dios. El himno define la acción amorosa de Dios como una acción en favor de todos los hombres. Estamos, pues, predestinados a ser hijos. Este es el “misterio” que quiere cantar esta alabanza a Dios. Se canta por eso; se da gracias por ello: ser hijos es lo contrario de ser esclavos, de ser una cifra o un número del universo. Este es el efecto de la elección y de la redención “en Cristo”.
II.4. Podemos añadir que esta “parte” del himno a Cristo de la carta a los Efesios es lo equivalente del texto del Sirá sobre la Sabiduría, aunque con una riqueza teológica y cristológica sin precedentes. Es una eulogía en su forma, una alabanza a Dios por su proyecto de salvación sobre la humanidad. Se inspira en los himnos del AT, en Qumrán, en las famosas berakak del judaísmo. Es un himno cristológico más que trinitario. Porque el corazón del mismo es el papel de Cristo, ya que todo lo que se describe acontece en Cristo y por medio de Él. Probablemente era un himno litúrgico, quizás bautismal, que ha sido elegido por el autor de la carta a los Efesios para inaugurar este escrito que se pretende que sea “paulino” a todos los efectos. Los vv. 15-18 quieren descender a lo concreto de la comunidad o comunidades que ha de escuchar esta alabanza a Dios por lo que ha hecho en Cristo.
II.5. Jesucristo es la sabiduría y más que la sabiduría, porque por medio de Él está garantizado para nosotros el amor de Dios como hijos suyos. De eso se alegra entrañablemente el autor de la carta a los Efesios. Es una lectura, como todas las de hoy, de altos vuelos teológicos, pero que es verdaderamente apropiada para poner de manifiesto la grandeza de la encarnación de Dios por nosotros. La verdadera sabiduría de este tiempo, todavía de Navidad, es agradecer a Dios el misterio de su generosidad.
(Podemos volver a leer el texto comentado el día de Navidad)
III.1. El himno y las sentencias que lo constituyen se relaciona con las especulaciones sapienciales judías. El filósofo judío de la religión, Filón de Alejandría, que vivió en tiempos de Jesús, hizo suyas aquellas reflexiones, pero en vez de sabiduría habló de la Palabra divina, del Logos. En el judaísmo «sabiduría» y «palabra de Dios» significaban prácticamente lo mismo. Sobre este tema desarrolló Filón una serie de profundas ideas. En el himno al Logos de Juan han podido influir otras corrientes conceptuales de aquella época. Fuera como fuere, en el texto joánico la idea del Logos tiene una acuñación cristiana propia, una forma inconfundible ligada a la persona de Jesús. Se interpreta, en efecto, esta persona, mediante los conceptos ya existentes sobre la Palabra de Dios, de una manera no por supuesto absolutamente nueva, pero sí profundizada.
III.2. El Logos, en griego, la Palabra divina, se ha hecho carne, es nuestra luz. Quizás parece demasiado especulativa la expresión. Pero recorriendo el himno al Verbo, descubrimos toda una reflexión navideña del cuarto evangelio. El Verbo ilumina con su luz. La iniciativa no parte de la perentoria necesidad humana, sino del mismo Dios que contempla la situación en la que se encuentra la humanidad. Suya es la iniciativa, suyo el proyecto. En el Verbo estaba la vida y la vida es la luz de los hombres. Por eso viene a los suyos, que somos nosotros. La especulación deja de ser altisonante para hacerse verdaderamente antropológica, humana. Pone su tienda entre nosotros, el Logos, la Sabiduría, el Hijo, Dios mismo en definitiva. ¿Cómo? No como en el el AT, en la tienda del tabernáculo en el desierto, ni en un “Sancta Sanctorum”, sino en la humanidad misma que era la que verdaderamente necesitaba ser dignificada. El hombre es imagen de Dios, y esa imagen se pierde si la luz no nos llega. Y esa luz es la Palabra, Jesucristo.
III.3. Esta es una de las páginas más gloriosas, profundas y teológicas que se hayan escrito para decir algo de lo que es Dios, de lo que es Jesucristo, y de lo que es el hecho de la encarnación, en esa expresión tan inaudita: el “Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra; con ella crea todas las cosas, como se pone de manifiesto en el relato de la creación de Génesis 1; con ella llama, como su le sucede a Abrahán, el padre de los creyentes; con ella libera al pueblo de la esclavitud de Egipto; con ella anuncia los tiempos nuevos, como ocurre en las palabras de los profetas auténticos de Israel; con ella salva, como acontece con Jesucristo que nos revela el amor de este Dios. El evangelio de Juan, pues, no dispone de una tradición como la de Lucas para hablarnos de la anunciación y del nacimiento de Jesús, pero ha podido introducirse teológicamente en esos misterios mediante su teología de la Palabra. También, en nosotros, es muy importante la palabra, como en Dios. Con ella podemos crear situaciones nuevas de fraternidad; con nuestra palabra podemos dar vida a quien esté en la muerte del abandono y la ignominia, o muerte a quien esté buscando algo nuevo mediante compromisos de amor y justicia. Jesús, pues, también se ha encarnado para hacer nuestra palabra (que expresa nuestros sentimientos y pensamientos, nuestro yo más profundo, lo que sale del corazón) una palabra de luz y de misericordia; de perdón y de acogida. El ha puesto su tienda entre nosotros... para ser nuestro confidente de Dios.
Fray Miguel de
Burgos, O.P.
mdburgos.an@dominicos.org
La palabra es una realidad inapreciable en la vida. En el mundo actual, asistimos a una explosión de la comunicación que corre el riesgo de sumergirnos en un torbellino de palabras que desvirtúe el valor y la exigencia de ese bien del ser humano. Quizás, a la luz de la “Palabra encarnada” del evangelio de hoy, nos convendría reflexionar sobre la relación de la Palabra con nuestras frágiles palabras.
En el Antiguo Testamento, Dios no se revela con discursos y declaraciones grandilocuentes, sino liberando, salvando, conduciendo a su pueblo hacia la tierra de la promesa. Al llegar la plenitud de los tiempos, la comunicación definitiva de Dios es su Hijo, la Palabra que se hace carne. El evangelista Juan define a esta Palabra con los atributos de Vida y Luz, íntimamente unidos.
En la Palabra “estaba la vida y la vida era la luz de los hombres“. Comunicar la vida es la misión de Jesús: “yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10). La vida que Jesús aporta es la luz que ilumina a quienes aceptan su palabra. Los encuentros de Jesús con los hombres y mujeres de su tiempo (pecadores, enfermos, escribas y fariseos, ricos y pobres, ancianos y niños...) demuestran su empeño por conducir a todos, a través de sus palabras y gestos, a hacer la experiencia de la luz y de la vida.
Sabemos del gran valor de la palabra en nuestra vida cuando es vehículo de relación auténtica, de encuentro de amor y amistad, de expresión de sentimientos hondos y sinceros, de creación de belleza, de búsqueda de verdad, aunque ésta sea siempre fragmentaria, de defensa de la libertad y justicia, estando dispuestos incluso a entregar la vida. Conocemos la riqueza de la palabra compartida a través del diálogo, hecho de hablar y escuchar, de hacer camino, de acercamiento cordial y sin prejuicios al “otro”... Además, los psicólogos destacan el valor de las caricias verbales como refuerzos positivos para los seres humanos: palabras que contagian ánimo y esperanza, que son fuerza y apoyo en las dificultades, que afirman lo más precioso de otra persona, que alaban sus logros... ¿Cuál es el uso que hacemos de nuestras palabras?
Pero en un mundo dominado por la comunicación sentimos también, en muchos momentos, que existe una inflación de palabras que nos bombardean en las relaciones interpersonales , sociales y políticas: palabras vacías, sin sentido; palabras que se pronuncian y no se cumplen; palabras que no se sienten... Incluso las grandes palabras, como amor, libertad, Dios, paz, son frecuentemente utilizadas según los intereses de quienes las pronuncian. Palabras violentas que se clavan como dardos; palabras que ofenden al ser humano en su dignidad más sagrada; palabras que destruyen y matan porque arrebatan la esperanza; palabras mentirosas que mancillan la verdad más honda y maquillan la realidad para hacerla más presentable; palabras que privan de la palabra a otras personas, que les condenan a la soledad y al silencio impuesto; palabras que esclavizan...
Quizás, necesitamos acercarnos a la Palabra para sentir la vida que trasmite y dejarnos iluminar por ella, para ahondar en cómo hacerlas carne en nuestra historia, para devolver a nuestras palabras humanas toda su densidad y verdad...
Carmina Pardo OP
Congregación Romana de Santo Domingo
40.
Estas reflexiones en forma de homilías, están escritas en un lenguaje coloquial, para poder ser leídas en la celebración Eucarística, tal como están escritas, corrigiendo algunas expresiones y suprimiendo párrafos o ideas no adecuadas para la comunidad en la que participamos.
Están escritas, sobre todo pensando en los catequistas que al no haber sacerdote para presidir la Eucaristía, hacen o celebran una “misa seca” que se hace en bastantes poblados de misión
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Hemos empezado en occidente, el 1 de enero, un nuevo año civil, el 2004 Contamos los años desde el nacimiento de Jesucristo en Belén.
Los chinos tienen otro calendario, otro modo de medir y dividir el tiempo. Y ya van por el año 3.000 y más. Los países musulmanes van por el año 1.382 a partir de la huida de Mahoma de Medina a la Meca. Los judíos van por el año 2.380, según sus libros, desde la creación del mundo.
Todos estos calendarios miden el tiempo. La palabra calendario encierra el significado de: libro de cuentas de un prestamista, porque el interés mensual debía pagarse en las calendas o día primero del mes. Luego, hay dinero de por medio. Y vosotros conocéis bien la frase inglesa: “Time is money”. El tiempo es oro o dinero. Se cuenta el tiempo para ganar dinero. No está mal, pero el ser humano acaba deseando algo más que el dinero y las cosas... Acaba deseando a Dios. Y si no preguntárselo a San Agustín, hombre lleno de pasiones y con hambre de ciencia, conocimiento y verdad. Al final llegó a la conclusión, que toda su desazón, que todas sus ansias y deseos de todo deseo, solo Dios lo podía llenar y sosegar: “Fecisti nos Domine ad te, et inquietum est cor hominis donec requiescat in te”
Nosotros, los cristianos tenemos nuestro calendario, pero es un calendario litúrgico, que no mide el tiempo, ni tiene en cuenta el dinero, sino que es el “servicio público”, que presta un sacerdote al pueblo, a la comunidad cristiana, para QUE SEA SANTA, enseñándole el camino para que alcance la NUEVA VIDA, que Jesucristo nos ha ganado y ofrecido con su pasión, muerte y resurrección.
Los cristianos, como tú y como yo comenzamos ya un nuevo año cristiano a finales de noviembre del 2003, con el tiempo o etapa que llamamos de adviento: alguien que viene.
Este año litúrgico no es para contar el tiempo que tardamos en ganar más o menos dinero y hacer el balance de pérdidas y ganancias a 31 de diciembre.
Este año de los cristianos, que llamamos año litúrgico no cuenta tiempo. No cuenta nada. Es una etapa de nuestra vida en la que nos vamos sintiendo más santos, mejores, más cerca de Dios.
El año civil y laico, que hemos empezado, lo hemos empezado para contar dinero y ganancias, solo en occidente, porque existen otros cómputos del tiempo, como ya os he dicho.
El AÑO LITÚRGICO CRISTIANO no cuenta, pues, el tiempo, sino nos hace recordar y vivir acontecimientos. Estos acontecimientos o etapas son como tres grandes tesoros misteriosos, que nos enriquecen y trasforman y su meta es llegar a ser de la familia de Dios, divinos, hijos de Dios por adopción, viviendo UNA NUEVA VIDA inmortal y eterna, que trasciende toda nuestra simple vida humana.
* El primer gran tesoro o misterio es la ENACARNACIÓN del HIJO de DIOS. Dios que se hace HOMBRE para que el hombre se pueda trasformar en DIOS. Belén no es el final de la ENCARNACIÓN. Es el principio. El final de este misterio, que nos trasforma, será al final de nuestra vida, como nos enseña San Ireneo.
* El segundo tesoro: ya divinizados, podemos entrar en ese otro gran tesoro, también misterioso, de la RESURRECCIÓN de Jesucristo, que nos abre las puertas a la esperanza de que nosotros también tendremos una NUEVA VIDA de RESUCITADOS, como Jesucristo, hombre como nosotros y esa NUEVA VIDA será ETERNA.
* Y el tercer gran tesoro misterioso es la LOCURA del PLENO y TOTAL AMOR de DIOS para con los SERES HUMANOS y nuestro amor fundido en su intimidad “con música callada y soledad sonora, en una cena que recrea y enamora”, en palabras de San Juan de la Cruz.
Esa PLENITUD de AMOR de DIOS la llamamos ESPIRITU SANTO, todo el amor del Padre y del Hijo. Es ese ESPÍRITU, el que en todo nos ayuda en esta trasformación y en este caminar y nos defiende, es, pues PARÁCLITO o defensor. No tenemos que tener miedo a nada. “Nolite timere”.
Estamos, pues, profundizando para mejor comprender y vivir este misterioso tesoro de la ENCARNACIÓN. El día 1 de enero, a los ocho días del 25 de diciembre, se nos dio como una síntesis de la ENCARNACIÓN con la solemnidad de la Madre de Dios.
Pongamos la síntesis en clave de telegrama. Se nos dijo que “los pastores encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre”. Es decir que la ENCARNACIÓN está constituida por:
* MARÍA: una Madre, que es AMOR por antonomasia
* JOSÉ: Un esposo y padre al frente de una FAMILIA
* EL NIÑO: Una VIDA NUEVA
Cada uno de nosotros para formar parte de esa ENACARNACIÓN tendrá que:
* Tener UNA NUEVA VIDA, como el recién nacido
* Vivir un AMOR total, como total es el amor de la madre. Lo que supone que donde esté y donde vaya y con quienes me relacione lo tengo que llenar todo de VIDA. ¿Por qué? Porque si AMOR, viene de A (sin) y MOR (muerte), SIN MUERTE, la ausencia de MUERTE es la VIDA.
La lógica nos dice, entonces, que en mis relaciones humanas, si no doy VIDA, no hay, ni doy amor, solo COMERCIO o explotación.
* Y formar una FAMILIA, como Dios es familia y yo soy
su imagen.
Todo esto supone y exige para que se pueda llevar a cabo, que tengo que buscar y practicar la JUSTICIA. Porque si no pongo las cosas, valores y personas en su sitio, en su lugar, no puede haber PAZ. Y sin la PAZ, imposible que haya AMOR, ni VIDA, ni FAMILIA.
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TODA ESTA PRIMERA PARTE DE ESTA HOMILÍA, PUEDE SERVIR AL SACERDOTE O CATEQUISTA PARA ESCOGER LO QUE CREA CONVENIENTE Y UNIRLO A ESTA ÚLTIMA PARTE QUE ES LA QUE HACE REFERENCIA A LOS TEXTOS DE ESTE SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD.
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Con todos estos prolegómenos, ya nos podemos preguntar: ¿Y cómo conseguir pues la ENCARNACIÓN en mi vida?
Y en este domingo segundo de Navidad se nos empieza a descubrir el camino.
En el libro de la Sabiduría, que hoy hemos proclamado se nos ha dado la clave para avanzar por este camino de ENCARNACIÓN.
La Sabiduría, personificada en Dios, ve y revela a Dios mismo como Creador y Salvador. Nos manifiesta su espíritu, su palabra, su providencia.
El pueblo (cada uno de nosotros) si la recibe y obra a imagen de esa Sabiduría, acaba en alabanzas y acción de gracias y la hace volver enriquecida a su fuente eterna. Dios se deja enriquecer por ti, si tu obras con la sabiduría de Dios. Casi es una locura de amor por parte de Dios: Tú, enriqueciendo a Dios, pero si obras con su sabiduría.
Soy como el sueño de Dios, el capricho de Dios, porque me creó antes de los siglos, al principio.
Así nos lo ha dicho hoy San Pablo:
“ Él nos eligió en la persona de Cristo
ANTES DE CREAR EL MUNDO
para que fuésemos SANTOS e IRREPROCHABLES
ante Él por el AMOR.
Él nos ha destinado en la persona de Cristo
Por pura iniciativa suya
A SER SUS HIJOS,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alanaza suya”
La Iglesia y yo con ella, pues soy miembro, es un PROYECTO concebido por Dios desde la eternidad. Sin esta conexión será inútil crear y organizar una comunidad cristiana, porque será cualquier cosa, hasta muy democrática, siguiendo las corrientes históricas, pero Dios está fuera de la historia, porque está fuera del tiempo. Él es eternidad.
Esa comunidad no será proyecto de Dios al renunciar a esa conexión con el proyecto divino, no será cristiana, aunque pongamos muchos crucifijos, y sepamos mucha teología.
Ese espíritu, providencia o PALABRA de DIOS, Palabra que es sabiduría en acción, que es, pues, VERBO, su acción es llenar todo de vida. La vida es luz. La muerte es tiniebla. La luz destruye las tinieblas, por eso las tinieblas no quieren recibir la luz, porque desaparece, fenece, muere, pero su muerte es una muerte luminosa, que llena de vida, al convertirse en luz.
Pero para eso hay que renunciar a ser lo que soy, tinieblas. Cuando acepto ser NADA, cuando acepto dejar del todo, TODO, es cuando vengo del todo al TODO. “Para venir de todo al TODO, has de dejar del todo, TODO”, nos dirá San Juan de la Cruz
“En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió”
El VERBO, la acción, la palabra creadora, plantó su tienda entre nosotros. Es nuestro vecino. Pero acabó metiéndose en la casa de todos y se hizo de todos y nosotros de Él. El cielo ya ha comenzado en la tierra. “Regnum Dei intra vos est”. No lo busque fuera, que ya está dentro. San Agustín decía, hablando con Dios: “Yo te buscaba fuera y lejos. Y tu te encontrabas cerca y dentro”.
“Al mundo vino y en el mundo estaba. El mundo se hizo por medio de ella. Pero el mundo no la conoció”. Buscamos a Dios donde no está. “Entonces, si alguno dijere: Aquí está el Mesías, no le creáis... Si os dicen, pues: Aquí está, en el desierto...no salgáis; Aquí está en un escondite, no lo creáis (Mt. 24, 23-26) Está en ti. Está en tu hermano
“El mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”
“Pero a cuantos la recibieron, les dio poder para SER HIJOS DE DIOS, SI CREEN en su nombre”
En la Eucaristía que ahora vamos a celebrar, vendrá a los suyos, a su casa. ¿Le recibirás, si no te atreves ni a comulgar, a recibirlo sacramentalmente y espiritualmente, con tu deseo, ni lo haces, ni casi lo sabes hacer? ¿Lo recibirás?. Te está esperando a la puerta. No digas que mañana le abrirás, que mañana, nunca llega. Lope de Vega así lo decía:
Cuantas veces el ángel me decía:
Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuanto amor llamar porfía.
Y cuantas, hermosura
soberana:
Mañana le abriremos, respondía,
para lo mismo responder mañana.
A M E N
P. Eduardo Martínez Abad, escolapio
edumartabad@escolapios.es
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