IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS
Normalmente
nos movemos en la superficie. Cuando ahondamos en nuestras experiencias, vemos que todo
es distinto y que tenemos que seguir
ahondando. Presentimos como que hay una
profundidad sin fondo, infinita. A esta profundidad infinita y a ese fondo
inagotable de nuestro ser se refiere la
palabra «Dios».
Dios significa esto: las profundidades últimas de nuestra vida, la fuente de
nuestro ser, de nuestro interés último,
de lo que tomamos en serio sin reserva
alguna.
Ese fondo íntimo de cada hombre se trasluce ante todo en su apertura a la persona, en la seriedad absoluta de la inclinación de su «yo» a un «tú» personal y al «nosotros» que de ese encuentro surge. Así llevamos troquelada en el fondo de nosotros la imagen de la Trinidad del Dios cristiano.
Este cuño trinitario de nuestra vida es calco de otro que marca toda la vida de Dios. Nosotros somos el reflejo de Dios pues somos sus hijos y por eso llevamos su señal, que es una señal trinitaria. Somos la proyección de Dios fuera de El, en el ámbito de lo creado.
Lo que registramos en nosotros no es sino el desdoblamiento pálido y remoto de lo que acaece en el interior de Dios. Su vida es una vida también y, en primer lugar, compartida, comunicada; su vida es diálogo permanente con Alguien (el Hijo) que, sin embargo, no está fuera de la intimidad del que se entrega (el Padre) sino que está absolutamente identificado con El, siendo igual a El en todo, gracias a que hay una congenialidad absoluta y radical de vida, de amor (gracias al Espíritu). Dios es vida, movimiento plural. No es una cifra abstracta, estática, un motor inmóvil, una estrella solitaria. Dios es muy parecido a nosotros, porque nosotros somos muy parecidos a Dios. Una misma realidad abisal surca nuestros destinos.
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