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1. «Bautizándolos en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo».
El Señor glorificado da a la Iglesia la orden de bautizar a todos los
hombres que pueda bajo el signo de la Trinidad de Dios. El bautismo
cristiano es designado a menudo también como la marca de un sello; el
bautizado debe saber a quién pertenece y según qué vida y qué
ejemplo ha de conducirse. La Trinidad divina no es para nosotros
simplemente un misterio impenetrable (como se la presenta a menudo), es
más bien la forma en que Dios ha querido darse a conocer al mundo y
especialmente a nosotros los cristianos: El es nuestro Padre que nos ha
amado tanto que entregó a su Hijo por nosotros y además nos dio su
Espíritu para que pudiéramos conocer a Dios como el amor ilimitado.
¿Quién -se pregunta Pablo- conoce la intimidad de Dios? Sólo su
propio Espíritu. Pero es precisamente este Espíritu el que El ha
puesto en nuestros corazones: «Así conocemos a fondo los dones que
Dios nos ha hecho» (1 Co 2,12). Si se conoce la verdad cristiana, es
absolutamente falso decir que el hombre es incapaz de conocer a Dios.
Dios no sólo nos ha hecho conocer su existencia (de la que tiene un
presentimiento todo hombre que ve que las cosas del mundo no se han
hecho a sí mismas), sino que nos ha proporcionado también una idea de
su esencia íntima. Esto es lo que la Iglesia debe anunciar a «todos
los pueblos».
2. «Que somos hijos de Dios».
La segunda lectura nos dice que la Iglesia transmite a los
creyentes y bautizados no solamente esa visión de la interioridad de
Dios, por así decirlo,
desde fuera, sino que nos permite penetrar en su vida íntima como amor.
La lectura comienza con el Espíritu Santo que nos ha sido dado y que
nos muestra, si lo aceptamos, que somos en Jesucristo «hijos de Dios»
Padre: para esto hemos sido creados (Ef 1,4-12). Y como en Cristo «se
esconden todos los tesoros del saber y del conocer» (Col 2,3), los
cristianos nos convertimos en «coherederos» de todas esas riquezas,
que no son tesoros terrenales sino los tesoros del amor eterno, que son
los auténticos tesoros a los que el hombre aspira porque sabe que los
bienes terrenales son efímeros y la polilla los echa pronto a perder.
La esencia de Dios que el propio Dios nos revela como el amor infinito
siempre nuevo y nunca aburrido es mucho más de lo que el anhelo humano
más exigente puede desear para sí.
3. «¿Algún Dios intentó jamas... ?».
Ya en la Antigua Alianza, dice la primera lectura, Israel quedó
deslumbrado por el gran amor que Dios le dispensó. Israel sabía que no
hay nada en ninguna de las religiones del mundo que sea comparable a
este amor. Se nos invita a experimentar esto nosotros mismos:
«Pregunta, desde un extremo a otro del cielo», si hay algo comparable
a este amor que Dios ha demostrado al hombre. Esto adquiere todo su
sentido cuando Dios culmina su alianza pactada con Israel en la vida,
muerte y resurrección de Cristo, desvelándonos así totalmente la
gloria de su amor; cuando el velo que cubría todavía el Antiguo
Testamento se quita y nosotros «con la cara descubierta reflejamos la
gloria del Señor» y nos vamos «transformando» cada vez más
profundamente en esa gloria del amor (cfr. 2 Co 3,18).
HANS
URS von BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994. Pág. 164 ss.
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