SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Mt 28,16-20: Ante ti está mi ciencia y mi ignorancia
Señor y Dios mío, en ti creo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No diría la Verdad: Id, bautizad a todos los pueblos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19), si no fueras Trinidad. Y no mandarías a tus siervos ser bautizados, mi Dios y Señor, en el nombre de quien no es Dios y Señor. Y si tú, Señor, no fueras al mismo tiempo Trinidad y un solo Dios y Señor, no diría la Palabra divina: Escucha, Israel: el Señor tu Dios es un Dios único (Dt 6,4). Y si tú mismo fueras Dios Padre y fueras también Hijo, tu palabra Jesucristo, y el Espíritu fuera vuestro Don, no leeríamos en las Escrituras canónicas: Envió Dios a su Hijo (Gál 4,4; Jn 3,17); ni tú, ¡oh Unigénito!, dirías del Espíritu Santo: Que el Padre enviará en mi nombre (Jn 14,26), y que yo os enviaré de parte del Padre (Jn 15,26).
Fijé mi atención en esta regla de fe; te he buscado según mis fuerzas y en la medida en que tú me hiciste poder, y anhelé ver con mi inteligencia lo que creía mi fe, y disputé y me afané en demasía. Señor y Dios mío, mi única esperanza, óyeme para que no sucumba al desaliento y deje de buscarte; ansíe siempre tu rostro con ardor. Dame fuerzas para la búsqueda, tú que hiciste que te encontrara y me has dado esperanzas de un conocimiento más perfecto. Ante ti está mi firmeza y mi debilidad; sana ésta, conserva aquélla. Ante ti está mi ciencia y mi ignorancia; si me abres, recibe al que entra; si me cierras, abre al que llama. Haz que me acuerde de ti, te comprenda y te ame. Acrecienta en mí estos dones hasta la reforma completa.
Sé que está escrito: En las muchas palabras no estás exento de pecado (Prov 10,19). ¡Ojalá sólo abriera mis labios para predicar tu palabra y cantar tus alabanzas! Evitaría así el pecado y adquiriría abundancia de méritos, aun en la muchedumbre de mis palabras. Aquel varón amado de ti no habrá ciertamente aconsejado el pecado a su verdadero hijo en la fe, cuando le escribe: predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo (2 Tim 4,2). ¿Acaso se podrá decir que no habló mucho el que no callaba tu palabra ni a tiempo ni a destiempo? No, no era mucho, pues todo era necesario. Líbrame, Dios mío de la muchedumbre de palabras que padezco en mi interior, en mi alma, mísera en tu presencia y acogida a tu misericordia.
Cuando callan mis labios, no guardan silencio mis pensamientos. Y si sólo pensara en las cosas que son de tu agrado, no te rogaría que me librases de la abundancia de mis palabras. Pero son muchos mis pensamientos; tú los conoces: son pensamientos humanos, pues son vanos. Otórgame no consentir en ellos, sino haz que pueda rechazarlos cuando siento su caricia; nunca permitas que me detenga adormecido en sus halagos. Jamás ejerzan sobre mí su poderío ni pesen en mis acciones. Con tu ayuda protectora sea mi juicio seguro y mi conciencia esté al abrigo de su influjo.
Hablando el sabio de ti en su libro, hoy conocido con el nombre de Eclesiástico, dice: Muchas cosas decimos, sin acabar nunca; sea la conclusión de nuestro discurso él mismo (43,29).
Cuando arribemos a tu presencia, cesarán estas muchas cosas que ahora hablamos sin entenderlas, y tú permanecerás todo en todos, y entonces modularemos un cántico eterno, loándote a un tiempo todos unidos en ti.
Señor, Dios uno y Dios Trinidad, cuanto queda dicho en estos mis libros porque tú me lo has inspirado, conózcanlo los tuyos; si algo hay en ellos de mi cosecha, perdónalo tú, Señor, y perdónenme los tuyos. Así sea.
La Trinidad XV,28,51
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