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Hoy,
en lugar del domingo, celebramos una fiesta antigua, venerable, que
todos los años tiene lugar el 6 de agosto: la fiesta de la
Transfiguración, que en algunos lugares se conoce también como la
fiesta del Salvador. Se trata de recordar aquel momento glorioso en que
tres discípulos tuvieron ocasión de ver al Señor resplandeciente,
momento que ellos ya nunca más olvidarían. San Pedro, ya muy anciano,
así lo recuerda en la segunda carta de hoy: "Esta voz traída del
cielo la oímos nosotros estando con él en la montaña sagrada".
-Vivir
la alegría y la luz de la fe
La
Transfiguración confirmó la fe de los apóstoles y fue para ellos la
luz "que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el
lucero nazca en vuestros corazones".
La
Transfiguración del Señor plantea una cuestión que es vital en el
cristianismo: la fe es para los apóstoles algo luminoso, como una
inmensa alegría, que nadie les podrá robar. Si una persona, joven o
mayor, experimenta la alegría de la fe, ya no la pierde nunca jamás.
¿Cómo
lograremos ayudar a descubrir este aspecto de la fe? Los apóstoles lo
descubrieron: en un momento, que compensa los sufrimientos de toda una
vida, los discípulos ven al Señor transfigurado. Esta escena acentúa
el gozo de la fe, la alegría de saberse salvados y amados por
Jesucristo. Buscar momentos de oración, de contemplación, de
Eucaristía bien preparada y participada.
Hay
un momento que debiera de ser determinante en este aspecto. Me refiero a
la misa de cada domingo, que ha de ser luz viva que transfigure nuestras
vidas. Hemos de prepararla bien. La gloria de Dios, aunque escondida,
está presente en ella.
En
medio de nuestra conflictiva e incierta historia humana se nos revela
Dios. En este nuestro mundo tan complicado, en las preocupaciones de
nuestra familia que tanto nos hacen sufrir, en los problemas cotidianos,
en una sociedad tan a menudo enemistada, en el seno de una Iglesia que
ha de pedir perdón para purificar su memoria histórica, tenemos que
navegar con esperanza renovada, "aunque es de noche", como
decía san Juan de la Cruz. O como expresaba un musulmán contemplativo:
"En una noche oscura, bajo una negra piedra, hay una pequeña
hormiga negra. Pero Dios no se ha olvidado de esta hormiguita".
-Mirar
la vida con ojos nuevos
La
oración no sólo nos ayuda a amar a Dios sino que nos predispone a
contemplar la naturaleza con ojos nuevos. El pintor Giovanni Bellini
tiene un cuadro, que está ahora en el Museo Capodimonte en Nápoles,
que nos muestra la figura de Cristo transfigurado ante sus discípulos.
El Salvador resplandece en medio de la escena, flanqueado por Moisés y
Elías, con los discípulos a sus pies. Pero toda la naturaleza se
diría que despierta como atraída por la blancura de la túnica del
transfigurado: montañas y valles, prados y flores, animalillos y
personas humanas que en la perspectiva aparecen encaminándose hacia sus
respectivos trabajos. Todo está iluminado por la luz de Cristo. Como
san Francisco, cuando contemplaba la maravilla de la Umbría, región
donde vivía, desde la terracita de San Damián, y componía su himno al
hermano sol. Contemplar la naturaleza, sobre todo la persona humana, con
la mirada penetrada de Dios. Mirar al mundo con la mirada de los santos.
Quien
reza no encuentra tan malos a los demás. Cada vez que salimos de misa
debiéramos mirar las cosas y, sobre todo las personas, con una mirada
nueva. Como los discípulos al bajar de la montaña del Tabor.
Los
discípulos en la cima de aquella montaña se desprendieron de sus
envidias pero no prescindieron de los problemas de la vida, problemas
penetrados de la tragedia que se les venía encima. Esto es, la plegaria
no consiste en desentendernos de los problemas de la vida, sino que
proyecta sobre ellos una luz nueva.
¿Acaso
no os ha ocurrido alguna vez que ante una dificultad aparentemente
insalvable, después de retiraros a rezar unos momentos, habéis
encontrado una luz que os ha ayudado a superar aquella oscuridad? La
oración nos abre unos ojos nuevos para empezar a descubrir el rostro
escondido de Dios.
Sintámonos
hoy unidos, de forma muy especial, a nuestros hermanos de la Iglesia
ortodoxa, con quienes compartimos la luminosidad de esta fiesta. Ellos
la celebran muy solemnemente. Este recuerdo nos mueve a rezar para que,
muy pronto, podamos compartir con ellos el Pan sagrado y el Cáliz de la
salvación.
FREDERIC
RÁFOLS
MISA DOMINICAL 2000, 10, 17-18
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