COMENTARIOS AL EVANGELIO

Mc 9, 2-10

Paralelos:
Mt 17, 1-9    Lc 9, 28b-36

Hay más comentarios en el Domingo II de Cuaresma de cada uno de los tres ciclos

1.

Dos observaciones literarias pueden ayudarnos a comprender el significado de la transfiguración en la vida de Jesús y en la trama del evangelio de Marcos. Este episodio (9, 2-13) está colocado intencionadamente entre la primera y la segunda predicción de la pasión. Y los diversos detalles de la narración (el vocabulario, las imágenes, las referencias al Antiguo Testamento) demuestran que pertenece al género epifánico-apocalíptico: intenta ser una revelación dirigida a los discípulos, revelación que tiene como objeto el significado profundo y escondido de la persona de Jesús y de su "camino".

Algunos elementos, como la nube y la voz celestial, la presencia de Moisés y de Elías, evocan la presencia en el Sinaí. Con esto se quiere afirmar que Jesús es el "nuevo Moisés", que en él llegan a su cumplimiento las esperanzas, la alianza y la ley.

Otros elementos, como la transfiguración de su rostro, las vestiduras blancas, evocan al Hijo del Hombre del profeta Daniel, glorioso y vencedor, y parecen ser un anticipo de la resurrección: intentan revelarnos el significado escondido de la vida de Jesús, su destino personal.

Jesús, el que camina hacia la cruz, es realmente el Señor. En este camino hacia la cruz es donde hay que insistir ante todo. Precisamente en este Jesús que marcha hacia la cruz es donde encontramos el cumplimiento de todas las esperanzas. Y es precisamente este camino mesiánico el que encierra un significado pascual. Y todo esto con una indicación: el género epifánico-apocalíptico al que pertenece nuestro relato no se limita a revelar el futuro, a señalar la conclusión inesperada de lo que ahora está sucediendo; pretende más bien manifestar el significado profundo que la realidad tiene ya ahora, un significado escondido que no descubre la mayoría y que las apariencias parecen desmentir. De esta forma la transfiguración se convierte en la revelación no sólo de lo que será Jesús después de la cruz, sino lo que él es a lo largo del viaje hacia Jerusalén. Es ésta una clave que nos permite captar la verdadera naturaleza de Jesús detrás de lo que podríamos llamar su realidad fenoménica.

Pero la transfiguración no tiene sólo un significado cristológico. En la intención de Marcos asume un papel importante también en la experiencia de fe del discípulo. Los discípulos han comprendido que Jesús es el Mesías y están ya convencidos de que su camino conduce a la cruz; pero no llegan a comprender que la cruz esconde la gloria. A este propósito tienen necesidad de una experiencia, aunque sea fugaz y provisional: tienen necesidad de que se descorra un poco el velo. Y éste es el significado de la transfiguración en la vida de fe del discípulo: es una verificación. Dios les concede a los discípulos, por un instante, contemplar la gloria del Hijo, anticipar la pascua.

El velo que se descorre no revela únicamente la realidad de Jesús, sino también la realidad del discípulo que camina con él hacia la cruz y también hacia la resurrección, y está con él en posesión -por encima de la realidad fenoménica engañosa- de la presencia victoriosa de Dios. En otras palabras, podemos comparar a la transfiguración con lo que solemos llamar las "comprobaciones", esos momentos luminosos que encontramos a veces en el viaje de la fe, momentos gozosos dentro de la fatiga cristiana. No son momentos que se encuentran automáticamente y de cualquier manera; hay que saber descubrirlos. Y sobre todo no hay que olvidar que su presencia es fugaz y provisional. EL discípulo tiene que saber contentarse con ellos; esas experiencias tendrán que ser escasas y breves. A Pedro le habría gustado eternizar aquella visión clara e imprevista, aquella experiencia gloriosa. Se trata de un deseo que manifiesta una incomprensión de aquel suceso, que no es el comienzo de lo definitivo, que no es la meta, sino sólo una anticipación profética de la misma. El camino del discípulo sigue siendo todavía el camino de la cruz. Dios le ofrece una comprobación, una prenda, y es preciso aceptar esa prenda, sin exigencias de ningún género.

Finalmente, hay un aspecto sobre el que hay que reflexionar y que en cierto sentido parece constituir el punto central del texto: la orden de "escucharlo". Escuchar es lo que caracteriza al discípulo. Su ambición no es la de ser original, sino la de ser servidor de la verdad, en posición de escucha.

En conformidad con toda la tradición bíblica, la palabra de Dios que hay que escuchar no tiene sólo un aspecto cognoscitivo, vehículo de ideas y de conocimientos (en el sentido de que nos revela el plan de Dios: quién es él, qué somos nosotros, cuál es el sentido de la historia en que estamos insertos), sino además un aspecto imperativo (lo que tenemos que hacer, la regla que hay que seguir, el punto de vista que hemos de asumir en nuestras relaciones con los demás y con la historia); finalmente, la palabra de Dios es una fuerza, un promesa fiel que alcanza su objetivo, a pesar de todos los obstáculos. Comprendemos entonces cómo esta invitación a escuchar es invitación a la obediencia, a la conversión y a la esperanza.

Exige no solamente inteligencia para comprender, sino también coraje para decidirse. En efecto, la palabra que escuchamos es una palabra que nos compromete y que nos arranca de nosotros mismos.

BRUNO MAGGIONI
EL RELATO DE MARCOS
EDIC. PAULINAS/MADRID 1981, Pág. 128ss.


 

2.

Ya leímos este evangelio en el segundo domingo de Cuaresma. Los capítulos 8 y 9 de Mc constituyen una bisagra: Jesús pasa de Galilea a Jerusalén, de la aceptación al rechazo de su persona, de la proclamación del Reino al anuncio de su pasión.

Entre la primera y la segunda predicación de la pasión, Marcos coloca la escena de la Transfiguración. Un texto difícil, es cierto, pero teológicamente hablando muy denso. Sus diferentes elementos como son el vocabulario, las imágenes empleadas y las referencias al Antiguo Testamento nos indican que el texto participa de las características de una epifanía apocalíptica.

La nube, la voz celestial, la presencia de Moisés y Elías nos evocan la manifestación de Dios sobre la montaña del Sinaí (cf. Ex 19,16ss y 1R 19,9ss). El rostro resplandeciente y la túnica blanca nos recuerdan la visión del Hijo del hombre que hemos leído en la primera lectura. En Cristo se nos revela el rostro divino de Dios, del mismo Dios que salva a Israel de Egipto por medio de Moisés (Ex 19), Elías de la muerte (1R 19) y el pueblo de los Santos de la persecución helenística (cf. Dn 7).

Pero el relato se abre también a la actitud de los discípulos en su camino tras Jesús. "Éste es mi Hijo amado; escuchadlo" propone al discípulo la actitud receptiva de la escucha. Escucha que no sólo incluye la palabra, sino también la aceptación de la persona del nuevo Siervo de Yahvé (cf. Is 42,1, citado por Mc).

Cristo, el auténtico Hijo del hombre, invita al creyente a descubrir la presencia divina en su predicación y en su obra. Jesús puede también transfigurar nuestra vida, puede ayudarnos a descubrir la presencia de Dios en nuestra historia, y a ser sus testigos ante un mundo secularizado.

JORDI LATORRE
MISA DOMINICAL 2000, 10, 16


 

3.

Como cada año, el evangelio de este domingo nos describe la transfiguración del Señor, y, como cada año, esta descripción está orientada a preparar nuestros espíritus para una comprensión más profunda del misterio pascual. El relato de Mc es más breve que el de los otros dos sinópticos, pero contiene como elemento propio (aparte del detalle del blanco de los vestidos que ningún batanero -¿por qué no traducir "ningún detergente puede imitar"?- la insistencia en el hecho de que los apóstoles no entendieron del todo qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos. Se podría basar la homilía en esta realidad: nosotros tampoco -pese a la fe en la resurrección de Xto y en la nuestra- no llegamos tampoco a entender todo el sentido del misterio pascual.

La realidad que se expresa a través de la descripción poética y llena de imágenes del episodio de la transfiguración, es una experiencia profunda de fe tenida por los amigos más íntimos de Jesús. En un momento de comunicación profunda, tuvieron la impresión de percibir a Jesús en su verdadera identidad. Fue un instante de éxtasis, que les hizo entrever la realidad gloriosa de Jesús, pero que aún no les mostró toda la profundidad de su misterio. Para llegar a entenderlo, de algún modo, fue necesario el contacto real con la vida, fue necesario que, a través de los sufrimientos y muerte de Jesús -y a través de sus propios sufrimientos y, más adelante, de su propia muerte-, comprendieran que hay que pasar por la muerte para llegar a la vida (cf. el prefacio propio de este domingo), médula de la realidad del misterio pascual. Tampoco nosotros entenderemos qué significa "resucitar" si nos quedamos sólo en el terreno de la fe contemplativa -y es muy posible que, en el nivel teórico, se nos presenten grandes dificultades para aceptar este misterio-. En cambio, si descendemos de la montaña de las ideas a la tierra firme de las realidades diarias, experimentaremos en carne viva lo que significa morir a nosotros mismos y vivir hacia Dios y hacia los hermanos; entenderemos qué es la resurrección.

J. LLOPIS
MISA DOMINICAL 1973, 2


 

4. 2S/07/01-05

La tentación de "hacer tres tiendas" está siempre presente. Es curioso que el hombre se preocupe siempre por construirle una casa a Dios, cuando el mismo Dios ha bajado a la tierra para vivir en las casas de los hombres. Dios no tiene tanta necesidad de metros cuadrados para iglesias como de acogida en el corazón humano. Dios no quiere vivir en un "hotel para dioses" relegado como nuestros ancianos, en una especie de parkings. Dios quiere vivir en familia con los hombres, andar entre sus pucheros. Por ambientados que estén nuestros templos, siempre le resultarán fríos a un Dios que busca el cobijo de los hombres.

EMMANUEL. El Dios-con-nosotros no puede quedar en una especie de producto situado en un mercado al que se acude cuando se necesitan servicios religiosos. Dios no es un objeto de consumo. Él es la vida misma del hombre, pero nosotros nos empeñamos en confinarlo en su casa en lugar de tenerlo como compañero continuo en el camino de la vida.

El Dios de Jesús no se mantiene en alturas celestiales, sino que nos señala en dirección al mundo y quiere que como él nos encarnemos -valga la expresión- en nuestra propia carne. Además de nuestra condición de hombres, hay algo que refuerza nuestro interés por el mundo: nuestra fe. "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez los gozos y las esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo" (G.S. núm. 1).

EUCARISTÍA 1985, 10


 

5.

El segundo Evangelio sitúa la transfiguración dentro de un contexto en el que, con más claridad que en los otros sinópticos, se afirman los presentimientos de Cristo relativos a su muerte y a su gloria. Jesús acaba precisamente de anunciar su Pascua próxima (Mc. 8, 31-32), pero Pedro se ha opuesto audazmente: no puede admitir que el reino de la gloria y del poder anunciado por los profetas pase por el sufrimiento y la muerte (Mc. 8, 32-33). Jesús se sirve entonces del ritual de la entronización del Mesías doliente en la fiesta de los Tabernáculos para convencer a los suyos que solo será mediante el sufrimiento como conseguirá su mesianidad.

* * * *

a) El primer versículo recuerda hábilmente ese contexto: a pesar de una traducción un tanto confusa, parece que Jesús quiere decir, en un tono un tanto triste: "Esperan de tal forma un reino de poder que ni uno de entre ellos querría pagar con su vida la venida de ese reino". Por eso, a los ojos de Marcos, el episodio de la transfiguración se presenta ante todo como revelación, por parte de Cristo, de la totalidad de su misterio pascual al grupo elegido de sus apóstoles (los mismos que estarán junto a El en Getsemaní: Mc. 14, 33). De ahí que Marcos dé prioridad a Elías sobre Moisés (v. 4), porque si Elías es Juan Bautista, está claro que anuncia el sufrimiento del Mesías a través de sus propios sufrimientos (cf. la explicación de Jesús en Mc. 9, 12-13). Parece, pues, estar claro que lo que constituye el centro del Evangelio de Marcos es la perspectiva del Mesías paciente.

b) La transfiguración consiste esencialmente en la toma de conciencia, por parte de los tres apóstoles, de que Jesús es verdaderamente el Mesías que entroniza la fiesta de los Tabernáculos. La mención "seis días" (v.2) alude a la duración clásica de esta fiesta, la montaña y la nube son elementos tradicionales propios también de esta fiesta, así como especialmente la construcción de tiendas que sugiere Pedro (v.5). En este sentido el relato de la transfiguración es absolutamente paralelo al de la entrada de Jesús en Jerusalén (Mt. 21). Jesús es ciertamente el Mesías al que todos los años la fiesta de los Tabernáculos espera y entroniza revistiéndolo de blancura y de luz (v. 3) e invistiéndolo de la misma palabra de Dios (v. 7). Pero el libro judío de los Jubileos, casi contemporáneo de los Evangelios, anunciaba ya que el Mesías esperado durante la fiesta de los Tabernáculos sería un Mesías sufriente. Ahora bien: Cristo acaba precisamente de anunciar a los suyos su próxima pasión (Mc. 8, 31-38); sin duda aprovechó la ocasión de un ritual de investidura de la fiesta de los Tabernáculos para convencer a los apóstoles de que este camino era normal, ya que correspondía a la misma liturgia.

* * * *

La transfiguración es, pues, una exhortación de urgencia hecha de manera especial a Pedro para que se avenga a escuchar a Jesús (v.7) cuando habla de sus sufrimientos y de su muerte, sin dejar de reconocerle por eso como Mesías definitivo, a la manera del Siervo ideal (Is. 42, 1).

La fe exigida a los espectadores de la transfiguración impulsa hoy a la Iglesia a no huir de las necesarias encarnaciones y del desprendimiento que implican para no buscar más que un Reino de poder que prescindiera de la muerte; pero la impulsa también a no querer una encarnación sin las correspondientes transfiguraciones. La Iglesia no es llamada a estar presente en la estructuras del mundo más que para transformarlas; y no es llamada a transformarlas si no es aceptando morir a todo confort y a toda autoseguridad; conoce también las alternancias de gloria y de humillación y sabe que su victoria no será una clamorosa realidad hasta tanto, rota por la muerte, no surja en un mundo al que habrá ayudado a transfigurarse.

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA III
MAROVA MADRID 1969. Págs. 72-74


 

6.

-"Jesús.. subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró": En una montaña, lugar de revelación y de manifestación de Dios, Jesús se revela a tres discípulos, y los hace portadores especiales de esta revelación. La descripción de la transfiguración se hace a través de una frase popular al referirse al color blanco. "Se les aparecieron Elías y Moisés...": Elías que fue arrebatado al cielo y Moisés que en el Sinaí quedó transfigurado por su contacto con Dios. El profeta y el legislador por excelencia, y los dos que habían entrado en la experiencia de Dios en el Sinaí. El hecho de que aparezca primero Elías, puede ser un indicativo de Marcos que con Jesús ya estamos en el tiempo final.

-"Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien se está aquí!": Los discípulos lo viven como una anticipación de la vida celestial. En este sentido las tiendas que quieren hacer ser refieren a las estancias de los bienaventurados. Quieren que la visión siga. Pero el juicio del evangelista es negativo ante esta actitud: "Estaban asustados, y no sabía lo que decía" "Estar asustados" más que admiración por la transfiguración, significa miedo, indecisión y, sobre todo, falta de comprensión del acontecimiento. Quieren retener la visión para huir de la cruz.

-"Este es mi Hijo amado; escuchadlo": la nube y la voz divina explican la transfiguración y dan una respuesta a los discípulos.

La nube es signo de la presencia de Dios. Tal como aparecía en el éxodo sobre el tabernáculo, ahora aparece sobre Jesús. Los discípulos son los destinatarios de esta revelación sobre Jesús.

Lo deben escuchar, para después ser sus testigos. Pero Marcos indica que la revelación sobre el Hijo y también el testimonio sobre él, están estrechamente relacionados con el silencio de la cruz: ven a Jesús "solo con ellos" y se les manda silencio, pues no pueden captar ni testimoniar el misterio de Jesús sin la pasión y la muerte.

J. NASPLEDA
MISA DOMINICAL 1988, 5


 

7.

La narración de la transfiguración según san Marcos es sensiblemente igual que la de los otros dos sinópticos, si bien añade el detalle pintoresco de que "sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo".

La transfiguración de Cristo es una manifestación o epifanía de la presencia de Dios entre los hombres, parecido a las que tuvieron lugar a lo largo de la historia del pueblo de Israel. Así como Dios se había aparecido en el Sinaí, sobre el tabernáculo de la Alianza y sobre el templo de Salomón, así también se apareció sobre Jesús, en quien tenemos la revelación definitiva de Dios. Revelación que llegará a su plenitud en la resurrección de Cristo, de la que la transfiguración era un anticipo.

Es importante destacar que esta manifestación de Dios se realiza a través de una humanidad, en todo igual a la nuestra. La transfiguración luminosa del cuerpo de Cristo nos hace ver que es toda la humanidad la que ha sido elevada a la categoría de instrumento y vehículo de la divinización del mundo. La luz divina, manifestada en la humanidad de Cristo gracias al misterio de la transfiguración (y, sobre todo, al de la resurrección y glorificación), estalla también en todos los hombres que se unen a Cristo por la fe y el amor, y rezuma misteriosamente en todos los demás y también en todas las realidades materiales que estos hombres divinizados utilizan.

El mundo entero es el que queda transfigurado. Transfiguración que se da de una manera velada -pero patente a los ojos de la fe- especialmente en todas aquellas realidades que se convierten en símbolos sacramentales. Es bueno ver bajo esta luz las realidades materiales del pan y el vino que constituyen el signo básico de la Eucaristía.

J. LLOPIS
MISA DOMINICAL 1994, 3