SAN AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
Lc 2,22-35: La piadosa senectud reconoció a la divina infancia
Cantad al Señor el cántico nuevo. Frente al cántico viejo, el testamento nuevo, porque el primer testamento es el viejo; el hombre nuevo para deponer al viejo. Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo, que fue creado según Dios en justicia y santidad verdadera (Col 3,9.10; Ef 4,22-24).
Por lo tanto, cantad al Señor el cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra. Cantad y edificad; cantad y cantad bien. Anunciad el día del día, su salvación; anunciad el día del día (Sal 95,1.2), su Cristo. Pues ¿cuál es su salvación sino su Cristo? Esta salvación es la que pedíamos en el salmo: Muéstranos Señor tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84,8). Esta salvación deseaban los antiguos justos, de los que decía el Señor a sus discípulos: Muchos quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no pudieron. Y danos tu salvación (Lc 10,24). Esto dijeron aquellos justos: Danos tu salvación, es decir, que veamos a tu Cristo, mientras vivimos en esta carne. Veamos en la carne a quien nos libre de la carne; llegue la carne que purifica la carne; sufra la carne y redima al alma y a la carne.
Y danos tu salvación. Con este deseo vivía aquel santo anciano Simeón; con este deseo, repito, aquel santo anciano y lleno de méritos divinos Simeón decía también: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. A este deseo y a estas preces recibió como respuesta que no gustaría la muerte hasta que no viera al Cristo del Señor. Nació Cristo. Uno llegaba y otro estaba a punto de irse; pero éste no quería hacerlo hasta que no llegara aquél. La senectud cumplida le echaba fuera, mas la piedad sincera le retenía. Pero cuando llegó aquél, cuando nació, cuando vio que su madre le llevaba en brazos, la piadosa senectud reconoció a la divina infancia, la tomó en sus brazos y dijo: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu salvación (Lc 2,26-30). He aquí por qué decía: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84,8). Se cumplió el deseo del anciano cuando el mundo declina hacia la vejez. Quien encontró al mundo envejecido vino en persona al hombre anciano. Por lo tanto, si encontró al mundo envejecido, escuche éste: Cantad al Señor el cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra. Desaparezca la vetustez, resurja la novedad.
Sermón 163,4
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