Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia 14 HOMILÍAS PARA LA FIESTA DE  SAN JUAN BAUTISTA


25 HOMILÍAS PARA LA FIESTA DE
SAN JUAN BAUTISTA
(2-11)

 

2. PROFETA/PD: SU PALABRA ES REVULSIVO -NO MUSICA CELESTIAL- QUE DESHACE LA RELIGIOSIDAD DOMESTICADA.-

Celebramos hoy la fiesta de san Juan Bta., el precursor de Jesús. En el desierto de Judá preparó al pueblo judío para la venida del Mesías, exhortándole a la conversión de corazón y a la esperanza. Cumplió con fidelidad su misión, sin detenerse ante las dificultades y los tropiezos de quienes no pararon hasta hacer callar su voz profética con el martirio. Fijémonos hoy en la figura austera y heroica de Juan: las características más importantes de su vida pueden ayudarnos en nuestro propio camino de creyentes.

-Asumiendo las esperanzas del pueblo... 
- Juan resume todo el A.T.

Supo recoger y poner a flor de piel toda la esperanza y anhelo de salvación que estaba en el corazón de su pueblo. Su palabra, atenta al tejido diario de su vida, llegaba al interior de las personas, suscitando provocación, inquietud y haciendo que los ojos se abrieran al futuro. Su palabra hacía tambalear seguridades y no se detenía en el momento de deshacer los montajes de una religiosidad domesticada y adormilada que actuaba, en definitiva, de vacuna contra la auténtica fe. Su palabra fue "espada cortante" y "flecha bruñida". No fue música celestial, sino un revulsivo: "Convertíos". Fue como la palabra de Moisés, como la palabra de los profetas.

-...los prepara para la venida de Jesús.
- Su misión fue la de hacer tomar conciencia del pecado, preparando, de este modo, los corazones de los hombres para recibir el anuncio del perdón.

Poniendo de relieve la esclavitud que los mantenía prisioneros, los abría para acoger la Buena Noticia de la liberación y la salvación. Provocando cuestiones los preparaba para escuchar un día la respuesta.

Su misión es la de Precursor. La de llevar a los hombres hacia Jesús. La de facilitar y hacer posible el encuentro. Con sencillez lo reconocía cuando decía: "No soy lo que vosotros pensáis, pero después de mí viene otro de quien no soy digno de desatar la sandalia de los pies". O cuando, al final de su misión, desaparece sin hacer ruido y lo hace con gozo, porque "conviene que él crezca y que yo mengüe".

-Fiel y valiente hasta el final.- 
Juan lleva a término su misión con fidelidad. Escogido "en las entrañas maternas" y a pesar de que en ciertos momentos pueda parecerle que "en vano se ha cansado" o que "en nada ha gastado sus fuerzas", sigue adelante.

Toda su vida tiene la grandeza de la misión bien cumplida, realizada sin ostentación. Y en esta misión deja su vida. Su anuncio del Reino que se acerca choca con la resistencia de quienes han construido su propio reino en este mundo. Juan es encarcelado y con su propia sangre sellará su testimonio. Y lo hace con valentía.

-¿Y nosotros?.
- Celebrando su fiesta y mirándonos en su figura podríamos plantearnos hoy unas preguntas muy serias. Porque también cada uno de nosotros ha recibido una misión que no puede ser reemplazada por nadie. El don de la fe que hemos recibido es al mismo tiempo una responsabilidad.

¿Hasta qué punto sabemos aproximarnos a las angustias y aspiraciones de quienes están a nuestro lado? Quizás muchas veces estamos alejados de los demás y entonces nuestra palabra resulta fría e impersonal, incapaz de hallar eco alguno en quienes nos rodean, incapaz de hacer mella, como un cuchillo mal afilado.

Cuantas más barreras haya entre nosotros y los demás, más difícil nos será contagiar algo, y menos aún la fe.

¿Somos conscientes de que nuestra misión, como la de Juan, es la de facilitar a los demás el encuentro con Jesús o bien damos una impresión excesiva de predicarnos a nosotros mismos? ¿Cuál es nuestra postura cuando la situación se vuelve adversa? ¿Somos capaces en estos momentos de mantener una actitud valiente, constante y decidida o nos echamos atrás dejándolo para otra ocasión más propicia y menos comprometida? ¿Cómo llevamos a término, en definitiva, la misión que nos ha sido confiada? Hermanos: alegrémonos en la fiesta de san Juan. Demos gracias a Dios en esta eucaristía por su testimonio y pidámosle que sepamos cumplir con fidelidad y con sencillez la misión que Él nos ha encomendado.

ELISEO BORDONAU
MISA DOMINICAL 1979, 13


3. CR/PROFETA:

El calendario de este año nos ofrece la posibilidad de celebrar en esta reunión dominical la fiesta de Juan el Bautista, aquel profeta judío que anunció la venida del Señor, que preparó su camino. Desde sus inicios, la Iglesia ha venerado especialmente la figura de Juan y el pueblo cristiano lo ha sabido captar (sobre todo al escogerlo a menudo como nombre o como patrón de pueblos). Por eso, al celebrar con alegría su fiesta, procuremos entender algo más su figura ejemplar y a la vez captar qué nos aporta a nosotros, a nuestro tiempo.

* La historia de Jesús sería incomprensible si prescindiéramos de todo el camino que la prepara, de toda la historia del pueblo judío. Y en este camino ascendente, dos personas ocupan el último peldaño que lleva hasta Jesús de Nazaret: aquella mujer sencilla del pueblo llamada María y este profeta inconformista llamado Juan. Sin la fidelidad de uno y otro a su camino, a su misión, si uno y otro no hubieran vivido con generosidad su "sí" a lo que Dios esperaba de ellos, no podríamos imaginar cómo hubiera sido posible la aparición en la historia de la humanidad (y concretamente, en la historia del pueblo judío) del Hijo de Dios.

Juan prepara el camino del Señor. Desvela la conciencia de los judíos fieles que esperaban la venida del Mesías, pero que se lo imaginaban demasiado según sus deseos. Por esto Juan -con radicalidad, con exigencia- va al núcleo de la cuestión, centra la atención en la raíz de lo que es preciso hacer: renovarse, convertirse, para poder descubrir, escuchar y seguir al Verbo de Dios que se hace hombre en JC.

Esta es la grandeza de Juan Bta. La grandeza de su misión y la grandeza de la fidelidad con la que él la vive. Sin ahorrarse sacrificio, sabiéndose retirar cuando su misión está realizada, no pretendiendo entender más de lo que le es dado, sabiendo morir para no traicionar su verdad repetida valerosamente (imprudentemente, pensarían muchos) ante los poderosos.

* Nuestra situación no es la de Juan. JC no es "el que ha de venir" sino "el que ha venido". Pero en parte sí que podemos hablar de una necesidad de continua venida de JC. Y por tanto, de una necesidad de continuar el trabajo de Juan: preparar la venida de JC, más, a cada uno de nosotros, a cada hombre, a la humanidad, en cada momento de la historia. Sólo con este trabajo nuestro de abrir camino, será posible que la palabra de JC sea descubierta, escuchada, seguida. Esta es la voluntad de Dios y esta es nuestra responsabilidad: que JC sea conocido y seguido a través de lo que nosotros hacemos. Por tanto, cada cristiano tiene planteada una cuestión fundamental: ser o no fiel a esta misión de preparar el camino.

De ello depende el que el evangelio de JC, la Buena Noticia de JC, quede desconocida, falseada, o sea un anuncio que libere, que comunique fuerza, que renueve al hombre. Esta misión cada uno tiene su modo de realizarla (no hay normas de obligado cumplimiento), pero de un modo u otro debe realizarse. Sin excusas: si Juan se hubiera excusado en la corrupción de los poderosos de su tiempo, en la mediocridad de los sacerdotes, en la despreocupación de la mayoría de los judíos, no hubiera realizado su misión. Su ejemplo -un ejemplo para nosotros- es el de su valor, el de su entrega al trabajo que le tocaba realizar.

Hoy, cada uno de nosotros, debería preguntarse qué hace para abrir camino a la venida de JC a cada hermano, en cada situación humana, ahora y aquí.

Pero aún otra cosa nos dice hoy el ejemplo de Juan. Algo que los cristianos necesitamos bastante. Y es que Juan une la radicalidad de su palabra -de su llamada a la renovación personal sincera- con la exigencia de su propia vida, con la fidelidad a lo que él dice. No es un hombre que diga y no haga, sino que dice y hace. Y dice y hace con exigencia, con radicalidad. Es un auténtico profeta de Dios.

Nuestra tentación, hoy, es a menudo, excusarnos de esto o aquello (en los defectos de los responsables de la Iglesia, o en los de los políticos, o en las circunstancias de la vida de nuestro mundo actual...) para no decir ni hacer. O, quizás, para decir pero no hacer (un decir que entonces de nada sirve). Recordemos que el día de nuestro bautismo el sacerdote nos dijo que seríamos profetas de JC. ¡Profetas! Quiere decir que hemos de hablar y vivir sin miedos, con radicalidad, siempre que sea preciso, para abrir camino a JC. Ciertamente, hemos de reconocer que entre nosotros faltan profetas con el valor y la coherencia de Juan el Bta. Pidamos que la celebración de su memoria nos ayude a seguir, algo más, su ejemplo.

J. GOMIS
MISA DOMINICAL 1973, 5b


4.

Celebramos hoy la fiesta de san Juan Bautista, el precursor de Jesús. En el desierto de Judá preparó al pueblo judío para la venida del Mesías, exhortándole a la conversión de corazón y a la esperanza.

Cumplió con fidelidad su misión, sin detenerse ante las dificultades y los tropiezos de quienes no pararon hasta hacer callar su voz profética con el martirio. Fijémonos hoy en la figura austera y heroica de Juan: las características más importantes de su vida pueden ayudarnos en nuestro propio camino de creyentes.

-Asumiendo las esperanzas del pueblo...

Juan resume todo el Antiguo Testamento. Supo recoger y poner a flor de piel toda la esperanza y anhelo de salvación que estaba en el corazón de su pueblo. Su palabra atenta al tejido diario de su vida, llegaba al interior de las personas, suscitando provocación, inquietud y haciendo que los ojos se abrieran al futuro. Su palabra hacía tambalear seguridades y no se detenía en el momento de deshacer los montajes de una religiosidad domesticada y adormilada que actuaba, en definitiva, de vacuna contra la auténtica fe. Su palabra fue "espada cortante" y "flecha bruñida". No fue música celestial, sino un revulsivo: "Convertíos". Fue como la palabra de Moisés, como la palabra de los profetas.

-... los prepara para la venida de Jesús

Su misión fue la de hacer tomar conciencia del pecado, preparando, de este modo, los corazones de los hombres para recibir el anuncio del perdón. Poniendo de relieve la esclavitud que los mantenía prisioneros, los abría para acoger la Buena Noticia de la liberación y la salvación. Provocando cuestiones los preparaba para escuchar un día la respuesta.

Su misión es la de Precursor. La de llevar a los hombres hacia Jesús. La de facilitar y hacer posible el encuentro. Con sencillez lo reconocía cuando decía: "No soy lo que vosotros pensáis, pero después de mí viene otro de quien no soy digno de desatar la sandalia de los pies". O cuando, al final de su misión, desaparece sin hacer ruido y lo hace con gozo, porque "conviene que él crezca y que yo mengüe".

-Fiel y valiente hasta el final

Juan lleva a término su misión con fidelidad. Escogido "en las entrañas maternas" y a pesar de que en ciertos momentos pueda parecerle que "en vano se ha cansado" o que "en nada ha gastado sus fuerzas", sigue adelante. Toda su vida tiene la grandeza de la misión bien cumplida, realizada sin ostentación.

Y en esta misión deja su vida. Su anuncio del Reino que se acerca choca con la resistencia de quienes han construido su propio reino en este mundo. Juan es encarcelado y con su propia sangre sellará su testimonio. Y lo hace con valentía.

-¿Y nosotros?

Celebrando su fiesta y mirándonos en su figura podríamos plantearnos hoy unas preguntas muy serias. Porque también cada uno de nosotros ha recibido una misión que no puede ser reemplazada por nadie más. El don de la fe que hemos recibido es al mismo tiempo una responsabilidad.

¿Hasta qué punto sabemos aproximarnos a las angustias y aspiraciones de quienes están a nuestro lado? Quizás muchas veces estamos alejados de los demás y entonces nuestra palabra resulta fría e impersonal, incapaz de hallar eco alguno en quienes nos rodean, incapaz de hacer mella, como un cuchillo mal afilado.

Cuantas más barreras haya entre nosotros y los demás, más difícil nos será contagiar algo, y menos aun la fe.

¿Somos conscientes de que nuestra misión, como la de Juan, es la de facilitar a los demás el encuentro con Jesús o bien damos una impresión excesiva de predicarnos a nosotros mismos? ¿Cuál es nuestra postura cuando la situación se vuelve adversa? ¿Somos capaces en estos momentos de mantener una actitud valiente, constante y decidida o nos echamos atrás dejándolo para otra ocasión más propicia y menos comprometida? ¿Cómo llevamos a término, en definitiva, la misión que nos ha sido confiada?

Hermanos: alegrémonos en la fiesta de san Juan. Demos gracias a Dios en esta eucaristía por su testimonio y pidámosle que sepamos cumplir con fidelidad y con sencillez la misión que El nos ha encomendado.

ELISEO BORDONAU
MISA DOMINICAL 1979, 13


5. SOLSTICIO/J-JBTA:

-La fiesta de hoy

Seis meses antes de la Natividad de Jesús celebramos el Nacimiento de Juan. La Iglesia antigua colocó la celebración del nacimiento de Jesús en el solsticio de invierno y la del nacimiento de Juan en el solsticio de verano. Y como entonces ya habían fiestas populares -con un contenido de fiesta humana y también religiosa natural, vinculadas a los ritmos de la naturaleza- estas fiestas populares fueron asumidas y de algún modo incorporadas a la fiesta cristiana.

Por eso, para nosotros, cristianos de este final del siglo XX, todo ello va unido: el recuerdo y la celebración de san Juan Bautista, la fiesta popular del inicio del verano, las verbenas y las hogueras, la felicitación para todos aquellos que celebran su santo... Como decían nuestros antepasados: "Todo es bueno para el que está en gracia de Dios". Que es como decir: todo es bueno para quien lo vive como don del Dios que creó el mundo y su belleza y esplendor, del Dios que se nos reveló personalmente en su Hijo Jesús de quien fue anuncio y preparación aquel judío a quien sus padres quisieron llamar Juan.

-Nacimiento de Juan

Pero fijemos nuestra atención en este hombre, en Juan, en este santo que jugó un papel tan importante en la vida de Jesús y que ha sido tan popular entre el pueblo cristiano a través de estos veinte siglos y de un modo especial en nuestro país. Durante el tiempo de Adviento, antes de la Navidad de Jesús, nos fijamos especialmente en san Juan como precursor de Jesús, como preparador de su camino. Durante el Adviento vemos como Juan, desde la exigencia de su vida personal y de su predicación al pueblo, es el signo y la voz que clama para que Aquel que está por llegar, Aquel que es mayor que él, sea acogido con un corazón abierto, con el deseo de cambiar de vida, con la exigencia de conversión personal y de todo el pueblo.

Con todo, antes de hablarnos de su vida y de su predicación, el evangelista Lucas nos habla de su nacimiento, que es lo que hoy celebramos. (La Iglesia sólo celebra tres nacimientos: el de Jesús, el de María y el de Juan). Podríamos decir que Lucas es el evangelista especialista en nacimientos: es el que más nos habla del nacimiento de Jesús y el único que nos habla del nacimiento de Juan. Y, en uno y otro caso, su propósito no es tanto hacernos una crónica de lo que sucedió como expresar quiénes eran Jesús y Juan, qué misión quería Dios para ellos.

-"Dios concede su favor"  

Por ejemplo, en el caso de Juan, vemos como el evangelio de san Lucas insiste repetidamente en su nombre: Juan. En la Biblia, con frecuencia, el nombre de una persona adquiere especial valor porque expresa su vocación, su misión. Juan significa -en hebreo- "Dios concede su favor"; es decir, Dios muestra y comunica su amor. Su favor, su amor, para con aquellos padres -Isabel y Zacarías- que querían tener un hijo y no venía (entonces los hijos se tenían muy jóvenes y al llegar a una edad adulta parecía que ya no se podía tenerlos). Su favor, su amor para con su pueblo, ya que aquel niño será el anunciador, el preparador de la gran revelación del amor de Dios que se realizará en Jesús, en el Hijo de Dios hecho hombre.

Por eso, en las lecturas y en las oraciones de la misa de hoy, repetidamente se nos habla de "alegría". Si siempre el nacimiento de un niño es causa de alegría, lo es especialmente en este niño porque con él se prepara y de algún modo se inicia la gran revelación y comunicación del amor de Dios que será Jesucristo.

De ahí que, como decíamos, hoy sea también para nosotros una fiesta de alegría: el recuerdo y la celebración del nacimiento de Juan es para nosotros ocasión de recordar y celebrar que "Dios concede su favor", que Dios muestra y comunica su amor hacia nosotros. El Dios creador, el Dios salvador, es siempre el Dios que comunica amor.

La tradición cristiana ha añadido al nombre de Juan el calificativo "Bautista", quizá para distinguirlo del otro Juan, el apóstol de Jesús (y, según la tradición, también su evangelista). Y es que el bautismo que confería Juan resume y simboliza su predicación de la necesidad de conversión para prepararse a la venida del Señor. Una necesidad de conversión que sigue siendo vigente para nosotros: siempre tenemos necesidad de convertirnos, de abrirnos más de verdad a la venida a nosotros de Jesucristo.

Es lo que podríamos pedir hoy, en este día de fiesta: que siempre querramos abrir más nuestro corazón -toda nuestra vida- al favor de Dios, al amor de Dios, que se manifiesta en tantas cosas -por ejemplo, en la belleza del mundo que El creó-, pero sobre todo se manifestó en Jesús. En Jesús, el Señor resucitado, que está y estará presente, actuante, vivo, en esta Eucaristía para que nosotros hagamos un paso más en nuestro vivir en comunión con El.

JOAQUÍN GOMIS
MISA DOMINICAL 1990, 13


6.

REDESCUBRIR LA FIESTA

El Señor le había hecho gran misericordia...

La festividad de San Juan representa el pórtico de las fiestas que a lo largo del verano se irán celebrando en nuestros pueblos.

Pero, ¿qué es «hacer fiesta»? ¿qué es lo que diferencia al día de fiesta de un día ordinario? «¿Por qué unos días son mayores que otros si todo el año la luz nos viene del sol?», se pregunta el libro del Eclesiástico.

Son bastantes los que piensan que el hombre actual está perdiendo la capacidad de «celebrar fiestas». Algunos llegan a hablar de una «civilización sin fiestas». Cuando «la actividad desnuda», el trabajo y la eficacia marcan el sistema de una sociedad y nuestra vida entera, la fiesta queda como vacía de su contenido más hondo. La fiesta se convierte entonces en día «no laborable», día de vacación. Un tiempo en el que, paradójicamente, hay que «trabajar» y esforzarse por conseguir una alegría que de ordinario no hay en nuestra vida.

Entonces la fiesta deja su lugar al espectáculo, el turismo, la huida de los viajes o la ebriedad de «las salas de fiesta».

Pero la fiesta es mucho más que una «suspensión del trabajo» o una distensión física. El hombre es mucho más que un «animal laborable» o una máquina que necesita recuperación.

FIESTA/SENTIDO: Necesitamos algo más que unas vacaciones que nos distraigan y nos hagan olvidar las preocupaciones que tienen habitualmente nuestros días de trabajo. Algo que no puede lograr «la industria del tiempo libre» por muchas fórmulas que invente para llenar o, como se dice expresivamente, para «matar el tiempo».

Lo importante es «vivir en fiesta» por dentro. Saber celebrar la vida. Abrirnos al regalo del Creador. Despertar lo mejor que hay en nosotros y que queda oscurecido por el olvido, la superficialidad, la actividad y el ritmo agitado de cada día.

Vivir con el corazón abierto a ese Padre que da sentido y valor definitivo a nuestro vivir diario. Sentirnos hermanos de los hombres y amigos de la creación entera. Dejar hablar a nuestro Dios y gustar su presencia cariñosa en nuestra existencia.

Entonces la fiesta se carga de un significado auténtico, se tiñe de una alegría que nada tiene que ver con el goce del trabajo eficaz y bien realizado, nos regenera y nos redime del hastío y el desgaste diario.

Quien no lo haya descubierto seguirá confundiendo lamentablemente las vacaciones con la fiesta, sencillamente porque es incapaz de «vivir en fiesta».

JOSE ANTONIO PAGOLA
BUENAS NOTICIAS
NAVARRA 1985.Pág. 369 s.


7. «¿ILUSTRE CUNA?»

Siempre he leído con recelo esas descripciones de nacimientos prodigiosos y llamativos con las que algunos escritores presentan a «sus biografiados». Esa técnica del escritor me parece peligrosa. En vez de acercarnos al santo, al personaje, nos aleja de él. Porque pensamos: «Si este ser no hubiera tenido esa "ventaja" de salida, seguramente no habría subido al podio de los vencedores».

Pero Juan era otra cosa. En el nacimiento de Juan ocurrieron hechos singulares e insólitos, desde luego. Zacarías e Isabel, sin ponerse de acuerdo y por separado, presintieron que «su nombre era Juan». A Zacarías le volvió el habla cuando lo consignó en las tablillas. Y, sobre todo, el niño «saltó de gozo» y fue santificado en el seno de Isabel, cuando «la madre de su Señor fue a visitarla». Por eso celebramos hoy la Natividad de San Juan.

Pero no todo en Juan fue privilegio y lotería, inundación de gracia, bendición del cielo. Juan, después, «a Dios rogando y con el mazo dando», fue tan fiel a su vocación que, por realizarla, dio la vida. Por eso, otro día, solemos celebrar su muerte: «la degollación de San Juan». Por lo tanto, aunque «todos, al ver aquellos signos, se preguntaban: Qué será de este niño», no fue sin embargo un «hijo de papá y mamá», un niño mimado, aupado al tráfico de las influencias por ser pariente de Jesús y de María. Al contrario, «se despojó, también, de su rango» y se fue a la austeridad, a la soledad del desierto, a la predicación descarnada. Y, en ella, enseñaba a distinguir el oro del oropel, la verdad de la mentira, el tocino de la velocidad, y, sobre todo, a Jesús «Maestro de Nazaret» de los que se proclamaban «maestros de Israel». Por eso Isaías había predicho: «A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, etc». Juan, amigos, lo hizo muy bien. Lo hizo tan bien, que le cortaron la cabeza y se la entregaron a una bailarina en una bandeja. A los hombres les desconcierta «la verdad» cuando llega de frente y sin filtros. Antes de que les deslumbre, son capaces de cortarle la cabeza. Pero cuando Juan fue decapitado, no se sintió «terminado». Se sintió «libre». Lo dijo Jesús: «La verdad os hará libres».

Resumiendo, amigos. «Nacimiento» y «muerte» de Juan. Regalo y esfuerzo personal. Las dos caras de una misma vocación preciosa.

Pues, apliquémonos el cuento. También nuestro nacimiento tuvo mucho de «privilegio». Privilegio es que un día llegáramos al seno de la Madre Iglesia y, de ella, «renaciéramos por la regeneración del agua y del Espíritu». Todo bautizado en un privilegiado de Dios, un miembro de Cristo, un heredero del Cielo. Y privilegio es que «por el bautismo seamos sepultados con El y resucitados con El». Somos, por tanto, de «ilustre cuna». Como decía Pedro: «Somos pueblo de Reyes, una raza elegida, una nación consagrada, una dinastía sacerdotal».

Pero ahí no termina nuestra biografía. Ahí empieza. Y nuestro compromiso bautismal consiste en: «allanar caminos», «enderezar sendas», ser «profetas del Altísimo» y «voz que clame en el desierto» de nuestras ciudades, tan populosas y ajetreadas. No nos basta con «saltar de gozo» en el seno de la Iglesia. Tenemos que salir. A extender nuestro dedo y «señalar los caminos» por los que pasa el Señor.

La Natividad de Juan nos recuerda que también nosotros somos unos «bien nacidos».

ELVIRA-1.Págs. 101 s.


8. FLUVIUM 2004

Gracia divina y correspondencia humana

        Juan el Bautista, cuyo nacimiento hoy celebramos, es un ejemplo, entre tantos, de correspondencia a las gracias de Dios, fiel a su vocación: a lo que, incluso antes de nacer, esperaba de él la Trinidad de Beatísima. Recordemos, como afirma san Pablo, que Dios nos ha escogido, antes que la constitución del mundo, para que seamos santos y sin mancha en su presencia.

        El designio divino de la Redención del hombre preveía un precursor que anunciase la llegada del Hijo de Dios encarnado. El evangelista San Marcos recoge la profecía: conforme está escrito en Isaías el profeta: "Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino".
"Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas".

        La aparición de Juan, el "Precursor", era señal inequívoca de la inminente llegada del Mesías. Tenían, en efecto, razón los paisanos de Zacarías e Isabel, padres de Juan: de ese niño cabía esperar algo grande. Y es que nuestro Dios siempre asiste con su Gracia poderosa a sus elegidos, para que puedan cumplir lo que de ellos espera. Su nacimiento había sido anunciado proféticamente desde antiguo y al propio Zacarías, su padre, un ángel le advirtió de su nacimiento. A pesar de su incredulidad, pues no era razonable -pensaba Zacarías- que tuvieran un hijo a edad tan avanzada, será para ti gozo  -le dijo el ángel-; y muchos se alegrarán con su nacimiento, porque será grande ante el Señor. No beberá vino ni licor, estará lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre y convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios; e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la prudencia de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto.

        No le faltaría a Juan la luz ni la energía necesaria para cumplir su misión. Dios mismo se hacían garante de su capacidad: quedaría lleno del Espíritu Santo desde antes de nacer, lo que lo haría poderoso e infalible como Elías, que -bien lo sabían todos los judíos-, unido Dios, había salido siempre victorioso y de modo espectacular, frente a los poderes que en su tiempo se oponían al único verdadero Dios.

        En su Providencia, Dios había cubierto de gracias muy singulares, a quien habría de cumplir una misión única y decisiva en orden a la Redención humana. Incluso su nacimiento fue acompañado de fenómenos del todo extraordinarios. Pero, guardando la debida proporción, así actúa siempre Dios con todos los hombres. Lo que espera de cada uno depende de las circunstancias personales, de la capacidad nuestra, que tenemos, como todo lo demás, recibido de Dios. No es injusto Dios ni arbitrario, y el amor con obras que le debemos debe ser desarrollo en los talentos que nos ha concedido. Esas parábolas del señor de la casa que se marcha y distribuye sus bienes entre unos criados y reclama a su regreso el fruto correspondiente, deben estar habitualmente presentes en nuestra mente.

        No se trata, sin embargo, de vivir como atemorizados, con el pensamiento de que nos pedirán cuentas y que hay que exigirse, no nos vayan a castigar. Nos pedirán cuentas, por supuesto. Pero no es Dios, Nuestro Padre, una autoridad amenazante, como si sólo le importara el resultado fáctico de nuestra conducta. Imaginémonos, más bien, a un Padre que, con toda ilusión, concede a su hijo lo necesario para el trabajo que le encomienda. El padre espera ponerse contento viendo el progreso del hijo; que logra las metas que se propone y se propone lo que es su verdadero bien, lo que el padre le ha sugerido, de acuerdo con su capacidad, pensando sólo en su bien y conociendo sus gustos, sus aficiones, su carácter y lo que en definitiva le producirá más alegría.

        Contemplando a Juan el Bautista, resalta de inmediato la idea de vocación: la llamada de Dios a cada persona, que cada uno debemos responder. No ha surgido entre el los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista, declaró Jesús. Son las palabras que, aparte de poder resaltar las cualidades objetivas concedidas al "Precursor", ponen de manifiesto sin duda, su libre y fiel correspondencia al designio divino. No parece que Jesús pudiera alabar, y menos de modo tan solemne, a quien únicamente hubiera recibido muchos talentos, sin mérito de su parte -fue lleno del Espíritu Santo en el vientre de su madre-, a menos que hubiera respondido a ellos libre generosamente.

        Encomendemos nuestros buenos deseos de correspondencia a lo que el Señor nos pide en nuestra vida y cada mañana y cada tarde, a la Madre de Dios, Madre nuestra. Responder a la vocación es entrega, servicio, docilidad y, como es respuesta a Dios, grandeza, plenitud de vida. Así, María es la esclava del Señor y la Reina del mundo.



9. DOMINICOS 2002

Juan es su nombre
Habitualmente, cuando la liturgia y el santoral cristiano hablan del “dies natalis”, día del nacimiento, se refieren al momento de su feliz viaje al corazón y reino de Dios Padre, por medio de Cristo, animados por el Espíritu.

Hoy en cambio, al celebrar el “dies natalis” de Juan Bautista, nos referimos al momento en que su madre lo trajo a este mundo.

¿Por qué esta fiesta? Porque Juan Bautista es el predestinado por Dios para que cumpliera el papel de precursor, anunciador, presentador del Hijo de Dios en el misterio de su encarnación, predicación, mesianismo...

Oigamos a Jesús, que fue discípulo de Juan o al menos conocedor de su discipulado. Él nos dijo de Juan: entre los israelitas del Testamento antiguo (fueran carpinteros, sacerdotes, profetas, políticos, religiosos) ningún nacido de mujer fue más grande que él. Y luego añadió: pero os digo que, por obra de la gracia y filiación divina en Cristo, en el Testamento nuevo cualquiera está llamado a ser tan santo como él, por fidelidad y amor.

Apreciemos cómo la piedad cristiana ha sentido gran veneración por Juan, el precursor, el que vino del desierto para predicar la conversión,. Esto se ve especialmente en sus innumerables capillas o altares. No es de extrañar, por tanto, que la liturgia eclesial le dedique una Misa Vespertina, de vísperas, y otra matutina o del día. Sea en su gloria y alabanza bien merecida.

En esta página seguimos la Misa del día, y felicitamos al santo con estas palabras:

Profeta de soledades...
Desde el vientre, escogido, tú fuiste gran pregonero,
y anunciaste a todo el mundo la presencia del Cordero.

En soledad de desierto aprendiste a ser maestro,
para rebajar montañas y dar luz a los senderos.

Tuviste cuerpo de roble, alma pura, voz, silencio,
miel silvestre entre las rocas, viejo jubón de camello.

Tú en las aguas del Jordán lavaste al puro Cordero,
lava también nuestras almas, pon luz en nuestro sendero. Amén.


Palabra de Dios
Lectura del profeta Isaías 49, 1-6:
“Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: estaba yo en el vientre de mi madre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre..., y me dijo: ”tú eres mi siervo (Israel), de quien estoy orgulloso”... Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel... Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Estas palabras de Isaías se refieren al Siervo de Yhavé, al Mesías, al predestinado por antomasia. Pero las aplicamos también al ‘precursor’ del Mesías-Cristo. En el plan de Dios, todo forma unidad, para proveer a nuestra salvación.

Hechos de los apóstoles 13, 22-26:
“En aquellos días, Pablo dijo: Dios suscitó a David por rey... De su descendencia, según lo prometido, sacó Dios un Salvador para Israel: Jesús.

Juan, antes de que él llegara, predicó a todo el pueblo de Israel un bautismo de conversión; y cuando estaba para acabar su vida, decía: yo no soy quien pensáis, sino que viene detrás de mí uno a quien no merezco desatarle las sandalias...”

El anuncio mesiánico se ha cumplido. Juan, viniendo del desierto, lo ha proclamado, el Mesías está aquí; y él, fiel a su misión y mostrándose en su pequeñez, frente a la grandeza de Jesús-Mesías, se pone a sus pies.

Evangelio según san Lucas 1, 57- 66. 80:
“A Isabel se le cumplió el tiempo, y dio a luz un hijo... A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: ¡No! Se va a llamar Juan...

Preguntaban por señas a su padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente a Zacarías se le soltó la lengua (pues estaba mudo) y empezó a bendecir a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos... y reflexionaban diciendo: ¿Qué va a ser este niño? La mano de Dios estaba con él.

Después, el niño fue creciendo y su carácter se afianzaba; y vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel”.

Este relato es una composición y síntesis: concepción ‘providencial’ de Juan; nacimiento con estrella de predestinado; dos signos externos de su personalidad, la mudez en el padre y la elección de nombre para el hijo; admiración de la gente; mano de Dios con él; desarrollo hasta la juventud; robustez de carácter para la misión. Todo un ciclo vital al que se da un carácter marcadamente religioso.


Momento de Reflexión
Pongamos atención especial a las frases del Evangelio, y reparemos que todo el texto, en tres piezas, está dirigido al papel de precursor que asume san Juan.

La bella narración de la mudez de su padre.
Por no haber creído que le vendría un hijo al mundo, y la elección materno-paterna del nombre de Juan, son entradilla al anuncio o contemplación de un “elegido de Dios” (recordemos que la

Biblia no sabe contar las cosas sino bajo un aura divina, providencial) ; y el impacto que el nombre y presencia de Juan producen en familiares y vecinos es signo de que alberga dones especiales, como un “elegido de Dios” en Israel.

El esquema de vida
En que se resume la infancia-juventud de Juan es similar al esquema de la infancia de Jesús, o de un profeta “elegido de Dios”: crecía en edad, sabiduría, gracia, caràcter. Es decir, Juan era especialmente de Dios y para Dios.

Decimos ‘especialmente’, pues no olvidamos la propia historia de cada uno de nosotros está también presidida por su voluntad y corazón.

El gesto final
Es el que nos muestra a Juan camino de su misión: un desierto, el bautismo de conversión, y el mensaje de vida para el advenimiento del Señor.

Es que tras él viene el Mesías, el Salvador.


10. CLARETIANOS 2002

Se respira ya aire de fin de curso. En el hemisferio Norte acabamos de celebrar el solsticio de verano. Hemos alcanzado el máximo de luz. A partir de ahora los días irán menguando y las noches crecerán lentamente. Y así será hasta el solsticio de invierno, hasta que celebremos el nacimiento de Jesús, el Sol invicto. La noche de San Juan ha alimentado y alimenta mitos, ritos y leyendas en muchas partes del mundo. La Iglesia ha colocado precisamente en este día la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista, el mismo que dijo: "Es necesario que yo mengüe para que él crezca". De los santos solemos celebrar el día de la muerte, el verdadero "dies natalis". De San Juan, sin embargo, celebramos el nacimiento (el 24 de junio) y el martirio (el 29 de agosto).

¿Cómo iluminar esta fiesta desde la Palabra de Dios? El relato de Lucas subraya la importancia del nombre. El niño debería haberse llamado Zacarías, como su padre. Sin embargo, Isabel, la madre, insiste en que se llame Juan. ¿Por qué? Sencillamente porque el nombre condensa la experiencia que ella misma ha tenido y el programa de vida que le aguarda al niño. Este nombre hebreo significa: "Dios tiene misericordia", o "Dios está de mi parte". Juan es un hombre en el que la gracia de Dios se muestra victoriosa desde el principio. Por eso, la liturgia escoge como primera lectura el texto de Isaías: "Estaba yo en el vientre y el Señor me llamó". Cuando la gente se pregunta qué va a ser del niño, el evangelio dice que "la mano de Dios estaba con él".
En la fiesta de este año 2002, tan sobrecargado de violencia y de miedo, quisiera subrayar esta perspectiva. Juan es el fruto de la gracia en el tiempo de la esterilidad. Juan es el anuncio de un sol que nace de lo alto en tiempos de claroscuro. Juan es un testigo, aunque penúltimo, de la gracia de Dios que ha aparecido sobre nuestro mundo. Uno de los himnos litúrgicos de su fiesta lo expresa así:

La ley vieja en él fenece,
la de gracia en él apunta;
de donde claro parece
que en este niño amanece
libertad y gracia junta.

Necesitamos celebrar la victoria de Dios en algunos de nuestros hermanos y hermanas para que nuestra fe en el Dios que tiene misericordia no se devalúe. Zacarías e Isabel fueron probados en su fe. Juan es el regalo que superó toda duda y toda expectativa. También hoy, en nuestras pruebas, somos invitados a descubrir los Juanes y Juanas en los que el Señor sigue mostrándonos que "está de nuestra parte". Aprovecho este espacio para felicitar de corazón a todos los que lleven este nombre y para invitarlos a vivir como hombres y mujeres que nos ayuden a mirar al Sol.

Gonzalo Fernández , cmf (gonzalo@claret.org)


11. CLARETIANOS 2003

En el comienzo del verano boreal, la liturgia nos propone la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista, seis meses antes de la fiesta del nacimiento de Jesús, en el momento en que, en el hemisferio norte, los días comienzan lentamente a decrecer.

El evangelio de Lucas narra que, al conocer la noticia del nacimiento del pequeño Juan, las gentes del lugar se hicieron esta pregunta: ¿Qué va a ser de este niño? Es la misma pregunta que les he oído a muchos padres jóvenes cuando les nace un pequeño. A menudo, se la formulan con temor. La vida está tan amenazada que muchos padres no se atreven a tener hijos.

¿Cómo podemos leer hoy la buena noticia del nacimiento de Juan? Os invito a examinar las diversas reacciones que este hecho produce en los distintos personajes:

Los vecinos y parientes de Isabel, al conocer la noticia, la felicitaban.

Los que asisten a la circuncisión, al enterarse de que se va a llamar Juan, se quedaron extrañados.

Zacarías, vencida su mudez, empezó a hablar bendiciendo a Dios.

Los vecinos quedaron sobrecogidos.

Felicidad, extrañeza, bendición, sobrecogimiento. He aquí cuatro actitudes que siempre están ligadas a la acción sorprendente de Dios. Si observamos bien, descubrimos una mezcla de alegría y de temor, de exultación y de asombro. Juan provoca anticipadamente las mismas reacciones que provocará Jesús. Pero, por encima de todo, la mano de Dios estaba con él. Esta convicción es la que nos permite también a nosotros afrontar los riesgos de toda vida sin abandonarnos al pesimismo. Siempre, y en toda circunstancia, la mano de Dios está con nosotros.

Gonzalo (gonzalo@claret.org)