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Hermanos:
-Celebramos la eucaristía en la fiesta de san José, a quien Dios confió, como
decíamos en la oración inicial, "los primeros misterios de la salvación". San
José tiene un lugar propio dentro del ciclo navideño. Pero su fiesta se halla siempre en
Cuares- ma, estas semanas en que nos prepara- mos para celebrar la culminación de la vida
y la obra de Jesús: su muerte-resurrección.
-San José pertenece a la historia de la salvación. A esta larga cadena que desemboca en
Jesús. Las dos primeras lecturas nos lo sitúan en continuidad con Abrahán y con David.
Como Abrahán, José es un hombre de fe: pone su confianza en Dios sin tener todas las
claves del camino en que se encuentra metido. El que quiera tenerlo todo atado y bien
atado; el que quiera dominar todas las situaciones... ese tal es incapaz de poner su
confianza en Dios, que es quien guía las cosas; es incapaz de entrar en los caminos de
Dios. Pretende formar parte de los "sabios y prudentes". Y Jesús nos dijo en
una ocasión que el Padre ha escondido los secretos del Reino a los sabios y prudentes,
mientras que los ha revelado a los sencillos.
-Los evangelios de la infancia de Jesús -que es donde aparece la figura de
José- pueden parecer relatos maravillosos e ingenuos. De hecho, sin embargo, José y
María andan a tientas, chocan con la contradicción, se encuentran abocados a unas
situaciones que no entienden ni dominan: "Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira
que tu padre y yo te buscábamos angustiados".
Estas palabras se parecen mucho a las quejas doloridas y amorosas de tantos
padres, ante el comportamiento de los hijos a quienes asoma el bozo y empiezan a creerse
mayores: "Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? ¿por qué nos has hecho
sufrir de este modo?" Más que una pregunta, es una queja maternal. Sin embargo, la
respuesta de Jesús no resulta muy tranquilizadora: "¿Por qué me buscabais? ¿No
sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" También los padres de hoy
tenéis que oír respuestas de esta clase: "¿Por qué me buscáis?; Dejadme
tranquilo: yo ya sé lo que me hago, ya soy mayor!" El evangelio añade que sus
padres "no comprendieron lo que quería decir". Pero después "él bajó
con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad". Pero no nos engañamos: la herida
ya está abierta: Jesús se distancia de José y María, como los hijos se distancian de
los padres conforme se van haciendo hombres y mujeres.
-Así, pues, José -y también María- se nos hace extraordinariamente cercano.
La fe en José, su confianza en Dios, no lo separan de nosotros para trasladarlo a otro
mundo, un mundo angélico. Todo lo contrario: la oscuridad, la contradicción del
creyente, son vividas por José en su vida de cada día, de padre de familia sencillo,
honrado, trabajador, que cree en el Dios de los padres: el Dios en quien creyó Abrahán,
el gran patriarca del pueblo, a quien había prometido tener una larga descendencia,
precisamente cuando no tenía hijos! -La primera lectura hablaba de David. Instalado en
Jerusalén, piensa construir una buena mansión para el Arca de la Alianza, que se
custodiaba en una tienda provisional, una tienda desmontable de campaña. Dios le dice: No
quiero que me edifiques ningún templo, ninguna casa firme y lujosa. Tú eres mi templo;
como lo fue Abrahán, como lo es mi pueblo entero, como lo será tu descendencia. Yo te
haré una casa a ti, y tu casa, tu descendencia, se mantendrá por siempre.
José forma parte de esta descendencia de David, de esta casa de Dios. Es -con
María- el último eslabón de la cadena, la que conecta con el Salvador que el pueblo
esperaba. Nada de templos espléndidos, ni de sabios y prudentes: los primeros misterios
de la salvación fueron confiados a personas sencillas.
-Ahora el misterio de la salvación ha sido confiado a la Iglesia: a esta
sociedad de hombres y mujeres, de la cual nosotros formamos parte. Ha sido confiado, de
manera particular, a aquellos y aquellas que ejercen un ministerio, entre los cuales se
cuentan los sacerdotes. No es, pues, extraño que san José sea el patrono de la Iglesia y
que, en muchas diócesis, hoy sea también el día del seminario, la institución que se
ocupa de los jóvenes que se preparan para ser sacerdotes.
El camino de la Iglesia, el de todos los que trabajamos en ella, el de los
sacerdotes, tiene que ser un camino de fe, como el de José. Dios nos lleva -hoy quizá
más que unos años atrás- por unos vericuetos desconocidos e inesperados, que con
frecuencia nos desconciertan. Renace constantemente en nosotros la ilusión de tener una
mansión sólida e instalarnos en ella (¿os acordáis de lo de las tres tiendas, del
domingo pasado?) Y en más de una ocasión se nos escapa un lamento: "Señor, ¿por
qué nos tratas así?" Y así como los padres de Jesús no comprendieron su
respuesta, tampoco nosotros entendemos los caminos de Dios. Pero no importa: metámonos en
camino. Es él quien conduce la historia de la salvación
J. TOTOSAUS MISA DOMINICAL 1992, Nª 4
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