Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia SALMO 22


COMENTARIOS AL SALMO 22

 

1. El pastor visto por la oveja de la cola

Informaciones varias

...Nos informan los estudiosos de que el salmista es un peregrino, que después de haber participado en una celebración de gran solemnidad en el templo, se dispone a emprender el viaje de retorno. El camino para llegar a su pueblo está lleno de peligros (v. 4), y puede reservar encuentros desagradables. Por eso el fiel expresa toda su confianza en Yahvé: «El Señor es mi pastor». El se encarga de que llegue sano y salvo.

...Nos informan los estudiosos de que en vez de un peregrino, puede tratarse de un levita, asiduo al servicio del templo. Pero la situación en cuanto a los riesgos del viaje no cambia.

...Nos informan los estudiosos de que este salmo se presta también a una interpretación colectiva. En tal caso el Señor-pastor conducirá al pueblo a través del desierto, después de la prueba del destierro. Y él mismo preparará la mesa (v. 5) para los que vuelven del destierro extenuados. De este modo las palabras del salmo serían para el pueblo judío un incomparable motivo de ánimo en la esperanza de su prueba.

...Nos informan los estudiosos de que el tema de Yahvé-pastor de su pueblo es muy antiguo y se encuentra con relativa frecuencia en las páginas de la Biblia.

...Nos informan los estudiosos de que Cristo tenía presente este salmo cuando contaba la parábola del buen pastor y ha cambiado a sabiendas las primeras palabras «el Señor es mi pastor» por «yo soy el buen pastor» (Jn 10, 14).

...Nos informan los estudiosos de que el problema más difícil del salmo 23 está en la interpretación del último versículo. Según se traduzca «retornaré» o «habitaré» en la casa del Señor, cambia notablemente el sentido de todo el salmo.

...Informo cortésmente, pero con extrema franqueza, a los estudiosos de que me han hecho un lío con sus doctas observaciones. Les estoy agradecido y se lo he dicho cuando ha sido el caso. Pero a propósito de este salmo sus «puntualizaciones» me fastidian. Pienso que en este caso puedo muy bien prescindir de ellas. Más aún, creo que es mejor ignorar sus comentarios.

Cada uno tiene derecho a leer este salmo con sus propios ojos y con su propio corazón, sin necesidad de intermediarios. Desde la vieja que desgrana su rosario en el fondo de la iglesia, hasta el teólogo que elabora una gran tesis, pueden repetir tranquilamente estas palabras:

El Señor es mi pastor,
nada me falta (v. 1).

Ambos entienden muy bien el significado y la densidad de esta expresión. Ambos están de acuerdo —la vieja con su rosario y el teólogo con su libro— en reconocer al único pastor, preocupado de que no le falte nada tanto a uno como a otro.

¿Por qué no vas un poco más despacio?

Señor, también yo formo parte de tu gran rebaño. Pero tengo la maldita costumbre de ponerme siempre a la cola. Sí, lo sabes muy bien, aunque haces la vista gorda, soy una oveja que siempre está rezagada en la última fila.

Pero mira, te voy a describir lo que sucede al final del hatajo. En otras palabras, el pastor visto desde la retaguardia del rebaño.

En fin, murmurar, se murmura... pero entiéndeme. El camino difícil, las piernas doloridas, el sol, la sed, el polvo que seca la garganta, y ciertos perros odiosos que siempre están dispuestos a morder apenas intentas separarte. Y después, tú que caminas impertérrito con un paso imposible de seguir, me imagino que para respetar esas citas de grandeza a las que no tenemos ninguna gana de llegar.

Pero ¿por qué te empeñas en ir tan deprisa? ¿A qué viene un paso tan «irracional»? ¿A dónde quieres llevarnos? ¿No te das cuenta de que no podemos más, que el corazón está a punto de estallarnos y que nos quedamos sin respiración?

No pongo en duda que me guíes «por el sendero justo» (v. 3). Pero ¿por qué este sendero siempre es cuesta arriba? ¿No podrías encontrar un itinerario menos costoso? Nosotros al final del grupo caminamos con la cabeza baja. Y sólo vemos el camino con polvo, piedras y cardos. No podemos querer un camino impracticable que nos desuella los pies.

Sé que hemos de aprender a levantar la cabeza de una vez. A mirarte. Porque, entonces, desaparecería el camino y tendríamos la mirada dirigida al pastor, que se convertiría en camino.

Pero debes entender. Con la cara en alto no podremos murmurar. ¿Y cómo se puede ir hacia adelante sin lamentarse de alguien o de algo?

En verdes praderas me hace recostar; 
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas (v. 2-3).

Sin duda, una imagen deliciosa de paz y de quietud. Pero nosotros siempre llevando la contraria, después de tanto protestar por el ritmo y las dificultades del viaje, somos incapaces de pararnos. Jugamos a ser personas importantes, siempre atareadas. Oración, distensión, silencio, reflexión. No tenemos tiempo para estas cosas. Tenemos todo el tiempo ocupado en mil naderías, que llamamos pomposamente «compromisos urgentes», «necesidades improrrogables» y no tenemos un minuto para dedicarlo a nosotros mismos. Por eso estamos siempre cansados. Y nuestro espíritu en vez de robustecerse, se entristece y entumece alarmantemente, ni nos damos cuenta de que existe. Damos vueltas en el vacío, creyéndonos que hacemos algo.

Un corazón que me reconcilia con todos los demás

Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo (v. 4).

A veces soy yo quien va a buscar el mal. Un sendero seductor y voy por él sin pensar. El rebaño me molesta. Algunas normas no las entiendo. Ciertas imposiciones pesan demasiado. Las prohibiciones me irritan, las considero atentados contra mi libertad. Además, precisamente las ovejas que se dicen más fieles y celosas, viéndolas de cerca, me desilusionan y casi me empujan a marchar (¡Dios mío, cuántas virtudes me hacen odiar ciertas personas que se dicen virtuosas...! ).

También aquí bastaría con mirar al pastor en vez de fijarse en la miseria, la porquería e hipocresía de ciertos compañeros de viaje.

Como quiera que sea el sendero está allí y yo me voy por él. Pero cuando creo que me separa una gran distancia del rebaño, cuando he perdido todo camino de vuelta, me encuentro junto a ti, «tú vas conmigo» (v. 4).

Precisamente en el momento que mido la distancia, te descubro junto a mí. Has tomado la iniciativa. Has abandonado a las otras. Una oveja extraviada vale tanto para ti como todas las otras juntas.

Has venido a buscarme. A pesar de que alguien te diría: «No te preocupes, déjale, al fin de cuentas ha sido porque ha querido, nadie le ha echado, puede volver cuando quiera...».

No has estado en paz hasta que no me has encontrado. Te sentías empobrecido de mí. De mí, la oveja de la última fila.

Ni una palabra siquiera de reprensión. «¿Qué has hecho? ¿A qué viene esto? ¿Mira cómo estás?». He entendido en qué estado me encontraba por tu gesto de subirme a las espaldas evitando hasta la fatiga del retorno. Y como castigo:

Preparas una mesa ante mí
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa (v. 5).

He querido que se hiciese fiesta. Que todos participasen en tu alegría. Ser cristianos quiere decir precisamente aceptar la alegría del pastor por haber recuperado la oveja murmuradora y escapada. La que camina rezagada, en la cola del hatajo.

A la vuelta he encontrado lo mismo de siempre. Los defectos, la mezquindad y las intragables hipocresías de las ovejas «celosas». Los mismos perros gruñones. El camino impracticable de siempre. El mismo polvo que seca la garganta. Y alguien que se para cuando habría que acelerar el paso. Y otros que corren a destiempo.

Pero me he dado cuenta de que me he reconciliado con todo esto. Porque ahora había hecho un descubrimiento decisivo: el corazón del pastor.

El corazón del pastor me ha reconciliado con la banalidad de todo el rebaño. Las deficiencias de los demás ya no me escandalizan. Sé a dónde mirar y me doy cuenta de que «nada me falta» (v. 1). Cuando se ha descubierto el corazón del pastor, no se tienen ganas ya de hacer el inventario de las miserias de los compañeros de viaje.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida (v. 6).

Aquel día en la montaña...

Era un día de calor. Tú has subido derecho hacia la cima. Me ha bastado una ojeada. No había una brizna de hierba allá arriba. Lo único que podías conseguir era exponerte al sol aplastante.

Mi decisión fue rápida. No subiría. Habría esperado cómodamente vuestro retorno. El pastor se daría cuenta de que no había nada bueno en aquella colina árida y vendría rápido hacia el valle.

Por eso me acurruqué a la sombra de una palmera a dos pasos del lago Tiberíades, mirando a los pescadores que preparaban sus redes.

Al poco tiempo el viento me ha traído el eco de tus palabras. Solamente entiendo una que se repetía como un estribillo festivo:

—Felices... felices... felices...

Me he levantado y he comenzado a subir por las pendientes del monte, mientras tú repetías otro estribillo:

—Pero yo os digo...

Esta vez me he abierto paso y he conquistado las primeras posiciones para no perder ni una sílaba de tu discurso.

Cuando bajábamos las sombras se alargaban sobre las aguas tumultuosas del lago. Pero yo no contemplaba el paisaje. Algo había ocurrido dentro de mí. No era el de antes. Mi vida asumía una dimensión nueva, con horizontes de una amplitud jamás sospechada. El paisaje más atrayente estaba dentro de mí, después de aquellos estribillos: «Felices... Pero yo os digo...».

Sobre aquella montaña pelada me habías hecho descubrir el mejor alimento. Sobre aquella montaña desnuda tú, inigualable pastor, has saciado la sed y el hambre más profunda de la oveja rezagada acostumbrada a estar siempre en última fila.

Desde aquel día he entendido que también el desierto de mis días todos iguales podía ser en su monotonía una verde pradera.

Y la pobreza una riqueza.
Y la mansedumbre una fuerza.
Y las lágrimas una fuente de alegría.
Y las persecuciones y los ultrajes, un certificado de felicidad.

El pastor que se convierte en cordero

Un último recuerdo. También una altura pelada de modestas proporciones. La llamaban «El monte de la calavera».

No nos habías llevado jamás allí. Pero también aquél era evidentemente un «sendero justo» (v. 3).

En un cierto momento he visto partir en dos tu vara y hacer una forma de cruz. Y tú clavado a aquellos dos pedazos de madera.

El descubrimiento más impresionante. El pastor convertido en cordero que se deja degollar por la salvación del rebaño. Y tu sangre corre también por la oveja rezagada, siempre en la cola del rebaño «y mi copa rebosa» (v. 5). Sí, ahora me siento seguro: «tu vara y tu cayado me sosiegan» (v. 4).

Estoy protegido para siempre por aquella cruz y por el pastor-cordero que está clavado en ella.

Después de esta visión reemprendo el camino acostumbrado lleno de polvo, accidentado y aburrido. Pero no me lamento ya «porque tú vas conmigo» (v. 4).

Y aunque me desuelle los pies recorriendo el camino de todos los días, tengo la impresión de recostarme en «verdes praderas» y de ir a «fuentes tranquilas». Tengo la impresión de permanecer en tu casa:

Y habitaré en la casa del Señor
por años sin término (v. 6).

Me doy cuenta ahora de que los estudiosos se han olvidado de informarnos de que en el salmo 22 no se comprende bien si el tema dominante es el caminar o más bien el pararse como huéspedes en la casa del pastor.

Pero no importa. Pensándolo bien, ambas cosas no se excluyen. Pueden muy bien estar juntas.

Como el pastor es camino, así el camino puede ser la casa del pastor.

ALESSANDRO PRONZATO
FUERZA PARA GRITAR
Edic. SÍGUEME.SALAMANCA-198O .Págs. 262-266


2. El Señor es mi pastor

El salmo 22, uno de los más bellos de todo el salterio comienza con una afirmación atrevida: "El Señor es mi pastor, nada me falta". Este creyente que se sabe guiado y acompañado por la mano firme y protectora del pastor, proclama con tranquila audacia su ausencia de ambiciones. Tiene todo lo que necesita: conducción, seguridad, alimento, defensa, escolta, techo donde habitar... Difícilmente anidarán en su corazón la agresividad, la envidia, la rivalidad, todas esas actitudes que amenazan siempre el convivir con los otros fraternalmente.

CUADERNOS DE ORACIÓN 110


3.

PRIMERA LECTURA: CON ISRAEL

* Este salmo del Huésped de Dios, para expresar una experiencia de intimidad con Dios, utiliza dos imágenes universales: el pastizal... el festín... (el Pastor... y el huésped...). En los países en que la vida está en armonía con la naturaleza, este lenguaje es poético.

El tema del "Pastor" aparece constantemente, en la Biblia. Los judíos vivían en una civilización rural y hasta cierto punto nómada. Para un hombre cuyo rebaño es la principal riqueza, toda la vida está "polarizada" por su cuidado: encontrar verdes praderas, conducir a las ovejas al abrevadero, hacer reposar el rebaño bajo la sombra, conocer los senderos seguros y evitar los pasajes peligrosos, proteger con el bastón los ataques de las fieras. Dios es presentado como este "Pastor" diligente: Ezequiel 34 - Oseas 4,16 - Jeremías 23,1- Miqueas 7,14 - Isaías 40,10; 49,10; 63,11.

El tema del "huésped" es también universal. Cuanto más sencillas son las civilizaciones, más sentido de hospitalidad tienen los hombres. Cuanto más pobre, más generoso, ordinariamente. Aquí, la hospitalidad se resume en tres detalles concretos: la mesa con abundantes alimentos, la copa desbordante en la mano, el aceite perfumado que se echa en la cabeza para refrescar al visitante que llega, del sol abrasador.

En la Biblia, este tema se aplica también constantemente a Dios: el tema del Templo, considerado "Casa de Dios" en la que se quiere habitar, como los levitas, que tenían la fortuna de pasar su vida en la Casa de Dios. No olvidemos que el Templo de Jerusalén era el lugar de los sacrificios rituales: los animales inmolados, ofrecidos a Dios (asados al fuego, que simbolizaba justamente a Dios), eran cocidos, y distribuidos entre los fieles en forma de "comida sagrada". En Israel, la "mesa" y la "copa" no eran solamente un símbolo, eran realmente un festín sagrado.

SEGUNDA LECTURA: CON JESÚS

** Jesús debió recitar este salmo con especial fervor. Releámoslo en esta perspectiva, imaginándonos que lo pronuncia Jesús en persona: "Nada me falta... El Padre me conduce... Aunque tenga que pasar por un valle de muerte, no temo mal alguno... Mi copa desborda... Benevolencia y felicidad sin fin... Porque Tú, Oh Padre, estás conmigo...". ¿Quién mejor que Jesús, vivió una intimidad amorosa con el Padre, su alimento, su mesa (Jn 4,32.34)?

Jesús se identificó varias veces con este pastor, que ama a sus ovejas y que vela amorosamente sobre ellas: "Yo soy el Buen Pastor" (Juan 10,11). La tonalidad íntima de este salmo, hace pensar en "una oveja", la única oveja que se siente mimada por el Pastor: "El Señor es mi Pastor, nada me falta". Esto evoca la solicitud de que habla Jesús cuando no duda un momento en "dejar las 99 para ir a buscar la única oveja perdida" (Mateo 18,12). Este mismo clima de "intimidad" evocará San Juan para hablar de la unión con Cristo Resucitado, retomando la imagen de la mesa servida: "entraré en su casa para cenar con El, yo cerca de El y El cerca de mí" (Apocalipsis 3,20).

Los primeros cristianos cantaron mucho este salmo que lo consideraron como el salmo bautismal por excelencia: este salmo 22 se leía a los recién bautizados, la noche de Pascua, mientras subían de la piscina de inmersión de "aguas tranquilas que los hicieron revivir".. . Y se dirigían hacia el lugar de la Confirmación, en que se "derramaba el perfume sobre su cabeza"... antes de introducirlos a su primera Eucaristía, "mesa preparada para ellos". Bajo estas imágenes pastorales de "majada" como telón de fondo, tenemos una oración de gran profundidad teológica y mística; Jesucristo es el único Pastor que procura no falte nada a la humanidad... El nos hace revivir en las aguas bautismales... Nos infunde su Espíritu Santo... Nos preparó la mesa con su cuerpo entregado... Y la copa de su Sangre derramada... El conduce a los hombres, más allá de los valles tenebrosos de la muerte, hasta la Casa del Padre en que todo es gracia y felicidad.

TERCERA LECTURA: CON NUESTRO TIEMPO

*** Felicidad. El hombre moderno parece tener vergüenza de ser feliz, cuando lo está, y busca ávidamente esta felicidad, cuando no la tiene. Quizá ocurra esto, porque sabemos del gran número de hombres y mujeres que sufren de hambre, de miseria, de subdesarrollo, de falta de cuidados médicos. No se puede ser feliz aisladamente. ¿Pero hay que renunciar por esto, a la "alegría interior"? El hermano Roger, superior de Taizé, invita constantemente a los cristianos por una parte, a luchar contra el mal, y por otra a la "fiesta sin fin": "descubrimos, escribe, en el fondo de nuestro ser. el Cristo Resucitado, ¡El es nuestra fiesta! Conocer los dramas del presente, las guerras, las minorías raciales maltratadas, es intolerable... Porque el hombre, para nosotros, es sagrado. ¿Cómo quedarse con los brazos cruzados, ante el hombre víctima del hombre? Pero en la sed de participar en una mayor justicia, ¿iríamos hasta renunciar a la fiesta íntima que se ofrece a todo cristiano? Sólo nos quedaría doblegarnos bajo el peso de la desesperación y proponer a la humanidad entera nuestra tristeza. ¿Vivir la fiesta, sería óbice para combatir y luchar por la justicia? Al contrario. La fiesta no es una simple euforia pasajera. Está animada por Cristo, en hombres y mujeres plenamente lúcidos sobre la situación del mundo y capaces de asumir los acontecimientos más graves...".

Sí, ¡hay una especie de "deber de ser feliz"! A condición de que esta felicidad se ponga en lo esencial y se quiera para todos.

La intimidad con Dios. Sería grave, que los cristianos aparecieran como gente desesperada y triste, ellos que tienen el secreto fantástico de la plena alegría: la humanidad avanza hacia Dios, felicidad infinita. ¿Por qué no comenzar de inmediato? "Sólo bondad y benevolencia me acompañan todos los días de mi vida; y moraré en la Casa del Señor todos los días de mi vida". El clima árido "de la sociedad de consumo" lleva a muchos jóvenes y menos jóvenes a la búsqueda de "fuentes frescas". El hombre no vive solamente de pan ni de supermercados, ni de placeres... Hoy descubre alegrías más profundas. La experiencia de la "vida con" Dios hace parte de estas alegrías secretas: "porque Tú estás conmigo"... "Nada me falta", cuando vivo esta experiencia.

Vuelta a la naturaleza. Es esta una de las aspiraciones del hombre moderno. "Mirad las flores del campo", decía Jesús. Este salmo nos invita a mirar las praderas, las fuentes, los trabajos pastoriles, la mesa en que recibimos a los amigos, las casas que nos alojan. Muchas alegrías inocentes están a nuestro alcance. ¿Por qué no aprovecharlas? ¿Por qué no proporcionarlas a los demás?

NOEL QUESSON
50 SALMOS PARA TODOS LOS DIAS. Tomo II
PAULINAS, 2ª Edición
BOGOTA-COLOMBIA-1988.Págs. 32-35


4. /SAL/022/ALABANZAS

El salmo 22 es la perla de los salmos. Su poesía y su piedad se dan la mano; su suavidad y su espiritualidad son insuperables" (Spurgeon). Innumerables son los elogios que este pequeño salmo ha recibido en sus tres mil años de historia. Se puede afirmar, como dice su título, que el salmo proviene del mismo David, uno de los más grandes genios de la poesía universal.

W. Beecher nos dirá: " ¡Bendito el día en que nació este salmo! pues él ha calmado más dolor que toda la filosofía del mundo". Y H. Bergson igualmente: "Los centenares de libros que yo he leído no me han procurado tanta luz ni tanto consuelo como el verso de este salmo 22: "El Señor es mi pastor, nada me falta... aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque tú vas conmigo". De la misma forma J. Green nos dirá: "Estas frases sencillas, estas frases de niño se quedaron sin dificultad en mi memoria. Yo veía el pastor, el valle de la sombra de la muerte, yo veía la mesa preparada. Era el evangelio en pequeño. Cuántas veces, en las horas de angustia, me he acordado del cayado reconfortante que ahuyenta el peligro. Cada día recitaba este pequeño poema profético cuyas riquezas yo nunca agotaría".

Nos haríamos interminables citando a tantos y tantos maestros del espíritu, rabinos, santos, comentaristas, poetas, místicos, que han encontrado en el salmo 22 todas las excelencias y todas las bellezas del arte poético y de la espiritualidad más profunda. Sin duda el breve salmo 22 es uno de los más hermosos de la Biblia, siempre actual, siempre aleccionador, siempre consolador. Su inmortalidad le viene de su sentido espiritual, de su poesía y de su emoción religiosa.

Es una parábola vivida, fruto de una experiencia de Dios que llegaba hasta la médula de los huesos del salmista, algo que acercaba en mil años la vida del Antiguo Testamento a la del Nuevo: tan juntos están los pensamientos del salmo y el sermón de la montaña. Fruto maduro de una fe inquebrantable, todo él rezuma confianza, serenidad, optimismo. El autor conoce las luchas de la vida, las situaciones angustiosas, los enemigos, pero conoce también a Dios, al Dios de su fe a quien da el nombre de pastor.

Hijo del Oriente y de Israel, sabe qué alcance tiene la metáfora del pastor aplicada a los dioses o a los reyes. Y el salmista la da al Dios de su fe, porque ha experimentado vivencialmente toda la actitud solícita y amorosa del pastor.

El salmo 22 nos habla de una profunda experiencia religiosa que marcará profundamente la espiritualidad cristiana. Y un día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, el mismo Jesús dirá ante la multitud en el templo: "Yo soy el buen Pastor".

Dios como pastor

El salmo 22 es uno de los salmos más breves del salterio: sólo 6 versículos. Dentro de su unidad temática se distinguen dos partes bien diferenciadas que podríamos llamar:

Dios como pastor (vv. 1-4)

Dios como anfitrión (v. 5-6).

El salmo empieza con la cierta y serena afirmación de que Dios es el pastor del salmista. Este habla en primera persona a lo largo de todo el poema y en la primera parte describe su experiencia bajo la solicitud y el amor de su pastor.

Con metáforas sacadas del mundo pastoril va enumerando las pruebas del exquisito amor del pastor hacia él, afirmando ya desde el principio que nada le falta porque Dios piensa en todo: verdes praderas, fuentes tranquilas, sendero justo: todo lo positivo y lo agradable de la vida se lo proporciona el pastor de quien se siente hondamente amado. Dios obra así "en honor de su nombre", es decir, para que su reputación de Dios bondadoso, grande en misericordia y rico en perdón, se manifieste y se viva. Dios no puede ser tildado de negligente o indiferente en lo que respecta a su pueblo y al bien de los suyos. Así, por su actitud hacia los fieles de Israel, mostrará su superioridad sobre ios ídolos de los paganos.

Frente a las dificultades y angustias de la vida, simbolizadas por las "cañadas oscuras", el salmista nada teme. Se fía de su pastor, de su Dios. Se encuentra en sus manos, y por tanto, ¿qué le puede suceder de malo? ¿no le protegerá el amor y la solicitud de su pastor?

"Tu vara y tu cayado me sosiegan". Una doble imagen que puede ser simplemente una redundancia, pero que igualmente pueden significar una defensa: la vara contra los animales, chacales, lobos, y el cayado como una guía que encamina y endereza e impide descarriarse. Así el salmista se siente protegido, seguro, feliz.

Descripción completa, sencilla, pero clara, que muestra con toda luminosidad la bondad de Dios, su providencia, su atención solícita hacia aquellos que confían en él. Ya otros salmos han dejado entrever esta misma experiencia, como el salmo 30 cuando dice: " ¡Qué grande es tu bondad, Señor, que has preparado para aquellos que te temen", pero ninguno ha sabido expresar tan plástica y vivencialmente como el salmo 22 las excelencias inefables de una providencia experimentada y saboreada.

La tradición cristiana, desde los primeros tiempos, ha visto poéticamente en la mención de la vara y el cayado los dos brazos de la cruz de Cristo, el buen Pastor: así, por ejemplo, san Justino y san Zenón de Verona.

Dios como anfitrión

Siguiendo el mismo tono simbólico, el salmista hace ahora un viraje en su pensamiento. Del pastor guía y protector de sus ovejas, pasa ahora a la imagen del huésped espléndido o anfitrión que convida a un banquete. La imagen de la oveja queda también transformada en la del amigo o deudo del Señor que ha sido convidado a un festín.

Y este festín no lo hemos de imaginar como un momento o un día especial: el pensamiento del salmista lo ve como una cosa continuada, de cada día. Así como el pastor siempre se preocupa de sus ovejas, las guía y las alimenta, así ahora, igualmente, el mismo Dios, con la figura del huésped, favorece magníficamente a aquellos que se sienten amados por él, les regala con dones exquisitos. Por esto el salmista no ha imaginado otra cosa más expresiva que un banquete: una mesa preparada, un ambiente de alegría y de riqueza (ungüento para la cabeza, rebosar de la copa).

La mención de los enemigos la hace el salmista para recalcar la seguridad de aquél que es favorecido por Dios; así como antes hablaba de cañadas oscuras, ahora menciona a los enemigos, que son ya impotentes y se ven como derrotados viendo la suerte feliz de aquél a quien querían malherir o aniquilar.

Dios, el gran protagonista del salmo, se nos describe con los colores más hermosos que puedan representar la bondad, la providencia, la ayuda, la generosidad, la esplendidez. Dios no deja nada de lo que pueda contribuir al bien, a la alegría, a la paz de sus fieles. Por esto el salmista confiesa, agradecido, que la bondad y la misericordia del Señor le acompañan siempre, todos los días de su vida. Constata su situación de privilegio, diríamos de mimo, la situación de un alma que se siente querida por Dios, que es bien consciente de sus favores, de su predilección.

Y de la misma forma, asegurado por su experiencia de un Dios tan inmensamente bueno y providente, lanza al futuro su mirada, se siente seguro de aquella bondad que ha experimentado siempre, y prorrumpe en una afirmación llena de fe y de esperanza: "habitaré en la casa del Señor por años sin término".

Solamente el espíritu cristiano puede comprender la profundidad de esta mención de la eternidad feliz. El salmista la ignoraba del todo en su tiempo, y por esto lo que él veía y pretendía era la certeza de vivir junto al templo del Señor hasta el final de sus días. Nada le separaría del templo, nada le alejaría de aquella intimidad, de aquella experiencia de un Dios que él mismo calificó de pastor y de huésped.

Nuevamente la antigua tradición cristiana leyó algunas veces esta segunda parte del salmo en clave sacramental: la mesa preparada sería la eucaristía; el ungüento o la unción en la cabeza significaría la unción del Espíritu, la confirmación; las cañadas oscuras de antes (sombras de muerte) eran imagen del bautismo, ser sepultados con Cristo. Todas estas gracias sacramentales harán que el cristiano tenga siempre vida eterna, ahora ya en este mundo, y luego, para siempre, en la gloria.

* * * * * *

Pocas páginas se pueden encontrar en la Biblia más densamente teológicas y poéticas como el pequeño salmo 22, tesoro auténtico del salterio, alimento espiritual de miles de generaciones que se han visto fortalecidas y animadas con la simple lectura de este salmo.

En la liturgia presente se lee en la hora intermedia de los domingos II y IV: a nuestro parecer algo no muy acertado, ya que estas horas litúrgicas no siempre están al alcance de todos, y el salmo del buen Pastor debería ser uno de los más leídos y meditados. Con todo en la celebración de las Exequias cristianas es uno de los Salmos más recomendados: siete veces aparece transcrito por entero como posible canto en diversos momentos de la celebración.

J. M. VERNET
DOSSIERS-CPL/22


5. ALEGRE Y DESPREOCUPADO

He observado rebaños de ovejas en verdes laderas. Retozan a placer, pacen a su gusto, descansan a la sombra. Nada de prisas, de agitación o de preocupaciones. Ni siquiera miran al pastor; saben que está allí, y eso les basta. Libres para disfrutar prados y fuentes. Felicidad abierta bajo el cielo.

Alegres y despreocupadas. Las ovejas no calculan. ¿Cuánto tiempo queda? ¿Adónde iremos mañana? ¿Bastarán las lluvias de ahora para los pastos del año que viene? Las ovejas no se preocupan, porque hay alguien que lo hace por ellas. Las ovejas viven de día en día, de hora en hora. Y en eso está la felicidad.

«El Señor es mi pastor». Sólo con que yo llegue a creer eso, cambiará mi vida. Se irá la ansiedad, se disolverán mis complejos y volverá la paz a mis atribulados nervios. Vivir de día en día, de 'hora en hora, porque él está ahí. El Señor de los pájaros del cielo y de los lirios del campo. El Pastor de sus ovejas. Si de veras creo en él, quedaré libre para gozar, amar y vivir. Libre para disfrutar de la vida. Cada instante es transparente, porque no está manchado con la preocupación del siguiente. El Pastor vigila, y eso me basta. Felicidad en los prados de la gracia.

Es bendición el creer en la providencia. Es bendición vivir en obediencia. Es bendición seguir las indicaciones del Espíritu en las sendas de la vida.

«El Señor es mi pastor. Nada me falta».


6.

Este salmo es el canto de los nuevos  bautizados que van por vez primera, después de su bautismo y confirmación, a la  celebración eucarística. No se puede hacer una homilía sobre el Pastor sin hablar de la  Eucaristía a la que el Pastor nos conduce para reunirnos en un solo Pueblo y darnos su  alimento.

El salmo 22 ha sido muy frecuentemente comentado por los Padres.

Para  San Cirilo de Jerusalén es una profecía de la iniciación cristiana:  "El bienaventurado David te da a conocer la gracia del sacramento (de la Eucaristía),  cuando dice: "Has preparado una mesa delante de mis ojos, frente a los que me persiguen.  ¿Qué otra cosa puede significar con esta expresión sino la Mesa del sacramento y del  Espíritu que Dios nos ha preparado? Has ungido mi cabeza con óleo. Sí. El ha ungido tu  cabeza sobre la frente con el sello de Dios que has recibido para que quedes grabado con  el sello, con la consagración a Dios. Y ves también que se habla del cáliz; es aquél sobre el  que Cristo dijo, después de dar gracias: Este es el cáliz de mi sangre" (Catequesis Mistagógicas IV. PG 33, 1.101. 1.104).

San Ambrosio comenta el mismo salmo y le da la misma explicación:  "Escucha cuál es el sacramento que has recibido, escucha a David que habla. También  él preveía, en el espíritu, estos misterios y exultaba y afirmaba "no carecer de nada". ¿Por  qué? Porque quien ha recibido el Cuerpo de Cristo no tendrá jamás hambre. ¡Cuántas  veces has oído el salmo 22 sin entenderlo! Ahora ves qué bien se ajusta a los sacramentos  del cielo" (AMBROSIO DE MILÁN. Los sacramentos, 5. 12-13).

Así pues, el salmo 22 es considerado como una síntesis de la catequesis sacramental y ocupa un puesto importante en el rito de iniciación cristiana que se hacía en la antigüedad.  Hemos de citar todavía otros dos pasajes patrísticos en los que descubrimos la  preocupación pastoral que tenían los Padres.

San Gregorio Nisa escribe: "En el salmo, David invita a ser oveja cuyo Pastor sea Cristo, y que no te falte bien alguno a ti para quien el Buen Pastor se convierte a la vez en pasto, en agua de reposo, en  alimento, en tregua en la fatiga, en camino y guía, distribuyendo sus gracias según tus  necesidades. Así enseña a la Iglesia que cada uno debe hacerse oveja de este Buen  Pastor que conduce, mediante la catequesis de salvación, a los prados y a las fuentes de la  sagrada doctrina" (GREGORIO DE NISA. PG 46 692). 

San Cirilo de Alejandría dice de este salmo que es  "el canto de los paganos convertidos, transformados en discípulos de Dios, que  alimentados y reanimados espiritualmente, expresan a coro su reconocimiento por el  alimento salvador y aclaman al Pastor, pues han tenido por guía no un santo como Israel  tuvo a Moisés, sino al Príncipe de los pastores y al Señor de toda doctrina en quien están  todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (CIRILO DE ALEJANDRÍA, PG 69, 840).