SAN AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA

 

Ef 3,8-19: ¿Cómo quieres recibir la gracia de la divina bondad, si no abres el seno de tu voluntad?

 

Por eso doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien recibe nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que os otorgue (Ef 3,14-15). Para que os otorgue, ¿qué? Ruego que os dé lo que os pido. Os lo suplico a vosotros, porque tenéis el arbitrio de la voluntad; ruego que os lo dé, solicitando el auxilio de la Majestad.

Pero hemos ido muy de prisa con las palabras del Apóstol. Quienes no conocéis el texto de memoria, quizá esperéis escuchar si efectivamente el Apóstol dobla sus rodillas ante el Padre por ellos, para que les otorgue lo que les había pedido. Recordad, pues, qué les había suplicado. Os suplico que no flaqueéis a causa de mis tribulaciones por vosotros: esto es lo que les pide. Ahora considerad lo que pide para ellos: Doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo para que os conceda ser fortalecidos según las riquezas de su gloria. ¿Qué es esto, sino no flaquear? Ser fortalecidos, dijo, por su Espíritu, el Espíritu de la gracia.

Ved lo que pide. Pide a Dios lo que exige a los hombres, porque la condición para que Dios quiera dar, es que tú dispongas la voluntad para recibir. ¿Cómo quieres recibir la gracia de la divina bondad, si no abres el seno de tu voluntad? Para que se os otorgue, dijo. Nada tenéis si no se os otorga. Para que os otorgue ser fortalecidos por su Espíritu. Si os concede el ser fortalecidos, automáticamente os dará el no flaquear. Y que Cristo habite en el hombre interior por la fe en vuestros corazones. ¡Qué os otorgue todo esto! Para que arraigados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos. ¿Qué cosa? Para que os conceda ser fortalecidos con su Espíritu y que en vuestro interior habite Cristo por la fe, y así, fundados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos, ¿qué? Cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad (Ef 3,16-18). La palabra altitudo tiene un doble significado en la lengua latina: significa tanto la dirección hacia arriba como hacia abajo. Por tanto, estuvo acertado el traductor al poner altura: lo que va hacia arriba, y profundidad: lo que va hacia abajo.

Os voy a exponer qué significa esto. ¿Qué importa el que quizá para alguien sea más fácil? ¿Pasaré de largo ante estas cuatro cosas que menciona el Apóstol, a saber, la anchura, longitud, altura y profundidad, por el hecho de ser menos capaz de comprenderlas o exponerlas? ¿Llamaré a la puerta y sentiré la ayuda de vuestras oraciones para decir algo que os sea saludable? ¿Por qué, hombre cristiano, te encaminas con el corazón por la anchura de la tierra, la longitud de los tiempos, la altura del cielo o la profundidad del abismo? ¿Cuándo llegarás a comprender esto con la mente o con el cuerpo, es decir, ya pensándolo, ya viéndolo con los ojos de la carne? ¿Cuándo podrás comprenderlo? Escucha al mismo Apóstol que te dice: ¡Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo! (Gál 6,14). Gloriémonos también nosotros en ella, aunque sólo sea porque nos apoyamos en ella. Gloriémonos en ella, ¡oh buenos hermanos!, gloriémonos en ella. Quizá encontremos allí la anchura, la longitud, la altura y la profundidad.

Las palabras del Apóstol nos han puesto delante en cierto modo la cruz. Tiene, en efecto, su anchura sobre la que se clavan las manos; su longitud: lo que va hasta la tierra desde aquélla; tiene también su altura: lo que sobrepasa el madero transversal sobre el que clavan las manos, donde se sitúa la cabeza del crucificado; tiene igualmente su profundidad, es decir, lo que se clava en la tierra y no se ve. Contempla el gran misterio: de la profundidad que no ves surge todo cuanto ves.

¿Dónde está la anchura? Acomoda tu vida a la vida y costumbres de los santos, que dicen: lejos de mí el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. En sus costumbres percibimos la anchura de la caridad, razón por la que los exhorta el mismo Apóstol con estas palabras: Ensanchaos, para no uniros en yunta con los infieles. Y como también él, que invitaba a la anchura, era ancho, ved lo que les dice: Os abrimos, ¡oh corintios!, nuestra boca; nuestro corazón se ha ensanchado (2 Cor 6,14.11). La anchura es, por lo tanto, la caridad; sólo ella obra el bien. La anchura hace que Dios ame al que da con alegría. En efecto, si ha pasado estrechez, dará con tristeza; y si da con tristeza, perece lo que da. Necesitas, pues, la anchura de la caridad, para que no perezca nada del bien que haces.

Mas, puesto que son también del Señor estas palabras: Donde abunde la iniquidad se enfriará la caridad de muchos, dame también la longitud. ¿Qué es la longitud? Quien persevere hasta el final, ése se salvará (Mt 24,12-13). Tal es la longitud de la cruz sobre la que se extiende todo el cuerpo, en el que en cierta manera está fijo y, estando fijo, persevera. Tú que te glorías en la cruz, si buscas la anchura de la cruz, ten la fuerza para obrar el bien. Si quieres poseer su longitud, ten la longanimidad de la perseverancia. Pero si quieres poseer la altura de la cruz, reconoce lo que escuchas y dónde lo escuchas: «¡En alto el corazón!». ¿Qué significa eso? Pon allí tu esperanza y tu amor; busca allí la fuerza, espera de allí la recompensa. Pues si obras el bien y das con alegría, te encontrarás en posesión de la anchura. Y si perseveras hasta el fin en esas buenas obras, te hallarás en posesión de la longitud.

Pero si todas esas cosas no las haces con vistas a la recompensa celeste, carecerás de altura y desaparecerá tanto la anchura como la longitud. ¿Qué otra cosa es tener altura, sino pensar en Dios y amarle a él? Amar gratuitamente a ese Dios que nos ayuda, que nos contempla, nos corona y otorga el premio, y, finalmente, considerarle a él mismo como el premio y no esperar de él otra cosa que él mismo. Si amas, ama gratuitamente; si amas en verdad, sea él la recompensa que amas. ¿O acaso consideras todo valioso, y, en cambio, te parece vil quien hizo todas las cosas?

El Apóstol dobló sus rodillas por nosotros para que seamos capaces de todo esto; más aún, para que se nos conceda. También el evangelio nos atemoriza: A vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino, pero no a ellos. A quien tiene se le dará. ¿Quién tiene para que se le dé, sino aquel a quien se le ha dado? En cambio, a quien no tiene se le quitará hasta lo que tiene (Mt 13,11-12). ¿Quién es el que no tiene sino aquel a quien no se le ha dado? ¿Por qué pues a uno se la ha dado y a otro no? No temo decirlo: esta es la profundidad de la cruz. Todo lo que podemos procede de no sé qué profundidad del juicio de Dios, que no puede escrutarse ni contemplarse. Veo lo que puedo, pero no por qué o de dónde me viene el poderlo, a no ser lo que he llegado a ver hasta el presente: sé que es don de Dios. ¿Por qué a éste sí y a aquél no? Es demasiado para mí, es un abismo, es la profundidad de la cruz. Puedo exclamar admirado, pero no puedo demostrarlo con palabras.

Sermón 165,1-5.