9 HOMILÍAS PARA LOS TRES CICLOS DE LA FIESTA
DEL CORPUS

 

1. MISA/QUE-ES EU/QUE-ES 

Hoy, en bastantes lugares, se realiza una procesión como homenaje público a la Eucaristía. En otros lugares se ha abandonado esta tradición porque perdía su carácter de celebración auténticamente cristiana. pero, sea como sea, la procesión es (era) como una conclusión solemnizada de lo que es la celebración siempre más importante, siempre fundamental: la misa. Incluso en el día del Corpus lo importante es más la misa que la procesión.

Y si nosotros, hoy, en esta fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor, queremos ofrecer a JC un homenaje PERSONAL Y AUTENTICO, algo que signifique una posibilidad de mejora en nuestra vida cristiana, quizá nos sea útil ahora REVISAR NUESTRA FIDELIDAD A A LA EUCARISTÍA.

¿QUE HACEMOS CADA DOMINGO cuando nos reunimos para renovar lo que JC hizo la noche antes de su Pasión? Renovamos el memorial de JC, celebramos su entrega por nosotros, damos gracias al padre, participamos realmente de su vida. Memorial, sacrificio, acción de gracias, comunión, son aspectos fundamentales de la eucaristía. Revisemos hoy NUESTRA FIDELIDAD a estos diversos aspectos. O, dicho de otro modo, miremos si en nuestra vida de cada día somos consecuentes con lo que hacemos aquí.

1) RENOVAMOS EL MEMORIAL DE JC. Afirmamos nuestra fe en El, en su Palabra, en su camino, en su señorío. Podríamos decir que la misa es la celebración de lo que significa ser cristianos, manifestando lo que nos es común: el amor de JC. Creer en la fecundidad y en la eficacia del Amor de JC, es decir, creer en la Alianza nueva y para siempre establecida por El: esto es ser cristiano y esto es lo que proclamamos en la eucaristía.

Pero, DURANTE LOS DEMÁS DÍAS DE LA SEMANA, ¿somos consecuentes con esta fe? ¿Creemos en la fuerza del amor de Dios, en su impacto en la vida de cada hombre, de cada uno de nosotros? Y la palabra de JC, ¿es el criterio más firme de nuestro modo de pensar sobre los hechos y las personas?

2) CELEBRAMOS SU ENTREGA POR NOSOTROS, su sacrificio liberador. Sacramentalmente, es decir, en los signos del pan y del vino, renovamos la donación de JC como cumbre de su combate, de su lucha contra cualquier mal, fiel El a la verdad y al amor del Padre.

Pero nosotros, en el cotidiano quehacer de nuestra vida, solemos olvidarnos de que JC, nuestro Señor, es un luchador hasta la muerte, un combatiente de la verdad y del amor, de la justicia y de la libertad. Y pensamos poco que SU LUCHA DEBEMOS CONTINUARLA nosotros, hoy, cada día, en un esfuerzo decidido y comprometido de fidelidad a toda verdad, a todo amor, a toda justicia, a toda libertad.

3) LA MISA ES TAMBIÉN UNA ACCIÓN DE GRACIAS, alegre, festiva, penetrada de esperanza. Por eso los cristianos reunidos para participar del Cuerpo de JC no podemos encarnarnos en una asamblea triste, gris, aburrida. Si nuestra fe nos recuerda que JC es un combatiente, afirma también que JC es un vencedor. Si renovamos su sacrificio, es porque creemos que desemboca en la victoria de la Resurrección.

Hemos de sentirnos incorporados a un camino de esperanza, de alegría, de vida. Por eso proclamamos nuestra acción de gracias al Padre. Ahora, en esta reunión, y en toda nuestra vida. Porque creemos que su Vida está en nosotros, creemos que la poseemos, que nadie puede arrebatarnosla. De ahí que cantemos alegremente en la misa y de ahí que el cristiano sea un hombre que no puede perder nunca la esperanza: PORQUE CREEMOS EN EL TRIUNFO DE LA VIDA.

4) Finalmente, recordemos que LA MISA ES TAMBIÉN COMUNIÓN, PARTICIPACIÓN en la Vida de JC. En el evangelio que hoy hemos leído, hemos visto un gesto de JC que anuncia precisamente este aspecto de la eucaristía como participación. Si JC, en la misa, se nos da, quiere que participemos no de aquello que le sobra sino de El mismo, de su Vida, ¿no ha de ser esta también nuestra actitud en todo lo que hacemos? Si la palabra más cristiana es "amar", amar es dar. O mejor dicho, es darse, es querer que los demás PARTICIPEN DE NOSOTROS, como nosotros participamos de la Vida de Dios.

Cada comunión debería ser para nosotros un paso más en este darnos. Porque JC se nos da para que nosotros nos demos.

Hermanos, que así sea. Para que así nuestra participación en la eucaristía nos conduzca hacia la vida eterna.

J. GOMIS
MISA DOMINICAL 1974, 3


 

2. CARITAS-DIA

Todavía está cercano y vivo en el recuerdo el día de Jueves Santo. Todavía está cercano el momento elegido por el Señor para quedarse con los suyos en la tierra, para intentar que los cristianos tuvieran siempre un lugar de cita y un alimento común que nos fortaleciera y ayudara a recorrer el camino de la vida (un camino que no es precisamente de rosas siempre). Todavía está cercano el deseo de Cristo en la Ultima Cena: "haced esto en memoria mía".

Hoy vuelve de nuevo la Iglesia a recordarnos lo que significa el misterio de Cristo con nosotros. Hoy quiere que volvamos de nuevo los ojos hacia ese misterio inexplicable del Cuerpo de Cristo y le cantemos gozosos y le demos las gracias de las más diversas maneras: con una flor o con incienso; a los que queremos también les demostramos así nuestro cariño y lo hacemos especialmente en los que consideramos días especiales. Y junto a ese sentimiento de amor y agradecimiento al Señor porque ha querido quedarse con nosotros -ese sentimiento que se expresa en la quietud de la oración-, la Iglesia ha querido recordarnos algo extraordinariamente interesante. Es esto: que Cristo no sólo se quedó bajo la forma de pan y vino para que nuestra ruta tuviera auxilio permanente, sino que se quedó en los hombres que necesitan de los demás. Por eso, hoy es el Día de la Caridad. Precioso día y preciso día para conmemorarlo.

Espléndido el obsequio de la flor, del cirio. del incienso, de la plegaria y del cántico agradecido. Y espléndido el obsequio de ir hoy, con acento especial, a encontrar a Cristo en los que sufren, en los que no tienen o en los que no saben; en los que son débiles, en los que no valen para nada, en los que esperan sin esperanza, en los que están sentados a la vera del camino gritando que alguien abra sus ojos y sus oídos; en los enfermos a los que nadie visita, en los niños de ojos tristes y calles estrechas, en los parados, en los "otros", aquéllos que no son de nuestra familia ni de nuestro "estilo" y con los que no nos encontramos "encajados".

No podemos hoy cantar a Cristo en su magnífica custodia procesional si somos capaces de adorarlo en aquellos hombres en los que, inevitable es decirlo, cuesta mucho encontrarlo. Y Él quiso que lo buscáramos en esos hombres, porque en ellos escondió sus rasgos en una especie de reto lanzado desde siempre a nuestra inquietud y a la sinceridad de nuestro cristianismo.

Ha sido sabia la Iglesia cuando ha querido unir el Día del Corpus con el Día de la Caridad, porque no puede darse un contenido sin otro. Sería inútil que nuetras calles se llenaran de campanas, de cánticos "espirituales", de alfombras de flores, de filas de "fieles" portando sus velas en honor del cuerpo de Cristo si terminada la bendición y cantando el "Tantum ergo" gregoriano o polifónico, se apagasen las luces, se mustiasen las flores y,.. cada fiel a su casa satisfecho del esplendor del culto y sin pensar en ese otro Cuerpo de Cristo que pasa diariamente por su lado interpelándole desde su pobreza o su dolor sin que la interpelación se le haga insoportable.

Estamos viviendo un momento de grandes contrastes. Hasta hace poco tiempo todos estábamos convencidos de que íbamos inevitablemente "condenados" a la abundancia. Y de repente, realidades que parecían desterradas para siempre de nuestro entorno, han hecho su aparición furibundamente en la sociedad aparcando (por usar un término que todos entendemos hoy muy bien) a muchos hombres de ese camino hacia la abundancia y asomándolos a otro completamente distinto que sólo lleva negrura y destemplanza. Es un momento que para el cristiano debe tener un nombre: amor, o lo que es lo mismo, solidaridad en nombre de Cristo. Compartir hoy y aquí es una obligación perentoria de la que ningún cristiano estamos dispensados. Sentir, como sintieron los apóstoles, el hambre de la multitud que seguía a Jesús será un rasgo que distinguirá nuestro espíritu cristiano. Si no somos capaces de captar la necesidad de los hombres el Día del Corpus habrá sido en vano. Si no somos capaces de vivir entre los hombres, caminando con ellos para saber cuando están cansados y desolados no podremos decirle al Señor que nos dan pena y no podremos arrancar de su poder el milagro que satisfaga su hambre y dé reposo a su inquietud.

El Día del Corpus es un día para el encuentro con los hermanos y para que compartamos con ellos, además de todo cuanto humanamente podamos darles (si es que podemos darles algo), el gozo de tener cerca de nosotros a Cristo, un Cristo personal y cercano que quiere asomarse a nuestra vida no sólo a través del expositor de una gran Custodia sino a través de los hombres, que es donde realmente quiere vivir y estar para siempre.

DABAR 1983, 32


 

3.COMPARTIR/SIGNO DIA-CARITAS

Cuando una cosa es evidente, necesita de pocas explicaciones; cuando llueve, la lluvia es evidente, ahí está; cuando estamos felices y contentos, sonreímos y todo el que está a nuestro alrededor conoce de nuestra satisfacción y nuestro contento. Pero cuando una cosa necesita de mucha explicación, de volver siempre sobre la misma cuestión, darle vueltas y más vueltas intentando mostrarla (o incluso demostrarla) a la gente, entonces es que aquello tiene poco o nada de evidente. Por eso nosotros, como cristianos, deberíamos empezar a sospechar, y muy seriamente, de nuestro cristianismo.

Dicen los teólogos, que la iglesia es lo mismo que Caridad, que compartir es el signo distintivo de los creyentes; éstas y otras afirmaciones que debieran ser evidentes. Si compartir es el signo de los creyentes, habiendo tantos millones de creyentes como dicen las estadísticas que hay, debiera haber millones de signos de compartir. Y eso, por lo visto, no está tan claro. Porque día a día se nos tiene que recordar. Y a veces de forma dramática y urgente. Como sucede hoy, Corpus Christi, Día de Caridad. Ya el simple hecho de tener que dedicar un día a la Caridad parece indicar que el resto de los días del año no hay -o hay poca- Caridad. Y, sin embargo, como indicábamos más arriba, los teólogos nos recuerdan que ya en el siglo segundo a la comunidad de creyentes se le llamaba "Iglesia" y también Caridad. Si nos preguntamos, por tanto, ¿dónde está hoy la caridad?, ¿podríamos preguntarnos también donde está la Iglesia, los creyentes?; si constatamos que la caridad hoy en el mundo es algo infrecuente, escaso, ¿deberemos constatar también que hay mucha iglesia institución-jerarquía- curia, ritos-esquemas-leyes, pero poca Iglesia-Pueblo de Dios? La eucaristía es la celebración del amor; y como es, debiera ser evidente; pero como no lo entendemos ni vivimos así, tenemos que esforzarnos porque la eucaristía parezca que es lo que por sí misma es, pero nosotros hemos ocultado con ese estilo tan peculiar de cristianismo que nos hemos inventado, a nuestro gusto y comodidad. Frente a esto, el evangelio de hoy nos viene como una corriente de aire fresco: unos hombres comiendo en grupo, compartiendo, y doce que sirven; así de sencillo. Pero nosotros lo hemos complicado y tergiversado todo, y hoy día lo cierto es que andamos muy lejos de vivir compartiendo y de que haya Doce -o sus legítimos sucesores, o sus ayudantes- que se dediquen a servir de verdad, como lo hacían los apóstoles, ejerciendo de servidores en todo el sentido de la palabra, antes de que se inventara aquello de "servir desde la autoridad".

Pues bien, contando con esa realidad que es la no evidencia de que somos Caridad, Cáritas nos vuelve a lanzar una llamada para recordarnos lo que debiera ser imposible, como creyentes, olvidar: qué tenemos que compartir: nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestra vida. No debiera ser necesario que nos lo recordaran; pero lo es. Y nos lo recuerda Cáritas con el respaldo de grandes hombres de la Iglesia de todos los tiempos que han visto la imposibilidad de separar la celebración de la Eucaristía, del amor al prójimo. Léase: Mt. 25, 35-36; Sant. 5, 4-5; 2 Cor. 8, 13-14. 

CARIDAD/TEXTOS

-"Abrid de par en par las puertas de vuestros graneros, dad salida a vuestras riquezas en todas las direcciones. Dime, ¿qué es lo que te pertenece?, ¿de dónde trajiste nada a la vida?, ¿de quién lo recibiste?... Así son los ricos: se apoderan los primeros de lo que es de todos y se lo apropian, sólo porque se han adelantado a los demás. Si cada uno se contentase con lo indispensable para atender sus necesidades y dejar lo superfluo a los indigentes, no habría ricos ni pobres" (·Basilio-SAN).

-"Del hambriento es el pan que tú retienes" (San Basilio).

-"No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo" (·Ambrosio-SAN).

-"El no dar parte de lo que se tiene es ya linaje de rapiña..., si se emplea para sí mismo más de lo que pide la necesidad, tendrá que dar cuenta rigurosa, pues lo suyo no es suyo sino de los que como él son siervos del sólo señor (San Juan ·Crisóstomo).

-"Forzosamente el principio y la raíz de tus riquezas proceden de la injusticia. Porque Dios, al principio, no hizo al uno rico y al otro pobre, sino que dejó a todos la misma tierra. ¿De dónde, pues, siendo la tierra común tienes tú tantas yugadas de tierra y tu vecino ni un palmo de terreno?" (San Juan Crisóstomo).

-"La propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto. No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera la propia necesidad cuando a los demás les falta lo necesario" (·Pablo-VI). 

Y podríamos seguir así, llenando líneas, folios, con estas palabras de hombres y mujeres que supieron entender que era evidente la identificación entre fe cristiana y amor al prójimo; y que supieron entender también que es evidente que ese amor al prójimo requiere respuestas reales cuando el prójimo tiene problemas reales, que hay que darle pan y pescado cuando tiene hambre, casa cuando viva en la calle, cariño cuando está solo.

Y que esto no es practicar un plus de bondad de cara a los demás, sino ejercitar la justicia, darle a cada uno lo que es suyo. Que cada uno reflexione, que se decida a abrir los ojos y ver la realidad; que se aventure a salir del cascarón del falso cristianismo, y descubrirá... lo que es evidente.

DABAR 1983, 32


 

4. El pan bendecido, partido y compartido

-Bendecido

El pan es un alimento privilegiado. Sirve para los hombres y para los dioses: "Voy a traer un bocado de pan para que confortéis vuestro corazón" (Gn. 18,5). El pan es bueno, como todas las cosas creadas y trabajadas por el hombre. Pero el pan es mejor si se bendice. Cristo bendecía siempre el pan. Cuando al pan se unía la palabra alcanza un significado mayor.

No nos recoge el evangelio las bendiciones de Jesús sobre el pan, pero ¡qué hermosas las primeras bendiciones cristianas!: «Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunidos se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino» (Didache, 9,4).

La bendición, la palabra, es lo que convierte al objeto en signo. Las cosas pueden tener lecturas diferentes. El hombre puede escoger esa lectura, marcando las cosas con un espíritu y poniendo en ellas su sello personal. El trigo, por ejemplo, a mí no me dice nada, decía el zorro al principito. «Yo no como pan. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo» (XXI).

-«Compartir y amar»

Las cosas por sí mismas valen bien poco. Pero el hombre puede llenarlas de espíritu. Puede bordar en ella los más hermosos pensamientos y los más delicados sentimientos. Entonces las cosas se personifican, se convierten en signo y sacramento, en memorial y anuncio. Así las cosas adquieren un valor nuevo. Sí: las cosas pueden recordar al amigo: sus palabras y sus gestos, su figura y su presencia. Incluso podemos cambiar el fin y el signo de las cosas. Con ellas podemos regalar, ofrecer, compartir y amar. Entonces las cosas pueden tener mas valor por el recuerdo, la amistad y la ofrenda que por la materialidad en sí misma.

Es así el pan que Cristo bendice y nos ofrece. Ese pan queda transfigurado. En adelante será sacramento de Cristo: de su presencia y de su amor. No vale tanto como alimento, cuanto como recuerdo y presencia de Cristo. No es tanto para comer cuanto para acercar, unir y revivir. Ya no es pan, es Cristo-pan.

-Partido:

Cuando Cristo bendijo el pan, lo partió, y al partirlo nos recordó que su cuerpo también se rompería por nosotros. Ahora el signo se potencia. No sólo en el pan; presencia y alimento, sino el pan partido, que significa entrega y pasión. El pan partido nos habla del amor más grande, capaz de dejarse romper por los amigos y por obediencia. Este pan roto es mi cuerpo destrozado por amor. Enseguida se ofrecerá en comida.

Cristo nos dejó en memorial un pan partido y un vino repartido. Esto es, decía, mi vida entregada, mi amistad compartida, mi cuerpo que se inmola. Es mi espíritu y mi evangelio, mi manera de ser y de hacer, mi recuerdo y mi promesa, soy yo.

EU/FRACCION-PAN: A la Eucaristía se la llamaba la fracción del pan. Es un gesto impresionante. No sólo se parte para repartir, sino para significar la muerte del Señor. Tendríamos que temblar de amor y dolor cada vez que partimos el pan. Y tendríamos que asumir las mismas actitudes del que se dejó partir.

Entonces, «cada vez que partís el pan y bebéis la copa» me hacéis presente, comulgáis mi espíritu, revivís mi vida, anunciáis mi muerte, profetizáis mi vuelta, anticipáis mi Reino. Al mundo egoísta se le ofrece este signo de altruismo supremo. Un gesto que debe repetirse. Si cada vez que comemos de este pan recordamos su muerte por amor, también nos comprometemos a partirnos amando, a gastarnos dividiéndonos y a vivir muriendo.

-Pan compartido y comido

Es una nueva dimensión del signo: la solidaridad y la común-unión, la urgencia del compartir y del convivir, la necesidad de poner en común los bienes, las capacidades, los sentimientos y las personas.

La comida en común invita a la amistad. Se pone sobre la mesa un pan, que es nuestra vida, que somos nosotros. Lo que estaba disperso se reúne, lo que está reunido se compenetra y se funde para la unidad. Todo es para todos. Todos son para todos. Ya desde el principio se hizo la lectura de este significado: «El pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos formamos un solo cuerpo» (/1Co/10/17). «Como este fragmento estaba disperso...».

Vínculo de unión: concorpóreos, consanguíneos, coloquiales, familiares, amistosos, integrados, compenetrados, unificados.

Decimos: cada vez que comáis de este pan tenéis que uniros e identificaros con Cristo. Pero también tenéis que abrazaros y fundiros entre vosotros, como los granos del trigo. Cada vez que comulgáis debéis comprenderos, perdonaros y amaros. Cada fragmento que se toma es algo de nosotros mismos que se ofrece a los demás. Comulgar es renunciar al egoísmo, al individualismo y al derecho de la propiedad sagrada. Ya no se sacraliza la propiedad, sino la solidaridad.

-Comprometerse

Y aún más: cada vez que comulgáis debéis sentiros artífices de unidad, con vocación de «ponti-fice», de echar puentes entre las personas y los pueblos. Comulgar es comprometerse a luchar contra el ensimismamiento, contra las distancias y las desigualdades.

Al mundo dividido y roto se le ofrece como meta y como signo este pan: una fuerza capaz de recomponer y unir lo imposible. Y una pregunta: ¿cómo podemos acostumbrarnos a comulgar? ¿Cómo podemos comulgar y seguir siendo fríos y egoístas? ¿Cómo podemos comulgar y ser injustos? ¿Cómo podemos comulgar y no amar hasta el fin?

-Echa una mano. Participa con otros y colabora

Una mano tendida es una interpelación profunda. Es a la vez ofrecimiento y petición, un gesto de entrega y un grito de necesidad. Desconfiamos de la mano cerrada, cuyas posesiones e intenciones se desconocen. La mano tendida no ofrece cosas, sino amistad; ofrece lo que es, no lo que tiene; ofrece su ayuda, no sus mercancías.

¿Recordáis a Pedro y Juan cuando se encontraron con el paralítico en el templo? «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy... y tomándole de la mano derecha le levantó» (Hch. 3,6-7). Supieron echar una mano. También Pablo supo echar una mano al macedonio que le suplicaba ayuda. «Pasa a Macedonia y ayúdanos» (Hch. 16,9). Aquel hombre representaba todo un continente que sentía hondas necesidades. «Inmediatamente intentamos pasar a Macedonia persuadidos de que Dios nos había llamado para evangelizarlos». Al que tienda una mano hay que ayudarle inmediatamente, porque en el necesitado es Dios mismo el que te pide ayuda. Todavía estamos agradecidos a aquella generosa respuesta de Pablo, viajando a Europa, con la salvación en sus manos.

-Mano tendida

Esta mano tendida te pide colaboración. Es mucho lo que hay que hacer y todas las manos son pocas. Si te mandaran a una misión lejana solo, podrías asustarte y presentar tus excusas. Pero se te pide algo más sencillo y estimulante. Se te pide que te integres en un mundo de trabajadores ilusionados y eficaces. Oyeron como tú la llamada y pusieron «inmediatamente» manos a la obra. Te sentirás bien acogido y respaldado. Trabajar con otros es más gratificante.

Esa mano tendida no sólo te pide colaboración, sino que te ofrece su amistad. No quiere que te quedes solo o te sientas frustrado. El olvido y la marginación es un castigo. Aquí se acuerdan de ti y te ofrecen un cauce para desarrollar tus posibilidades.

-Participa con otros 
Encontrarás amigos y compañeros y la labor será más gustosa y eficaz. Es bueno laborar, pero es mejor colaborar. Por razones de eficacia, desde luego. ¡Cuántas energías se malgastan y cuántas guerras se pierden por no saber o no querer organizarse! Mientras siga, por ejemplo, cada uno en la batallita de sus pobres nunca se terminará con la guerra de la pobreza.

Pero hay otra razón más poderosa para la colaboración. Es por el crecimiento de la unión. Es por el fortalecimiento de la comunidad. Es por el testimonio de la caridad. Junto al trabajo solidario de las manos hay otro trabajo íntimo de las mentes y corazones. A la vez que las manos trabajan, la mente se enriquece y los corazones se unen. La colaboración engendra comunión.

-Los otros son muchos 
Quizá no sean personas importantes y brillantes. Quizá sean personas pequeñas y anónimas. Pero son personas abiertas y solidarias. No serán grandezas humanas, pero son grandes en humanidad.

Y con los otros y en los otros está el Otro, con los otros está El. Quizá esa mano tendida sea la suya. Quizá sea El quien te invita a la participación. No es extraño, porque El toma siempre partido por todas las cosas nuestras. Echa una mano. Cáritas es una mano tendida y una mano que acude. Cáritas es un trabajo en equipo en favor de los demás. Cáritas es la caridad activa y organizada. Ayuda a crecer Cáritas. Ayuda a crecer la caridad en Caritas. Ayuda a crecer la caridad. Si no echas una mano, vas a perder tu caridad. Y si pierdes la caridad, ya no eres nada.

IDEAS PRINCIPALES PARA LA HOMILÍA

1. Día del Cuerpo de Cristo. El Cuerpo de Cristo es ofrenda permanente «me has preparado un cuerpo... Aquí estoy». Se ha entregado por nosotros.

2. Día del pan. Signo de presencia y entrega. Pan bendecido, para que sea Cristo. Pan partido, para ser entregado. Pan compartido, para crear unión. Pan comido, para alimentar y crear comunión.

3. Día de caridad. Hoy la caridad extiende su mano, para invitarte a la participación y colaboración. Si vives la caridad, no puedes quedarte en casa.

CARITAS 1986-1.Págs. 152-156


 

5.

Frase evangélica: «Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre»

Tema de predicación: EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA

1. La acción ritual de Jesús en la última cena, a la que precedieron comidas con los pobres hambrientos, los pecadores arrepentidos y los discípulos amigos, y a la que siguieron las comidas del Resucitado con los suyos, es hoy celebrada en comunidad por la asamblea de creyentes hasta que vuelva el Señor. Fue denominada «fracción del pan» por Lucas, y «cena del Señor» por Pablo. También se llamó y sigue llamándose "eucaristía", que significa acción de gracias y que, en estricto rigor, es la plegaria de bendición y alabanza. El término «misa» equivale a «despedida».

2. La eucaristía no es una simple conmemoración histórica, sino presencia de Cristo muerto y resucitado, sacrificio relacionado con el de Cristo en la cruz y reactualizado bajo el velo de los símbolos. La fiesta del Corpus recuerda y celebra esta presencia real de Cristo en el sacramento central, que se guarda en el sagrario para los enfermos y caminantes como viático y que se venera a la luz de la celebración del memorial eucarístico.

3. El Vaticano II puso de relieve nuevos aspectos de la eucaristía como banquete fraternal, memorial del Señor y acción de gracias, sin olvidar los acentos antiguos de sacramento, sacrificio y presencia real. Se propuso que el pueblo participase «activa, plena y conscientemente», para lo cual se dispuso que todo se hiciese en la lengua del pueblo, con selección y abundancia de lecturas bíblicas, recuperación de las preces de los fieles, simplificación de ritos y reparto de ministerios. No es ya cuestión de asistir mudos a la misa que dice el cura, sino de participar activamente en la celebración, cuyo sujeto central es la asamblea, presidida ciertamente por un ministro adecuado. La celebración ha mejorado enormemente, sobre todo en las comunidades de base.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Cómo son las eucaristías a las que asistimos?

¿Cómo podríamos mejorar la celebración eucarística?

CASIANO FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993. Pág. 202 s.


 

6.Corpus Christi (A y B)

LA ELABORACIÓN DEL VINO

Tomad y comed: esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre, de la nueva y eterna alianza, que será derramada...».

El cristiano que participa en la eucaristía, cuando llega el momento en el que el sacerdote pronuncia esas palabras, suele guardar un impresionante silencio, un «silencio sonoro», consciente de la transformación que allá se opera. El pan deja de ser pan, para convertirse en el «Corpus Christi». Y el vino ya no es vino, sino que allá empieza a estar la «Sangre del Señor». Y es tan grande la fe de los cristianos en esta «transubstanciación», garantía de nuestra propia transformación, que, aunque todos los días celebramos la eucaristía, siquiera un día al año --hoy-- salimos a la calle a proclamar nuestra fe en el Corpus Christi. Pero quiero contaros una experiencia personal. Se trata del señor R. El señor R. es un feligrés amable y bonachón de mi parroquia. Cada año --y son ya varios-- suele venir a mi casa en la víspera de una fiesta señalada. Su visita va envuelta en un halo de pequeña travesura, de ingenua alegría y de acercamiento al «misterio».

--Verá Vd.--empieza diciendo--Aquí vengo con mis dos botellas. Yo le dejo seguir, porque sé que me va a dar una bella y apretada explicación, el porqué de su «aventura».

--¡Es que, para mí, es un gran honor, una cosa muy grande! --dice-- Fíjese. Yo mismo planté un parra, en mi pequeña huerta. Yo mismo selecciono los racimos. Los someto, también yo, al prensado, en mi diminuta maquinaria casera. Sigo después la elaboración hasta conseguir un buen vino. Todo en mi casa, en mi barrio, con mis manos. Y, luego, le traigo estas dos botellas, para que Vd., en misa, haga la «otra» transformación.

Lo ha dicho todo seguido, con una mal disimulada emoción que hace temblar su voz de bajo profundo. Yo no le contesto nada. Simplemente, me quedo admirando su fe rectilínea y desnuda, más valiosa que un tratado teológico sobre la eucaristía. Pero, ¡ojo! que no termina ahí la historia. Al día siguiente, con toda puntualidad, se colocará en uno de los primeros bancos de la iglesia. Y, durante toda la misa, observará sin pestañear todos mis gestos y palabras. Cuando, al final, ya en la comunión, levante yo el cáliz para sumir la Sangre de Cristo, su mirada será todo un poema interrogativo, todo un gesto de complicidad satisfecha. Como si dijera: «Ya está toda la elaboración terminada. Mis racimos ya se han transformado en la Sangre del Señor».

Aún no está todo. Falta algo muy importante y sustancial. Y ésa es precisamente la estremecedora grandeza del Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mismo lo había anunciado: «Mi carne es verdaderamente comida; mi sangre es verdaderamente bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, mora en mí y yo en él». Es decir, quien come dignamente la eucaristía, entra también en este proceso de «elaboración a lo divino». Ya que, él mismo, podrá repetir lo que Pablo, decía: «Vivo yo, pero no soy yo; es Cristo el que vive en mí». Considerad, amigos, la importancia de esas dos botellas que cada año me regala el señor R. con tanto gozo y respeto. Para terminar estas líneas, no encuentro nada mejor que quedarme paladeando esta vieja plegaria: «¡Oh sagrado banquete, en el que se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da un anticipo de la gloria!».

ELVIRA-1.Págs. 46 s.


 

7. EU/UNIDAD: AGUSTIN-SAN: SACRAMENTO DE AMOR/SIGNO DE UNIDAD, VINCULO DE CARIDAD: 1Co/10/17. Jn/06/58.

San Agustín llama a la Eucaristía: sacramento de amor, símbolo de unidad, vínculo de caridad.

-Sacramento de amor: ante la Eucaristía, por medio de la fe puede barruntar algo de la profundidad e intensidad del amor de Cristo, puesto que ese amor es responsable de la Encarnación, de la Cruz, de la Iglesia, de los Sacramentos... "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo...".

-Signo de unidad: San Agustín: "Nuestro Señor ha puesto su cuerpo y sangre en estas cosas -el pan y el vino- que, de múltiples que son en sí se reducen a una sola, porque el pan, de muchos granos, se hace una sola cosa; el vino se forma de muchos granos, que hacen un solo licor".

Y realiza la unidad: "Puesto que uno es el pan, un solo cuerpo formamos todos los que participamos de ese único pan" (1 Co 10. 17). Cristo es la cabeza del Cuerpo Místico que formamos con él todos los bautizados. Si recibimos a Cristo en la Eucaristía, recibimos también a todos nuestros hermanos. Comulgamos con todos ellos: santos o no, amigos o enemigos.

-Vínculo de amor: Sin la comunión no habría amor a los demás. Cada comunión debe hacernos crecer en el amor a los otros. El otro debe ser nuestra hostia diaria. La Eucaristía debe crear en nosotros la decisión consciente de ir hacia los otros y entregarnos a ellos. Por encima de las oraciones litúrgicas de acción de gracias, por encima de las plegarias privadas, la verdadera acción de gracias es la caridad -¿Por qué falla la Eucaristía? Porque no nos dejamos transformar.

Creemos que al comulgar hacemos a Cristo cosa nuestra, cuando la verdad es otra. Al comer a Cristo somos comidos por Él. Y la Eucaristía falla cuando comulgamos, no cuando somos comulgados. "Como es fuente de vida el Padre que me envió y yo vivo por el Padre, del mismo modo, el que me come vivirá por mí" (Jn/06/58).

Cada Comunión debe hacernos crecer en el amor a los otros.

El Otro es tu hostia diaria.


8.

Fuente:www.buzoncatolico.com
Autor: Padre Mario Santana Bueno
29 de mayo de 2005.

Jn 6, 51-58: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.""

Entramos en el mundo de Dios: Tenemos un nuevo Padre, un nuevo cielo, una nueva Palabra, un nuevo alimento, una nueva vida...

Hoy la Palabra reclama nuestra atención en el alimento del cielo. Los alimentos es junto con el agua aquello que nos mantiene vivos físicamente hablando; pero nosotros sabemos bien que nuestra vida no está formada sólo por nuestra frágil constitución física. Mientras la comida y el agua mantienen nuestro cuerpo sabemos que en nuestro interior hay otras realidades que necesitan alimentos para ayudarnos a crecer.

La Eucaristía es el mejor medio que tenemos para alimentar y conservar nuestra vida divina. El cuerpo y la sangre de Cristo es nuestro primer manantial de vida eterna.

La Eucaristía ocupa el lugar central de nuestra fe. Muchas veces me he preguntado si los católicos somos conscientes de esta realidad que una y otra vez celebramos en nuestros templos. Se abre la Iglesia; entran las personas que van a participar de la misa. Empieza el canto de entrada. El sacerdote comienza el ritual y los asistentes contestan grandes realidades que muchas veces no se adaptan a la vida diaria. Hagamos un recorrido a nuestra Eucaristía.

1.- Vamos a la Misa no sólo porque tengamos "la obligación" o "la devoción". Venimos porque es el mismo Señor quién nos ha llamado. Nunca pienses que vas a Misa por tu propio pie. Es el Señor quien te invita. Antes de comenzar medita esto en tu corazón: "Aquí estoy Señor porque me has llamado."

2.- Empezamos en el nombre de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
Tengo que dejar hueco a la Santísima Trinidad.

3.- Me confieso pecador. Veo mi realidad con respecto a Dios y a los demás. Sé que mi vida está siempre invitada a crecer desde mi miseria no desde mi superioridad.

4.- La Palabra. Llega la Palabra con su bisturí espiritual. Sabe abrir mis adentros sin destruirme. Ante ella sólo queda la alabanza que sale de mi corazón y de mi boca.

5.- Creo con toda la fe de la Iglesia. La Iglesia no es nunca un local privado. La Iglesia es la patria del alma.

6.- Las ofrendas. Con el pan y el vino presento ante el Señor mi propia vida para ser alimentada.
7.- Pan y vino. Estamos ante Jesús que se nos da una y otra vez. Es una extraña sensación de miseria y grandeza que se encuentran. Mi miseria es mi propia vida. La grandeza es Dios mismo que se me da a través de la Iglesia.

8.- La oración. Levanto mis manos y mi alma. Necesito orar y poner ante Dios mi vida y pedirle para que nunca me aparte de su presencia.

9.- Cordero de Dios. Se acerca el momento de la comida espiritual. El se me da porque yo lo acepto.

10.- Comunión. La Eucaristía es un misterio de comunión. Recibir la grandeza de Dios en nuestra propia fragilidad. Grandeza que te ayuda a descubrir a Dios como Padre y a los demás como hermanos.

Pero la Eucaristía que es algo tan íntimo no puede convertirse en algo intimista. Me acerco a recibir a Cristo y a comulgar con Él pero no para hacer un acto mecánico y mero acontecimiento social. Me acerco a Él para que mi vida se vea llena de su presencia. Mi vida sale a la calle, se encuentra con los demás en las tormentas y zozobras de la vida. No sé si los otros notarán que llevo a Cristo dentro de mí. No sé si el sagrario se ha instalado allí donde vivo y me relaciono con los demás?

¿Cuál es el termómetro para saber si el alimento de Cristo llena mi vida?
Cuando tengo hambre del Señor en mi vida diaria. Hambre de verdad y de vida, de amor y de entrega, de generosidad y cariño por parte del buen Dios.

¿Cuál es el termómetro para comprobar que la entrega de Cristo de verdad me alimenta?
Cuando soy capaz de amar sin medida a los demás, en especial a los más débiles y necesitados. Si soy capaz de ver en los demás al Señor Resucitado es cuando toda la energía eucarística se ha asimilado en mi vida.

Sólo desde el amor en la entrega es como podemos acercarnos a recibir el cuerpo de Cristo para luego llevarlo en el sagrario de nuestra vida a quienes no se acercan a la Iglesia. La vida de cada católico tiene que ser como un sagrario andante, un sagrario digno y solidario con el dolor y las esperanzas de nuestro mundo, sólo de esta manera es como el Señor se hará más visible a las personas de nuestro tiempo. ¿Eres buen sagrario de Dios?

La próxima vez que vayas a la Eucaristía y cuando el sacerdote diga aquello de "Levantemos el corazón..." piensa bien lo que vas a contestar...

1.- ¿Qué lugar ocupa la Eucaristía en tu vida?

2.- ¿Participas en la Eucaristía de manera intimista, ignorando la presencia de los demás en ella?

3.- ¿Se puede desligar la Eucaristía de la vida diaria?

4.- ¿Qué tienes que hacer para que la celebración de la Eucaristía en tu comunidad sea más vital?

5.- ¿Qué papel tiene en tu vida los más débiles y necesitados?


9. INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO

COMENTARIOS GENERALES


La Eucaristía hace a la Iglesia

Hoy, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, deseamos captar -si el Señor nos abre el corazón y la mente para aprehenderlo- un aspecto esencial del misterio eucarístico: la Eucaristía y la Iglesia, o mejor aún, la Eucaristía en su calidad de artífice de la Iglesia.

No hace mucho tiempo, esta fiesta estaba rodeada de gran esplendor; todas las iglesias se adornaban; todas las comunidades salían en procesión entre flores y cantos. Ahora, ya no es así en todas partes. Pero este permanecer silenciosos dentro de nuestras iglesias puede servir para introducirnos más profundamente en el misterio; puede resultar una ganancia, no una pérdida. Nuestra fiesta estará toda “adentro” y no “afuera”, tal como debe ser la verdadera fiesta cristiana. Será una cena íntima, como fue la de Jesús, evocada en el Evangelio de hoy. Lo que Jesús busca y desea también ahora es “una habitación para poder comer la Pascua con sus discípulos”. Nosotros somos aquellos discípulos, en aquella habitación, con Jesús!

Hoy pedimos la explicación de este misterio a la palabra de Dios. El nos habla del pan que se convierte en su cuerpo; sin embargo, su apóstol nos habló de la Iglesia, también ella cuerpo de Cristo. ¿Qué relación existe entre ambas cosas? ¿Qué relación existe entre nosotros, la Iglesia y la Eucaristía que celebramos?

San Agustín nos da una respuesta que luego deberemos indagar a fondo. Nos dice: “Es vuestro misterio el que se celebra en el altar del Señor, dado que vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros; vosotros recibís vuestro propio misterio y respondéis: ¡Amén! a cuanto sois y, al responder, lo aceptáis. Se os dice: ¡Cuerpo de Cristo! , vosotros respondéis: ¡Amén! Sé un miembro del cuerpo de Cristo a fin de que tu Amén pueda ser verdadero (Ser. 272; PL 38, 12-46).

Sobre el altar, entonces, se celebra también nuestro misterio; está presente la Iglesia; el Amén que pronunciamos en el momento de la comunión es un “sí” dicho a Cristo, pero también es un “sí” dicho a la Iglesia y a los hermanos.

Sabemos que en el altar el Cristo-Cabeza está presente realmente (por transubstanciación, según el lenguaje técnico pero inadecuado de la teología). Sin embargo, ¿de qué manera decimos que también la Iglesia está presente en la Eucaristía y que la Eucaristía hace a la Iglesia? La Iglesia se hace presente no en forma real y física, sino de manera mística , en virtud del misterio de su íntima conexión con Cristo, su Cabeza. En el altar, entonces, se hace presente el cuerpo real de Cristo y también su cuerpo místico, que es la Iglesia.

En tres momentos particularmente, se capta esta copresencia en el altar del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia: en el ofertorio, en la consagración y en la comunión.

1) El ofertorio es el momento en que la Iglesia es protagonista: el cuerpo místico de Cristo se hace presente en el momento en que, a imitación de Jesús, su Cabeza, se ofrece al Padre. La liturgia lo subraya con palabras y gestos apropiados. El pan ofrecido - se dice- es el “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. Fruto de la tierra porque también la tierra participa en la Eucaristía ya que, obedeciendo la orden del Creador (cfr. Gn. 1, 11), produce el vino que alegra el corazón del hombre, para que él haga brillar su rostro con el aceite y el pan reconforte su corazón (Sal. 104, 15). Fruto del trabajo del hombre porque la tierra, después del pecado, no produce más sus frutos espontáneamente, sino sólo con el sudor de la frente del hombre, con el esfuerzo y el dolor, así como la mujer da a luz a sus hijos con dolor. En el ofertorio, la Iglesia presenta a Dios la condición humana en toda su realidad concreta, como fue vivida también por su Cabeza Jesucristo en la Encarnación. Al poner gotas de agua en el cáliz, decimos: “El agua unida al vino sea símbolo de nuestra unión con la vid divina de aquel que ha querido asumir nuestra naturaleza humana”.

Valorizar el ofertorio de la Misa significa asumir estos significados, hacerlos conscientes y operantes, poniendo personalmente en el cáliz del Señor nuestras gotas de agua que son los esfuerzos, las pruebas, las alegrías, los proyectos y las esperanzas en alguna Misa, esta ofrenda podría hacerse en forma comunitaria, permitiendo que cada uno formule la propia intención en voz alta antes que el sacerdote las recoja y las presente al Padre, junto con el pan y el vino destinados a convertirse en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

1) El segundo momento es la consagración. Pocas veces se habla del significado eclesial de la consagración eucarística. Sin embargo, es allí donde reside el núcleo del misterio. En el momento de la consagración, nosotros, los sacerdotes, espontáneamente nos trasladamos en espíritu al Cenáculo y nos unimos a Jesús, en el instante en que -como lo escuchamos en el Evangelio de hoy- tomó el pan y, pronunciada la bendición, lo partió y se los dio a ellos, diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo”. ¿Pero es realmente justo hacer así? ¿Es de veras sólo el Jesús de entonces, el Jesús histórico, el sujeto que, dentro de poco, en nuestra Misa, pronunciará esas palabras? ¿O acaso no es el Cristo de ahora, el Cristo resucitado, el Cristo total, es decir, Cabeza y cuerpo, quien dice: Tomen, coman, esto es mi cuerpo? Si es así, entonces se comprende por qué san Agustín nos dijo que “es nuestro misterio el que se celebra en el altar”. Somos todos nosotros, en calidad de Iglesia, los que debemos decir con la Cabeza: “Tomen, coman, esto es mi cuerpo”.

Por cierto, hay una gran diferencia: Jesús tiene para dar algo único: su Cuerpo es expiación y salvación: su Sangre es sangre de la Alianza (1 lectura) y purifica a las conciencias de las obras de muerte (2 lectura). ¿Qué daremos de nosotros? Debemos dar lo que tenemos: nuestro tiempo, nuestro afecto, la capacidad profesional, el sostén moral.

Tratemos de verificar, cada uno en nosotros mismos, cómo podría traducirse en la vida cotidiana aquel “Tomen, coman, esto es mi cuerpo ofrecido en sacrificio por ustedes”. Que pruebe y lo diga una madre, tácitamente, al iniciar su jornada. Que pruebe y lo diga un padre de familia: qué sentido nuevo adquiere bajo esa luz su sudor cotidiano! Que pruebe y lo diga una religiosa y, sobre todo, un párroco, que se consagró particularmente a esto. Toda la vida se convierte en una Eucaristía.

Éste es el sentido profundo de las palabras de Jesús: Hagan esto en memoria mía: hagan a los otros lo mismo que yo hice por ustedes; hagan lo que hice yo; así como yo me di por ustedes, así den ustedes, consúmanse los unos por los otros. Se realiza así la frase misteriosa de san Pablo: Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia (cfr. Col. 1, 24). Dar, darse, pueden sugerir la idea de que la Eucaristía sea sólo sacrificio y despojamiento y, sin embargo, allí radica el secreto de la verdadera felicidad porque -dijo Jesús- la felicidad está más bien en dar que en recibir (Hech. 20, 35).

3) El tercer momento es la Comunión. La comunión “hace” a la Iglesia en el sentido que significa, manifiesta y cumple su unidad. Hay un vínculo profundo, a propósito de esto, entre consagración y comunión: Cristo se da a nosotros (comunión), en cuanto antes ofreció su cuerpo al Padre en calidad de sacrificio por nosotros (consagración). También nosotros estamos capacitados para darnos y para recibirnos los unos a los otros sólo si antes, con Cristo, nos hemos consagrado en sacrificio por ellos; no se da nada a los otros si no es muriendo un poco, es decir, sacrificándose. Aquellos a se nutren del mismo pan, alrededor de la misma mesa, forman un solo cuerpo, como dice san Pablo (cfr. I cor.10.16 ssq.).

Ésta fue la experiencia fuertísima de los orígenes de la Iglesia: la comunidad cristiana sentía que nacía alrededor de la Eucaristía; la Palabra los había convocado, pero era la “fracción de pan” lo que los unía (cfr. Hech. 2, 4Iss.), y hacía de ellos un solo corazón y un alma sola (cfr. Hech. 4, 32). Alrededor del altar, la comunidad sentía que ella también era como un solo pan formado por muchos granos esparcidos antes en el campo (Cfr. Didaché, 4). “En este pan -escribe san Agustín- está grabado cómo cultivar la caridad. Ese pan no se forma con un solo grano; había muchos granos de trigo, pero antes de convertirse en pan estaban separados; fueron mezclados con agua después de ser triturados. Vosotros también habéis sido como triturados precedentemente, por medio del ayuno y de la humillación; a eso se agregó el agua del Bautismo: habéis sido como rociados para tomar la forma del pan. Pero todavía no hay un pan verdadero sin el fuego. ¿Qué significa el fuego? Nuestro fuego es el crisma, el aceite que simboliza el Espíritu Santo. Al agua del Bautismo se agregó entonces el fuego del Espíritu Santo y os habéis convertido en pan, es decir, en cuerpo de Cristo” (Ser. 227; PL 38, 1100).

He aquí cómo se hace presente el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia alrededor del altar; la Eucaristía, al simbolizar la unidad (en el pasaje del grano al pan), la realiza. Es el gran principio teológico según el cual los sacramentos “significando causant”: obran aquello que significan en cuanto lo significan. En otras palabras, lo que los símbolos (el pan, el vino, el banquete) expresan en el plano visible y cotidiano de la vida, el sacramento lo realiza en el plano interior y espiritual.

Se entiende por qué debe ser así y por qué la comunión eucarística “hace” a la Iglesia. Cristo que viene a mí es el mismo Cristo indiviso que también va al hermano ubicado junto a mí. Por decirlo de alguna manera, él nos ata los unos a los otros en el momento en que nos ata a todos a sí. Aquí reside tal vez el sentido profundo de aquella frase que se lee en relación con los primeros cristianos, “unidos en la fracción del pan”: unidos al repartir o, mejor aún, al compartir el mismo pan!

Ya no puedo, entonces, desinteresarme del hermano no puedo rechazarlo sin rechazar al propio Cristo y separarme de la unidad. Quién, en la comunión, pretende ser todo fervor por Cristo, después de que en casa acaba de ofender o herir a un prójimo sin pedirle disculpas, o sin estar decidido a pedírselas, se parece a alguien que se pone en puntas de pie para besar en la frente a un amigo y no se da cuenta de que le está pisando los pies con sus zapatos reforzados: “Tú adoras a Cristo en la Cabeza -escribe san Agustín - y lo insultas en los miembros de su cuerpo Él ama su cuerpo; si tu te has separado de su cuerpo, él, la cabeza, no. Desde lo alto, te grita: Tú me honras inútilmente ( In Hoh. X, 8)

La Eucaristía realiza verdaderamente a la comunidad. Pero enseguida esto nos hace aparecer bajo una luz nueva el otro aspecto, más tradicional, de lo que suele expresarse con las palabras la comunidad hace a la Eucaristía. En la medida en que una comunidad se compromete a hacer su Eucaristía, a hacer la siempre nueva, a invertir en el buen resultado todos los propios recursos, la Eucaristía, a su vez, hará a esa comunidad, es decir la modelará y la renovará cada día. Por eso, es necesario que la comunidad cristiana nunca esté satisfecha con su modo de celebrar la Eucaristía y que trate siempre de mejorarlo, siendo inventiva con respecto a las formas para no caer en la rutina, que a todo lo vuelve opaco y soso.

Ahora, tal vez hemos entendido cuánto hay de verdad en el hecho de decir que en el altar se celebra “nuestro misterio” y, a partir de ahí, hemos entendido qué hacemos al decir ¡Amén! en el momento de la comunión. Decimos Amen , “Sí”, a Cristo muerto y resucitado por nosotros, pero también a la Iglesia, a toda la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, jerarquía y pueblo de Dios; en la Iglesia, decimos “sí” a algunos en modo particular, a quien vive junto a nosotros, a quien nos ama (¡un “sí” jubiloso antes que nada a ellos!), a quien no nos ama y nos hace sufrir. Y esto porque Jesús nos amó primero, se entregó por nosotros y dijo el potente “sí” que nos salvó.

(Raniero Cantalamessa, La Palabra y la Vida-Ciclo B , Ed. Claretiana, Bs. As., 1994, pp. 139-144)

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SAN CARLOS BORROMEO



EN EL DÍA DEL CORPUS DOMINI

Homilía celebrada en Milán en la iglesia metropolitana durante la celebración de la misa, 9 de junio de 1583 .

Todos los misterios de Nuestro Salvador Jesucristo, queridísimas almas, son sublimes y profundos: nosotros los veneramos en unión con la sacrosanta Madre Iglesia. Sin embargo el misterio de hoy, la institución del Santísimo Sacramento de la Eucaristía, por medio del cual el Señor se ha entregado en comida a la almas fieles, es tan sublime y elevado que supera toda comprensión humana. Tan grande es la bondad del Sumo Dios, en Él resplandece tal amor que cualquier inteligencia queda sobrepasada; nadie podría explicarlo con palabras, ni comprenderlo con la mente. Pero ya es mi deber hablaros de ello por el oficio y la dignidad pastoral, os diré también algo de este misterio. Brevemente, esta homilía estará centrada sobre todo en dos puntos: los cuales son las causas de la institución de este misterio y cuáles los motivos por los que lo celebramos en este tiempo.

En el Antiguo Testamento se narra la nobilísima historia del Cordero Pascual que debía ser comido dentro de la casa de cada familia; en el caso de que después sobrara y no pudiera ser consumido, debía ser quemado en el fuego. Aquel Cordero era la imagen de nuestro Cordero Inmaculado, Cristo el Señor, que se ofrece por nosotros al Padre Eterno sobre el Altar de la Cruz. Juan, el Precursor, viéndolo dijo: “ He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo” (Jn. 1,29). Aquella maravillosa figura nos ha enseñado que el Cordero Pascual no podía ser totalmente comido con los dientes de la contemplación, sino que debía ser quemado completamente en el fuego del amor (Cfr. Ex. 12,10 ss.).

Pero cuando medito conmigo mismo que el Hijo de Dios se ha entregado completamente en alimento a nosotros, creo que no hay más espacio para esta distinción: este misterio debe ser abrasado totalmente en el fuego del amor. ¿Qué motivo, sino sólo el amor, pudo mover al Bondadosísimo y Grandísimo Dios a darse como alimento a esa mísera criatura que es el hombre, rebelde desde el principio, expulsado del Paraíso Terrenal, a este mísero valle desde el principio de la creación por haber probado del fruto prohibido? Este hombre había sido creado a imagen de Dios, colocado en un lugar de delicias, puesto a la cabeza de toda la creación: todas la demás cosas habían sido creadas para él. Transgredió el precepto divino, comiendo del fruto prohibido y, “Mientras estaba en una situación de privilegio, no lo comprendió”; por eso “fue asimilado a los animales que no tienen intelecto” (Sal. 49,13); por eso fue obligado a comer su misma comida.

Pero Dios ha amado siempre tanto a los hombres que pensó en el modo de levantarlos tan pronto como habían caído; par que no se alimentaran del mismo alimento destinado a los animales-¡contemplad la infinita caridad de Dios!- se dio a si mismo como alimento, como alimento al hombre. Tú Cristo Jesús, que eres el Pan de los Ángeles, no te has negado a convertirte en alimento de los hombres rebeldes, pecadores, ingratos ¡Oh grandeza de la dignidad humana! ¡Por un acontecimiento singular, cuánto mayor, cuánto mayor es la obra de la reparación, cuánto supera esta dignidad sublime a la desgracia! Dios nos ha hecho un favor singular!¡Su amor por nosotros es inexplicable! Solo este amor pudo mover a Dios a hacer tanto por nosotros. Por ello ¡qué ingrato es quien no medita en su corazón y no piensa a menudo en estos misterios!

Dios, Creador de todas las cosas, había previsto y conocido nuestra debilidad, y que nuestra vida espiritual necesitaría un alimento para el espíritu, así como la vida del cuerpo necesita un alimento material; por ello ha dispuesto para nosotros que hubiera abundancia de cada uno de estos dos alimentos; por una parte el alimento para el cuerpo; por otra el alimento del que gozan los Ángeles en el cielo, y nosotros podemos comer aquí en la misma tierra, oculto bajo especies de pan y vino. La santísima sierva de Dios, Isabel ante la visita de la Madre de Dios, no pudo dejar de exclamar: “¿A qué debo que la Madre de mi Señor venga a mi?” (Lc. 1,43). Pero ¡cuánto más debería exclamar quien recibe dentro de sí a Dios mismo!: “¿a qué debo que venga a mi, pecador, miserable, ingrato, indigno gusano y no hombre, oprobio de los hombres y abyección del pueblo, que entre en mi casa, a mi alma que a menudo he educido a cueva de malhechores, y en mi habite mi Señor, Creador, Redentor y mi Dios, ante cuya presencia los Ángeles desean estar?”.

Vayamos al segundo punto de reflexión. Oportunamente hoy la Iglesia celebra la solemnidad de este santísimo misterio. Podía parecer más oportuno celebrada en la Feria Quinta in Coena Domini, día en el que sabemos que nuestro Salvador Cristo, ha instituido este Sacramento. Pero la Santa Iglesia es como un hijo, correcto y bien educado, cuyo padre ha llegado al término de sus días y mientras está a punto de morir, le deja una herencia amplia y rica; no tiene tiempo de entretenerse en el patrimonio recibido: está totalmente volcado en llorar al padre. Así la Iglesia, Esposa e Hija de Cristo, está tan atenta a llorar en aquellos días de pasión y de atroces tormentos, que no está en condiciones de celebrar como querría esta inmensa heredad a Ella entregada: los Santísimos Sacramentos instituidos en estos días.

Por tal motivo ha fijado este día para la celebración: en donde, por el inmenso don recibido, querría rendir de modo muy particular a Cristo aquella maravillosa acción de gracias que a causa de nuestra pobreza no somos capaces de ofrendarle. Por eso el Hijo de Dios, que conoces todo desde la eternidad ha venido en ayuda de nuestra debilidad con la institución de este Santísimo Sacramento: por nosotros “Él dio gracias” a Dios, “bendijo y partió el pan” (Mt. 26,26; Lc. 24,30). Con esta institución nos ha enseñado a darle gracias al máximo por un don tan grande. Pero ¿por qué la Santa Madre Iglesia ha establecido precisamente este tiempo para celebrar tal misterio? ¿Por qué precisamente después de la celebración de los otros misterios de Cristo: después de los días de Navidad, de la Resurrección, de la Ascensión al Cielo y la venida del Espíritu Santo?

Hijo, no temas: ¡todo esto no es sin motivo! Este misterio santísimo está tan ligado a todos los demás y es remedio tan eficaz en consideración de ellos, que con mucha razón está unido a ellos. Por medio de este Santísimo Misterio del Altar, recibiendo la vivificante Eucaristía, con este Pan Celestial los fieles son tan eficazmente unidos a Cristo que pueden tocar con su boca desde el costado abierto de Cristo los infinitos tesoros de todos los Sacramentos.

Pero hay otra razón para esto. Entre los misterios del Hijo de Dios que hasta ahora hemos meditado, el último fue la Ascensión al Cielo. Ello sucedió para que Él recibiese a título propio y nuestro la posesión del Reino de los Cielos y se manifestará el dominio que poco antes había afirmado: “Me ha sido dado el poder en el cielo y en la tierra” (Mt. 28,18). Como cualquier Rey, en el acto de recibir la posesión de un reino, se dirige antes que a cualquier otra ciudad a aquella que es la capital y metrópolis del reino (y como un Magisterio o Príncipe que se prepara para administrar un reino en nombre del Rey), así también Cristo: honrado con la señoría más grande y con todo derecho en el cielo y en la tierra, en primer lugar tomó posesión del Cielo, y desde allí, como haciendo una demostración, difundió sobre los hombres los dones del Espíritu Santo. Pero habiendo elegido reinar también en la tierra, nos dejó a Él Mismo aquí, en el Santísimo Sacrificio del Altar, en este Santísimo Misterio que hoy celebramos. Por este motivo extraordinario la Iglesia ordena que sea llevado por todos en procesión en forma solemne por ciudades y pueblos.

Cuando el poderoso Rey Faraón quiso honrar a José, mandó que se le condujera por las calles de la cuidad y, para que todos conocieran la dignidad de quien había explicado los sueños del Faraón, le dijo: “Tú serás quien gobierne mi casa, y todo mi pueblo te obedecerá: solo por el trono seré mayor que tú. Mira, te pongo sobre toda la tierra de Egipto. El faraón se quitó el anillo de la mano y lo puso en la mano de José; hizo que le vistieran de oro. Después los hizo subir sobre su segundo carro y delante de él un heraldo gritaba, para que todos se arrodillaran delante de él. Y así lo puso al frente de todo el país de Egipto”. (Gn. 41,40 ss.)

También Asuero, cuando quiso honrar a Mardoqueo, le hizo vestir vestiduras reales, los hizo subir a su caballo y a tal fin mandó a Amán que lo condujera por la ciudad y gritara: “Aquí viene el hombre a quien el Rey quiere honrar” (Est. 6,11).

Dios quiere ser el Señor del corazón del hombre; quiere ser honrado, como conviene, por todos los hombres. Por esto hoy, de forma solemne, conducido por el Clero y por el Pueblo, por los Prelados y los Magistrados, recorre las calles de la ciudad y de los pueblos. Por esta razón la Iglesia profesa públicamente que Éste es nuestro Rey y Dios, de quien hemos recibido todo y a quien debemos todo.

Oh, hijos queridísimos en el Señor, mientras hace poco caminaba por las calles de la ciudad, pensaba en una multitud tan grande y en variedad de personas que hasta hoy, hasta nuestros días está oprimida por la miseria de la esclavitud y por largo tiempo ha tenido que servir a amos tan viles y crueles. Veía a un cierto número de jóvenes que se han dejado dominar por la lascivia y la pasión y, como dice el Apóstol (Cfr. Fil. 3,19), han proclamado como dios a su propio vientre. (Quienquiera que pone cualquier cosa como fin de su propia existencia, quiere que tal cosa sea su dios. En efecto Dios está en el término de todo). Que renuncien éstos a la carne, a la lujuria, a frecuentar los lupanares y tabernas, las malas compañías; que renuncien a los pecados y reconozcan al Verdadero Dios que la Iglesia profesa por nosotros. Lloraba por la soberbia y la vanidad de algunas mujeres que se idolatran a ellas mismas, y dedican aquellas horas de la mañana que debieran consagrar a la oración, al maquillaje de sus rostros y al peinado de sus cabellos, hasta el punto de hacer pobres infelices a sus maridos y mendigos a sus hijos y consumir su patrimonio. De ello se derivan mil males, los contratos ilícitos, el no pagar las deudas, el no dar cumplimiento a las últimas voluntades piadosas; de ello el olvido del Dios Bondadosísimo y Grandísimo, el olvido de nuestra alma. Veía a tantos avaros, mercaderes del infierno, gente que a tan caro precio compra para si el fuego eterno; de ellos con razón dice el Apóstol: “La avaricia es una forma de idolatría” (Ef. 5,5; Col. 3,5). Aparte del dinero no tienen otro Dios, sus acciones y palabras están dirigidas a pensar y decidir cómo ganar mejor, conseguir terrenos, comprar riquezas.

No podía dejar de ver la infidelidad de algunos que se declaran expertos en la ciencia de gobernar y sólo tienen esto ante sus ojos. Son quienes no dudan pisotear la ley de Dios que ellos declaran contraria a la forma de gobernar (¡pobres y desgraciados!) y obligan a Dios a retirarse. ¡Hombres dignos de lástima! (¿Y deben llamarse Cristianos quienes estiman y declaran públicamente a si mismos y al mundo más importantes que a Cristo?).

El Señor ha venido, con esta santa institución de la Eucaristía, a destruir todos estos ídolos, a fin de que con el Profeta Isaías, hoy podamos exclamar al Señor: “Sólo en Ti es Dios; no hay otros, no hay otros dioses. En verdad tú eres un Dios escondido, Dios de Israel, Salvador” (Is. 45,14 ss.). Oh Dios bueno hasta ahora hemos sido esclavos de la carne, de los sentidos, del mundo; hasta ahora dios ha sido para nosotros nuestro vientre, nuestra carne, nuestro oro, nuestra política. Queremos renunciar a todos estos ídolos: honrarte sólo a Ti como verdadero Dios, venerarte a Ti que nos has hecho tantos beneficios y, sobre todo, te has engendrado a Ti mismo como alimento para nosotros. Haz, te ruego, que desde ahora en adelante nuestro corazón sea sólo tuyo y nada nos aparte más de tu amor. Que prefiramos mil veces morir antes que ofenderte aún mínimamente. Y de este modo, haciéndonos mejores, con la fuerza de tu gracia, gozaremos eternamente de Tu Gloria. Amén.

(San Carlos Borromeo, Homilías Eucarísticas y sacerdotales , Ed. Series Grandes Maestros n° 7, Pág.12-18)

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SAN PEDRO JULIÁN EYMARD



LA FE EN LA EUCARISTIA

“ Quien cree en mí tiene la vida eterna “ (Jn. VI, 47)

¡Qué felices seríamos si tuviésemos una fe muy viva en el santísimo Sacramento! Porque la Eucaristía es la verdad principal de la fe; es la virtud por excelencia, el acto supremo del amor, toda la religión en acción. ¡Oh, si conociésemos el don de Dios!

La fe en la Eucaristía es un gran tesoro; pero hay que buscarlo con sumisión, conservarlo por medio de la piedad y defenderlo aun a costa de los mayores sacrificios.

No tener fe en el santísimo Sacramento es la mayor de todas las desgracias.

Ante todo, ¿es posible perder completamente la fe en la sagrada Eucaristía, después de haber creído en ella y haber comulgado alguna vez?

Yo no lo creo. Un hijo puede llegar hasta despreciar a su padre e insultar a su madre; pero desconocerlos... imposible. De la misma manera un cristiano no puede negar que ha comulgado ni olvidar que ha sido feliz alguna vez cuando ha comulgado.

La incredulidad, respecto de la Eucaristía , no proviene nunca de la evidencia de las razones que se puedan aducir contra este misterio. Cuando uno se engolfa torpemente en sus negocios temporales, la fe se adormece y Dios es olvidado. Pero que la gracia le despierte, que le despierte una simple gracia de arrepentimiento, y sus primeros pasos se dirigirán instintivamente a la Eucaristía.

Esa incredulidad puede provenir también de las pasiones que dominan el corazón. La pasión, cuando quiere reinar, es cruel. Cuando ha satisfecho sus deseos, despreciada y combatida, niega. Preguntad a uno de esos desgraciados desde cuándo no cree en la Eucaristía y, remontando hasta el origen de su incredulidad, se verá siempre una debilidad, una pasión mal reprimida, a las cuales no se tuvo valor de resistir.

Otras veces nace esa incredulidad de una fe vacilante y tibia que permanece así mucho tiempo. Se ha escandalizado de ver tantos indiferentes, tantos incrédulos prácticos. Se ha escandalizado de oír las artificiosas razones y los sofismas de una ciencia falsa, y exclama: “Si es verdad que Jesucristo está realmente presente en la sagrada Hostia, ¿cómo es que no impone castigos? ¿Por qué permite que le insulten? ¡Por otra parte, hay tantos que no creen!, y, con todo, no dejan de ser personas honradas.

He aquí uno de los efectos de la fe vacilante; tarde o temprano conduce a la negación del Dios de la Eucaristía.

¡Desdicha inmensa! Porque entonces uno se aleja, como los cafarnaítas, de aquel que tiene palabras de verdad y de vida.

¡A qué consecuencias tan terribles se expone el que no cree en la Eucaristía ! En primer lugar, se atreve a negar el poder de Dios. ¿Cómo? ¿Puede Dios ponerse en forma tan despreciable? Imposible, imposible! ¿Quién puede creerlo?

A Jesucristo le acusa de falsario porque El ha dicho: “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre”.

Menosprecia la bondad de Jesús, como aquellos discípulos que oyendo la promesa de la Eucaristía le abandonaron.

Aun más; una vez negada la Eucaristía , la fe en los de más misterios tiende a desaparecer, y se perderá bien pronto. Si no se cree en este misterio vivo, que se afirma en un hecho presente, ¿en qué otro misterio se podrá creer?.

Sus virtudes muy pronto se volverán estériles, porque pierden su alimento natural y rompen los lazos de unión con Jesucristo, del cual recibían todo su vigor; ya no hacen caso y olvidan a su modelo allí presente.

Tampoco tardará mucho en agotarse la piedad, pues queda incomunicada con este centro de vida y de amor.

Entonces ya no hay que esperar consuelos sobrenaturales en las adversidades de la vida, y, si la tribulación es muy intensa, no queda más remedio que la desesperación. Cuando uno no puede desahogar sus penas en un corazón amigo, terminan éstas por ahogarnos.

Creamos, pues, en la Eucaristía. Hay que decir a menudo: “Creo, Señor; ayuda mi fe vacilante.” Nada hay más glorioso para, nuestro Señor que este acto de fe en su presencia eucarística. De esta manera honramos, cuanto es posible, su divina veracidad, porque, así como la mayor honra que podemos tributar a una persona es creer de plano en sus palabras, así la mayor injuria sería tenerle por embustero o poner en duda sus afirmaciones y exigirle pruebas y garantías de lo que dice. Y si el hijo cree a su padre bajo su palabra el criado a su señor y los súbditos a su rey ¿porqué no hemos de creer a Jesucristo cuando nos afirma con toda solemnidad que se halla presente en el santísimo Sacramento del altar?

Este acto de fe tan sencillo y sin condiciones en la palabra de Jesucristo le es muy glorioso, porque con él le reconocemos y adoramos en un estado oculto. Es más honroso para nuestro amigo el honor que le tributamos, cuando le encontramos disfrazado y, para un rey, el que se le da cuando se presenta vestido con toda sencillez, que cualquier otro honor recibido de nosotros en otras circunstancias. Entonces honramos de veras la persona y no los vestidos que usa.

Así sucede con nuestro Señor en el santísimo Sacramento.

Reconocerle por Dios, a pesar de los velos eucarísticos que lo encubren, y concederle los honores que como a Dios le corresponden es propiamente honrar la divina persona de Jesús y respetar el misterio de que se rodea. Al mismo tiempo obrar así es para nosotros más meritorio, pues como san Pedro, cuando confesó la divinidad del hijo del hombre, y el buen ladrón, cuando proclamó la inocencia del crucificado, afirmamos de Jesucristo lo que es, sin mirar a lo que parece, o, mejor dicho, es creer lo contrario de lo que nos dicen los sentidos, fiados únicamente de Su palabra infalible.

Creamos, creamos en la presencia real de Jesucristo la Eucaristía. ¡Allí está Jesucristo! Que el respeto más profundo se apodere de nosotros al entrar en la iglesia; rindámosle el homenaje de la fe y del amor que le tributaríamos si nos encontráramos con El en persona. Porque, en hecho verdad, nos encontramos con Jesucristo mismo.

Sea éste nuestro apostolado y nuestra predicación, la más elocuente, por cierto, para los incrédulos y los impíos.

(San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas , Ed. Eucaristía, 4ª Ed., Madrid, 1963, Pág. 39-41)

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SAN ALBERTO HURTADO



LA EUCARISTÍA

Tratando de los sacramentos

Fuente de vida cristiana. Ya que el cristianismo no es tanto una ética, como el protestantismo, ni una filosofía, ni una poesía, ni una tradición, ni una causa externa, sino la divinización de nuestra vida o, más bien, la transformación de nuestra vida en Cristo, para tener como suprema aspiración hacer lo que Cristo haría en mi lugar; esa es la esencia de nuestro cristianismo.

Y la esencia de nuestra piedad cristiana, lo más íntimo, lo más alto y lo más provechoso es la vida sacramental, ya que mediante estos signos exteriores, sensibles, Cristo no sólo nos significa, sino que nos comunica su gracia, su vida divina, nos transforma en Sí mismo. La gracia santificante y las virtudes concomitantes.

En la vida sacramental los dos sacramentos centrales son el Bautismo y la Eucaristía. El Bautismo, porque confiere la gracia santificante, necesaria para recibir la Eucaristía. Y la Eucaristía es el gran sacrificio, porque nos incorpora en la forma más íntima posible a la vida de Cristo y al momento más importante de la vida de Cristo.

La gran obra de Cristo, que vino a realizar al descender a este mundo, fue la redención de la humanidad. Y esta redención en forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. Toda la vida del Cristo místico no puede ser otra que la del Cristo histórico y ha de tender también hacia el sacrificio, a renovar ese gran momento de la historia de la humanidad que fue la primera Misa, celebrada durante veinte horas, iniciada en el Cenáculo y culminada en el Calvario

Toda santidad viene de este sacrificio del Calvario, él es el que nos abre las puertas de todos los bienes sobrenaturales. Por él, el Bautismo nos incorpora a Cristo, la Penitencia nos perdona, la Confirmación nos conforta... De aquí que en realidad el Calvario ha sido siempre considerado el centro de la vida cristiana y esas horas en que Cristo estuvo pendiente en la Cruz han sido los momentos más preciosos de la historia de la humanidad. Por esas horas se abrieron las puertas del cielo, se confirió la gracia, se redimió el pecado, nos hicimos de nuevo agradables a Dios.

Ahora bien, la Eucaristía es la apropiación de ese momento, es el representar renovar, hacernos nuestra la Víctima del Calvario, y el recibirla y unirnos a ella. Todas las más sublimes aspiraciones del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía :

1. La Felicidad: El hombre quiere la felicidad y la felicidad es la posesión de Dios. En la Eucaristía, Dios se nos da, sin reserva, sin medida; y al desaparecer los accidentes eucarísticos nos deja en el alma a la Trinidad Santa, premio prometido sólo a los que coman su Cuerpo y beban su Sangre (cf. Jn 6,48ss).

2. Cambiarse en Dios: El hombre siempre ha aspirado a ser como Dios, a transformarse en Dios, la sublime aspiración que lo persigue desde el Paraíso. Y en la Eucaristía ese cambio se produce: el hombre se transforma en Dios, es asimilado por la divinidad que lo posee; puede con toda verdad decir como San Pablo: “ya no vivo yo, Cristo vive en mí “Gál 2,20); y cuando el que viene a vivir en mí es de la fuerza y grandeza de Cristo, se comprende que es El quien domina mi vida, en su realidad más íntima.

3. Hacer cosas grandes : El hombre quiere hacer cosas grandes por la humanidad... por hacer estas cosas los hombres más grandes se han lanzado a toda clase de proezas, como las que hemos visto en esta misma guerra mundial; pero, ¿dónde hará cosas más grandes que uniéndose a Cristo en la Eucaristía ? Ofreciendo la Misa salva la raza y glorifica a Dios Padre en el acto más sublime que puede hacer el hombre: opone a todo el dique de pecados de los hombres, la sangre redentora de Cristo; ofrece por las culpas de la humanidad, no sacrificios de animales, sino la sangre misma de Cristo; une a su débil plegaria la plegaria omnipotente de Cristo, que prometió no dejar sin escuchar nuestras oraciones y ¡cuándo más las escuchará que cuando esa plegaria proceda del Cristo Víctima del Calvario, en el momento supremo de amor...!

Además, en la Misa, el hombre y Dios se unen con una intimidad tal que llegan a tener un ser y un obrar. El sacerdote y los fieles son uno con Cristo que ofrece y con Cristo que se ofrece. “Por Cristo, con Él y en Él” ofrecemos y nos ofrecemos al Padre, y nuestra pequeñísima oración, nuestro mérito insignificante, ¡cómo gana de valor cuando es unido al mérito infinito de Cristo que ofrece y es ofrecido con nosotros, o, si queremos, nosotros por Cristo, con El, en El.... ofrecidos en propiciación, en acción de gracias, en súplica!

He aquí, pues, nuestra oración perfectísima. Nuestra unión perfectísima con la divinidad. La realización de nuestras más sublimes aspiraciones.

4. Unión de caridad: En la Misa , también nuestra unión de caridad se realiza en el grado más íntimo. La plegaria de Cristo “Padre, que sean uno... que sean consumados en la unidad “(Jn 17, 22-23), se realiza en el sacrificio eucarístico. Al unirnos con Cristo, a quien todos los hombres están unidos: los justos con unión actual; los otros, potencial.

¡Oh, si fuéramos conscientes de lo que significa nuestra unión a Cristo respecto al Padre, respecto a Cristo mismo y respecto a nuestros hermanos, tendríamos todo en la misma Eucaristía!

¡Oh, si fuéramos a la Misa a renovar el drama sagrado: ofrecernos en el ofertorio con esas especies que van a ser transformadas en Cristo pidiendo nuestra transformación... a ser aceptados por la divinidad en la consagración, a ser transubstanciados en Cristo (¡oh, si la ofrenda hubiese estado hecha a conciencia!), la consagración sería el elemento central de nuestra vida cristiana! Esa conciencia de que ya no somos nosotros, sino que tras nuestras apariencias humanas vive Cristo y quiere actuar Cristo...

Y la comunión, esa donación de Cristo a nosotros, que exige de nosotros gratitud profunda, traería consigo una donación total de nosotros a Cristo, que así se dio, y a nuestros hermanos, como Cristo se dio a nosotros.

Toda la esencia del catolicismo la tendríamos en la Eucaristía. Esos dos grandes mandamientos de amor al Padre y al prójimo, estarían realizados mediante la Eucaristía y nos animaríamos cada día, en la Misa bien oída, a renovarnos en ese espíritu de entrega.

La sola presencia en el sacrificio eucarístico aumenta en nosotros estas disposiciones, la comunión las intensifica aún más; pero si asistiéramos a la Misa y recibiéramos la Comunión ensanchando todo lo posible la capacidad de nuestro espíritu, ¡cómo nos santificaríamos sobre medida!

“Representar”, en el sentido de “volver a hacer presente”.

El acto central de nuestro día debiera ser nuestra Misa la comunión en medio de la Misa (cuando se pueda), un acto imprescindible de cada cristiano ferviente.

A la comunión no vamos como a un premio, no vamos a una visita de etiqueta, vamos a buscar a Cristo para “por Cristo con Él y en El” realizar nuestros mandamientos grandes, nuestras aspiraciones fundamentales, las grandes obras de caridad... La disposición fundamental para comulgar es la gracia santificante, la donación del Espíritu Divino a nuestras almas, que debe estar en todos los que comulguen, pero los efectos sensibles de Espíritu variarán según los casos, y según la medida de la predestinación divina. De nuestra parte se requiere que colaboremos a tener esos sentimientos de fe, confianza, amo ardiente.

Hacer de la Misa el centro de mi vida. Prepararme a ella con mi vida interior, mis sacrificios, que serán hostia de ofrecimiento; continuarla durante el día dejándome partir y dándome... en unión con Cristo.

¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!

Después de la comunión, quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás:

¡Eso es comulgar!

(San Alberto Hurtado S.I., La Búsqueda de Dios , Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2005, Pág. 213-216)

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DR. D. ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS



PREPARATIVOS PARA LA ÚLTIMA CENA

Explicación. — Jesús, a tenor de su predicación, iba a ser inmolado en unos de los días de la gran Pascua judía. Celebrábase la Pascua en memoria de la liberación del pueblo de Dios de la servidumbre de Egipto; Jesús debía libertar a todo el género humano de la servidumbre más ominosa del pecado. La sangre del cordero pascual libró del ángel exterminador al pueblo de Israel; la de Jesús debía ser la señal de la salvación de los verdaderos hijos de Dios. El cordero pascual es el tipo de cordero inmaculado que borra los pecados del mundo. Por todo ello era conveniente que Jesús, Cordero de Dios, fuese inmolado el mismo día de la inmolación legal del cordero de pascua. Va, pues, a realizarse el sacrificio del verdadero Cordero; pero antes quiere el mismo Cordero Jesús, comer el cordero de la cena legal. Así, en el hecho histórico de la última cena de Jesús se juntarán el símbolo y la realidad, el tipo y el antitipo; quedará abolido el primero para que quede definitivamente hasta la consumación de los siglos, el sacrificio de la verdadera Pascua, que es Cristo Jesús, «nuestra Pascua», como le llama la Iglesia.

El Día de la Última Cena (v.12) —Y el primer día de los Ácimos, cuando sacrificaban la Pascua, cuando era necesario sacrificar el Cordero pascual… En este día tuvo lugar la última cena: era el día en que empezaba la solemnidad pascual, con el uso del pan sin levadura o ácimo, que debía durar siete días y en que se inmolaba el cordero. Pero ¿en qué día de la semana y del mes coincidió la ultima cena? Los cuatro Evangelistas están conformes en fijar la cena de Jesús el jueves por la noche (Mt. 26, 20; Mc. 14, 17, Lc 22 14, Ioh 3 1) la muerte el viernes (Mt 27 62 Mc 15,42; Lc 23 54 Ioh 19, 42) y la resurrección el día siguiente al sábado (Mt 28, 1 Mc 16 2 Lc 24, 1, Ioh 20 1) La dificultad está en fijar el día del mes. Los tres sinópticos sitúan la ultima cena el 14 de Nisán y la muerte el 15 día solemne de la Pascua pero San Juan parece suponer que la cena se celebró el 13 de Nisán, y la muerte el 14 ya que los judíos no quieren entrar en el Pretorio de Pilato, habiendo todavía de comer la Pascua (Ioh 18 28) He aquí las opiniones de los diversos intérpretes para conciliar las diversas narraciones evangélicas sin duda objetivamente acordes no sólo por la inspiración divina bajo la que fueron redactados los Evangelios sino porque no es creíble que testigos contemporáneos y fidedignos discreparan en un asunto tan capital.

Primera Opinión: Los cuatro Evangelistas coinciden en señalar el mismo día de la semana y del mes la noche del jueves 14 de Nisán, sólo que los sinópticos cuentan al estilo hebreo anticipando los días como sucede en el cómputo litúrgico y Juan contaba al estilo de griegos y romanos por días astronómicos. El hecho de que no quisieran los judíos entrar en el Pretorio para poder comer los ácimos, debe entenderse no del cordero pascual, sino de los sacrificios de todos aquellos días pascuales.

Segunda: Coloca la última cena la noche del 13 al 14 de Nisán. En esta hipótesis Jesús hubiese anticipado la cena legal veinticuatro horas en relación con la de los demás judíos; podía hacerlo, porque todo el 14 era considerado como primer día de los Ácimos, y por lo mismo el 13 por la noche En este caso, Jesús aunque cumplió todas las ceremonias de la cena legal, no hubiese comido el cordero, en vez del cual dio su cuerpo a comer a sus discípulos, instituyendo así la verdadera Pascua cristiana Su muerte hubiese coincidido con el sacrificio de los corderos el día siguiente.

Tercera: La cena pudo celebrarse el 13 ó el 14 de Nisán. No siendo materialmente posible que se inmolaran en tres horas doscientos cincuenta mil corderos, se facultaría a los forasteros para anticipar un día la inmolación. Así Jesús hubiese comido la Pascua el 13 y los demás judíos el 14 de Nisán. No parece pueda esta opinión concordarse con la frase de Marcos «El primer día de los ácimos. »

Cuarta: La cena pascual podía celebrarse indistintamente el 14 ó el 15 de Nisán. Una de las ceremonias que debía celebrarse el día de la Pascua al atardecer, y por lo mismo el 15 de Nisán, era salir al campo a recoger algunas espigas para ofrecerlas al Señor como primicias de la cosecha futura. Si el 15 de Nisán caía en viernes como ocurrió el año de la muerte del Señor, esta ceremonia hubiese tenido que celebrarse la tarde del viernes en que se observaba ya el reposo sabático que prohibía toda suerte de trabajo. En este caso y así prevaleció la costumbre debía trasladarse la Pascua del 15 al 16 de Nisán. Jesús hubiese celebrado la cena del día legal, 14 de Nisán y a esta fecha se refieren los sinópticos. Los demás judíos la celebrarían el día siguiente siguiendo a los fariseos y a ellos se referiría San Juan

Análoga a esta solución es la que propone Knabenbauer, según el cual, el cordero pascual debía ser sacrificado, ofrecido, asado y comido entre la noche que terminaba el 14 y la que empezaba el 15 de Nisán. Si el 14 de Nisán caía en viernes, era imposible a lo menos asar el cordero sin entrar en la hora del reposo sabático En este caso solíase trasladar la inmolación del cordero al jueves precedente, originándose de aquí una doble costumbre pues mientras unos comían el cordero el mismo día de su inmolación otros esperaban la noche del viernes. Jesús fue de los primeros. Estas dos ultimas opiniones parecen las más probables y satisfactorias

PREPARACION DE LA CENA (13-16) — Hallábase probablemente Jesús en Betania el día primero de los Acimos 14 de Nisán, cuando le dicen sus discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a disponerte, para que comas la Pascua ? Solían los habitantes de Jerusalén alquilar habitaciones o dependencias de sus casas a los forasteros, en las que celebraban éstos la Pascua , y que se preparaban debidamente con antelación a la ceremonia. Y envía desde sus discípulos, a Pedro y a Juan, y les dice: Id a la ciudad, y he aquí que así que entréis en ella, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua seguidle hasta la casa en que entre. Con ello demuestra Jesús ser conocedor de los hechos futuros y lejanos. Y en donde quiera que entrare decid al padre de familias, dueño de casa: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca. ¿Dónde está mi aposento, cenáculo o refectorio, en donde he de comer la Pascua con mis discípulos?

Creen algunos que Jesús dio en esta forma las señas del lugar donde pensaba comer la Pascua para evitar que lo conociese Judas a tiempo e interrumpiese con los satélites de los sinedritas la mística ceremonia. Ni faltan racionalistas que quieran haberse ya entendido previamente Jesús con el dueño de la casa donde debía celebrarse la cena. Aun así, cosa que no se deduce del texto, la predicción del Señor es absolutamente profética, porque debió Saber el tiempo preciso de la entrada de los discípulos en la dudad y de que les saldría al encuentro un hombre con un cántaro de agua, cuando tantos podían circular por las calles de la gran ciudad en la misma forma.

Y él os mostrará un cenáculo grande, aderezado, una habitación de respeto en la parte superior la casa, adornada y dispuesta ya con los divanes o triclinios en que acostumbraban recostarse para comer: disponiendo allí para nosotros lo necesario para la cena, el cordero ya aderezado, los panes ácimos, las lechugas amargas, los cálices con vino, etc.

Aconteció como Jesús predijo: Y partieron los discípulos, y fueron a la ciudad: y lo hallaron como les había dicho, hicieron lo que les mandó y prepararon las Pascua. Bien pudo San Pedro, uno de los enviados, contárselo detalladamente a su discípulo San Marcos, autor de esta narración.

Lecciones morales. — A) v. 12.— ¿Dónde quieres que vayamos a disponerte...? — Nos enseñan estos discípulos a entregarnos en manos de Dios para que nos enseñe los caminos que debamos seguir; es lo que le pedía el profeta: “Muéstrame tu camino, y enséñame tus senderos» (Ps. 24, 4). Cristo es nuestra Pascua: con El hemos de convivir y ser comensales en el convite de la gracia en esta vida y sobre todo en el banquete de la eterna Pascua de la bienaventuranza. No podremos lograrlos sino siguiendo los caminos del Señor. Toda la filosofía de la vida cristiana está en acoplar nuestra voluntad a la de Dios, no presumiendo traer la voluntad de Dios a la nuestra, sino dejando absorber la nuestra por la suya. Entonces es cuando Dios se comunica con nosotros. «Enséñame, Señor, a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios», le decía el Salmista (Ps. 142, 10).

B) v. 14.— ¿. . .En dónde he de comer la Pascua con mis discípulos? — Comió Jesús la Pascua , no la nuestra, sino la de los judíos, dice el Crisóstomo; aunque después de comer la suya no sólo instituyó la nuestra, sino que él se hizo personalmente nuestra Pascua. Entonces, ¿por qué comió aquélla? Porque quiso sujetarse a la ley, a fin de redimir a los que estaban bajo la ley (Gal. 4, 5), y para dar fin definitivamente a la ley. Y para que nadie dijera que por hallar la ley pesada no pudo cumplirla, quiso sujetarse primero a sus preceptos, para luego abrogarla. Ejemplo admirable de obediencia, mortificación. y respeto a lo que Dios había instituido.

c) v. 15. — Y él os mostrará un cenáculo grande, aderezado... — El señor de la casa, que guía a la parte alta de la misma, donde está el refectorio de Jesús, es Pedro, dice San Jerónimo: a él confió el Señor su casa, para que sea una misma la fe bajo un solo pastor. El cenáculo grande es la dilatadísima Iglesia, en que se predica y alaba el nombre del Señor. Y está aderezada con toda suerte de virtudes y carismas. Sólo en esta casa se halla el cenáculo donde el Señor da las grandes cenas de su palabra y de su Cuerpo santísimo. Sólo de esta casa se va a disfrutar el banquete eterno de la gloria en el celestial cenáculo.

D) v. 16.—Y prepararon la Pascua. — Nuestra Pascua es Cristo; es, de una manera especial, la cena eucarística. Ella está dispuesta ya. Objetivamente, no puede ser más óptima. Contiene el Cuerpo del Señor, y con él, su sangre, alma y divinidad. Pero cada uno de nosotros debemos aderezar esta Pascua según nuestra manera de ser personal. Debemos adaptarla, adaptándonos nosotros a ella. Como el maná tenía todo sabor, así la Eucaristía. Mas para hallar el sabor que podríamos llamar «nuestro», porque el gusto, en el orden fisiológico como en el moral y sobrenatural, es cosa personalísima, debemos aderezar la Pascua del Señor, poniendo todos aquellos anejos que son necesarios en cada una de las circunstancias en que la comamos: las lechugas de la mortificación, si somos sensuales, el vino generoso de la caridad, si somos egoístas, el pan sin levadura de la humildad, si padecemos de hinchazón de soberbia, etc.

INSTITUCION DE LA EUCARISTIA

Explicación. — La institución de la Eucaristía es el hecho culminante de la última cena y uno 4 los grandes pilares de la obra espiritual que vino Jesús a edificar en el mundo Convenía que se celebrara la institución de la Eucaristía en la cena pascual para significar el tránsito de Jesús al Padre, cuando por el derramamiento de su sangre nos redimió y arrancó del poder de las tinieblas y nos hizo reino suyo Así se abolía el rito legal y se substituía por la verdadera Pascua, Jesús, que se inmolaría perpetuamente en la Iglesia bajo signos visibles por el sacerdocio de la nueva Ley, cuya cabeza es él mismo. No puede fijarse con certeza el lugar que la cena eucarística ocupa en relación con el rito pascual: los comentaristas la han situado ora al principio, ora en medio, ora al fin del mismo. Atendiendo los textos de Lc. 22, 20, y 1 Cor. 11, 25, creemos debe ponerse hacia el fin del banquete pascual, cuando, comido ya el cordero, se hallaban aún los comensales reclinados sobre sus divanes.

Y cuando ellos estaban cenando, mientras estaban aún ante la mesa y no se había acabado la cena, tomó Jesús el pan, uno de los panes ácimos, circulares y delgados, en forma de torta, como debían serlo los que se comían en la cena legal (Ex. 12, .18); por esto también la Iglesia emplea para el sacrificio eucarístico el pan sin levadura; dio gracias orando al Padre e implorando también su bendición y su favor; y lo bendijo, implorando la beneficencia y el poder de Dios sobre él con lo que lo preparó para la consagración; Y lo partió: también en la cena legal el padre de familias bendecía y partía los panes ácimos: Jesús repetirá el rito pero sobreelevándolo: su bendición era nueva y designaba una santificación especial del pan en orden al sacrificio místico a que se destinaba; la fracción era imagen de su muerte, hasta el punto de que «la fracción del pan» vino a ser la designación solemne y pública del sacrificio eucarístico (Act. 2, 42): Y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed éste es mi cuerpo, es decir esto que os presento y que tiene la apariencia de pan es mi cuerpo. A estas palabras del Señor, tan simples y tan claras que no es posible tergiversarlas, el pan se transubstanció en su cuerpo santísimo real y verdadero. Así lo ha entendido siempre la Iglesia católica, sin que haya jamás acudido a interpretaciones simbólicas. Es la realización de la promesa hecha por aquellos mismos días el año anterior (Ioh 6, 26.64 Cf. núm. 84) Y para hacerles más patente la realidad de su cuerpo encerrado en las especies de pan añade: Que se da por vosotros, que es entregado a la muerte en vez de vosotros, y para rescataros. Haced esto en memoria mía: con estas palabras reciben los Apóstoles la potestad sacerdotal de ofrecer el cuerpo del Señor; lo harán en memoria de él: como la Pascua legal era la memoria de la liberación de la servidumbre de Egipto, así la cena eucarística representa la muerte del Señor por la que le vino al mundo la liberación espiritual.

Jesús había prometido a sus discípulos su carne y su sangre (Ioh 6 25-59), además, debiendo ser la cena eucarística memorial de su muerte y de nuestra redención a la entrega del cuerpo debía seguir la de la sangre. Es lo que va a hacer Jesús: Y asimismo, tomando el cáliz, después que hubo cenado para distinguirlo de los que se bebían durante la manducación del cordero pascual: era el cáliz una copa baja y ancha de las que usaban los judíos: dio gracias, como solía hacerlo antes de hacer algún milagro, en los, que se manifestaba la gloria del Padre, su propia misión y la beneficencia de Dios para con los hombres: en ningún milagro se expresa mejor este triple fin que en la Eucaristía : y dióselo, diciendo: Bebed de él todos. ¿Qué copa de vino es la que consagró el Señor? Los comensales no usaban más que una copa, que corría de mano en mano y de la que debían beber todos; las bebidas de ritual eran hasta cuatro: una al sentarse a la mesa; la segunda, después que el presidente había explicado la significación del cordero, las comidas y las lechugas amargas; la tercera, después de comer el cordero; la cuarta, después de rezar las úitimas preces; aún podía añadirse una quinta copa, a discreción de los comensales: las cuatro primeras eran de ritual. Suponen muchos que fue el cáliz tercero el consagrado por cuanto se llamaba «cáliz de bendición» nombre con que designa el Apóstol el cáliz eucarístico (1 Cor 10 16), otros optan por el cuarto y hasta por el quinto, ya del todo terminada la cena pascual, lo que justificaría la frase de Lucas «después que hubo cenado»

Solían los judíos beber en la cena pascual el vino tinto mezclado con un poco de agua Al alargarles el cáliz profiere estas palabras: Porque ésta es mi sangre: esto que tiene la apariencia de vino es mi propia sangre. Es la sangre del nuevo Testamento: como la antigua alianza entre Dios y el pueblo de Israel fue sellada con sangre (Ex 24, 8), así lo será también la nueva Alianza que Dios contrae con la humanidad por la redención (Jer 31, 33) pero no con sangre de animales, sino con la sangre de Jesucristo (Hebr. 8, 8 9, 15-20) Luego, como la sangre derramada en la antigua Ley era un sacrificio así lo es la que pone Jesús en el cáliz con sus palabras, porque aquellos sacrificios no eran más que figurativos de éste. La razón de sacrificio se descubre aun en estas palabras que añade Jesús. Que será derramada por muchos, es decir, por todos, como por todos murió Cristo, si bien no todos se aprovechan de la sangre preciosísima de Cristo: por vosotros, añade Lucas, representando los Apóstoles entonces a toda la humanidad; para remisión de los pecados: que es derramada, dice el griego: derramar la sangre por los pecados siempre ha sido una función sacrificial, verificada por el sacerdote. Y bebieron de él todos, comulgando en la sangre del Señor, como lo habían hecho con su cuerpo…

Instituida la Eucaristía , Jesús indica otra vez a sus discípulos la inminencia de su muerte, al tiempo que levanta su espíritu con la perspectiva de una bienaventuranza que disfrutarán todos juntos con El: Y dígoos que desde ahora ya no beberé de este fruto de la vid: no se refiere Jesús al cáliz eucarístico, sino al vino en general, quizás a la última copa tomada después de la Eucaristía , como si dijera Vamos a separarnos, ya no beberé más con vosotros hasta el día aquel, el de la bienaventuranza eterna, en que lo beba nuevo con vosotros en el Reino de mi Padre, donde nos veremos inundados en el torrente de las delicias (Ps. 35, 9; Lc. 12, 37; Apoc. 21, 5, etc.).

Lecciones morales. — A) v. 26 —Tomó Jesús el pan... — Quiso el Señor, dice San Agustín, utilizar para la consagración de su Cuerpo y Sangre aquellas cosas que llegan a ser algo especial por la reunión de muchas otras: como el pan, que es pan por la concurrencia de muchos granos de trigo; y el vino, que es tal por ser producto de muchos granos de uva. Para que aprendamos a ver en este Sacramento el misterio de la paz y de la unidad. Porque, como dice el Apóstol «muchos somos un cuerpo en Cristo» (Rom 12 5)

B) v 26 —Esto es mi cuerpo —No dice Jesús «Aquí está mi cuerpo», o: «Esto es el signo de mi cuerpo»; sino: «Esto es mi cuerpo» en verdad según la realidad, según su substancia dice el Tridentino. Antes de la consagración, el pan es pan dice San Agustín después, ya es el cuerpo de Cristo. Comámonosle no sólo sacramentalmente dice el mismo Santo, lo cual hacen también muchos malos al comulgar sacrílegamente, sino también espiritualmente, uniéndonos a El por la candad, de la que el sacramento es signo y alimento

c) v 27 — Tomando el cáliz dio gracias — Dio gracias, dice el Crisóstomo para que aprendamos cómo debemos celebrar este misterio, y para que sepamos que vino a la muerte no forzado sino libremente y dando por ello gracias al Padre. Asimismo nos enseña a recibir el cáliz de las tribulaciones con la debida acción de gracias

D) v 28 — Esta es mi sangre del nuevo Testamento — ¡Cuan grande la dignidad del cristiano! Pertenece a una sociedad, la santa Iglesia no sólo adquirida con el precio de la sangre de Jesús que es la sangre de Dios, sino unida a Jesús con pacto eterno sellado con la misma sangre divina. Como en el pueblo de Dios, en la ley antigua todo estaba marcado con la sangre de los animales, según el Apóstol, así en la Iglesia todo lleva la marca de la Sangre de Dios, sin ella no hay sacrificio, ni sacramentos, ni remisión de pecados, ni ascensión de virtudes. En verdad que pertenecemos a una raza de dioses, a un pueblo que Dios adquirió para si a alto precio. Pero es más: no sólo la Iglesia , sino cada uno de nosotros llevamos la marca de la sangre de nuestro Redentor Jesús, de ella ha derivado para nosotros la gracia, en todas sus formas, y la gloria. Dios no reconocerá en el cielo sino a aquellos que están marcados con la sangre del Cordero. Llevemos con suma dignidad de vida la suma dignidad de estar marcados con la sangre del Hijo de Dios.

E): v 29. — Hasta el día aquel en que lo beba nuevo... — Ya no beberá Jesús más vino de vid en la tierra. Como se despiden los amigos, levantando la copa y haciendo votos para volver a juntarse en íntimo ágape, después de larga ausencia, así se despide ahora Jesús de sus discípulos. Al tiempo que les recuerda la próxima muerte, inminente ya, entreabre a sus queridos los horizontes de la vida eterna, cuando se juntarán en el celestial banquete de la visión de Dios y se embriagarán de las delicias de la casa de Dios (Ps 35 9) No será ya entonces vino de cepa; sino un vino «nuevo», que preparará Dios en «el cielo nuevo y en la tierra nueva», que será la bienaventuranza eterna (Apoc. 21, 1).

(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, Vol. II, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1967, p. 470-474.491-494)

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JUAN PABLO II



CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS SACERDOTES PARA EL JUEVES SANTO DE 2005

Queridos sacerdotes:

1. En el “Año de la Eucaristía”, me es particularmente grato el anual encuentro espiritual con vosotros con ocasión del Jueves Santo, día del amor de Cristo llevado « hasta el extremo » (Jn 13, 1), día de la Eucaristía, día de nuestro sacerdocio.

Os envío mi mensaje desde el hospital, donde estoy algún tiempo con tratamiento médico y ejercicios de rehabilitación, enfermo entre los enfermos, uniendo en la Eucaristía mi sufrimiento al de Cristo. Con este espíritu deseo reflexionar con vosotros sobre algunos aspectos de nuestra espiritualidad sacerdotal.

Lo haré dejándome guiar por las palabras de la institución de la Eucaristía, las que pronunciamos cada día in persona Christi, para hacer presente sobre nuestros altares el sacrificio realizado de una vez por todas en el Calvario. De ellas surgen indicaciones iluminadoras para la espiritualidad sacerdotal: puesto que toda la Iglesia vive de la Eucaristía, la existencia sacerdotal ha de tener, por un título especial, «forma eucarística». Por tanto, las palabras de la institución de la Eucaristía no deben ser para nosotros únicamente una fórmula consagratoria, sino también una «fórmula de vida».

Una existencia profundamente «agradecida»

2. «Tibi gratias agens benedixit...». En cada Santa Misa recordamos y revivimos el primer sentimiento expresado por Jesús en el momento de partir el pan, el de dar gracias. El agradecimiento es la actitud que está en la base del nombre mismo de «Eucaristía». En esta expresión de gratitud confluye toda la espiritualidad bíblica de la alabanza por los mirabilia Dei. Dios nos ama, se anticipa con su Providencia, nos acompaña con intervenciones continuas de salvación.

En la Eucaristía Jesús da gracias al Padre con nosotros y por nosotros. Esta acción de gracias de Jesús ¿cómo no ha de plasmar la vida del sacerdote? Él sabe que debe fomentar constantemente un espíritu de gratitud por tantos dones recibidos a lo largo de su existencia y, en particular, por el don de la fe, que ahora tiene el ministerio de anunciar, y por el del sacerdocio, que lo consagra completamente al servicio del Reino de Dios. Tenemos ciertamente nuestras cruces -y ¡no somos los únicos que las tienen!-, pero los dones recibidos son tan grandes que no podemos dejar de cantar desde lo más profundo del corazón nuestro Magnificat.

Una existencia «entregada»

3. «Accipite et manducate... Accipite et bibite...». La autodonación de Cristo, que tiene sus orígenes en la vida trinitaria del Dios-Amor, alcanza su expresión más alta en el sacrificio de la Cruz, anticipado sacramentalmente en la Última Cena. No se pueden repetir las palabras de la consagración sin sentirse implicados en este movimiento espiritual. En cierto sentido, el sacerdote debe aprender a decir también de sí mismo, con verdad y generosidad, «tomad y comed». En efecto, su vida tiene sentido si sabe hacerse don, poniéndose a disposición de la comunidad y al servicio de todos los necesitados.

Precisamente esto es lo que Jesús esperaba de sus apóstoles, como lo subraya el evangelista Juan al narrar el lavatorio de los pies. Es también lo que el Pueblo de Dios espera del sacerdote. Pensándolo bien, la obediencia a la que se ha comprometido el día de la ordenación y la promesa que se le invita a renovar en la Misa Crismal, se ilumina por esta relación con la Eucaristía. Al obedecer por amor, renunciando tal vez a un legítimo margen de libertad, cuando se trata de su adhesión a las disposiciones de los Obispos, el sacerdote pone en práctica en su propia carne aquel « tomad y comed », con el que Cristo, en la última Cena, se entregó a sí mismo a la Iglesia.

Una existencia «salvada» para salvar

4. «Hoc est enim corpus meum quod pro vobis tradetur». El cuerpo y la sangre de Cristo se han entregado para la salvación del hombre, de todo el hombre y de todos los hombres. Es una salvación integral y al mismo tiempo universal, porque nadie, a menos que lo rechace libremente, es excluido del poder salvador de la sangre de Cristo: «qui pro vobis et pro multis effundetur». Se trata de un sacrificio ofrecido por « muchos », como dice el texto bíblico (Mc 14, 24; Mt 26, 28; cf. Is 53, 11-12), con una expresión típicamente semítica, que indica la multitud a la que llega la salvación lograda por el único Cristo y, al mismo tiempo, la totalidad de los seres humanos a los que ha sido ofrecida: es sangre «derramada por vosotros y por todos», como explicitan acertadamente algunas traducciones. En efecto, la carne de Cristo se da « para la vida del mundo » (Jn 6, 51; cf. 1 Jn 2, 2).

Cuando repetimos en el recogimiento silencioso de la asamblea litúrgica las palabras venerables de Cristo, nosotros, sacerdotes, nos convertimos en anunciadores privilegiados de este misterio de salvación. Pero ¿cómo serlo eficazmente sin sentirnos salvados nosotros mismos? Somos los primeros a quienes llega en lo más íntimo la gracia que, superando nuestras fragilidades, nos hace clamar «Abba, Padre» con la confianza propia de los hijos (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15). Y esto nos compromete a progresar en el camino de perfección. En efecto, la santidad es la expresión plena de la salvación. Sólo viviendo como salvados podemos ser anunciadores creíbles de la salvación. Por otro lado, tomar conciencia cada vez de la voluntad de Cristo de ofrecer a todos la salvación obliga a reavivar en nuestro ánimo el ardor misionero, estimulando a cada uno de nosotros a hacerse « todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos » (1 Co 9, 22).

Una existencia que «recuerda»

5. «Hoc facite in meam commemorationem». Estas palabras de Jesús nos han llegado, tanto a través de Lucas (22, 19) como de Pablo (1 Co 11, 24). El contexto en el que fueron pronunciadas -hay que tenerlo bien presente- es el de la cena pascual, que para los judíos era un « memorial » (zikkarôn, en hebreo). En dicha ocasión los hebreos revivían ante todo el Éxodo, pero también los demás acontecimientos importantes de su historia: la vocación de Abraham, el sacrificio de Isaac, la alianza del Sinaí y tantas otras intervenciones de Dios en favor de su pueblo. También para los cristianos la Eucaristía es el « memorial », pero lo es de un modo único: no sólo es un recuerdo, sino que actualiza sacramentalmente la muerte y resurrección del Señor.

Quisiera subrayar también que Jesús ha dicho: « Haced esto en memoria mía ». La Eucaristía no recuerda un simple hecho; ¡recuerda a Él! Para el sacerdote, repetir cada día, in persona Christi, las palabras del « memorial » es una invitación a desarrollar una « espiritualidad de la memoria ». En un tiempo en que los rápidos cambios culturales y sociales oscurecen el sentido de la tradición y exponen, especialmente a las nuevas generaciones, al riesgo de perder la relación con las propias raíces, el sacerdote está llamado a ser, en la comunidad que se le ha confiado, el hombre del recuerdo fiel de Cristo y todo su misterio: su prefiguración en el Antiguo Testamento, su realización en el Nuevo y su progresiva profundización bajo la guía del Espíritu Santo, en virtud de aquella promesa explícita: «Él será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14, 26).

Una existencia «consagrada»

6. «¡Mysterium fidei!». Con esta exclamación el sacerdote manifiesta, después de la consagración del pan y el vino, el estupor siempre nuevo por el prodigio extraordinario que ha tenido lugar entre sus manos. Un prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los elementos naturales no pierden sus características externas, ya que las especies siguen siendo las del pan y del vino; pero su sustancia, por el poder de la palabra de Cristo y la acción del Espíritu Santo, se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Por eso, sobre el altar está presente «verdadera, real, sustancialmente» Cristo muerto y resucitado en toda su humanidad y divinidad. Así pues, es una realidad eminentemente sagrada. Por este motivo la Iglesia trata este Misterio con suma reverencia, y vigila atentamente para que se observen las normas litúrgicas, establecidas para tutelar la santidad de un Sacramento tan grande.

Nosotros, sacerdotes, somos los celebrantes, pero también los custodios de este sacrosanto Misterio. De nuestra relación con la Eucaristía se desprende también, en su sentido más exigente, la condición « sagrada » de nuestra vida. Una condición que se ha de reflejar en todo nuestro modo de ser, pero ante todo en el modo mismo de celebrar. ¡Acudamos para ello a la escuela de los Santos! El Año de la Eucaristía nos invita a fijarnos en los Santos que con mayor vigor han manifestado la devoción a la Eucaristía (cf. Mane nobiscum Domine, 31). En esto, muchos sacerdotes beatificados y canonizados han dado un testimonio ejemplar, suscitando fervor en los fieles que participaban en sus Misas. Muchos se han distinguido por la prolongada adoración eucarística. Estar ante Jesús Eucaristía, aprovechar, en cierto sentido, nuestras «soledades» para llenarlas de esta Presencia, significa dar a nuestra consagración todo el calor de la intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y sentido nuestra vida.

Una existencia orientada a Cristo

7. «Mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam resurrectionem confitemur, donec venias». Cada vez que celebramos la Eucaristía, la memoria de Cristo en su misterio pascual se convierte en deseo del encuentro pleno y definitivo con Él. Nosotros vivimos en espera de su venida. En la espiritualidad sacerdotal, esta tensión se ha de vivir en la forma propia de la caridad pastoral que nos compromete a vivir en medio del Pueblo de Dios para orientar su camino y alimentar su esperanza. Ésta es una tarea que exige del sacerdote una actitud interior similar a la que el apóstol Pablo vivió en sí mismo: «Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta» (Flp 3, 13-14). El sacerdote es alguien que, no obstante el paso de los años, continua irradiando juventud y como «contagiándola » a las personas que encuentra en su camino. Su secreto reside en la « pasión » que tiene por Cristo. Como decía san Pablo: « Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21).

Sobre todo en el contexto de la nueva evangelización, la gente tiene derecho a dirigirse a los sacerdotes con la esperanza de « ver » en ellos a Cristo (cf. Jn 12, 21). Tienen necesidad de ello particularmente los jóvenes, a los cuales Cristo sigue llamando para que sean sus amigos y para proponer a algunos la entrega total a la causa del Reino. No faltarán ciertamente vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal, si fuéramos más santos, más alegres, más apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote « conquistado » por Cristo (cf. Flp 3, 12) « conquista » más fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma aventura.

Una existencia «eucarística» aprendida de María

8. Como he recordado en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia (cf. nn. 53-58), la Santísima Virgen tiene una relación muy estrecha con la Eucaristía. Lo subrayan, aun en la sobriedad del lenguaje litúrgico, todas las Plegarias eucarísticas. Así, en el Canon romano se dice: «Reunidos en comunión con toda la Iglesia, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor». En las otras Plegarias eucarísticas, la veneración se transforma en imploración, como, por ejemplo, en la Anáfora II: «Con María, la Virgen Madre de Dios [...], merezcamos [...] compartir la vida eterna».

Al insistir en estos años, especialmente en la Novo millennio ineunte (cf. nn. 23 ss.) y en la Rosarium Virginis Mariae (cf. nn. 9 ss.), sobre la contemplación del rostro de Cristo, he indicado a María como la gran maestra. En la encíclica sobre la Eucaristía la he presentado también como «Mujer eucarística» (cf. n. 53). ¿Quién puede hacernos gustar la grandeza del misterio eucarístico mejor que María? Nadie cómo ella puede enseñarnos con qué fervor se han de celebrar los santos Misterios y cómo hemos estar en compañía de su Hijo escondido bajo las especies eucarísticas. Así pues, la imploro por todos vosotros, confiándole especialmente a los más ancianos, a los enfermos y a cuantos se encuentran en dificultad. En esta Pascua del Año de la Eucaristía me complace hacerme eco para todos vosotros de aquellas palabras dulces y confortantes de Jesús: « Ahí tienes a tu madre » (Jn 19, 27).

Con estos sentimientos, os bendigo a todos de corazón, deseándoos una intensa alegría pascual.

Policlínico Gemelli, Roma, 13 de marzo, V domingo de Cuaresma, de 2005, vigésimo séptimo de Pontificado.

( www.vatican.va )

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CARDENAL F. X. NGUYEN VAN THUAN



MI ÚNICA FUERZA, LA EUCARISTÍA

“Alrededor de la Mesa Eucarística se realiza y se manifiesta la armoniosa unidad de la Iglesia , misterio de comunión misionera, en la que todos se sienten hijos y hermanos” (Juan Pablo II, Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud , 1997, n. 7).

“¿Pudo usted celebrar la misa en la cárcel? “, es la pregunta que muchos me han hecho innumerables veces. Y tienen razón: la Eucaristía es la más hermosa oración, es la cumbre de la vida cristiana. Cuando les respondo que sí, ya sé cuál es la pregunta siguiente: “¿Cómo consiguió encontrar pan y vino? “.

Cuando fui arrestado tuve que salir inmediatamente, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir y pedir las cosas más necesarias: ropa, pasta de dientes... Escribí a mi destinatario: “ Por favor, mandadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago “. Los fieles entendieron lo que eso significaba: me mandaron una botellita de vino de misa con una etiqueta que decía: “ medicina contra el dolor de estómago “, y las hostias las ocultaron en una antorcha que se usa para combatir la humedad. El policía me preguntó:

- ¿Le duele el estómago?

-Sí.

-Aquí hay un poco de medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: todos los días, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebraba la misa.

De todos modos, dependía de la situación. En el barco que nos llevó al norte celebraba la misa por la noche y daba la comunión a los prisioneros que me rodeaban. A veces tenía que celebrar cuando todos iban al baño, después de la gimnasia. En el campo de reeducación nos dividieron en grupos de 50 personas; dormíamos en camas comunes; cada uno tenía derecho a 50 cm . Nos las arreglamos para que estuvieran cinco católicos conmigo. A las 21:30 había que apagar la luz y todos debían dormir. Me encogía en la cama para celebrar la misa de memoria, y repartía la comunión pasando la mano bajo el mosquitero. Fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento. Llevaba siempre a Jesús eucarístico en el bolsillo de la camisa.

Recuerdo lo que escribí: “Tú crees en una sola fuerza: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre del Señor que te dará la vida. < He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia > “(Jn 10, 10). Como el maná aumentó a los israelitas en su viaje a la tierra prometida, así la Eucaristía te alimentará en tu camino de la esperanza (cf. Jn 6, 50)” (El camino de la esperanza, n. 983).

Cada semana tiene lugar una sesión de adoctrinamiento en la que debe participar todo el campo. Durante el descanso, mis compañeros católicos y yo aprovechamos para pasar un paquetito para cada uno de los otros cuatro grupos de prisioneros; todos saben que Jesús está en medio de ellos; El es el que cura todos los sufrimientos físicos y mentales. Durante la noche los presos se turnan en adoración; Jesús eucarístico ayuda inmensamente con su presencia silenciosa. Muchos cristianos vuelven al fervor de la fe durante esos días; hasta budistas y otros no cristianos se convierten. La fuerza del amor de Jesús es irresistible. La oscuridad de la cárcel se convierte en luz, la semilla germina bajo tierra durante la tempestad.

Ofrezco la misa junto con el Señor: cuando reparto la comunión me doy a mí mismo junto al Señor para hacerme alimento para todos. Esto quiere decir que estoy siempre al servicio de los demás.

Cada vez que ofrezco la misa tengo la oportunidad de extender las manos y de clavarme en la cruz de Jesús, de beber con Él el cáliz amargo.

Todos los días, al recitar y escuchar las palabras de la consagración, confirmo con todo mi corazón y con toda mi alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía (cf. 1 Cor. 11, 23-25).

Jesús empezó una revolución en la cruz. Vuestra revolución debe empezar en la mesa eucarística, y de allí debe seguir adelante. Así podréis renovar la humanidad.

He pasado nueve años aislado. Durante ese tiempo celebro la misa todos los días hacia las 3 de la tarde, la hora en que Jesús estaba agonizan do en la cruz. Estoy solo, puedo cantar mi misa como quiera, en latín, francés, vietnamita... Llevo siempre conmigo la bolsita que contiene el Santísimo Sacramento; “Tú en mí, y yo en Ti “. Han sido las misas más bellas de mi vida.

Por la noche, entre las 9 y las 10, realizo una hora de adoración, canto Lauda Sion, Pange Lingua, Adoro Te , Te Deum y cantos en lengua vietnamita, a pesar del ruido del altavoz, que dura desde las 5 de la mañana hasta las 11:30 de la noche. Siento una singular paz de espíritu y de corazón, el gozo y la serenidad de la compañía de Jesús, de María y de José. Canto Salve Regina , Salve Mater , Alma Redemptoris Mater , Regina coelí ... en unidad con la Iglesia universal. A pesar de las acusaciones y las calumnias contra la Iglesia , canto Tu es Petrus , Oremus pro Pontifice nostro , Christus vincit ... Como Jesús calmó el hambre de la multitud que lo seguía en el desierto, en la Eucaristía El mismo continúa siendo alimento de vida eterna.

En la Eucaristía anunciamos la muerte de Jesús y proclamamos su resurrección. Hay momentos de tristeza infinita. ¿Qué hacer entonces? Mirar a Jesús crucificado y abandonado en la cruz. A los ojos humanos, la vida de Jesús fracasó, fue inútil, frustrada, pero a los ojos de Dios, Jesús en la cruz cumplió la obra más importante de su vida, porque derramó su sangre para salvar al mundo. ¡Qué unido está Jesús a Dios en la cruz, sin poder predicar, curar enfermos, visitar a la gente y hacer milagros, sino en inmovilidad absoluta!

Jesús es mi primer ejemplo de radicalismo en el amor al Padre y a los hombres. Jesús lo ha da do todo: “ Nos amó hasta el extremo “ (Jn 13, 1), hasta el “ Todo está cumplido “ (Jn 19, 30). Y el Padre amó tanto al mundo “ que dio a su Hijo unigénito “ (Jn 3, 16). Darse todo como un pan para ser comido “por la vida del mundo” (Jn 6, 51).

Jesús dijo: “ Siento compasión de la gente “ (Mt 15, 32). La multiplicación de los panes fue un anuncio, un signo de la Eucaristía que Jesús instituiría poco después.

Queridísimos jóvenes, escuchad al Santo Padre: “Jesús vive entre nosotros en la Eucaristía... Entre las incertidumbres y distracciones de la vida cotidiana, imitad a los discípulos en el camino hacia Emaús... Invocad a Jesús, para que en los caminos de los tantos Emaús de nuestro tiempo, permanezca siempre con vosotros. Que Él sea vuestra fuerza, vuestro punto de referencia, vuestra perenne esperanza “ (Juan Pablo II, Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud , 1997, n. 7).

(Cardenal F. X. Nguyen Van Thuan, Cinco panes y dos peces , Ed. Ciudad Nueva, 2ª Ed. Buenos Aires, 2001, Pág. 40-45)

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EJEMPLOS PREDICABLES

El Sacrificio de la MISA según los santos

El santo cura de Ars, San Juan María Vianney: “Si conociéramos el valor de La Santa Misa nos moriríamos de alegría”.

San Anselmo : “Una sola Misa ofrecida y oída en vida con devoción, por el bien propio, puede valer más que mil misas celebradas por la misma intención, después de la muerte”.

Santo Tomás de Aquino: “La celebración de la Santa Misa tiene tanto valor como la muerte de Jesús en la Cruz “.

San Francisco de Asís: “El hombre debería temblar, el mundo debería vibrar, el Cielo entero debería conmoverse profundamente cuando el Hijo de Dios aparece sobre el altar en las manos del sacerdote”.

Santa Teresa de Jesús: “Sin la Santa Misa, ¿que sería de nosotros? Todos aquí abajo pereceríamos ya que únicamente eso puede detener el brazo de Dios. Sin ella, ciertamente que la Iglesia no duraría y el mundo estaría perdido sin remedio”.

En cierta ocasión, Santa Teresa se sentía inundada de la bondad de Dios. Entonces le hizo esta pregunta a Nuestro Señor: “Señor mío, ¿cómo os podré agradecer?” Nuestro Señor le contestó: “ASISTID A UNA MISA”.

San Alfonso de Ligorio: “El mismo Dios no puede hacer una acción más sagrada y más grande que la celebración de una Santa Misa”".

Padre Pío de Pieltrecina: “Sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol, que sin la Santa Misa. La Misa es infinita como Jesús... pregúntenle a un Ángel lo que es la misa, y El les contestará, en verdad yo entiendo lo que es y por qué se ofrece, mas sin embargo, no puedo entender cuánto valor tiene. Un Ángel, mil Ángeles, todo el Cielo, saben esto y piensan así".

San Lorenzo Justino: “Nunca lengua humana puede enumerar los favores que se correlacionan al Sacrificio de la Misa. El pecador se reconcilia con Dios; el hombre justo se hace aún más recto; los pecados son borrados; los vicios eliminados; la virtud y el mérito crecen, y las estratagemas del demonio son frustradas”.

San Leonardo de Porto Mauricio: “Oh gente engañada, qué están haciendo? Por qué no se apresuran a las iglesias a oír tantas Misas como puedan? ¿Por qué no imitan a los ángeles, quienes cuando se celebra una Misa, bajan en escuadrones desde el Paraíso y se estacionan alrededor de nuestros altares en adoración, para interceder por nosotros?”.

También: “Yo creo que sí no existiera la Misa, el mundo ya se hubiera hundido en el abismo, por el peso de su iniquidad. La Misa es el soporte poderoso que lo sostiene”.

Y también decía: “una misa antes de la muerte puede ser más provechosa que muchas después de ella”.

San Felipe Neri: “Con oraciones pedimos gracia a Dios; en la Santa Misa comprometemos a Dios a que nos las conceda”.

Santo Cura de Ars: “Sí supiéramos el valor del Santo Sacrificio de la Misa, qué esfuerzo tan grande haríamos por asistir a ella”. “Qué feliz es ese Ángel de la Guarda que acompaña al alma cuando va a Misa”. “ La Misa es la devoción de los Santos".

San Pedro Julián Eymard: “Sepan, oh Cristianos, que la Misa es el acto de religión más sagrado. No pueden hacer otra cosa para glorificar más a Dios, ni para mayor provecho de su alma, que asistir a Misa devotamente, y tan a menudo como sea posible”. En su último sermón dijo: “Tenemos la Eucaristía: ¿Qué más queréis?”. Y en su lecho de muerte repitió: “¿Por qué lloráis? Tenéis la Eucaristía; eso basta”.

San Bernardo: “Uno obtiene más mérito asistiendo a una Santa Misa con devoción, que repartiendo todo lo suyo a los pobres y viajando por todo el mundo en peregrinación”.

San Francisco Javier Bianchi: “Cuando oigan que yo no puedo ya celebrar la Misa , cuéntenme como muerto”.

San Buenaventura: “La Santa Misa es una obra de Dios en la que presenta a nuestra vista todo el amor que nos tiene; en cierto modo es la síntesis, la suma de todos los beneficios con que nos ha favorecido”.

San Gregorio el Grande: “El sacrificio del altar será a nuestro favor verdaderamente aceptable como nuestro sacrificio a Dios, cuando nos presentamos como víctimas”.

Cuando Santa Margarita María Alacoque asistía a la Santa Misa , al voltear hacia el altar, nunca dejaba de mirar al Crucifijo y las velas encendidas. ¿Por qué? Lo hacía para imprimir en su mente y su corazón, dos cosas: El Crucifijo le recordaba lo que Jesús había hecho por ella; las velas encendidas le recordaban lo que ella debía hacer por Jesús, es decir, sacrificarse consumirse por El y por las almas.

San Andrés Avellino : “No podemos separar la Sagrada Eucaristía de la Pasión de Jesús”.

San Pío X al permitir la comunión para los niños: “Habrá niños santos”

DOMINGO SAVIO ES ADMITIDO A LA PRIMERA COMUNIÓN (PREPARACIÓN, RECOGIMIENTO Y RECUERDOS DE AQUEL DÍA)

Nada faltaba a Domingo para que fuese admitido a la primera comunión. Sabía ya de memoria el pequeño catecismo, tenía conocimiento suficiente de este augusto sacramento y ardía en deseos de recibirle. Sólo se oponía la edad, puesto que en las aldeas no se admitía, por lo regular, a los niños a la primera comunión sino a los once años cumplidos, y Domingo apenas tenía siete, aparentando tener menos aún a causa de su pequeña corpotura. Vacilaba, pues, el capellán en complacerle; pero, habiéndose aconsejado con otros sacerdotes, y después de ponderar el entendimiento precoz, la instrucción y los ardientes deseos del niño, dejando aparte toda dificultad, le admitió a participar por vez primera del pan de los ángeles.

Indecible fue el gozo de que esta noticia inundó su corazón, Corrió a su casa y la anunció con alegría a su madre. Desde aquel momento pasaba días enteros en rezar y en leer buenos libros y estábase largos ratos en la iglesia antes y después de la misa, pareciendo que su alma habitaba ya con los ángeles del cielo.

La víspera del día señalado para la comunión fue a su madre y le dijo:

-”Mamá, mañana voy a hacer mi primera comunión; perdóneme usted todos los disgustos que le he dado en lo pasado; yo le prometo portarme muy bien de hoy en adelante, ser aplicado en la escuela, obediente, dócil y respetuoso a todo lo que usted me mande”.

Y dicho esto, se echó a llorar. La madre, que de él había recibido sólo consuelos, sintióse enternecida y, conteniendo a duras penas las lágrimas, le consoló diciéndole:

-”Vete tranquilo, querido Domingo, pues todo te está perdonado; pide a Dios que te conserve siempre bueno y ruega también por mí y por tu padre”.

La mañana de aquel día memorable se levantó muy temprano y, vestido de su mejor traje, se fue a la iglesia; pero como la encontrara cerrada, se arrodilló en el umbral de la puerta y se puso a rezar, según su costumbre, hasta que, llegando otros niños, abrieron la puerta. Con la confesión, la preparación y acción de gracias, la función duró cinco horas. Domingo fue el primero que entró en la iglesia y el último que salió de ella. En todo ese tiempo no sabía si estaba en el cielo o en la tierra. Aquel día fue siempre memorable para él, y puede considerarse como verdadero principio o, más bien, continuación de una vida que puede servir de modelo a todo fiel cristiano.

Algunos años después, hablándome de su primera comunión, se animaba aún su rostro con la más viva alegría.

- “¡Ah!-solía decir-, fue aquél el día más hermoso y más grande de mi vida”.

Escribió en seguida algunos recuerdos, que conservó cuidadosamente en su devocionario y leía a menudo. Vinieron después a mis manos, y los incluyo aquí con toda la sencillez del original. Eran del tenor siguiente:

“Propósitos que yo, Domingo Savio, hice en el año 1849 cuando hice mi primera comunión a los siete años de edad:

1º- Me confesaré muy a menudo y recibiré la sagrada comunión siempre que el confesor me lo permita.

2º- Quiero santificar los días de fiesta.

3º- Mis amigos serán Jesús y María.

4º- Antes morir que pecar.”

Estos recuerdos, que repetía a menudo, fueron la norma de todos sus actos hasta el fin de su vida.

Si entre los lectores de este libro se hallase alguno que no hubiera aún recibido la primera comunión, yo le rogaría encarecidamente que se propusiera imitar a Domingo Savio. Recomiendo sobre todo a los padres y madres de familia y a cuantos ejercen alguna autoridad sobre la juventud que den la mayor importancia a este acto religioso. Estad persuadidos de que la primera comunión bien hecha pone un sólido fundamento moral para toda la vida. Difícil será encontrar persona alguna que habiendo cumplido bien tan solemne deber, no haya observado buena y virtuosa vida. Por el contrario, cuéntanse a millares los jóvenes díscolos que llenan de amargura y desolación a sus padres, y, si bien se mira, la raíz del mal ha estado en la escasa o ninguna preparación con que han hecho su primera comunión. Mejor es diferirla o no hacerla, que hacerla mal.

Dos Bosco hizo su primera comunión a los diez años, y D. Cafasso a los trece, a pesar de que era de todos conocida su vida angelical y su instrucción religiosa. Por el contrario, el capellán de Murialdo fue esta vez contra la corriente, admitiendo a Domingo Savio a la sagrada mesa a los siete años; pero así entraba en el espíritu del cristianismo, que puso en vigor Pío X con su decreto de 10 de agosto de 1910. Establece el Sumo Pontífice que la edad de la discreción para la primera comunión se manifiesta cuando el niño sabe distinguir el pan eucarístico del pan común o material.

Acerca de los propósitos que tomó entonces Domingo, escribe Salotti (Domingo Savio [Turín S. E. I.] p. l8) “Son el más luminoso patrimonio que ha podido dejar en herencia a nuestra juventud.” Particularmente aquel “¡Antes morir que pecar!” ha tomado ya carta de naturaleza entre las frases célebres que han pasado a la Historia.

El pedir perdón a los padres la noche antes de la primera comunión era costumbre corriente en todas las familias cristianas de entonces,

El cardenal Cagliero, que hizo su tercera Pascua en Castelnuovo, su tierra, cuando allí mismo hizo Domingo Savio la primera, hace resaltar en los procesos (SP 133) la admiración de sus conciudadanos “…ante la devoción con que en la Pascua de 1849 hizo él su primera comunión, ya por su compostura, ya por su piedad y devoción como por su edad de siete años”.

(Rodolfo Fierro S.D.V., Biografía y escritos de Don Bosco, B.A.C. 1955, pag. 777 - 779)