Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia ORACIÓN ANTE EL SANTÍSIMO

 

ORACIÓN ANTE EL SANTÍSIMO

EN TORNO A LA FIESTA DEL CORPUS

 

1. Exposición del Santísimo

El ministro coloca el copón o la custodia encima del altar (mejor que en el trono o expositorio, para evidenciar la relación de este acto de culto con la misa): eso sí, en modo visible, con luces y flores en torno. Si es en la custodia, puede incensar al Señor sacramentado. Esta exposición es mejor hacerla sin canto: con música de órgano, por ejemplo.

2. Monición e invocación

Hoy, en la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo (o en la víspera...), hemos celebrado (o celebraremos) la Eucaristía, donde participamos plenamente del don que Cristo Jesús nos hace de sí mismo. Él ha querido ser nuestro alimento para el camino.

Pero ahora vamos a dedicar nuestra oración (del Oficio de Lecturas, o de Vísperas) a meditar en lo que es ese don de Cristo y a alabarle por lo que la Eucaristía significa en nuestras vidas. Dispongámonos con fe y alegría a escuchar la palabra de Dios y a cantarle nuestras alabanzas.

V/. Dios mío, ven en mi auxilio. 
R/ Señor...

Gloria al Padre... Aleluya.

3. Himno

Se entona un himno con temática eucarística, con varias estrofas.

De entre los latinos, tienen particular sentido para hoy el "Pange Lingua", "Lauda Sion", "Adoro te devoto", "Ubi charitas", "Tantum ergo"..

De entre los castellanos, aquellos himnos que sean traducción de los anteriores. O bien: "Tú eres, Señor, el Pan de vida", "Fiesta del banquete", "Quédate con nosotros", "Señor, ¿a quién iremos?", "Alrededor de tu mesa", "Cantemos al amor de los amores", "De rodillas, Señor, ante el Sagrario", "Una espiga dorada"...

4. Salmodia

Monición.

Con el primer salmo que vamos a cantar, alabamos al Señor porque es nuestro Pastor. Hoy con mayor motivo podemos alabarle, cuando nuestra atención está centrada en Cristo Jesús en su sacramento de la Eucaristía. ÉL es nuestro verdadero Pastor, que "repara nuestras fuerzas", nos acompaña en nuestro camino y prepara una mesa magnifica ante nosotros: su propio Cuerpo y Sangre, alimento para el camino.

Canto del Salmo 22: El Señor es mi pastor

Oración sálmica.

Señor, ¿a quién iremos si tú eres nuestro Pastor y nos conduces hacia las fuentes verdaderas? ¿cómo vamos a desfallecer, si tú preparas una mesa ante nosotros como la de la Eucaristía? Te damos gracias y te alabamos llenos de alegría, porque tu bondad y tu misericordia nos acompañan todos los dias de nuestra vida. Sigue reparando nuestras fuerzas, Señor, con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, para que lleguemos a gozar contigo por años sin término. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

Monición.

El salmo 41, "como busca la cierva corrientes de agua", es la oración de un levita desterrado que añora el Templo de Jerusalén y el culto que allí se celebraba. A nosotros, en nuestro camino de cada dia, que puede tener momentos de dificultad, Dios nos ha dado en la Eucaristía el mejor consuelo y alimento. Pueden venir dias en que "las lágrimas son nuestro pan" o en que irónicamente se nos diga "¿dónde está tu Dios?". Podemos responder siempre: aquí, en la Eucaristía, es donde Cristo Jesús nos muestra de modo más admirable su cercanía salvadora. Él nos repite su invitación: el que tenga sed, que venga a mi y beba en la fuente de la eternidad.

Canto (o recitación lenta) del Salmo 41: Como busca la cierva

Oración sálmica.

Señor, nuestra alma tiene sed de ti, y te busca. No permitas que la angustia y las dificultades de la vida ahoguen nuestra confianza en ti. Tú que has mostrado tu amor al enviarnos a tu Hijo y al darnos en su Cuerpo y en su Sangre el alimento de vida eterna, acepta nuestra alabanza y sigue derramando sobre nosotros en todo momento tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Monición.

Si Dios salvo a Israel de la esclavitud, como canta este salmo 80 que ahora rezaremos; nosotros tenemos más motivos de alegría, porque Cristo Jesús no sólo quiso morir en la cruz para salvarnos, sino que en la Eucaristía nos comunica su salvación y su misma vida. Aclamemos, pues, con fuerza al Señor, porque él "nos alimento con flor de harina, nos sació con miel silvestre": porque en la Eucaristía nos da el alimento de la vida eterna.

Canto (o recitación lenta) del Salmo 80: Aclamad al Señor, nuestra fuerza.

Oración sálmica.

Nuestros mejores cantos para ti, Señor, porque nos has mostrado continuamente tu misericordia, liberándonos de la esclavitud y retirando de nuestros hombros la carga. Y a pesar de que tantas veces hemos adorado a ídolos falsos, tú nos ofreces siempre de nuevo tu alianza. Sigue siendo, Señor, nuestro Dios y Salvador, para que, venciendo con tu ayuda las tentaciones del camino, podamos llegar a gozar eternamente contigo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Otros salmos posibles: 33, Bendigo al Señor en todo momento; 77, Escucha, pueblo mío, mi enseñanza; 102, Gustad y ved qué bueno es el Señor...

5. Lectura bíblica: Exodo 24,1-11

Monición.

La Eucaristía es una comida sacramental en la que participamos de la segunda y definitiva alianza, La que Cristo nos mereció a todos en la cruz.

Pero antes hubo otra alianza: la que Dios estableció con su pueblo Israel. Escuchemos cómo nos cuenta el libro del Éxodo el gran acontecimiento que tuvo lugar al pie del monte Sinaí, a la salida de Egipto. La sangre de animales selló esta alianza entre Dios y el pueblo: Yahvé, representado en la gran piedra que servia de altar, y las doce tribus de Israel, en las doce piedras más pequeñas. Esta alianza del Antiguo Testamento fue figura de la que luego sellaría Jesús con su propia Sangre, y de la que participamos en la Eucaristía.

Otras lecturas posibles: 1 Reyes 19,1-8 (Elías en el desierto), Deuteronomio 8, 1-10 (Israel alimentado en el desierto); 1 Corintios 11, 17-34 (la Eucaristía exige caridad fraterna)...

6. Responsorio breve

Antífona cantada: Tú eres, Señor, el pan de vida.

V/ Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Antífona cantada: Tú eres, Señor, el pan de vida.

V/ Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre.

Antífona cantada: Tú eres, Señor, el pan de vida.

 

7. Lectura eclesiástica

Se puede leer el comentario que Santo Tomás de Aquino hace a la fiesta del Corpus: se encuentra en el Oficio de Lecturas del día. Aquí proponemos otros dos textos posibles: uno de la encíclica de Pablo VI "Mysterium Fidei", de 1965, sobre las diferentes presencias de Cristo en su comunidad; otro de la carta de Juan Pablo II "Dominicae Coenae", de 1980, sobre el culto al misterio eucarístico.

I

De la encíclica "Mysterium Fidel" de Pablo VI, sobre la presencia de Cristo a su comunidad.

Bien sabemos todos que no es única la manera como Cristo está presente en su Iglesia. Resulta útil recordar algo más por extenso esta bellísima verdad que la Constitución de Liturgia expuso brevemente en el Concilio Vaticano II (SC 7).

Presente está Cristo en su Iglesia orante, siendo él quien "ora por nosotros, ora en nosotros y a él oramos: ruega por nosotros como sacerdote nuestro, ruega en nosotros como cabeza nuestra, y a él rogamos como a nuestro Dios" (S. Agustín)..

Y él mismo prometió: "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20).

Presente está Cristo en su Iglesia cuando esta ejerce las obras de misericordia, no sólo porque cuando hacemos algún bien a uno de sus hermanos pequeños se lo hacemos al mismo Cristo (Mt 25,40), sino también porque es Cristo quien realiza estas obras por medio de nosotros, y socorre así continuamente a todos los hombres con su divina caridad.

Presente está en su Iglesia peregrina, que anhela llegar al puerto de la vida eterna, ya que él habita en nuestros corazones por la fe y difunde en ellos la caridad por obra del Espiritu Santo que nos da.

De otra forma, muy verdadera también, está presente en su Iglesia que predica, ya que el evangelio que se anuncia es la Palabra de Dios, y solamente en su nombre, con la autoridad y con la asistencia de Cristo, Verbo de Dios encarnado, se anuncia, a fin de que haya una sola grey segura en virtud de un solo pastor.

Presente está en su Iglesia que rige y gobierna al pueblo de Dios, puesto que la sagrada potestad deriva de Cristo, y Cristo, pastor de los pastores, asiste a los que la ejercitan, según la promesa hecha a los apóstoles.

Además, de modo aún más sublime está presente Cristo en su Iglesia que ofrece en su nombre el sacrificio de la Misa y administra los Sacramentos. Nadie ignora que los Sacramentos son acciones de Cristo, el cual los administra por medio de los hombres.

Estas varias maneras de presencia llenan el espíritu de asombro y ofrecen a la contemplación el misterio de la Iglesia.

Pero es verdaderamente sublime el modo con el que Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía. Tal presencia se llama "real", no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, ya que es sustancial, y por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro.

Y la Iglesia católica profesa a esta presencia sacramental de Cristo un culto de adoración, no sólo durante la Misa, sino también fuera de la celebración, conservando con la mayor diligencia las especies consagradas, presentándolas a la solemne veneración de los fieles cristianos, llevándolas en procesión con alegría de la multitud del pueblo. Es un culto que representa una prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo Nuestro Señor, el verdadero Dios-con-nosotros, el centro espiritual de la comunidad religiosa y parroquial, más aún, de la Iglesia universal.

II

De la carta de Juan Pablo II sobre el culto a la Eucaristía.

El culto al misterio eucarístico está dirigido a Dios Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.

Ante todo al Padre, como afirma el evangelio de san Juan: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna".

Se dirige también en el Espiritu Santo al Hijo encarnado, sobre todo en aquel momento de entrega suprema y de abandono total de sí mismo, al que se refieren las palabras pronunciadas en la última cena: esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros... éste es el cáliz de mi Sangre, derramada por vosotros. La aclamación litúrgica: "Anunciamos tu muerte", nos hace recordar aquel momento. Al proclamar a la vez su resurrección, abrazamos en el mismo acto de veneración a Cristo resucitado y glorificado a la derecha del Padre, así como la perspectiva de su venida con gloria. Sin embargo es su anonadamiento voluntario, agradable al Padre y glorificado con la resurrección, lo que, al ser celebrado sacramentalmente junto con la resurrección, nos lleva a la adoración del Redentor que se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

Esta adoración nuestra contiene otra característica particular: está compenetrada con la grandeza de esa Muerte Humana, en la que el mundo, es decir, cada uno de nosotros, es amado hasta el fin. Así pues, esta adoración es una respuesta que quiere corresponder a aquel Amor inmolado que llega hasta la muerte en la cruz: es nuestra "eucaristía", es decir, nuestro agradecimiento, nuestra alabanza por habernos redimido con su muerte y hecho participes de su vida inmortal mediante su resurrección.

Tal culto, tributado así a la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu, acompaña y se enraiza ante todo en la celebración de la liturgia eucarística. Pero debe asimismo llenar nuestros templos, incluso fuera del horario de las misas. En efecto, dado que el misterio eucarístico ha sido instituido por amor y nos hace presente sacramentalmente a Cristo, es digno de acción de gracias y de culto. Este debe manifestarse en todo encuentro nuestro con el Santísimo Sacramento, tanto cuando visitamos las iglesias como cuando las sagradas Especies son llevadas o administradas a los enfermos.

La adoración a Cristo en este sacramento de amor debe encontrar expresión en diversas formas de devoción eucarística: plegarias personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales, bendiciones eucarísticas, procesiones, congresos... A este respecto merece una mención particular la solemnidad del Corpus Christi.

La animación y robustecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto y de la que es punto central. La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico.

8. Responsorio breve

Antífona cantada: Por siempre yo cantaré tu nombre, Señor.

V/ Reconoced en el pan lo que estuvo colgado en la cruz. En el cáliz, lo que manó del costado. Tomad, pues, y comed el Cuerpo de Cristo. Tomad y bebed la Sangre de Cristo. Asi os convertís, vosotros, en miembros de Cristo.

Antífona cantada: Por siempre yo cantaré tu nombre, Señor. .

V/ Para que no viváis separados, comed al que es vínculo de vuestra unión. Para que no os estiméis en poco, bebed vuestro precio.

Antífona cantada: Por siempre yo cantaré tu nombre, Señor. .

9. Homilía

10. Himno de alabanza a Cristo en la Eucaristía

Mientras el ministro inciensa al Señor Sacramentado, se puede cantar otro de los cantos señalados al principio.

11. Bendición con el Santísimo

12. Oración conclusiva

Señor Jesucristo
que, en este sacramento admirable,
nos dejaste el memorial de tu Pasión.
Te pedimos nos concedas
venerar de tal modo los sagrados misterios
de tu Cuerpo y de tu Sangre,
que experimentemos constantemente en nosotros
el fruto de tu redención.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

13. Reserva

Se puede cantar una breve aclamación: "Gustad y ved", "Cantaré eternamente"...