MEDITACIÓN
LITÚRGICA
Veneramos hoy los sagrados misterios del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. ¡Admirable! Con y por ellos debemos experimentar el fruto de la redención. El trasfondo que ilumina el sermón del Pan de vida es el prodigio del maná que, cada día, era providencia de Dios sobre el pueblo elegido. La Eucaristía, don de Dios, nos enseña a valorar que el hombre no sólo vive del pan humano, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. Y nos asegura el socorro especial del Señor en la travesía del desierto de la vida: nos da mucho más que maná, puesto que nos regala con la Eucaristía. Cristo comunión hace de la Iglesia una comunión que supone lazos estrechos entre sus miembros. Comer la carne del Señor y beber su sangre es habitar en él y él en nosotros.
-El pan vivo
El discurso sobre el pan de vida hace resonar la revelación del nombre de Dios: "Yo soy". Expresión que profundizó el pueblo de Israel a lo largo de su periplo y que obtiene luz meridiana en Cristo, el Salvador del mundo. Ahora, desde la plenitud de la historia sagrada, es diáfano el mensaje oído por Moisés en la visión teofánica de la zarza ardiente sin consumirse.
En este aspecto la Eucaristía es una providencia especial. El mismo Cristo es el pan vivo bajado del cielo y quien coma de él verá cumplido el anhelo de tener vida para siempre. Este pan es pan dado, en tanto que memorial de la carne del Señor entregada en la cruz para la salvación del mundo. La Eucaristía implica conexión con la muerte y la resurrección del Verbo humanado. Hecho capital de nuestra salvación, cuya gracia es puesta a nuestro alcance por este sacramento de una manera especial.
La Eucaristía es un misterio. Escandalizó a algunos de los oyentes de Jesús. Pero no a nosotros que nos fiamos totalmente de la palabra de Jesús, porque sabemos que, como Hijo de Dios, no nos engaña ni puede engañarnos. En la Eucaristía está el alimento de nuestra vida. Cristo mismo, realmente presente en ella, nos da la vida eterna y la prenda de la resurrección. Agradecemos el don eucarístico y adoramos al Señor presente en él. Corpus quiere subrayar el aspecto de la presencia real de Cristo en el sacramento de los sacramentos.
-El alimento del desierto
Israel debía recordar su peregrinación por el desierto. Estuvo llena de penalidades, pero también de providencia divina. Ésta se manifestó especialmente en el maná, el cuaL a su vez, era enseñanza de que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. El recuerdo, agradecido, debe hacer que los israelitas no olviden a su Dios al establecerse en la seguridad que da el paso del nomadismo al sedentarismo.
La exhortación vale para nosotros que peregrinamos por el desierto de la vida. No nos faltan dificultades. Pero tampoco una ayuda especial de Dios, incomparablemente mayor que el maná. El mismo Cristo deviene, por la Eucaristía, nuestro alimento. De aquí que la realidad eucarística es memorial de la fuerza de Dios a favor nuestro. Tal memorial implica un no olvidarse nunca de Dios, sino un mantener viva la actitud de agradecimiento en la fidelidad a la nueva Alianza, a pesar de todas las ventajas que ofrece la civilización y que podrían absolutizar el corazón del hombre. Repase cada uno los favores que Dios le ha hecho. La Eucaristía es culminación de acción de gracias, en tanto que memorial de la redención, el mayor de los favores que todos y cada uno hemos recibido. Recordar como la comunión eucarística exige una Iglesia de comunión.
-Una plegaria: Recitar la secuencia de la presente solemnidad
- Leer entero Jn 6.
- Repasar el comentario del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la petición del Padre nuestro «Danos hoy nuestro pan de cada día» (números 2828-2837).
J.
GUITERAS
ORACIÓN DE LAS HORAS
1993/05.Pág. 230 s.