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H O M I L Í A S 

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FIESTA DEL
CORPUS CHRISTI

CICLO A

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He aquí una exhortación al pueblo para que cumpla los mandamientos de Dios. El predicador trae a la memoria de todo el pueblo la experiencia fundamental de los 40 años por el desierto, camino de la tierra prometida. Pero estos acontecimientos del pasado histórico de Israel los interpreta como un proceso educativo bajo la dirección sapientísima de Dios, que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Por lo tanto, la historia de la liberación coincide con la historia de la educación y de la formación de Israel. Por eso es importante recordarla en todo momento; pues, si Israel se olvida de la educación recibida en el desierto, caerá de nuevo en las viejas esclavitudes. La lección del desierto es ésta: que Israel vive de la palabra de Dios. En la abundancia y en la escasez, lo que hace sobrevivir al pueblo es siempre la obediencia al Señor.

Cuando el autor escribe estas palabras -que él atribuye a Moisés- el pueblo de Israel vive ya tranquilamente en la tierra que le había sido prometida, una tierra que mana leche y miel.

Pero la fertilidad de la tierra y la tierra misma se pueden perder. La única posibilidad de supervivencia sigue siendo para Israel la confianza en Dios y en el acatamiento de su voluntad. Desde la nueva situación de prosperidad y de abundancia relativa, el desierto es para Israel una realidad terrible, felizmente lejana; sin embargo, la nueva situación es mucho más peligrosa en cuanto favorece el sentimiento de autosuficiencia y lleva al olvido del Señor, que sacó al pueblo de la esclavitud y le dio de comer y beber en el desierto. El predicador ve este peligro y avisa la conciencia del pueblo con el recuerdo de sus orígenes.

Para el pueblo de Israel el maná (figura de la Eucaristía) fue el pan que alimentó su marcha por el desierto. Era un pan que bajaba del cielo y no lo conocían. Aquel pan no daba la vida; los que lo comían terminaban muriéndose también.

La Eucaristía es el alimento del pueblo de Dios que peregrina en este mundo. Es el pan del cielo, la carne y sangre del Hijo que genera la vida más allá de la muerte. Precisamente este pan es también el viático con el que todo cristiano se equipa para realizar el paso de este mundo al Padre. El viático da al cristiano la garantía de que su muerte no será término, sino tránsito a la vida y exigencia de resurrección.

San Pablo destaca la exigencia de unidad que brota de la Eucaristía. Todos los que comulgan del cuerpo y la sangre de Cristo se hacen con él un solo cuerpo. La unidad de alimento produce también unidad entre los miembros de la comunidad, que lo asimila. De ello deriva la exigencia de unidad entre los miembros de la comunidad cristiana. La consecuencia que fluye también es la de compartir los bienes espirituales y materiales en una verdadera caridad fraterna. Las diferencias que humillan a unos hermanos, al lado de los demás, contradicen el amor a Cristo y la unidad entre los miembros de la comunidad.

Por eso hoy es día de verdadera revisión comunitaria frente al mandato de la caridad, que dimana de la Eucaristía.

«El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan». Para San Agustín, estos versículos constituían uno de los centros de su teología; sus homilías de la noche de Pascua son una exégesis de estas palabras. Comiendo del mismo pan nos transformamos en aquello que comemos. Este pan -dice el Santo en las Confesiones- es el alimento de los fuertes. Los alimentos normales son menos fuertes que el hombre, y, en último término, su finalidad es ésta: ser asimilados por el organismo de quien los come. Pero este alimento es superior al hombre, es más fuerte que él; por ello, su finalidad es diametralmente distinta: el hombre es asimilado por Cristo, se hace pan como él: «Unus panis, unum corpus sumus multi». La consecuencia es evidente: la Eucaristía no es un diálogo entre dos solamente; no es un encuentro privado entre Cristo y yo: la comunión eucarística es una transformación total de mi vida. Esta comunión dilata el yo del hombre y crea un nuevo «nosotros». La comunión con Cristo es también y necesariamente comunicación con todos los «suyos»; así, yo me convierto en parte de este pan nuevo que El crea en la transustanciación de los seres terrenos.

Cuando la comunión se entiende sólo como «mi comunión», asunto privado entre Jesús y mi alma, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia se desintegra: cada uno come su propio pan, y éste ya no es el «pan que partimos». La comunión sólo es auténtica cuando no se privatiza y se apropia, cuando comulgar con Cristo significa también comulgar con los hermanos, más aún, con todos los hombres: recibimos un cuerpo que se entrega por nosotros y por todos los hombres. El que comulga se compromete con Cristo y con los que son de Cristo, como un solo hombre, en el sacrificio de Cristo, en la salvación del mundo.

Un escritor francés dijo: «No se puede creer impunemente», es decir, no se puede creer sin que tenga consecuencias en nuestra vida. Y podríamos decir también hoy: no se puede celebrar la Eucaristía impunemente, no podemos comulgar en el Cuerpo y la Sangre de Jesús sin que tenga consecuencias en nuestra vida.

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