SEGUNDA LECTURA
Las comunidades cristianas, cuando se reúnen para celebrar la Eucaristía, poseen una clave de liberación humana: la sangre de Cristo resucitado. Ahora bien, de ellas depende el que, en un momento dado, esta sangre no haya sido derramada en vano, o sea cuando se inhiben de los diversos procesos de liberación humana.
Lectura
de la carta a los Hebreos 9,11-1.5.
Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.
No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.
Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa; cuánto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.
Por eso él es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.
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