SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
Heb 9,11-15: El sacrificio verdadero y perfecto
Así, pues, el verdadero sacrificio es toda obra buena hecha para unirnos a Dios en santa alianza, es decir, referido a la meta de aquel bien que puede hacernos de verdad felices. Y así, aun la misericordia con que se socorre al hombre, si no se hace por Dios, no es sacrificio. Pues aunque sea hecho u ofrecido por el hombre, el sacrificio es una obra divina. Tal es el significado que aun los latinos antiguos dieron a esta palabra. De ahí viene que el mismo hombre, consagrado en nombre de Dios y ofrecido a Dios, en cuanto muere al mundo a fin de vivir para Dios, es sacrificio. Pues esto pertenece a la misericordia que cada uno practica para consigo mismo. Por eso está escrito: Compadécete de tu alma haciéndola agradable a Dios (Eclo 30,24). También es sacrificio el castigo que infligimos a nuestro cuerpo por la templanza, si, como debemos, lo hacemos por Dios, a fin de no usar de nuestros miembros como arma de iniquidad para el pecado, sino como arma de justicia para Dios.
Exhortándonos a esto, dice el Apóstol: Por ese cariño de Dios os exhorto, hermanos, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico. Si el cuerpo, pues, de que usa el alma como un siervo inferior o como un instrumento, cuando su uso bueno y recto se refiere a Dios, es sacrificio, ¡cuánto más se hará sacrificio el alma misma cuando se refiere a Dios, para que, encendida en el fuego de su amor, pierda la forma de la concupiscencia del siglo, y se reforme como sometida a la forma inconmutable, resultándole así agradable por ser iluminada de su hermosura! Esto mismo añade el Apóstol de inmediato: Y no os amoldéis a este mundo, sino id transformándoos con la nueva mentalidad para ser vosotros capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente, lo acabado (Rom 12,1-2).
Los verdaderos sacrificios son, pues, las obras de misericordia, sea para con nosotros mismos, sea para con el prójimo; obras de misericordia que no tienen otro fin que librarnos de la miseria y así ser felices; lo cual no se consigue sino con aquel bien, del cual está escrito: Para mí lo bueno es adherirme a Dios (Sal 72,28). De aquí se sigue ciertamente que toda la ciudad redimida, o sea la congregación y sociedad de los santos, se ofrece a Dios como un sacrificio universal por medio del gran Sacerdote, que en forma de siervo se ofreció a sí mismo por nosotros en su pasión, para que fuéramos miembros de tal Cabeza; según ella es nuestro mediador, en ella es sacerdote, en ella es sacrificio.
Para eso nos exhortó el Apóstol a ofrecer nuestros propios cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, como nuestro culto auténtico, y a no amoldarnos a este mundo, sino a irnos transformando con la nueva mentalidad; y para demostrarnos cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo conveniente y agradable, ya que el sacrificio total somos nosotros, dice: En virtud del don que he recibido, aviso a cada uno de vosotros, sea quien sea, que no se tenga en más de lo que hay que tenerse, sino que se tenga en lo que debe tenerse, según el cupo de la fe que Dios haya repartido a cada uno. Porque en el cuerpo, que es uno, tenemos muchos miembros, pero no todos tienen la misma función; lo mismo nosotros, con ser muchos, unidos a Cristo formamos un solo cuerpo, y respecto a los demás, cada uno es miembro, pero con dotes diferentes, según el regalo que Dios nos haya hecho (Rom 12,3-6). Éste es el sacrificio de los cristianos: unidos a Cristo formamos un solo cuerpo. Este misterio lo celebra también la Iglesia asiduamente en el sacramento del altar, conocido de los fieles, donde se le muestra que es ofrecida ella misma en lo que ofrece.
La Ciudad de Dios X,6.