REFLEXIONES

1.

EL SENTIDO DEL TEMPLO. Evidentemente, el templo es un lugar de encuentro del hombre con Dios. El templo es tan antiguo como el hombre. En todas las civilizaciones, en todas las culturas de las que tenemos noticia, aparece, con toda certeza, el templo. Es lógico. El hombre es un ser sociable y sensible: necesita colectiva y materialmente tener un lugar donde acercarse a Dios, un lugar en el que su Dios reciba culto y donde puede pacífica y serenamente hablar con él.

Los judíos amaban su templo con verdadera devoción. Estaban orgullosos de su esplendor y de su grandeza. Era la morada tangible y visible de Yavé, el lugar donde se guardaba el Arca de la Alianza, el sitio en el que se siente protegido; es la expresión plástica de la nube, signo concreto de la presencia divina en el monte, o de la tienda, signo concreto de su presencia en el duro caminar por el desierto. El judío, en aquel templo de Jerusalén, se encontraba seguro, tenía la absoluta certeza de que Dios moraba en él y de que allí sería escuchada su oración. Toda esta realidad no fue obstáculo para que el templo se hubiera prostituido ofreciendo un espectáculo que arrancó a Jesucristo una actitud francamente airada. Rodaron por el suelo las mesas de los cambistas y huyeron espantados bueyes y ovejas ante el látigo tronante del Señor. La grandeza espiritual de Jesucristo, su amor al Padre, su conocimiento de Dios era incompatible totalmente con aquella alteración substancial del templo. En ese templo, espléndido y precioso, no podría encontrarse el Dios que El conocía, amaba y servía; era necesario purificar todo aquel cambalache surgido alrededor de Dios y de su culto para que, ciertamente, el hombre pudiera allí acercarse a la divinidad.

Como siempre, Jesús nos está señalando claramente cuál es el camino que quiere trazar para los que le sigan. Conviene tener presente cuando celebramos la "dedicación de la basílica de Letrán" la catedral del Papa y, en cierto modo, la madre de todas las iglesias del mundo. Conviene tener presente esta escena y oír lentamente, por otra parte, las maravillosas palabras de Jesús a la Samaritana: "ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis a Dios. Se acerca la hora, ya está aquí, en la que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad". Y conviene unir ambas realidades porque, a los cristianos, puede ocurrirnos (de hecho yo creo que nos ha ocurrido) que estemos tan orgullosos de nuestros magníficos templos como lo estaban los judíos del suyo y que Dios vea en ellos, en ocasiones, algo semejante a lo que contempló en el de Jerusalén; si no ciertamente la existencia de puestos de cambistas o las ovejas y bueyes para el sacrificio (mutatis mutandis algo de esta materia existe todavía y convendría desarraigar absolutamente de los templos) sí puede contemplar un conjunto de personas que llenan los templos pero que difícilmente se encuentran con Dios porque quizá no van en la disposición "de espíritu y verdad" que El quiere para sus verdaderos adoradores.

Son importantes los templos, pero lo que verdaderamente tiene importancia son las personas que acuden a ellos y el estilo o el talante con el que lo hacen. Es muy posible, casi seguro, que aquellos mercaderes y cambistas que tan asiduamente frecuentaban el templo no se encontraron allí con Dios, y es que para encontrar a Dios en la intimidad del templo es preciso haberlo encontrado antes de llegar a él. He releído recientemente una anécdota que me ha parecido muy expresiva en relación al tema de hoy. Es ésta: cuando Yuri/Gagarin volvió de su viaje espacial hizo una "solemne" y "oficial" declaración: en su recorrido por el espacio no se había encontrado con Dios. Un sacerdote de Moscú le respondió con una atinada respuesta: es natural, si no lo habías encontrado en la tierra jamás lo encontrarás en el cielo.

La respuesta, preciosa respuesta, podemos aplicarla a nuestras idas al templo (FE/V:V/FE). Si en el recorrido hacia ese templo; es decir, en nuestra vida diaria, ésa que empieza cada mañana con el trabajo, con la convivencia, con la sonrisa, con la paciencia, con la humildad, con la caridad, con la atención al otro, con el vencimiento del orgullo y de la soberbia, de la maledicencia y de la murmuración, de la envidia y de la avaricia; en esa vida diaria en la que existen los negocios sucios y los limpios, la familia que exige y que da, el amor que dignifica o que enloda (bueno, entonces no es amor); en esa vida diaria de las cotizaciones de bolsa, de la cuenta corriente, de los ricos y los pobres, de la injusticia y de la bondad, del perdón y del odio...

Si en esa vida diaria no hemos encontrado a Dios y hemos sido capaces de irlo manifestando siquiera un poco, no lo encontraremos en un templo por muy magnífico, ornamental y espléndido que allí sea su culto.

¿No habéis oído alguna vez esta frase: "¡para eso vas tanto a la iglesia!", y ¿habéis pensado en lo que quiere decir...? Pues hoy es un día para pensarlo y para ver en cuantas ocasiones quizá nos lo han podido decir a nosotros.

ANA M. CORTES
DABAR 1986/55


2. INDICACIONES GENERALES

1. Que un domingo se celebre la fiesta (¡y se diga la misa!) de la dedicación de S. Juan de Letrán, una iglesia de Roma, resulta difícil de comprender a la gente. ¡Si se tratase de S. Pedro del Vaticano...! Las "razones" del calendario litúrgico no son las "razones" de la gente. Hacer disquisiciones históricas tampoco resulta muy esclarecedor. Vale más, por tanto, dejarse de justificaciones y limitarse a decir que los textos de esta fiesta de tradición antigua ofrecen una buena oportunidad para reflexionar sobre el sentido profundo de la Iglesia.

2. Las lecturas nos ofrecen estos temas: a) Jesús, el verdadero templo; b) nosotros, el templo edificado sobre el cimiento: Jesucristo; c) no convertir en mercado la casa del Padre; d) el agua viva que mana del templo de Dios. Nos invitan, por tanto, a pasar del templo de piedra al templo que somos los creyentes y a Jesucristo, santuario personal en que Dios se hace presente y activo en medio de los hombres.

ALGUNAS NOTAS CONCRETAS

1. Destruid este templo. Cada religión tiene sus lugares sagrados, donde la presencia de Dios se hace más tangible y el contacto con él es más asequible. Para el cristiano no es cuestión de lugares materiales; el gran santuario es Jesucristo: él es la presencia de Dios; a través de él entramos en contacto con el Padre ("ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre": Jn 4, 21).

2. Y en tres días lo levantaré. Pero Jesús resucitó. Dejó de ser visible y tangible; está con el Padre y participa de la "invisibilidad" de Dios. No tenemos acceso directo a El; necesitamos, por tanto, otras "mediaciones".

3. J/CENTRO. Nadie puede poner otro cimiento. Jesucristo no es un dato archivado, que pertenece a la historia: continúa siendo el cimiento que hace sentir su influjo en toda la construcción y en cada una de sus piedras; es el punto de referencia obligado: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". El tema Dios está íntimamente ligado a él: "nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14, 6); no conocemos otro Dios que "el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo"; no podemos pensar en Dios o referirnos a él de modo abstracto y filosófico: "A Dios nadie jamás le vio"; solamente "el Unigénito es quien lo ha revelado" (Jn 1, 18). Por eso el cristiano escruta siempre los testimonios de Jesús (los evangelios y los demás testimonios del Nuevo Testamento) para edificar en ellos su vida.

4. CR/TEMPLO. El Templo de Dios es santo; ese templo sois vosotros. El cristianismo no es una religión de "cosas sagradas" sino de "personas santas". Dios no se manifiesta en unos objetos inanimados (una piedra, un animal, una planta, una imagen, una construcción..). Dios se manifiesta en el hombre Jesús de Nazaret y en los creyentes que constituimos la Iglesia: edificio construido por Dios sobre el cimiento que es Jesucristo, ensanchamiento del "cuerpo de Cristo" que anima y penetra el mismo Espíritu de Dios que conduce a Jesús a lo largo de su vida y que, una vez resucitado, él nos envía "como primicia", como una nueva creación: "exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 22). El tema del santuario se extiende de Jesús a nosotros, los creyentes.

5. No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. "Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo". No se trata simplemente del rumor de monedas en torno a nuestros templos materiales. La Iglesia -cada comunidad de Iglesia, la gran comunidad de la Católica-, ¿es de veras el templo de Dios, el cuerpo de Cristo, el lugar donde los hombres pueden reconocer a Jesucristo y, por él, hallar al Padre? La palabra "profanación" la asociamos aún con demasiada frecuencia a las cosas sagradas (un templo, una imagen, un altar, unos vasos, las especies eucarísticas.. ). Pablo la aplica a los cristianos y a las comunidades de Iglesia. Y recuérdese Mt 25.

6. Mire cada uno cómo construye. Profanamos el templo de Dios cuando, sobre el cimiento que es Jesucristo, ponemos materiales que no encajan y que desvirtúan la atención hacia aspectos, valores, intereses que no son los de la vida de Jesús de Nazaret. Cada comunidad está llamada a examinarse sobre sus materiales preferidos, su estructura, el rostro y la imagen que ofrece. Cada cristiano y cada comunidad cristiana es una "mediación" necesaria para ir a Jesús y al Padre. De ahí su grandeza y también su responsabilidad.

I/TEMPLO: 7. Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo.. ¿Y nuestras iglesias de piedra? El nombre cristiano es iglesia (asamblea, reunión, congregación). La Iglesia está constituida por los que nos reunimos en nombre y alrededor de Cristo resucitado. Pero somos de carne y hueso y necesitamos (¡nosotros, no Dios!) edificios materiales. La palabra iglesia ha pasado también a significar estos lugares donde nos reunimos los cristianos para celebrar la eucaristía. pero, ¡cuidado!: el edificio no es propiamente "la casa de Dios" sino "la casa de la iglesia", de la comunidad cristiana. Jesucristo está presente y Dios se nos hace accesible no en un lugar concreto, sino en nuestra reunión de creyentes, de Iglesia (Mt 18, 20). Por eso abrir nuestros templos al clamor de los pobres, convertirlos en lugar de acogimiento, de colecta de dinero, no sólo no es ninguna "profanación" sino que está en la línea del evangelio. Porque la comunidad cristiana (y, por tanto, sus locales) no está en función de sí misma, sino de Jesucristo y de los hombres, sobre todo "de ésto mis humildes hermanos" (Mt 25, 40). Nuestros edificios de piedra serán tanto más "casa de Dios" cuanto más sean "casa de los hombres".

JOSEP M. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1980/21


3. I. VISIÓN GENERAL

1. Esta fiesta no es fácilmente comprensible para mucha gente. Se trata de una reminiscencia histórica que ha perdido su sentido comunicativo: hoy, el Papa se asocia a San Pedro del Vaticano, y no a San Juan de Letrán. Por tanto, será bastante inútil perderse en explicaciones prolijas, pero convendrá justificar que esta fiesta repercuta en la celebración dominical en todo el mundo.

Quedémonos con una explicación sencilla: es el primer gran templo en la capital del imperio después de la persecución, la primera presencia pública de la iglesia en el corazón de Roma.

2. Los templos han sido siempre lugares por antonomasia de la presencia de Dios. Los textos de hoy nos presentan diferentes niveles de esta presencia y nos invitan a ampliar la significación de la palabra "templo". También juegan con la palabra "iglesia", puesto que los templos-cristianos se denominan corrientemente "iglesias".

II. EL TEMPLO

1. En el evangelio Jesús habla del templo de su cuerpo. La muerte y resurrección son el gran signo que le acredita como Mesías, y que le autoriza a purificar, tal como había sido anunciado (Mi/03/14), el Templo de Jerusalén ("la casa del Padre"), más profundamente que con la expulsión de los mercaderes: de hecho, deja de tener sentido (Jn 4, 20-26; Mt 27, 51; Mc 15,38).

2. Jesús es, pues, el templo. De su costado abierto mana (como en la visión de Ezequiel: 1. lectura) una fuente viva y vivificante que purifica las aguas saladas del mar muerto (que vuelven a la vida, con abundancia de peces), y que hace crecer toda clase de frutales y hojas medicinales por dondequiera que llegue la corriente.

3. Nosotros somos el templo de Dios, que es sagrado y en el que habita el Espíritu de Dios. Ha sido construido por el mismo Dios, con la colaboración humana, sobre el único cimiento: Jesucristo, Templo personal de Dios, en quien descansa en plenitud el Espíritu de Dios (Mt 3,16; Mc 1, 10; Lc 3,22; Jn 1, 32-33; Lc 4, 16-21).

4. Los edificios visibles donde nos reunimos figuran esta realidad: las iglesias, la Iglesia; los templos, el Templo; los altares, el Altar. Son casa de oración, lugar de presencia y la acción de Dios (prefacio).

5. Pero la Iglesia no se acaba en este mundo, sino que se abre a la Jerusalén del cielo (colecta, prefacio, poscomunión).

6. Todo ello parece orientar la predicación en esta línea: el Templo verdadero es la humanidad de Jesús. Sobre este cimiento estamos edificados nosotros, la comunidad creyente, la iglesia: somos también, cada uno y conjuntamente, templo de Dios. Los templos de piedra donde nos reunimos los consagramos con una bendición especial, pero no son "sagrados" en sí mismos, como si tuvieran una especial presencia de Dios y una especial virtud santificadora que actuase sobre quienes entramos en el mismo. No es el lugar lo que comunica santidad a la asamblea; es la asamblea que se reúne en el mismo (=Pueblo de Dios, Templo de Dios, Iglesia) y lo que hace en él (plegaria, sacramentos, eucaristía) lo que santifica el lugar. (Y aquí puede aludirse a la iglesia donde estamos y a las generaciones de cristianos que han orado y celebrado la eucaristía y los demás sacramentos).

III. TEMPLO E IGLESIA

1. En esta misma línea vale la pena recordar que los primeros cristianos no tenían "templos" (palabra de sabor pagano, o que remitía al Templo de Jerusalén), sino que se reunían en casas particulares (cfr. Hch 1, 13; 18, 7-11; 19, 9-10; 20, 7-12). Eran ellos quienes constituían la "iglesia" que se reunían en casa de Cayo (Rm 16,23) o en casa de los esposos Aquilas y Prisca (1 Cor 16, 19). Recordemos también lo que dice Jesús a la mujer de Samaria (Jn 4, 20-26). Y no nos resultará extraño que, cuando muere, el velo del templo de Jerusalén se rasgue de arriba a abajo (/Mt/27/51; /Mc/15/38).: es que todo el Templo ha dejado de tener sentido y ya no existe más templo verdadero (lugar de la presencia de Dios), que aquel que los judíos acaban de destruir y que en tres días volverá a levantarse (evangelio de hoy), que aquel que ha sido elevado para que todo el que cree en él tenga vida eterna" (Jn 3, 15), y que dijo : "donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20).

2. Esto parece que nos invite a "desacralizar" nuestra visión de los templos. Más que casa de Dios son casa de la comunidad cristiana. Esta se reúne aquí para proclamar la palabra y celebrar la Eucaristía. Pero también para muchas otras cosas más. Siempre ha existido el "derecho de asilo". Poner nuestros locales al servicio de los necesitados es, evidentemente, dar culto a Dios: los hombres -los pobre- son más "sagrados" que los edificios. Llamar "iglesias" a los lugares donde celebramos habitualmente la eucaristía sugiere esta visión desacralizada y abierta: la casa de la comunidad.

J. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1986/20


4. LA BASÍLICA DE LETRÁN

La Iglesia conmemora en este día la dedicación de la Basílice de Letrán, hecho que ocurrió el 9 de noviembre del año 324. El Papa Silvestre la dedicó al Salvador, cuya imagen dada a conocer a los fieles después de las persecuciones. Fue un acontecimiento singular.

Los Papas fijaron su residencia en el Palacio próximo a la Basílica y por eso se convirtió en su catedral y en "madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad de Roma y del mundo". Dos incendios en el siglo XIV y el destierro de los Papas en Aviñon hicieron necesaria una reconstrucción casi total. La Basílica fue nuevamente consagrada y dedicada a San Juan Bautista y a San Juan Evangelista.

Si celebramos la dedicación de nuestras iglesias particulares, si festejamos la dedicación de nuestras catedrales, parece justo que celebremos todos los años en el mundo entero la dedicación de la "Iglesia madre", de la catedral del Papa, en la que tiene lugar todavía hoy la toma de posesión oficial de los Pontífices romanos.

Rafael del Olmo Veros


5.

La Fiesta de la Dedicación de la Basílica Mayor de San Juan de Letrán -la Catedral de Roma, considerada la Iglesia Madre de todas las iglesias de Europa Occidental y de todas las demás iglesias de rito latino romano- prevalece sobre el domingo correspondiente por ser Fiesta del Señor; la Basílica de San Juan de Letrán está dedicada al mismo Cristo EL SALVADOR.

Las Lecturas nos descubren el Misterio del Templo. En la Lectura del Evangelio (léase), con ocasión del episodio que se narra, el Señor nos revela "el Templo de su Cuerpo", integrado por muchos miembros, en incesante crecimiento, cuya Cabeza es el mismo Cristo. Y el Apóstol (2ª Lectura-léase) fija nuestra atención en la Iglesia-Templo, construído con piedras (vivas) en incesante construcción, cuya Piedra fundamental es Cristo. Ambas imágenes, Templo y Cuerpo, son reducibles a una sola, como advierte el Evangelista Juan: "El hablaba del Templo de su Cuerpo". Templo-Cuerpo de Cristo, Templo-Cuerpo del Espíritu de Cristo.

Del Templo-Cuerpo de Cristo, de su Espíritu, que es la Iglesia, Sacramento de Cristo y de su Espíritu, fluyen -según la visión de Ezequiel (1ª Lectura-léase)-los ríos de agua viva (que es Cristo, su Espíritu) que sanean y vivifican. El Salmo comenta la Visión profética de Ezequiel.

Avelino Cayón


6. Somos Iglesia

La liturgia del domingo cede ante una fiesta. Hoy celebramos la Dedicación de la Basílica de Letrán. Erigida por el emperador Constantino, hacia al año 324, es la primera en dignidad de las iglesias de Occidente, porque se trata de la catedral del Papa en Roma. Ella es la "mater omnium ecclesiarum" (madre de todas las demás iglesias), pues de ella no sólo han nacido nuevos cristianos por el bautismo, sino más bien porque debe engendrar a otras Iglesias y comunidades con dedicación misionera.

La liturgia de la Palabra ofrece varios temas que nos ayudarán a sentirnos inmerso en el misterio de la Iglesia.

La visión profética de Ezequiel presenta un río de agua que surge del templo y que al llegar al mar sanea su agua salobre. Apuntaba a la salvación que trae Cristo, que se presentó como manantial de un agua que sacia la sed del corazón humano. El simbolismo alcanza a las aguas sacramentales del bautismo por el que entramos en la Iglesia como ámbito de la salvación.

El evangelio presenta a Cristo como el verdadero templo y sólo es su presencia la que hace verdadera Iglesia a la comunidad cristiana, cuando nos reunimos los domingos. Todo esto nos ayuda a comprender las afirmaciones de san Pablo, en la segunda lectura, que advierte a la comunidad cristiana que él había evangelizado, que son el verdadero templo de Dios, que en ellos habita el Espíritu de Dios.

Esta verdad ha hecho que los cristianos no edifiquemos templos -casa donde habita Dios-, sino "iglesias", es decir lugares donde se reúne la Iglesia -la asamblea- que es el verdadero templo donde mora nuestro Dios.

Antonio Luis Martínez
Semanario "Iglesia en camino"
No. 229 - Año V - 9-noviembre-1997