barra-01.gif (5597 bytes)

H O M I L Í A

barra-01.gif (5597 bytes)

LA DEDICACIÓN DE LA
BASÍLICA DE LETRÁN

PARA VER LA IMAGEN AMPLIADA HAGA CLIC SOBRE LA MISMA


MÁS HOMILÍAS: CUARESMA 03B

1.

La Iglesia romana de quien hoy se celebra la dedicación es la catedral del papa (obispo de Roma y, en cuanto tal, obispo de toda la Iglesia) y consiguientemente, en cierto sentido, la "madre" de todas las iglesias del mundo entero.

Es extraño y significativo que la liturgia de la palabra de hoy nos invite a pararnos en la iglesia hecha de piedras.

El primer papa, en su primera carta, nos recuerda que todos "como piedras vivas entraréis en la construcción del templo del espíritu, formando un sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo".

O sea, el lugar preferencial de la habitación de Dios es el corazón del hombre. Allí Dios está de verdad "en su casa".

"Ofrece un ladrillo al Señor", invitan algunas propagandas.

Es probable que se contente con menos y, al mismo tiempo, pretenda más. Si el corazón del hombre es el "lugar" preferido por Dios, ya no es cuestión de ladrillos.

La Iglesia hecha de ladrillos puede ofrecer el peligro de responder a nuestro instinto de mantener a Dios a distancia, circunscribir su presencia en lugares y tiempos bien definidos. Pero es necesario quitar también otra ilusión. Aquella según la cual la iglesia es el lugar del encuentro obligado con Dios.

Advierte un teólogo alemán: "no podemos decir que cuando vamos a la iglesia, también Dios viene con nosotros" (Noordmann).

¿Cómo es eso?.

Yo te puedo dar la explicación, aunque no soy teólogo.

Escúchame. Si te has distraído fuera. Si no has querido, sabido, reconocer a Dios en la calle. Si le has desatendido fuera. Si te has manifestado indiferente cuando él te ha llamado porque tenía necesidad de ti, ¿cómo puedes hacerte ilusiones de que él tenga el placer de encontrarte y estar contigo en la iglesia? ¡Figúrate qué gusto para Dios oír las oraciones del sacerdote y del levita que pasaron junto al herido sin pararse en el camino de Jericó... Aquellas, para él, eran blasfemias no oraciones.

Cuando el astronauta soviético Gagarin salió con aquella cantinela memorable según la cual, a pesar de haberse tragado decenas de miles de kilómetros en su viaje espacial, no se había encontrado con el buen Dios, un sacerdote de Moscú, le replicó:

-Es natural. Si no lo habéis encontrado en la tierra, jamás lo encontraréis en el cielo...

Lo mismo se nos puede decir a nosotros. Si no sabemos reconocer y establecer un contacto con Dios cuando aparece como uno de nosotros, tenemos bien pocas posibilidades de encontrarlo de otra manera. Y de todos modos, difícilmente lograremos soportar la mirada de un eventual, inquietante "cara a cara".

Las negligencias fuera, se pagan inevitablemente con la ausencia de Dios en la iglesia. Lo mismo que la escasa atención prestada a Dios, en la iglesia, provoca trágicas distracciones en la calle.

O estás disponible al encuentro en la calle, o peligras de encontrarte solo en la iglesia. Dios, en efecto, ha permanecido allí, a la espera. Donde tú no le has advertido.

Y llegamos a la última consideración. Jesús dice a la samaritana, que planteaba una pregunta acerca del lugar (monte Garizin o templo de Jerusalén) donde era necesario ir a orar, que la preocupación de lugar no es la principal.

Entendámonos. Jesús no propugna un culto individual e interior, sin ritos, sin ceremonias, sin participación del cuerpo, sin signos exteriores (que sería contra la naturaleza "corpórea" del hombre).

Culto espiritual no se opone a material. El espíritu, en el lenguaje de Juan, no se opone a la materia o a la realidad sensible, sino a la carne, o sea a la criatura cerrada sobre sí misma, en el propio horizonte, y por lo tanto limitada e impotente.

Sin Espíritu, no puede existir nada. Ni siquiera la oración.

El lugar, pues, ya no importa.

Lo que cuenta es la inspiración.

Gracias al Espíritu, y consiguientemente a un principio que no reside en el hombre, la oración pone en comunión con Dios, alcanza el lugar donde Dios mora.

Pero el Espíritu es inseparable de la verdad.

La adoración en el Espíritu, pues, será también adoración en la verdad.

Pero, en Juan, verdad indica la revelación que el Padre ha hecho de sí, en el propio Hijo. La verdad es Jesús mismo, como revelador del Padre y sobre todo, como manifestador de su voluntad.

Lo que caracteriza a los adoradores que el Padre "busca" no es la ausencia de todo rito y la búsqueda de una comunión interior, sino más bien la firme decisión de oír al Señor y hacer su voluntad como se ha manifestado a través de su evangelio.

Podemos concluir: el nuevo culto ni es un servicio rendido solamente con los labios, ni tampoco una adoración de Dios puramente interior. Sobre todo debe dar frutos en el cumplimiento de los mandamientos, especialmente del mandamiento "nuevo" de la caridad.

La verdadera adoración exige también que se "haga la verdad".

Un Dios exigente, no hay duda.

Que no se contenta con la obra de arte.

Pretende una obra maestra distinta.

Aquella que sólo el hombre puede realizar en la propia vida.

 ALESSANDRO PRONZATO
EL PAN DEL DOMINGO CICLO C
EDIT. SIGUEME SALAMANCA 1985. Pág. 223


2. IGLESIA/COMUNIDAD

Sobre el monte Celio, en Roma, se alzaba el palacio imperial de Letrán, que regaló Constantino al Papa san Silvestre. En este lugar se edificó más tarde la Basílica del Salvador, cuya dedicación celebramos hoy. Para entender el verdadero sentido de esta fiesta, así como de todas las fiestas que celebramos en el aniversario de la dedicación de cualquier iglesia, conviene revisar un poco nuestras ideas y nuestro vocabulario respecto al templo cristiano.

Porque vulgarmente llamamos iglesia al edificio material que alberga a los cristianos reunidos para dar culto a Dios, siendo así que, en sentido bíblico, la verdadera iglesia en la que habita el Espíritu Santo es la comunidad cristiana. Decimos que la iglesia es casa de Dios y que, por lo tanto, merece sumo respeto, siendo así que Dios está con nosotros allí donde dos o más nos reunimos en su nombre. Y su presencia en el mundo no está necesariamente vinculada a ningún lugar concreto.

¿Os acordáis de aquel diálogo entre Jesús y la Samaritana?:

"Nuestros padres adoraron en este monte (el monte Garizim) y vosotros decís que en Jerusalén es donde se debe adorar." Pero Jesús respondió: "Creéme, mujer, que llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre... Llega la hora -ya estamos en ella- en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad." (/Jn/04/20-23).

Así pues, lo importante no es ya el lugar, sino el modo de adorar a Dios.

Y lo verdaderamente santo no es el templo, sino el pueblo de Dios. Este es el que merece nuestro respeto. Porque él es el verdadero templo de Dios edificado con piedras vivas. Cualquier intento de localizar a Dios en un determinado lugar, no sólo es un retroceso al Antiguo Testamento, para recaer en la concepción judía del templo, e incluso en la visión pagana de lo sagrado, sino que además se corre inevitablemente el riesgo de parcelar nuestra vida para dedicar a Dios únicamente una hora a la semana.

Primero, decimos, es la obligación y después la devoción; y claro está que el negocio, si es verdad que "el negocio es el negocio", no tiene que ver nada con la devoción, si suponemos que la devoción es la misa. De esta suerte, representamos dos papeles contradictorios: el uno pertenece a la esfera de lo sagrado y el otro a la esfera de lo profano. ¡Bonita manera ésta de hacer completamente ineficaz nuestra vida cristiana! Esta misma concepción de lo sagrado como un tiempo y un lugar determinado, se manifiesta en el afán de construir hermosos templos que después se quedan vacíos, mientras somos poco sensibles a los problemas que plantea el digno acomodo de tantas familias. ¿No puede pasarnos también a nosotros que, como otros fariseos del siglo XX, hagamos nuestras ofrendas al Templo y nos olvidemos de los más elementales deberes de caridad para con el prójimo? Desde que el Señor vino al mundo, el verdadero templo, el que El destruyó y reconstruyó en tres días, es su propio cuerpo. En él, como dice San Pablo, habita la plenitud de la divinidad. Después de su Ascensión a los cielos, el templo de Dios en el mundo es el cuerpo místico de Cristo, es decir, la Iglesia, y todo eso que nosotros llamamos vulgarmente iglesias no son otra cosa que las casas del pueblo de Dios. Claro está que los templos merecen nuestro respeto, pero ese respeto lo tributamos al pueblo de Dios y, en definitiva, al Dios vivo que está en medio de él. Este es el pueblo que el Señor visitó y adquirió para sí con el precio de su sangre. (...) Al celebrar la dedicación de una iglesia, lo que celebramos en realidad es el principio de la fe de un pueblo, el advenimiento de Cristo como salvación de este pueblo. Pues Cristo habita por la fe en el corazón de los creyentes. Después, estos fieles unidos en un solo Señor y en un solo bautismo, se reunirán en santa asamblea. Y es entonces cuando se necesitan los templos materiales. Y es entonces cuando la comunidad edifica su casa.

Para conocer una familia es una buena ayuda conocer su domicilio.

Así también, para conocer la comunidad cristiana resulta interesante ver la casa en donde se reúne. Días como éste, en el que celebramos la fundación de un templo, se prestan especialmente a reflexión para descubrir lo que somos, considerando las casas en donde nos reunimos: ¿Somos adoradores en espíritu y en verdad?

EUCARISTÍA 1969/58


3.

Como hemos dicho, hoy coincide nuestra reunión dominical con la fiesta de la consagración de la catedral de Roma, la basílica de San Juan de Letrán (de hecho y en contra de lo que piensan muchos, la catedral de Roma no es San Pedro del Vaticano sino San Juan de Letrán). Es una fiesta que nos invita a valorar nuestras iglesias -más antiguas y más modernas, más grandes o más pequeñas- pero que, sobre todo, nos invita a valorar que "el templo de Dios" no son los edificios sino Jesucristo y los hombres.

-El templo de Dios es JC y el hombre.

Porque es realmente sorprendente que las lecturas que hoy hemos escuchado no nos hablan tanto de los edificios, de los templos materiales, como de los hombres. De los hombres que son -para los cristianos- el auténtico templo de Dios, es decir, el lugar de la presencia de Dios. En primer lugar, el Hijo del Hombre, Jesucristo; pero también cada cristiano, cada hombre.

En las antiguas religiones el templo era con frecuencia el lugar sagrado donde Dios o los dioses se hacían presentes. En el cristianismo ya no es así. Dios se manifestó, se hizo presente en el hombre Jesús de Nazaret, su Hijo. Por esto, en el evangelio, hemos escuchado cómo Jesús se atreve a decir que él es el "santuario", el "templo" de Dios. Es decir, donde Dios se manifiesta, actúa y habla. Y por esto san Pablo nos ha dicho que también todos nosotros somos templo de Dios, construido sobre el cimiento de JC (sobre la fe en JC): "¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él: porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros".

-Consecuencias para nosotros.

De estas afirmaciones de la palabra de Dios podríamos sacar dos conclusiones: la primera referente a JC; la segunda referente a nosotros.

DECIR QUE JC ES EL TEMPLO DE DIOS significa creer que en él se manifestó Dios. El Dios que -como dice el evangelio de Juan- nadie vio jamás, nos fue revelado por JC. Y esto significa que todos los que nos llamamos cristianos no podemos hacernos nuestro "dios" a imagen y semejanza nuestra, según nuestros criterios y modos de actuar, sino según lo que nos dice JC. Podríamos decir que cristiano no es tanto aquel hombre o mujer "que va a la iglesia" o "que va a misa" sino aquel que vive, cada día, en todas partes, como discípulo de JC, intentando vivir -a pesar del pecado que todos tenemos- como nos enseñó JC. Porque solamente El es el camino de vida, el camino de verdad. Solamente en El conocemos al Dios verdadero, no el "dios" que nos hacemos nosotros.

LA SEGUNDA CONCLUSIÓN SE REFIERE A CADA HOMBRE. A cada uno de nosotros y a cada uno de los hombres. Todos estamos llamados a ser "templo de Dios". Mejor dicho, para Dios, lo somos todos. De lo que se deduce que todo hombre merece respeto, estimación, valoración. "Si alguno destruye el templo de Dios -nos ha dicho san Pablo, repitámoslo-, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros".

Lo cual significa que cada hombre y cada mujer es sagrado. No puede ser convertido por nosotros en alguien a quien consideramos como esclavo o servidor nuestro, en alguien a quien no sabemos perdonar, comprender, ayudar. Ningún hombre puede ser considerado solamente como un instrumento, un productor o un objeto de placer para nosotros. Cada hombre y cada mujer, sea barrendero o artista de cine, sea gobernante o un obrero sin trabajo, sea viejo o niño, sea un ejecutivo triunfante o un minusválido, sea una mujer llena de belleza o una mujer fea, sea un policía o un terrorista, todos siempre a pesar de todo son "sagrados", son templo de Dios. Merecedores de todo amor, de todo respeto, de toda comprensión.

-Nuestras iglesias.

Sin embargo, antes de terminar, permitidme que diga algo sobre nuestras iglesias, estos edificios en que nos reunimos para orar, para celebrar la fe en JC. Ya hemos dicho que no son lo más importante -que lo más importante es JC y cada hombre, pero también son importantes nuestras iglesias. Y la fiesta de hoy nos lo recuerda.

Son importantes porque son signo de la Iglesia, de la comunidad cristiana. Y porque las necesitamos como lugar de reunión, de celebración. Tenemos el ejemplo de siglos anteriores, del pueblo cristiano que hace siglos dedicó un gran esfuerzo a la construcción de iglesias en las que se expresaba la fe. No porque fueran iglesias ricas, sino iglesias bellas, muchas de ellas obras de arte popular.

Quizá no sea ahora el momento de construir grandes iglesias. Pero sí las necesarias. Y, sobre todo, de sentirnos todos los cristianos responsables de la conservación y mejora de nuestras iglesias. Porque, de algún modo, son nuestra casa, la casa de nuestra comunidad cristiana. De la que todos debemos sentirnos responsables.

JOAQUIM GOMIS
MISA DOMINICAL 1980/21


4.

-La fiesta de la catedral de Roma.

Celebramos hoy una fiesta poco conocida: la Dedicación de la basílica de Letrán. ¿Qué significa esta fiesta? ¿Por qué la celebramos? La basílica de Letrán es la catedral de Roma. De Roma, todos conocemos bastante bien la basílica de San Pedro del Vaticano, edificada sobre la tumba del primero de los apóstoles, y que es como un símbolo de la Iglesia universal, con su cúpula, su plaza, lugar de tantas peregrinaciones. Pero en Roma también hay otra iglesia, no tan conocida pero también muy importante, porque es la catedral de la ciudad de Roma, la catedral propia de la iglesia romana, el símbolo y el lugar de encuentro de los cristianos de esta ciudad que ha sido, desde el principio, el punto de referencia y el centro de la unidad de toda la Iglesia entera.

Esta catedral, ya lo hemos dicho, es la basílica de san Juan de Letrán. Y hoy, que se celebra el aniversario de su inauguración -de su "dedicación"-, toda la Iglesia universal lo celebra también, para recordar que todas las Iglesias, en todo lugar estamos unidos en torno a la primera de las iglesias, la de Roma.

Hoy, en la fiesta de la iglesia catedral de Roma, las lecturas nos invitan a reflexionar sobre lo que significan, y el valor que tienen, estos edificios donde los cristianos nos reunimos y que denominamos "iglesias'. Y esta reflexión tiene como dos aspectos, dos vertientes: primero, las lecturas nos invitan a darnos cuenta de que el edificio no es lo más importante; después, nos invitan a ver también que los edificios de la iglesia son -deberían ser- un buen signo para todos nosotros.

-Lo que acerca a Dios es Jesucristo y la comunidad viva.

El primer aspecto lo vemos muy claro en el evangelio. Jesús, ante el desbarajuste del templo de Jerusalén, no se limita sólo a expulsar a los vendedores. Mucho más: les dice que, si quieren, ya pueden derrumbar todo aquel edificio, porque lo que es realmente importante, lo que acerca realmente a Dios, no son aquellas magníficas piedras sino el mismo Jesús. El, con su fidelidad hasta la muerte, con la vida nueva que ha brotado de su cruz, es el único que nos une con Dios definitivamente, el único que acerca la humanidad a la vida divina. No son las piedras, no son los sacrificios materiales, no son los ritos: es sólo Jesús, es sólo la buena noticia de Jesús.

Y san Pablo, en la segunda lectura, completa esta reflexión del evangelio diciéndonos: vosotros sois el templo de Dios.

Jesucristo es el cimiento del edificio, el único cimiento posible. Pero entonces, cada uno de nosotros, cada creyente siguiéndolo a él, viviendo en comunión con él, construimos este edificio que es la iglesia. Cada uno de nosotros somos las piedras vivas que hacemos presente en medio del mundo la fuerza salvadora de Dios, y somos la señal del amor del Dios salvador para con la humanidad entera.

Por eso los edificios materiales no son lo más importante, ni es preciso verlos como si tuvieran un valor sagrado por ellos mismos, como si tuvieran quien sabe qué virtudes especiales. No, el valor no les viene por ellos mismos, sino que les viene porque es el lugar donde se reúne la iglesia, el lugar donde se encuentran, convocados por Jesucristo, los cristianos, las piedras vivas que forman el templo de Dios.

-Las casas de la Iglesia, señales de la presencia del Espíritu de Jesucristo.

Mirándonoslo así, entramos en el segundo aspecto que decíamos: nuestras iglesias, los edificios donde se reúne la Iglesia convocada por Jesucristo, tienen un valor importante como signo de la fe, como señal de la comunidad que formamos todos juntos, edificada sobre el cimiento que es Jesucristo.

Aquí, en esta casa donde estamos reunidos ahora celebrando la Eucaristía, ¡cuántas cosas importantes han pasado! Muchos de los que estáis aquí sin duda habéis sido bautizados en esta casa, y habéis iniciado así, en manos del amor gratuito, vuestro camino cristiano. Muchos también habéis recibido aquí por primera vez la Eucaristía, y desde aquella primera vez habéis continuado participando cada domingo -o quizá cada día- en la mesa del Señor, en la comunidad de los hermanos. Quizá también habéis recibido aquí la confirmación, o habéis celebrado vuestro matrimonio. Y más de una vez habéis venido a decir el último adiós, y a rezar, por algún pariente o amigo difunto. O habéis entrado aquí a recogeros en silencio ante el sagrario.

Esta casa, esta edificación donde nuestra comunidad de cristianos se reúne, es una señal visible de todo esto. Y todos nosotros, cuando vamos por las calles de nuestro barrio (pueblo o ciudad) al trabajo, o a comprar, o simplemente a pasear, y pasamos por delante de la iglesia, seguro que podemos recordar las bellas imágenes con las que nos hablaba Ezequiel en la primera lectura y que después repetía el salmo: esta iglesia, y todas las iglesias, nos visibilizan el santuario que es el mismo Jesucristo, el santuario que es la presencia de Dios en medio de los hombres; de este santuario del que brota una fuente de agua de vida y de salvación, agua capaz de sanear las aguas saladas y muertas, capaz de suscitar toda vida, capaz de hacer crecer toda alimento, toda esperanza; agua, en definitiva, que es la fe y la comunidad de los creyentes y el Espíritu de Jesucristo presente en nosotros.

Que la Eucaristía de hoy nos haga vivir más intensamente los cimientos de nuestra fe. Que siempre que entremos en esta iglesia, o en cualquier otra iglesia, o siempre que pasemos por delante de la misma, se renueven estos cimientos.

JOSEP LLIGADAS
MISA DOMINICAL 1986/19


5.

«SOIS EDIFICACIÓN DE DIOS»

Mis padres, educadores de mi fe, me enseñaron muy pronto el camino del templo. Recién nacido, allá me llevaron para convertirme en «piedra viva» junto a la «piedra angular --Cristo Jesús-- sobre la cual se eleva toda la edificación del Templo Santo del Señor». Desde ese momento, siempre he sabido que, al ir al templo, iba a la «casa de Dios», al lugar del encuentro entre Dios y los hombres. Desde ese momento, aprendí gestos y modales: santiguarme, hacer la genuflexión, hablar quedo, rezar... Reconozco que siempre me ha atraído esa compostura exterior, que me flota espontáneamente al entrar en el templo, y que se ha convertido en un hábito adquirido.

Sí. Me gusta el templo. Me gustan todos los templos. Las catacumbas, que fueron templos subterráneos en los que Dios se hizo presente entre el fervor y el peligro. Las basílicas, nacidas con la libertad religiosa, después de las persecuciones. Las sucesivas manifestaciones del arte --el bizantino, el románico, el gótico, el barroco, el funcional-- encarnándose en la piedra y sembrando el mundo de «casas de Dios». Me gustan las ermitas y las bajeras de las barriadas pobres, convertidas en templo. En una palabra, aunque dijera Isaías que «el cielo es el trono de Dios y la tierra el escabel de sus pies», me gusta que los hombres hayamos sentido la necesidad de buscar a ese mismo Dios en lugares concretos, hechos a nuestra imagen y semejanza.

El mismo Jesús, hijo de un pueblo que veneraba el Templo, lo visitaba con frecuencia. Y así, me conmueve que, recién nacido, igual que a mí, sus padres «lo presentaran» en el templo. Me conmueve verle subir cada año a la «casa de oración», siguiendo la tradición judía. Me conmueve que, a los doce años, se quedara en él «porque debía ocuparse en las cosas de su Padre». Y me conmueve que un día lo desalojara, porque los traficantes lo estaban convirtiendo en «una cueva de ladrones».

Pero quiero añadir enseguida que aún defendió, con más ardor, otro templo. Un día, hablando con la samaritana, aludió enigmáticamente a él: «Los verdaderos adoradores adorarán a Dios en espíritu y en verdad». En otra ocasión, aún más enigmáticamente, dijo: «Destruid este templo y en tres días lo reedificaré». ¿A qué templo se refería? San Juan nos aclaró el enigma: «Se refería al templo de su propio cuerpo».

Cuando Pablo irrumpió en el apostolado, explicó de mil maneras esta bella y misteriosa alegoría cristiana: «¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu mora en vosotros?» Sí, amigos. El cristiano es un «templo de Dios», un «teóforo», un portador de Dios. Lo mismo que el pueblo de Dios peregrinante llevaba el arca de la alianza, el cristiano transporta por la vida su «propio tabernáculo». Hasta que entre, igual que Jesús, «en un tabernáculo mejor y más perfecto, no hecho por manos de hombres», según reza la carta a los Hebreos.

Os digo estas cosas, porque tal día como hoy --9 de noviembre del 324-- los cristianos, después de las persecuciones, dedicaron a «El Salvador» la basílica de Letrán. La edificaron sobre el monte Celio. Es como la catedral del Papa. En ella residieron los sucesores de Pedro durante siglos y en ella tomaban posesión de su cargo. Se la considera la madre y cabeza de las iglesias del mundo.

En esta época, en que la Humanidad abarrota otros templos --cines, estadios, discotecas...-- bueno será recordar la belleza del salmo: «Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido: tus altares, Señor de los ejércitos».

ELVIRA-1.Págs. 110 s.


6. DOMINICOS 2003

La fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que se celebra el 9 de Noviembre, pasa normalmente bastante desapercibida, pero este año cobra especial notoriedad al caer en Domingo. Este templo, la catedral del Papa como obispo de Roma, es el primer gran templo cristiano construido en Roma después de las persecuciones, en el siglo IV.

La Basílica de San Juan de Letrán es símbolo de la unidad de todas las comunidades cristianas con Roma: por eso celebramos en todo el mundo la fiesta de la que se llama “la madre de todas las iglesias”. La comunión con la Iglesia de Roma nos recuerda que todos estamos construidos sobre el mismo cimiento de Jesucristo.

El creyente no mira un edificio religioso sólo para contemplar, como un turista, su belleza artística, sino que lo contempla desde una mirada de fe. El templo de Jerusalén era un lugar central de la fe judía y remitía a la presencia de Dios, a su salvación y a la alianza con el pueblo, que en él le daba culto. Jesús habla del templo como “la casa de mi Padre” (Evangelio) y de un nuevo templo para el encuentro con Dios y para el culto auténtico. San Pablo (2ª lectura) dice que ese nuevo templo somos todos en quienes habita el Espíritu. El mismo Espíritu que nos congrega en el templo para la celebración dominical nos impulsa como un fuerte torrente que lleva vida y todo lo sana, lo renueva y hace que fructifique (1ª lectura).

Iª Lectura: Ezequiel (Ez 47,1-2.8-9.12): La fuente de agua viva

I.1. Ezequiel es un profeta de visiones extraordinarias que mira al Templo, la casa de Dios, como fuente de aguas que han de llegar hasta el abismo de la Arabá, del Mar Muerto, para que vuelva a nacer un nuevo paraíso. El manantial del templo que el profeta posexílico nos describe en este c. 47 ha encendido una inspiración sublime. Los discípulos ordenaron su obra, sus oráculos e inspiraciones y ésta es la última visión del profeta, antes de ofrecer una lista final de las tribus (c. 48). Tiene esta visión unas conexiones muy refinadas y particulares con el c. 37 sobre la efusión del Espíritu. Agua y Espíritu vienen a vivificar al pueblo que vive “desierto” o alejado de Dios. El desierto rodea al pueblo de la Biblia y las aguas del paraíso (Gn 2,10-14) han sido siempre una nostalgia en la teología profética del AT.

I.2. El agua que mana, al lado del altar, se hace un río hacia Oriente, hacia el desierto de Judea porque es agua divina, regalo de Dios para el desierto y el destierro de su pueblo. La imagen de que esta agua ha de llegar a las aguas fétidas y mortíferas del Mar Muerto es todo un canto y una inspiración de los dones divinos. Donde no hay vida, Dios donará vida; donde no hay Espíritu, Dios suscitará algo realmente nuevo. Este profeta, que tiene mucho de sacerdote, no podía menos que imaginar que la fuente estaba en el Templo de la ciudad Santa, la Jerusalén poética que él siempre se imaginó. Pero es, puede ser, un sacerdote profeta; eso significa que no se contenta con ofrecer sacrificios a Dios en nombre del pueblo y que todo siga igual. Propone la visión de un Dios que “ofrece” agua para la vida.

IIª Lectura: Iª Corintios (1Co 3,9c-11.16-17): La comunidad, templo de Dios

II.1. Si extraordinaria es la visión de Ezequiel, no es menos original la teología del “templo” que nos ofrece Pablo en estos versos de 1Cor. Pero ¡qué diferencia! Ahora no hay templo, ni altar, sino el “cuerpo” y el “espíritu”. Sobre estos símbolos bien significantes se carga todo el peso de una teología cristiana que es un descubrimiento sin precedentes. En todo caso sería una deducción de que el ser humano ha sido creado a imagen de Dios. El hombre, la persona, es “un cuerpo”, material y espiritual a la vez. El cuerpo nos identifica, nos personaliza, pero también nos lleva a la muerte si es un cuerpo “sin espíritu”.

II.2. ¿Qué podemos inferir de la lectura? Que la presencia de Dios en el mundo se realiza, sobre todo y ante todo, por nosotros, por nuestro cuerpo, por nuestra historia. Somos nosotros, según esta teología –sin caer en panteísmo alguno-, presencia viva del Dios vivo. Y como que Pablo está hablando en sentido plural, de la comunidad que no es otra que la de Corinto, podemos hacer la misma aplicación a la Iglesia. Los corintios están llamados, pues, después de la “edificación” que hizo el Apóstol, poniendo como fundamento a Cristo, a ser el templo o santuario de la presencia de Dios por medio de su Espíritu. El edificio, la comunidad, es lo que es, porque está fundamentada en Cristo. Pero son personas las que han hecho posible este santuario de presencia divina. No obstante, la comunidad sin el Espíritu de Dios tampoco sería nada.

Evangelio: Juan (2,13-22): Un nuevo templo: una religión más humana

III.1. El relato de la expulsión de los vendedores del templo, en la primera Pascua “de los judíos” que Juan menciona en su obra, es un marco de referencia obligado del sentido de este texto joánico. Este episodio viene a continuación del relato de las bodas de Caná, donde el vacío de la boda lo llena Jesús con el “vino” nuevo sacado del agua. Las tinajas estaban allí para la purificación de los judíos. El relato de la expulsión del Templo se encadena pues a lo anterior, porque se quiere insistir más en el vacío de una religión, que aunque “celebre” y llene el templo, puede que haya perdido su sentido verdadero y sea necesario algo nuevo. No olvidemos que este episodio ha quedado marcado en la tradición cristiana como un hito, por considerarse como acusación determinante para condenar a muerte a Jesús, unas de las causas inmediatas de la misma. Aunque Juan ha adelantado al comienzo de su actividad, lo que los otros evangelios proponen al final (Mc 11,15-17; Mt 21,12-13; Lc 19,45-46), estamos en lo cierto si con ello vemos el enfrentamiento que los judíos van a tener con Jesús. Este episodio no es otra cosa que la propuesta de Jesús de una religión humana, liberadora, comprometida e incluso verdaderamente espiritual.

III.2. En el trasfondo también debemos saber ver las claves mesiánicas con las que Juan ha querido presentar este relato, teniendo en cuenta un texto como el de Zac 14,21 (el deutero-Zacarías) para anunciar el día del Señor. Es de esa manera cómo se construyen algunas ideas de nuestro evangelio: Pascua, religión, mesianismo, culto, relación con Dios, vida, sacrificios. Jesús expulsa propiamente a los a animales del culto. No debemos pensar que Jesús la emprende a latigazos con las personas, sino con los animales; Juan es el que subraya más este aspecto. Los animales eran los sustitutos de los sacrificios a Dios. Por tanto, sin animales, el sentido del texto es más claro: Jesús quiere anunciar, proféticamente, una religión nueva, personal, sin necesidad de “sustituciones”. Por eso dice: “Quitad esto de aquí”. No se ha de interpretar, pues, como un acto político-militar como se hizo en el pasado. Es, consideramos, una profecía “en acto”.

III.3. El evangelio de Juan, pues, nos presenta esa escena de Jesús que cautiva a mentes proféticas y renovadoras. Desde luego, es un acto profético y no podemos menos de valorarlo de esa forma. En el marco de la Pascua, la gran fiesta religiosa y de peregrinación por parte de los judíos piadosos a Jerusalén. Esta es una escena que no debemos permitir se convierta en tópica; que no podemos rebajarla hasta hacerla asequiblemente normal. Está ahí, en el corazón del evangelio, para ser una crítica de nuestra “religión” sin corazón con la que muchas veces queremos comprar a Dios. Es la condena de ese tipo de religión sin fe y sin espiritualidad, que se ha dado siempre y se sigue dando frecuentemente. Ya Jeremías (7,11) había clamado contra el templo, porque con ello se usaba el nombre de Dios para justificar muchas cosas. Ahora Jesús, con esta acción simbólico-profética, como hacían los antiguos profetas cuando sus palabras no eran atendidas, quiere llevar a sus últimas consecuencias el que la religión del templo, donde se adora a Dios, no sea una religión de vida sino de… vacío. Por eso mismo, no está condenado el culto y la plegaria de una religión, sino que se haya vaciado de contenido y después no tenga incidencia en la vida.

III.4. Aunque Juan es muy atrevido, teológicamente hablando, se está anunciando el cambio de una religión de culto por una religión en la que lo importante es dar la vida los unos por los otros, como se hace al mencionar el «cuerpo» del Jesús que sustituirá al templo. Aquí, con este episodio (aunque no sólo), lo sabemos, Jesús se jugó su vida en “nombre de Dios” y le aplicaron la ley también “en nombre de Dios”. ¿Quién llevaba razón? Como en el episodio se apela a la resurrección (“en tres días lo levantaré”), está claro que era el Dios de Jesús el verdadero y no el Dios de la ley. Esta es una diferencia teológica incuestionable, porque si Dios ha resucitado a Jesús es porque no podía asumir esa muerte injusta. Pero sucede que, a pesar de ello, los hombres seguimos prefiriendo el Dios de la ley, y la religión del templo y de los sacrificios de animales. Jesús, sin embargo, nos ofreció una religión de vida.

Miguel de Burgos, OP
mdburgos.an@dominicos.org

Pautas para la homilía

La Casa de mi Padre

A menudo decimos que un lugar lo hacen las personas que lo habitan. Los mejores paraísos soñados pierden su encanto si no podemos disfrutarlos en amistad con otros. Y lugares de pobres medios pueden estar llenos del calor de la ternura y la compañía. Al fin y al cabo, la casa la forman quienes en ella viven.

En la expulsión de los vendedores, Jesús parece reclamar la dignidad y el valor del templo, al que denomina “la casa de mi Padre”. La importancia y el valor del templo también vienen de Aquel que lo habita y su belleza se refleja en las actitudes del corazón de sus fieles. El valor del templo está en que impulse la auténtica relación con Dios y el verdadero culto, y junto a ello la auténtica relación con los otros en fraternidad y servicio. Jesús inaugura e impulsa una nueva relación con Dios más auténtica, fraterna y “espiritual”, que transforma a las personas y los sistemas, hasta el punto de convertirse Él mismo en el nuevo Templo de Dios.

En pueblos y ciudades, los templos son un símbolo comunitario que hacen visible, ante todo, una comunidad de creyentes. El templo da visibilidad a la comunidad cristiana y es signo que remite al encuentro de Dios con su pueblo. Cuando lo religioso tiende a privatizarse y cuando se ponen de moda los altares privados en la propia casa, no está de más recordar que en la tradición cristiana vamos al templo para expresar visiblemente e intentar vivir realmente que nuestra fe nos vincula en fraternidad y solidaridad con los demás.

Por eso, el templo es punto de encuentro con la comunidad y con el Dios de Jesús que nos congrega y envía, y un lugar abierto sin exclusivismos ni manipulaciones. Ante todo, el templo debería ser “casa”: hogar, lugar abierto y acogedor, en donde siempre nos están esperando y podemos ser nosotros mismos. Como la casa familiar, el templo debería ser, por supuesto, lugar de responsabilidades compartidas y tareas repartidas, pero también lugar de descanso y comodidad, de relajación y recuperación. Ya decía la inquieta Mafalda aquello de “mamá, vámonos a casa a callar un rato”.

En el templo todos nos hacemos “uno”: es símbolo de unidad y universalidad. La fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán nos recuerda la comunión de las Iglesias con la primera Iglesia de Roma en la unidad de la fe común en Jesús-templo, lugar del encuentro con Dios. La comunión con la Catedral del Papa expresa la unidad de las iglesias, que forman un edificio sobre el único cimiento que es Jesucristo. Especialmente nos hacemos “uno” en la celebración dominical de la Eucaristía, cuando nuestro templo realiza aquello que significa: la comunidad de fe y amor al encuentro del Dios de la Vida.

Sois templo de Dios

Donde hay Espíritu, allí hay un templo. Lo insinúa la lectura de San Pablo: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?”. No olvidemos que Jesús valora el templo –“la casa de mi Padre”-, es decir, el lugar del encuentro con Dios. Pero Jesús anuncia un templo nuevo, un nuevo lugar para el encuentro con Dios: “él hablaba del templo de su cuerpo”. Pablo lo explica a los Corintios con la imagen de los cimientos y el edificio. El cimiento es Jesucristo; el edificio, los cristianos; el ensamblaje que nos une, el Espíritu.

Cada uno es un templo porque el Espíritu de Dios habita en él. Esto nos habla de la altísima dignidad e inviolabilidad de cada ser humano, de cada vida. Y también de las enormes posibilidades de recuperación y renovación en la vida: “quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente”. Porque el Espíritu nos habita, toda experiencia, por negativa que sea, se puede corregir con otra mejor. La experiencia del Espíritu es siempre una experiencia de “renacimiento” que hace posible esa asombrosa e increíble capacidad de renacer que tiene el ser humano.

Mire cada uno cómo construye

En las últimas décadas en España se han hecho verdaderos esfuerzos de renovación de los templos. Pocos como los párrocos entienden de construcción y subvenciones. En general, somos más sensibles al valor artístico-cultural del patrimonio religioso y a la dimensión estética del simbolismo religioso. Ciertamente, se ha progresado mucho en el cuidado y embellecimiento de los templos, y esto ha contribuido a dar un “aire nuevo” a las celebraciones litúrgicas y quien sabe si no ha servido también para renovar la experiencia de la fe. La renovación contribuye no sólo a mantener algo con dignidad sino también a que descubramos nuevas posibilidades.

Pero sería deseable que la renovación de los templos fuera acompañada de una renovación más completa de cada uno y de cada comunidad. La fe también se deteriora si no se renueva y se va mermando si no se activa y compromete: hay que sanear muchas goteras, repintar suciedades, reparar grietas; habrá que asegurar muros, hacer un ambiente más acogedor, dar calor y más luminosidad… San Pablo nos lo advierte en la segunda lectura: “mire cada uno cómo construye”.

En este sentido, podemos recordar que el primer “recurso teologal” siempre está ante todo en uno mismo, en la profundidad e interioridad del Espíritu que nos habita. El primer lugar al que acudir para revitalizar y renovar nuestra vida cristiana está siempre en uno mismo: en descubrir el templo que llevamos dentro y empeñarse en su rehabilitación.

Javier Carballo, OP
jcarballo@dominicos.org

bluenoisebar.jpg (2621 bytes)