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H O M I L Í A |
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LA
DEDICACIÓN DE LA |
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1. La Iglesia romana de quien hoy se celebra la dedicación es la catedral del papa (obispo de Roma y, en cuanto tal, obispo de toda la Iglesia) y consiguientemente, en cierto sentido, la "madre" de todas las iglesias del mundo entero. Es extraño y significativo que la liturgia de la palabra de hoy nos invite a pararnos en la iglesia hecha de piedras. El primer papa, en su primera carta, nos recuerda que todos "como piedras vivas entraréis en la construcción del templo del espíritu, formando un sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo". O sea, el lugar preferencial de la habitación de Dios es el corazón del hombre. Allí Dios está de verdad "en su casa". "Ofrece un ladrillo al Señor", invitan algunas propagandas. Es probable que se contente con menos y, al mismo tiempo, pretenda más. Si el corazón del hombre es el "lugar" preferido por Dios, ya no es cuestión de ladrillos. La Iglesia hecha de ladrillos puede ofrecer el peligro de responder a nuestro instinto de mantener a Dios a distancia, circunscribir su presencia en lugares y tiempos bien definidos. Pero es necesario quitar también otra ilusión. Aquella según la cual la iglesia es el lugar del encuentro obligado con Dios. Advierte un teólogo alemán: "no podemos decir que cuando vamos a la iglesia, también Dios viene con nosotros" (Noordmann). ¿Cómo es eso?. Yo te puedo dar la explicación, aunque no soy teólogo. Escúchame. Si te has distraído fuera. Si no has querido, sabido, reconocer a Dios en la calle. Si le has desatendido fuera. Si te has manifestado indiferente cuando él te ha llamado porque tenía necesidad de ti, ¿cómo puedes hacerte ilusiones de que él tenga el placer de encontrarte y estar contigo en la iglesia? ¡Figúrate qué gusto para Dios oír las oraciones del sacerdote y del levita que pasaron junto al herido sin pararse en el camino de Jericó... Aquellas, para él, eran blasfemias no oraciones. Cuando el astronauta soviético Gagarin salió con aquella cantinela memorable según la cual, a pesar de haberse tragado decenas de miles de kilómetros en su viaje espacial, no se había encontrado con el buen Dios, un sacerdote de Moscú, le replicó: -Es natural. Si no lo habéis encontrado en la tierra, jamás lo encontraréis en el cielo... Lo mismo se nos puede decir a nosotros. Si no sabemos reconocer y establecer un contacto con Dios cuando aparece como uno de nosotros, tenemos bien pocas posibilidades de encontrarlo de otra manera. Y de todos modos, difícilmente lograremos soportar la mirada de un eventual, inquietante "cara a cara". Las negligencias fuera, se pagan inevitablemente con la ausencia de Dios en la iglesia. Lo mismo que la escasa atención prestada a Dios, en la iglesia, provoca trágicas distracciones en la calle. O estás disponible al encuentro en la calle, o peligras de encontrarte solo en la iglesia. Dios, en efecto, ha permanecido allí, a la espera. Donde tú no le has advertido. Y llegamos a la última consideración. Jesús dice a la samaritana, que planteaba una pregunta acerca del lugar (monte Garizin o templo de Jerusalén) donde era necesario ir a orar, que la preocupación de lugar no es la principal. Entendámonos. Jesús no propugna un culto individual e interior, sin ritos, sin ceremonias, sin participación del cuerpo, sin signos exteriores (que sería contra la naturaleza "corpórea" del hombre). Culto espiritual no se opone a material. El espíritu, en el lenguaje de Juan, no se opone a la materia o a la realidad sensible, sino a la carne, o sea a la criatura cerrada sobre sí misma, en el propio horizonte, y por lo tanto limitada e impotente. Sin Espíritu, no puede existir nada. Ni siquiera la oración. El lugar, pues, ya no importa. Lo que cuenta es la inspiración. Gracias al Espíritu, y consiguientemente a un principio que no reside en el hombre, la oración pone en comunión con Dios, alcanza el lugar donde Dios mora. Pero el Espíritu es inseparable de la verdad. La adoración en el Espíritu, pues, será también adoración en la verdad. Pero, en Juan, verdad indica la revelación que el Padre ha hecho de sí, en el propio Hijo. La verdad es Jesús mismo, como revelador del Padre y sobre todo, como manifestador de su voluntad. Lo que caracteriza a los adoradores que el Padre "busca" no es la ausencia de todo rito y la búsqueda de una comunión interior, sino más bien la firme decisión de oír al Señor y hacer su voluntad como se ha manifestado a través de su evangelio. Podemos concluir: el nuevo culto ni es un servicio rendido solamente con los labios, ni tampoco una adoración de Dios puramente interior. Sobre todo debe dar frutos en el cumplimiento de los mandamientos, especialmente del mandamiento "nuevo" de la caridad. La verdadera adoración exige también que se "haga la verdad". Un Dios exigente, no hay duda. Que no se contenta con la obra de arte. Pretende una obra maestra distinta. Aquella que sólo el hombre puede realizar en la propia vida.
ALESSANDRO PRONZATO Sobre el monte Celio, en Roma, se alzaba el palacio imperial de Letrán, que regaló Constantino al Papa san Silvestre. En este lugar se edificó más tarde la Basílica del Salvador, cuya dedicación celebramos hoy. Para entender el verdadero sentido de esta fiesta, así como de todas las fiestas que celebramos en el aniversario de la dedicación de cualquier iglesia, conviene revisar un poco nuestras ideas y nuestro vocabulario respecto al templo cristiano. Porque vulgarmente llamamos iglesia al edificio material que alberga a los cristianos reunidos para dar culto a Dios, siendo así que, en sentido bíblico, la verdadera iglesia en la que habita el Espíritu Santo es la comunidad cristiana. Decimos que la iglesia es casa de Dios y que, por lo tanto, merece sumo respeto, siendo así que Dios está con nosotros allí donde dos o más nos reunimos en su nombre. Y su presencia en el mundo no está necesariamente vinculada a ningún lugar concreto. ¿Os acordáis de aquel diálogo entre Jesús y la Samaritana?: "Nuestros padres adoraron en este monte (el monte Garizim) y vosotros decís que en Jerusalén es donde se debe adorar." Pero Jesús respondió: "Creéme, mujer, que llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre... Llega la hora -ya estamos en ella- en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad." (/Jn/04/20-23). Así pues, lo importante no es ya el lugar, sino el modo de adorar a Dios. Y lo verdaderamente santo no es el templo, sino el pueblo de Dios. Este es el que merece nuestro respeto. Porque él es el verdadero templo de Dios edificado con piedras vivas. Cualquier intento de localizar a Dios en un determinado lugar, no sólo es un retroceso al Antiguo Testamento, para recaer en la concepción judía del templo, e incluso en la visión pagana de lo sagrado, sino que además se corre inevitablemente el riesgo de parcelar nuestra vida para dedicar a Dios únicamente una hora a la semana. Primero, decimos, es la obligación y después la devoción; y claro está que el negocio, si es verdad que "el negocio es el negocio", no tiene que ver nada con la devoción, si suponemos que la devoción es la misa. De esta suerte, representamos dos papeles contradictorios: el uno pertenece a la esfera de lo sagrado y el otro a la esfera de lo profano. ¡Bonita manera ésta de hacer completamente ineficaz nuestra vida cristiana! Esta misma concepción de lo sagrado como un tiempo y un lugar determinado, se manifiesta en el afán de construir hermosos templos que después se quedan vacíos, mientras somos poco sensibles a los problemas que plantea el digno acomodo de tantas familias. ¿No puede pasarnos también a nosotros que, como otros fariseos del siglo XX, hagamos nuestras ofrendas al Templo y nos olvidemos de los más elementales deberes de caridad para con el prójimo? Desde que el Señor vino al mundo, el verdadero templo, el que El destruyó y reconstruyó en tres días, es su propio cuerpo. En él, como dice San Pablo, habita la plenitud de la divinidad. Después de su Ascensión a los cielos, el templo de Dios en el mundo es el cuerpo místico de Cristo, es decir, la Iglesia, y todo eso que nosotros llamamos vulgarmente iglesias no son otra cosa que las casas del pueblo de Dios. Claro está que los templos merecen nuestro respeto, pero ese respeto lo tributamos al pueblo de Dios y, en definitiva, al Dios vivo que está en medio de él. Este es el pueblo que el Señor visitó y adquirió para sí con el precio de su sangre. (...) Al celebrar la dedicación de una iglesia, lo que celebramos en realidad es el principio de la fe de un pueblo, el advenimiento de Cristo como salvación de este pueblo. Pues Cristo habita por la fe en el corazón de los creyentes. Después, estos fieles unidos en un solo Señor y en un solo bautismo, se reunirán en santa asamblea. Y es entonces cuando se necesitan los templos materiales. Y es entonces cuando la comunidad edifica su casa. Para conocer una familia es una buena ayuda conocer su domicilio. Así también, para conocer la comunidad cristiana resulta interesante ver la casa en donde se reúne. Días como éste, en el que celebramos la fundación de un templo, se prestan especialmente a reflexión para descubrir lo que somos, considerando las casas en donde nos reunimos: ¿Somos adoradores en espíritu y en verdad? EUCARISTÍA 1969/58 3. Como hemos dicho, hoy coincide nuestra reunión dominical con la fiesta de la consagración de la catedral de Roma, la basílica de San Juan de Letrán (de hecho y en contra de lo que piensan muchos, la catedral de Roma no es San Pedro del Vaticano sino San Juan de Letrán). Es una fiesta que nos invita a valorar nuestras iglesias -más antiguas y más modernas, más grandes o más pequeñas- pero que, sobre todo, nos invita a valorar que "el templo de Dios" no son los edificios sino Jesucristo y los hombres. -El templo de Dios es JC y el hombre. Porque es realmente sorprendente que las lecturas que hoy hemos escuchado no nos hablan tanto de los edificios, de los templos materiales, como de los hombres. De los hombres que son -para los cristianos- el auténtico templo de Dios, es decir, el lugar de la presencia de Dios. En primer lugar, el Hijo del Hombre, Jesucristo; pero también cada cristiano, cada hombre. En las antiguas religiones el templo era con frecuencia el lugar sagrado donde Dios o los dioses se hacían presentes. En el cristianismo ya no es así. Dios se manifestó, se hizo presente en el hombre Jesús de Nazaret, su Hijo. Por esto, en el evangelio, hemos escuchado cómo Jesús se atreve a decir que él es el "santuario", el "templo" de Dios. Es decir, donde Dios se manifiesta, actúa y habla. Y por esto san Pablo nos ha dicho que también todos nosotros somos templo de Dios, construido sobre el cimiento de JC (sobre la fe en JC): "¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él: porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros". -Consecuencias para nosotros. De estas afirmaciones de la palabra de Dios podríamos sacar dos conclusiones: la primera referente a JC; la segunda referente a nosotros. DECIR QUE JC ES EL TEMPLO DE DIOS significa creer que en él se manifestó Dios. El Dios que -como dice el evangelio de Juan- nadie vio jamás, nos fue revelado por JC. Y esto significa que todos los que nos llamamos cristianos no podemos hacernos nuestro "dios" a imagen y semejanza nuestra, según nuestros criterios y modos de actuar, sino según lo que nos dice JC. Podríamos decir que cristiano no es tanto aquel hombre o mujer "que va a la iglesia" o "que va a misa" sino aquel que vive, cada día, en todas partes, como discípulo de JC, intentando vivir -a pesar del pecado que todos tenemos- como nos enseñó JC. Porque solamente El es el camino de vida, el camino de verdad. Solamente en El conocemos al Dios verdadero, no el "dios" que nos hacemos nosotros. LA SEGUNDA CONCLUSIÓN SE REFIERE A CADA HOMBRE. A cada uno de nosotros y a cada uno de los hombres. Todos estamos llamados a ser "templo de Dios". Mejor dicho, para Dios, lo somos todos. De lo que se deduce que todo hombre merece respeto, estimación, valoración. "Si alguno destruye el templo de Dios -nos ha dicho san Pablo, repitámoslo-, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros". Lo cual significa que cada hombre y cada mujer es sagrado. No puede ser convertido por nosotros en alguien a quien consideramos como esclavo o servidor nuestro, en alguien a quien no sabemos perdonar, comprender, ayudar. Ningún hombre puede ser considerado solamente como un instrumento, un productor o un objeto de placer para nosotros. Cada hombre y cada mujer, sea barrendero o artista de cine, sea gobernante o un obrero sin trabajo, sea viejo o niño, sea un ejecutivo triunfante o un minusválido, sea una mujer llena de belleza o una mujer fea, sea un policía o un terrorista, todos siempre a pesar de todo son "sagrados", son templo de Dios. Merecedores de todo amor, de todo respeto, de toda comprensión. -Nuestras iglesias. Sin embargo, antes de terminar, permitidme que diga algo sobre nuestras iglesias, estos edificios en que nos reunimos para orar, para celebrar la fe en JC. Ya hemos dicho que no son lo más importante -que lo más importante es JC y cada hombre, pero también son importantes nuestras iglesias. Y la fiesta de hoy nos lo recuerda. Son importantes porque son signo de la Iglesia, de la comunidad cristiana. Y porque las necesitamos como lugar de reunión, de celebración. Tenemos el ejemplo de siglos anteriores, del pueblo cristiano que hace siglos dedicó un gran esfuerzo a la construcción de iglesias en las que se expresaba la fe. No porque fueran iglesias ricas, sino iglesias bellas, muchas de ellas obras de arte popular. Quizá no sea ahora el momento de construir grandes iglesias. Pero sí las necesarias. Y, sobre todo, de sentirnos todos los cristianos responsables de la conservación y mejora de nuestras iglesias. Porque, de algún modo, son nuestra casa, la casa de nuestra comunidad cristiana. De la que todos debemos sentirnos responsables.
JOAQUIM GOMIS 4. -La fiesta de la catedral de Roma. Celebramos hoy una fiesta poco conocida: la Dedicación de la basílica de Letrán. ¿Qué significa esta fiesta? ¿Por qué la celebramos? La basílica de Letrán es la catedral de Roma. De Roma, todos conocemos bastante bien la basílica de San Pedro del Vaticano, edificada sobre la tumba del primero de los apóstoles, y que es como un símbolo de la Iglesia universal, con su cúpula, su plaza, lugar de tantas peregrinaciones. Pero en Roma también hay otra iglesia, no tan conocida pero también muy importante, porque es la catedral de la ciudad de Roma, la catedral propia de la iglesia romana, el símbolo y el lugar de encuentro de los cristianos de esta ciudad que ha sido, desde el principio, el punto de referencia y el centro de la unidad de toda la Iglesia entera. Esta catedral, ya lo hemos dicho, es la basílica de san Juan de Letrán. Y hoy, que se celebra el aniversario de su inauguración -de su "dedicación"-, toda la Iglesia universal lo celebra también, para recordar que todas las Iglesias, en todo lugar estamos unidos en torno a la primera de las iglesias, la de Roma. Hoy, en la fiesta de la iglesia catedral de Roma, las lecturas nos invitan a reflexionar sobre lo que significan, y el valor que tienen, estos edificios donde los cristianos nos reunimos y que denominamos "iglesias'. Y esta reflexión tiene como dos aspectos, dos vertientes: primero, las lecturas nos invitan a darnos cuenta de que el edificio no es lo más importante; después, nos invitan a ver también que los edificios de la iglesia son -deberían ser- un buen signo para todos nosotros. -Lo que acerca a Dios es Jesucristo y la comunidad viva. El primer aspecto lo vemos muy claro en el evangelio. Jesús, ante el desbarajuste del templo de Jerusalén, no se limita sólo a expulsar a los vendedores. Mucho más: les dice que, si quieren, ya pueden derrumbar todo aquel edificio, porque lo que es realmente importante, lo que acerca realmente a Dios, no son aquellas magníficas piedras sino el mismo Jesús. El, con su fidelidad hasta la muerte, con la vida nueva que ha brotado de su cruz, es el único que nos une con Dios definitivamente, el único que acerca la humanidad a la vida divina. No son las piedras, no son los sacrificios materiales, no son los ritos: es sólo Jesús, es sólo la buena noticia de Jesús. Y san Pablo, en la segunda lectura, completa esta reflexión del evangelio diciéndonos: vosotros sois el templo de Dios. Jesucristo es el cimiento del edificio, el único cimiento posible. Pero entonces, cada uno de nosotros, cada creyente siguiéndolo a él, viviendo en comunión con él, construimos este edificio que es la iglesia. Cada uno de nosotros somos las piedras vivas que hacemos presente en medio del mundo la fuerza salvadora de Dios, y somos la señal del amor del Dios salvador para con la humanidad entera. Por eso los edificios materiales no son lo más importante, ni es preciso verlos como si tuvieran un valor sagrado por ellos mismos, como si tuvieran quien sabe qué virtudes especiales. No, el valor no les viene por ellos mismos, sino que les viene porque es el lugar donde se reúne la iglesia, el lugar donde se encuentran, convocados por Jesucristo, los cristianos, las piedras vivas que forman el templo de Dios. -Las casas de la Iglesia, señales de la presencia del Espíritu de Jesucristo. Mirándonoslo así, entramos en el segundo aspecto que decíamos: nuestras iglesias, los edificios donde se reúne la Iglesia convocada por Jesucristo, tienen un valor importante como signo de la fe, como señal de la comunidad que formamos todos juntos, edificada sobre el cimiento que es Jesucristo. Aquí, en esta casa donde estamos reunidos ahora celebrando la Eucaristía, ¡cuántas cosas importantes han pasado! Muchos de los que estáis aquí sin duda habéis sido bautizados en esta casa, y habéis iniciado así, en manos del amor gratuito, vuestro camino cristiano. Muchos también habéis recibido aquí por primera vez la Eucaristía, y desde aquella primera vez habéis continuado participando cada domingo -o quizá cada día- en la mesa del Señor, en la comunidad de los hermanos. Quizá también habéis recibido aquí la confirmación, o habéis celebrado vuestro matrimonio. Y más de una vez habéis venido a decir el último adiós, y a rezar, por algún pariente o amigo difunto. O habéis entrado aquí a recogeros en silencio ante el sagrario. Esta casa, esta edificación donde nuestra comunidad de cristianos se reúne, es una señal visible de todo esto. Y todos nosotros, cuando vamos por las calles de nuestro barrio (pueblo o ciudad) al trabajo, o a comprar, o simplemente a pasear, y pasamos por delante de la iglesia, seguro que podemos recordar las bellas imágenes con las que nos hablaba Ezequiel en la primera lectura y que después repetía el salmo: esta iglesia, y todas las iglesias, nos visibilizan el santuario que es el mismo Jesucristo, el santuario que es la presencia de Dios en medio de los hombres; de este santuario del que brota una fuente de agua de vida y de salvación, agua capaz de sanear las aguas saladas y muertas, capaz de suscitar toda vida, capaz de hacer crecer toda alimento, toda esperanza; agua, en definitiva, que es la fe y la comunidad de los creyentes y el Espíritu de Jesucristo presente en nosotros. Que la Eucaristía de hoy nos haga vivir más intensamente los cimientos de nuestra fe. Que siempre que entremos en esta iglesia, o en cualquier otra iglesia, o siempre que pasemos por delante de la misma, se renueven estos cimientos.
JOSEP LLIGADAS 5. «SOIS EDIFICACIÓN DE DIOS» Mis padres, educadores de mi fe, me enseñaron muy pronto el camino del templo. Recién nacido, allá me llevaron para convertirme en «piedra viva» junto a la «piedra angular --Cristo Jesús-- sobre la cual se eleva toda la edificación del Templo Santo del Señor». Desde ese momento, siempre he sabido que, al ir al templo, iba a la «casa de Dios», al lugar del encuentro entre Dios y los hombres. Desde ese momento, aprendí gestos y modales: santiguarme, hacer la genuflexión, hablar quedo, rezar... Reconozco que siempre me ha atraído esa compostura exterior, que me flota espontáneamente al entrar en el templo, y que se ha convertido en un hábito adquirido. Sí. Me gusta el templo. Me gustan todos los templos. Las catacumbas, que fueron templos subterráneos en los que Dios se hizo presente entre el fervor y el peligro. Las basílicas, nacidas con la libertad religiosa, después de las persecuciones. Las sucesivas manifestaciones del arte --el bizantino, el románico, el gótico, el barroco, el funcional-- encarnándose en la piedra y sembrando el mundo de «casas de Dios». Me gustan las ermitas y las bajeras de las barriadas pobres, convertidas en templo. En una palabra, aunque dijera Isaías que «el cielo es el trono de Dios y la tierra el escabel de sus pies», me gusta que los hombres hayamos sentido la necesidad de buscar a ese mismo Dios en lugares concretos, hechos a nuestra imagen y semejanza. El mismo Jesús, hijo de un pueblo que veneraba el Templo, lo visitaba con frecuencia. Y así, me conmueve que, recién nacido, igual que a mí, sus padres «lo presentaran» en el templo. Me conmueve verle subir cada año a la «casa de oración», siguiendo la tradición judía. Me conmueve que, a los doce años, se quedara en él «porque debía ocuparse en las cosas de su Padre». Y me conmueve que un día lo desalojara, porque los traficantes lo estaban convirtiendo en «una cueva de ladrones». Pero quiero añadir enseguida que aún defendió, con más ardor, otro templo. Un día, hablando con la samaritana, aludió enigmáticamente a él: «Los verdaderos adoradores adorarán a Dios en espíritu y en verdad». En otra ocasión, aún más enigmáticamente, dijo: «Destruid este templo y en tres días lo reedificaré». ¿A qué templo se refería? San Juan nos aclaró el enigma: «Se refería al templo de su propio cuerpo». Cuando Pablo irrumpió en el apostolado, explicó de mil maneras esta bella y misteriosa alegoría cristiana: «¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu mora en vosotros?» Sí, amigos. El cristiano es un «templo de Dios», un «teóforo», un portador de Dios. Lo mismo que el pueblo de Dios peregrinante llevaba el arca de la alianza, el cristiano transporta por la vida su «propio tabernáculo». Hasta que entre, igual que Jesús, «en un tabernáculo mejor y más perfecto, no hecho por manos de hombres», según reza la carta a los Hebreos. Os digo estas cosas, porque tal día como hoy --9 de noviembre del 324-- los cristianos, después de las persecuciones, dedicaron a «El Salvador» la basílica de Letrán. La edificaron sobre el monte Celio. Es como la catedral del Papa. En ella residieron los sucesores de Pedro durante siglos y en ella tomaban posesión de su cargo. Se la considera la madre y cabeza de las iglesias del mundo. En esta época, en que la Humanidad abarrota otros templos --cines, estadios, discotecas...-- bueno será recordar la belleza del salmo: «Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido: tus altares, Señor de los ejércitos». ELVIRA-1.Págs. 110 s. 6. DOMINICOS 2003
La fiesta de la Dedicación de la Basílica
de Letrán, que se celebra el 9 de Noviembre, pasa normalmente bastante
desapercibida, pero este año cobra especial notoriedad al caer en
Domingo. Este templo, la catedral del Papa como obispo de Roma, es el
primer gran templo cristiano construido en Roma después de las
persecuciones, en el siglo IV.
I.1. Ezequiel es un profeta de visiones
extraordinarias que mira al Templo, la casa de Dios, como fuente de
aguas que han de llegar hasta el abismo de la Arabá, del Mar Muerto,
para que vuelva a nacer un nuevo paraíso. El manantial del templo que el
profeta posexílico nos describe en este c. 47 ha encendido una
inspiración sublime. Los discípulos ordenaron su obra, sus oráculos e
inspiraciones y ésta es la última visión del profeta, antes de ofrecer
una lista final de las tribus (c. 48). Tiene esta visión unas conexiones
muy refinadas y particulares con el c. 37 sobre la efusión del Espíritu.
Agua y Espíritu vienen a vivificar al pueblo que vive “desierto” o
alejado de Dios. El desierto rodea al pueblo de la Biblia y las aguas
del paraíso (Gn 2,10-14) han sido siempre una nostalgia en la teología
profética del AT.
II.1. Si extraordinaria es la visión de
Ezequiel, no es menos original la teología del “templo” que nos ofrece
Pablo en estos versos de 1Cor. Pero ¡qué diferencia! Ahora no hay
templo, ni altar, sino el “cuerpo” y el “espíritu”. Sobre estos símbolos
bien significantes se carga todo el peso de una teología cristiana que
es un descubrimiento sin precedentes. En todo caso sería una deducción
de que el ser humano ha sido creado a imagen de Dios. El hombre, la
persona, es “un cuerpo”, material y espiritual a la vez. El cuerpo nos
identifica, nos personaliza, pero también nos lleva a la muerte si es un
cuerpo “sin espíritu”.
III.1. El relato de la expulsión de los
vendedores del templo, en la primera Pascua “de los judíos” que Juan
menciona en su obra, es un marco de referencia obligado del sentido de
este texto joánico. Este episodio viene a continuación del relato de las
bodas de Caná, donde el vacío de la boda lo llena Jesús con el “vino”
nuevo sacado del agua. Las tinajas estaban allí para la purificación de
los judíos. El relato de la expulsión del Templo se encadena pues a lo
anterior, porque se quiere insistir más en el vacío de una religión, que
aunque “celebre” y llene el templo, puede que haya perdido su sentido
verdadero y sea necesario algo nuevo. No olvidemos que este episodio ha
quedado marcado en la tradición cristiana como un hito, por considerarse
como acusación determinante para condenar a muerte a Jesús, unas de las
causas inmediatas de la misma. Aunque Juan ha adelantado al comienzo de
su actividad, lo que los otros evangelios proponen al final (Mc
11,15-17; Mt 21,12-13; Lc 19,45-46), estamos en lo cierto si con ello
vemos el enfrentamiento que los judíos van a tener con Jesús. Este
episodio no es otra cosa que la propuesta de Jesús de una religión
humana, liberadora, comprometida e incluso verdaderamente espiritual. Pautas para la homilía
La Casa de mi Padre
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