SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
Rom 8,8-11: Por su misericordia poseemos el Espíritu de Cristo
Ved, pues, lo que sigue. Quienes están en la carne, es decir, quienes confían en ella y van en pos de sus concupiscencias, quienes viven en medio de ellas, quienes se deleitan en sus placeres y quienes cifran en ella la vida dichosa y feliz. Todos están en la carne, y no pueden agradar a Dios. Esta frase: Los que están en la carne no pueden agradar a Dios (Rom 8, 8) no debe entenderse como si hubiese dicho: «Los hombres no pueden agradar a Dios mientras se hallan en esta vida». Entonces, ¿no le agradaron los patriarcas? ¿No le agradaron los profetas y apóstoles? ¿No le agradaron los santos mártires, quienes, antes de presentar su cuerpo al tormento por la confesión de Cristo, no sólo despreciaban el placer, sino que soportaban llenos de paciencia los dolores? Le agradaron, pero no estaban en la carne. Arrastraban la carne, pero no eran arrastrados por ella. Ya se había dicho al paralítico: Toma tu camilla (Mc 2,11). Por lo tanto, quienes están en la carne, esto es, como ya he dicho y explicado, no por el hecho de vivir, sino porque consienten a los deseos de la carne, no pueden agradar a Dios.
Además, escuchadle a él que da la solución plena al problema. Hablaba cuando aún vivía, sin duda alguna, en este cuerpo; y, sin embargo, añadió: Vosotros, en cambio, no estáis en la carne. ¿Hay aquí, entre nosotros, alguien a quien dijera estas palabras? ¿Qué pensáis? Observad que lo dijo al pueblo de Dios, a la Iglesia. Es cierto que escribía a los romanos, pero lo dijo para toda la Iglesia de Cristo; sin embargo, lo afirmó sólo del trigo, no de la paja; lo dijo de la realidad que queda oculta, no de la paja que se ve. Cada uno reconozca en su corazón a cuál pertenece. Yo hablo a vuestros oídos, sin penetrar en vuestras conciencias; sin embargo, a tenor de lo dicho anteriormente, pienso, en el nombre de Cristo, que en su pueblo hay gente a quien se puede aplicar: Vosotros, en cambio, no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros (Rom 8,9). No estáis en la carne, porque no realizáis las obras de la carne consintiendo a sus concupiscencias; sino que estáis en el espíritu, porque os deleitáis en la ley según el hombre interior; a esto equivale lo que dice: Si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pero si presumís de vuestro espíritu aún estáis en la carne. Si, pues, no estáis en la carne, sino en el espíritu, entonces no estáis en la carne.
En efecto, si se retira el Espíritu de Dios, el espíritu del hombre cae por su propio peso a la carne, retorna a las obras de la carne y a los deseos del mundo, y su final será peor que el comienzo. Usad, por tanto, el libre albedrío para implorar el auxilio. No estáis en la carne: ¿Es obra de vuestras fuerzas? De ningún modo. ¿A qué es debido, pues? Si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo (Rom 8,9). No se engrandezca, ni se jacte, ni lo atribuya a su propia virtud la naturaleza pobre y viciada. ¡Oh naturaleza humana! ¡Oh Adán! No te mantuviste en pie cuando estabas sano, ¿y te levantaste con tus propias fuerzas? Quien no tiene el Espíritu de Dios. El Espíritu de Dios es lo mismo que el Espíritu de Cristo, puesto que es Espíritu del Padre y del Hijo. Quien no tenga el Espíritu de Cristo, que no se engañe: no es de Cristo.
He aquí que en virtud de su misericordia poseemos el Espíritu de Cristo. Sabemos que mora en nosotros el Espíritu de Dios si amamos la justicia y mantenemos la integridad de la fe católica. Pero ¿qué decir de la carne mortal? ¿Qué decir de la ley que existe en nuestros miembros y opone resistencia a la ley de la mente, o de aquel gemido: Desdichado de mí? (Rom 7,24). Escucha: Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está ciertamente muerto por el pecado, pero el espíritu es vida a causa de la justicia (Rom 8,10). ¿Hay que perder, pues, la esperanza respecto al cuerpo muerto por el pecado? ¿No cabe esperanza alguna? ¿Tan dormido está que no pueda despertarse? De ninguna manera. El cuerpo ciertamente está muerto por el pecado, pero el Espíritu es vida a causa de la justicia. Nos queda la tristeza por nuestro cuerpo, pues nadie hay que odie a su carne. Vemos con cuánto esmero se da sepultura a los muertos. El cuerpo, ciertamente está muerto por el pecado, pero el Espíritu es vida a causa de la justicia. Ya decías para consolarte: «quisiera que también mi cuerpo gozase de vida; pero, dado que ello no es posible, que la tenga al menos mi espíritu, mi alma». Espera, no te angusties.
Pues si el espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, quien le resucitó a él, dará también vida a vuestros cuerpos mortales (Rom 8,11). ¿Por qué teméis? ¿Por qué estáis tan preocupados por vuestra carne? Ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá (Lc 21,18). Adán con su pecado condenó a muerte vuestros cuerpos, pero Jesús, si su Espíritu mora en vosotros, dará igualmente vida a vuestros cuerpos mortales, puesto que entregó su sangre por vuestra salud. ¿Dudas de que se ha de cumplir lo prometido, teniendo tal garantía? ¿No habrá, por tanto, lucha con la carne?; se cumplirá lo escrito: Desdichado de mí, ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte? (Rom 7,24). Se cumplirá porque si su Espíritu habita en vosotros, Cristo Jesús dará igualmente vida a nuestros cuerpos mortales; serás librado del cuerpo de esta muerte, no porque carezcas de él o recibas otro, sino porque no morirá jamás.
Si hubiese dicho: Quién me librará del cuerpo, sin añadir de esta muerte, quizá hubiese dado pie, aunque equivocadamente, al pensamiento humano para decir: «Ya ves que Dios no quiere que vivamos con cuerpo». Dijo: del cuerpo de esta muerte. Deja de lado la muerte y bueno es el cuerpo. Elimínese el enemigo último, la muerte, y la carne vivirá en amistad conmigo por siempre. Nadie, en efecto, tuvo jamás odio a su carne. Aunque el Espíritu tiene deseos contrarios a los de la carne, y la carne los tiene contrarios a los del espíritu; aunque en esta casa hay ahora riñas, el marido que disputa no busca la perdición de la esposa, sino la concordia con ella. No penséis hermanos míos, no penséis que el espíritu, aunque tenga deseos contrarios a los de la carne, odia a ésta. Aborrece sus vicios, su prudencia, la lucha de la muerte. Una vez que esto corruptible se vista de incorruptibilidad y esto mortal se revista de inmortalidad; después que sembrado el cuerpo animal, resucite uno espiritual, verás la concordia plena y perfecta, verás a la criatura alabar al Creador. Por tanto, si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de los muertos habita en vosotros, el que lo resucitó a él, dará igualmente vida a vuestros cuerpos mortales, gracias a que su Espíritu habita en vosotros. No por méritos vuestros sino por don suyo.
Sermón 155,12-15
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