REFLEXIONES
1.
I. CELEBRACIÓN DE LA PASCUA EN LA TIERRA PROMETIDA
Al llegar a la tierra que Dios había prometido a Abrahán, Isaac y Jacob, termina el Éxodo, la peregrinación. El pueblo peregrino se convierte en sedentario y empieza a comer frutos de la tierra. En la estepa de Jericó, al anochecer del día catorce del mes, celebraron la Pascua. Es el punto culminante de la liberación: "Hoy os he despojado del oprobio de Egipto".
Esta primera lectura de hoy nos invita a celebrar la Pascua, nos estimula en nuestro camino hacia la Pascua de la Nueva Alianza.
Para nosotros, los creyentes liberados de la ignominia del pecado (cfr. segunda y tercera lectura), la Pascua es la culminación de las celebraciones del año. La Pascua del Señor nos abre las puertas del paraíso y del Reino, de la tierra prometida (como leeremos en la Pasión de Lucas, dentro de dos domingos: Lc 23,43). De la Pascua del Señor, tenemos un sacramento: la Eucaristía, que es en la tierra el pan del Reino de Dios, el pan sin fermentar, que significa, como nos dirá Pablo el día de Pascua (1 Cor 5,8), una renovación total en sinceridad y verdad.
También hoy (segunda lectura) Pablo nos dice que en Cristo somos una creación nueva. Por tanto la Eucaristía es siempre para nosotros el pan de la novedad pascual, el pan que continuamente nos renueva; pero, puesto que aún somos peregrinos hacia la tierra prometida, también es el maná bajado del cielo que da vida para siempre (cfr. Jn 6). El pan de la Eucaristía se nos presenta como alimento de peregrinos y como alimento del Reino que ya nos ha llegado por la Pascua del Señor. De ahí que, siguiendo la primera línea de nuestra predicación cuaresmal, hoy pueda presentarse la Eucaristía como la máxima celebración de la Pascua, el sacramento por excelencia de la Pascua del Señor, y con su sentido escatológico pregustamos en la tierra el pan del Reino, de la tierra prometida.
La Eucaristía es también el punto culminante de nuestra peregrinación cuaresmal en su aspecto penitencial: es el banquete festivo después de la reconciliación, el paso de la muerte a la vida (cfr. evangelio).
II. DIOS, POR CRISTO, NOS HA RECONCILIADO CONSIGO
Hoy la predicación penitencial se centra en la parábola del hijo pródigo, acogido y reconciliado por el Padre; la segunda lectura es también un admirable comentario en un sentido eclesial muy profundo.
Hay que conectar la predicación de hoy con la del domingo anterior. La urgencia a la conversión tiene que predicarse: "En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios". Este Dios se nos presenta como el padre, que espera, con los brazos abiertos, al hijo que se fue lejos. Al verlo, se conmueve, se le echa al cuello y lo besa; manda preparar el banquete festivo.
La comunidad eclesial no puede identificarse nunca con el hijo mayor, refractario a la reconciliación festiva y gratuita. La Iglesia ha recibido el encargo de llevar a todas partes el mensaje de la reconciliación. Forma parte del ministerio apostólico: Dios mismo exhorta a través de la Iglesia apostólica llamando a todos a la reconciliación.
CV/RC: Es en nombre del Padre como la Iglesia, por su ministerio apostólico (del obispo y de los presbíteros), reconcilia a los penitentes que vuelvan a la casa paterna por el sacramento de la Penitencia.
Hoy habría que insistir en el aspecto personal de la conversión, de la humilde confesión, de la absolución recibida gozosa y personalmente; absolución que en la segunda lectura de hoy y en el evangelio halla una fuente muy precisa: Dios reconcilió al mundo por la Pascua del Señor, envió al Espíritu Santo para perdonar los pecados, concede por el ministerio de la Iglesia (apostólica) el perdón y la paz a cada uno de los que retornan a sus brazos abiertos de misericordia.
A los fieles convendría darles a entender que si es personal la conversión también es personal la reconciliación, don misericordioso del Padre, que la Iglesia celebra gozosamente en el sacramento de la Penitencia, normalmente, como dice el nuevo Ritual, por la reconciliación de un solo penitente o de una comunidad de penitentes por la absolución personal de cada uno de ellos (1).
Este sería un buen domingo para anunciar la pastoral penitencial de la parroquia o iglesia en que se hace la homilía, cara a las fiestas de Pascua.
Finalmente, habría que subrayar dos aspectos, muy presentes en el sacramento de la Penitencia: la mirada hacia adelante, la renovación que produce la reconciliación: "El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado". Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo". Aquel que ha sido reconciliado ha pasado de muerte a vida ("este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido"), es un segundo bautismo y encuentra el culmen de su reconciliación en la Eucaristía: el banquete festivo, el banquete de Pascua, en que se nos ofrece como alimento el Cordero pascual que, muriendo, destruyó nuestra muerte y, resucitando, nos dio la vida: la vida nueva para siempre, con Dios, en la comunión del Espíritu.
PERE
LLABRES
MISA DOMINICAL 1983, 6
2.
-¿Nos vemos en el hijo pródigo como en un espejo? ¿Reconocemos nuestras ansias de libertad, de vivir a tope, de aprovechar los cuatro días que vivimos? ¿Recapacitamos alguna vez sobre el sentido de la vida?
-¿Nos sentimos retratados en el hermano "bueno"? ¿Somos intransigentes con las debilidades de los demás? ¿Lo somos con las nuestras? ¿Despreciamos a los pecadores...?
-¿Pensamos que ser buenos nos pone en desventaja con los que disfrutan de la vida sin miramientos? ¿Somos buenos por convicción... o porque no podemos ser malos? ¿Nos cansamos de intentar ser mejores?
-¿Confiamos en el amor de Dios? ¿Nos mueve el amor de Dios a perseverar en el intento de ser buenos? ¿O banalizamos el amor de Dios, creyendo que se pasa de rosca en su bondad?
EUCARISTÍA 1992, 15
Si en el amor del hombre sigue siendo Dios el que ama, el hombre ama en la medida en que es perdonado. La enseñanza más nueva y paradójica de Jesús es precisamente ésta. No sólo el amor del hombre para con Dios se encarna en el amor al prójimo, no sólo el amor del hombre supone el amor de Dios y es participación de este amor, sino que sobre todo el amor se mide por el perdón que se ha recibido. Solamente el pecador perdonado es el que ama. El amor es tan poco natural al hombre que supone de antemano su pecado: no es solamente una respuesta al amor de Dios, sino que es creación del amor increado. El perdón de Dios no solamente perdona el pecado, sino que crea al hombre nuevo que ama. Ama poco aquel a quien se le ha perdonado poco -dice Jesús- pero la mujer que ha pecado mucho, ama mucho. Tenía razón el cardenal de Berulle, cuando comentando estas palabras, afirmaba que con el perdón de la pecadora había nacido un nuevo orden del amor. (/Jn/08/03-11)
DIVO
BARSOTTI
LA
REVELACIÓN DEL AMOR
SIGUEME. Salamanca 1966/ págs. 275
4.
-Dios
rico en misericordia
D/MISERICORDIA
Es tan clara la significación de la parábola del hijo pródigo en orden a comprender el amor misericordioso de Dios, que el papa Juan Pablo II le dedicó un capítulo entero en una de sus primeras encíclicas, la titulada Dives in misericordia ("Rico en misericordia"). El papa quiso destacar, en la citada encíclica, que creer en la misericordia de Dios no significa en modo alguno atentar contra la dignidad del hombre, como podría imaginarse la mentalidad del mundo moderno.
"Nuestros prejuicios acerca del tema de la misericordia -dice textualmente Juan Pablo II- son, a lo sumo, el resultado de una valoración exterior. A veces sucede que, siguiendo un sistema de valoración así, percibimos principalmente en la misericordia una relación de desigualdad entre quien la ofrece y quien la recibe.
En consecuencia, estamos dispuestos a deducir que la misericordia difama a quien la recibe y ofende la dignidad del hombre. La parábola del hijo pródigo demuestra lo diversa que es la realidad: la relación de misericordia se fundamenta en la experiencia común de la dignidad que le es propia. Esta experiencia común hace que el hijo pródigo empiece a verse a sí mismo y sus acciones con toda verdad (semejante visión en la verdad es auténtica humildad); en cambio, para el padre, y precisamente por ello, el hijo se convierte en un bien particular: el padre ve el bien que se ha realizado con una claridad tan nítida, gracias a una irradiación misteriosa de la verdad y del amor, que parece olvidarse de todo el mal que el hijo había cometido".
Según el papa, si el padre del hijo pródigo se muestra misericordioso es porque "es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre había sentido por su hijo". Por ello es el símbolo de la misericordia de Dios, el cual no puede dejar de ser fiel a sí mismo ni a su amor por todos los hombres.
-Eucaristía, fiesta de la reconciliación (EU/FT-RECONCILIACION) De acuerdo con la parábola de hoy, cuando la misericordia del padre acoge el retorno del hijo tiene lugar la celebración y la fiesta: "Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado".
Siempre que celebramos la fiesta de la eucaristía, celebramos también el encuentro del amor misericordioso de Dios con los hijos que, arrepentidos, queremos volver al Padre. Hagamos que la eucaristía de hoy sea de veras la fiesta de nuestra reconciliación con Dios y los hermanos.
JOAN
LLOPIS
MISA DOMINICAL 1989, 5
5.
UN DÍA DE ALEGRÍA La liturgia de hoy, ya desde su comienzo, nos invita a la alegría: "Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis...". (antífona de entrada). Y es que ya están próximas las fiestas pascuales y, con ellas, la plena restauración de la comunidad cristiana por la Muerte y Resurrección de Cristo. Por ello pedimos al Señor en la oración colecta que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las fiestas pascuales. A lo largo de estas semanas hemos tomado conciencia de que somos pecadores. Y, como el hijo pródigo, hemos emprendido el itinerario penitencial para volver a la casa del padre. El camino de la penitencia será auténtico en la medida en que sepamos abrir comprensivamente nuestro corazón a los demás, perdonándolos y evitando cualquier actitud de superioridad o soberbia espiritual.
Así entramos en los sentimientos del corazón de Dios que nos dice hoy: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado (evangelio).
No participaremos en todo este misterio de salvación sino iluminados por la claridad que la fe y la gracia bautismal encendieron un día en nuestro espíritu. En el camino cuaresmal de conversión vamos renovando esa gracia bautismal y, peregrinos en un camino oscuro, vamos recuperando el esplendor de la fe. Todo ello se traducirá, en la práctica, en aprender a amar a Dios de todo corazón (cf. oración después de la comunión). Por toda esta luz experimentaremos hoy una especial alegría.
....................
En la liturgia eucarística podemos hoy utilizar el prefacio de la penitencia, "El sacramento de la Reconciliación en el Espíritu". Y habrá que subrayar hoy el Padre nuestro, cantándolo y utilizando la monición segunda
-"Llenos de alegría por ser hijos de Dios"- o la cuarta de la versión unificada del Ordinario de la Misa en lengua española. También hay que subrayar el rito de la paz como signo de reconciliación. Convendrá utilizar hoy la monición segunda, "Como hijos de Dios, intercambiad ahora un signo de comunión fraterna".
Hoy podremos adornar el altar con flores, tocar los instrumentos musicales y utilizar ornamentos de color rosa.
ÁNGEL
GOMEZ
MISA DOMINICAL 1992, 5
6.
La riqueza de perspectiva de esta parábola puede dispersar, según sea su planteamiento, el enfoque de la homilía. Por eso conviene ceñirse a uno o dos aspectos concretos, más que pretender una actualización global. He aquí algunas sugerencias en esta línea:
-Una primera propuesta de concreción: el hijo que retorna es el tipo del cristiano pecador, reconciliado en la Iglesia. No ha perdido la condición de hijo -el cristiano continúa siendo hijo de Dios y miembro de la Iglesia a pesar de su pecado- pero su retorno a la comunión con el Padre es como una renovación de su bautismo: "Estaba muerto y ha revivido", y al mismo tiempo una recuperación de la comunidad eclesial (P/ROMPE-C): "estaba perdido y lo hemos encontrado". A partir de aquí puede iluminarse el paralelismo de itinerario de la conversión del hijo con la conversión del pecador: análisis lúcido de la propia situación (referencia al evangelio del III domingo, donde se destaca la urgencia de la conversión a partir de las situaciones históricas), decisión de salir de ella, confianza en la misericordia del Padre, iniciativa reconciliadora del Padre, confesión humilde y sincera, celebración gozosa de la fiesta. Sería oportuno en la homilía invitar a los fieles a preparar la Pascua con el sacramento de la reconciliación, y asimismo a acentuar el valor de una confesión personalizada que permite expresar la propia identidad de pecador y ser ayudado para caminar hacia adelante en el buen propósito.
Es importante hablar del sacramento de la penitencia(PT-SO/FT/ALEGRIA) en un tono gozoso, como un acontecimiento de salvación, y no caer en lamentaciones y acusaciones de la poca frecuencia con que se celebra.
-Una segunda propuesta de concreción: iluminar el proceso de la conversión y de la reconciliación del hijo con el texto de la segunda lectura. También aquí debe comenzarse por destacar la obra de Dios, en el bautismo y en la penitencia. Concretamente, la atención se centra en el misterio pascual de Cristo como misterio de reconciliación y se deriva hacia el ministerio de la reconciliación, ministerio apostólico (explicación de la función del confesor). Una magnífica ocasión para hacer una presentación catequética del texto de la absolución sacramental, tal como está en el nuevo Ritual, y a partir de aquí una explicación del propio sacramento de la Penitencia. Véase un esquema, para esta explicación, en el Ritual de la penitencia n. 60. En otros apartados del Ritual se encuentran numerosas referencias a la parábola del hijo pródigo (nn. 6, 42, 56, 67).
PERE
TENA
MISA DOMINICAL 1980, 6
7. PODER/CARISMA I/PODER/CARISMA
MEDITACIÓN SOBRE EL PODER Y LA GRACIA
1. El poder sirve para muchas cosas. Pero no sirve para que los hombres se vuelvan buenos: no sirve para liberar o sanar la libertad humana, sino sólo para suprimirla. La gracia, en cambio, hace buenos a los hombres y libera la libertad humana. El poder obliga, la gracia ayuda.
El poder crea cuarteles o campos de concentración; el carisma edifica comunidad. El poder impone silencio, el carisma habla hasta con su silencio. El poder sólo es capaz de preservar, el carisma es capaz de transmitir. El poder sospecha siempre, desconfía siempre; el carisma alienta siempre, apuesta siempre.
El poder da la seguridad de la instalación, el carisma se mantiene en la inseguridad de Abrahan. El poder se ama sólo a sí mismo, la gracia ama a los hombres. El poder se atribuye carismas, el carisma no se atribuye poderes. El poder suplanta al Espíritu, el carisma transparenta al Espíritu. Y por eso, el poder acaba por levantar la cruz y el carisma acaba por morir en ella. En una palabra: el poder es de este mundo como todos los sanedrines: el carisma es del cielo como Jesús.
2. Como todo es infinitamente complejo en el ser humano, el poder está mezclado muchas veces de buena voluntad, y el carisma está lastrado muchas veces de barro humano. El barro puede volver al carisma vulnerable, y hasta enfermo. La buena voluntad puede mal-aconsejar al poder, haciéndole pensar que salvará a la Iglesia del aguijón del pecado: pero con eso no hará más que dar coces contra el aguijón, como Saulo, y clavarlo más profundamente en la carne de la iglesia.
3. La Iglesia nunca podrá prescindir de un cierto poder, porque está en este mundo. Pero en la medida en que lo estime muy por debajo del carisma y lo subordine a él, mostrará hasta qué punto cree efectivamente en Dios, y en la presencia de Dios en ella. Una Iglesia que no teme desprenderse de poder es una Iglesia que se fía de Dios más que de sí misma. Una Iglesia que no teme aplastar el carisma es una Iglesia que se fía de sí misma más que de Dios. Una Iglesia en que domine el poder, sólo sabrá pensar que el mundo es el hijo pródigo; y estará secretamente ansiosa de verlo fracasar con las bellotas, para demostrarse a sí misma que ella tenía razón, y sentirse reivindicada. Una Iglesia en que domine el carisma sentirá más bien el temor de parecerse ella al hermano mayor del pródigo: el temor de no amar bastante a su hermano pecador y de que sus "buenas obras" no le hayan servido en realidad para tener un corazón bueno, sino sólo para sentirse superior, y sentir con dureza.
4. Vaticano II significó la apuesta por el carisma: por eso tuvo algo que atraía e impactaba aun a los que luego quizás no supimos estar a su altura. El postconcilio, sobre todo el más reciente, está significando la tentación del poder: por eso tanta gente ha vuelto a perder interés por la Iglesia (y algunos de los que no lo han perdido es porque tienen en ella un interés "interesado").
Yo quisiera naturalmente que el próximo Sínodo sea de carisma y no de poder. No lo espero mucho, ésta es la verdad, y éste es quizás mi pecado. Pero creo que, si la Iglesia tiene ese temor de parecerse al hermano mayor del pródigo (y de esto es de lo que la avisaba a ella Jesús), tratará entonces de acercarse cada vez más al Padre que, en lugar de separarse y cerrar la casa, sale de casa cada día hasta las fronteras mismas de lo posible. Que en lugar de pasar facturas, guarde el ternero para el banquete de reencuentro, y que, si el hijo todavía no vuelve, en lugar de anatematizarlo, llora en silencio pero no habla contra él.
N. B. Todo esto podrá parecer "tremendamente ingenuo". Soy lo suficientemente pecador como para que me lo parezca a mí también.
Pero la pregunta es si es tan ingenuo como las Bienaventuranzas, el Sermón del Monte y el Evangelio en pleno, o si todavía no llega a ese nivel.
J.
I. GONZALEZ FAUS
EL CIEVO 1985, 417
8. ORAS/D/PADRE
¿Que me dirás, Dios mío,
cuando llegue a tu presencia?
¿Qué voy a decir, Señor,
cuando me encuentre cara a cara contigo?
Yo me quedaré mudo,
sin saber qué decir, cómo hablar...
Pero tú me sorprenderás con tu amor,
como siempre,
y antes de que yo abra la boca,
me tomarás de la mano
y me dirás, como al hijo pródigo,
¡Ven a mis brazos, hijo mío,
no ves que te estoy esperando!
Y entonces entenderé,
por fin, la parábola de tu amor de Padre.
Y se me quedará clavada en el corazón,
para siempre,
como un dardo profundo,
esa palabra que lo dice todo en tus labios:
¡HIJO!
Ojalá que pueda decir,
con toda mi alma,
con todo mi corazón y todas mis fuerzas,
esa otra palabra maravillosa:
¡PADRE!
Porque tú, Señor, eres verdaderamente nuestro padre
y nosotros somos de verdad tus hijos.
EUCARISTÍA 1992, 15
9. OBSERVACIONES Y SUGERENCIAS
1.- La parábola del padre misericordioso o de la reconciliación es la parábola de nuestra comunidad. Ahí estamos todos. Poco vale, pues, que reflexionemos sobre ella si no la llevamos a la práctica. Sería bueno que la comunidad analice sus relaciones, las divisiones que existen, los recelos. Cómo se trata a los que no practican, o traen ideas nuevas, o tienen otra modalidad. Qué se hace por los no cristianos para entablar un diálogo, por los extranjeros, etc.
Y celebrar esta parábola: reunirse, revisar lo que anda mal, pedirse perdón mutuamente, programar un plan encaminado a un mayor espíritu comunitario. Y también festejar la vida comunitaria... Una fiesta en Cuaresma no solamente no se opone a su espíritu, sino que lo afirma, pues acentúa esto Nuevo que vamos descubriendo en lo que antes parecía un desierto estéril y terrible.
El verdadero ayuno de Cuaresma no está en ingerir menos alimentos, sino en ingerir a los hermanos: es el ayuno del corazón. A la luz de esta parábola, revisar también la forma como se participa en el sacramento de la «confesión», léase de la reconciliación. Sacramento en el que debemos confesarnos el mutuo amor y confesar con alegría la misericordia del Padre.
2.- La primera lectura, que hubiera podido ser elegida con mejor criterio, puede, no obstante, ayudarnos en la reflexión cuaresmal: la Pascua celebra el fin del oprobio, el fin de una vida humillante y prostituida.
Con la liberación el hombre conquista sus derechos de hombre, trabaja su tierra y come de la cosecha que él mismo ha sembrado. Ya no necesita maná. El mismo transforma la tierra y vive de su trabajo comunitario.
SANTOS
BENETTI
CAMINANDO POR EL DESIERTO. Ciclo C.2º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1985.Págs.
68 ss.
10.
-¡ALEGRAOS!
Hoy es el domingo de la alegría en el interior de la Cuaresma: el antiguo domingo "Laetare" . "¡Alegraos!, empieza diciendo el rito de entrada de la Eucaristía de hoy. El sonido del órgano, como solista, y no sólo para acompañar los cantos, la presencia de algunas flores sobre la mesa eucarística -siempre con discreci6n y no como si se tratara de una solemnidad han de subrayar visiblemente el tono alegre de este domingo, en el ecuador de la Cuaresma. La alegría del domingo cuarto de Cuaresma viene ciertamente de un factor humano, psicológico: estamos a medio camino hacia las celebraciones pascuales, fuente de la verdadera alegría cristiana; pero también la Palabra de Dios hoy nos estimula a tener esta alegría: recordamos la primera Pascua de Israel en la Tierra prometida; Pablo nos habla de la reconciliación y de la creación nueva; el Padre en el evangelio nos invita a ello: "Deberías alegrarte" por haber recobrado al hermano perdido.
-¡ESTAMOS A PUNTO DE CELEBRAR LA PASCUA!
La Cuaresma es peregrinación hacia la Pascua, en la que Jesús nos da el Reino y el Paraíso (nos lo dirá el evangelio de Lucas el domingo de Pasión), que son la Tierra prometida.
La primera lectura nos recuerda el gozo del pueblo de Israel, liberado de la ignominia de Egipto, que acampa en la llanura de Jericó después de atravesar el Jordán y celebra allí la Pascua; seguidamente se establece en la Tierra prometida donde empieza a comer las cosechas del país, después de haberse saciado con el pan ritual ázimo. Es símbolo de nuestra peregrinación actual: la liberación de la esclavitud del pecado por la conversión cuaresmal (catecumenal-penitencial), la entrada en la Iglesia -visibilidad del Reino de Dios, de la Tierra prometida, aquí y ahora-, el saciarse del pan eucarístico (memorial de la Pascua) y de todos los frutos de la nueva tierra.
Todo eso nos recuerda la iniciación cristiana recibida, y renovada cada Cuaresma en la proximidad de la Pascua. Es lo que expresamos al dar gracias con el prefacio I de Cuaresma: la Pascua nos renueva nuestra filiación divina "por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida".
-DIOS RECONCILIABA EL MUNDO EN CRISTO
Éste es el mensaje fundamental de este domingo, en la segunda lectura y en el evangelio de Lucas. También podemos afirmar que Dios se reconcilió con Israel y pactó con él una alianza de paz cuando le dio posesión de la Tierra prometida.
Toda la obra redentora de Dios en Cristo y por él es presentada por Pablo como "reconciliación". Dios hace las paces con el mundo, con la humanidad, se convierte en su Amigo: es el Dios que ama al hombre, como gusta de repetir la Tradición oriental. La virulencia del pecado se ha encarnizado en Cristo, justo e inocente, por un misterio insondable, para que nosotros llegásemos a ser justos, amigos de Dios. Este es el gran mensaje, la Buena Noticia: los apóstoles, como embajadores de Cristo, lo anuncian por todas partes. Dios mismo exhorta a través suyo: ¡Reconciliaos con Dios!
El fruto de la reconciliación del mundo con Dios es la nueva creación. Ya pertenecen a ella, ya forman parte de ella los que viven en Cristo. El mundo nuevo, creado a partir de la reconciliación universal en Cristo, por la fe y por el bautismo, liberados de la vetustez del pecado que esclavizaba el mundo antiguo.
-UN PADRE TENIA DOS HIJOS...
La parábola, llamada habitualmente "del hijo pródigo", nos presenta que Dios Padre, en la historia, ha tenido dos hijos: el mayor, que siempre ha permanecido en la casa (Israel); el pequeño que ha marchado de ella (los paganos). Es la parábola de la reconciliación universal. El Padre los ama a los dos: si el pequeño marcha de casa y vuelve, acordándose del amor y la abundancia de que gozaba en la casa paterna, y lo recobra con vida, lo abraza y organiza la gran fiesta de la reconciliación. El hijo mayor no tiene que ser celoso: también ha de alegrarse por el hermano nuevamente incorporado a la casa paterna. En la historia de la humanidad reconciliada, nos sentimos incluidos cada uno de nosotros. Alternativamente, a veces nos identificamos con el hijo pródigo, otras con el mayor. La parábola nos enseña, en todas las situaciones, cuán grande es la misericordia del Padre, que no rechaza ni excluye a nadie, sino que abraza a todo el mundo: los que le han abandonado y los que permanecen en casa; a ambos, los quiere ver unidos y felices en la casa paterna.
-EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN
El mensaje de Pablo y el evangelio de Lucas, proclamados hoy, nos hacen recordar la actualidad del sacramento de la penitencia. Las parroquias y comunidades han de programar en este tiempo, cuidadosamente, su celebración en las dos formas normales del Ritual. La primera ha de desterrar toda precipitación y rutina; debe hacerse según el Ritual; hay que subrayar el elemento personal, tan apropiado para situaciones en que el penitente quiere dialogar, necesita orientación (p.e. después de una profunda crisis o en un punto decisivo de la vida; es la forma más adecuada para gente poco practicante). Para resaltar el carácter de Iglesia penitente que tiene la comunidad, reconciliada y reconciliadora, la forma segunda es la más apta. La Cuaresma es una buena invitación a responder positivamente al mensaje de Pablo: ¡Reconciliaos con Dios!, personalmente y comunitariamente. (Nótese que las palabras de Pablo leídas hoy están en el trasfondo de la fórmula de absolución sacramental).
PERE
LLABRÉS
MISA DOMINICAL 1995, 4
11.
EL AMOR DEL PADRE
Escribía Charles Péguy: "Todas las parábolas son hermosas, todas las parábolas son grandes. Pero con ésta, millares y millares de hombres han llorado: un hombre tenía dos hijos...".
Los fariseos y los escribas criticaban a Jesús porque acogía a los pecadores y comía con ellos. Jesús, entonces, contó la gran parábola denominada "del hijo pródigo", que en realidad quiere ser la parábola del amor del Padre. Es la más bella historia de amor. Hay que leerla, contemplarla y guardar esa foto del Padre en la cartera, cerca del corazón. Dios es Padre misericordioso y ama a todos sus hijos sin medida. Pero los hombres, ¿serán hermanos?... Al final de la parábola queda ese gran interrogante. El hermano mayor, el que se creía bueno y cumplidor, ¿será hermano, se dejará convencer y "entrará en la alegría del padre"? No lo sabemos. La parábola no termina. A cada uno le toca poner la conclusión: "entrar a celebrar la fiesta".
1. De la miseria a la misericordia
La parábola del hijo pródigo, aparte de ser una joya literaria, es como un fogonazo que te ciega y te entusiasma, una pintura en claroscuro que te revela especialmente dos cosas: la miseria y la misericordia; lo que hay en el corazón del hombre y lo que hay en el corazón de Dios; la inmensa negrura del hombre y la infinita luminosidad de Dios. Dos polos que se atraen, «un abismo llama a otro abismo»: la miseria y la misericordia, la mezquindad y la generosidad, el vacío y la plenitud, la tristeza y la alegría desbordante.
ESQUEMA POSIBLE DE HOMILÍA: 1) Primer personaje: el hijo que reconoce su error. Tenemos siempre el peligro de saltarnos este primer paso: reconocer el pecado que hay en nosotros. Un pecado personal, pero también social, comunitario (del que todos somos responsables). La parábola nos dice, sin embargo, que no basta este reconocimiento: después de aceptar como vana la ilusi6n de hallar la felicidad lejos de Dios (de su bondad, de su justicia, de su amor...) es necesario emprender el camino hacia el Padre. Es el camino de la conversión. Porque la conversión es algo más que reconocerse pecador: es emprender el camino que lleva a la vida.
2) El segundo personaje de la parábola es -de hecho- el primer actor, el protagonista. Porque para emprender el camino de conversión se requiere fe, esperanza. Que no se basan en nosotros. Es Dios quien hace posible este camino hacia la vida. Si no creemos en este amor del Padre, en su perdón siempre renovado, en su ofrecimiento constante de vida, no hay nada a hacer.
Los cristianos, a menudo, como el hijo pródigo, tenemos una imagen muy pobre de Dios. Pensamos que nos admitirá sólo como jornaleros, cuando El nos sigue esperando como hijos. Pero si emprendemos el camino hacia El, irá madurando nuestra fe, porque Dios irá penetrando nuestra vida. Lo que era, quizás, sólo temor, se convertirá en comunión. Que es lo que quiere el Padre. Una comunión que se expresa en la gran fiesta que el Padre organiza. Magnífico símbolo de la plenitud de vida -del pleno cumplimiento de los anhelos humanos- que es aquello que denominamos voluntad de Dios.
3) El tercer personaje -no vale olvidarlo porque a menudo es nuestro papel- es el hijo mayor que nunca ha dejado la casa del Padre, aunque no haya sabido entrar en comunión con El (¿de qué le ha servido el meticuloso cumplimiento de las normas? ). Por ello no sabe recibir al hermano, no entiende que el Padre organice la fiesta. ¿No es un personaje frecuente entre nosotros? Nadie le podrá acusar de escándalos y libertinajes, pero no ha sabido comprender al Padre aunque viviera en su casa (aunque fuera a misa, viviera siempre en la Iglesia): no es un hombre abierto a la fiesta como el Padre, no sabe acoger, no sabe amar. También él, como su hermano, debe emprender el difícil camino de la conversión.
-CATEQUESIS DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA:
Evidentemente toda la parábola está llena de elementos que facilitan una catequesis del sacramento de la Penitencia: reconocer el pecado, confiar en el perdón, camino de conversión, confesión del pecado, comunión con el amor de Dios (la penitencia desemboca en la Eucaristía). Quizá convendrá decir que ello se realiza tanto en las celebraciones comunitarias como en las individuales.
12.
La indignación del hijo autosuficiente es la cara opuesta de la misericordia del padre. El padre no permite tampoco a su hijo protestón que esté allí sin entrar y adoptar la postura que había adoptado con el hijo pródigo. Pretende decirnos que Dios también se interesa por los hombres obstinados; también a ellos les brinda la oportunidad de un cambio en su modo de pensar.
El hijo modelo piensa exclusivamente en categorías "mérito-salario"; no tiene, materialmente, comprensión alguna para el amor misericordioso del padre. Pero el padre no se desorienta con los reproches del hijo mayor. Se dirige a él con esta delicada y cariñosa expresión: "¡Hijo mío! Todo lo mío es tuyo también". Una afirmación tan llena de bondad que tendría que bastar para conmover incluso a un corazón obstinado. Y le dice: "Tú también deberías celebrar esta fiesta y alegrarte, porque el que ha vuelto es tu propio hermano".
Así acaba la parábola. No se nos dice nada de la reacción del hijo indignado. Es probable que las palabras de su padre le parezcan una verdadera estupidez. Es probable que lo considere un viejo que está chocheando. Es probable que intente incapacitarlo, como que no está en sus cabales, para que no pueda entregar a su hermano lo que él considera que le pertenece de un modo exclusivo.
Lo que Jesús pretende, con la brusca interrupción de la parábola, es que todos los que nos consideremos buenos no nos cerremos nunca a la llamada de la conversión y del perdón; que logremos superar siempre el escándalo producido por el evangelio cuando nos habla del amor misericordioso de Dios.
13.
EL HIJO QUE NO ERA PRÓDIGO
Se abre la liturgia de este domingo "Laetare" con una invitación a la alegría pascual, aunque aún estemos a la mitad de la Cuaresma. Hoy se proclama una de las parábolas más entrañables y conocidas, la del hijo pródigo. La gran enseñanza del hijo pródigo es su retorno, verdadera catequesis de la conversión auténtica, que tiene los pasos siguientes: 1) darse cuenta de que hemos derrochado nuestra fortuna y vivimos perdidamente; 2) recapacitar y soñar la abundancia de la casa paterna; 3) examinarse para saber lo que hay que manifestar acusándose pecador; 4) ponerse en camino, cumplir la penitencia previa de desandar nuestros malos pasos; 5) confesarse diciendo: "Padre, he pecado...".
¿Y qué decir del hijo mayor? ¿Por qué los cristianos no somos capaces de aceptar y comprender que Dios Padre tiene siempre sus brazos abiertos en un gesto inmenso de perdón? ¿Por qué no entendemos que en la casa del Padre hay sitio para todos, un puesto privilegiado para el hijo que vuelve arrepentido? Corremos el peligro de ser "hijos mayores" que se quedan en casa cuando vivimos en una fría honradez legalista, cuando nuestra conducta virtuosa se hace estrecha y nos separa de los otros, cuando reducimos la vida en la casa paterna a una cuestión de reglamento y de prohibiciones, cuando no salimos en busca de quien se ha ido. ¿Quién está más lejos de casa? ¿El insensato que la ha abandonado, pero que la recuerda, o el que se ha quedado en ella sin amor?
Andrés Pardo
14. Para orar con la liturgia
Tú. Dios de bondad y misericordia, ofreces siempre tu perdón
invitas a los pecadores a recurrir confiadamente a tu clemencia.
Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza;
pero tú, en vez de abandonarnos has sellado de nuevo con la familia humana,
por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor,
un pacto tan sólido, que ya nada lo podrá romper.
Y ahora, mientras ofreces a tu pueblo un tiempo de gracia y reconciliación,
lo alientas en Cristo para que vuelva a ti,
obedeciendo más plenamente al Espirita Santo,
y se entregue al servicio de todos los hombres.
Prefacio Reconciliación I
15.
Las mediaciones
A la meta sólo se llega después de un largo camino, en el que hay que vencer muchos obstáculos y dificultades y en el que hay que buscar muchas ayudas y muchas motivaciones, para poder seguir mirando hacia adelante con ilusión.
Ni a la meta de perfección cristiana ni a las metas que nos proponemos en la vida se llega normalmente con "un golpe de suerte". Es verdad que Dios puede conceder a algunos la posibilidad de encontrarle y conocerle de pronto, como a San Pablo, y que se dan "milagros laicos", como que toque "la Primitiva". Pero eso no es lo normal; a las metas se llega con el trabajo y el esfuerzo de cada día.
La mayor de las aspiraciones de la vida cristiana es poder participar plenamente en la Pascua del Señor, convirtiéndonos en hombres nuevos. A ella sólo se puede llegar, si una vez descubierto su valor, se pone un esforzado empeño por alcanzarla a lo largo de toda la vida y, de un modo especial, en cada una de las etapas cuaresmales.
La Iglesia nos ofrece en la Cuaresma medios con los que prepararnos a una vivencia consciente de la Pascua: ejercicios espirituales, charlas cuaresmales, retiros, encuentros de oración, celebraciones penitenciales, Via crucis, predicación diaria... Todos ellos son cauces que un cristiano responsable no debe despreciar; al contrario, ha de saber aprovecharlos, porque en ellos se toma conciencia de lo que Dios nos ofrece y de cómo hemos de vivir para conseguirlo.
AMADEO
Rodríguez
Semanario "Iglesia en camino"
16. Volver a casa
Como sabemos, la Cuaresma es un tiempo de gracia en la que se invita al gran gesto penitencial de encauzar nuestra vida por los caminos que conducen a un encuentro más personal e íntimo con Dios. Las lecturas de hoy describen ese movimiento como "volver a casa".
La primera lectura narra el final de los cuarenta años de la travesía del desierto. Se trata de la vuelta a la Tierra prometida, la que Jacob y sus descendientes tuvieron que abandonar para irse a Egipto, donde cayeron en esclavitud. A esto se nos invita: a abandonar la esclavitud de nuestras actitudes negativas y así volver a casa donde nos espera nuestro Padre. La espléndida parábola del hijo pródigo propone el "volver a casa" como único remedio a la situación de aquel, que es un símbolo de cómo estamos cada uno de nosotros.
San Pablo, más que repetir las idea de que tenemos que volver a casa, nos hace profundizar en la novedad cristiana de la reconciliación. Desde el principio advierte: Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Lo antiguo es pensar que la distancia que nos separa de Dios es un camino que hemos de recorrer nosotros con penas y lágrimas. San Pablo presenta lo nuevo: Todo esto viene de Dios, por medio de Cristo que nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Es fácil apreciar el giro dado. No es el hombre el que tiene que captar la benevolencia de Dios y así acortar la distancia, sino que ha sido el Padre, por medio de Cristo, quien se nos ha acercado y ha encargado a la Iglesia que nos exhorte a que nos reconciliemos con El. La realidad es que ya estamos en casa, sólo urge que lo aceptemos con fe.
Antonio Luis Martínez
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