SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO


Lc 15,1-3.11-32:
Primero el retorno a sí mismo y luego al Padre

No es necesario detenernos en las cosas ya expuestas. Mas aunque no es necesario demorarnos en ellas, sí conviene recordarlas. No ha olvidado vuestra prudencia que el domingo anterior tomé a mi cargo el hablaros en el sermón sobre los dos hijos de que hablaba el evangelio de hoy, pero no pude terminar. Dios nuestro Señor ha querido que, pasada aquella tribulación, os pueda hablar hoy. He de saldar la deuda del sermón, puesto que hay que mantener la deuda del amor. Quiera el Señor que mi poquedad llene los deseos de vuestro anhelo.

El hombre que tuvo dos hijos es Dios que tuvo dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el gentil. La herencia recibida del padre es la inteligencia, la mente, la memoria, el ingenio, y todo aquello que el Señor nos dio para que le conociésemos y alabásemos. Tras haber recibido este patrimonio, el hijo menor se marchó a una región lejana. Lejana, es decir, hasta olvidarse de su Creador. Disipó su herencia viviendo pródigamente; gastando y no adquiriendo, derrochando lo que poseía y no adquiriendo lo que le faltaba; es decir, consumiendo todo su ingenio en lascivias, en vanidades, en toda clase de perversos deseos a los que la Verdad llamó meretrices.

No es de extrañar que a este despilfarro siguiese el hambre. Reinaba el hambre en aquella región; no hambre de pan visible, sino hambre de la verdad invisible. Impelido por la necesidad, cayó en manos de cierto príncipe de aquella región. En este príncipe ha de verse al diablo, príncipe de los demonios, en cuyo poder caen todos los curiosos, pues toda curiosidad ¡licita no es otra cosa que una pestilente carencia de verdad. Apartado de Dios por el hambre de su inteligencia, fue reducido a servidumbre y le tocó ponerse a cuidar cerdos; es decir, la servidumbre última e inmunda en que suelen gozarse los demonios. No en vano permitió el Señor a los demonios entrar en la piara de puercos. Aquí se alimentaba de bellotas que no le saciaban. Las bellotas son, a nuestro parecer, las doctrinas mundanas, que alborotan, pero no nutren, alimento digno para puercos, pero no para hombres; es decir, con las que se gozan los demonios, e incapaces de justificar a los hombres.

Al fin se dio cuenta en qué estado se encontraba, qué había perdido, a quién había ofendido y en manos de quién había caído. Y volvió en sí, primero el retorno a sí mismo y luego al Padre. Pues quizá se había dicho: Mi corazón me abandonó (Sal 39,13), por lo cual convenía que ante todo retornase a sí mismo, conociendo de este modo que se hallaba lejos del Padre. Esto mismo reprocha la Sagrada Escritura a ciertos hombres, diciendo: Volved prevaricadores al corazón (Is 46,8). Habiendo retornado a sí mismo, se encontró miserable: Encontré la tribulación y el dolor e invoqué el nombre del Señor (Sal 114,3-4). ;Cuántos mercenarios de mi padre, se dijo, tienen pan de sobra y yo perezco aquí de hambre! ¿Cómo le vino esto a la mente, sino porque ya se anunciaba el nombre de Dios? Es cierto: algunos tenían pan pero no como era debido, y buscaban otra cosa. De ellos se dijo: En verdad os digo que ya recibieron su recompensa (Mt 6,5). A los tales se les debe considerar como mercenarios, no como hijos, pues a ellos señala el Apóstol cuando escribe: Anúnciese a Cristo, no importa si por oportunismo o por la verdad (Flp 1,18). Quiere que se vea en ellos a algunos que son mercenarios porque buscan sus intereses y, anunciando a Cristo, abundan en pan.

Se levantó y retornó. Había permanecido o bien en tierra, o bien con caídas continuas. Su padre lo ve de lejos y le sale al encuentro. Su voz está en el salmo: Conociste de lejos mis pensamientos (Sal 138,3). ¿Cuáles? Los que tuvo en su interior: Diré a mi padre: pequé contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo, hazme como uno de tus mercenarios (Lc 15,13-19). Aunque ya pensaba decirlo, no lo decía aún; con todo, el padre lo oía como si lo estuviera diciendo. A veces se halla uno en medio de una tribulación o una tentación y piensa orar; con el mismo pensamiento reflexiona sobre lo que ha de decir a Dios en la oración, como hijo que por serlo solicita la misericordia del Padre. Y dice en su corazón: «Diré a mi Dios esto y aquello; no temo que al decirle esto, al gemirle así, tapone sus oídos mi Dios». La mayor parte de las veces ya le está oyendo mientras dice esto, pues el mismo pensamiento no se oculta a los ojos de Dios. Cuando él se disponía a orar, estaba ya presente quien iba a estarlo una vez que empezase la oración. Por eso se dice en otro salmo: Dije, declararé al Señor mi delito (Sal 31,5).

Ved cómo llegó a decir algo en su interior; ved su propósito. Y al momento añadió: Y tú perdonaste la impiedad de mi corazón (ib.). ¡Cuán cerca está la misericordia de Dios de quien se confiesa! Dios no está lejos de los contritos de corazón. Así lo tienes escrito: Cerca está el Señor de los que atribularon su corazón (Sal 33,19). Éste ya había atribulado su corazón en la región de la miseria; había retornado a él para quebrantarle. Por soberbia había abandonado su corazón y lleno de ira había retornado a él. Se airó para castigar su propia maldad; había retornado para merecer la bondad del padre. Habló airado, conforme a aquellas palabras: Airaos y no pequéis (Sal 4,5). Todo penitente que se aira contra si mismo, precisamente porque está airado, se castiga. De aquí proceden todos aquellos movimientos propios del penitente que se arrepiente y se duele de verdad.

De aquí el mesarse los cabellos, el ceñirse los cilicios, y los golpes de pecho. Todas estas cosas son, sin duda, indicio de que el hombre se ensaña y se aíra contra sí mismo. Lo que hace expresamente la mano, lo hace internamente la conciencia; se golpea con el pensamiento, se hiere y, para decirlo con verdad, se da muerte. Y dándose muerte ofrece a Dios el sacrificio del espíritu atribulado. Y Dios no desprecia el corazón contrito y humillado (Sal 50,19). Por tanto, angustiando, humillando e hiriendo su corazón le da muerte.

Sermón 112 A, 1-5. (Sigue)