SAN AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA

 

Rom 5,1-2.5-8: Amemos a Dios desde Dios

Se nos ha invitado a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. El cantar es función de alegría y, si lo consideramos atentamente, función de amor. Quien sabe amar la vida nueva, sabe cantar el cántico nuevo. Cómo sea la vida nueva, se nos va a comunicar a través del cántico nuevo. Todo pertenece al mismo reino: el cántico nuevo, el hombre nuevo, el testamento nuevo. Por lo tanto, el hombre nuevo cantará el cántico nuevo y pertenecerá al testamento nuevo.

No existe nadie que no ame. Pero hay que preguntar por lo que se ama. No nos invita a no amar, sino a elegir lo que vamos a amar. Pero ¿qué elegimos, a no ser que antes seamos elegidos nosotros? De hecho, no amamos, si antes no somos amados. Escuchad al apóstol Juan. Es aquel apóstol que se reclinó sobre el pecho del Señor y en aquel banquete bebió los secretos celestes. De aquella bebida y de aquella dichosa borrachera, eructó: En el principio existía la Palabra (Jn 1,1), ¡Excelsa humildad y sobria embriaguez!

Aquel gran eructador, es decir, predicador, dijo también, entre otras muchas cosas que bebió del pecho del Señor: Amaos, porque él nos amó antes (1 Jn 4,10). Mucho había dado al hombre, porque hablaba pensando en Dios cuando decía: Nosotros amamos. ¿Quién? ¿A quién? Los hombres a Dios; los mortales al inmortal; los frágiles al inmutable, la hechura al hacedor. Nosotros hemos amado. ¿De dónde nos viene esto? Porque él nos amó antes. Busca de dónde le puede venir al hombre el amar a Dios; ciertamente no encontrarás otra causa, a no ser porque Dios le amó antes. Aquel a quien amamos se entregó a sí mismo. Nos dio con qué amarle. Oíd claramente de boca del apóstol Pablo qué nos dio para que le amáramos: El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones. ¿De dónde? ¿De nosotros tal vez? No. ¿De dónde, pues? Por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5).

Teniendo, pues, tan gran confianza, amemos a Dios desde Dios. Insisto, puesto que el Espíritu Santo es Dios, amemos a Dios desde Dios. ¿Puedo decir más aún que: amemos a Dios desde Dios? Puesto que dije: El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado; puesto que el Espíritu Santo es Dios, y no podemos amar a Dios sino mediante el Espíritu Santo, es lógico que amemos a Dios desde Dios. Hay lógica perfecta. Escuchad más claramente aún al mismo Juan: Dios es amor, quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4,8.16). Decir que el amor procede de Dios es poco. ¿Quién de nosotros se atrevería a afirmar lo oído: Dios es amor? Lo dijo quien sabía lo que poseía. ¿Por qué la imaginación humana y el pensamiento volátil se fingen un Dios y en su corazón se fabrican un ídolo, haciendo a Dios tal como el hombre lo puede imaginar, no como mereció encontrarlo? ¿Por qué le imaginas con una determinada forma? ¿Por qué le haces compuesto de miembros? ¿Por qué le atribuyes una estatura a tu gusto? ¿Por qué te imaginas la belleza de su cuerpo? Dios es amor. ¿Cuál es el color del amor? ¿Cuáles sus rasgos, su forma? No vemos nada de esto. Sin embargo, amamos.

Me atrevo a decir algo a vuestra caridad. Prestemos atención a lo de aquí abajo; encontremos lo que existe arriba. El mismo amor ínfimo y terreno, el mismo amor sucio y torpe que va unido a las bellezas del cuerpo, nos invita a que nos elevemos a cosas superiores y más puras. Un hombre lascivo y deshonesto ama a una mujer bellísima. Es la belleza del cuerpo lo que le mueve, pero en su interior busca correspondencia a su amor. Si oye que ella le odia, ¿no se enfría toda aquella pasión e ímpetu hacia los miembros bellos? ¿Acaso no se aleja, se aparta y se ofende con aquello a lo que antes tendía y hasta comienza él a odiar lo que amaba? ¿Cambió acaso la belleza? ¿No siguen existiendo las mismas cosas que le habían atraído? Allí están todas. Ardía ante aquello que veía y el corazón exigía lo que no veía. Si, por el contrario, descubre que el amor es recíproco, ¡cuánto mayor será la vehemencia del ardor! Ella lo ve a él; él, a ella. Al amor, ninguno lo ve. Y, sin embargo, es amado lo que no se ve.

Elevaos desde este deseo fangoso para permanecer en el amor, radiante de luz. A Dios no le ves. Ámale y le posees. ¡Cuántas cosas se aman con deseos condenables, sin poseerlas! Se buscan suciamente y no se consiguen al instante. ¿Acaso es lo mismo amar el oro que poseerlo? Muchos lo aman y no lo tienen. ¿Acaso es lo mismo poseer extensísimos y magníficos predios, cosa que muchos aman y no poseen? ¿Es lo mismo amar el honor que tenerlo? Muchos privados de él, arden en deseos de poseerlo. Lo buscan, pero con frecuencia mueren antes de encontrar lo que buscaban. Dios se nos ofrece como síntesis de todo. Nos grita: «Amadme y me poseeréis, porque no podéis amarme sin poseerme».

Sermón 34,1-5 (Sigue).