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Hermanos:
1.¡Qué
contraste entre el domingo pasado y hoy! Si el domingo pasado veíamos a Jesús
en el desierto, que ayuna y es tentado, hoy le vemos arriba del monte, con el
vestido blanco y el rostro resplandeciente. Así es también nuestra vida. Hay
momentos de todo y épocas distintas. Pero los cristianos tenemos la suerte de
vivir la vida acompañados, porque Jesús se ha mostrado hombre como nosotros y
ha conocido las múltiples situaciones de nuestra vida.
2.
Este contraste expresa también, gráficamente, el camino que sigue Jesús. De
una vida que sabe de pruebas y contradicciones, y que termina con la muerte -¡y
qué muerte!-, a la vida de resucitado y glorioso, a la derecha del Padre.
También nosotros hacemos nuestro camino esperanzados: al final, encontraremos,
como Jesús, la alegría definitiva, la luz sin ocaso, la vida en plenitud.
3.
Sin embargo, no pensemos que se trata de dos realidades contrapuestas. Al
contrario. ¿Os habéis fijado que -en el cénit de su gloria- Moisés y Elías
hablan de la muerte de Jesús, que tenía que suceder en Jerusalén? Es
importante que lo entendamos: Es porque Jesús ha vivido y ha muerto de esta
manera que ahora es glorificado por el Padre. Por eso, cuando el Resucitado se
encuentra con sus discípulos, después de Pascua, les muestra las manos y el
costado traspasados. No se trata de una "comprobación", o de un
"experimento", ni de ninguna "demostración". Se trata de
decirnos a todos nosotros que Aquel en quien creemos y esperamos (el resucitado
glorioso, el Señor de la historia, el principio y fin de todo) es aquel Jesús
nacido de mujer, que ha recorrido los caminos de la Palestina de su tiempo, que
ha sido probado, y que ha culminado su vida muriendo en la cruz, perforado por
los clavos y por la lanza. Este es el camino que le ha conducido a la gloria.
Sí:
la resurrección de Jesús es como el fruto de su vida y de su muerte en cruz.
¿Os fijasteis cómo empezaba el evangelio del domingo pasado? Decía:
"Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta
días, el Espíritu Santo lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado
por el diablo".
Ahí
tenéis: el Espíritu conduce a Jesús durante toda su vida. Jesús es el hombre
lleno del Espíritu de Dios: por eso es el Hijo de Dios. Jesús es el hombre
fiel en todo al Espíritu de Dios. ¿Y cuál es el fruto de esta vida, cuál es
su desenlace? La vida por siempre con Dios, el Padre, la glorificación, claro
está. El Espíritu de Dios conduce a Jesús durante toda su vida terrena (sin
ahorrarle nada de lo que forma parte de nuestra condición de hombres y
mujeres), le resucita y glorifica.
4.
"¿Qué hermoso es estar aquí! Haremos tres chozas". La exclamación
de Pedro recuerda aquellas palabras del poeta Maragall en su "Canto
espiritual": "Yo que querría detener tantos instantes de cada día
para hacerlos eternos en mi corazón". Pero todos sabemos por experiencia
que no es posible detener el tiempo en aquel punto preciso que nos gusta y
convertirlo en plenitud.
Sí:
podemos "hacer eternos" momentos de gozo y felicidad; pero sólo
dentro del corazón. La vida seguirá su curso, y después de unos días
vendrán otros. El evangelio dice que Pedro "no sabía lo que decía":
su gran felicidad le hacía soñar despierto.
5.
La voz desde la nube, en cambio, sí sabia lo que decía: "Este es mi Hijo,
el escogido, escuchadle". Podríamos decir que todo el relato de la
Transfiguración viene a ser como un gran decorado para que oigamos y hagamos
caso de estas palabras. Por eso, "cuando sonó la voz, se encontró Jesús
solo". Se ha desvanecido la visión, se ha roto el encanto, ha sonado la
última campanada de las doce, como en el cuento de la cenicienta. Quedan
solamente las palabras desde la nube y queda Jesús. Solo: sin resplandores, sin
compañías celestiales, sin nubes resplandecientes, sin voces extraordinarias.
La vida sigue. La vida de cada día, con sus luces y sus sombras. Pero con
Jesús.
6.
El relato de la Transfiguración se sitúa en un momento clave de la vida de
Jesús. Pasados los primeros entusiasmos, el pueblo empieza a desengañarse de
aquel profeta, que no acaba de resolverle sus problemas. La gente importante
(escribas, fariseos, sacerdotes del templo...) se ponen en guardia contra aquel
predicador que dice cosas raras, que cuestiona su enseñanza y su manera de
hacer. ¿Y si la aventura de Jesús terminara mal? El mismo ha empezado a
insinuarlo. Los discípulos están desconcertados: "De ningún modo te
sucederá esto", le había dicho Pedro. Y se llevó una buena reprimenda:
"¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tropiezo eres para mí, porque tus
pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!" Pues bien: ahora
la voz de la nube pone la rúbrica de Dios. El, el Padre, nos dice a todos que
este Jesús es el Hijo, el escogido. Que tenemos que escucharle.
7.
Afiancemos una vez más nuestra fe en Jesús. Afiancemos nuestra decisión de
escucharle y seguirle. Dejémonos conducir, como él, por el Espíritu de Dios.
También nosotros lo hemos recibido. También nosotros somos hijos de Dios. Por
eso nos reunimos cada domingo y estamos convocados a celebrar la eucaristía. No
para hacernos unas chozas y quedarnos ahí arrobados. Sino para alimentarnos con
el pan de la eucaristía y volver después al trabajo de cada día: a las
alegrías, a la lucha, al esfuerzo. Pero nunca solos. Con Jesús.
J.
TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1992, 4
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