31 HOMILÍAS MÁS PARA EL PRIMER DOMINGO DE
CUARESMA
28-31
28.
La oración es el primer paso para la renovación santificadora de las prácticas cuaresmales. Es también la primera lección que Cristo nos ofreció en su vida pública. Sus cuarenta días de oración, en diálogo entrañable con el Padre, fortalecido con el Espíritu Santo, constituyen el ejemplo a seguir en este santo tiempo de Cuaresma. Si queremos tomar en serio nuestra vocación y condición cristianas, si queremos salir victoriosos de la tentación, debemos orar como Cristo hizo en el desierto.
–Deuteronomio 26,4-10: Profesión de fe del pueblo escogido. Con la ofrenda anual de las primicias, Israel evocaba el acontecimiento más evidente de toda la historia de la salvación: que es siempre el amor de Dios el que toma la iniciativa para librarnos de toda esclavitud. En la ofrenda de las primicias el israelita declara la motivación de su gesto ofertorial: el recuerdo de las intervenciones de Dios en favor de sus padres y de todo el pueblo, que culminan con la entrega de la Tierra Prometida.
Nosotros tenemos muchos motivos, más aún que los antiguos israelitas, para alabar a Dios y ofrecerle toda nuestra vida: Él nos creó, pero más aún nos redimió, en prueba de su amor inmenso y gratuito, que está suscitando siempre nuestra correspondencia de amor, de adoración, de entrega total. Todo cuanto tenemos es de Él, y nosotros, llenos de amor, se lo devolvemos, con toda nuestra voluntad, libremente. Igual que el pueblo de Israel, y con mayor razón, nosotros, que vivimos en la época de la técnica, del progreso y del bienestar, debemos ofrecer a Dios nuestras cosas, y, sobre todo, nuestras vidas.
–Con el Salmo 90 tenemos la seguridad de que Dios nos ayuda y nos pone al amparo de Cristo en la tentación, según la lectura evangélica de hoy: «Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: Refugio mío, Dios mío, confío en Ti. No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en su palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones. Se puso junto a mí; lo librarás; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré».
–Romanos 10, 8-13: Profesión de fe del que cree en Jesucristo. Por la fe en Cristo nos es posible a todos los hombres la regeneración y la reconciliación con Dios entre nosotros mismos. San Agustín comenta este pasaje:
«Creamos en Cristo crucificado, pero resucitado al tercer día. Esta fe, la fe por la cual creemos que Cristo resucitó de entre los muertos es la que nos distingue de los paganos... El Apóstol dice: “Pues si crees en tu corazón que Jesús es el Señor y confiesas con tu boca que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás” (Rom 10,9). Creed en vuestro corazón... Pero sea vuestra fe la de los cristianos, no la de los demonios...
«Pregunta a un pagano si fue crucificado Cristo. Te responderá: “Ciertamente”. Pregúntale si resucitó y te lo negará. Pregunta a un judío si fue crucificado Cristo y te confesará el crimen de sus antepasados. Pregúntale, sin embargo, si resucitó de entre los muertos; lo negará, se reirá y te acusará. Somos diferentes... Si nos distinguimos en la fe, distingámonos, de igual manera, en las costumbres, en las obras, inflamándonos la caridad» (Sermón 234,3).
–Lucas 4,1-13: Jesús fue conducido por el Espíritu en el desierto y tentado por el diablo. El naturalismo de la vida, las ambiciones del corazón y el orgullo idolátrico son las tres tentaciones que nos acechan a diario y que Cristo Jesús nos enseñó a superar con su propio ejemplo redentor.
San Agustín afirma que el diablo se sirvió de la Escritura para tentar a Cristo y el Señor también le respondió con la Escritura (cf. Sermón 313 E,4). En todo tiempo, como individuos y como colectividad, estamos sujetos a la tentación de servirnos del poder, del prestigio, de la organización, del privilegio, de las riquezas..., para imponernos a los demás y subyugarlos.
Hemos de estar alerta y superar todas las dificultades que se nos presentan en nuestro caminar hacia Dios, sobre todo en este tiempo de Cuaresma, tan apropiado para la revisión de vida, para cambiar de mentalidad, para el dolor de nuestros pecados .
Fuente: Fundación GRATIS
DATE
Autor: P. Manuel Garrido Bonaño, O.S.B.
29. DOMINICOS 2004
Al comenzar a leer las lecturas de este Domingo,
el primero de Cuaresma, encontramos en las tres primeras una clara coincidencia:
con maravillosa certeza, como una caricia para el corazón, nos aseguran que el
Señor escucha a quien lo invoca, que quien invoque su nombre no será nunca
defraudado, que quien invoque su nombre se salvará.
Comenzamos hoy, sin embargo, el tiempo de Cuaresma, tiempo de oración,
penitencia y limosna, según nos ha enseñado siempre la Iglesia. ¿Por qué
reflexionar, pues, sobre la fidelidad de Dios, que no abandona a quienes lo
invocan, en lugar de dirigirnos a lo más específico de este tiempo?
Nos dirigimos al Evangelio, y nos encontramos con el relato de Lucas sobre las
tentaciones de Jesús en el desierto... Más cuaresmal, ciertamente. ¿Pero qué
tiene que ver con las tres lecturas anteriores? Evidentemente, existe un hilo
conductor más profundo. O tal vez varios. El que me parece encontrar y quisiera
compartir con ustedes, al comenzar esta Cuaresma, tiempo de preparación para la
Pascua, es el siguiente: estamos llamados a volver a confesar que sólo Dios es
Dios. Que es nuestro Dios ("El Dios de nuestros padres"). Mi Dios... de una
manera muy íntima. Y que nosotros (yo) somos de Dios. Y solo suyos. Estamos
llamados a confesarlo con los labios, a creerlo con el corazón. A vivir en
consecuencia.
Comentario Bíblico
La fidelidad a Dios nos otorga la liberación de la Pascua
La Cuaresma es uno de los tiempos litúrgicos más determinantes de la vida
cristiana porque nos prepara para celebrar la Pascua: es decir, la muerte y la
resurrección del Señor. Alguna vez hemos oído que se llama “cuaresma” porque
recuerda el número cuarenta, bien los cuarenta años del pueblo en el desierto
antes de entrar en la tierra prometida y gustar definitivamente la liberación de
Egipto; o bien los cuarenta días en que Jesús se nos presenta en el desierto
preparándose, como el pueblo, para su gran misión.
Iª Lectura: Deuteronomio (26,4-10): Dios libera a su pueblo
I.1. En este primer domingo de Cuaresma nos encontramos, primeramente, con una
lectura muy significativa, porque es uno de los textos más primitivos del
Antiguo Testamento. En esa lectura se nos da un “confesión de fe”, lo que el
pueblo creía y repetía frecuentemente: que ellos son descendientes de un arameo
errante, un hombre oriental, nuestro padre Abrahán, que lo dejó todo por el Dios
que se acercó a los hombres para reconducir la historia de la humanidad, que
había perdido su rumbo. La confesión de fe, aparentemente, es pobre, porque es
un fórmula y como tal no ofrece detalles; pero tiene la fuerza de la experiencia
vital, de los que consideran que su vida tiene una orientación determinada y
determinante. El pueblo descendiente de Abrahán ha pasado por numerosas
vicisitudes hasta ser un pueblo, una nación.
I.2. Importante es poner de manifiesto también que todo se lo deben a Dios. No a
un dios innominado, sino a un Dios que se compromete en la historia de un pueblo
concreto y de una comunidad concreta. Ese pueblo es Israel, quien ha dado a la
humanidad una de las experiencias religiosas más radicales: porque es un pueblo
que ha sentido la liberación de Dios. Ha sido Dios quien se ha hecho notar
primero, quien buscó a este pueblo, no ha sido el pueblo quien buscó a Dios. Es
verdad que éste no es un privilegio de elección para encerrarse en él mismo, ni
para presumir orgullosamente, ya que debe abrirse a todos los demás pueblos y
naciones para que conozcan a ese Dios: Yahvé, liberador de Israel y liberador de
todos los hombres. Todo lo expresa el Deuteronomio en esa formulación de su fe
más radical.
IIª Lectura. Romanos (10,8-13): Toda la humanidad, en Cristo
La segunda lectura es muy expresiva, es confesión de fe también, pero va mucho
más allá de lo que Dios puede hacer por nosotros. Lo que hizo con Israel es
solamente una pequeña manifestación de lo que ha proyectado sobre todos los
hombres. Y eso que piensa hacer con nosotros, lo ha hecho con Jesucristo, su
Hijo, a quien ha resucitado, lo ha liberado de la muerte. Es eso lo que nos
espera a todos de parte del Dios de Israel y del Dios de Jesucristo. Todos,
judíos y paganos, deben encontrarse en ese Dios resucitador, porque hemos sido
llamados a la vida verdadera. Ese es el sentido de la Pascua cristiana que marca
todo el horizonte de este tiempo cuaresmal.
Evangelio: Lucas (4,1-13): En las manos de Dios
III.1. La lectura del evangelio de Lucas nos expone el relato de las
tentaciones, una de las narraciones más expresivas, aunque bien es verdad que no
exenta de dificultades. Podemos resumir así el significado del evangelio: Jesús
afronta tres tentaciones. Esto viene de la tradición. No es que el número tres
sea determinante y no se explica solamente recurriendo al pueblo en el desierto,
aunque es posible que esa es la inspiración de este relato. Pero en definitiva
son el simbolismo de toda la lucha entre el bien y el mal, entre la elección de
uno mismo y la opción por Dios. Todas las tentaciones tienen como objetivo, en
definitiva, romper la "comunión" con Dios. Para Lucas, Jesús es el nuevo Adán,
como se expresa por su genealogía (Lc 3,1ss), por eso no tiene otro proyecto de
vida que el vivir la comunión con Dios, que el primer Adán había perdido.
III.2. Lucas ha leído esta escena de la tradición según su perspectiva personal.
Para él no se trata especialmente de releer en Jesús las pruebas del desierto
(como en el caso muy evidente de Mateo) y ni siquiera de contemplar a Jesús
vencedor sobre Satanás como el Mesías que rechaza el mesianismo glorioso y
político. Lo que él considera en Jesús en el desierto es esencialmente el
designio del Padre que está cumpliéndose. Y esto lo interpreta según la
mentalidad de que no puede suceder sin que se encuentre en su camino al
adversario, el que trabaja para que la humanidad se pierda en sí misma.
III.3. Este encuentro es solamente la anticipación de otro que será definitivo:
en la Pasión y la Cruz, que es la consecuencia de su vida. De ahí que haya
reorganizado la tradición primitiva para que todo acabe en Jerusalén, donde
Jesús vivirá su Pasión. En el caso de Mateo el orden de las tentaciones es
distinto y termina en un monte muy alto, que es toda una figuración. Ambos han
leído este episodio en el evangelio galileo de Q (algunos prefieren llamarlo
así). En Lucas todo termina en Jerusalén porque para este evangelista Jerusalén
es el final y el comienzo de la vida de de Jesús y de la comunidad cristiana
primitiva. Es en Jerusalén, además, donde han de tener lugar las experiencias
del Resucitado a los discípulos y, por lo mismo, este triunfo de Jesús en lo más
alto del Templo es todo un apunte de la victoria sobre la muerte que ha de
anunciarse desde Jerusalén hasta los confines de la tierra.
III.4. Si Lucas ha querido presentar la filiación divina de Jesús en la
dimensión del nuevo Adán (como en la genealogía), su relato de las tentaciones
debe leerse en esa clave. De ahí que su cristología, con sus intereses
parenéticos, no es descriptiva, sino que busca llevar a la comunidad las
posibilidades de vivir una experiencia como la de Jesús. La Iglesia que escucha
este relato, la comunidad, vive también bajo el Espíritu, como Jesús, y es
conducida por El. Por eso, bajo esa experiencia, los poderes del mal también
quieren envolverla en una carrera ciega hacia una desobediencia radical a Dios.
En definitiva: Lucas quiere que aprendamos a ser personas libres, como Jesús, en
nuestra fidelidad a Dios. Porque Dios es para el hombre, como para Jesús, el que
garantiza nuestra libertad y nuestra realización.
Fray Miguel de Burgos, O.P.
mdburgos.an@dominicos.org
Pautas para la homilía
"Ofrezco las primicias de los frutos del suelo, que tú, Señor, me diste".
Sabiendo que se trataba del primer domingo de Cuaresma, sorprende un poco la
invitación del texto del Deuteronomio: ¿comenzar la Cuaresma dando gracias?
¡Cierto que siempre hemos de dar gracias, pero no se me había ocurrido
relacionarlo con la Cuaresma en particular! ¿comenzar la Cuaresma ofreciendo
primicias? ¿comenzar la Cuaresma, largo camino de preparación para la Pascua, la
fiesta de nuestra Salvación, reconociéndonos ya salvos?
Se nos relata en el Evangelio de Lucas que Jesús, "lleno del Espíritu Santo",
"fue conducido por el Espíritu al desierto". Esto ya nos suena más cuaresmal...
históricamente los cristianos hemos utilizado, inspirados en este episodio tal
vez, la palabra "desierto" para metaforizar el tiempo de silencio, el tiempo de
retiro, de encuentro con uno mismo y con Dios que nos habla "en lo secreto".
Solemos relacionar a la Cuaresma con un tiempo para ello: para el retiro, para
el encuentro con nosotros mismos y con Dios en nuestro corazón y en los demás
(¡difícil encontrar ese tiempo en nuestra apurada vida cotidiana, al menos los
que vivimos en ciudades!). Como medios para ayudarnos en esta empresa, la
Iglesia nos propone intensificar la oración, la penitencia, la limosna.
En el desierto, vemos a Jesús orando y ayunando durante cuarenta días. Y luego
nos encontramos con el drama de la tentación. El demonio lo tienta con el poder,
y con la propuesta de demostrarle a todos que Él es el Hijo de Dios, cayendo en
la soberbia. El demonio utiliza la mismísima Palabra de Dios para hacer parecer
"buenas" sus propuestas: "esta escrito...", le dice, antes de enunciar cada
tentación. Jesús, con la misma Palabra, lo desarma. Ni su hambre ni su orgullo
ni su amor propio lo hacen caer en la trampa. Tiene claro que está aquí para
cumplir la voluntad del Padre, y no la suya. Sabe que viene del Padre y que
volverá a Él. Tal vez por eso, con tanta calma, ofrece sus primicias: anteponer
la confianza en el Padre, que da todo alimento a sus hijos, al hambre y al
orgullo. Anteponer la sujeción al Padre al poder fácilmente asequible. Anteponer
su identidad con el Padre al que ésta sea reconocida y alabada. Y son primicias,
pues su ofrenda total será hasta las últimas consecuencias, en la cruz.
Podríamos tal vez decir que Jesús, que ha orado y ayunado, se ha encontrado
consigo mismo y con el Padre. También se ha encontrado con su hambre, y el
demonio lo ve y se aprovecha de él para tentarlo. Pero Jesús, que se sabe "en la
tierra que le dio el Señor" (sabe que su vida, que su ser, es en Dios y es Dios)
le ofrece al Padre sus primicias de humildad, de amor, de obediencia. No se
guarda para él, celosamente, como diría San Pablo, "su identidad con Dios". No
hace uso de ella en provecho propio.
En la Cuaresma el Espíritu nos llama al desierto. Seguramente nos encontraremos
con nuestro hambre (¿de reconocimiento? ¿de poder? ¿de justificación? ¡tantos
hambres tenemos dentro los hombres y mujeres!). Pero también hemos de
encontrarnos firmemente "anclados" en Dios. Ofrecerle con Jesús nuestras
primicias es, frente a cualquier hambre, elegir ponernos en sus manos y no tomar
nosotros, como quien dice, "la sartén por el mango".
La Cuaresma será un tiempo para ir haciendo este camino, y reconociéndonos
parados y vivos "en la tierra que nos dio el Señor": salvados por Cristo. Y un
tiempo para, por ello, dar gracias y ofrecer nuestras primicias, "postrándonos
delante de Él".
"El que cree en Él no quedará confundido".
Hoy en día podemos confundirnos mucho. Tal como el demonio buscó confundir a
Jesús en el desierto (y permítaseme repetir esto) haciendo parecer buenas,
utilizando incluso la misma Palabra de Dios, cosas que en realidad eran malas,
porque apelaban sólo al orgullo, la soberbia y el ejercicio del poder humano;
hoy nos confunde de la misma manera. Las dos últimas guerras emprendidas contra
hombres, niños y mujeres indefensos (que fueron en su mayoría quienes murieron
en Afganistán y en Irak) se escudaron en enunciados tan "buenos" como "Justicia
infinita" y "Desarme". El aborto es presentado por muchos de sus defensores como
un "derecho de la mujer". Los debates en torno de qué debe hacerse con los
refugiados que llegan al así llamado primer mundo, con el embargo de EEUU a
Cuba, con la actual rebelión en Haití, contra los campesinos que cultivan coca
en Colombia, etc.,también escudan atrocidades cometidas contra los más débiles
bajo discursos de aparente "bondad". En nuestros tiempos, es muy fácil quedar
confundidos. Sobre todo porque cualquiera de estos temas es complicado y difícil
de resolver, porque la solución ideal no existe y porque "demonizar" a quienes
detentan el poder tampoco lo es. Y porque muchas personas sufren, de un lado y
del otro de cualquier argumento.
Las respuestas de Jesús son claras y concisas. En ningún momento duda, nunca
queda confundido. Eso es, seguramente, porque Jesús le cree a Aquél con cuya
Palabra desarma, una a una, las tentaciones del demonio. San Pablo habla de "la
palabra de la fe que nosotros predicamos". Los cristianos sabemos que nuestra fe
no es "creer en algo". Nuestra fe, muy por el contrario, tiene una base mucho
más sólida: es creerle a alguien. Creerle a Jesús, creerle a rajatabla, creerle
contra toda esperanza, creerle siempre, en la alegría y en la tristeza; y aún en
la famosa adversidad, que es cuando todo parece indicar que en realidad era
mentira y él no está a nuestro lado, a juzgar por las apariencias. Creerle a
Jesús. Como Jesús le cree al Padre, tanto como para no quedar confundido. Y
desde ahí dar nuestras respuestas.
"El Espíritu lo llevó al desierto"
Sólo dos palabras para concluir: es tiempo de Cuaresma. Lo empezamos sabiéndonos
salvos, sabiéndonos en la tierra que nos dio el Señor. En estos tiempos de
confusión, el Espíritu nos conduce al desierto de la oración, de la penitencia,
de la limosna atenta a quienes necesitan nuestra ayuda, de la forma en que
podamos vivirlas. Que ellas nos ayuden a descubrir muy adentro nuestro la vida
de Dios. A invocar siempre su nombre. A creerle. Para que no quedemos
confundidos, y "confesemos con nuestra boca que Jesús es el Señor, y creamos en
nuestro corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos", con las
consecuencias prácticas que ello tenga en la vida de cada uno y cada una.
Carola Arrue. Argentina
carolaarrue@eircom.net
30.
Intentemos verlo y reflexionar sobre este programa, porque es para toda la cuaresma; aun más, es para toda la vida.
Todo ser humano está constituido por una triple fuerza vital, de la que Dios le ha dotado.
1º.- Todos experimentamos una tendencia natural a TENER o poseer para vivir: alimentos, vestidos, vivienda o espacio vital etc. Pero esta tendencia con más o menos frecuencia experimenta la tentación de desbordarse. Y así es una tentación para el ser humano, la AVARICIA: que es querer tener y tener, poseer todo, y se traduce en el egoísmo, que es quererlo toda para sí. San Juan llama a esta tendencia desordenada la concupiscencia de los ojos. Todo lo que vemos, lo queremos. Es la ley que rige el mundo: la ley del dinero, con el que nos parece se consigue todo. “Te daré todo este poder material y la gloria de estos reinos, si te postras delante de mi”, le dijo el diablo a Jesús. Y caemos de rodillas ante el becerro de oro, como los israelitas en el desierto, junto al Sinaí , caemos por nuestro egoísmo, la avaricia y ansias posesivas.
El remedio para vencer esta tentación es la LIMOSNA, que consiste en comenzar a dar lo que tienes. Si mucho, mucho; si poco, poco, pero hay que dar. Da tu tiempo, tu dinero, tus bienes. Así, por ese camino podrás llegar a dar lo que tu eres, que es la verdadera limosna, el verdadero remedio para la primera tentación de poseer y tener. Da amor, da cariño, da compasión, da indulgencia, da perdón, DATE TÚ. Descubrirás así la dimensión divina de tu grandeza.
La 2ª tendencia, es el deseo, tendencia o fuerza vital, con la que Dios nos dotó, es el deseo de ser; de ser alguien en la vida y no un mequetrefe; de tener el prestigio debido, en mi familia, entre mis amigos, en mi centro de estudio o de trabajo, que me respeten, que no me traten como a un payaso. Deseo y búsqueda del valor de mi vida, del sentido de mi ser Es el problema fundamental de nuestra vida, De nada sirve comer y gozar, si no nos tienen en cuenta, en consideración. “Más vale honra sin barcos, que barcos sin honra”, que dijo aquel famoso marino, Hernán Cortés, al destruir su flota, en la conquista de México. Perdió los barcos, pero salvó la honra.
Cuando esta tendencia se desborda, se despierta en nosotros la actitud contraria: la SOBERBIA, el ORGULLO. Nos creemos dueños y señores de todo, determinando a nuestro aire y conveniencia, lo que es bueno y justo, y lo que es malo e injusto. “Tírate de aquí abajo, como si fueras dueño y señor de las leyes del mundo, como si fueras Dios”, le dijo Satán a Jesús, Prescindimos de Dios, negamos a Dios. Nos constituimos en señores del mundo. Y así, de esta manera, nos destruimos nosotros a nosotros mismos y aniquilamos el orden del mundo.
Un solo ejemplo escandaloso de nuestros días a nivel mundial. Los Parlamentos de muchas naciones han dictado y aprobado leyes sobre la vida y la muerte. Aprueban y autorizan el aborto, como dueños y señores de la vida, que se la dan así, por ley, al que quieren. Da tal manera, que hoy, nacer no es un derecho de la naturaleza del ser humano, es un capricho, que depende de la omnímoda voluntad de los partidos políticos y de los Parlamentos que forman.
Aprueban también el divorcio absoluto, como señores y jueces del amor y quieren determinar el fin de la vida humana, por ley de la eutanasia, que dicen es más humana y justa, y se hacen y nos hacen dueños y señores y dioses de una vida humana, que no nos hemos dado, sino que todos hemos recibido. y nos engañan y nos engañamos, cuando no aceptando nosotros, que somos contingentes y no necesarios para el mundo. Nos morimos y el mundo y la humanidad no necesita de cada uno de nosotros, siguen adelante, como si no hubiéramos existido, por muchos homenajes que nos hagan después de nuestra muerte.
El miércoles de ceniza se ponía en nuestras manos el remedio: la ORACIÓN, que es un reconocimiento de que yo no soy nada y el Señor lo es todo. Es la aceptación de mi condición humana, de ser contingente, de criatura y por consiguiente, limitada y mortal. Así, reconozco a Dios como el único Señor. Dejaré, entonces de avasallar a mis semejantes con mi prepotencia, soberbia y orgullo. Donoso Cortés decía, que “Nunca es el hombre más grande, que cuando está de rodillas”. La oración es, pues, la grandeza del hombre
Y finalmente, cuando entro en diálogo con Dios en un trato diario, a través de la oración y desarrollando así un espíritu de humildad y no de soberbia, Jesús mismo se convierte para mí como en un espejo, un modelo y al mirarme en El, me veo desfigurado por el exceso en el placer, en el gozar. Empiezo a sentir la necesidad de purificar mi vida de placeres y sensaciones desordenadas, que me degradan y desfiguran toda la grandeza de mi ser con que he sido creado.
Buscaré y sentiré la necesidad de emplear el remedio infalible para el equilibrio de mi ser. Es el tercer medio: AYUNO Y ABSTINENCIA.
Ayunar y abstenerse de todo aquello que no me deja “ser señor” y que por el contrario te esclaviza y embrutece. No se trata, con esto de ayuno y abstinencia, de comer poco o no comer carne los viernes, que eso es solo signo y señal de lo que realmente encierran esas palabras de ayuno y abstinencia. De lo que se trata es de no comer, es decir, de abstenerme de todo aquello que te degrada y no te deja ser lo que tu eres: criatura de Dios, hijo de Dios.
Come toda la carne que quieras, pero abstente de la relación carnal del concubinato o de la prostitución. De esa carne es de la que debo abstenerme y ayunar, porque me degrada, y destruye mi vida y mi hogar. Así llegaré a “ser señor” e “hijo de Dios.
La Eucaristía que vamos a celebrar será nuestra fuerza para recorrer ese camino. Cristo va delante, camino de su triunfo, de su Pascua, de la nueva vida, de la RESURRECCIÖN, luchando como cualquier hombre contra el deseo desmedido de poder, de prestigio y de bienestar, mediante la limosna, la oración y el ayuno.
amén
P. Eduardo Martínez Abad, escolapio
31.
Fuente: es.catholic.net
Autor: P. Antonio Izquierdo
Nexo entre las lecturas
Las lecturas de hoy son toda una profesión de la fe, un "credo". Los israelites
profesan su credo en el templo: "Mi padre fue un arameo errante...Él (el Señor)
nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y
miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos que tú, Señor, me
has dado". (Primera Lectura). Jesús responde tres veces a Satanás como
reafirmación de lo que él cree: "no sólo de pan vive el hombre". "Al Señor, tu
Dios, adorarás y él solo darás culto" "No tentarás al Señor, tu Dios".
Finalmente la segunda lectura contiene una antigua profesión de la fe cristiana:
"Jesús es el Señor".
Mensaje doctrinal
1. Jesús afirma la fe. El momento de la tentación es un momento
existencial. Es un momento en que las circunstancias inclinan hacia una caída.
Jesús conquista en su momento la tentación afirmando la palabra de Dios vivo. En
la primera tentación, material y económica (Dile a esta piedra que se convierta
en pan), Jesús afirma que hay bienes mayores que el alimento, y que el hombre no
es sólo un consumidor, un oeconomicus homo. En la segunda tentación, una
invitación de utilizar medios ilícitos e injustos para ganar el poder y la
influencia (Todos los reinos de la tierra te daré), Jesús afirma que solamente
el poder de Dios es absoluto (Adorarás al Señor, tu Dios). En la tercera
tentación, Satanás lo provoca, con la Escritura y la religión, a forzar un
milagro de Dios, y Jesús afirma que nunca se debe poner a Dios a prueba (No
tentarás al Señor, tu Dios). Las tentaciones que Jesús experimenta en este texto
del Evangelio son las tentaciones de los israelitas en el desierto y las
tentaciones de toda la humanidad. Los israelitas sucumbieron, pero Jesús
conquistó las tentaciones y nos permite a nosotros conquistarlas si aceptamos el
misterio de la Redención.
2. La fe cristiana es historia, no sólo una serie de ideas. La profesión
de fe que hacemos en la liturgia no está compuesta de una serie de ideas
elevadas de la esencia de Dios, de las cualidades, de los conceptos del hombre o
del mundo. El credo de los israelitas, de Jesús y de la comunidad cristiana
refleja los altibajos de la historia. El credo de Israel comienza con la
historia de Jacob, un arameo errante, y sus descendientes, conducidos por Dios,
a través de los siglos, a la tierra prometida. El credo de los cristianos está
fundado en la historia de Jesús de Nazaret, resucitado de entre los muertos y
hecho Señor por su Padre. Las ideas están para pensar, no para creer. La
historia de la salvación debe ser ambas cosas: alimento para el pensamiento y
una profesión de fe.
3. Dios quiere dos fidelidades unidas. La liturgia claramente demuestra
la increible fidelidad de Dios hacia el hombre. En medio de los tiempos oscuros
y de los momentos aparentemente desesperados de la historia, Dios camina
fielmente con su gente en Egipto, en el desierto, y en la tierra le prometió a
Abraham (primera lectura). Cuando Cristo es tentado por el diablo y más adelante
cuando parece derrotado por la muerte, su Padre le fue fiel. Dios desea unir su
fidelidad con la del hombre; Jesús unió su fidelidad a la del Padre de una
manera extraordinaria.
Sugerencias pastorales
1. Afirmando la fe en un mundo de tentación. La tentación nos acompaña a
través de nuestra vida. El tentador está solo, y es tan arrogante que no tiene
ningún escrúpulo en tentar incluso al Hijo de Dios. Mientras que las culturas y
las costumbres cambian él ha ido cambiando sus tácticas, pero los ingredientes
son siempre iguales: poder, conocimiento y placer. La sociedad moderna ofrece al
tentador una avalancha de posibilidades para influir en la humanidad, y a menudo
estamos indefensos y desprotegidos. Como creyentes afirmamos con orgullo nuestra
fe en un mundo que se olvida a ratos de ella, la sofoca, o la deja de lado. Las
tentaciones son una oportunidad de dar testimonio de Jesucristo, nuestro Señor y
Dios, y a través de nuestro testimonio conquistar la tentación con el poder de
Dios. No debemos asustarnos de la tentación. "Tu fe es la victoria que conquista
el mundo".
2. No nos dejes caer en la tentación. Los cristianos somos débiles como
cualquier persona y lo sabemos. Pero también sabemos que tenemos gran poder de
Dios, y que si confiamos en él podemos estar seguros que los ataques del
tentador, no importa cuan poderosos sean, no pueden derrotarnos. ¿Por qué si no,
pediríamos al Padre en nuestra oración diaria "No nos dejes caer en la
tentación"? El supermercado de la religión y de lo sagrado está hoy día lleno de
dioses y de ídolos que prometan todo pero no lo cumplen, y mucha gente escoge y
elige basándose en sus caprichos o gustos. Hay muchos católicos "culturales" que
adoran el trabajo, la ciencia y la política más que a Dios. Como individuos y
miembros de la Iglesia debemos rezar fervientemente el Padre Nuestro cada día,
pidiendo al Señor humildemente "no nos dejes caer en la tentación".
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