SEGUNDA LECTURA
El hecho de que los cristianos, por el bautismo, posean el Espíritu, les garantiza paradójicamente la recuperación de su propio cuerpo. Efectivamente, es el Espíritu Santo el que un día nos resucitará, como resucitó al mismo Cristo. El cristiano, pues, es un rebelde ante la muerte y, por lo tanto, ante todo aquello que pueda mutilar al hombre.
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 3,18-22.
Queridos hermanos:
Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios.
Como era hombre, lo mataron; pero como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.
Con este Espíritu fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas- se salvaron cruzando las aguas.
Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús Señor nuestro, que está a la derecha de Dios.
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