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H O M I L Í A S 

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DOMINGO II ADVIENTO
CICLO A

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Los sueños de la noche, cuando estamos dormidos, nos hablan del pasado y a veces sirven para aclarar el subconsciente. Pero hay también otros sueños, los sueños del día, que nos hablan del futuro; en estos sueños que tenemos despiertos se expresan los deseos más entrañables, los anhelos y las esperanzas del espíritu, del supraconsciente, podríamos decir.

Cuando el hombre sueña así y barrunta lo que ha de venir, lo que tiene que venir al fin, ese Reino de paz y de justicia en donde ha de triunfar la vida y el amor, entonces el hombre está más despierto que nunca. Pues el hombre vive de la esperanza más que de los recuerdos y sólo cuando espera y sueña lo humanamente imposible se abre ante sus ojos un mundo de posibilidades y cobra fuerzas para hacerlas madurar pacientemente.

Isaías es uno de esos hombres benditos que sueñan de día. Es un profeta. Todos los profetas son soñadores empedernidos. También los poetas verdaderos sueñan de día. ¿Y qué pena da cuando los hombres no hacemos caso a los profetas y despreciamos el canto de los poetas! Es como si renunciáramos al futuro y vendiéramos el Reino de Dios por un plato de lentejas!

Isaías, hombre de Dios, profeta y poeta al mismo tiempo, sueña en lo que ha de venir: la reunión de todos los pueblos de la tierra, el cese de todas las guerras y contiendas, la paz entre todos los hombre...

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Imágenes simbólicas: Los animales salvajes «conviven» con los animales domésticos... El lobo y el cordero serán vecinos... El niño meterá la mano en la hura de la víbora... En esta profecía, Isaías anuncia para el «fin de los tiempos», un retorno al paraíso primitivo: así vivía Adán en medio de los animales. Lo que se nos promete es, pues, una «nueva creación», donde no habrá fuerzas hostiles al hombre... donde el hombre no sentirá temor... donde los instintos agresivos estarán dominados... donde todos los hombres podrán convivir en paz unos con otros. -Nadie hará mal en toda mi montaña santa... Porque el conocimiento del Señor llenará la tierra, como las aguas llenan el fondo del mar. ¡Qué necesario es a la humanidad ese sueño y esa promesa! Una promesa que ya ha sido cumplida en la primera venida del Hijo de Dios

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El profeta Isaías ha empleado una imagen muy expresiva: de un tronco viejo que parecía seco -el tronco de Israel- brotará un renuevo, una rama nueva, llena de vigor. Es el Mesías, el Enviado de Dios. Sobre él descenderá el Espíritu de Dios con todos sus dones. Con el nacimiento del Mesías irrumpe el Reino de Dios en el mundo y en la historia humana.

SOBRE ÉL SE POSARÁ EL ESPÍRITU DEL SEÑOR, ESPÍRITU DE PRUDENCIA Y SABIDURÍA... 

Las palabras de Isaías son una maravilla de gran altura mística y de expresión poética, fruto de la experiencia profunda de Dios vivo. Pues bien, se realizaron en Jesucristo, de forma sorprendente, plena, entrañablemente humana. La plenitud del Espíritu apareció en las palabras de Jesús, en su muerte y su resurrección. Es el Espíritu de sencillez, de perdón, justicia, paz, amor.

Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego (Ev.). La obra de Dios no termina en su Hijo. Lo ha saciado de su Don para hacerlo Primogénito de todo. El don de Dios tiene perspectiva humana, universal. Él "bautiza en el fuego del Espíritu"; esto significa dos acentos a la vez. Por un lado, él empieza el mundo nuevo y quiere bautizar a todos los hombres para hacerlos hijos como lo es él. Y al mismo tiempo significa que ya ahora bautiza con el fuego del Espíritu a todos los hombres; allí donde vivan la sabiduría del amor, del perdón, de la pobreza, de la paz, allí donde esté el Espíritu de Dios que lleva a los hombres hacia la participación del Hijo. Su comunidad, la iglesia, está llamada a ser su signo, sacramento y camino.

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«Brotará un renuevo del tronco de Jesé» Esta es la gran promesa. Todos tenemos que hacer esfuerzos por renovarnos. Es lo que llamamos la conversión. Pero todos nuestros esfuerzos son muy limitados. «¿Quién puede por sí mismo añadir un palmo a su estatura?». ¿Quién puede por sí mismo cambiar su orgullo o su timidez? ¿Quién puede con sus fuerzas quitarse una arruga? Pero aquí está la promesa. De un árbol viejo brotará un retoño. Entramos en la galaxia de lo gratuito. De lo caduco y corrompido surgirá lo más nuevo y lo más limpio. De los viejos Abraham-Sara nació el hijo de la promesa. En el pueblo de Israel, anquilosado, brotaría el hombre nuevo, una vida en plenitud. Estamos tocando el misterio.

Estas impensables floraciones son un milagro del espíritu. Cuando el Espíritu sopla con fuerza, hasta los huesos secos recobran vida, de los viejos troncos brotan retoños y toda la faz de la tierra rejuvenece. No debemos desesperar. Por muy acabados y viejos que nos sintamos, se nos ha prometido un bautismo de Espíritu y fuego. Quien se deja empapar de este Espíritu, que es fuego, quema todo lo caduco y se abre a una vida nueva.  

Estas semanas de Adviento son para todos nosotros una llamada a abrirnos a la constante venida de Dios a nuestra vida. Por eso, cada año, en este segundo domingo de Adviento, rememoramos como dichas ahora a nosotros las palabras del profeta Juan el Bautista: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Es, por tanto, una invitación personal a la conversión. 

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El evangelio nos presenta la figura de Juan Bautista, típica del Adviento como una enérgica llamada a preparar el camino del Señor y de su Reino. Los elementos que hallamos hoy son sobre todo su llamada a la conversión (=a la renovación) por un motivo muy real: hay una posibilidad de más vida, más justicia, más amor (es lo que significa «está cerca el Reino de Dios»). Es necesario preparar el camino del Señor (anhelar su venida, creer en ella, eliminar obstáculos, trabajar por su Reino). La austeridad de vida de Juan es un testimonio de que es preciso tomárselo en serio (desde la riqueza, desde la comodidad, no se hace nada). Ni es suficiente el simple cumplimiento ritual, exterior (es la severa crítica a «fariseos y saduceos»). Hay que «dar el fruto que pide la conversión». Será la ocasión para preguntarnos todos: ¿qué debemos hacer? Un fruto que sea trigo y no paja. Pero que no depende únicamente de nuestro esfuerzo: hay con nosotros Aquel «que puede más», que nos ha bautizado -nos ha llenado- con su Espíritu y su fuego renovador, transformador.

La conversión a que nos invita el Bautista no se queda en un cambio de efectos: esta conversión debe empezar por el reconocimiento de nuestra situación de pecadores; quien se reconoce pecador descubre que está necesitado de salvación; quien busca la salvación tiene que volver a Dios, único verdadero salvador; y no hay vuelta a Dios si no cambiamos nuestro corazón, es decir: nuestro modo de pensar, de ser y de existir; en definitiva: cambiar las causas de nuestra situación de pecadores. Una conversión de este tipo (conversión de corazón) tiene que proyectarse necesariamente en las obras. Si no hay obras de conversión, si nuestra conversión no da frutos es señal de que, en realidad, no ha habido conversión.

El lobo habitará con el cordero. Y el hombre con el hombre. Y el hombre con Dios ¿Y por qué no, hermanos? De ti depende que acojas al Espíritu de Dios.

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