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SUGERENCIAS
1. Orientaciones generales:
a) Este domingo nos recuerda el horizonte último de la historia, que se identifica con la venida del Hijo del Hombre. Ahí se inscribe nuestra vida, se subraya la importancia de lo que está en juego y constituye una llamada a la seriedad. De aquí la recomendación a velar: con frecuencia nos dormimos, nada es automático, es necesaria una verdadera elección. A pesar del recuerdo de Noé y del diluvio, esta perspectiva no es fuente de miedo sino de gozo; se trata del encuentro definitivo con aquél que conocemos, con quien vivimos y que, finalmente, "será el árbitro de las naciones: "No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra".
b) Una cierta tensión atraviesa los textos de hoy y de todo el Adviento: "a ti, Señor, levanto mi alma; en ti, Dios mío, confío; los que esperan en ti no quedan defraudados" (entrada). "Aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras" (colecta). "Cuando venga de nuevo podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar" (prefacio). Una cierta tensión, una sana tirantez debería ser también la tónica de nuestra vida. Estamos a las antípodas del ambiente desencantado, regalón o "pasota" que nos rodea. El cristiano no debe dejarse atrapar en sus mallas sinuosas y debe extraer continuamente razones de vivir y esperar a la fuente inagotable de la fe.
J.
TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1980/22-3B
2. VIGILANCIA/CONVERSIÓN. FE/NOE J/VENIDA:
El momento del juicio final es desconocido. Ignorancia intencionada que debe provocar la vigilancia. Ignorancia que no debe confundirse con nesciencia o despreocupación por el momento del tiempo en que vivimos. Nuestra sección pertenece al discurso escatológico. Sabemos, por tanto, que vivimos en los tiempos últimos, que ha tenido lugar ya la venida principal, la parusía fundamental del Hijo del Hombre. Caminamos al encuentro del momento último de la fase final ya inaugurada.
Jesús compara a los hombres que viven en esta fase final, caminantes hacia el momento último, con la generación del tiempo de Noé. Vivían en la nesciencia o despreocupación total de las cosas que se avecinaban sobre ellos. Y se destaca en la comparación la auto-seguridad y disfrute de la vida como el contrapunto necesario para poner de relieve un cambio radical: de la seguridad a la destrucción. El cristiano no debe ser sorprendido con una imprevisión tan lamentable. Ellos saben muy bien lo que esperan y que la repentinidad de los acontecimientos últimos -bien sea a nivel colectivo o bien lo sea simplemente a nivel individual- no permite pensar en el último momento para la conversión.
La preparación-vigilancia nace de la entraña misma del evangelio, la buena nueva de la salud. La pertenencia a la familia de Dios lleva consigo las exigencias de una conducta adecuada. Una seriedad puesta de relieve en el contrapunto de la superficialidad y perversidad de la generación del diluvio.
Aquella generación pasó a la historia como la más corrompida de todas (1 P 3. 20). No se hace mención de sus pecados concretos, sólo se constata el hecho. Vivían seguros y felices y de pronto les sorprendió el diluvio. El cristiano, por ser siervo de su Señor, debe permanecer vigilante y cumpliendo su deber. Sólo así será recompensado por su Señor cuando regrese.
Aunque la enseñanza de esta sección se centra, como hemos visto, en la actitud despreocupada y de vida muelle de la generación del diluvio, una enseñanza, aunque sea secundaria, debe verse en la vida de Noé. Su actitud traduce perfectamente la postura del hombre de fe. Él no contaba con vestigio alguno para deducir la catástrofe que se avecinaba. Se fía única y exclusivamente de la palabra de Dios. Y lleva a cabo aquella construcción absurda en un país seco, guiado únicamente por la orden que de Dios había recibido. Está, pues, en la línea más pura de Abraham, el padre y modelo de los creyentes; en la línea de los que ponen incondicionalmente su fe en Dios. A los cristianos se les dice: Sed como Noé y no como sus contemporáneos. Porque cuando venga el Hijo del Hombre se repetirá lo que entonces tuvo lugar: uno "será tomado", porque pertenece a Cristo (10. 32-33) y el otro "será dejado". Y eso sin previsión alguna, en plena faena de cada día, en el trabajo, en el campo o en la preparación de la harina para hacer la comida de cada día.
COMENTARIOS A LA BIBLIA LITURGICA
NT
EDIC MAROVA/MADRID 1976.Pág. 1082
3. J/PRESENCIA
De este evangelio (Mt/24/37-44) extremadamente rico, queremos recoger solamente esta afirmación esencial: todo termina en JC.
La vida del mundo, como nuestra propia existencia se verán expandidas por este encuentro definitivo hacia el que caminamos.
Vamos a ver a alguien. Esta certidumbre de nuestra fe es, sin duda, la más importante. En contra de las apariencias, la historia de los hombres no está hecha tan sólo de azar o de intervenciones históricas de algunos grandes genios, o de algunos hombres políticos importantes.
En lo hondo de esta responsabilidad del hombre frente a la historia, opera el poder de Dios. Dios ha metido a su Hijo JC en la masa humana. JC no ha cesado de estar presente en el mundo de un modo muchas veces impalpable y discreto, pero seguro, como nos dice el Evangelio. Creemos que JC se halla presente en el mundo con una presencia real, aunque discreta y misteriosa. Al fin de los tiempos esta presencia aparecerá en el gran día. Ya no tendremos que creer en ella; la veremos. Seremos inundados de certidumbre, como nos vemos colmados de felicidad cuando después de haber estado separados del ser querido durante largo tiempo lo encontramos finalmente en una presencia más cálida y más humana que la que nos poseía cuando nos hallábamos separados...
EL
EVANGELIO HOY
MENSAJERO/Pág. 255
N-4. ADVIENTO, COMIENZO DE UN NUEVO AÑO LITURGICO.
El centro es, ya desde el primer momento, la Pascua del Señor Jesús. El ciclo de Navidad que hoy empieza no es una especie de doblete con el de Pascua sino que, celebrando el nacimiento, anunciamos ya el misterio del Hijo que por la muerte y resurrección salva a la humanidad.
El centro de nuestra vida, eclesial y litúrgica, es el Señor Jesús. Él es el "sí" de Dios al sufrimiento y a la esperanza de los hombres. El año litúrgico es el recuerdo y la celebración en nuestro hoy del misterio de Aquel que en Él mismo ha llevado la humanidad a su única y verdadera plenitud. Lo celebramos cada año y tiene el peligro de la rutina y de la repetición de fiestas conocidas, tradicionales, muy estereotipadas (Navidad, Epifanía, Viernes Santo, Pascua...). Es competencia del celebrante recordar, con palabras sencillas, su sentido profundo, especialmente hoy que empezamos un nuevo año litúrgico.
El Adviento, preparación a la Navidad, es la celebración de la esperanza cristiana. Jesucristo, con su vida, muerte y resurrección ya ha traído la plenitud de la vida en Dios a los hombres y nos emplaza a nuestra fidelidad. Es, pues, una esperanza a la vez gozosa, segura y exigente; arraiga en el amor incondicional de Dios, huye de los optimismos frívolos, lleva al compromiso y tiende hacia la plenitud escatológica del momento definitivo de Dios.
SIGNOS.
Debe notarse, el inicio del Adviento. Es un tiempo de sobriedad: supresión de flores, vestiduras moradas, omisión del Gloria; para destacar que tendemos a la fiesta plena, el retorno del Señor, y la Navidad será su signo. Se conserva el aleluya, signo del gozo de la esperanza. Puede ser pedagógico hacer la corona de Adviento. Es una forma plástica de subrayar el Adviento como "camino" hacia la "luz". Será positivo colocar en el presbiterio una imagen de la Virgen María, quizá combinando con la corona. Debe ser de María con Jesús, y mucho mejor si María ofrece, muestra el niño; el centro es siempre Jesucristo, a quien María ama y hacia quien conduce y guía. Todos estos signos deben "significar" por sí solos. Pero a veces se hace necesaria una breve alusión para evitar que caigan en el folclorismo rutinario.
MENSAJE Y LLAMADA DEL ADVIENTO.
Sin lugar a dudas, es bueno saber qué acentos subrayaremos en la homilía de cada domingo. Pero conviene no olvidar que son acentos de un conjunto, el misterio de Dios que nos conduce a la vida por Jesucristo. No demos por supuesto que la comunidad ya lo tenga presente.
El mensaje central es que Dios ama a nuestro mundo y ha enviado a su Hijo; Jesús, con su vida, muerte y resurrección, ha iniciado el mundo nuevo, la vida del hombre en Dios. Así ha realizado las promesas de Dios y las esperanzas humanas, de una manera sorprendente, frecuentemente inesperada, escandalosa.
Hoy es necesaria una mirada a nuestro mundo, a los hombres. Es como es, lleno de luces y de sombras. Según parece, un aspecto muy típico de nuestra posmodernidad es el desencanto. Estamos de vuelta de muchas grandes ilusiones y tenemos miedo al futuro, incierto, con frecuencia amenazador. Parece como si no hubiera más razones para la esperanza. Esta vivencia responde a la realidad, pero hagamos el esfuerzo de situar la decepción: estamos decepcionados de los hombres. A base de los valores más nobles podemos hacer grandes obras pero podemos hacer también inhumanidades terribles.
La fe cristiana, en cambio, habla de Dios. Él es la Plenitud de la Vida que ama al mundo y viene. La venida salvadora de Dios es el gran mensaje de la Navidad, a la que nos preparamos. El monte firme (Is. 1. lectura) es el Señor Jesús encumbrado en su vida, especialmente en su cruz y resurrección. Es así como Dios ha realizado la esperanza de los hombres expresada tan vivamente por Isaías. Los hombres, incluso con proyectos nobles, somos mezquinos y podemos fallar. Pero Dios es fiel en su amor, y posibilita la vida humana en medio de todas las dificultades.
Este mensaje lleva a dos actitudes subrayadas hoy por la liturgia: la esperanza y la vigilancia. Dios en Jesucristo es la raíz de la verdadera esperanza humana. Cuando todo se hunde él sigue fiel. La esperanza cristiana es segura: Dios siempre hace posible nuestra vida de amor y de paz. No sabemos qué pasará mañana o con qué mundo se encontrarán nuestros hijos, o cómo encararemos problemas terribles e insolubles: el tercer mundo, los marginados, las guerras, los abortos, las injusticias, las corrupciones. Nosotros creemos que Dios sigue siendo fiel y hoy, mañana y siempre, mueve al amor y a la paz. Es la fuerza del Adviento cristiano en nuestro mundo. Esperar conlleva desear la vida nueva para todos, la venida del Señor; no el "fin de los tiempos" neutro y catastrófico, sino el "retorno del Sefior", la victoria de su Espíritu de amor. Y con la esperanza, el trabajo y el combate (Pablo, 2. lectura), la llamada a vigilancia (evangelio). Vigilar, estar en vela, significa escuchar a los demás sin vivir con demasiadas seguridades; mirar a los que sufren sin pasar de largo; trabajar para llevar el diálogo y la paz; también, evidentemente, constatar nuestra mediocridad, arrepentirse y volver a empezar. Es la manera de estar atentos a la presencia viva, amorosa, exigente de Dios en cada momento de nuestra vida.
GASPAR
MORA
MISA DOMINICAL 19
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