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H O M I L Í A S 

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DOMINGO I ADVIENTO
CICLO A

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A nadie le gusta ser considerado un iluso. Tener los pies en el suelo parece la actitud correcta y socialmente bien considerada.

Andar por las nubes no lleva a ninguna parte. Hacerse ilusiones, y sobre todo, vivir de ilusiones, aparece como un terrible pecado contra una de las grandes virtudes: el realismo. A menudo las cosas que nos rodean no nos gustan en absoluto, pero no sabemos ni vemos cómo cambiarlas. O nos da pereza. Y al fin y al cabo -nos decimos- dejando pasar el tiempo "uno se acostumbra a todo", "más vale pájaro en mano que ciento volando".

"Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba...". La gente iba tirando, dejando que las cosas siguieran su curso. ¿No es -quizás- también nuestra vida? Más de una vez habremos oído invocar -o habremos invocado- la experiencia, la historia que es maestra de la vida, las lecciones del pasado o la prudencia para apoyar o justificar la actitud del que está de vuelta de todo frente a los que todavía esperan algo.

¡Qué contraste entre este modo de entender la vida y el que nos presentan las lecturas de hoy! Frente al ir viviendo medio dormidos por la anestesia y medio movidos por simple inercia, el anuncio de un futuro nuevo, de un mundo distinto, se convierte en una fuerza capaz de revulsionar el presente: "La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz". Se nos invita a vivir en función del futuro.

"Vendrá el Hijo del Hombre". Creer es esperar. La vida de los hombres, nuestra vida, no es un círculo cerrado en el que no es posible la esperanza. Tal vez hoy podríamos medir la autenticidad de nuestra fe tomándole el pulso a nuestra esperanza. Con la mano en el corazón, ¿podemos decir que tenemos fe si miramos siempre la vida y el mundo con esta mezcla de fatalismo y desesperación que antes comentábamos? La falta de esperanza no es cristiana. Pero no cualquier esperanza es la esperanza cristiana. No es -por ejemplo- un pasivo cruzarse de brazos, viéndolas venir. Más bien se nos hablaba de que había que espabilarse, mantenerse en actitud de vigilancia, estar a punto.

Ya desde ahora, aunque todavía sea de noche y que la salvación que anhelamos no esté plenamente realizada, podemos y debemos comportarnos como a la plena luz del día. Ya desde ahora podemos y debemos anticipar y vivir el futuro que esperamos.

JC ha inaugurado ya el Reino que esperamos. Viviendo como él, siendo fieles a los valores que él proclamaba, dejándonos guiar por su Espíritu, o -como decía S. Pablo- revistiéndonos de JC, viviremos ya ahora los valores del Reino.

"De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas". La persona resignada, sin esperanza, ve las espadas y las lanzas y anuncia con pesimismo que de esto sólo puede salir la guerra. El que vive de ilusiones, sueña paz rodeado de armas hasta que cae -víctima o verdugo- en la espiral de la violencia. El hombre que vive en la esperanza trabaja en la forja para convertir en arados y podaderas todas las lanzas y espadas. Sólo este tercero es el hombre de esperanza. Porque la fe no es un sueño. Es el difícil -pero lleno de esperanza- camino del hoy para el mañana.

En este tiempo de Adviento que hoy empezamos, avivemos nuestra fe. Que la celebración de la muerte y resurrección de JC -luchador incansable del nuevo Reino- estimule nuestra creatividad, disipe nuestra pereza y nos impulse a trabajar activamente y con esperanza para hacer presente en medio de nuestro mundo este mundo nuevo que es el Reino de Dios.

E. BORDONAU
MISA DOMINICAL 1977/22

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