Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia 4 FE EN CRISTO

IV

FE EN CRISTO

 

La fe es el lazo que nos une a Cristo. El punto de unión con él. Nuestra adhesión voluntaria a su persona y a su misión histórica libe­radora. Es comprometernos con Cristo y con su causa. Creer en Cristo es esforzarse en seguir sus pisadas. Es fiarse de él; estar seguros de que nunca nos fallará. Creer es esperarlo todo de él. Es no sentir miedo ante el futuro y la muerte, porque sabemos que él siempre estará con nosotros. Creer es sentirse pequeño, pero fuerte en Cristo. Creer es verle hoy presente en todos los hombres, especialmente en los más ne­cesitados y en los más comprometidos. Creer es vivir la hermandad que nos ganó Cristo y luchar para que cada vez seamos más auténtica­mente hermanos. Creer en Jesucristo es amarle en el prójimo, de obras y de verdad. Es comprometerse como él en la liberación de los oprimi­dos.

 

12.   CRISTO SE MANIFIESTA EN LA DEBILIDAD

Todo lo bueno viene de Dios

En orden a la Gracia, a la Vida, al Amor verdadero, Cristo es todo. Hemos visto que él es el Señor, el Hijo de Dios, a quien le ha sido dado todo poder (Mt 28,18). Todo lo bueno que se hace en el mundo viene de Dios, aunque la gente no se dé cuenta. Él es el que da el deseo de hacer cosas buenas y el poder de realizarlas. Todo crecimiento en el amor, en la unidad, en la verdad o en la libertad humana viene de él.

Nadie puede atribuirse nada, sino lo que le haya sido dado por Dios.

(Jn 3,27)

No cuentan ni el que planta ni el que riega,

sino el que obra el crecimiento,

que es Dios.

(1 Cor 3,7)

Dios es el que produce en ustedes

tanto el querer como el actuar,

con miras a agradarle.

(Flp 2,13)

Es más, ni siquiera podemos acercarnos al mismo Jesús, si no es atraídos por el Padre. Por nuestra propia cuenta no podemos ni pro­nunciar su Nombre:

Nadie puede venir a mí, si no lo atrae mi Padre que me envió.

(Jn 6,44)

Nadie puede decir: “Jesús es el Señor”,

sino guiado por el Espíritu Santo.

(1 Cor 12,3)

La grandeza de la Redención no depende de nuestros propios méri­tos:

Dios se guarda su libertad;

su plan no depende de los méritos de alguno,

sino de su propio llamado.

(Rom 9,12)

No merecíamos tanto

Si somos consecuentes con nuestra fe, tenemos que aceptar con to­das sus consecuencias que Jesús es el Señor; el que elige y el que hace crecer; el Camino y la Vida para recorrerlo. Tenemos que aceptar, con claridad y sinceridad de corazón, que todo lo bueno que tenemos lo he­mos recibido gratis de él, sin mérito alguno por nuestra parte. No me­recíamos la grandeza de su Amor y sus dones. Por eso no puede quedar lugar para el orgullo:

¿Qué tienes que no hayas recibido?

Y si lo recibiste, ¿por qué te pones orgulloso,

como si no lo hubieras recibido?

(1 Cor 4,7)

No vayas a alabarte..., pues no eres tú el que sostiene la raíz,

sino la raíz la que te sostiene a ti.

(Rom 11,18)

Por gracia de Dios ustedes han sido salvados, por medio de la fe.

Esta salvación no viene de ustedes.

Dios la concede como un regalo

y no como premio de las obras buenas,

a fin de que nadie pueda alabarse.

Lo que somos es obra de Dios,

que nos ha creado en Cristo Jesús

para que hagamos buenas obras.

(Ef 2,8-10)

No puede haber tampoco lugar para pedir cuentas a Dios y venirle con exigencias.

Pero tú, amigo, ¿quién eres para pedir cuentas a Dios?

Dirá acaso la olla de barro al que modeló: ¿Por qué me hiciste así?

El alfarero, ¿no es dueño de su greda para hacer del mismo barro

una vasija de lujo o una ordinaria?

(Rom 9,20-21)

Si aceptamos a Jesús, hay que aceptarlo como al Señor. No cabe otra postura delante de él que la de la humildad. Hagamos lo que ha­gamos, aunque sean las mayores maravillas del mundo, o el apostolado más eficaz nunca visto, siempre tenemos que terminar diciendo:

Somos servidores que no hacían falta;

sólo hicimos lo que debíamos hacer.

(Lc 17,10)

Esta postura de humildad ante Cristo está muy lejos de ciertas pos­turas de autosuficiencia que toman ciertos “apóstoles” en nuestro tiempo, que se creen muy avanzados, pero, pagados de sí mismos, ha­cen alarde de sus ideas y sus obras, como si todo dependiera de ellos. La Palabra de Dios, como semilla viva que es, hay que actualizarla siempre, pues germina según la tierra de cada época y cada ambiente, pero con espíritu de humildad ante el Señor y ante los hermanos. Pues en caso contrario, estamos desviados del camino del Señor, y las conse­cuencias pueden ser muy graves.

Dios resiste a los orgullosos.

(Sant 4,6)

Jesús prefiere a los que se sienten pequeños

Por todo esto se comprende que Dios tenga preferencia por los que se sienten débiles y pequeños delante de él. Los que tiene corazón de pobre son los elegidos por Dios para desarrollar a través de ellos las maravillas de su Amor. Por eso Cristo llama felices a los que se sienten pobres y necesitados de él (Mt 5,3). Jesucristo se manifiesta en los que aceptan la realidad de su pequeñez y su debilidad. La mayor santa del mundo, la Virgen María, la Madre de Jesús, fue elegida porque se sintió profundamente pequeña ante Dios, como una esclava (Lc 1,38). Recibió a Dios como nadie lo pudo hacer jamás, pues estaba vacía de sí misma, y, por consiguiente, toda abierta para Dios. Porque reconoció su peque­ñez, hizo Dios con ella cosas grandes. Así lo reconoció ella misma:

 

Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador

porque miró con bondad la pequeñez de su servidora...

Desde hoy todas las generaciones me proclamarán bienaventurada,

pues el Todopoderoso ha hecho en mí cosas grandes.

(Lc 1,47-49)

Es de humildes reconocer nuestra pequeñez, pero sin dejar de reco­nocer y aceptar también lo mucho que Cristo ha hecho en nosotros. Nadie puede decir que no tiene pecado, a excepción de Jesús y su Madre. Y el que diga lo contrario, vive en la mentira (1 Jn 1,8). Pero nadie puede decir tampoco que no es objeto de las maravillas del Amor de Dios. Pero para recibir su Amor hay que acercarse a él con la verdad en las manos: reconociendo nuestra condición de pecadores, como Pedro en la barca (Lc 5,8), el capitán romano (Lc 7,6-7) o el publicano en el templo (Lc 18,13). En contra de toda postura de orgullo y de bús­queda de buena fama, debemos decir con Juan el Bautista:

 

Es necesario que él crezca y que yo disminuya

(Jn 3,30)

Cuando me siento débil, entonces soy fuerte

Pablo se sentía contento de sus debilidades, precisamente porque gracias a ellas podía manifestares en él con más claridad la fuerza de Cristo:

 

En cuanto a mí no me alabaré sino de mis debilidades...

Precisamente para que no me pusiera orgulloso

después de tan extraordinarias revelaciones,

me fue clavado en la carne un aguijón,

verdadero delegado de Satanás,

para que me abofeteara.

Tres veces rogué al Señor que lo alejara de mí,

pero me respondió: “Te basta mi gracia;

mi fuerza actúa mejor donde hay debilidad.”

Con todo gusto, pues, me alabaré de mis debilidades,

para que habite en mí la fuerza de Cristo.

Por eso me alegro cuando me tocan enfermedades,

humillaciones, necesidades, persecuciones y angustias por Cristo.

Cuando me siento débil, entonces soy fuerte.

Por la gracia de Dios soy lo que soy

y su bondad para conmigo no fue inútil.

Trabajé..., pero no yo,

sino la gracia de Dios conmigo.

(1 Cor 15,10)

Por eso se comprende que a Pablo le gustara sentir su debilidad y presentarse pobre ante sus hermanos. Nada de altanerías, ni “palabras y discursos elevados”, para que nadie pensara llegar a la fe “por la sa­biduría de un hombre, sino por el poder de Dios” (1 Cor 2,1-5). Pablo es­taba muy lejos de todo complejo de superioridad o de inferioridad. Como la Madre de Jesús, reconocía con sencillez que Dios hacía cosas grandes a través de él, pero sin apropiárselas orgullosamente, ni perder tampoco de vista su pequeñez e incapacidad natural para llevar a cabo la obra que estaba realizando. Era Cristo el que vivía en él (Flp 1,21) y el que realizaba las maravillas a través de él. El Amor de Cristo se había adueñado de Pablo.

Reconocer nuestra miseria y nuestra grandeza

Si queremos que Cristo sea nuestra Vida, tenemos que reconocer nuestra miseria y la necesidad absoluta que tenemos de él. Ante Dios somos pobres, ciegos y desnudos (Ap 3,17). Pero sin que ello nos de­prima en anda. Dicen los obispos en el Concilio: “Nadie por sí y por sus propias fuerzas se libera del pecado, ni se eleva sobre sí mismo; nadie se ve enteramente libre de su debilidad, de su soledad y de su servi­dumbre, sino que todos tienen necesidad de Cristo, modelo, maestro, liberador, salvador y vivificador” (Misiones, 8). La fe en Cristo capacita para poder mirar de frente nuestras miserias y nuestra grandeza, las dos al mismo tiempo, sin depresión ni orgullo. Aún más: la fe en Cristo enseña a estar contentos de nuestra debilidad, pues en ella se mani­fiesta la fuerza del Resucitado. Somos de barro, pero con un gran te­soro:

 

Llevamos este tesoro en vasos de barro

para que todos reconozcan la fuerza soberana de Dios

y no parezca como cosa nuestra.

(2 Cor 4,7)

Los caminos de Dios son muy distintos a los caminos de nuestro mundo aburguesado:

 

Lo que los hombres tienen por grande, Dios lo aborrece.

(Lc 16,15)

Lo que estima Dios y lo que estima nuestra sociedad de consumo son dos cosas muy distintas. Ante Dios no vale más el que tiene más estudios, más poder, más plata o más fama. Sino el que con sencillez se deja llenar del Amor de Cristo, que es fuerza de servicio y de entrega desinteresada a los demás.

 

En efecto, la “locura” de Dios

es más sabia que la sabiduría de los hombres;

y la “debilidad” de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres...

Bien se puede decir que Dios ha elegido

a lo que el mundo tiene por necio

con el fin de avergonzar a los sabios;

y ha escogido lo que el mundo tiene por débil,

para avergonzar a los fuertes.

Dios ha elegido a la gente común y despreciada;

ha elegido lo que es nada para rebajar a lo que es;

y así nadie ya se podrá alabar a sí mismo delante de Dios.

(1 Cor 1,25-29)

La gloria de los pobres

Este mensaje es una Gran Esperanza para todos los desposeídos y marginados del mundo. Es la Buena Noticia de Cristo para todos aque­llos a quienes el mundo tiene por necios y por débiles. “Dios ha elegido a la gente común y despreciada.” Esta es la gloria de los pobres. Por eso el canto de alegría de las bienaventuranzas (Mt 5,1-11) y la acción de gracia de Cristo:

 

Padre, Señor del cielo y de la tierra, yo te bendigo,

porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes

y se las has mostrado a los pequeños.

(Lc 10,21)

Ciertamente la humildad de corazón es de gran estima a los ojos de Dios. Pero esta sencillez de reconocer la necesidad absoluta de Dios se encuentra ante todo en el corazón de los marginados del mundo. Por eso dice Santiago que

Dios eligió a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe.

(Sant 2,5)

La fe en Cristo es el mejor remedio contra el complejo de inferioridad de los pobres. Cristo nos ha dado una gran dignidad, como veremos en el próximo capítulo. Humillémonos ante el Señor, y él nos levantará (Sant. 4,10). Pero no reconozcamos otro señor que no sea él. Pongamos sólo en él nuestra esperanza, en ese Cristo que habita y actúa en todo el que lucha por la justicia y el amor verdadero. De él nace nuestro afán de superación. No pongamos nuestra esperanza, ni nuestra gloria, en nada que no venga de él. Él solo es el Señor. Que Cristo Jesús sea nuestro único orgullo (1 Cor 1,31).

 

El que se gloríe, gloríese en el Señor,

pues no queda aprobado el que se alaba a sí mismo,

sino aquel a quien alaba el Señor.

(2 Cor 10,17-18)

No olvidemos nunca que Cristo se manifiesta en la debilidad. Aunque hayamos trabajado toda la noche sin pescar nada, volvamos a echar las redes en su Nombre, con la fe puesta en él (Lc 5,5).

 

13. ORAR EN NOMBRE DE CRISTO

Pidan, y se les dará

Estamos viendo y gustando cada vez más a fondo que Jesús es la imagen visible del Dios que es Amor y se desborda en un sinnúmero de gracias hacia nosotros. Cristo es el Mediador, que ha venido a hacernos justos y a colmarnos de los bienes de Dios. Con él lo tenemos todo. Pero el corazón humano es duro y le cuesta creer en la grandiosidad del Amor de Dios. Por eso Jesús se esfuerza no solamente con su vida, sino también con su palabra, para convencernos de que entreguemos nues­tra confianza a Dios, sin límites, ni restricciones:

Pidan y se les dará;

busquen y encontrarán;

llamen a la puerta y les abrirán.

Porque el que busca, halla;

el que pide, recibe;

y al que llame a la puerta, le abrirán.

¿Quién de ustedes es capaz de darle una piedra a su hijo,

si les pide pan;

o una culebra, si les pide pescado?

Si ustedes, que son malos, dan cosas buenas a sus hijos,

con mayor razón el Padre que está en los cielos

dará cosas buenas al que se las pida.

(Mt 7,7-11)

Jesús insiste repetidamente en esta idea. Recurre a diversas compa­raciones caseras para convencernos de que el Padre está dispuesto a concedernos todo lo bueno que le pidamos, como el caso del amigo ino­portuno (Lc. 11,5-13) o el del juez malvado (Lc 18,1-8).

Él promete que el Padre concederá cualquier cosa buena que le pi­damos en su nombre:

Si se quedan en mí y mis palabras permanecen en ustedes,

todo lo que deseen lo pedirán y se les concederá...

Todo lo que pidan al Padre en mi nombre, se lo dará.

(Jn 15,7. 16)

Por supuesto que no se trata de pedir cualquier capricho. Jesús quiere que le pidamos cosas importantes. En la cena de despedida se quejó de que hasta entonces no le habían pedido nada que valiera la pena:

Hasta ahora no han pedido nada invocando mi nombre.

Pidan y recibirán, y su gozo será completo.

(Jn 16,24)

Esta alegría completa que él quiere dar es la de vivir como él vivió en este mundo. Hacer lo que él hizo: entregarse sin límite a Dios en el ser­vicio de los hermanos.

En verdad, el que cree en mí,

hará las mismas cosas que yo hago.

Y aun hará cosas mayores que éstas,

porque yo voy al Padre.

Y haré todas las cosas que ustedes pidan en mi nombre,

para que den gloria al Padre a través de su Hijo.

Si me piden algo, yo se lo daré.

(Jn 14,12-13)

La meta de nuestra oración debe ser imitar a Cristo, seguir sus hue­llas, ser otro Cristo viviente en la tierra; dejar actuar su Amor a través de nosotros. Todo lo demás son cosas por las que no hay que angus­tiarse, pues vendrán por añadidura, si sabemos poner en práctica la ley del Amor (Mt 6,34).

Yo les digo que si tuvieran fe como un granito de mostaza,

le dirían a este cerro:

quítate de ahí y ponte más allá, y el cerro obedecería.

Nada les sería imposible.

(Mt 17,19-21)

Ciertamente hay cerros enteros que remover en nuestro mundo. Hay dificultades muy serias que impiden caminar derecho hacia un mundo de hermanos. Se harían realidad cosas que aparecen imposibles, si tu­viéramos fe en el Redentor. Fe en Cristo para derrotar el egoísmo per­sonal de cada uno; fe en Cristo para derrotar también las estructuras opresoras que nos oprimen.

Debemos sacar de la oración todo el coraje necesario para vencer el miedo (Jn 14,27; 1 Jn 4,18) y comprometernos a favor de la justicia y la unidad, hasta derramar la sangre, si fuera necesario. Rezar para sa­ber amar con el corazón de Cristo. Rezar para que se nos llene el cora­zón de esperanza. Rezar para saber sufrir con alegría, junto a Cristo, toda persecución que pueda venir a causa de nuestro compromiso por la justicia (Mt 5,11-12). Rezar para saber construir la unidad y la paz ver­dadera. Para que seamos cada vez más personas; para que el pro­greso esté al servicio de todos los hombres; para que cada uno sepa compro­meterse con responsabilidad en el puesto que le corresponde. Para que venga el Reino de Dios y vivamos según la voluntad del Padre.

Señor, enséñanos a rezar

Con demasiada frecuencia pedimos a Dios cosas sin importancia. O, lo que es mucho pero, con fines egoístas. Ensanchemos el corazón y pi­damos con confianza a Cristo cosas importantes. Nos falta fe en la ora­ción. Pensamos que rezar es sólo para mujeres desocupadas o para ni­ños. Y resulta que es una necesidad imperiosa para toda persona que quiera ser honrada en la vida. No se trata de nada blandengue o senti­mental, sino de un encuentro personal con Cristo, que comunica su for­taleza y su Amor, y compromete para una tarea muy seria. Por eso te­nemos que concluir diciendo que la mayoría de las personas no sabe­mos lo que es hacer oración, y, a semejanza de los apóstoles, nuestra primera petición debería ser:

Señor, enséñanos a hacer oración.

(Lc 11,2)

Enséñanos a rezar con confianza ciega en tu Amor, sabiendo que das según la medida de nuestra fe (Mt 9,29; 15,28; Lc 8,50). Juan el Evangelista decía:

Por él estamos plenamente seguros:

Si le pedimos algo conforme a su voluntad, él nos escuchará.

Y porque sabemos que él atiende a todo lo que le pedimos,

sabemos que poseemos todo lo que pedimos.

(1 Jn 5,14-15)

Enséñanos, Jesús, a rezar con sencillez, sabiendo lo cerca que está Dios de nosotros:

Cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta

y reza a tu Padre que está en lo secreto,

y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

Cuando recen, no multipliquen las palabras, como hacen los paganos,

que piensan que los van a escuchar porque hablan mucho.

Ustedes no recen de ese modo,

porque antes que pidan, el Padre sabe lo que necesitan.

(Mt 6,6-8)

Enséñanos a rezar unidos:

Si dos de ustedes unen sus voces en la tierra

para pedir cualquier cosa,

estén seguros que mi Padre se la dará.

Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre,

yo estoy ahí en medio de ellos.

(Mt 18,19-20)

Enséñanos, Jesús, a depositar en ti nuestras preocupaciones (1 Pe 5,7). A no vivir angustiados, en esta sociedad de consumo, por el pro­blema de la comida, el vestido y el confort, como si ello fuera lo único necesario en la vida. Si buscamos tu Reino, sabemos que todo lo demás vendrá por sus propios pasos (Mt 6,25-33).

Ciertamente no sabemos rezar como es debido. Pero en una delica­deza más de su Amor, Jesús nos envía el Espíritu Santo para que él pida en lugar nuestro lo que nosotros no sabemos pedir:

El Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad;

porque no sabemos qué pedir, ni cómo pedir en nuestras oraciones.

Pero el propio Espíritu ruega por nosotros,

con gemidos y súplicas, que no se pueden expresar.

(Rom 8,26)

Terminemos esta parte sobre la oración, con la alabanza de Isabel a la Madre de Jesús por la fe que tuvo, que hizo posible preparar en su seno una cuna de amor para el propio Dios:

Feliz tú, que creíste,

porque sin duda se cumplirá lo que te prometió el Señor...

Bendita eres entre todas las mujeres

y bendito es el fruto de tu vientre.

(Lc 1,45.42).

 

14. LA FORTALEZA DE CRISTO

Después de su resurrección, Jesús prometió a los discípulos que les enviaría el Espíritu Santo, el Consolador, que les llenaría de fuerzas para predicar con toda valentía su mensaje de Amor:

Voy a enviar sobre ustedes a quien mi Padre prometió.

Por eso quédense en la ciudad hasta que hayan sido revestidos

de la fuerza que viene de arriba.

(Lc 24,49)

Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes,

y serán mis testigos... hasta los confines de la tierra.

(Hch 1,7-8)

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece

Pablo se entusiasma con esta fortaleza que viene de Cristo:

Cristo no se muestra débil entre ustedes, sino que actúa con poder.

Aunque fue crucificado por su debilidad,

ahora vive de la fuerza de Dios;

y lo mismo nosotros, que somos débiles como él,

pero viviremos con él de la fuerza de Dios.

(2 Cor 13,3-4)

Aquellos que Dios ha llamado...

encuentran en Cristo la fuerza y la sabiduría de Dios.

(1 Cor 1,24)

Ante las muchas dificultades que Pablo encontró en su vida, sintió con brío que era Cristo Jesús el que le hacía caminar siempre adelante (Hch 18,9-10). Experimentó la fuerza de Cristo en la cárcel y ante los tribunales:

La primera vez que presenté mi defensa, nadie me ayudó.

Todos me abandonaron...

El Señor, en cambio, estuvo a mi lado llenándome de fuerza,

para que pudiera predicar el mensaje...

Y quedé libre de la boca del león.

(2 Tim 4,16-17)

Sintió que en Cristo podía soportar cualquier clase de dificultades:

En todo tiempo y de todas maneras me acostumbré a todo:

estar satisfecho o hambriento, en la abundancia o en la escasez.

Todo lo puedo en aquél que me fortalece.

(Flp 4,12-13)

Con la fuerza de Cristo luchaba para llevar a Cristo a sus hermanos:

Para hacer a todo hombre perfecto en Cristo...

me fatigo luchando con la fuerza de Cristo,

que obra poderosamente en mí.

(Col 1,28-29)

Y enseñaba a sus seguidores a apoyarse en Cristo:

Tú, hijo, fortalécete con la gracia  que tendrás en Cristo Jesús...

Soporta los sufrimientos como un buen soldado de Cristo.

(2 Tim 2,1-3)

Dios no nos dio un espíritu de timidez,

sino un espíritu de fortaleza, de amor y de buen juicio.

Por eso, no te avergüences del testimonio

que tienes que dar de nuestro Señor,

ni de mí al verme preso.

Al contrario, lucha conmigo por el Evangelio,

sostenido por la fuerza de Dios.

(2 Tim 1,7-8)

Podemos resumir esta vivencia tan profunda de Pablo con aquella in­vocación suya, tan fuertemente emotiva:

¡Quiero conocerlo;

quiero probar el poder de su resurrección!

(Flp 3,10)

Fortaleza en las adversidades

¿Para qué esta fortaleza del Espíritu, que comunica Cristo a todo el que cree en él? Sencillamente para ser “firmes y constantes” (Col 1,1) en la misión de ser sus testigos en la tierra. Jesús ya había anunciado que el mundo odiaría a sus seguidores (Jn 15,18) y les tendería una perse­cución despiadada (Jn 16,1-4). Pero él no les dejaría nunca solos.

Van a tener que sufrir mucho... Pero ¡sean valientes!

¡Yo he vencido al mundo!

(Jn 16,33)

Jesús sabía muy bien que necesitaríamos una fortaleza especial para poder ser constantes en la predicación de su mensaje. Esa forta­leza es la que sintieron los primeros que le conocieron, como su amigo Juan, por ejemplo. Dice él en una de sus cartas:

Ustedes, hijitos, son de Dios,

y ya tienen la victoria sobre esos mentirosos,

porque el que está en ustedes

es más poderosos que el amo de este mundo.

(1 Jn 4,4)

Y así lo vivió también Pablo:

Las armas que usamos no son de fabricación humana:

es un poder de Dios para destruir fortalezas.

(2 Cor 10,4)

Háganse fuertes en el Señor con su energía y con su fortaleza.

Pónganse la armadura de Dios,

para poder resistir las obras del diablo.

porque nuestra lucha no es contra fuerzas humanas,

sino contra los gobernantes y autoridades

que dirigen este mundo y sus fuerzas oscuras...

Por eso pónganse la armadura de Dios,

para que en el día malo

puedan resistir y permanecer firmes a pesar de todo.

Tomen la Verdad como cinturón,

la Justicia como coraza,

y como calzado el celo por propagar el Evangelio de paz;

tengan siempre en la mano el escudo de la Fe,

y así podrán atajar las flechas incendiarias del demonio.

Por último, usen el casco de la Salvación

y la espada del Espíritu, o sea, la Palabra de Dios.

(Ef 6,10-17)

Las fuerzas del diablo actúan principalmente a través de los corazo­nes egoístas, que luchan por todos los medios para conservar privilegios o para llegar a tenerlos, siempre a base de explotar a su prójimo. A ellos no les interesa que progrese nada que sea dignificación humana, uni­dad, amor o encuentro de la gente con el Dios verdadero, pues por ese camino perderían sus privilegios. Por eso persiguen a muerte a todo el que se compromete seriamente en la lucha por estos ideales. Sus armas predilectas son la calumnia, la intriga, la división y, cuando es necesa­rio, la violencia física y la sangre. Por eso necesitamos de una manera muy especial la fortaleza de Cristo. Sin él nunca podremos vencer al enemigo que llevamos dentro de nosotros, que es el orgullo y el egoísmo personal, ni menos aún al egoísmo organizado de los explotadores y el de los indiferentes.

Cristo es ciertamente una fuerza revolucionaria; la mayor fuerza re­volucionaria que puede haber, pues su fuerza es la del Amor, la única capaz de hacer hombres nuevos y estructuras nuevas. Necesitamos con urgencia de la fortaleza que viene de Cristo. Cuanto más explotados se­amos, más necesitamos de Cristo. Cuanto más débiles, más urgencia tenemos de su fortaleza. Nuestro mundo necesita de hombres que se han encontrado personalmente con Cristo y se han dejado arrebatar por él. El encuentro con Cristo nos hace más personas. Como dicen los obispos en el Concilio, “Cristo, muerto y resucitado por todos, ofrece al hombre, por su Espíritu, luz y fuerzas, que le permitan responder a su altísima vocación” (Iglesia en el mundo actual, 10).

Esto no quiere decir que las organizaciones sociales, políticas o eco­nómicas tengan que ser cristianas en cuanto tales. Pero en todas ellas debiera haber hombres cristianos de veras, que se comprometan con toda honradez en la construcción de un mundo justo, impulsados y for­talecidos por su fe en Cristo, a quien reconocen como Señor de la Historia.

 

15.   “¿QUIEN NOS APARTARÁ DEL AMOR

             QUE DIOS NOS TIENE EN CRISTO JESUS?”

Las maravillas del Amor que el Padre nos ha manifestado a través de Cristo, dan una esperanza sin límites. Al que ha sentido profunda­mente, como Pablo, ese “me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20), se le llena el corazón de una confianza total en la fidelidad del Dios que es Amor. Es una certeza firme y arrolladora, que nada ni nadie puede de­moler. La fe en Cristo llega a su plenitud cuando se convierte en “la se­guridad de lo que esperamos”, aunque todavía no lo veamos del todo (Heb 11,1).

Nos sentimos seguros en Dios, gracias a Cristo Jesús nuestro Señor,

por quien fuimos reconciliados.

(Rom 5,11)

Pablo sentía esta seguridad en Cristo respecto a su propia misión:

Tengo la certeza de que en esta ocasión, como siempre,

Cristo aparecerá más grande a través de mí,

sea que yo viva, sea que yo muera.

(Flp 1,20)

El canto de la esperanza

Una mención muy especial merece el himno de confianza que brota con fuerza en la carta de Pablo a los romanos:

Sabemos que Dios dispone todas las cosas

para el bien de los que le aman...

Y si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

Dios, que no perdonó a su propio Hijo,

sino que lo entregó por todos nosotros,

¿cómo no nos va a conceder con él todas las cosas?

¿Quién acusará a los elegidos de Dios,

sabiendo que es él quien los hace justos?

¿Quién los condenará?

¿Acaso será Cristo Jesús, el que murió, o más bien, el que resucitó

y está a la derecha de Dios rogando por nosotros?

¿Quién nos separará del Amor de Cristo?

¿Las pruebas o la angustia, la persecución o el hambre,

la falta de ropa, los peligros o la espada?...

No, en todo esto triunfaremos por la fuerza del que nos amó.

Estoy seguro que ni la muerte, ni la vida,

ni los ángeles, ni los poderes espirituales,

ni el presente, ni el futuro,

ni las fuerzas del universo, de los cielos o de los abismos,

ni criatura alguna,

podrá apartarnos del Amor de Dios,

que encontramos en Cristo Jesús, nuestro Señor.

(Rom 8,28.31-35.37-39)

Está claro que San Pablo llegó a la cumbre de la esperanza en Jesucristo. Ante la grandeza del Amor de Dios, toda la confianza que tengamos en él será poca. Este canto de fe incondicional al Amor de Dios es como una consecuencia lógica a esa historia de delicadezas y dones divinos, que comenzó con Abrahán y Moisés, pasando por los profetas, y culminó con María en Jesús. Pablo no se excedió al hablar así. Él se había encontrado personalmente con Cristo, comprendió la anchura y profundidad de su Amor (Ef 3,18) y creyó firmemente que ya nada ni nadie le podría apartar de ese Amor que le tiene el Padre en Jesús. Su confianza no se apoyaba en sus fuerzas o sus méritos perso­nales, sino en la fuerza y el mérito de su Redentor.

En todo triunfamos por la fuerza del que nos amó. Lo mismo que Pablo, también cada uno de nosotros podemos llegar a tener la misma fe que él en el Amor que Dios nos tiene. Cristo se entregó por cada uno de nosotros en concreto. Por eso podemos esperar contra toda desespe­ranza. Pues no se trata de esperar premio a nuestros méritos persona­les. Sino de dejarse amar por Cristo; de abrirle nuestras puertas y de­jarle actuar en nosotros.

San Juan, el apóstol del amor, cree también de una manera inque­brantable en “el que nos ama” (Ap 1,5):

Nosotros hemos encontrado el Amor que Dios nos tiene

y hemos creído en su Amor.

(1 Jn 4,16)

Que así sea.

José Luis Caravias
Cristo, nuestra esperanza
El Amor de Dios según el NT