Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia 1 DIOS CON NOSOTROS
I
DIOS CON NOSOTROS

 

En Jesús se cumplen todas las promesas de amor que Dios había hecho a su pueblo. Cada vez Dios se iba acercando más a los hombres. Ahora, “en la plenitud de los tiempos” (Gál 4,4), Dios se hace uno de nosotros; se compromete hasta lo último con la raza humana a través de Jesús, a quien el profeta Isaías había profetizado como “Dios con no­so­tros” (Is 7,14; 8,10).

Sepan que una virgen concebirá y dará a luz a un hijo,

al que pondrán el nombre de Manuel,

que significa: Dios con nosotros.

(Mt 1,22)

Trataremos de estudiar a través de la Biblia quién es este Jesús, Dios con nosotros, en quien depositamos nuestra esperanza.

 

1.     “SE HIZO UNO DE NOSOTROS”

Dios no se presentó en la historia como un liberador prepotente, ni como un gran señor, que desde las alturas de su comodidad, ordena la liberación de los esclavos. Él bajó al barro de la vida, se hizo pequeño y conoció en carne propia lo que es el sufrimiento humano:

Cuando llegó la plenitud de los tiempos,

Dios envió a su Hijo,

el cual nació de mujer y fue sometido a la Ley.         

(Gál 4,4)

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.         

(Jn 1,14)

Él que era de condición divina

no se aferró celoso a su igualdad con Dios.

Sino que se aniquiló a sí mismo,

tomó la condición de esclavo,

y se hizo en todo igual a los demás hombres,

como si fuera uno de nosotros.                                                   (Flp 2,6-7)

Se hizo en todo semejante a sus hermanos.                         (Heb 2,17)

Siendo rico, se hizo pobre por nosotros,

para enriquecernos con su pobreza,

       (2 Cor 8,9)

Hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores           

(Mt 8,17)

Fue sometido a las mismas pruebas que nosotros,

pero a él no le llevaron al pecado.

(Heb 4,15)

Compartió las privaciones de los pobres

¿En qué consiste este hacerse uno de nosotros? ¿Hasta qué grado Jesús compartió nuestras debilidades y nuestras penas?

Según un dicho popular, el amor hace iguales. Y este amor gran­dioso e increíble de Dios hacia los hombre le hizo bajar hasta lo más profundo de nuestra humanidad. Compartió la vida del pueblo sencillo de su tiempo. Vivió, como uno más, la vida escondida y anónima de un pueblito campesino. Sus penas y sus alegrías, su trabajo, su sencillez,   su compañerismo; pero sin nada extraordinario que le hiciera aparecer como alguien superior a sus compueblanos.

Su madre, María, una chica de pueblo, buena, sencilla, de corazón grande y con una inmensa fe en Dios. Su padre adoptivo era el carpin­tero del pueblo. Y como hijo de gente pobre, muy pronto, en el mismo hecho de su nacimiento, conoce lo que son las privaciones de los po­bres. Comienza por no tener ni dónde nacer. Ellos tenían su casita, pero “por órdenes superiores” no tuvieron más remedio que hacer un largo viaje para “arreglar sus papeles”. Las autoridades querían hacer un censo para cobrar impuestos, y cada persona tenía que ir a anotarse al pueblo de origen de su familia (Lc 2,1-5). Y así, aunque María estaba por dar a luz, cerraron su casita de Nazaret, y se pusieron tres días en camino hasta llegar a Belén, el pueblo de sus antepasados. Así, Jesús llegó a ser partícipe de las graves molestias que con frecuencia las fa­milias pobres tienen que sufrir para cumplir los caprichos de los pode­rosos.

En Belén no encuentran parientes que los reciban. Ni tampoco hay lugar para ellos en la posada pública, lo mismo que en tantos pueblos no hay alojamiento para los pobres que no tienen con qué pagar. Los padres de Jesús no tuvieron más remedio que ir a cobijarse en una cueva, donde alguien guardaba sus animales. Y allá, en algo así como un chiquero o una caballeriza, nace Jesús. Su primera cuna es una ba­tea donde se da de comer a los animales (Lc 2,7). ¡Qué bajo bajó Dios! El Amor le hizo compartir el nacimiento ignominioso de los más pobres del mundo.

Compartió el dolor de los emigrantes

Pronto tuvo que sufrir otro dolor humano que sufrieron y siguen su­friendo millones de personas: el dolor de los emigrantes. El egoísta Herodes tuvo miedo de que aquel Niño fuera un peligro para sus privi­legios, por lo que mandó matar a todos los recién nacidos de la zona, con la esperanza de eliminar así a Jesús, al que ya desde el principio intuyó como enemigo. Los padres de Jesús tuvieron que huir al extran­jero para escapar de la dictadura sangrienta del tirano (Mt 2,13-18). Así Jesús compartió la prueba de la persecución política y el destierro. Y el dolor de todos los que por diversas causas se ven obligados a emi­grar a tierras extranjeras, lejos de los suyos, sus costumbres y su idioma.

Una vez muerto Herodes, sus padres le llevan a Nazaret (Mt 2,19-23), donde estuvo hasta llegar aproximadamente a los treinta años. Allá vivió la vida de un joven pueblero de su tiempo. Iría a la escuela apenas los primeros años (Jn 7,15). Pronto sus manos sentirían el mordisco del trabajo. En los últimos años, muerto José, tuvo que hacerse cargo de su madre viuda. Casi no conocemos estos primeros treinta años de Jesús, pues compartió la vida de un hombre común y corriente. No es ningún personaje importante. Pertenece al pueblo anónimo del que nada se sabe. Entra lentamente en la maduración que exige todo des­tino humano. Y cuando comienza a hablar a su pueblo, lo hace sin salir del mismo pueblo.

Fue un obrero

¿En qué trabajó Jesús? Los de Nazaret le llamaban “el hijo del car­pintero” (Mt 13,55) o sencillamente “el carpintero” (Mc 6,3). Un pueblo pequeño no da para que un carpintero viva sólo de este oficio. Y menos en aquella época en la que no se usaban sillas, mesas, ni camas al es­tilo nuestro.

Un carpintero de pueblo es un hombre habilidoso, que sirve para todo. Es al que se le llama cuando algo se ha roto en casa o cuando se necesita un favor especial. Jesús estaría verdaderamente al servicio de todo el que necesitase de él. Igual trabajaría con el hacha o con el se­rrucho. Entendería de albañilería; sabe cómo se construye una casa (Mt 7,24-27). Y sin duda alguna trabajó muchas veces de campesino, pues el pueblo era campesino. Conocía bien los problemas de la siembre y la cosecha (Mc 4,3-8. 26-29; Lc 12,16-21). Aprendería por propia expe­riencia lo que es salir en busca de trabajo, cuando las malas épocas dejaban su carpintería vacía; él habla de los desocupados que esperan en la plaza sentados a que un patrón venga a contratarlos (Mt 20,1-7). Habla también de cómo el patrón exige cuentas a los empleados (Mt 25,14-27). O cómo “los poderosos hacen sentir su autoridad” (Mt 20,25); él también la sintió sobre su propias espaldas.

Puesto que el pastoreo es uno de los principales trabajos de la re­gión, seguramente Jesús fue también pastor. En su forma de hablar demuestra que conoce bien la vida de los pastores, cómo buscan una oveja perdida (Lc 15,3-6), cómo las defienden de los lobos (Mt 10,16) o cómo las cuidan en el corral (Jn 10,1-16). Le gustaba llamarse a sí mismo “el Buen Pastor” (Jn 10,11).

 

Un hombre sencillo

Su forma de hablar es siempre la del pueblo: sencillo, claro, directo, siempre a partir de casos concretos. Su porte exterior era el de un hombre trabajador, con manos callosas y cara curtida por el trabajo y la austeridad de vida. Casa sencilla y ropa de obrero de su tiempo. Participó en todo de la forma de vida normal de los pobres. Supo lo que es el hambre (Mt 4,2; Mc 11,12), la sed (Jn 4,7; 19,28), el cansancio (Jn 4,6-7; Mc 4,37-38), la vida insegura y sin techo:

Los zorros tienen su madriguera y las aves del cielo sus nidos,

pero el Hijo del Hombre no tiene ni dónde reclinar su cabeza.           

(Mt 8,20)

Él conoció bien las costumbres de su época, señal de total encarna­ción en su ambiente. Es solidario de su raza, su familia y su época. Sabe cómo hace pan una mujer en su casa (Mt 13,33), cómo son los juegos de los niños en la plaza del pueblo (Lc 7,32), cómo roban algu­nos gerentes en una empresa (Lc 16,1-12) o cómo se hacen la guerra dos reyes (Lc 14,31-33). Habla del sol y la lluvia (Mt 5,45), del viento sur (Lc 12,54-55) o de las tormentas (Mt 24,27); de los pájaros (Mt 6,26), los ciclos de la higuera (Mt 13,28) o los lirios del campo (Mt 6,30).

¡En verdad que Dios se hizo en Jesús “uno de nosotros”! ¡Y nadie tiene más derecho a decir esto que los pobres del mundo!

 

2.            “COMPARTIÓ NUESTRAS PENAS”

Sufrió nuestras dudas y tentaciones

En la vida del hombre hay mucho de dolor y sufrimiento interior; de dudas, de angustias, de tentaciones. Jesús también quiso compartir to­dos nuestros sufrimientos interiores. Así puede entendernos y ayudar­nos mejor:

Se hizo en todo semejante a sus hermanos

para llegar a ser el Sumo Sacerdote

que pide por ellos el perdón,

siendo a la vez compasivo y fiel en el servicio de Dios.

Él mismo ha sido probado por medio del sufrimiento;

por eso es capaz de venir en ayuda

de los que están sometido a la prueba.

       (Heb 2,17-18)

Nuestro Sumo Sacerdote no se queda indiferente

ante nuestras debilidades,

ya que él mismo fue sometido a las mismas pruebas que nosotros,

pero a él no le llevaron al pecado.

Por tanto, acerquémonos con confianza a Dios,

que nos tiene reservada su bondad.

(Heb 4,15-16)

Sufrió las mismas pruebas que nosotros, las mismas tentaciones, las mismas angustias. Sus dolores psicológicos fueron los nuestros.

Todavía jovencito, de doce años, tuvo que sentir el dolor de dar un mal rato a sus padres, para poder seguir los impulsos interiores de su vocación de servicio a su Padre Dios (Lc 2,43-49).

A veces sintió la duda de cuál debía de ser el camino a seguir para cumplir la misión que el Padre le había encomendado. Es la angustia de todo hombre que se plantea en serio la vocación de su vida. Estas du­das están concretadas en las “tentaciones” de Jesús.

Sintió la tentación de la comodidad. De dejar aquella vida tan aus­tera, tan absurdamente sufrida, y ponerse, por consiguiente, en un tren de vida más de acuerdo con su dignidad, de manera que pudiera rendir más (Lc 4,3-4).

Sintió la tentación del poder. De pensar que quizás con las riendas del mando en las manos iba a poder cumplir mejor su misión. Y no con esa vida de un cualquiera, lejos de toda estructura de poder (Lc 4,5-8).

Sintió la tentación del triunfalismo. De pensar que a todo aquello había que darle bombo y platillo, una buena propaganda, un buen equipo de acompañantes y acontecimientos llamativos, que dejaran a todos con la boca abierta. Pero mezclado siempre entre el pobrerío y con unos pescadores ignorantes como compañeros no iba a conseguir gran cosa… (Lc 4,9-12).

Jesús supo vencer estas tentaciones de mesianismo político. Y está dispuesto a ayudarnos para que nosotros las venzamos también.

Conoció lo que es el miedo

El liberador del miedo supo también lo que es el miedo. Algunas ve­ces se sintió turbado interiormente. Más de una vez deseó dar marcha atrás y dejar aquel camino, estrecho y espinoso, que había emprendido. Sintió pánico ante la muerte, hasta el grado de sudar sangre. Pero ha­biendo sentido el mismo miedo al compromiso que sentimos nosotros, él no se dejó arrastrar y no dio jamás un paso atrás. Siempre se man­tuvo fiel a la voluntad del Padre:

Me siento turbado ahora.

¿Diré acaso: Padre, líbrame de esta hora?

¡Si precisamente he llegado a esta hora

para enfrentarme con todo esto!

(Jn 12,27)

Comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo:

Siento una tristeza de muerte;

quédense ustedes aquí velando conmigo…

Padre, si es posible, aleja de mí este trago amargo;

pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.

(Mt 26,37-39)

Es conmovedor ver a este Jesús tan profundamente humano, que no esconde sus sentimientos más profundos como si se tratara de una debilidad inconfesable.

Se sintió despreciado

Hay un dolor especial que sienten con frecuencia los pobres en su corazón: el sentirse despreciados por ser pobres. Jesús también sintió este dolor del desprecio. Pues los doctores de la Ley no creían en él por­que era un hombre sin estudios (Jn 7,15), oriundo de una región de mala fama (Jn 1,6; 7,41.52). Y la misma gente de su pueblo no creía tampoco en él, porque pensaban que un compañero suyo, trabajador como ellos, no podía ser el Enviado de Dios. Todos le conocían nada más que como el hijo de José el carpintero (Lc 4,22-29). Sus propios parientes le tuvieron por loco, por no querer aprovecharse de su poder de hacer milagros (Mc 3,21). El mismo pueblo llega a pedir a gritos su muerte y lo pospone a Barrabás, “que estaba encarcelado por asesinato” (Mt 27,16-21).

¡Que lo crucifiquen!…

¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros descendientes!

(Mt 27,23-25)

Y ya en la cruz sufrió las burlas de la gente que pasaba (Lc 23,35), de los soldados (Lc 23,36-37) y aun de uno de los que eran ajusticiados junto con él (Lc 23,39). Con razón dijo Juan que

vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron.

(Jn 1,11)

A veces se cansó

Jesús también sintió la pesadumbre del desaliento y el cansancio. Aquellos hombres rudos, que había elegido como compañeros, nunca acababan de entender su mensaje. Y él, a veces, se sintió como cansado de tanta rudeza e incomprensión:

¿Por qué tiene tanto miedo, hombres de poca fe?

(Mc 4,40)

¡Gente incrédula y descarriada!

¿Hasta cuándo estaré con ustedes y tendré que soportarlos?

(Lc 9,41)

Hace tanto tiempo que estoy con ustedes,

¿y todavía no me conoces, Felipe?

(Jn 14,9)

Y ante la incredulidad de los judíos, que le piden una señal mila­grosa para creer en él:

¡Raza mala y adúltera!

Piden una señal, pero no verán sino la señal de Jonás.

(Mt 16,4)

Jesús se siente como desalentado ante el poco caso que muchos ha­cen a sus palabras (Jn 12,37s).

Este pueblo ha endurecido su corazón,

ha cerrado sus ojos y taponado sus oídos,

con el fin de no ver, ni oír, ni de comprender con el corazón;

no quieren convertirse, ni que yo los salve.

(Mt 13,15)

¡Jerusalén, Jerusalén!

Tú matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía.

¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos,

como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas,

y tú no lo has querido!

(Mt 23,37-38)

Sufrió persecuciones

Otro dolor de todo el que toma en serio un compromiso por sus hermanos es el de la persecución. Jesús la sufrió en todas sus formas: calumnias, control policial, prisión, torturas y muerte violenta.

Las calumnias que sufrió fueron graves y especialmente dolorosas para su corazón. A él, que es la Verdad, se le acusó de mentiroso (Mt 27,63), embaucador del pueblo (Jn 7,47). Al Santo se le acusó de gran pecador (Jn 9,24), de blasfemo (Jn 10,33), que hacía prodigios por arte diabólica (Lc 11,15). Lo tomaron por loco (Jn 10,20; Lc 23,11). Dijeron de él que era un samaritano (Jn 8,48), o sea, un enemigo político y re­ligioso de su pueblo. Y así pudo ir viendo con dolor cómo la gente se dividía y se apartaba de él (Jn 7,12-13; 10,20-21).

Sintió la tensión sicológica de sentirse vigilado y buscado para to­marle preso (Jn 7,30-32. 44-46; 10,39; 11,57). A veces tuvo que escon­derse o irse lejos (Jn 12,36). Él sabía muy bien que si continuaba su entrega desinteresada a los demás con la claridad y sinceridad que lo hacía, su vida acabaría violentamente. Así lo declaró varias veces (Mt 16,21; 17,12; 17,22-23; 20,17-19).

Les digo que tiene que cumplirse en mi persona

lo que dice la Escritura:

Lo tratarán como a un delincuente.

Todo lo que se refiere a mi llega a su fin.

(Lc 22,37)

Supo en carne propia lo que es un apresamiento con despliegue de fuerzas policiales (Mt 26,47-55); lo que son las torturas, los apremios ilegales, los juicios fraudulentos, los testigos falsos (Mt 26,57-69; 27,11-50); y, por fin, una muerte ignominiosa, bajo la apariencia de le­gali­dad. Las autoridades religiosas le condenaron por querer destruir el templo (Mt 26,61), por blasfemo (Mt 26,65), por malhechor (Jn 18,30), por considerarlo un peligro para la nación (Jn 11,48-50). Las autorida­des civiles, por querer alborotar al pueblo, oponerse a la autoridad de los romanos y tener ambiciones políticas queriéndose hacer nombrar rey (Lc 23,2-5.14; Jn 19,12). Todo pura calumnia. Tergiversaron to­tal­mente sus palabras y sus intenciones.

Supo lo que es la soledad

Otro dolor profundo que sufrimos con frecuencia las personas es el dolor de la soledad. Jesús también pasó por esta prueba. Se daba cuenta de que según caminaba en su línea de testimonio y exigencia de amor, cada vez se iba quedando más solo. Las grandes multitudes de los primeros tiempos de predicación fueron disminuyendo poco a poco. De forma que llegó el momento en que preguntó entristecido a los discí­pulos:

¿Acaso ustedes también quieren dejarme?                               (Jn 6,67)

La noche anterior a su muerte sintió necesidad pavorosa de verse acompañado por sus amigos más íntimos. Pero éstos se durmieron. Y Jesús se quejó tristemente:

¿De modo que no han tenido valor

de acompañarme una hora siquiera?

(Mt 26,40)

Y al ser apresado quedó totalmente solo.

Todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.         

(Mt 26,56)

Días antes él ya había previsto esta prueba:

¿Ustedes dicen que creen?

Viene la hora, y ya ha llegado,

en que se irán cada uno por su cuenta  y me dejarán solo.

(Jn 16,31-32)

Fue traicionado

La soledad se hizo más dolorosa al final de su vida, en cuanto que tuvo sabor a traición.

El que come el pan conmigo, se levantará contra mí…

Uno de ustedes me va a entregar…

(Jn 13,18.21)

Y así fue. Judas Iscariote le vendió por el precio de un esclavo: treinta monedas (Mt 26,14-16). Y tuvo la desvergüenza de saludarlo como amigo cuando iba a entregarlo. Jesús le protestó:

Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?

(Lc 22,48)

El mismo Pedro, su íntimo amigo, ante el peligro, dijo por tres veces que ni siquiera lo conocía (Lc 22,55-60). Jesús, ya maniatado, lo único que pudo hacer fue mirarle con dolor:

El Señor se volvió y fijó la mirada en Pedro.

Entonces Pedro se acordó de que el Señor le había dicho:

“Hoy, antes que cante el gallo, tú me negarás tres veces.”

Y saliendo afuera lloró amargamente.

(Lc 22,61-62)

Este sentimiento de soledad llegó a ser tan fuerte, que en la cruz se sintió abandonado por el mismo Dios:

Jesús gritó con fuerza:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

(Mt 27,46)

Quizás ahora, después de haber recorrido algunos de los sufrimien­tos interiores de Cristo, las palabras de la carta a los Hebreos que pu­simos al comienzo de este apartado, toman una fuerza mucho mayor. Vale la pena meditarlas de nuevo.

 

3.    EL SERVIDOR DE TODOS

Como acabamos de ver, Cristo vivió en carne propia todo lo que es sufrimiento humano. Pero dentro de esta solidaridad universal, él se sintió especialmente solidario de los sufrimientos de pobres: margina­ción, hambre, enfermedades…

Vio mucha gente y sintió compasión de ellos,

pues eran como ovejas sin pastor,

y se puso a enseñarles largamente…

(Mc 6,34)

Me da compasión esta multitud,

porque hace tres días que me acompaña.

No tienen qué comer

y no quiero despedirlos en ayunas

para que no se desmayen en el camino.

(Mt 15,32)

Tan profundamente sintió el dolor humano, que dedicó su vida a servir a todos, a aliviar sus penas y a enseñarles el camino de la libera­ción y la hermandad.

El Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir

y para dar su vida como precio por la salvación de todos.

(Mt 20,28)

Yo estoy entre ustedes como el que sirve.

(Lc 22,27)

Él mismo concreta así ésta su misión de servicio:

El Espíritu del señor está sobre mí…

Me envió a traer la Buena Nueva a los pobres.

A anunciar a los presos su liberación.

A devolver la luz a los ciegos.

A liberar a los oprimidos.

Y a proclamar el año de la gracia del Señor.

(Lc 4,18-19)

Ante una pregunta de los discípulos de Juan el Bautista sobre si él era el Mesías esperado, Jesús se limita a hacerles ver lo que está ha­ciendo:

Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído:

Los ciegos ven, los rengos andan,

los leproso son purificados, los sordos oyen,

los muertos resucitan,

se anuncia la Buena Nueva a los pobres.

¡Y feliz quien no se escandaliza de mí!

(Lc 7,22-23)

Un corazón abierto a todos

Jesús vivió siempre para los demás. Su existencia estuvo totalmente orientada al servicio de los otros. Él sirve a Dios sirviendo a los hom­bres. Era un hombre abierto a todos, sin conocer lo que es el rencor, la hipocresía o las segundas intenciones. A nadie cerraba su corazón. Pero a algunos se lo abría especialmente: los marginados de su época, los despreciados social o religiosamente. Les traía la esperanza a sus cora­zones desesperanzados. Les hacía ver el amor que Dios les tiene y su propio valor humano.

Les enseñaba a caminar hacia un mundo nuevo de hermanos. Anunciaba y conseguía la liberación de sus esclavitudes interiores, como camino necesario para llegar a la fraternidad universal. Realizó un verdadero servicio de concientización y de unión. Se entregó total­mente al servicio de los necesitados. Se dejó comer por sus hermanos, hasta el punto de que a veces no le dejaban tiempo para el descanso (Mc 6,31-33), ni aun para comer él mismo:

Se juntó otra vez tanta gente, que ni siquiera podían comer.

(Mc 3,20)

Vivió personalmente el amor a los enemigos, que había predicado (Lc 23,34-46; Mt 5,43). No censuraba a los que venían a él. Recibía todos los que se acercaban a él con sencillez.

No rechazaré a nadie que venga a mí.

(Jn 6,37)

Recibía y escuchaba a la gente tal como se presentaba, ya fueran mujeres o niños, prostitutas o teólogos, guerrilleros o gente piadosa, ri­cos o pobres. En contra de las costumbres piadosas de su época, él no tiene problemas en comer con los pecadores (Lc 15,2; Mt 9,10-11). Anda con gente prohibida y acepta en su compañía personas sospecho­sas. No rechaza a los despreciados samaritanos (Lc 10,29-37; Jn 4,4-42); ni a la prostituta que se acerca arrepentida (Lc 7,36-40). Acepta los convites de sus enemigos, los fariseos, pero no por eso deja de decir­les la verdad bien clara (Mt 23,13-37). Lo mismo que sabe invitarse a co­mer a casa de un ricachón, Zaqueo, pero de manera que éste se sienta conmovido hasta el punto de que reparte la mitad de sus bienes a los pobres y paga el 400 por 100 a todo el que había estafado (Lc 19,1-10).

Procuraba ayudar a cada uno a partir de su realidad. Comprendía al pecador, pero sin condescender con el mal. A cada uno sabía decirle lo necesario para levantarlo de su miseria. Sabía usar palabras duras cuando había que usarlas y alabar cuando había que alabar, pero siempre con el fin de ayudar.

Lavar los pies a los hermanos

Jesús no tenía egoísmo, pues estaba lleno de Dios, y se volcaba en los hombres, sirviéndoles en todas sus necesidades. No era nada para sí, sino todo para los otros. Él fue la semilla de trigo que se entierra y muere para dar vida (Jn 12,24). Pasó entre nosotros haciendo el bien. Se mezcló sin miedo entre los marginados y los despreciados de su tiempo: enfermos de todas clases, ciegos, paralíticos, leproso, ignoran­tes. Y se desvivió por atenderlos y cuidarlos.

Esta su actitud de servicio total está maravillosamente caracterizada en el pasaje en el que se pone de rodillas delante de sus discípulos para lavarles los pies:

Sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos,

y que de Dios había salido y que a Dios volvía,

se levantó mientras cenaba, se sacó la ropa,

se ató una toalla a la cintura, y echó agua en un lavatorio.

Luego se puso a lavarles los pies a sus discípulos

y se los secaba con la toalla.

(Jn 13,3-5)

Cristo convertido en servidor de los hombres. Para sus propios ami­gos aquello era un escándalo (Jn 13,6-8). Pero es la imagen del Dios he­cho hombre por Amor a los hombres. Y es la imagen también de lo que debemos hacer todos los que queremos seguir las huellas de Jesús:

Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies,

también ustedes deben lavarse los pies unos a otros.

Les he dado ejemplo

para que ustedes hagan lo mismo que yo les he hecho.

(Jn 13,14-15)

Seremos más personas humanas en la medida en que sepamos ser­vir y ser útiles al prójimo. En la medida en que nos vaciemos del egoísmo y dejemos sitio en el corazón para todo el que necesita de noso­tros.

El que quiera ser el primero, debe hacerse esclavo de los demás.

(Mt 20,27)

 

4.   IMAGEN DE TODO LO HUMANO

Llevados de la mano de la Sagrada Escritura, vamos conociendo a un Jesús profundamente humano. No sólo compartió lo más humillante y doloroso de nuestra vida, sino principalmente todo lo bueno y noble que hay en el corazón humano. En Jesús se revelan todas las maravi­llosas posibilidades del ser humano. Vivió a pleno rendimiento los valo­res que Dios puso en nosotros desde la creación. Vino a enseñarnos a ser más personas, de acuerdo a nuestra dignidad de hijos de Dios. Vino a revalorizar todo lo que Dios puso en nosotros a su imagen y seme­janza.

Él es el camino a seguir para encontrarnos con nosotros mismos. Y, como veremos más adelante, no sólo el Camino, sino la Vida, la Fuerza que posibilita llegar a la meta. Él es para nosotros el prototipo del ver­dadero hombre que cada cual debe ser y todavía no lo es. Todo lo que es auténticamente humano aparece en Jesús.

El sentido común de Jesús

Jesús es un hombre de extraordinario buen sentido. Ve los hechos como son y los describe con sencillez. Parte siempre de la realidad con­creta. Usa la manera de hablar de la gente sencilla y normal. Va dere­cho al grano, sin rodeos, ni exageraciones. En cada momento sabe decir las palabras justas y necesarias; sabe cómo salir adelante airosamente. No se pone nervioso ante las intrigas o los malentendidos.

Nunca manda nada autoritariamente. A todo sabe darle su razón de ser, de manera que pueda ser entendido por los que le quieran enten­der. Sabe dar explicaciones sencillas al por qué de sus palabras. Sabe contar casos populares, que concretan maravillosamente sus enseñan­zas, como, por ejemplo, el caso del buen samaritano (Lc 10,30-37) o el del hijo derrochador (Lc 15,11-32). O realiza milagros de manera que se quede grabada en la mente de la gente la enseñanza que quiere dar; como la multiplicación de los panes, para explicar que él es el Pan de la Vida (Jn 6,5-13.32-58). O aprovecha el diálogo con la samaritana junto al pozo, para hablar del Agua Viva que él ha venido a traer (Jn 4,7-15). La resurrección de su amigo Lázaro (Jn 11) o la curación del ciego en el templo (Jn 9) le sirven como punto de arranque para instruir a los que le seguían.

Nunca da doctrina abstracta o al aire. Como buen obrero, usa len­guaje concreto, vivo, que toca en la llaga de los problemas. Su doctrina sale del trabajo y de las costumbres comunes de sus compatriotas, de los pájaros, las ovejas, el pan casero, la vela encendida, los pelos de la cabeza, la sal, la construcción de una casa, la siembra…

Él no ve la voluntad de Dios solamente en la Sagrada Escritura, sino en la creación, en la historia y en las situaciones concretas de cada día. No pide tampoco una obediencia ciega a las costumbres de los antepa­sados. Su sentido común sabe hacer una criba de lo que tiene sentido en su época y de lo que no lo tiene. Insiste en que hay que entender “el tiempo presente”, como entendemos cuándo va a llover o cuándo va a hacer calor (Lc 12,54-57). Jesús es un gran observador de lo que piden las necesidades de su tiempo.

Su doctrina no traía novedades extravagantes. Hablaba de lo que todo el mundo sabe y quiere, pero que por las malas costumbres queda oscurecido. Su palabra es luz que alumbra la vida de hombres y muje­res, según nuestros más nobles ideales. La doctrina de Jesús sale de lo más profundo y lo más sano del corazón humano. Por eso sus palabras están tan llenas de sentido, que los sabios nunca acaban de estudiar­las; y a la vez son tan sencillas, que hasta los niños pueden entender­las.

Pero aunque su doctrina nace de lo común de la vida humana, al mismo tiempo abre un horizonte infinito de nuevas perspectivas y nue­vos valores humanos, como metas a conseguir a lo largo de la historia, y más allá de la historia.

Jesús sabe respetar a cada persona

Tiene un profundo respeto a cada persona en particular. A cada uno lo trata tal cual es, pues estima en él su dignidad humana, y no sus apariencias. Conoce bien los pensamientos íntimos de los hombres (Jn 2,25) y los juzga según sus intenciones.

Tampoco fuerza a nadie a seguirle. Siempre dirá: “Si quieres…” (Mt 19,17). Nos tiene demasiado respeto para obligarnos a algo. Se ofrece a sí mismo y espera paciente nuestro “sí”.

Él no peleará con nadie, ni gritará…

No quebrará la caña cascada,

ni apagará la mecha que todavía humea.

(Mt 12,19-20)

Jesús nunca es sectario. No se empeña en que nadie le siga a la fuerza. No permite que sus discípulos estorben a otros a hacer el bien, con el pretexto de que no son de “su partido”:

No se lo impidan…

Pues el que no está contra nosotros, está con nosotros.

(Mc 9,39-40)

Es comprensivo

Su postura no es de prejuicio, ni de ataque, sino de comprensión. Nunca le engaña o le desconcierta una impresión pasajera. No confunde la maldad con la desgracia. Aprecia lo que hay de real y de verdadero en el amigo y en el enemigo, en el pecador, el creyente o el que no tiene fe. Todos se sienten acogidos por él, y por eso se le acercan confiados. Los pobres, los niños y los pecadores sienten que les entiende.

Nunca se presenta haciendo gala de superioridad, ni humillando con su postura a nadie. Conoce y penetra con simpatía todos los corazones que se le abren confiados, todos los que se sienten pequeños o fracasa­dos en la vida. Su corazón siempre tiende a mirar la mejor parte, a dis­culpar, a perdonar, a ayudar. Mientras otros encuentran razones para condenar, él las encuentra para salvar.

Su corazón siente las necesidades ajenas

Se siente conmovido ante el entierro del hijo único de una viuda, y se acerca a consolarla (Lc 7,12-15). Se compadece de los ciegos (Mt 20,34). Le duele el hambre de los que le seguían por los caminos (Mt 15,32), o el desamparo en que vivían:

Viendo al gentío, se compadeció,

porque estaban cansados y decaídos, como ovejas sin pastor.

(Mt 9,36)

Le llegan al alma las muchas enfermedades de su pueblo:

Al ver a tanta gente reunida,

tuvo compasión y sanó a los enfermos.

(Mt 14,14)

Siente profundamente el dolor de los amigos, hasta derramar lágri­mas, como en el caso de la muerte de Lázaro:

Al ver Jesús el llanto de María

y de todos los judíos que estaban con ella,

se conmovió hasta el alma…

Jesús lloró…

Y conmovió interiormente, se acercó al sepulcro.

(Jn 11,33.38)

Lloró también ante el porvenir oscuro y la ruina de su patria:

Al ver la ciudad, lloró por ella y dijo:

¡Ojalá en este día tú también entendieras los caminos de la paz!

(Lc 19,41)

Y se siente entristecido por los pueblos de Galilea que no aceptan la salvación que él les ofrece (Mt 11,20-24).

Jesús tiene un corazón sensible a todo dolor humano. Ante las mi­serias de sus hermanos no se hacía el fuerte, como si fuera alguien su­perior, a quien no llegan las menudencias diarias de los humanos.

Es un buen amigo

Le unió a diversas personas una amistad personal muy profunda. Sus discípulos son tratados como amigos (Lc 12,4), pues él les da a co­nocer todos sus secretos:

Les llamo a ustedes amigos

porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre.

(Jn 15,15)

Juan era su amigo más íntimo (Jn 13,23; 20,2; 21,7), a quien a la hora de la muerte encomendó a su madre (Jn 19,26). Lázaro y sus dos hermanas formaban la familia predilecta de Jesús. Entre ellos se sentía como en su casa (Mt 21,17), y le gustaba volver con frecuencia (Lc 11,38; Jn 11,17). Cuando Lázaro se enfermó, sus hermanas le manda­ron llamar con toda confianza (Jn 11,3).

Le unía también una sincera amistad con varias mujeres, que le se­guían y les alimentaban a él y a sus discípulos (Lc 8,3). Ellas son las que dan la cara valientemente en el momento de su muerte (Lc. 23,49), cuando los discípulos se habían escondido por miedo; y las que se pre­ocupan de su sepultura (Lc 23,55-56). Aceptaba también invitación a las fiestas de sus amistades (Lc 7,36; Jn 12,2), como en el caso de las bodas en Caná (Jn 2,1-10).

Jesús es el amigo de todo el que quiere acercarse a él con sinceri­dad, sea quien sea. Él ha dado la mayor prueba de amistad: la propia vida (Jn 15,13). Por eso no le cierra el corazón a nadie.

Es constante en sus ideales

La constancia de Jesús en mantener su entrega es admirable. Sufrió pruebas y crisis como las podemos pasar cualquiera de nosotros. Quizás en mayor grado aún. Pero las dificultades nunca lograron ha­cerle salir del camino de su vocación. Los altibajos naturales de la vida le hacían conocer cada vez más a los hombres y le obligaban a profun­dizar en la misión que le había encomendado el Padre. Sus crisis siem­pre fueron superadas en la fe y en la aceptación del dolor redentor. Nunca se dejó llevar por la amargura o por una visión pesimista del mundo. No se queda paralizado por la angustia de la existencia del mal entre los hombres, sino que pasa directamente a combatirlo por medio del Amor, con fe en el Padre, que es siempre bueno.

A veces le oprime el fracaso, pero no le desalienta. La contradicción puede alterar sus planes, pero no quebrantar sus esfuerzos. Engaños, falsedades, asechanzas, hipocresías, amigos engañosos, compañeros infieles o tímidos, fracasos…, nada le hace dar marcha atrás. En cual­quier circunstancia, es siempre el mismo. Pasa haciendo el bien por to­das partes, dando testimonio de la verdad, consciente de que ello le va a costar la vida. Sus propios enemigos confesaron esta veracidad y cons­tancia de su vida:

Maestro, sabemos que hablas siempre con sinceridad

y que enseñas el camino de Dios

de acuerdo a la más pura verdad,

sin preocuparte de quien te oye,

ni de qué esperan de ti.

(Mt 22,16)

Tiene seguridad de sí mismo

Jesús tiene una maravillosa firmeza y seguridad de sí mismo. Es un hombre inquebrantable, pero sin sombra de dureza o altanería. Está íntimamente unido a su Padre Dios y, como veremos en seguida, la vo­luntad del Padre es la suya. Aunque al principio no viera claro, en el fondo de su corazón siempre sabe lo que quiere y a dónde va. El Amor al Padre le mantiene firme en su vocación, siempre en búsqueda, pero seguro, sin retroceder, ni pactar con nadie.

No le hacen cambiar de idea, ni los deseos favoritos del pueblo, ni las consignas de las clases dirigentes. Y al final de su vida, ni la apos­tasía de las masas, ni el deseo de los jerarcas de liquidarlo. Heroicamente se enfrenta con unos y con otros siempre que hace falta. A sus mismos familiares sabe responder con franqueza y seguridad en sí mismo, cuando intentan cuestionarle el camino emprendido. Ya a los doce años da una respuesta clara a las lágrimas de su madre:

¿Y por qué me buscaban?

¿No saben que tengo que preocuparme de los asuntos de mi Padre?

(Lc 2,49)

Acalla con energía las protestas de Juan, que por humildad no le quiere bautizar:

Haz lo que te digo;

porque es necesario que así cumplamos lo ordenado por Dios.

(Mt 13,15).

Ataca con fuerza la buena voluntad de Pedro, que le quiere sacar de la cabeza la aceptación de su muerte violenta:

Quítate de delante de mí, Satanás.

¿Tú ahora me quieres desviar?

No piensas como Dios, sino como los hombres.

(Mt 16,23)

Y a Pedro le dice, cuando no quería consentir que le lavara los pies:

Tú no puedes comprender ahora lo que yo estoy haciendo.

Lo comprenderá después…

pero si no te lavo, no tendrás parte conmigo.

(Jn 13,7-8)

Siempre es firme y claro en sus juicios. Habla en todo momento “como quien tiene autoridad” (Mc 1,22).

Habla con claridad y valentía

La amabilidad extrema de Jesús no le impide hablar claro y ser duro, cuando es necesario. Tuvo palabras fuertes cuando trató con per­sonas de malas intenciones, sobre todo con los hipócritas. A la gente de doble cara no vacila en llamarles “serpientes, raza de víboras, sepulcros pintados” (Mt 23). A esta clase de gente Jesús “los miró enojado y ape­nado por la dureza de sus corazones”. (Mc 3,5).

Son ciegos que guían a otros ciegos.

(Mc 15,12)

¡Ay de ustedes, fariseos hipócritas,

que pagan el diezmo de todo, sin olvidar la menta, el anís y el comino,

pero no cumplen lo más importante de la Ley:

la justicia, la misericordia y la fe!

Éstas son las cosas que debieran observar, sin descuidar las otras.

¡Guías ciegos! ¡Cuelan un mosquito, pero se tragan un camello!

(Mt 23,23-24)

Esta clase de gente no puede creer, porque viven esclavizados al qué dirán y al vano honor del mundo:

¿Cómo pueden creer ustedes,

si viven pendientes del honor que se prodigan el uno al otro,

en vez de buscar sólo la gloria que viene de Dios?

(Jn 5,44)

Jesús les ataca no sólo individualmente, sino también como grupo social gobernante, que desprecia y explota al pueblo sencillo. No podía tolerar que usaran el poder para aprovecharse de la buena fe de los po­bres. Por eso echó a latigazos a los mercaderes del templo.

¿No dice Dios en la Escritura:

Mi casa será casa de oración para todas las naciones?

Pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones.

(Mc 11,17)

Es muy duro cuando habla de los ricos que viven para su consuelo, se encuentran satisfechos, lo pasan bien y buscan por todos los lados su buena fama (Lc 6,24-26). Esa clase de gente no puede entrar en su Reino (Lc 18,24-25). Ataca sin piedad a los ricos que sólo se preocupan de acumular riquezas para sí mismos (Lc 12,16-21) o a los que saben banquetear sin importarles nada de los pobres que viven cerca suyo (Lc 16,19-31). Éstos son, según él, los “malditos” para quienes está prepa­rado “el fuego eterno”, porque no se preocuparon de la suerte de los hambrientos, de los que viven sin techo, de los que se enferman por falta de ropa o de la debida atención médica, de los que están privados de su libertad (Mt 25,41-43).

No se puede servir al mismo tiempo a Dios y al dinero.

(Lc 16,13)

Sabe exigir

Como hemos visto, Jesús fue duro con los hipócritas y los egoístas. Pero fue exigente con todos. Primeramente consigno mismo. Y después con todo el que quiso seguirlo voluntariamente:

El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo,

que cargue con su cruz y me siga.

(Mt 16,24)

El que trate de salvar su vida, la perderá;

y el que la pierda, la conservará.

(Lc 17,33)

A los que se ofrecen para seguirle, les pone condiciones muy duras (Lc 9,57-62):

Todo el que pone la mano en el arado y mira para atrás,

no sirve para el Reino de Dios.

(Lc 9,62)

A un joven rico le pidió repartir sus bienes entre los pobre, como condición para poder seguirle y alcanzar la Vida Eterna (Lc 18,18-23). Dice con claridad que a cada cual se le va a exigir según los “tesoros” que haya recibido, o sea, según sus cualidades (Lc 19,11-26; Mt 25,14-30), pues él es un “hombre exigente” (Lc 19,20).

No es digno de mi quien ama a su padre o a su madre más que a mí…

No es digno de mi el que no toma su cruz y me sigue.

(Mt 10,37-38)

Su amor a los hombres no es sensiblero, de manera que le impida ver los defectos o exigirles con virilidad un seguimiento incondicional a su persona. Afirma con claridad que no basta rezar, predicar o creer que se hacen milagros en su nombre, si no hacemos las obras que él hizo (Lc 13,25-27; Mt 10,33):

No basta con que me digan: Señor, Señor,

para entrar en el Reino de los Cielos,

sino que hay que hacer la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

En el día del juicio muchos me dirán:

Señor, profetizamos en tu nombre,

y en tu nombre arrojamos los demonios

y en tu nombre hicimos muchos milagros.

Yo les diré entonces: No les reconozco.

Aléjense de mí todos los malhechores.

(Mt 7,21-23)

El pueblo se sentía atraído por él

Este hombre exigente y bondadoso, duro y comprensivo, tenía un atractivo personal que arrastraba tras de sí a todo el mundo. La gente le seguía a todos lados. A pesar de la sencillez de su vida, su presencia infundía respeto y confianza, admiración, asombro, entusiasmo. Juan Bautista se queda impresionado en su primer encuentro con Jesús (Mt 3,14). Andrés y Juan le siguen sólo con verlo (Jn 1,35-40); y hablan después de él con tal entusiasmo a su grupo de amigos, que en cuanto ellos se encuentran también con él, le siguen sin vacilaciones (Jn 1,41-51). Basta una indicación suya para que dejen sus bienes y a sus pa­dres y se vayan tras él (Mt 4,18-22; 9,9). Y una vez en que Jesús les preguntó si querían abandonarle, contestaron consternados:

Señor, ¿ a quién iríamos? Tú tienes palabras de Vida Eterna.

(Jn 6,68)

La gente se le ofrece incondicionalmente:

Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas.

(Mt 8,19)

Un capitán del ejército romano se humilla ante él con un respeto sumamente delicado, pues no se considera ni digno de recibirlo en su casa (Mt 8,5-10).

“Los discípulos quedaron llenos de temor y admiración” (Lc 8,25) ante la serenidad con que domina una tormenta en el lago. “Cayeron de bru­ces en tierra” (Mt 17,6), cuando él se transfiguró ante ellos. “Los Doce estaban sorprendidos” (Mc 10,32) de continuo ante aquel Hombre que hablaba con toda serenidad de la muerte violenta que le aguardaba. Todos quedaban maravillados ante sus enseñanzas y sus prodigios:

Nunca se ha visto algo parecido en nuestro país.

(Mt 9,33)

Hemos visto cosas extraordinarias.

(Lc 5,26)

Todo lo ha hecho bien.

Hace que los sordos oigan y que los mudos hablen.

(Mc 7,37)

¡Qué modo de hablar!

¿Con qué poder manda a los demonios y los hace salir?

(Lc 4,36)

¿De dónde le viene tanta sabiduría y ese poder de hacer milagros?

(Mt 13,54)

No era de extrañar que su fama se extendiera por toda la región (Lc 4,37). Hasta la propia policía, que iba en busca de él con la orden de arresto, quedó paralizada ante el arrastre personal de su palabra:

Nunca un hombre ha hablado como este Hombre.

(Jn 7,46)

El gobernador Pilato se siente nervioso y con miedo ante él (Jn 19,8-12); y algo parecido le pasa a su mujer (Mt 27,19). El propio capitán del piquete que le había ejecutado, al ver la dignidad con que había muerto, exclamó:

Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.                     (Mc 15,39)

Después de esta larga reflexión sobre la humanidad de Jesús, tenemos que confesar que en verdad se hizo uno de nosotros: compartió nuestras penas y nuestras alegrías, todo en un grado extremo. Fue un hombre perfecto, servidor incondicional de sus hermanos. Un verdadero compañero. Aceptémosle como hombre, tal como él quiso presentarse: un hermano, que comparte nuestra vida sufriente y frágil. Pero al mismo tiempo este hermano es Dios, que nos abre, por consiguiente, un horizonte infinito de esperanza.

José Luis Caravias
Cristo, nuestra esperanza
El Amor de Dios según el NT