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Dios el hombre y la conciencia |
1
Este
Año Santo, en el que se conmemora de modo extraordinario el misterio de la
Redención, nos mueve a los Obispos argentinos a renovar nuestro ministerio y
llamar a todos a la conversión. La
actual situación del país reclama este llamado.
Exhortamos a todos a no dejar pasar en vano esta hora de gracia. Ella es propicia para merecer los frutos de la Redención: la
renovación moral, mediante la transformación de las personas, y la
reconciliación de nuestra sociedad. Para
que este llamado pueda tener siempre nuevos ecos a lo largo del año, ofrecemos
estas páginas que quieren ser orientadoras para la conversión personal y la
reconciliación nacional.
2
"Estamos ante la
tarea de reconstruir la Nación a partir de sus bases morales y culturales más
profundas". Suscribíamos
estas palabras en nuestro documento "Iglesia y Comunidad Nacional", el
día 8 de mayo de 1981.
Con ellas queríamos
expresar que la renovación ' de la sociedad argentina no puede ser fruto de un
mero ordenamiento formal, mecánico y abstracto, sino que ha de echar raíces en
la vitalidad de actitudes morales, que den profundidad, aliento y permanencia a
las instituciones.
Suponíamos entonces, que
la sociedad argentina disponía de un temple moral que le permitiera recobrarse
de una frustración motivada por causas diversas.
También ahora lo suponemos. Creemos,
sí, que no está destruida la fibra moral de nuestro pueblo.
Sin embargo, no podemos dejar de ver que está puesta a prueba.
Cuando una sociedad como la nuestra, ha vivido la experiencia de hechos
que manifiestan desestima de la vida, de la libertad, de la verdad, de la
justicia, de la paz, y se angustia por encontrar los medios normales de
subsistencia, no puede menos que verse desafiada por el desaliento, el
debilitamiento de su cohesión interna, la mutua agresión de sus miembros. Percibimos que una inédita tristeza y una sutil tentación
de desesperanza invade el alma del pueblo argentino.
3
Estos fenómenos mueven a
muchos a pensar que los problemas que presenta la situación argentina en sus
diversos niveles, son reflejo de una profunda crisis moral.
Sería abusivo decir que
sólo en la Argentina se da tal crisis. Esta
es una realidad que invade a todo el mundo.
Pero la dimensión mundial del grave deterioro moral no puede ser
invocada como un pretexto para eludir la responsabilidad de enfrentarlo
consciente y decididamente.
Nosotros los pastores,
fieles a nuestra misión, debemos hoy destacar las luces y sombras que se ponen
de manifiesto en la vida moral de nuestro pueblo, y anunciar- el Evangelio que
ilumine y fortalezca su espíritu.
4
Porque necesitamos salir
del presente estado de postración, que anula nuestras posibilidades, "los
argentinos, cada uno en cuanto persona, y cada grupo en cuanto integrante del
conjunto social, han de examinarse con humilde sinceridad sobre su
comportamiento y han de tomar conciencia sobre la proyección comunitaria de sus
actos" (I. C. N. 66).
La detestación de los yerros cometidos y la voluntad firme de
enmendarlos ha de acompañar estc2 examen de conciencia.
A ello estamos obligados todas, sabiendo que cuanto más fuerte y
representativo es un sector social, tanto más es responsable de la presente
situación y de su superación. También
nosotros, como pastores, no podemos menos que examinarnos delante del justo Juez
(2Tm. 4-8) "que conoce nuestros, corazones" (Ap. 2, 23) sobre el
ejercicio de nuestra, tarea de ayudar a la formación de una recta conciencia
moral, en todos los órdenes: personal, familiar y social.
Nos permitimos, pues,
bosquejar algunas situaciones sobresalientes y formular ciertos interrogantes.
5
- La libertad es uno de
los valores máximos por el que lucharon nuestros próceres y que proclamamos en
nuestro himno patrio.
¿Creemos que ella es un
don dado por Dios a todos los hombres para que seamos artífices de nuestra
perfección personal y social? ¿Sabemos ejercerla buscando lo que es bueno y
justo según la recta razón? ¿O la consideramos como un derecho a obrar según
nuestro arbitrio?
6
- Un marcado menosprecio
de la ley es una de las características negativas de nuestro comportamiento
social. Esta se traduce en
expresiones variadas, que van desde la evasión regular de los impuestos hasta
el desprecio de la autoridad constituida.
¿Creemos que la
autoridad viene de Dios? ¿Admitimos que la ley justa obliga en conciencia? ¿Las
autoridades sienten la responsabilidad de ser representantes de la totalidad del
pueblo? ¿O actúan como personemos de un sector? ¿Respetan ellos mismos la
majestad de la leyó ¿Legislan y obran procurando el bien común, evitando
instrumentar el poder en favor de privilegios o intereses particulares?
7
- La intolerancia es otro
de los rasgos negativos característicos de algunos grupos sociales argentinos,
los cuales han buscado el poder por cualquier medio, incluso la violencia, en
procura del interés de su propio grupo con exclusión de los demás.
¿Aceptamos que la Nación
es fruto de la amistad social y que en ella todos gozan de iguales derechos y
que sus miembros más débiles deben ser especialmente servidos por los mas
fuertes? ¿Detestamos todo tipo de totalitarismos? ¿O admitimos la filosofía
anticristiano de que el fin justifica los medios? ¿Deploramos la locura de la
subversión guerrillera que enlutó la Patria? ¿Reprobamos la adopción de
similares métodos e ideología para su represión?
8
- Un territorio rico e
inmenso se ofrece a un país con una tasa de natalidad muy baja.
¿Somos amantes de la
vida aceptando los hijos como don de Dios? ¿O somos partidarios de la
anticoncepción y del aborto? ¿Cuidamos y fortalecemos la sociedad familiar? ¿O
hacemos la apología de la infidelidad y del divorcio? ¿Valoramos el sexo como
un don de Dios para la complementación de dos seres que se aman en un
matrimonio indisoluble y fecundo? ¿O lo reducimos a simple objeto de placer egoísta?
9
- El desempleo, la
acentuada pobreza, la usura, los bajos salarios, la emigración no querida, han
hipotecado una nación ayer pujante que supo albergar a millones de inmigrantes
y darles suficiente pan y trabajo.
¿Amamos el trabajo y lo
estimamos como expresión de la dignidad humana y fuente de riqueza de la Nación?
¿O cedemos fácilmente a la holgazanería, al juego, a la especulación, al
"acomodo", al soborno económico, a las huelgas injustificadas? ¿Cultivamos
un espíritu y audacia empresarial en favor de un auténtico progreso de la
comunidad? ¿Administramos los capitales que poseemos en favor del bien común,
en particular de los más débiles y necesitados? ¿Retiramos del circuito
social los bienes acumulados también con el sudor de los demás?
10
- Frecuentes expresiones
multitudinarias de fe cristiana, como el Congreso Eucarístico Internacional de
1934, o la imprevista visita del Papa Juan Pablo II, muestran que nuestro pueblo
es profundamente creyente. Pero otros hechos lo muestran incoherente con su fe.
¿Creemos de verdad, que
Dios es fuente de toda razón y justicia y lo reconocemos Señor nuestro en
todos los ámbitos privados y públicos? ¿O lo relegamos al ámbito de una
simple opinión personal? ¿Vivimos la religión como relación filial con Dios,
que exige la aceptación concreta de nuestra hermandad con todos los semejantes?
¿Acudimos a Dios en las pruebas, personales y comunitarias, y nos sostenemos
firmes en la fe?'-¿0 cedemos al abatimiento y desesperanza?
11
Este examen de conciencia
cada persona y cada grupo social pueden y deben proseguirlo, según su
prudencia.
Para que pueda ser hecho
a la luz del Evangelio proponemos a continuación principios de la Moral
Cristiana. No es nuestro propósito
abordar todas las cuestiones que hoy se agitan en este campo, sea en plano teórico,
analizando todas las teorías sobre el comportamiento humano, sea en el plano práctico,
interpelando todas las situaciones nuevas en que se ha de decidir el hombre
moderno. Mirando más bien a
suscitar la renovación moral de nuestro pueblo, preferimos hoy exponer los
fundamentos de la Moral, y analizar luego algunos ámbitos del actuar humano que
entre nosotros merecen especial atención.
1.-
El llamado de Dios al hombre a la plenitud de vida
a)
El hombre, ser moral destinado a la felicidad
12
Todos nos preguntamos qué
es el hombre, cuáles son su naturaleza y su destino.
La Sagrada Escritura nos enseña que su misterio profundo consiste en ser
imagen y semejanza de Dios. La
Iglesia, transmisora de la verdad plena del Evangelio, exhorta a que el hombre,
reconociendo su dignidad, asuma la responsabilidad que de ella deriva.
13
En la unidad de su ser, a
la vez corpóreo y espiritual, el hombre se presenta capaz de conocer, de amar y
de obrar libremente. Por eso es
persona y emerge en el mundo como la creatura más excelsa de todas.
Al descubrirse en la conciencia de sí mismo
como sujeto de su obrar, experimenta el imperativo de decidir libremente para
realizarse en plenitud. Por ello decimos que el
hombre es un ser moral, o sea dueño de sus actos y artífice de su destino.
Está llamado a elegir un proyecto de vida de conformidad con su propio
ser. Según aquél ha de conducirse
cotidianamente en su relación con las cosas, con los demás hombres y con Dios.
De nada le valdría progresar en la posesión y goce de las cosas y en el
desarrollo de su poder sobre las creaturas, si ello no le sirviera para que
obrando rectamente, creciera en su ser personal.
14
A través de la
experiencia de su vivir cotidiano, el hombre descubre, inscripta en su misma
naturaleza, una tendencia innata a la felicidad, como apetencia abierta al
infinito. Es ésta la primera
manifestación del llamado que le dirige Dios Creador.
La experiencia a la vez, le confirma este destino al mostrarle que
ninguna creatura es capaz de saciar plenamente su sed de felicidad.
El hombre, salido de las manos de Dios, clama por Dios.
Los cristianos creemos
que la existencia del hombre se inscribe en el misterio maravilloso del designio
divino que ha presidido la creación de este mundo y que encuentra su culminación
en Jesucristo. Dios Padre
invisible, nos ha elegido para ser sus hijos, en la persona de Cristo, su único
Hijo y su imagen visible. Somos así
llamados para que, despojados del hombre viejo, nos renovemos a imagen de
nuestro Salvador (cfr. Ef. 4,22-24;
Col. 3, 9-10) a fin de alcanzar nuestra máxima perfección y felicidad junto al
Padre. Cristo, el Hombre Nuevo, es
el modelo, el camino y la meta de todo hombre.
El nos llama con la luz de su Evangelio y nos ayuda con la gracia de su
Espíritu, para que, identificados con El, nos alimentemos cada día de la
voluntad de Dios Padre, según la cual debemos peregrinar en busca de nuestro
destino final.
15
La voluntad de Dios está
en que sometiendo al universo entero a nuestro servicio, marchemos hacia la meta
de la comunión con El y entre nosotros. Dios
Padre encuentra su complacencia en nosotros, cuando como hijos lo buscamos y
como hermanos nos solidarizamos a lo largo de una historia, en la que se mezcla
el bien y el mal, el pecado y el amor, el dolor y el gozo.
La alabanza de Dios consiste en que el hombre le consagre una vida
realizada en la pureza de la justicia y de la santidad.
b)
El bien integral del hombre
16
La felicidad, que el
hombre debe lograr con su libertad, consiste en el gozo del bien alcanzado.
El bien perfecciona al hombre y le otorga la alegría de sentirse
realizado; es el móvil de sus apetencias y aspiraciones.
Por el contrario, el mal es carencia que lo deja insatisfecho, frustrado
y dolorido, y aunque pueda llenar algunas apetencias humanas, violenta siempre
otras, las más profundas. Por eso
el hombre teme al mal y lo rechaza, y si pecando lo ha elegido, acaba por
padecerlo como extraño a su ser, y desea librarse de él.
17
En la encrucijada de
apetencias y temores, de logros y frustraciones, de días cumplidos y de días
vacíos, se desarrolla la lucha por alcanzar la felicidad en esta tierra. Lo saben todos los hombres, sobre todo los pobres, los
enfermos, los abandonados que, necesitados de luchar por la elemental
supervivencia, conservan un amor a la vida que les permite resistir y esperar.
18
Pero no se trata de
lograr la mera supervivencia biológica, sino el bien humano total. En efecto, la felicidad del hombre, meta de su comportamiento
moral, implica una cierta plenitud vital y, por lo mismo, la posibilidad de
realización en todos los órdenes de los bienes o valores que corresponden a la
dignidad de su persona. Pertenece
al orden moral la realización del hombre como hombre, de todo el hombre.
La pasión por el hombre
todo entero ha marcado con una particular característica la enseñanza de la
Iglesia en la época actual. En los
últimos tiempos, en los que diversas concepciones teóricas u organizaciones prácticas
de la vida social han acusado una tendencia hacia la reducción unidimensional
del hombre, la Iglesia insiste en considerarlo en su totalidad compleja y
misteriosa. Por eso alerta a no
caer en una parcialización espiritualista o materialista, individualista o
colectivista (Cfr. D.P. 2740).
El amor a todo el hombre
obliga asimismo a no ceñir sus destinos al horizonte de las meras necesidades
terrestres, así como también a no pasar por alto la promoción efectiva de los
valores de esta vida. Dios que está
en la cima de los bienes del hombre, no anula los restantes valores humanos sino
que los confirma y les da su último sentido.
19
Esta consideración sobre
la integralidad del bien humano no nos hace olvidar que en la Providencia de
Dios, las carencias que no constituyen pecado, como son la enfermedad, el dolor
y aun la muerte, no impiden la consecución última de la felicidad, sino que se
constituyen en un camino misterioso y superior de alcanzarla.
c)
La libertad y la moralidad
20
El hombre se encamina
hacia el bien sólo mediante el uso de la libertad.
Esta es el ámbito propio en que se desarrolla la vida ética.
Sin ella no podría hablarse de moralidad.
La libertad, "signo
eminente de la imagen de Dios" (GS 17) es la capacidad que el hombre tiene
de elegir y disponer de sí. Como
es falso considerarla sometida ineluctablemente a una determinación de causas
ajenas a ella misma, también es erróneo -asignarle una absoluta independencia
de toda norma objetiva. Siendo
realmente libertad, está llamada a adherir al bien de la persona, y encuentra
en él su propia-realización y sentido. Por
el acto libre la persona es artífice de su propio destino y al configurar su
identidad ética, se hace responsable ante Dios y los hermanos del bien o del
mal que ha elegido.
21
En realidad la vida del
hombre debe valorarse fundamentalmente por su libré disposición frente a Dios.
La alternativa de la libertad está en definitiva, en elegirlo a El como
Absoluto y Sumo Bien, o rechazarlo para adherir a una creatura.
La libertad, pues, se podría definir como la capacidad de elegir a Dios
para ser hombre en plenitud. Este
hace perfecta su libertad en la donación de sí a su Creador y al servicio de
los demás, y la oscurece y esclaviza en la clausura mezquina de su egoísmo. De Dios recibe la libertad y el mandato de obrar. según
ella. Estamos destinados a la
libertad (Gal. 5, 13). "Dios
que te creó sin tí, no te salvará sin tí", enseña San Agustín.
El acto moral, continuación de la creación, debe proceder libremente de
la conciencia y del amor del hombre.
d)
Moral fundada en la verdad
22
Estamos inclinados a la
verdad por la naturaleza racional, y nuestra voluntad libre busca la verdad como
la norma propia de su obrar. La
conducta ética se funda así en la verdad.
En este mundo sensible sólo
el hombre es capaz de conocer la verdad. A
semejanza de Dios, existe y sabe que existe, se ve a sí mismo y de esta manera
habita en la luz de su propia conciencia. Es
el único ser que nose halla anegado en la tiniebla y que puede luchar contra la
oscuridad y el sin sentido que penetran la existencia, sintiéndose urgido a
discernir las cosas de que se vale y los hombres con quienes convive.
Es el único que puede
pensar y expresar su pensamiento para comunicarlo a otros, y así, construir una
comunidad sobre la base de la racionalidad de la palabra y el diálogo, no de la
irracionalidad de la violencia y de las pasiones. Es el único que puede caminar libremente en la luz y
manifestarse públicamente; el único que, también libremente, puede ocultarse
para que sus obras malas y sus intenciones vergonzosas no sean vistas.
23
Por todo ello el hombre,
como hijo de la luz, debe buscar con ansias y diligencia, la verdad que lo hará
libre. En este proceso de búsqueda
participan, además de la inteligencia, el corazón del hombre, su afectividad y
su libertad. Por eso la verdad no sólo
es principio de la vida moral, sino también su fruto, pues tenemos necesidad de
esfuerzo perseverante para acceder y crecer en ella, de humildad para aceptarla,
de coraje para realizarla, de amor fiel y purificado para custodiarla y gozaría.
24
Son muchos quienes, también
entre los jóvenes, desean intensamente conocer la verdad y vivir en su luz,
aunque lleguen a cuestionar principios y certezas muy profundas.
Se esfuerzan con sinceridad en la búsqueda de la verdad y están
dispuestos realmente a comprometerse con ella.
Pero igualmente son
muchos quienes encuentran en sus dudas y preguntas un pretexto más para limitar
los alcances del imperativo moral de su conciencia.
Se peca contra la verdad cuando no se la busca con suficiente empeño o
no se la reconoce y acepta con honestidad, cuando se la retiene prisionera en el
propio corazón y no se la confiesa ante los demás, en fin, cuando se la pone
al servicio de las propias pasiones. Se
peca contra la verdad también cuando se lleva el engaño y la mentira a la vida
social y se priva a la palabra y a los gestos de su confiabilidad connatural, de
suerte que los hombres se disgreguen al perder el instrumento de comunión
propio de seres racionales.
25
Al dirigirnos
particularmente a los cristianos, les recordamos que la verdad ha de ser buscada
ante todo en su fuente divina y eterna. Se
trata de la verdad profunda y real, con que la sabiduría de Dios ha creado los
seres, los penetra y los conduce. El
hombre debe buscarla para hacerla suya, descubriéndola en la creación visible,
escuchando la palabra revelada ya por medio de los profetas de Israel y
comunicada plenamente por Jesucristo, Verbo encarnado.
Sabiduría divina que ha otorgado a los seres aquella verdad que es su
propia naturaleza, su propia función, y su ley interior.
Palabra de Dios que nos ha revelado el secreto destino y sentido de la
historia humana, redimida y encaminada hacia su suprema recapitulación en
Cristo, quien la entregará definitivamente al Padre.
26
Con todos los hombres de
buena voluntad nos une el esfuerzo por alcanzar una verdad objetiva y universal,
siempre nuevamente buscada, meditada y mej . or comprendida, que nos ofrezca
criterios válidos para examinar nuestros comportamientos y orientar nuestra
conducta. Debemos encontrarnos de
modo especial en la búsqueda de la verdad acerca del hombre, "con todo su
potencial de grandeza y, además, en su necesidad de redención del mal y del
pecado que está en él" (Juan Pablo II, Mensaje en la Jornada mundial de
la paz del 12 de enero de 1980, n. 2).
e)
La ley, camino de expansión
de la persona
27
-
La ley divina.
El hombre, ser inacabado, debe acceder a los valores y encaminarse hacia
su destino de felicidad atendiendo a la ley inscripta por Dios en su corazón.
Este es un ordenamiento
que regula sus actos libres de forma coherente con la naturaleza humana.
Ilumina el camino de expansión de la persona, y abarca todos los
aspectos de la existencia humana, que debe ser vivida con la dignidad de la
libertad y la responsabilidad.
28
La sabiduría divina
establece el camino del hombre hacia su perfección mediante la ley natural.
Esta es el reflejo de la ley luminosa y eterna de Dios, inscripta en el
corazón humano para llamar a la libertad a cumplir su responsabilidad de llenar
sus apetencias de verdad y de bien infinitos.
La ley moral, tan interior al hombre como el hombre mismo, se expresa en
los mandamientos, cuya vigencia es reconocible por la razón.
Los cristianos creemos
que Dios nos hace conocer su voluntad también a través de la revelación que
propone los mandamientos como parte de la Alianza.
Ellos constituyen el gran compromiso ético del pueblo de Dios, a la vez
que son la luz que el Padre envió al hombre para curar la dureza de su corazón.
Los profetas anunciaron
que esta ley sería perfeccionada cuando viniese Aquel que cambiaría el corazón
de piedra de los hombres en un corazón de carne (Ez. 36, 26). Este es Jesucristo, el Hijo de Dios, quien nos dio a conocer
la ley nueva del Evangelio, que se resume en el amor a Dios como Padre y a los
hombres como hermanos.
29
Esta es la ley
fundamental que lleva a su plenitud toda la existencia moral.
Nos lo recuerda Jesús, como mandato de su Padre: "Amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
Este es el mayor y primer mandamiento.
El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como ti mismo.
En estos dos mandamientos se funda toda la ley y los profetas" (Mt.
22, 37-40).
30
Si antes se podía pedir
ojo por ojo y diente por diente, desde el Evangelio hay que amar también al
enemigo. Es preciso buscar ser
perfectos como nuestro Padre celestial lo es, quien hace salir el sol sobre
justos y pecadores. Se ha de
procurar la comunión entre los hombres por un amor como el de Jesús quien nos
amó hasta la muerte.
31
La ley del amor que nos
vincula a Dios y a los hombres, transforma toda la conducta humana en una unidad
orgánica, en la cual encuentran su lugar los diferentes valores morales.
Estos no constituyen una mera suma sino una escala jerárquica de valores
menores, mayores y supremos, con respecto a los cuales, por consiguiente, el
hombre ha de decidirse conforme a un orden de preferencias y subordinaciones y
también, llegado el caso, de renuncias.
Es importante reconocer
las prioridades fundamentales: la de Dios infinito sobre todo lo finito, la del
hombre sobre las cosas.
La vida moral, encaminada
al logro de una felicidad auténticamente humana, pasa por la cruz de la
renuncia y del sacrificio; pasa también, por la cruz de la misma muerte.
Cristo, con el testimonio de su martirio, se sitúa ante nuestros ojos,
precisamente como aquél que ha llegado al culmen de la vocación moral al amor,
en Dios y por Dios, a todos los hombres, llevado hasta la entrega de su propia
vida. Cristo es testigo de que la
vida moral alcanza su punto máximo precisamente en la libertad ejercida como
amor, como donación de la vida por aquello por lo que únicamente vale la pena
entregarla: la gloria de Dios y la redención del hombre.
32
Es preciso reconocer que
la ley, aun la natural, se presenta a la persona con un cierto carácter de
imposición exterior, porque el pecado que recibe como herencia el que ella
misma comete, inclina su corazón en un sentido adverso a toda norma moral.
La persona por la obediencia debe vencer tal resistencia, y a medida que
permanece fiel, va interiorizando más la ley en su corazón y al asumirla
libremente en el amor, la experimenta como más propia.
La ley se va haciendo connatural y espontánea, lo cual es fruto de una
libertad purificada y de un corazón nuevo.
En verdad, la ley no es alienación sino camino de libertad para la auténtica
identificación y expansión de la persona.
33
- Las leyes humanas.
La autoridad legítima, civil, o eclesiástica, tiene potestad para
legislar cada una en su ámbito propio a fin de aplicar o. explicitar la ley
natural o revelada. El legislador
debe establecer leyes en orden al bien común, según las exigencias de los
tiempos, las cuales han de ser justas y convenientes y de posible cumplimiento.
Es responsabilidad de la comunidad el cumplirlas ya que una vez
promulgadas obligan en conciencia porque la ley justa es necesaria para el bien
común.
El hecho de legislar
manifiesta que el hombre es imagen de Dios en cuanto participa de la providencia
del Creador, al extender la sabiduría divina en el ordenamiento de la vida
humana.
34
La vigencia de la ley
justa y humana hará posible que los ciudadanos, particularmente los más débiles,
no se sientan amenazados por ella, sino, por el contrario, ayudados y protegidos
en el ejercicio de su libertad. Sobre
esta base, será posible educar a los hombres en el sentido de la ley y combatir
su menosprecio y trasgresión sistemática.
Sin normas aceptadas y obedecidas no constituimos un cuerpo social sino
un informe conglomerado humano.
f)
La conciencia moral
35
La conciencia expresa el
juicio sobre la moralidad delas acciones que el hombre ha de ejecutar libremente
en atención a las circunstancias. La
conciencia del hombre, dice el Concilio Vaticano Segundo, es el núcleo más
secreto y el sagrario del hombre en el que éste se siente a solas con Dios,
cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella.
Es la conciencia la que de este modo admirable da a conocer esa ley, cuyo
cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo (GS. 16).
36
La conciencia es la norma
inmediata de la conducta. Por ello
es absolutamente necesario formar la conciencia según la verdad y el bien
objetivos. El hombre honesto sabe
que no es suficiente la recta intención sino que además está atento a la
verdad objetiva de los contenidos de su conciencia.
Pero por cierto, "no rara vez ocurre que yerre la conciencia por
ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad.
Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la
verdad y el bien, y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito
del pecado" (GS. 16).
Por eso reiteramos que la
razón debe buscar la verdad objetiva del genuino deber moral.
El hombre no es "legislador incontrolado de sí mismo" (Pío
XII, Discursos y radiomensajes XI, 333).
37
La conciencia necesita
desarrollo. Es una capacidad que
debe ser formada progresivamente mediante la educación moral del niño desde
que comienza a ejercer sus facultades aún sin plena responsabilidad.
La experiencia de los valores objetivos de la vida y en especial del amor
de sus padres y de quienes lo rodean, debe preparar la respuesta que ha de dar más
tarde en el ejercicio real de su responsabilidad.
Por otra parte la experiencia de la conducta mala en su entorno vital, lo
dispone a una respuesta errónea y pecaminosa.
La comunidad. en todos
sus niveles debe ayudar a sus miembros para que sepan juzgar rectamente. Si el
individuo necesita del auxilio de la comunidad, en todos los aspectos de la
vida, lo requiere de un modo especial en el aspecto ético. Con ello, además, la sociedad garantiza su existencia misma
como comunidad de personas.
La fidelidad a la
conciencia "une a los cristianos con los demás hombres para buscar la
verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan
al individuo y a la sociedad. Cuanto
mayor es el predominio de la recta conciencia, tanta mayor seguridad tienen las
personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a
las normas objetivas de la moralidad" (GS. 16).
2.-
La respuesta libre del hombre que elige su destino
38
Dios Padre, que nos llama
con la luz de la verdad y nos atrae con la fuerza de su bondad, nos respeta como
a hijos y espera el amor de nuestra respuesta libre, porque en ella culmina su
designio.
El hombre se encuentra
siempre ante la posibilidad de elegir el bien o el mal, la vida o la muerte.
a)
La respuesta que frustra al hombre: el pecado
39
A la bondad del Dios que
llama, el hombre responde muchas veces, ya desde sus orígenes, con la tremenda
negativa del pecado que es el deterioro más profundo de la sociedad y de los
individuos.
Esta es la acción
consiente y libre contraria al orden establecido por Dios Creador, y por lo
tanto, a la naturaleza humana. Por
el pecado el hombre pretende alcanzar la felicidad al margen de Dios, quien es
su verdadero fin último, causa y contenido de su bienaventuranza. El pecado quiebra la comunión con El, divide al hombre en su
interior, lo separa y enfrenta a sus hermanos, y lo convierte en un mal señor
de las cosas, a las que transmite su desorden.
El' pecado influye aun en las estructuras sociales que quedan así
marcadas por él, por lo cual se puede hablar de pecado social o
"estructura de pecado" (Puebla 281), de lo cual "deben responder
las personas, porque procede ciertamente de la libre voluntad de los hombres, ya
sea en forma individual o colectiva" (Sínodo de los Obispos sobre
Reconciliación y Penitencia, Doc. de trabajo 13).
40
Para comprender vivamente
el misterio del pecado, no basta simplemente considerar su definición, sino que
es necesario su serio examen a la luz de la conciencia y de la palabra de Dios,
con la valiente disposición de reconocerlo en nosotros y de combatirlo con
humildad y perseverancia.
41
Es cierto que la auténtica
conciencia de cada individuo atestigua la impotencia de las solas fuerzas para
superar los impulsos a pecar. San
Pablo, confesando que se encuentra en situación de muerte porque experimenta la
adversidad de dos leyes en su interior, nos dice: "no hago el bien que
quiero sino que obro el mal que no quiero" (Rom. 7, 19).
Pero también es cierto que su conciencia le testimonia que Dios no lo
abandona y que a quien se abre con humildad a su ayuda El lo salva.
Esto nos lo enseña el mismo texto de la Escritura (Rom. 7, 25).
La Iglesia, que conoce la
hondura de la herida del pecado y de la debilidad del pecador, lo atiende con
entrañas de misericordia de una verdadera madre.
42
Hay muchos en nuestro
tiempo que pretenden limitar y hasta eliminar el sentido del pecado, sea porque
lo consideran resultado de una educación falsa, sea porque excluyen de la norma
moral ciertas áreas de la vida como la sexual o la económica, sea porque
rechazan a Dios como juez del hombre, o simplemente niegan su existencia.
43
La Iglesia, sin embargo,
no deja de enseñar que el hombre, también con sus fuerzas disminuidas, es
capaz de tener sentido de culpa y de cometer el pecado mientras conserva el
ejercicio de sus facultades humanas. La
interpelación a la conciencia del pecador para su conversión, cualquiera sea
la gravedad de su culpa, es hecha en nombre de Dios, Padre misericordioso, que
no ha ahorrado la vida de su Hijo para salvarlo, y que le da en El, la razón de
su esperanza.
b)
La respuesta con que se realiza el hombre: el amor
44
El hombre que responde
positivamente a Dios, asume como propio el proyecto de la sabiduría divina, y
procura cumplirlo conformando libremente su obrar al llamado de los valores y a
la ley del amor.
En este camino de salvación
la respuesta del hombre se hace digna de Dios y de él mismo por los bienes que
procura y por la sinceridad y profundidad de sus actos.
La voluntad se estabiliza en el bien a través de actitudes que llamamos
virtudes por las que el obrar moral se integra más en la raíz de la persona,
cuyas decisiones se hacen más acertadas y rápidas, más fáciles y gozosas, más
firmes y libres. La virtud perfecciona a la persona misma, la define en sus
rasgos, la hace crecer en unidad e identidad y la orienta a la Vida
bienaventurada.
Como el contenido de toda
ley tiene por fin la gloria de Dios y el bien del hombre, toda actitud de
respuesta es, en definitiva, amor a Dios y amor al hombre. Las virtudes humanas apuntan hacia la caridad como a su última
perfección.
c)
La vida del hombre nuevo en Cristo
45
El que cree
en Cristo Jesús y se bautiza, recibe su Espíritu Santo y renace así a una
vida nueva, propia de los hijos de Dios. Esta
gracia divina, transforma profundamente el ser del creyente, y sobrenaturaliza
toda su existencia terrena. Con la
gracia se infunden en él a la vez, otros dones divinos, principalmente las
virtudes de fe, esperanza y caridad, que potencian sus facultades para realizar
obras nuevas, consonantes con la condición de hijo de Dios.
Sin la gracia divina ningún acto humano es meritorio de la vida eterna.
Necesitamos de ella, además, para sostenernos, crecer y avanzar en el
camino de la vida nueva según el Espíritu.
46
Jesús nos invitó a
seguirle. Ello significa entrar en
íntima relación con El. En El
existimos y con El avanzamos en la peregrinación de nuestra vida que por El ha
adquirido una dimensión divina. Seguir
a Cristo es dejarse identificar con su corazón por la fuerza de su Espíritu y
entrar en la intimidad de Dios Padre, para descubrir su amor por nosotros y
aprender a amarlo como lo ama Jesús. Es
imitar su obediencia en todos los pasos de la existencia, hasta la muerte.
Es hacer propia la misión de la salvación del mundo.
Bautizados en Cristo, la moral de los cristianos encuentra su principio y
su fin en El, quien debe ser alfa y omega de la conducta de cada individuo y de
toda la comunidad. La vida
cristiana, por ser el desarrollo de la gracia del Bautismo, actualiza las
posibilidades que entraña nuestra configuración con Cristo recibida en aquel
sacramento. Cristo mismo es quien,
por su Espíritu, inspira a todos los hombres el deseo del bien.
Y por caminos escondidos, va conduciendo hacia Sí a todos los que son dóciles
a la gracia, también a los que todavía no creen en El (GS.22).
d)
La libertad de los hijos de Dios
47
El que sigue a Jesús es
libre con una libertad nueva, porque liberado del pecado, que es la peor de las
esclavitudes, vive a imagen del Señor en la libertad de los hijos de Dios,
impulsado por el Espíritu Santo, que se ha constituido en su ley interior y en
la vida de su libertad (cfr. 2 Cor. 3, ls.).
Podemos decir, con
propiedad, que cuanto más un hombre se conduce según la ley moral anunciada en
el Evangelio, tanto más libre es. Los
santos han sido eximios modelos de libertad.
e)
La esperanza de la conversión
48
El hombre, mientras vive
en este mundo, no queda encerrado definitivamente en el pecado que comete, por
grave que fuese. Mantiene su libre
albedrío y la responsabilidad de sus actos.
Permanece en él la vocación de Dios a la vida y a la santidad de la
justicia y el amor. Más aún, Dios
Padre lo llama con inmensa misericordia a renovar su fidelidad y a adquirir un
grado de amistad superior al perdido por el pecado.
Para ello nos envió a su Hijo muy amado Jesucristo, cuya predicación
puede ser sintetizada en su llamado a la conversión: "Convertíos y creed
en la Buena Nueva" (Mc. 1, 15).
49
Todos los seres humanos
necesitamos de conversión porque todos pecamos. Nos equivocaríamos si pensásemos que la conversión es
necesaria para los demás y no para nosotros mismos.
50
La conversión es
reconocimiento sincero de los propios pecados, de haber sido uno mismo autor
responsable de la violación de la ley divina.
Es dolor de haberlos cometido, detestación de ellos y propósito firme
de no reincidir más. Es reparación,
en toda la medida de lo posible, de las consecuencias del mal hecho.
51
La disposición
fundamental para la conversión es la humildad.
El Reino de los cielos, el don que Jesús anuncia cuando comienza a
predicar la conversión, sólo puede ser recibido si se tiene esa actitud. Como el enfermo que recurre al médico, como el pobre que
acepta la ayuda del que posee, como el niño que se deja sostener y guiar por
sus padres.
El Evangelio condena a
aquellos que se creen exentos del deber de la conversión, o que ponen en sus
solas fuerzas la capacidad para cumplir con fidelidad la ley.
Reprende firmemente a quienes ponen la seguridad de su salvación en las
riquezas. "Que difícil será que los que tienen riquezas entren en el
Reino de Dios" (Me. 10,23). Y
reprueba a quienes se tienen a sí mismos por justos (Le. 7, 36-50; 18, 9-14;
19, 1-10). El autosuficiente y
orgulloso se clausura al amor de Dios mientras que el humilde, cualquiera sea su
pecado, se abre a la misericordia del Padre y se dispone a la conversión, en la
cual encontrará la alegría y la paz.
52
Por la conversión, el
hombre acepta la reconciliación que Dios le ofrece en su Hijo Jesús (2 Cor.
5,18-21; Rom. 5, 6-10; Col. 1, 19-22; Ef. 2, 14-18).
Cristo, al ascender a los cielos, ha dejado a la Iglesia el ministerio de
la reconciliación, el cual es ejercido continuamente por la predicación y los
sacramentos. Por el Bautismo
accedemos a la reconciliación, por la Confirmación crecemos y por la Eucaristía
llegamos a su momento culminante. En
el sacramento de la penitencia recibimos un nuevo perdón.
La Iglesia es, pues, un pueblo de reconciliados.
f)
La lucha de la vida cristiana
53
La vida moral, don
gratuito de Dios, es también una obra del hombre y muy ardua. Es una experiencia cotidiana el conflicto entre la conciencia
que urge al bien y la tentación interior y exterior que inclina al mal.
Para los creyentes no es
extraño que se deba luchar por la vida espiritual.
El Señor nos ha advertido de ello y nos da la gracia para la victoria en
esa lucha contra Satanás y las tentaciones.
San Pablo nos enseña que la vida espiritual está llena de fatigas como
la vida del soldado, del atleta y del trabajador (cfr. 2 Tm. 2, 3-6).
El cristiano sella en la fe, una alianza para la lucha que empieza en el
Bautismo y acaba con la muerte, la cual debe constituirse en el último triunfo
de la gracia divina y la libertad humana. Las
tentaciones que vienen de afuera del hombre o las que nacen de su inclinación
interior al mal, deben ser superadas con humildad y fortaleza, con el vigor de
la oración y la vida sacramental.
54
Dios llama al hombre por
medio de Jesucristo para que responda en esta lucha desde la hondura de su corazón,
y asumiendo su persona, la perfeccione cada día por su acción moral.
El hombre no es sino lo que ha elegido ser.
No es menos. No es más.
Dios que está primero con su llamado y su auxilio, nunca constriñe al
hombre libre a hacer lo que la libertad de éste no elige.
Esto muestra la dignidad del hombre.
Así lo trata Dios porque es su imagen, y lo ha hecho su hijo, semejante
a Jesucristo su Hijo Primogénito.
55
Después de haber
considerado los principios generales del orden moral que penetran toda la vida
del hombre, pasamos a referirnos a algunos ámbitos particulares: el de la
dignidad de la vida, el de la familia, del uso de las cosas, de la justa
organización de la sociedad política, y del culto debido a Dios.
1.-
Dignidad y defensa de la vida
1.-
Sentido y responsabilidad de la vida
56
Dios creador ha regalado
al hombre una vida que es espiritual y corporal en admirable unidad.
Recibido este don, Dios nos llama al destino final de una vida plena, en
comunión con El, por medio de la gloriosa resurrección, en la cual nuestros
cuerpos también participarán de la bienaventuranza divina.
Tanto el origen divino de
la vida, como el destino final de la resurrección manifiestan el valor de la
vida humana, que comienza en el tiempo, a través del cual peregrinamos (cfr. 1
Pe 2, 1 1; Hebr. 13, 14; GS 18 y 39; Deel. sobre aborto, 5).
57
El aprecio por la vida no
es exclusivo de los cristianos. "Basta
la razón para exigirlo, basándose en el análisis de lo que es y debe ser una
persona humana" (Decl. sobre el aborto 8).
En efecto, vivir es la
misión y la tarea esencial del hombre, conservar la vida y llevarla a su
realización, constituye el resumen de su responsabilidad (cfr. PP. 15). Por lo
tanto, el hombre posee.su vida como un derecho irrenunciable que puede y debe
exigir, en estricta justicia, como fundamento de todos los demás (cfr.
ICN. 44; Deel. universal de los derechos humanos, 1948).
58
Esta valoración
connatural de la vida se ve afianzada por la fe cristiana, propia de nuestro
pueblo.
Los obispos unimos
nuestro esfuerzo al del pueblo cristiano y al de todos aquellos que no
participan de su fe, para promover la estima de la vida humana y defenderla con
valentía. Este aprecio de la vida
se manifiesta en la acogida gozosa que las familias prestan a los niños que
nacen y crecen en su seno, en el deseo de paz tan vivo entre nosotros, con el
consecuente rechazo de la violencia interna o de la guerra exterior.
Se ve, en cambio, desvirtuado por el creciente número de abortos, que
algunos se atreven a defender como un derecho; por la excesiva confianza en el
poder bélico para resolver las tensiones entre los pueblos; o por crímenes de
todo orden que a veces se pretenden justificar en nombre del bien común.
2.-
Respeto a la vida propia
59
Dios, que no ha hecho la
muerte, ni se complace en la perdición de los vivientes (Sab. 1, 13), nos ha
dejado el mandamiento de no matar (Ex. 20, 13).
Esta prohibición está
ordenada positivamente a la valoración y defensa de la vida humana.
Existe, pues, el deber
fundamental de conservar la vida temporal, pues su destino eterno no la priva de
sentido, sino la confirma en su valor. Nadie
tiene derecho a quitarse la vida, arrogándose el señorío de Dios sobre la
vida y la muerte.
Es digno de ser recogido
el testimonio de quienes, en medio de grandes angustias físicas o morales lejos
de dejarse ganar por la desesperación, han defendido su amor a la vida y la han
conservado con valentía y con firme confianza en Dios.
Por cierto, el mismo
proceso natural de la vida hará que, en un momento dado, nos sobrevenga la
muerte. También ante este hecho
hemos de defendernos de la desesperación.
El Evangelio nos enseña a dar sentido a la misma muerte, que asumida con
fe y amor, nos identificará completa y definitivamente con Cristo resucitado
(cfr. 2 Cor. 5, 8; Fil. 1, 21).
3.-
Atentados contra la vida ajena
60
Existen múltiples y
dolorosos pecados contra la vida ajena: el homicidio, el genocidio, el aborto,
la eutanasia, la indebida manipulación de la vida humana en el ámbito científico.