NATURALEZA Y FINALIDAD DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES SEGÚN EL PENSAMIENTO DE JUAN PABLO II

Punto de partida para nuevos estudios

Por Pbro. Alejandro W. Bunge

 

Al clausurar la II Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos del año 1985, convocada por el Papa con la finalidad de rememorar la intensa experiencia de colegialidad vivida durante el Concilio Vaticano II y para evaluar los frutos de su aplicación a los veinte años de su clausura, Juan Pablo II acogía e impulsaba el pedido hecho por esta Asamblea de estudiar la naturaleza de las Conferencias episcopales, que desarrollan en este tiempo un aporte tan importante a la vida de la Iglesia[1].

Poco después, hablando a los funcionarios de la Curia Romana, señalaba que, a pesar de las valiosas contribuciones que se habían realizado hasta ese momento, el crecimiento de las estructuras de las Conferencias episcopales y de su influencia en la vida de la Iglesia habían hecho aparecer también problemas doctrinales y pastorales, como consecuencia lógica de su desarrollo e importancia[2].

Ya desde los tiempos de la discusión en el aula Conciliar el debate sobre la naturaleza teológica de las Conferencias episcopales ocupaba a los estudiosos. Podemos destacar, entre otras consecuencias que se desprendían de las diversas maneras de concebir su naturaleza teológica, el distinto alcance que se les atribuía para tomar decisiones vinculantes, es decir, una capacidad jurídica que no habían tenido en sus comienzos en la primera mitad del siglo diecinueve[3].

Se puede decir que “los problemas doctrinales y pastorales” surgidos por la creciente influencia de las Conferencias episcopales en la vida de la Iglesia han impulsado la dedicación de los estudiosos al tema. Pero no se puede dejar de tener en cuenta también que en los últimos tiempos estos mismos problemas han frenado el avance de la reflexión[4].

Una vez concluida la Asamblea del Sínodo de los Obispos que señalábamos al comienzo, Juan Pablo II encargó a la Congregación para los Obispos la realización del estudio de la cuestión a través de la consulta a las mismas Conferencias episcopales[5]. Después de haber enviado un proyecto sobre el tema[6], que, al parecer del eminente historiador de las Conferencias episcopales, G. Feliciani, fue ampliamente criticado[7], no se han tenido más noticias oficiales sobre el destino de ese proyecto, y hemos asistido a un cierto impasse, sin que haya señales visibles de que se esté saliendo del mismo.

Creemos que puede resultar útil para avanzar en el estudio de la naturaleza y finalidad de las Conferencias episcopales que la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos y el mismo Juan Pablo II pedían hace ya casi diez años, constatar el pensamiento de este Papa sobre este tema, a la luz de sus pronunciamientos ante Obispos de todo el mundo, especialmente los realizados con ocasión de sus viajes apostólicos o al recibir a los Obispos en sus visitas ad limina.

Este es el propósito de nuestro trabajo. Lo haremos deteniéndonos primero en la naturaleza eclesiológica de las Conferencias episcopales. A la luz de la clave eclesiológica del Concilio, analizaremos primero el uso que Juan Pablo II hace del concepto de comunión eclesial aplicado a las Conferencias episcopales. Y después veremos en qué sentido habla este Papa de las Conferencias episcopales bajo el signo del gran aporte del Concilio a la teología del episcopado, la colegialidad.

En un segundo momento abordaremos el tema de la finalidad de las Conferencias episcopales, a través de los pronunciamientos de Juan Pablo II. Comenzaremos fijándonos en el papel que juegan las Conferencias episcopales, según este Papa, en la construcción de la unidad eclesial. Veremos después a las Conferencias episcopales en lo que constituyó desde sus primeros orígenes su finalidad, al analizar los pronunciamientos en los que Juan Pablo II las ve como lugares de encuentro y de acción en común para los Obispos de una nación o región. A continuación veremos cómo se refiere el Papa a la capacidad de las Conferencias episcopales de tomar decisiones vinculantes, a partir del momento en que el Concilio Vaticano II les señaló el ejercicio de una cierta potestad de régimen. Tendremos en cuenta también cómo marca el Papa, siguiendo con una preocupación ya manifestada por el Concilio, los límites de esta potestad de las Conferencias episcopales.

Finalmente intentaremos hacer un resumen del pensamiento de Juan Pablo II sobre la naturaleza y finalidad de las Conferencias episcopales, a la luz de lo constatado a través de este estudio de sus diversos pronunciamientos ante Obispos[8].

Naturaleza

El Código, siguiendo al Concilio, concibe a las Conferencias episcopales como la agrupación de los Obispos de una nación o territorio determinado, que ejercen conjuntamente algunas funciones pastorales respecto a los fieles de ese territorio[9].

En sintonía con lo que nos sugiere esta concepción de las Conferencias episcopales avanzada por el Concilio y retomada por el Código de Derecho Canónico, y en sintonía también con toda la eclesiología del Concilio, Juan Pablo II pone el acento en la comunión eclesial y en la colegialidad episcopal al hablar de la naturaleza propia de las Conferencias episcopales. Abordamos ahora estos dos aspectos de la naturaleza eclesiológica de las Conferencias episcopales, siguiendo las expresiones del magisterio de Juan Pablo II.

 

Conferencias episcopales y comunión eclesial

Siguiendo al Sínodo Extraordinario de 1985, celebrado a los veinte años de la conclusión del Concilio Vaticano II, Juan Pablo II considera esta categoría de la comunión como la idea central y fundamental del mismo Concilio y de su eclesiología[10]. De aquí que resulten tan abundantes las referencias del Papa a la comunión como categoría eclesiológica cuando se refiere al lugar que les corresponde a las Conferencias episcopales dentro de las estructuras eclesiales.

 

Conferencias episcopales, instrumentos de comunión

El Papa expresa la importancia que le da a esta categoría eclesiológica que estamos considerando a la hora de estudiar la naturaleza de las Conferencias episcopales, al considerar la comunión entre los Obispos que la componen como la razón de ser y la primera finalidad de toda Conferencia episcopal, tal como les dice a los Obispos de Brasil durante su visita a Río de Janeiro, y lo repite a los mismos Obispos en su viaje apostólico de 1991[11].

De esta manera, las Conferencias episcopales aparecen como uno de los instrumentos privilegiados para construir la comunión, dice el Papa al Consejo Permanente de la Conferencia episcopal italiana[12]. Esta comunión, por otra parte, es la finalidad misma de la Iglesia, instituida por Jesucristo como signo e instrumento de la comunión de los hombres con Dios y entre sí[13].

Podemos destacar la importancia que tiene para Juan Pablo II la comunión de los Obispos en y a través de la Conferencia episcopal constatando las expresiones de alabanza y agradecimiento que el Papa tiene ante la comunión alcanzada por algunas Conferencias o ante el esfuerzo de otras por alcanzarla. Muchas veces se pronuncia sobre esto, y prácticamente en los mismos términos, como vemos en seguida.

Así, expresa su satisfacción por la comunión que se vive en la Conferencia episcopal de Bolivia, que resulta una premisa indis­pensable para una pastoral eficaz y sin tensiones comunitarias debilitantes[14]. También expresa su afecto por los esfuerzos de los Obispos de Colombia por mantener y acrecentar la comunión dentro de su Conferencia episcopal[15]. Da gracias a Dios por la comunión eclesial vivida por los Obispos de la Conferencia episcopal del Océano Indico, que hace posible que la misma crezca, con lo que podrá aportar cada vez más su contribución original en favor de la Iglesia Universal[16]. Expresa su aprecio por la voluntad y esfuerzos de un grupo de Obispos de España encaminados a mantener y acrecentar la unidad y comunión en el seno de la Iglesia y de su misma Conferencia episcopal[17]. Y agradece a los Obispos Alemanes de la región sudoccidental su solicitud por conseguir y afianzar la unidad y la comunión dentro de la Iglesia y en el seno de su Confe­rencia episcopal[18].

 

Naturaleza de la comunión en las Conferencias episcopales

Esta comunión de y en las Conferencias episcopales es, ante todo, una comunión de fe, y es, por lo tanto, una realidad sobrenatural, que no es sólo el resultado de los esfuerzos humanos por construirla, sino que necesita de la gracia, y tiene como fuentes principales la oración y las celebraciones sacramentales. Por esto llama a los Obispos de Holanda a buscar ocasiones de oración y liturgia en común, siguiendo las indicaciones del Documento final del Sínodo particular para Holanda[19]. Y a los Obispos de Chile les dice que la unidad de su Conferencia episcopal será una realidad cada día más palpable si la comunión íntima en la fe y en la caridad penetra todo su ser, su obrar y su minis­terio pastoral[20].

Por lo dicho recién, se comprende que Juan Pablo II ponga los fundamentos de la comunión de los Obispos en el seno de la Conferencia episcopal en el mismo Señor Jesús, que es quien los ha llamado a ser sus ministros, tal como dice prácticamente en los mismos términos a los Obispos de Brasil, cuando los visita en Río de Janeiro en el año 1980, y a los Obispos de Portugal, cuando los visita en el año 1982[21].

El Papa encuentra los principios de la comunión de los Obispos en el seno de una Conferencia episcopal en la antigua fórmula, siempre válida: in necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas. Basándose en ella dice a los Obispos de Brasil que la unidad en las cosas necesarias es requisito indispensable para que sea legítima la libertad, y condición para la unión de los Obispos en la Conferencia episcopal[22].

Esta comunión de los Obispos en la Conferencia episcopal es fruto de un servicio humilde y perseverante, el más exigente y delicado, pero también el más precioso e indispensable, porque es el servicio a una dimensión esencial de la Iglesia y a la misión de la misma en el mundo, dice el Papa a un grupo de Obispos de España, recordando un discurso suyo a toda la Conferencia episcopal[23].

 

Comunión eclesial y ministerio episcopal

Esta comunión fraterna de los Obispos en la Conferencia episcopal, que brota de raíces sobrenaturales y sacramentales, tiene, además, a juicio de Juan Pablo II, beneficiosos efectos a la hora del desarrollo de su misión propia.

Los Obispos encuentran en ella, en primer lugar, una ayuda inestimable para enfrentar con mayor facilidad los retos o los desafíos comunes de su ministerio, dice a los de Paraguay[24].

En la mutua comunión dentro de la Conferencia encuentran los Obispos sostén y apoyo para el ejercicio de su ministerio, afirma Juan Pablo II a los Obispos de Lituania[25]. Y dice lo mismo a los Obispos de Grecia, aunque no mencione expresamente a su Conferencia episcopal como el instrumento de esa comunión[26].

Pero además, la comunión en el seno de su Conferencia episcopal es una exigencia del ministerio pastoral de los Obispos. Todo servicio pastoral de los Obispos, dice Juan Pablo II a los de Brasil, exige primeramente la comunión entre ellos, en el nivel más profundo que se pueda concebir[27]. Prácticamente en los mismos términos se dirige casi dos años después a los Obispos de Portugal[28]. Los objetivos esperados del trabajo de la Conferencia episcopal en la nueva etapa de un camino de reconciliación, dice a los Obispos de Angola y Santo Tomé y Príncipe, requiere una progresiva e intensa comunión entre sus miembros[29].

 

Efectos de la comunión de las Conferencias episcopales

La comunión de los Obispos dentro de su Conferencia episcopal lleva a superar los particularismos y los partidismos, las disputas entre diversos grupos, de los que debería librarse siempre toda Conferencia, y hace integrar dentro de un saludable pluralismo las comprensibles diversidades, dice Juan Pablo II a los Obispos de Brasil[30].

Además, de la íntima comunión y el intercambio fraterno entre los Obispos en la Conferencia episcopal brotan muchos frutos de coordinación pastoral, para el bien de cada una de las Iglesias particulares y para la tarea apostólica en conjunto en el ámbito de la Conferencia, dice el Papa a los Obispos de Panamá[31].

La comunión de los pastores dentro de la Conferencia episcopal, dice Juan Pablo II a un grupo de Obispos de Brasil reunido con sus colaboradores en el encuentro de diálogo por él convocado en el Vaticano, debe servir de fundamento para la comunión de todos los fieles de la Iglesia, de modo que ésta sea y se manifieste delante de la comunidad humana como un sacramento de comunión[32]. Así, la unidad de los pastores se convierte en la raíz de la comunión eclesial, dice el Papa a los Obispos de Hungría[33].

Los efectos de la comunión de los Obispos en una Conferencia episcopal no se agotan en las repercusiones eclesiales, sino que llegan incluso a la misma sociedad. Así lo dice Juan Pablo II, por ejemplo, a los Obispos de Bélgica, país donde nacieron las Conferencias episcopales[34].

A juicio de Juan Pablo II, los encuentros de la Conferencia episcopal resultan útiles y necesarios para crear la mentalidad y la atmósfera de comunión y comunidad que propone la Conferencia episcopal italiana dentro del plan pastoral para la década del noventa, y conviene, por lo tanto potenciarlos. Y una comprensión más profunda del don de la comunión, cita el Papa a los Obispos de esta Conferencia episcopal, hará crecer en toda la Iglesia de ese lugar el don de la caridad y hará creíble el anuncio evangélico que ella es llamada a realizar[35].

Afrontar juntos los principales problemas pastorales que afectan a la vida de la Iglesia y ejercer también en conjunto la misión profética, especialmente en lo referente a las cuestiones referentes al orden social a las que tienen que dar respuesta a la luz del evangelio, son formas concretas en las que se implementa la comunión eclesial que viven los Obispos en el seno de una Conferencia, dice Juan Pablo II a los Obispos de la Con­ferencia episcopal de Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón en la parroquia de San José de Port Moresby, durante su visita a ese país[36].

No sólo las Conferencias episcopales sino también los organismos internacionales a través de los cuales ponen en común sus esfuerzos apostólicos los Obispos pertenecientes a varias Conferencias episcopales son considerados por Juan Pablo II instrumentos aptos para vivir y construir la comunión eclesial. Así, hablando en Costa Rica ante los Obispos de América Central, considera al Secretariado Episcopal de América Central y al Consejo Episcopal Latinoamericano como importantes formas de comunión pastoral para un fecundo trabajo en las Iglesias[37]. Recuerda el encuentro con los participantes del VI Simposio del Consejo de las Conferencias episcopales de Europa como una fuerte experiencia de comunión eclesial[38]. Dirigiéndose a los presidentes de estas Conferencias episcopales, pone la comunión de los Obispos entre sí y con el sucesor de Pedro y de los episcopados como tarea a la que debe dedicarse este Consejo[39].

 

La colegialidad episcopal en las Conferencias episcopales

En dos ocasiones el Papa aplica el término “Colegio” a una Conferencia episcopal. Lo hace hablando a los Obispos de Mozambique, en 1982[40], y posteriormente dirigiéndose a los de Checoslovaquia, en 1990. En esta ocasión utiliza repetidamente el término[41]. No alcanzan, por supuesto, estas expresiones, para afirmar que el Papa entiende las Conferencias episcopales como órganos de la colegialidad episcopal, pero sí para atestiguar desde un comienzo que Juan Pablo II no tiene temores de usar esta palabra, para la que, como veremos seguidamente, define con claridad su alcance y significado cuando se utiliza en relación a las Conferencias episcopales.

El Papa menciona a las Conferencias episcopales, junto a otras estructuras colegiales de carácter internacional o continental, cuando en su primera encíclica intenta exponer el desarrollo que ha tomado a lo largo de la historia la colegialidad episcopal[42]. Y a los Obispos de la Conferencia episcopal de Alto Volta les dice que ellos viven entre ellos mismos la colegialidad, que es un elemento estructural de la Iglesia al que en nuestro tiempo, siguiendo una importante enseñanza del Concilio, se concede especial importancia, y que debe entenderse como un modo de gobierno del episcopado. De este modo, les dice Juan Pablo II, experimentan ciertamente día a día la gran ayuda que les significa para el desarrollo de su ministerio pastoral y tienen motivos para esperar el aumento de su eficacia. Sin embargo, continúa el Papa, no son sólo razones prácticas, sino espirituales y teológicas, las que dan fundamento a esta colegialidad como elemento estructural de la Iglesia, vivido en la Conferencia episcopal[43].

Por lo tanto, es claro que para Juan Pablo II las Conferencias episcopales son ciertamente una estructura eclesial que expresan un elemento teológico que forma parte de la naturaleza misma de la Iglesia, como es la colegialidad. Así, a pesar de tener las Conferencias episcopales con su actual configuración una historia reciente, que se inicia con la primera reunión del episcopado belga en Malinas en el año 1830, el Papa ve realizado en ellas un elemento que pertenece a la esencia misma del ministerio episcopal desde sus orígenes[44].

Por supuesto, no se trata aquí de la colegialidad entendida como la cualidad de una corporación de personas de una misma dignidad o profesión, sino la propia del Colegio episcopal, sucesor del Colegio apostólico, que hace referencia a una propiedad teológica que le corresponde desde su fundación por el mismo Jesucristo[45]. Veamos con más detalle, a la luz del magisterio de este Papa, la relación entre las Conferencias episcopales y la colegialidad episcopal.

Ante los Obispos de Vietnam, que se han reunido primero por provincias y después en la Conferencia episcopal para preparar su visita ad limina del año 1980, Juan Pablo II señala a las Conferencias episcopales como un signo de la colegialidad, y un modo concreto en que ésta se realiza[46]. Ellas tienen entre sus objetivos, dice en otra oportunidad a los Obispos de Portugal, el de constituir un espacio de encuentro en la vivencia de la colegialidad efectiva y afectiva[47]. Y hablando a los Cardenales, Prelados y Oficiales de la Curia Romana en las vísperas de la solemnidad de San Pedro y San Pablo del año 1980, el Papa pone a las Conferencias episcopales entre las formas en las que hoy se expresa el iunctim, que constituye el punto de contacto entre el carácter colegial del ministerio episcopal y el carácter primacial que le corresponde al sucesor de Pedro en el ejercicio del ministerio pastoral en la Iglesia[48].

Quiere decir que las Conferencias episcopales son para Juan Pablo II un signo y a la vez un modo concreto de realizarse la colegialidad episcopal. Constituyen un espacio de encuentro entre los Obispos en el que experimentan la vivencia de la colegialidad efectiva y afectiva, y son también de ese modo un lugar de encuentro entre los Obispos, que ejercen un ministerio que es por su misma naturaleza colegial, y el Papa, que es la cabeza de todo el Colegio episcopal, como Pedro lo fue del Colegio apostólico. Todo esto muestra que la colegialidad que encontramos en las Conferencias episcopales es algo más que el carácter colegial de todo grupo en el que las decisiones se toman con la participación de sus miembros[49], y que tiene que ver con una dimensión teológica propia del ministerio episcopal. Sigamos todavía un poco más con el magisterio de Juan Pablo II.

 

Qué colegialidad hay en las Conferencias

Esta colegialidad, que se vive en el interior de las Conferencias episcopales y en la relación entre ellas y el Papa, es una colegialidad efectiva y afectiva, dice Juan Pablo II a los Obispos de Francia utilizando los términos del Concilio, que comenzó alrededor de Cristo, en la comunión de los doce apóstoles[50]. Es la misma colegialidad, por lo tanto, que se vive al interior de todo el colegio episcopal, sucesor del colegio de los apóstoles.

Las Conferencias episcopales aparecen así ante Juan Pablo II como una concreción local de la colegialidad de los Obispos, según afirma ante los Obispos de Mozambique durante su visita ad limina del año 1988[51]. Esta expresión de la colegialidad que se vive en las Conferencias episcopales, tal como han sido definidas por el Concilio y encuadradas jurídicamente en el Código de Derecho Canónico, deriva de la misma misión que recibe un Obispo cuando es injertado en el Colegio episcopal, dice en otra ocasión el Papa a los Obispos de Brasil[52]. Y en el intercambio de pareceres que realizan los Obispos dentro de la Conferencia episcopal, continúa diciendo Juan Pablo II en la misma ocasión, está siempre subyacente la colegialidad episcopal efectiva y afectiva de los sucesores de los apóstoles[53].

El Papa recuerda a los Obispos del Brasil que la suya es una de las primeras Conferencias episcopales, nacida antes del Concilio, que las proclamó como una expresión peculiar y un órgano particularmente apropiado de la colegialidad episcopal sobre cuya doctrina el mismo Concilio puso nueva luz[54]. Y refiriéndose a la colaboración desarrollada entre los Obispos de Estados Unidos a través de la Conferencia episcopal para apoyar a los religiosos, conforme al encargo que les había dado él mismo, les dice que no es sólo un medio para realizar ese apoyo que el Papa les ha pedido, es decir, una cuestión meramente operativa, sino un verdadero ejercicio de la colegialidad[55].

La actividad de la Conferencia episcopal de Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón, que es considerada por el Papa como una actividad colegial que los Obispos deben desarrollar y que él mismo alienta, está relacionada con el celo pastoral por la misión universal que han recibido como sucesores de los apóstoles[56].

También en la relación entre las diferentes Conferencias episcopales, dice Juan Pablo II a los Obispos de Checoslovaquia, encuentran los Obispos una aplicación concreta del afecto colegial mencionado por el Concilio cuando habla de las Conferencias episcopales en la constitución dogmática sobre la Iglesia[57].

De todos modos, la colegialidad en sentido estricto, dice el Papa a los Obispos de Suiza, es más que la mutua colaboración de los Obispos en una Conferencia. La colegialidad en sentido estricto une a todos los Obispos entre sí y alrededor del Sucesor de Pedro. Por esta razón, cuando se habla de colegialidad en una Conferencia episcopal, debe tenerse en cuenta la responsabilidad que los Obispos de dicha Conferencia episcopal tienen con todo el colegio episcopal; en realidad, las declaraciones oficiales, las acciones, las orientaciones de los Obispos en una Conferencia episcopal, su manera de ejercer el ministerio episcopal en una nación, sigue el Papa, afectan al compromiso pastoral de todo el Colegio episcopal[58].

A la luz de estos textos, queda claro que cuando Juan Pablo II se refiere a la colegialidad episcopal de las Conferencias episcopales, lo hace considerando la colegialidad que proviene de la naturaleza misma del colegio apostólico y del colegio episcopal.

Pero teniendo en cuenta la última cita que hemos presentado, hay que concluir, siguiendo el pensamiento de Juan Pablo II, que aunque la colegialidad que viven los Obispos dentro de sus Conferencias episcopales sea de la misma naturaleza que la colegialidad de todo el Colegio episcopal, no se puede pensar que se viva dentro de una Conferencia episcopal todo el contenido de la colegialidad episcopal, sino sólo una parte de ella. Podemos decir, ya con nuestras palabras y no con las del Papa, que en las Conferencias episcopales se participa, en forma limitada y parcial, la colegialidad episcopal.

 

Colegialidad y ministerio episcopal

Es propio del ministerio de los Obispos un espíritu colegial que los lleva a ir más allá de las estrictas responsabilidades del oficio canónico que se les ha encomendado. Juan Pablo II se refiere con cierta frecuencia a este espíritu colegial que se debe vivir también en las Conferencias episcopales.

El espíritu colegial, vivido en la Conferencia episcopal, resulta necesario para lograr el bien común al que se deben los Obispos, un bien común que no resulta alcanzado de una vez para siempre, sino que debe ser buscado constantemente, dice Juan Pablo II a los Obispos de Bangladesh[59]. El espíritu colegial y la unidad de los Obispos de Panamá en su Conferencia episcopal, dice el Papa, no sólo da mayor vigor a su ministerio, sino que, además, hace más eficaz su acción pastoral[60].

Pero yendo más allá de un mero espíritu colegial vivido por los Obispos en las Conferencias episcopales, el Papa avanza afirmando el carácter estrictamente colegial que tiene el ejercicio del ministerio episcopal, a través de estas estructuras eclesiales.

El Concilio, proponiendo de nuevo la antigua doctrina de la colegialidad, ha querido dar relieve a las Conferencias episcopales, a través de las cuales los Obispos pueden trabajar unidos por el bien de sus Iglesias particulares, recuerda el Papa a los Obispos de Lituania[61]. De donde se puede esperar que este aspecto colegial del ministerio de los Obispos, rescatado por el Concilio, sea el que inspire el trabajo de una Conferencia episcopal, dice el Papa a los Obispos latinos de la región árabe[62].

Los Obispos mismos deben vivir una fraternidad en Cristo, dice a los de Nigeria, con todas sus manifestaciones colegiales, a través de las cuales llevan adelante su oficio de santificar, enseñar y regir a su pueblo, brindándose el apoyo unos a otros[63]. Esta fraternidad en Cristo que tienen que vivir los Obispos no es algo agregado “desde afuera” a su ministerio, sino que forma parte intrínsecamente del mismo, ya que los apóstoles, y con ellos los Obispos, han sido llamados a su ministerio a modo de colegio[64].

Los Obispos de la Conferencia episcopal de Gabón son animados por Juan Pablo II a unir sus esfuerzos para llevar adelante sus responsabilidades como Obispos en una colegialidad siempre más profunda, que es a la vez efectiva y afectiva[65]. No se está refiriendo el Papa sólo a las responsabilidades que tienen en común, sino a todas sus responsabilidades como Obispos, por lo tanto también a las que cada uno tiene conforme a su propio oficio, al frente de una Iglesia particular o como auxiliar de otro Obispo que la preside.

Juan Pablo II tendrá en cuenta la existencia de una estricta responsabilidad colegial, que hace que los Obispos deban enfrentar en conjunto algunos aspectos de su ministerio. Juan Pablo II llama la atención de los Obispos de Estados Unidos sobre la responsabilidad colegial que tienen en relación al estado de vida religiosa en su país, cuando les propone ocuparse de su cuidado y atención a través de la Conferencia episcopal[66]. Y también el problema de las vocaciones en su Iglesias particulares es enfrentado en conjunto por los Obispos de Estados Unidos, recuerda el Papa, con un espíritu de responsabilidad colegial[67].

La tarea de coordinación y unidad, por la que se alientan y coordinan con eficacia los diversos carismas y ministerios que el Espíritu Santo distribuye en el Pueblo de Dios, encuentra su apoyo en el sentido de responsabilidad colegial que los Obispos de Filipinas manifiestan a través de las reuniones y actividades de la Conferencia episcopal, dice Juan Pablo II a un grupo de ellos[68]. También en el marco de las agrupaciones de Conferencias episcopales en el orden continental los Obispos ejercen una responsabilidad colegial, por ejemplo en el Consejo de Conferencias episcopales de Europa, dice el Papa[69].

De donde se ve que en la mente de Juan Pablo II la colegialidad propia del colegio episcopal es una realidad que hunde sus raíces en el mismo ministerio episcopal. En realidad, teniendo el ministerio episcopal este carácter colegial, toda función propiamente episcopal tiene una carácter colegial, porque cada Obispo actúa siempre y necesariamente como miembro del colegio episcopal del que forma parte y con el que está en comunión. Con más razón, entonces, cuando se trata de la acción de varios Obispos realizada conjuntamente a través de una Conferencia episcopal, será una acción colegial, en cuanto que compromete a legítimos miembros del colegio episcopal en comunión con el resto del colegio y con su cabeza, el Papa.

 

Efectos de la colegialidad de las Conferencias episcopales

La actividad colegial de una Conferencia episcopal tendrá siempre a su base la santidad, afirma Juan Pablo II ante la Conferencia episcopal de Ghana, que es, por otra parte, la gran prioridad de la vida de los Obispos[70]. A su vez, esta colegialidad episcopal, junto con la responsabilidad compartida, fruto del Bautismo, estará a la base de la solidaridad, tan necesaria en naciones con diócesis muy vastas, con una especial necesidad de evangelización y catequesis, como Canadá, decía Juan Pablo II a sus Obispos[71]. Así la colegialidad, inspirada en Cristo, centro de la communio eclesial, se convierte en una escuela de virtudes humanas y sobrenaturales para los Obispos que forman parte de un cuerpo episcopal que la vive, dice Juan Pablo II a un grupo de Obispos de Colombia[72].

Por otra parte, una manifestación pública de una Conferencia episcopal, dice el Papa a los Obispos de Brasil, produce tanto más impacto cuanto más refleja la unidad, que es el alma de la colegialidad episcopal[73]. Y la unidad colegial de los Obispos en su Conferencia episcopal, dice a los de Polonia, resulta un apoyo para los Obispos, sobre todo en el momento de las dificultades[74]. A los Obispos de Uruguay les recuerda que tienen que potenciar la dimensión colegial de su labor como Conferencia episcopal para poder desarrollar con mayor eficacia y adaptación a la realidad las tareas que corresponden a la Conferencia[75].

La consolidación del sentido colegial dentro de la Conferencia episcopal da vigor al ministerio de los Obispos, y permite una mejor adaptación a las realidades pastorales, dice Juan Pablo II a los Obispos de Puerto Rico[76]. El consenso colegial dentro de la Conferencia, al igual que el consenso con el resto de sus hermanos en el episcopado, permitirá a los Obispos de Alemania, les dice Juan Pablo II, cumplir las graves tareas que les corresponden[77].

Señalemos por último algunos campos concretos mencionados por el Papa, en los que se pone de manifiesto la acción colegial de las Conferencias episcopales. Juan Pablo II señala varios campos específicos en los que los Obispos de Kenia trabajan colegialmente en su Conferencia episcopal, por ejemplo las vocaciones sacerdotales y religiosas, la promoción de la familia, la inculturación del mensaje del evangelio, la promoción del desarrollo a través de la educación y los servicios sociales, el establecimiento de comunidades cristianas, la atención del problema de los refugiados, la búsqueda de recursos y la acción conjunta para enfrentar problemas varios[78]. A los Obispos de Zaire les recuerda también diversos campos donde el trabajo colegial necesita de las Asambleas generales y de la ayuda de eventuales secretariados que estén a su servicio y de todos los Obispos que forman la Conferencia episcopal: la teología, la liturgia, la ética familiar, la escuela[79]. Y en especial, hablando al Consejo de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos el Papa se refiere al esfuerzo colegial de los Obispos en la preparación de las Asambleas del Sínodo de los Obispos. Cuanto mayor sea el trabajo colegial en la preparación de estas Asambleas, en las Iglesias particulares y en las Conferencias episcopales, mayor es el fruto que se puede esperar de las mismas[80].

De todo esto concluimos que para Juan Pablo II, coherentemente con el origen de esta colegialidad de las Conferencias episcopales en la misma naturaleza del colegio episcopal y del colegio apostólico, los efectos de su realización práctica redundan en una mayor eficacia del ministerio de los Obispos.

 

Finalidad de las Conferencias episcopales

Desde sus comienzos las Conferencias episcopales tuvieron la finalidad, alentada por la Santa Sede, de ser instrumentos para la construcción de la unidad eclesial entre las Iglesias particulares de un determinado territorio (generalmente coincidente con el de una nación), a través de la consensio episcoporum. Esta unidad resultaba especialmente urgente de cara a la acción conjunta ante la autoridad civil, sobre todo ante las innumerables materias de competencia común entre el Estado y la Iglesia, pero también extendía su importancia a los campos de la labor pastoral común, donde el intercambio de pareceres y la concordancia de criterios y planes de acción entre los Obispos resultaban en beneficio de la acción pastoral[81].

Durante el Concilio Vaticano II el debate sobre las Conferencias episcopales y sus funciones se centró no exclusiva pero sí prioritariamente sobre el reconocimiento de cierta potestad legislativa a las Conferencias episcopales, con propuestas que iban desde un reconocimiento general de esta potestad, hasta la negación total de la misma. El resultado de este debate en el Concilio fue una solución de compromiso, en la que, al mismo tiempo que se reconocía cierta potestad de las Conferencias episcopales de tomar decisiones vinculantes para todos los Obispos que la forman, se marcaban con claridad los límites, especialmente a través del modo de tomarse estas decisiones y las materias sobre las que podían tomarse, de modo que no quedara afectada la autoridad de cada Obispo en su diócesis, considerada de origen divino[82].

El estudio posterior de la naturaleza de las Conferencias episcopales y de sus funciones estuvo claramente marcado por la indefinición del debate conciliar, y la cuestión de la potestad de las Conferencias episcopales fue, si no un tema excluyente de dicho estudio, al menos el punto de vista desde el que la mayoría de los autores emprendía su trabajo.

Sin embargo, aún teniendo en cuenta todo lo que ha significado para el actual desarrollo de las Conferencias episcopales esta finalidad que se les reconoce desde el Concilio del ejercicio de cierta potestad de régimen, es importante recordar que la función de las Conferencias episcopales no se agota en sus competencias legislativas. Ya G. Feliciani afirmaba en las conclusiones de su libro sobre el origen y el desarrollo de las Conferencias episcopales y el debate sobre su naturaleza, finalidad y potestad, la necesidad que éstas no perdieran su carácter originario de encuentros consultivos y de intercambio de los Obispos de una nación o región, ahogándose en el mar de sus competencias legislativas[83].

El Código comienza la descripción de las Conferencias episcopales con un texto del Concilio, apenas modificado, en el que se afirma que a través de ellas los Obispos ejercen conjuntamente algunas funciones pastorales[84]. Un poco más adelante especifica la capacidad de las Conferencias episcopales de tomar decisiones vinculantes, señalando las limitaciones de esta potestad[85]. Nosotros veremos cómo Juan Pablo II se refiere a la finalidad de las Conferencias episcopales teniendo en cuenta su capacidad de tomar decisiones vinculantes, no sólo útiles sino incluso necesarias en determinados momentos, pero también y en forma mucho más frecuente y extensa al encuentro, el diálogo y la acción pastoral de los Obispos en y a través de las Conferencias episcopales, más allá del estricto campo de las decisiones vinculantes.

Veremos primero un aspecto que hace las veces de marco de referencia de toda la actividad de las Conferencias episcopales, que es la unidad eclesial, y el modo con el que Juan Pablo II se refiere al papel que las Conferencias episcopales juegan en la construcción de esta unidad. A continuación verificaremos cómo se refiere el Papa a la finalidad de las Conferencias episcopales como lugar de encuentro y de diálogo entre los Obispos, e instrumentos para la acción conjunta de los mismos. Dedicaremos un párrafo especial a la función y potestad propiamente legislativa de las Conferencias episcopales según las referencias del Papa, para terminar con la mención de los límites de las Conferencias episcopales, mencionados en forma insistente no sólo por el Concilio y por el Código, sino también por Juan Pablo II.

 

La unidad eclesial

La unidad es un don y un mandato de Jesucristo a la Iglesia[86]. La unidad entre los Obispos, dice a un grupo de Obispos de Perú, será una respuesta elocuente a la misma oración de Jesús[87]. Es claramente destacada la insistencia del Papa sobre el papel que juegan y la importancia que tienen las Conferencias episcopales para construir un valor tan trascendente en la vida de la Iglesia como es el de la unidad. A los Obispos de Nigeria les dedica dos extensos párrafos sobre este tema, con ocasión de su visita ad limina del año 1987[88].

Las Conferencias episcopales, así como en oriente los Sínodos, son uno de los instrumentos privilegiados para construir esta unidad de la Iglesia. Así lo afirma Juan Pablo II ante los Obispos de Vietnam[89]. Y ante los Obispos del Sínodo patriarcal armenio católico reconoce no solamente este Sínodo sino también a las asambleas de la jerarquía de los diversos países de oriente próximo y las diversas Conferencias episcopales en las que ellos participan como instrumentos de la unidad[90].

 

La Conferencia es fuente de comunión y unidad eclesial

La Conferencia episcopal, en cuanto tal, está llamada a buscar la unidad de las diversas diócesis, dice el Papa a los Obispos de Camerún. Es una unidad, continúa, que es requerida por la naturaleza misma de la Iglesia, que es una comunión de comunidades[91]. De allí que Juan Pablo II diga a los Obispos del Pacífico que su Conferencia episcopal (a través de su propia unidad) refleja la unidad misma de la Iglesia[92]. El servicio a la unidad de las diócesis en las diversas regiones del país es un servicio que corresponde a la Conferencia episcopal en cuanto tal, dice el Papa a los Obispos de Vietnam[93]. La Conferencia episcopal resulta uno de los ejes, junto con las provincias eclesiásticas, sobre los que se construye la unidad de la Iglesia en un país, de la que los Obispos son servidores, dice Juan Pablo II a los Obispos de Zaire[94].

La unidad de los Obispos dentro de la Conferencia y su mutuo apoyo es un servicio esencial a la comunidad de fe que ellos presiden en el amor, dice a los Obispos de Irlanda[95]. La contribución de los Obispos a la unidad entre ellos mismos (para la cual, como ya se ha dicho, la Conferencia episcopal es el instrumento), experimentar juntos el amor de Cristo, dice en otra ocasión a los Obispos de Africa Meridional, es una contribución pastoral a las Iglesias locales que ellos presiden y sirven[96].

La unidad a la que el Papa se refiere en relación a las Conferencias episcopales no es una unidad sólo teórica. Llama a los Obispos de Togo a una unidad que se concreta en la realidad de la Iglesia, que se realiza en una forma dinámica y concreta en la unidad entre las diversas diócesis, por ejemplo compartiendo los agentes apostólicos, y que permite llevar adelante un mejor aprovechamiento de los recursos pastorales de cada uno[97]. Y a los Obispos de Bangladesh les muestra que la unidad en la fe y la disciplina debe encontrar amplia expresión en el campo de acción de la caridad[98].

Todos éstos son suficientes motivos para comprender la insistencia con la que el Papa alienta a los Obispos para que trabajen por esta unidad y cuiden de ella a través de las Conferencias episcopales.  El mismo Juan Pablo II reza por este objetivo. Así lo hace ante los Obispos de Bangladesh cuando visita este país en el año 1986[99]. Espera que esos sean los frutos de su encuentro con los Obispos de la República Dominicana en su visita ad limina del año 1988[100]. Exhorta a los Obispos de Puerto Rico a vivir esta unidad entre ellos mismos[101]. Y pide al Señor que la visita ad limina realizada por los Obispos de Perú en el año 1989 consolide aún más la unidad entre ellos y con la Iglesia universal[102].

 

Los frutos de la unidad de las Conferencias episcopales

Son muy variados los frutos de la unidad vivida en las Conferencias episcopales a los que se refiere Juan Pablo II. Veremos rápidamente algunos de estos frutos mencionados por el Papa cuando habla a Obispos, dejando para el siguiente apartado el desarrollo del fruto más destacado por Juan Pablo II: la ayuda que esta unidad significa para la credibilidad del ministerio de los Obispos.

En primer lugar, el Papa recuerda su propia experiencia como miembro de la Conferencia episcopal de Polonia, según la cual de la unidad proviene la fuerza espiritual[103]. De esta unidad de la Conferencia episcopal polaca resulta un apoyo para cada Obispo, y especialmente para el primado, ante las dificultades que pueden aparecer en la relación con la autoridad civil[104].

Los frutos de la unidad de las Conferencias episcopales se percibirán en la realización de la misión que corresponde a los Obispos. La unidad de los Obispos entre sí dentro de la Conferencia episcopal, afirma Juan Pablo II ante los Obispos del Brasil en su visita a Río de Janeiro, resulta la mejor predicación que ellos pueden realizar y el mejor servicio a su nación[105]. La unión de espíritus y de corazones de la Conferencia episcopal de Vietnam desde sus comienzos, constata Juan Pablo II, es por sí mismo un camino de evangelización[106]. Esta unidad, dice ante los Obispos de Japón, que requiere de los Obispos el ejercicio de una colegialidad efectiva y afectiva, tiene importantes efectos sobre todos los emprendimientos pastorales locales[107]. El testimonio de cohesión que caracteriza a los Obispos de Paraguay, les dice Juan Pablo II, es el primer aporte que ellos brindan al pueblo que se les ha confiado[108]. La cohesión y sintonía de propósitos, manifestaciones de la unidad de los Obispos de Honduras, favorece la realización de su misión, individual y colectiva, les dice el Papa[109].

Por otra parte, la unidad de los Pastores se convierte en el núcleo y la raíz de la perfecta comunión eclesial y lleva a la unidad entre todos los miembros de sus Iglesias particulares, afirma ante los Obispos de Hungría con ocasión de su visita ad limina del año 1987[110].

En particular, la unidad de los Pastores servirá de ejemplo y de aliciente para la unidad de los sacerdotes, afirma Juan Pablo II ante los Obispos de la Conferencia episcopal de Berlín[111]. Y la unidad de los Obispos en la Conferencia episcopal servirá no sólo el motivo para promover la unidad entre los sacerdotes, sino entre todos los agentes pastorales y miembros de las Iglesias particulares, dice ante los Obispos de Uruguay[112]. Y prácticamente con las mismas palabras se dirige años después a los Obispos de Puerto Rico[113].

Esta unidad no es importante sólo en el orden de los principios, o de las intenciones, o de los corazones. Es una unidad efectiva, que se concreta en la solidaridad en los intentos evangelizadores de las diversas Iglesias particulares de una Conferencia episcopal. Es decir, es una unidad que llega a la acción evangelizadora de la Iglesia, y que por eso se concreta en una pastoral de conjunto.

Juan Pablo II alienta a los Obispos de Ecuador a preservar el don de la unidad fraternal entre ellos, y, como reflejo de ello, se corrobore la solidaridad de intentos entre las comunidades que tienen encomendadas[114]. Habla a los Obispos italianos del deber de su Conferencia episcopal de hacer frente a la propia responsabilidad para favorecer, frente al secularismo, la afirmación de los sanos valores, en una unidad de acción y de programas acerca de la pastoral de conjunto, por el que los Obispos puedan llevar adelante el ministerio al que son llamados[115]. Exhorta a los Obispos de Colombia a continuar trabajando en estrecha unidad por la auténtica liberación que nos viene de Jesucristo[116].

En algunos campos de la pastoral, la unidad de acción de los Obispos de una misma Conferencia episcopal es el único camino posible. Por ejemplo, Juan Pablo II señala a los Obispos de Nigeria los Seminarios regionales o interdiocesanos, la relación con las autoridades civiles y los planes pastorales como terrenos en los que deben trabajar unidos[117]. Y dice a los Obispos de Birmania que es esencial que los Obispos de un mismo país trabajen unidos en el campo del diálogo entre la fe y las culturas locales[118].

Finalmente, conviene señalar que para Juan Pablo II los frutos de la unidad de las Conferencias episcopales tienen su influjo no solamente dentro de la misma Iglesia. Señala también los efectos que tiene en bien de todo el país, ya que a través de la unidad de la Iglesia, los Obispos aportan al bien común de toda la nación. La unidad de la Iglesia en torno a los legítimos Pastores (como es la unidad que se realiza gracias a la Conferencia episcopal) es un valioso aporte a la sociedad civil, dice Juan Pablo II a los Obispos de Paraguay[119]. La propia experiencia de unidad de los Obispos, dice a los de Africa meridional, será siempre una contribución a la transformación cristiana de la sociedad[120]. La exigencia de unidad entre los Obispos, conforme al mandato de Jesucristo, dice ante los de Bolivia, redundará en bien de las comunidades que se les han confiado, así como de la sociedad en general[121].

Considerando la importancia que le da a los frutos de la unidad de los Obispos en las Conferencias episcopales, resulta coherente la frecuencia con la que Juan Pablo II manifiesta su aprecio por el esfuerzo de los Obispos en pos de esta unidad en la Conferencia episcopal. Así lo hace ante los Obispos de Paraguay[122]. Lo mismo dice ante un grupo de Obispos de México[123]. Con términos similares se expresa ante los Obispos de Colombia[124]. Manifiesta su aprecio por la voluntad y esfuerzo de un grupo de Obispos de España por mantener y acrecentar la unidad de su Conferencia episcopal[125]. Agradece a un grupo de Obispos de la Conferencia episcopal alemana su solicitud por conseguir y afianzar la unidad y comunión de su Conferencia[126].

Del mismo modo, también expresa su aprecio y complacencia por los frutos de estos esfuerzos de los Obispos por construir y acrecentar la unidad en sus Conferencias episcopales. La hace ante la Conferencia episcopal italiana, que tiene la particularidad, dice Juan Pablo II, de ser observada desde todos los lugares del mundo[127]. Agradece a Dios la unidad del episcopado de Angola y Santo Tomé, de la que tiene inequívocas pruebas[128]. Encuentra consuelo en la unidad de propósitos y de acción de los Obispos de Yugoslavia[129]. Y considera un don del cielo, pidiendo a Dios que lo conserve y acreciente, el episcopado de México, que brinda un testimonio de unidad al pueblo cristiano[130].

También expresa su deseo de la consolidación y crecimiento de esta unidad de los Obispos dentro de la Conferencia episcopal. Desea que su encuentro con los Obispos de Guinea Ecuatorial confirme y consolide su unión mutua[131]. Casi del mismo modo se expresa ante los Obispos de la República Dominicana[132]. Al recibir a un grupo de Obispos de Chile, quiere que sus palabras sirvan de aliento para reforzar la unidad de su Conferencia episcopal, y que la visita ad limina que han realizado tenga ese mismo fruto[133]. Y exhorta a los Obispos de Togo a ejercer su carisma de la unidad no solamente dentro de su propia diócesis, sino en la misma Conferencia episcopal que los reúne[134].

 

La unidad de la Conferencia y la credibilidad del ministerio de los Obispos

Veremos ahora una serie de afirmaciones de Juan Pablo II en las que se pone en evidencia el mayor alcance del efectivo influjo del ministerio de los Obispos dentro y fuera de la Iglesia, cuando éstos actúan unidos a través de las Conferencias episcopales, en vez de hacerlo cada uno por su cuenta y dentro de los límites jurisdiccionales de su Iglesia particular.

A nadie se le escapa, dice hablando a la Conferencia episcopal austríaca, el peso que tienen las reflexiones y las decisiones de una Conferencia episcopal para los hombres y las Iglesias locales de su país, y aún más allá de sus fronteras. Esto mismo ya constituye una exigencia de unidad para la Conferencia, que alcanza así una influencia que, de otro modo, los Obispos no tendrían[135]. Esta unidad, alimentada por motivaciones profundas y sobrenaturales, se convierte en una ayuda que enriquece enormemente el desarrollo de los proyectos de  evangelización de los Obispos, dice ante un grupo de Obispos de España[136]. La unidad entre ellos, vivificada por la escucha de la Palabra de Dios y la participación en la única Eucaristía, dice a los Obispos de Rumanía, los sostendrá, gracias al diálogo sincero y a la colaboración activa,  a la hora de afrontar y resolver los problemas con los que se enfrentan[137].

Así, la unidad de los Obispos en la Conferencia episcopal es una fuente inestimable de eficacia de la tarea de los mismos, que resulta para el bien de las Iglesias, y de credibilidad para su ministerio. Así lo afirma Juan Pablo II ante los Obispos de Lituania[138]. La unión efectiva y afectiva de los Obispos en su Conferencia episcopal, dice a los de Grecia, redunda en eficacia pastoral y en la credibilidad de su ministerio[139]. Con la mutua unión de los Obispos, dice a la Conferencia episcopal de Bolivia, su actuación ganará en intensidad y eficacia[140]. Consolidando el espíritu colegial y la unidad en el seno de la Conferencia episcopal, los Obispos de Panamá dan mayor vigor a su ministerio y hacen más eficaz su acción pastoral, afirma Juan Pablo II[141]. Es una eficacia de orden sobrenatural la que crece a través de la unidad de los Obispos en la Conferencia episcopal, dice el Papa a los de Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón[142].

La cohesión de las fuerzas a través de la Conferencia episcopal debe garantizar, dentro de la propia nación, afirma Juan Pablo II ante los Obispos de Italia en una Asamblea plenaria,  el prestigio, la incidencia y la credibilidad necesarias para la eficacia de los esfuerzos pastorales[143]. La fecundidad de los servicios y carismas que cada Obispo aporta al interno de su Conferencia episcopal para construir la unidad de todo el cuerpo, depende de su inserción en una única vida animada por un solo espíritu, dice ante los Obispos de Alemania, y por eso, una gran medida de unanimidad dentro de la Conferencia episcopal no se da a costa de la vitalidad y credibilidad del testimonio de los Obispos, sino todo lo contrario[144].

La voluntad de cohesión que anima a los Obispos en los trabajos de su Conferencia episcopal, dice el Papa ante los de Madagascar, da a sus intervenciones una fuerza de persuasión que se percibe también más allá de la comunidad católica[145]. La unanimidad de los Obispos en la Conferencia episcopal reafirma la fuerza de persuasión de sus enseñanzas, dice a la Conferencia episcopal de Ruanda[146]. La unión viva de la Conferencia episcopal les da crédito a sus Obispos también ante los dirigentes del país, afirma ante los Obispos de Turquía[147].

Finalmente, hablando a todos los Obispos de Italia durante una de las primeras asambleas generales realizadas bajo su pontificado, el Papa dice que esta unidad entre los Obispos no es sólo la primera garantía para el éxito de la propia actividad, sino también fuente de coraje, optimismo y confianza para los Obispos[148].

 

Lugar de encuentro y acción en común

Nos vamos a detener ahora en estos dos aspectos de la finalidad de las Conferencias episcopales, que aparecen con más claridad desde los orígenes de las mismas. En la primera mitad del siglo pasado las Conferencias episcopales surgieron como una alternativa eficaz para que los Obispos de una misma nación o región política pudieran reunirse con la facilidad que permitían estos encuentros amistosos en los que, sin las formalidades, a veces demasiado exigentes y complicadas, de los Concilios provinciales, podían sin embargo intercambiar sus pareceres y concertar una acción coincidente, especialmente aunque no en forma exclusiva en los asuntos que hacían a la relación con la autoridad civil.

 

Lugar de encuentro

En un primer momento nos detendremos en las afirmaciones de Juan Pablo II que reconocen a las Conferencias episcopales como lugares de encuentro, consulta, diálogo, intercambio, participación, reflexión en común entre los Obispos.

El encuentro entre los Obispos, el diálogo amplio y constructivo entre ellos, son fines previstos por los padres conciliares para las Conferencias episcopales, ya que precisamente fueron creadas con este objetivo, mucho antes que se les atribuyera, a partir del Concilio, un verdadero, aunque limitado, ejercicio de la potestad legislativa[149]. Nos lo recuerda el mismo Juan Pablo II a lo largo de varios pronunciamientos.

Hablando a los Obispos de Sudán, los urge a hacer de su Conferencia episcopal un instrumento útil para el intercambio de opiniones y compartir las ideas en orden a lograr el bien común de las Iglesias, conforme a lo enseñado por el Concilio Vaticano II[150]. También invita a los Obispos de rito caldeo en Irak a intercambiar sus experiencias pastorales y a convenir sobre los problemas eclesiales, tanto del orden nacional como internacional, tal como se los pide el Concilio y lo desea la Iglesia[151].

Las Conferencias episcopales son entendidas por Juan Pablo II como punto, espacio, lugar de encuentro y de diálogo, de enriquecimiento mutuo para los Obispos, que reciben y dan cuando participan en ellas. Allí se realiza una verdadera vivencia de la colegialidad efectiva y afectiva entre sus miembros, para los que sirven de apoyo, orientación y estímulo. Veámoslo a través de algunos pronunciamientos del Papa.

A los Obispos de Brasil les dice que su Conferencia episcopal ha posibilitado el encuentro y el diálogo de los Obispos, cada vez más numerosos, de su país, y esto conforme a su naturaleza propia[152]. Así, ésta y todas las Conferencias episcopales son un punto de encuentro y de diálogo para los Obispos del país, les dice en esa misma ocasión a los Obispos de Brasil[153]. Entre los objetivos de la Conferencia episcopal, les dice Juan Pablo II a los Obispos de Portugal, está el de ser espacio de encuentro y de diálogo para los Obispos de un país[154]. Por su propia configuración y fisonomía, dice en otra ocasión a un grupo de Obispos de Brasil, la Conferencia episcopal es un lugar de encuentro, de diálogo y de enriquecimiento mutuo, por lo que los Obispos reciben y dan en ella[155].

De allí que el Papa haya llamado a la Conferencia episcopal de Brasil, la más numerosa de toda la Iglesia, a un diálogo que no sería sólo de los Obispos del Brasil con la Santa Sede, sino de los mismos Obispos brasileños entre sí, un diálogo franco, donde la verdad no ofende a la caridad y la caridad no dispensa de la verdad[156].

El diálogo entre los Obispos de una Conferencia episcopal resulta útil, dice Juan Pablo II a los Obispos de Austria, a la hora de revisar lo actuado, para detectar posibles deficiencias o incluso procesos equivocados en la vida eclesial de un país[157].

Es un diálogo, dice Juan Pablo II a la Conferencia episcopal del Océano Indico, que se ha mostrado eficaz para tejer lazos entre los Obispos de una Conferencia episcopal que afronta una seria dificultad geográfica, que lleva a una natural tendencia al aislamiento, al estar constituida por innumerables islas[158].

Como consecuencia de lo que venimos diciendo, las Conferencias episcopales son también un espacio para la reflexión en común entre los Obispos y para la participación de los mismos en las preocupaciones de sus hermanos.

Son de particular importancia las observaciones que sobre este punto hizo Juan Pablo II a la Conferencia episcopal más numerosa de la Iglesia, la del Brasil, en su viaje a ese país en 1980[159], ya que, precisamente por su número, y por contar con una muy elaborada estructura, muchas veces se ha supuesto que en ella algunos Obispos son prisioneros de las decisiones de otros que, por sus cargos o por su dedicación, son más influyentes en las decisiones importantes de la Conferencia[160].

Ante todo, el Papa pone en claro que una Conferencia episcopal es obra común de todos sus miembros, y que, por lo tanto, para que sea espiritualmente rica necesita de la participación de todos sus miembros[161].

Por una parte, será mayor esa participación en una Conferencia numerosa cuanto mayor sea la representatividad de los Obispos que ocupan puestos en los órganos de decisión[162]. Pero, por otra parte, crece esa participación cuando la Conferencia resulta un espacio en el que los Obispos pueden realmente encontrarse[163].

Y aunque los Obispos puedan servirse de la ayuda de múltiples expertos cuando estudian los temas que ocupan a la Conferencia episcopal, cuando llega la hora de las decisiones que corresponden solamente a ellos, deben poder tener tiempos suficientemente largos, sin la participación de otros, para el encuentro y el diálogo entre ellos, con la participación de todos[164]. En esta participación, que el Papa alienta en la Conferencia episcopal del Brasil, estará la gracia mayor de la Conferencia[165].

Las reflexiones en común son las que permiten encontrar “las líneas de fondo de una pastoral puesta al día”, que orienten no sólo a los sacerdotes, los religiosos y las religiosas sino también a los laicos que, junto con los Obispos, se empeñan en la nueva evangelización, afirma el Papa ante los Obispos de Hungría[166].

Los temas de la reflexión en común de la Conferencia episcopal de Portugal van desde los eventos y las situaciones del orden político, hasta los del orden estrictamente eclesial, como por ejemplo algunas interpretaciones del Concilio, dice Juan Pablo II al recibir a estos Obispos en su visita ad limina del año 1987[167].

 

Acción en común

Las últimas afirmaciones nos llevan necesariamente a considerar algunas consecuencias del encuentro y el diálogo de los Obispos en las Conferencias episcopales, y entre ellas la acción pastoral conjunta a la que el encuentro los lleva. Veremos ahora las referencias de Juan Pablo II a esta acción pastoral conjunta de los Obispos a través de la Conferencia.

 

Concreción de la solicitud pastoral universal

En primer lugar abordamos la concreción a través de las Conferencias episcopales de la solicitud pastoral universal que tienen todos los Obispos desde el momento de su consagración[168].

Uno de los modos en que los Obispos pueden actualizar esa solicitud universal, que es para ellos un solemne deber, dice Juan Pablo II a los Obispos de Myanmar, la antigua Birmania, es contribuyendo activamente a la eficacia de la Conferencia episcopal a la que pertenecen[169].

Todo Obispo es, por definición, con-Obispo, dice Juan Pablo II a un grupo de Obispos del Movimiento focolar. Este vínculo, de origen estrictamente sacramental, une no sólo a los Obispos de una misma provincia eclesiástica o una nación, sino de toda la Iglesia católica. Pero también a los de una provincia eclesiástica y una na