Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia Olvidar

Olvidar

¿Qué es olvidar?

Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado

y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»

Lucas 9,62

Este es un verbo lleno de preguntas. ¿Por qué a veces no logramos olvidar lo que quisiéramos, y otras veces no conseguimos recordar lo que debiéramos? ¿Por qué hay personas que nunca ovidan los males que han hecho y otras que no logran desprenderse de los males que otros les hicieron? ¿Por qué recordamos tantas cosas inútiles o vulgares o dolorosas y no alcanzamos a recordar muchas cosas que sí nos resultarían útiles, saludables y provechosas? ¿Será que por estar “gastando” memoria en necedades y resentimientos no nos queda espacio para lo sabio, noble y bello? ¿Puede educarse la memoria para que sea un aliado en nuestra búsqueda de Dios y no un impedimento?

Razón tenía Santa Catalina de Siena, en esto seguidora de San Agustín, para hablar de la memoria como de una potencia del alma —junto al entendimiento y la voluntad—, útil para lo bueno y para lo malo, según se use.

Para buscar un camino de respuesta a nuestras inquietudes debemos hacer un par de afirmaciones fundamentales:

1.    No es buena idea mirar a la memoria como una especie de bodega (o alacena o disco duro) en la que cualquier cosa puede entrar o salir;

2.    Todo el uso de la memoria depende de la obra que hayan tenido las otras dos potencias del alma, es decir de cómo hayamos entendido lo que entendemos y de cómo hayamos recibido lo que  recibimos.

De estas dos afirmaciones surgen dos criterios básicos:

1.    Cada persona puede hacerse progresivamente dueña de sus recuerdos. Esto simplemente significa que nadie está condenado a ser esclavo de su pasado. Si estamos encadenados a algo es al futuro.

2.    Sin embargo, puesto que la liberación que esto implica en muchos casos excede nuestras propias fuerzas, también para nuestra memoria es preciso saber y recordar que nadie se redime a sí mismo. Recordar unas cosas y olvidar otras es un proceso simultáneo y complementario.

De aquí podemos decir que:

1.    Olvidar no es simplemente borrar de un inventario ni sacar de una bodega; es aprender a dar un sentido nuevo y provechoso tanto a aquello que nos ha hecho daño como a lo que nos ha hecho bien. Según lo cual, olvidar es un verbo activo que requiere el ejercicio de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad.

2.    Con todo, este ejercicio de nuestras facultades no será suficiente en todos los casos. Sucederá más de una vez que no consigamos alcanzar este nuevo sentido sin ayuda de otros, especialmente de ese Otro que es nuestro Creador y Redentor.

En cuanto a los bienes y males que nos llegan, podemos entonces establecer estos principios:

1.    Para no olvidar un bien recibido, procure entenderlo y amarlo lo mejor posible. Para entender mejor, haga preguntas y elabore con sus propias palabras un testimonio de qué es y qué significa ese bien para Ud. Recuerde lo dicho en el verbo meditar.

2.    Para olvidar —en el sentido de resituar— un mal recibido, ante todo tenga presente lo dicho en el verbo perdonar.

He aquí un elenco de sugerencias prácticas para recordar y olvidar con más inteligencia y fruto:

1.    Eduque su pensamiento: no le deje divagar estérilmente. Sobre todo, jamás permita que su mente entre en un recuerdo negativo (de odio) o torpe (de concupiscencia) y se detenga a revolcarse en él.

2.    Llegado el caso, sepa exponer de manera clara sus dolores a quien pueda ayudarlo, según el tipo de dolor (médico, psicólogo, amigo, sacerdote…), pero no hable simplemente por descargarse; siempre que hable de sus males busque luz para superarlos. Quien se limita a descargarse pronto se recarga otra vez, y este proceso engendra adicción.

3.    Vigile su lengua. Guárdese de todo chisme, vulgaridad, difamación o inutilidad en sus palabras. Pronto notará cómo su mente se va limpiando y aclarando.

4.    Hable a las personas por su nombre; intente encontrar en ellas no lo que las hace iguales o parecidas a las demás, sino precisamente eso que las singulariza. Ellos se sentirán mejor tratados y Ud. evitará la tentación de las generalizaciones.

5.    Cultive el agradecimiento. Por lo menos por unos días haga el ejercicio de contar cuántos “gracias” dice Ud. al día. Y nunca se olvide de la frase de San Pablo: “todo coopera para el bien de los que Dios ama” (Rom 8,28). Aprópiese de este pensamiento y póngalo a trabajar en favor de la nueva vida que Dios le ha concedido en Jesucristo.

Preguntas para el diálogo

1.    ¿De qué tipo de asuntos te olvidas con facilidad?

2.    ¿Por qué y cómo lo haces?

3.    ¿De qué no te olvidas facilmente?

4.    ¿Te olvidas de ti? ¿Como de qué cosas?

5.    ¿Te olvidan con facilidad?; ¿A qué crees que se deba?

6.    Si crees que se olvidan tus esfuerzos, es porque no los conocieron o no los reconocieron?

7.    ¿Quién no se olvida de ti? ¿Cómo te lo demuestra?

8.    ¿Quién te recuerda tus olvidos?

9.    ¿Qué no olvidas de una persona?

10.¿Como qué cosas quisieras que no olvidaran de ti?

Oración

Salmo 31
Señor, mi vida está en tus manos.

1-2       En ti, Señor, busco refugio,
                        ¡no vayas nunca a defraudarme!
                        ¡Tú eres justo: líbrame!
 3         Préstame atención,
                        ven pronto a socorrerme.
            Sé tú mi refugio y fortaleza,
                        mi defensa y salvación.
 4         Tú eres mi protección y mi baluarte,
                        por honor a tu nombre, oriéntame y guíame.
 5         Líbrame de la red que me tendieron,
                        pues tú eres mi refugio.
 6         En tus manos pongo mi existencia,
                        tú me puedes librar, Señor, Dios digno de confianza.

10         Ten compasión de mí, Señor, en mi aflicción;
                        mis ojos se debilitan por el sufrimiento.
11         Mi vida se agota en la tristeza,
                        mis días se van entre suspiros.
            Mis fuerzas se acaban ya por el dolor,
                        están débiles mis huesos.

12         Todos mis enemigos me desprecian,
                        mis vecinos me hacen burla.
            Mis conocidos se quedan espantados,
                        los que me ven en la calle, salen corriendo
13         Me tienen olvidado, como a un muerto,
                        me han echado a un lado como a cosa inútil.
14         Oigo a la gente murmurar,
                        terror por todas partes;
            están tramando planes contra mí,
                        para quitarme la vida.

15         Pero yo, Señor, en ti pongo mi confianza;
                        yo he dicho: Tú eres mi Dios.
16         Mi vida está en tus manos,
                        líbrame de los enemigos que me persiguen.
17         Alegra a tu servidor con la luz de tu rostro,
                        sálvame por tu gran amor.
18         Señor, no quede yo en ridículo, pues te invoco;
                        que sean los malvados quienes queden en ridículo,
                        que perezcan en el reino de la muerte.
19         Que se callen los labios mentirosos
                        de los que hablan altaneros contra el justo.

20         ¡Qué grande, Señor, es tu bondad,
                        que reservas a los que te respetan
            y manifiestas ante todo el mundo
                        en favor de los que a ti se acogen!
21         Tú les brindas amparo en tu presencia
                        de los ataques de los hombres,
            en tu morada los proteges
                        de las lenguas pendencieras.
22         ¡Bendito sea el Señor, que en tiempo de aflicción
                        me mostró las maravillas de su amor!
23         Y yo en mi angustia había pensado
                        que me rechazabas lejos de tu vista.
            Pero tú escuchaste mis ruegos suplicantes
                        cuando acudí a pedirte ayuda.
24         Amen al Señor todos los que están a su servicio;
                        el Señor ampara a los que le son fieles a él,
            pero da a los arrogantes su merecido
25         ¡Que todos los que confían en el Señor
                        tengan ánimo y valor!

Referencias

De la Sagrada Escritura:

·       En las Santas Escrituras, Dios se nos manifiesta como un Dios que hace alianza y que nunca se olvida de nosotros (Is 49,14), ni de su pacto con nosotros (Is 54,10; 59,21; cf. Jer 32,40; 33,20-21), aunque nosotros nos olvidemos de él (Jer 3,21; 23,27; Bar 4,8), pues precisamente los ídolos de Israel, a la manera de veleidosos amantes se olvidarán de él (Jer 30,14) y ello será oportunidad que el pueblo se acuerde de Dios (Jer 30,14-16; cf. Os 13,6-9).

·       Ciertamente Dios conoce bien nuestras iniquidades (Am 8,4-7), pero no para destruirnos sino para llamarnos a conversión (Ez 3,18; 18,23; 33,11). Por ejemplo, como fruto de la purificación del destierro, Jeremías describe la nueva alianza como un pacto inolvidable (Jer 50,4-5).

·       Y cuando Pedro pregunta al Señor cuántas veces debe perdonar y da como gran número siete veces, Jesús multipica la cifra (Mt 18,22), porque el amor que Dios nos ha tenido —el mismo que nos concede tener— no lleva cuentas (1Cor 13,5).

De diversos Pensadores:

·       No entregues a Dios una fotocopia de tu problema; dale de una vez el original. —Anónimo.

·       Nunca fue útil la crueldad. —Cicerón.

·       Más vergonzoso es desconfiar de los amigos que ser engañados por ellos. —La Rochefoucauld.

·       Lo que produce la discordia no es la palabra ofensiva que se oye, sino la palabra ofensiva que respondemos. —Guibert.

·       Gracias al divorcio hay ahora millones de niños huérfanos con los padres vivos. —Fulton J. Sheen.

·       Recuerda conservar ecuánime tu mente. —Horacio.

·       Quéjase todo el mundo de su memoria; pero nadie de su capacidad de juzgar. —La Rochefoucauld.

·       Felicidad es buena salud y mala memoria. —Ingrid Bergman.

·       Por la debilidad de la naturaleza humana tardan más los remedios que las enfermedades. —Tácito.