Cuestionar

¿Qué es cuestionar?

Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo,

y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos:

«¿Quién dicen los hombres que soy yo?»

Marcos 8,27

Es posible que a este mundo no le hagan tanto daño las maldades de los malos cuanto las omisiones de los buenos. Este mundo quizá no tiene tantos culpables como cómplices.

En efecto, el repetido produce costumbre, y la costumbre nos enseña a considerar como “normal” lo que al principio rechazábamos. Un paso más, y resultaremos defendiendo lo que antes nos escandalizaba. Todo sucede de modo tan suave y continuo, que no llegamos a verlo, precisamente porque nuestra vista se ha ido moviendo con lo visto.

Ahora bien, el mal engendra costumbre porque ofrece ventajas. No nos engañemos: el mal se agarra fuerte en nuestra vida a través de los bienes parciales que nos reporta, y de las comodidades que nos trae, los privilegios con que nos adormece. Y así soñolientos —como los Apóstoles en Getsemaní—, resultamos incapaces de vencer la tentación o de sobreponernos al embate del Maligno.

Por ello es cierto que, si la mitad del tiempo que gastamos en tratar de ser buenos la invirtiéramos en estar de veras despiertos ante el mal, seguramente venceríamos el doble de veces. —Pero, ¡atención!: despiertos, no asustados; atentos, no obsesionados; lúcidos, no amargados; prudentes, no cobardes.

Muchas de nuestras batallas contra el mal las hemos perdido antes de empezar, porque su astucia nos encontró dormidos. Convenzámonos de que, después de que Cristo venció al pecado y ató “al fuerte” (cf. Mt 12,28-29), lo único fuerte que le queda al mal es el espacio que le deja nuestra debilidad, sea en forma de falta de fe, de pusilanimidad, de ignorancia o de negligencia.

Cuestionar, pues, es estar despierto, infinitamente despierto al bien que tan caro le ha costado a Dios; por eso, es mirar de nuevo lo sobreentendido; es preguntarse por lo obvio, lo natural, lo cotidiano.

Pero no todo cuestionamiento es provechoso. Brindemos algunas sugerencias:

1.    Procura tener claro especialmente a qué bien deseas acercarte, y no sólo de qué mal deseas apartarte.

2.    No cuestiones para que aparezcan tus preguntas, ni para que se vean las mentiras de los demás; cuestiona para ayudar a tu hermano a alcanzar su verdad.

3.    No te olvides de la oración del salmista: “Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?” (Sal 130/129,3 ). Recuerda entonces que ninguna vida resiste juicio. Cuando preguntes, pues, mira si hay en ti por lo menos tanta misericordia y tanta caridad cuanto hay de agudeza o de crítica.

4.    Ama más la pregunta que recibes, aunque sea una verdad sencilla, que la pregunta que haces, aunque sea una cuestión brillante o profunda.

5.    Cultiva un espíritu de peregrino, a la manera de Abrahán, porque, a menudo, cuestionar supone quedarse sin patria.

Preguntas para el diálogo

1.    ¿Cuestionas tu realidad? ¿Cómo?

2.    Cuando cuestionas, ¿generalmente es un signo de inconformidad, desacuerdo o ignorancia? Describe.

3.    ¿Quién cuestiona tus actitudes y tu vida?

4.    ¿Te dejas cuestionar con facilidad? ¿Por qué?

5.    ¿Y de quién te dejarías o le permitirías que te cuestionara todo y a fondo?

6.    ¿Qué le cuestionarías a la Iglesia hoy?

7.    ¿Qué le cuestionas a un amigo, y compañero (a)?

8.    ¿Hay algo que quisiera cuestionar de la educación y formación que has recibido de tus papás y maestros? Enumera.

9.    ¿Te has cuestionado el por qué de tu vida? ¿En qué situaciones?

10.Ultimamente, ¿qué anda cuestionando tu vida?

Oración

Salmo 119
Dichosos los que cumplen la voluntad del Señor

9          ¿Cómo podrá un joven llevar una vida inocente?
                        Cumpliendo tus palabras.
10         Yo te busco de todo corazón,
                        no permitas que me aparte de tus mandatos.
11         En la mente conservo tus consignas,
                        para no nunca ir a ofenderte
12         Bendito eres, Señor,
                        enséñame tus decretos.
13         Voy a repasar con mis labios
                        los preceptos que tú has dado.
14         Me alegra más seguir tus leyes
                        que abundar en la riqueza
15         Medito tus normas,
                        y considero tus reglas de conducta.
16         Tus decretos son mi delicia,
                        no olvidaré tus palabras.

17         Sé bueno con tu siervo, y viviré
                        guardando tus palabras.
18         Ábreme los ojos para que pueda contemplar
                        las maravillas de tu voluntad.
19         Vivo desterrado en este mundo,
                        no me ocultes tu voluntad
20         Mi corazón se agota
                        anhelando siempre tus preceptos.
21         Tú reprendes a los orgullosos:
                        malditos los que desobedecen tus mandatos.
24         Tus leyes son mi delicia,
                        en ellas buscaré consejo.

Referencias

De la Sagrada Escritura:

·       Hubo en todo el Oriente antiguo hombres que, ejerciendo la adivinación (cf. Núm 22,5s; Dan 2,2; 4,3s), eran considerados aptos para recibir mensajes de la divinidad. Y profetas hubo en Israel que cumplieron análoga función (1Re 22,1-29). Pero esto no es lo más propio del ministerio profético en el pueblo de Dios. En realidad, detrás de la voz del profeta está la voz del Dios clemente y misericordioso, sabio y fiel que convoca sin cesar a su pueblo, lo educa, lo corrige, en fin, lo interpelaq y cuestiona.

·       La voz cuestionante del profeta suele resultar demasiado incómoda, y por ello el profeta tendrá como sino la persecusión: se exterminó a los profetas bajo el reinado de Ajab (1Re 18,4.13; 19,10.14), probablemente bajo Manasés (2Re 21,16), ciertamente bajo Yoyaquim (Jer 26,20-23). Jeremías no ve nada de excepcional en estas matanzas (Jer 2,30); en tiempos de Nehemías su mención ha venido a ser un tópico (Neh 9,26), y Jesús podrá decir: “Jerusalén, que matas a los profetas…” (Mt 23,37).

·       La idea de que la muerte de los profetas es su última y decisiva profecía se va, pues, abriendo campo. La misión del Siervo de Yahvé, culminación de la serie, comienza en la discreción (Is 42,2), y se consuma en el silencio del cordero llevado al matadero (Is 53,7). Este fin se veía venir: desde Moisés era tarea profética no sólo cuestionar sino interceder por el pueblo (cf. Is 37,4; Jer 7,17; 10,23s; Ez 22,30); el Siervo, figura de Cristo Paciente, salva a los pecadores de la muerte muriendo en intercesión por ellos (Is 53,5.11s).

De diversos Pensadores:

·       Los héroes, hijo mío, jamás tienen pretextos. —Elías M. Zacarías.

·       Más fácil es parecer dignos de empleos que no se tienen, que de aquellos que se desempeñan. —La Rochefoucauld.

·       Ya que tantos en el mundo aprendieron a vivir sin creerle a Dios, quiso Jesús hacer su camino por la tierra sin creerle al mundo. —Fray Nelson Medina F., O.P.

·       No te preguntes únicamente qué tan feliz eres tú, sino qué tan felices son los que viven contigo. —Marden.

·       Premia el mundo más a menudo las apariencias de mérito que el mismo mérito. —La Rochefoucauld.

·       Si Dios te tratara con la indiferencia con que tú lo tratas, ¿cómo te iría? —Anónimo.

·       La ira es una locura breve. —Horacio.

·       La justicia es la verdad en acción. —Joseph Joubert.

·       Daña a los buenos la demasiada indulgencia con los malos. —Anónimo.