Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia 47. EL SUENO DE DANIEL

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41. EL SUEÑO DE DANIEL
 

  1. En determinados asuntos no es fácil. Hay que intentar de corazón comprender (Dn 10,12). Dios habla de muchas maneras. En el sueño de Daniel su palabra desciende a las profundidades del mundo no consciente y supera la censura individual y colectiva. Lo podemos comprender, si identificamos cuatro imperios bestiales que, sucesivamente, dominan la tierra en los últimos cinco siglos y, sobre todo, si percibimos las señales del reino de Dios que manifiestan a nuestra generación el juicio de las naciones.

  2. El libro de Daniel aparece en el marco de un movimiento de resistencia frente a la dominación griega. El imperio griego quiere unificar a los pueblos del Próximo Oriente con la imposición de un culto extraño: El rey publicó un decreto en todo el reino ordenando que todos formaran un único pueblo y abandonara cada uno sus peculiares costumbres. Los gentiles acataron todos el decreto real y muchos israelitas aceptaron su culto, sacrificaron a los ídolos y profanaron el sábado (1 Mc 1,41-43). Debían seguir costumbres extrañas al país (1,44), profanar el santuario y lo santo (1,46). Quien desobedezca el decreto, morirá. El rey mandó levantar sobre el altar del templo un altar pagano, la abominación de la desolación (1,54).

  3. Este plan imperialista y criminal lo promueve Antíoco IV Epífanes, que reina desde el 175 al 164 a.C. Partiendo de su capital, Antioquia, quiere dominar Egipto, pero tiene que apoderarse primero de Palestina. La cosa parece fácil, pues cuenta con la complicidad de sacerdotes judíos. Sin embargo, se levanta una firme resistencia, que no duda en afrontar un tiempo de prueba y una cruel persecución.

  4. Al principio, los asideos, hombres piadosos que se organizan en hermandades, se unen a la resistencia política de los macabeos. Pero pronto el movimiento se divide. Los macabeos persiguen la liberación religiosa y política por medio de las armas. Los asideos quieren ante todo restablecer el culto y, adoptando una resistencia pacífica, renuncian a esperar la liberación de manos de los hombres y ponen su confianza en  Dios. Su lucha es la manifestación de un combate más amplio que se libra en la historia entre Dios y las fuerzas del mal.

  5. El sumo sacerdote Onías, que había defendido el tesoro del templo frente a Heliodoro (2 Mc 3), es acusado de conspirar contra el Estado y es depuesto. Se retira a un lugar de refugio. Denuncia los abusos del sumo sacerdote y es asesinado (4,30-38). Su hermano Jasón, al difundirse el falso rumor de la muerte de Antíoco, ataca a Jerusalén matando a sus propios ciudadanos (5,5-6). Cuando el rey se enteró de lo sucedido, regresó de Egipto, rabioso como una fiera, tomó la ciudad por las armas, y ordenó a los soldados que hirieran sin compasión a los que encontraran y que mataran a los que subiesen a los terrados de las casas. Perecieron jóvenes y ancianos, mujeres y niños, y degollaron a doncellas y niños de pecho. En solo tres días perecieron ochenta mil personas (5,11-14).

  6. Durante varios siglos, la dominación griega ha ido empapando el Próximo Oriente y también Palestina. Pero en el conflicto entre paganismo griego y fe judía hay tres años de crisis, marcados por la sublevación de Judas, llamado el macabeo, desde el año 167 al 164 a.C. Al final, Judas entra en la ciudad y purifica el templo (10,1-8). 

  7. En su forma actual, el libro de Daniel se difunde en el año 164, poco antes de la muerte de Antíoco. En el momento más duro de la persecución, es un mensaje de esperanza para los creyentes. Les ayuda a tomar conciencia del sentido de la lucha que sostienen. Relatos transmitidos entre los judíos de la diáspora se hacen actuales. Estos relatos presentan la figura de Daniel, uno de los judíos desterrados en Babilonia (Dn 5,13),  hombre dotado de espíritu profético (4,5), que tiene el don de interpretar sueños y visiones, revelando así el sentido de la historia (1,6.17;2,25). Precisamente, eso lo que hace falta en la persecución del siglo II. Lo que está pasando es un enigma que desborda. Se necesita una revelación de Dios.

  8. Daniel es un personaje de tiempos pasados (Ez 14,14.20), a quien Dios revela el futuro. El profeta lo escribe en un libro que ha de sellar hasta que llegue el momento de ser publicado. En la primera parte, varios relatos y sueños revelan el sentido de la historia y anuncian el juicio de las naciones: la estatua de los pies de barro (Dn 2,1-49), la adoración de la estatua de oro y los jóvenes en el horno (3,1-30), el árbol reducido a tocón y el emperador convertido en fiera (4,1-34), la cena de Baltasar (5,1-30), Daniel en el foso de los leones (6,2-29), el sueño de Daniel (7,1-28). En la segunda parte, diversas visiones presentan el destino del mundo como un combate entre Dios y las fuerzas del mal: el carnero y el macho cabrío (8,1-27), las setenta semanas de años (9,1-27), el hombre vestido de lino (10,1-21), la gran tribulación y la abominación de la desolación (12,1-13). Son añadidos posteriores: la oración de Azarías y el canto de los tres jóvenes (3, 24-90), la oración de Daniel (9,1-27), la historia de Susana (13,1-64) y los relatos de Bel y el dragón (14,1-42). El judaísmo y el protestantismo no reconocen como canónicos los escritos añadidos.

  9. El año primero de Baltasar, rey de Babilonia, Daniel tuvo un sueño, que enseguida puso  por escrito: Los cuatro vientos del cielo agitaron el mar grande, y cuatro bestias enormes, diferentes todas entre sí, salieron del mar. La primera era como un león con alas de águila... A continuación, otra semejante a un oso, levantada de un costado, con tres costillas en las fauces... Después, yo seguía mirando y vi una bestia como un leopardo con cuatro alas de ave a su dorso... Después seguí mirando, en mis visiones nocturnas, y vi una cuarta bestia, terrible, espantosa, extraordinariamente fuerte; tenía enormes dientes de hierro, comía, trituraba, y lo sobrante lo pisoteaba con sus patas... Mientras yo contemplaba, se aderezaron unos tronos y un anciano se sentó... Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban delante de él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros... Yo seguía contemplando en las visiones de la noche. Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un hijo de hombre. Se dirigió hacia el anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Daniel se acerca, en el sueño, a uno, que le da la interpretación: Estas cuatro grandes bestias son cuatro reyes que surgirán de la tierra. Los que han de recibir el reino son los santos del Altísimo.  

  10. Las bestias machacan, trituran, dominan, blasfeman. La historia humana muestra, hoy como ayer, la capacidad de destrucción que el poder tiene en sus manos. La bestia se ceba en un tipo particular de hombres: los santos del Altísimo (7,18.25). Los creyentes sufren la tentación de ceder, pero reciben un mensaje de esperanza: juzgarán la historia (7,9), anunciarán el fin de la bestia (7,11-12), la victoria definitiva será suya (7,13-14.27). El anciano y el hijo del hombre aparecen con rostro humano.

  11. El sueño presenta una misteriosa figura humana. Es como un hijo de hombre, que viene sobre las nubes del cielo y es llevado a la presencia del anciano (7,13). Sin excluir el aspecto comunitario del pueblo de los santos, la figura se cumple en Jesús, cabeza del pueblo de Dios. Jesús se define a sí mismo como el hijo del hombre. En los evangelios la expresión misteriosa aparece siempre en boca de Jesús (Mc 10,33; Jn 9,35). A un pueblo creyente, perseguido por poderes bestiales, se le anuncia una esperanza: como un hijo de hombre que viene sobre las nubes del cielo. Jesús es el hijo del hombre, el hombre crucificado por poderes bestiales y constituido Señor de la historia, lo mismo que Dios. En impresionante desafío, dice Jesús a Caifás: A partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la derecha del poder y venir sobre las nubes del cielo (Mt 26,64). Viene a juzgar. Podemos percibir las señales del reino de Dios entregado a Jesús. El juicio de las naciones es actual.

  12. Las víctimas de los últimos cien años son innumerables: 8-10 millones en la primera guerra mundial, con la caída del imperio alemán y del zarismo; 40-52 millones (entre ellos 4-6 millones de judíos) en la segunda guerra mundial,  con la caída del nazismo y del imperio nipón; víctimas de Hiroshima y Nagasaki, guerra y posguerra española, campos de concentración y represiones soviéticas, guerra de Vietnam, desaparecidos argentinos, Ruanda, Bosnia, Torres Gemelas, Afganistán, Irak, conflicto palestino-israelí....