Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia 6. TIERRA QUE MANA LECHE Y MIEL

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6. TIERRA QUE MANA LECHE Y MIEL


1. La experiencia de fe, experiencia de éxodo, no se queda en la asombrosa soledad del desierto (Dt 32,10), sino que conduce a una tierra que mana leche y miel (Ex 3,8). Saben bien lo que esto significa quienes, por motivos políticos, raciales, económicos, culturales o religiosos, se ven obligados a dejar su país, en tierra extraña, sin amigos, sin conocer la lengua y sin saber adonde ir, quizá con una documentación insuficiente y con escasa información de las costumbres del nuevo país.

2. Son muchos los que sufren el desarraigo que suponen la emigración, el destierro y el exilio. Se estima que actualmente, en nuestro mundo, hay 28 millones de refugiados. Son muchos los que se ven obligados a hacer la maleta: Yo tengo preparada la maleta. Una maleta grande, de madera. La que mi abuelo se llevó a La Habana; mi padre, a Venezuela. La tengo preparada: cuatro fotos, una escudilla blanca, una batea...La tengo ya cerrada y, rodeándola, un hilo de pitera. Ha servido de todo: como banco de viajar en cubierta, y como mesa y, si me apuran mucho, como ataúd me han de enterrar en ella (Pedro Lezcano).

3. Pero no siempre es malo hacer la maleta. Al exilio, que es un modo de muerte, corresponde siempre un asilo, que en cierto modo es la vida. Dejar la propia tierra puede suponer una liberación y el descubrimiento de un nuevo horizonte. La historia de Abraham comienza saliendo de su tierra: Sal de tu tierra (Gn 12,1). Fiel a la llamada de Dios, Abraham deja su tierra, símbolo de la humanidad dispersa, para ir a otra tierra, donde la humanidad tiene futuro.

4. Hace más de 3.500 años, un grupo relativamente grande de semitas (hebreos o habiru) tuvieron que dejar su tierra, buscando el pan que en aquel momento ofrecía Egipto. Encontraron pan, pero también esclavitud social y religiosa. Los hijos de un Dios que les hacía sentirse libres sobre el mundo tuvieron que inclinar su frente ante los nuevos amos del poder y del dinero.

5. En todos los hogares de Israel se oyó un clamor que llegaba al cielo. Luchar abiertamente contra Egipto hubiera sido imposible. Pero había otra salida: escapar todos a una, arriesgarse en las duras jornadas del desierto, buscar así la libertad. En el fondo de los acontecimientos reconocieron la presencia de Dios. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de la Alianza es también el Dios del Exodo. Dios estaba con ellos, les acompañaba en la aventura de la libertad.

6. A pesar del riesgo económico, de la inseguridad del desierto y de la policía imperial, una noche memorable los esclavos de Egipto se pusieron en camino. Conforme a sus temores, las jornadas fueron duras: soldados egipcios, el mar, el desierto...todo parecía alzarse en su contra. Pero Dios fue más fuerte que todos sus temores: Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación (Ex 15).

7. En la experiencia bíblica, Dios protege al forastero, escucha su clamor como escuchó el clamor de los hebreos. Por eso se dice en el Exodo: No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto (Ex 22,20). Y en el salmo 146: el Señor protege a los forasteros.

8. Como narra el Evangelio, Cristo nace en Belén como forastero sin techo: no había lugar (Lc 2,7). Nace en una familia, que primero huye a Egipto buscando refugio frente a la persecución de Herodes (Mt 2,13-15) y después huye a Galilea, a Nazaret, en el reinado de Arquelao (Mt 2,22-23). En el pasaje del juicio final Cristo aparece como forastero acogido o rechazado (Mt 25,35 y 43). San Pedro exhorta a los cristianos a vivir como extranjeros y forasteros en este mundo (1 P 2,11). San Juan sufre el destierro en la isla de Patmos por causa de la Palabra (Ap 1,9) y espera un cielo nuevo y una tierra nueva (21,1).

9. Veamos algunas lecciones de la historia. En 1492 concluye la reconquista española de los territorios que en la península ocuparon los árabes por espacio de casi siete siglos. Los Reyes Católicos (de forma muy poco cristiana) decretan la expulsión de judíos y moros. Pueblos enteros tienen que emigrar. Los moros se dirigen especialmente hacia el norte de Africa. Los judíos escapan hacia Europa.

10. Ultimo domingo de septiembre de 1992, día de la Inmigración. Los periódicos dicen que más de 30 inmigrantes han muerto al intentar cruzar en pateras el Estrecho. Las lecturas que ese día se leen en todas las iglesias son impresionantes: los lugares santos (Sión, Garizim) no os salvarán, si no os doléis de los desastres de José (Am 6,1-7); el Señor da pan a los hambrientos, protege al forastero (Sal 146); el pobre Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba (Lc 16,19-31). Inmigrantes de toda Africa intentan acercarse a la mesa de la rica Europa. Buscan un poco de pan y de amistad: ¿qué podemos hacer?.

11. Según el reciente informe del Departamento de Población de la ONU, Europa necesita 159 millones de inmigrantes hasta el año 2025 para paliar el envejecimiento de la población y para mantener el equilibrio medio actual: entre cuatro y cinco personas activas por jubilado (La Vanguardia, 6-1-2000). Esta observación se basa en la tasa de fecundidad media actual (1'4 hijos por mujer) y en el envejecimiento inevitable de la sociedad europea. La consecuencia demográfica es que, sin aportaciones exteriores, dentro de 50 años sólo habrá dos personas activas por una inactiva en Europa. Por tanto, lo queramos o no, somos una sociedad obligada a la solidaridad con los inmigrantes: cuanto antes tomemos conciencia de ello, mejor.

12. Las sociedades occidentales avanzan hacia un pluralismo étnico y cultural imparable, que supone para las mismas no ya un problema, sino una solución. Ahora bien, ninguna política de emigración puede hacerse si los pueblos se oponen a ella con actitudes racistas. Es posible que, por razones de identidad, ningún país europeo se arriesgue a acoger en los próximos 25 años a 23 (Francia), 26 (Italia), 44 (Alemania), 12 (España) millones de inmigrantes. Lo cierto es que ningún país podrá prescindir de ellos. Dice Sami Naïr, eurodiputado socialista y profesor en París: "Hay que establecer políticas contractuales a largo plazo con los países abastecedores de mano de obra, organizar los flujos, fomentar los contratos temporales, integrar realmente -a través de la escuela, de la cultura, de la participación ciudadana- a aquellos que ya están aquí y, por último, no asustar a los ciudadanos de los países de acogida".

13. Europa está llamada a ser tierra prometida, tierra que mana leche y miel (Ex 3,8) para muchos que "en el desierto erraban, por la estepa, no encontraban camino de ciudad habitada" (Sal 107,4). Para ello es preciso cambiar de mentalidad, recordar que "también nosotros fuimos extranjeros" (Ex 23,9), perder el miedo, preparar (ya desde ahora) el futuro, superar los déficits existentes en materia legislativa y en protección social, afrontar el fenómeno con una planificación global (sin excluir los necesarios controles policiales, laborales y sanitarios), acoger esta palabra profética: "En tiempo favorable te escucharé y en día nefasto te asistiré. Yo te formé y te he destinado a ser alianza del pueblo, para levantar la tierra, para repartir las heredades desoladas, para decir a los presos: Salid, y a los que están en tinieblas: Mostraos" (Is 49,8-9).

14. En el Evangelio, la aspiración a poseer la tierra se relativiza, queda en segundo plano. El Reino de Dios no viene por los caminos del poder y de la fuerza: Dichosos los no violentos porque ellos poseerán la tierra (Mt 5,4). Más aún, hay quienes se despojan de campos (Mc 10,29), quienes lo dejan todo y reciben mucho más: Ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna (10,30).

Diálogo: ¿Qué podemos hacer?