Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia HOMBRE VIEJO, HOMBRE NUEVO


CATEQUESIS 13


HOMBRE VIEJO, HOMBRE NUEVO


PRESENTACIÓN

Ya vimos que el centro de atención del tercer núcleo es el hombre. Este es contemplado no desde el saber filosófico, sociológico o psicológico, sino desde la "sabiduría" de la fe, esto es, desde una perspectiva bíblica. En definitiva, es Cristo quien nos revela el misterio del hombre.

En este contexto, la Catequesis 13, titulada "Hombre viejo, hombre nuevo", pretende destacar simplemente dos de los aspectos que caracterizan a este hombre visto desde la fe: su aspecto de hombre "pecador", esto es, el hombre "viejo" según Adán; y su aspecto de hombre "redimido", o sea hombre "nuevo" configurado según Jesucristo.

La dinámica de la fe exige que el hombre viva en continua dialéctica de superación del hombre viejo por el hombre nuevo. Es la tensión específica de todo proceso de conversión. Convertirse es una de las primeras llamadas que Jesús realiza en su vida pública: "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos" (Mí 4,17).

La llamada de Jesús responde a una concepción del hombre en la que el pecado es una realidad que ha hecho presa en él y la gracia es una meta conseguida por la redención. La conversión, como proceso dinámico de paso de un estilo de vida a otro, es la meta de toda catequesis. En concreto, los objetivos que se pretenden en ésta son:

Objetivos

 

Observaciones generales

Esta catequesis consta de dos partes muy definidas y precisas, especificadas en su título: "Hombre viejo, hombre nuevo".

Dentro de esta primera parte hay dos apartados muy importantes y significativos que pueden ocupar bien dos sesiones de catequesis. En el primer apartado, "Reflexiones sobre el pecado en el hombre", a través de la lectura de la documentación y del diálogo se pretenden analizar tres aspectos: el pecado es una condición histórica del hombre; el pecado es lo que hace que el hombre sea "viejo", y, por último, el sentido del pecado lo descubrimos a través de la fe. En el segundo apartado, "Posturas de Cristo ante los pecadores", se pretende descubrir a Cristo ante el pecado y el pecador.

En caso de querer celebrar una sola sesión, que el catequista suprima las cuestiones menos significativas, con tal de que se vean los dos apartados de esta primera parte.

La dinámica de esta segunda parte es la de trabajo en grupo, reflexionando sobre la palabra de Dios, y una puesta en común. Fundamentalmente va a estar centrada en descubrir la dimensión de hombre nuevo en cuanto redimido por Cristo.


 

Primera parte


En otros tiempos erais tinieblas


1. Introducción

Con esta catequesis se inicia el núcleo centrado en el hombre, según la revelación que de él hace Jesucristo, como se dice en la presentación. Por tanto, el catequista puede introducir esta sesión con estas o parecidas ideas:


2.
Reflexión sobre el pecado en el hombre

El catequista podrá observar que el cuestionario que se adjunta como pauta para esta "reflexión" ofrece interrogantes existenciales, porque no se busca una reflexión teórica y especulativa, sino con clara proyección a la vida del grupo.

La documentación que precede a cada cuestionario es una síntesis teológica del aspecto que se va a reflexionar. Con ello se ha querido facilitar una fuente doctrinal para la consulta del grupo.

Los pasos que el grupo debe dar son los siguientes:


Cuestionario y síntesis para el catequista

a) El pecado, condición histórica del hombre

Lectura de Documentación 1 (y 2).

Cuestionario para el diálogo:

Conciencia de pecado. El gran pecado de hoy quizá sea haber perdido la "conciencia de pecado". Tener sensibilidad a los juicios morales de bien o mal es capital para garantizar un orden ético. Tener conciencia es no ser impermeable al mal. ¿No se estará dando un "pasotismo" también en los comportamientos éticos? Se peca, pero como si no hubiese tal pecado.

Experiencia de pecador. Difícilmente puede darse esta experiencia si falla la "conciencia" de pecado. Pero también es verdad que puede haber "conciencia" y no haber "experiencia". Tener experiencia es asumir la responsabilidad del pecado cometido y sobre todo tener las actitudes básicas, esto es: sentimiento de pobreza y limitación, apertura al perdón y al arrepentimiento, necesidad de salvación por parte de Dios, conciencia de ruptura con Dios, con los demás y consigo mismo, etc.

b) El pecado configura al hombre viejo

Lectura de Documentación 3 (y 4).

Cuestionario para el diálogo:

  • ¿Somos suficientemente conscientes del pecado en cuanto ruptura con Dios, con los demás y con nosotros mismos?

    • ¿Cuáles son los impactos del pecado en relación a Dios, a los demás y a nosotros mismos?

    Ser consciente del pecado como ruptura. No sólo "saber" que el pecado es una ruptura, sino saber la naturaleza de esas rupturas, la trascendencia que tienen, su importancia y, sobre todo, las consecuencias. Estas consecuencias se concretan en los impactos; v.gr.: abandono de las exigencias religiosas, endiosamiento del propio "yo", absolutizar las cosas y relativizar a Dios, marginar a los otros, romper la comunión de vida en la Iglesia, convertir a los demás en instrumentos de los propios intereses, imposición del "yo", ceguera y sordera a las necesidades de los otros, etc. Muchos son los posibles impactos. Todos los males existentes tienen su causa radical en el pecado.

    c) Sólo desde la fe se descubre el sentido auténtico del pecado

    Lectura de Documentación 5.

    Cuestionario para el diálogo:

    Sólo desde la fe se descubre el pecado. Si lo radical del pecado es el rechazo de Dios, es lógico que sólo desde la perspectiva de Dios, desde la fe, se pueda descubrir el pecado. Pero además el pecado es "negación", es tiniebla, es egoísmo, es idolatría, y tales características se descubren desde los valores positivos cuyo origen y plenitud es Dios; v.gr.: Dios es lo absoluto y positivo, es la luz, es el amor generoso y desinteresado, es lo auténtico y real, etc. Inmersos en la tiniebla, necesitamos de la luz. Por eso es un "don" del Espíritu el reconocer el pecado. En ese reconocimiento está ya el comienzo de la salvación.

     

    3. Posturas de Cristo ante los pecadores

    Este tercer apartado es una iluminación a la reflexión anterior desde una perspectiva de esperanza. Tomar conciencia y experimentar la propia miseria del pecado puede llevar a sentimientos de desesperanzas:

    La postura de Cristo nos habla de sentimientos distintos; de ahí que el objetivo de este apartado sea analizar algunos de los relatos bíblicos en los que aparece Jesús ante quienes se consideran pecadores.


    Observaciones metodológicas

  • Se abre un diálogo que puede centrarse en estos tres puntos:

    • Postura de Cristo.

    • Postura del interesado (pecador).

    • Influencia del ambiente.

  • Se puede profundizar en el diálogo a través de esta u otra cuestión parecida: ¿Qué sentimiento religioso y qué actitud me evoca este relato bíblico?


  • Síntesis de cada texto bíblico

    • Ante la mujer adúltera: Jn 8,1-11. Por un lado aparecen "escribas y fariseos", guardianes de la letra de la ley. Por otro, la adúltera, que encarna el pecado, el delito. Y, por fin, Jesús, que quiere llevar la ley a su plenitud. El resultado es claro: predomina la misericordia. Jesús resalta dos consejos: no ser jueces de los demás y, respecto a la mujer, que no vuelva a pecar.

    • Ante Zaqueo: Lc 19,1-10. Los personajes son: "Zaqueo", considerado públicamente pecador, pero que manifiesta interés por conocer a Jesús; "Jesús", que se invita a casa de Zaqueo, y "los demás", que murmuran por ese encuentro.

    Lo más significativo es que el interés de Zaqueo encuentra respuesta en el acercamiento de Jesús, sin temer a la crítica. Lo importante es que "le salva". Zaqueo también responde con el arrepentimiento y devolviendo lo robado.

    Jesús perdona donde encuentra actitud de apertura al perdón y a la salvación.

    • Ante el paralítico: Mc 2,1-12. Además del "paralítico", necesitado de curación y de perdón, y de "Jesús", que entra en diálogo con el paralítico, están los "escribas", criticando la postura de Jesús, como siempre. El encuentro de Jesús con el paralítico cristaliza en perdonar los pecados, aunque fue presentado a El para que le curara. La crítica y la extrañeza hacen que Cristo haga un signo externo de su poder para perdonar: le cura la parálisis. Para el perdón, cualquier ocasión es buena, con tal que nos lleve con apertura al encuentro con el Señor.

    • Parábola del hijo pródigo: Lc 15,11-24. La parábola refleja cuál es la postura que Cristo aplica a Dios ante el pecador. Es fundamental el respeto a la libertad; le sigue el dolor y la espera por recuperar el hijo; y termina con el gozo y la alegría por el encuentro, expresándolo en una fiesta. Aquí se cumple el dicho de Jesús: "Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos" (Lc 15,7).

    Una vez analizado el comportamiento de Cristo, ¿puede el hombre pecador sentirse con miedo y "condenado"? En absoluto. El pecado no puede llevamos al derrotismo. Siempre es posible el perdón, si hay actitud de apertura a Jesús que perdona. Precisamente en la segunda parte vamos a descubrir que el hombre ha sido redimido.


    4.
    Momento de oración

    Con el salmo 50 el grupo catecumenal revive y expresa los dos sentimientos profundos subyacentes en él: confesión de los propios pecados ante Dios y la seguridad de ser renovados por el Espíritu en lo más hondo de nuestro ser (cf CLN 508). También puede cantarse ¿Quién me librará?, de Camino de Emaús 1.

    ¿Quién me librará?

    ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
    ¿Quién me librará? ¡Pobre de mí!
    Esclavo soy por mis pasiones.
    ¿Quién me librará?
    ¿Quién me librará de esta fuerte cadena?
    ¿Quién me librará?
    Pues hago el mal que aborrezco.
    ¿Quién me librará?

    ¿Quién me librará?
    ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?
    ¿Quién me librará?
    Señor, tú eres mi salvador.
    Señor, tú eres mi único Dios.

    ¿Quién me librará del temor que me ahoga?
    ¿Quién me librará?
    Pobre de mí, sin rumbo voy en mi camino.
    ¿Quién me librará?
    ¿Quién me librará de esta ciega atadura?
    ¿Quién me librará?
    Pues no hago el bien que deseo.
    ¿Quién me librará?


     

    Segunda parte


    Pero ahora sois luz en el Señor


    1. Introducción

    Esta segunda parte de la catequesis nos va a presentar el reverso del "hombre viejo", esto es, el "hombre nuevo". El catequista puede abrir la sesión con estas ideas:

    Una vez hecha esta breve introducción, se invita a los miembros del grupo catecumenal a formar pequeños grupos de trabajo.


    2.
    Trabajo en grupo

    Textos bíblicos

    a) Redimidos en Cristo Jesús:

        Textos: Rom 6,1-14 y Col 2,12-15.

    b) Si redimidos, ¿quién contra nosotros?:

        Texto: Rom 8,31-39.

    c) Vivir según el hombre nuevo:

        Textos: Col 3,1-14; Ef 4.17-32: 5,1-18.


    3. Puesta en común

    Los diferentes grupos se reúnen de nuevo para hacer la puesta en común. El método a seguir puede ser el siguiente:


    Resumen para la puesta en común

    a) Redimidos en Cristo Jesús: Rom 6,1-14 y Col 2,12-15

    En Rom 6,1-14 la síntesis es que por el bautismo nos hemos incorporado a Cristo y con su muerte ha vencido al pecado, debiendo nosotros, por tanto, vivir la vida nueva según Cristo. En Colosenses se repite la idea de que Cristo ha perdonado los pecados y por el bautismo hemos muerto al pecado y hemos resucitado a una vida nueva.

    Lógicamente, la vida cristiana no puede responder ya a las características del "hombre viejo", porque ya ha sido "crucificado" con Cristo por el bautismo. La experiencia de "ser pecador" no puede permanecer como definitiva, sino que ha de resurgir una nueva experiencia: la de "redimido" por Cristo.


    b) Si
    redimidos, ¿quién contra nosotros?: Rom 8,31-39

    Aunque ya hemos visto que la postura de Cristo frente a los pecadores es de acogida y de perdón, sin embargo, no es raro vivir en la experiencia del temor y del miedo. Nada más lejos de eso, según se nos dice en Rom 8,31-39. San Pablo hace un reto a todas las dificultades que pueden acechar al hombre, seguro de que no podrán contra el amor que Cristo nos tiene, demostrado en la redención y liberación del pecado. Por eso nadie nos podrá condenar.

    Las actitudes básicas que se derivan de tal mensaje son: seguridad del amor de Dios al hombre; agradecimiento porque está garantizado el perdón; fidelidad y constancia en el nuevo estilo de vida de "redimido", porque no habrá dificultad que sea capaz de separarnos de Cristo; la alegría de vivir sin complejos, sin miedos, sin temores, sin sobresaltos, desde el punto de vista moral y espiritual; la muerte de Cristo no ha sido en vano, etc. El estar redimido crea un estilo de vida distinto, el del "hombre nuevo".


    c) Vivir según el hombre nuevo: Col 3,1-14; Ef 4,17-22; 5,1-18

    Es la conclusión de los dos puntos anteriores. Si estamos "redimidos" por Cristo y no hay dificultad que pueda arrancarnos de Cristo, entonces estamos llamados a vivir la vida nueva según Cristo.

    En Col 3,1-14 san Pablo invita a que se viva al estilo de Cristo que es el hombre nuevo por la resurrección. En consecuencia señala un conjunto de comportamientos que tienen que desaparecer por ser característicos del hombre viejo y adquirir los típicos del hombre nuevo. En Ef 4,17-32 se acentúa el mismo mensaje. No podemos vivir como los paganos, como si no hubiésemos conocido a Cristo. De El hemos de aprender, abandonando el anterior modo de vivir. Y en Ef 5,1-18 se resalta el imitar a Dios viviendo como "hijos de la luz". Igualmente se señalan un conjunto de comportamientos propios del hombre nuevo.

    Muchas exigencias se pueden deducir de los anteriores textos bíblicos. Se trata de cambiar radicalmente los comportamientos de pecado que corresponden al hombre viejo. Y no son comportamientos abstractos, sino muy concretos: si antes mentía, no mentir; si era borracho, dejar el vino, etc.

    Aunque los textos son muy parecidos, sin embargo, ayudan a profundizar en las exigencias del hombre nuevo según el modelo.

    En el diálogo conviene que cada uno aporte lo que la palabra de Dios le dice y le exige. El compartir las propias experiencias también sirve de iluminación recíproca.


    Profundización

    Concluida la puesta en común sobre los textos bíblicos, se puede profundizar haciéndose una lectura comentada del texto del Vaticano II sobre el "hombre nuevo" (cf Documentación 6).

    No necesariamente ha de hacerse en una misma sesión. Puede ser en otra, o simplemente invitar al grupo a que lo lea en casa. Se destacan en negrita las frases más significativas en relación al tema catequético.


    Síntesis del tema catequético

    Como síntesis de las dos partes de la catequesis se ofrece la Documentación 7. Basta con que se haga una invitación al grupo para que pueda leerla en casa. Lógicamente, también puede ser objeto de un final de sesión catequética.


    4.
    Momento de oración

    El canto "Hombres nuevos" puede constituir la expresión religiosa conclusiva de esta catequesis (cf Hombres nuevos, de EsPINOSA, CLN 718).

    Danos un corazón grande para amar.
    Danos un corazón fuerte para luchar.

    Hombres nuevos, creadores de la historia,
    constructores de nueva humanidad.
    Hombres nuevos que viven la existencia
    como riesgo de un largo caminar.

    Hombres nuevos luchando en esperanza,
    caminantes, sedientos de verdad.
    Hombres nuevos, sin frenos ni cadenas,
    hombres libres que exigen libertad.

    Hombres nuevos, amando sin fronteras,
    por encima de razas y lugar.
    Hombres nuevos, al lado de los pobres,
    compartiendo con ellos techo y pan.


     

    Documentación


    1. El pecado, condición histórica del hombre

    "Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre". Así canta el salmista (Sal 50,7), reflejando la realidad del hombre en su contexto histórico. El pecado constituye una de las dos formas de estar y de vivir la existencia humana ante Dios: bajo el signo del pecado o bajo el signo de la gracia.

    El mensaje religioso del origen del hombre según el Génesis nos relata la creación y en ella el pecado del hombre (Gén 3). Al hombre, pues, hay que entenderlo desde su realidad de "hombre pecador". Es una de las características de la visión que del hombre ofrece la Biblia. San Juan dirá: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros... Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y no poseemos su palabra" (1 Jn 1,2-10).

    El pecado arraiga tan profundamente en la naturaleza humana y en el corazón del hombre, que se hace como connatural al hombre mismo. Se crea una "personalidad de pecador" (Rom 6,6). Y nadie puede llamarse ni considerarse "santo" ante Dios, porque, como el salmista, diremos: "Tengo siempre presente mi pecado" (Sal 50,5). Y san Pablo dice: "Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria" (Rom 3,23).

    Por tanto, el hombre que conocemos, que existe, el hombre histórico, es un hombre impactado por el pecado. ¿Es el hombre consciente de ello? ¿Se lo plantea y lo asume con conciencia y responsabilidad? ¿Se acepta "pecador" y asume las exigencias que conlleva? Estas y otras cuestiones no pueden estar ausentes de la vida cristiana, porque no hay proceso de conversión si no hay conciencia de "ser pecador".


    2. Pérdida del sentido del pecado

    "Este sentido del pecado tiene su raíz en la conciencia moral del hombre y es como su termómetro. Está unido al sentido de Dios, ya que deriva de la relación consciente que el hombre tiene con Dios como su Creador, Señor y Padre. Por consiguiente, así como no se puede eliminar completamente el sentido de Dios ni apagar la conciencia, tampoco se borra jamás completamente el sentido del pecado.

    Sin embargo, sucede frecuentemente en la historia, durante períodos de tiempo más o menos largos y bajo la influencia de múltiples factores, que se oscurece gravemente la conciencia moral en muchos hombres. `¿Tenemos una idea justa de la conciencia?' —preguntaba yo hace dos años en un coloquio con los fieles—. `¿No vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una anestesia de la conciencia?' Muchas señales indican que en nuestro tiempo existe este eclipse, que es tanto más inquietante, en cuanto esta conciencia, definida por el concilio como `el núcleo más secreto y el sagrario del hombre', está `íntimamente unida a la libertad del hombre (...). Por esto la conciencia, de modo principal, se encuentra en la base de la dignidad interior del hombre y, a la vez, de su relación con Dios'. Por tanto, es inevitable que en esta situación quede oscurecido también el sentido del pecado, que está íntimamente unido a la conciencia moral, a la búsqueda de la verdad, a la voluntad de hacer un uso responsable de la libertad. Junto a la conciencia queda también oscurecido el sentido de Dios, y entonces, perdido este decisivo punto de referencia interior, se pierde el sentido del pecado. He aquí por qué mi predecesor Pío XII, con una frase que ha llegado a ser casi proverbial, pudo declarar en una ocasión que `el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado'.

    (...)

    La pérdida del sentido es, por tanto, una forma o fruto de la negación de Dios; no sólo de la atea, sino además de la secularista. Si el pecado es la interrupción de la relación filial con Dios para vivir la propia existencia fuera de la obediencia a El, entonces pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también vivir como si El no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria. Un modelo de sociedad mutilado o desequilibrado en uno u otro sentido, como es sostenido a menudo por los medios de comunicación, favorece no poco la pérdida progresiva del sentido del pecado. En tal situación el ofuscamiento o debilitamiento del sentido del pecado deriva ya sea del rechazo de toda referencia a lo trascendente en nombre de la aspiración a la autonomía personal, ya sea del someterse a modelos éticos impuestos por el consenso y la costumbre general, aunque estén condenados por la conciencia individual, ya sea de las dramáticas condiciones socio-económicas que oprimen a gran parte de la humanidad, creando la tendencia a ver errores y culpas sólo en el ámbito de lo social; ya sea, finalmente y sobre todo, del oscurecimiento de la idea de la paternidad de Dios y de su dominio sobre la vida del hombre" (JUAN PABLO II, RP • 18).


    3. El pecado configura la dimensión del hombre viejo

    No basta con saber, ni siquiera con asumir responsablemente nuestra condición de "hombre pecador". Es fundamental que el hombre descubra la naturaleza del pecado y su repercusión.

    El hombre construye su personalidad sobre tres pilares: relación con Dios, relación con los demás y relación consigo mismo. Pues el pecado trastorna esta situación de equilibrio provocando la ruptura en cada una de dichas instancias.

    La "ruptura con Dios" es la fundamental de las rupturas, puesto que se rompe el proyecto de salvación sobre el hombre. Es el rechazo que el hombre hace a Dios y a su plan de salvación: "Vino a su casa y los suyos no le recibieron" (Jn 1,11). La relación hombre-Dios, cuando se da el pecado, es una relación de tensión en la que Dios se hace continuamente "cercano" y "esperadizo" al reencuentro, mientras que el hombre se esconde, rehúye, porque "todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras" (Jn 3,19-20). El pecado desplaza a Dios para que el hombre pueda constituirse en "dios". Es la gran tentación de siempre: "Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal" (Gén 3,5). ¿Cuál sería la razón de ser del hombre sin Dios?

    La ruptura con los demás "hace que el hombre viva bajo la moral del egoísmo, del aislamiento, del odio y de la enemistad. La alianza, fundamento de la moral de gracia, queda rota por e pecado y, consecuentemente, la relación del hombre con sus hermanos es una relación hostil y de ignorancia". "¿Dónde está Abel, tu hermano?... No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?" (Gén 4,9). De igual manera, dicha ruptura se manifiesta en la acusación que uno hace del otro, no queriendo cada uno asumir su propia responsabilidad: "Adán respondió: La mujer que me diste... Ella respondió: La serpiente..." (Gén 3,12-13). La solidaridad, la comunidad, la convivencia, la colaboración, la corresponsabilidad, etc., quedan destruidas porque el hombre por el pecado ha establecido una ruptura con los demás.

    La tercera ruptura es "consigo mismo". El "yo" del hombre, rota su relación con Dios y con los demás, ha quedado cautivo de su propio egoísmo, que es lo mismo que decir que ha caído en el vacío de su propio "sin sentido". Porque, ¿qué es el hombre sin la verticalidad con Dios y sin la horizontalidad en los demás? ¿Cuál es el sentido de su "ser" y "existir"?

    Desde la fe sabemos que el pecado impide que el hombre alcance su identidad de hombre, su plenitud de equilibrio y felicidad, y no digamos nada respecto a su identidad cristiana, cuya esencia consiste fundamentalmente en la apertura a la salvación, a Dios. El pecado, por tanto, rompe también la relación que el hombre tiene consigo mismo de construir su personalidad, de ser "persona". El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su plenitud (GS 13).

    El hombre inmerso en esta condición de "ruptura consigo mismo" por el pecado quiere ser "norma" y "medida" de todas las cosas y para todos los demás. Cae en el infantilismo más desastroso, porque se incapacita para abrir los ojos fuera de sí y reconocer el valor y la identidad de los demás.

    De estas tres "rupturas" es fácil deducir las consecuencias y las repercusiones sobre el orden moral, religioso, social e individual. No hay acción del hombre que no esté minada por la cordura del pecado: "Es esto lo que explica la división íntima del hombre". "Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de dominar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas" (GS 13).


    4. Un
    mundo en pedazos

    "Estas divisiones se manifiestan en las relaciones entre las personas y los grupos, pero también a nivel de colectividades más amplias: naciones contra naciones y bloques de países enfrentados en una afanosa búsqueda de hegemonía. En la raíz de las rupturas no es difícil individuar conflictos que, en lugar de resolverse a través del diálogo, se agudizan en la confrontación y el contraste.

    Indagando sobre los elementos generadores de división, observadores atentos detectan los más variados: desde la creciente desigualdad entre grupos, clases sociales y países a los antagonismos ideológicos todavía no apagados; desde la contraposición de intereses económicos a las polarizaciones políticas; desde las divergencias tribales a las discriminaciones por motivos socio-religiosos.

    Por lo demás, algunas realidades que están ante los ojos de todos vienen a ser como el rostro lamentable de la división de la que son fruto, a la vez que ponen de manifiesto su gravedad con irrefutable concreción. Entre tantos otros dolorosos fenómenos sociales de nuestro tiempo, podemos traer a la memoria:


    5. Sólo desde la fe se descubre el sentido auténtico del pecado

    Si el fundamento de todas las rupturas es la ruptura con Dios, lógicamente el pecado hace siempre referencia a Dios, bien directamente, bien en relación al proyecto de salvación que existe sobre el hombre y el mundo. En definitiva, que el pecado es un concepto y una realidad moral religiosa. Es el juicio de Dios que calibra el comportamiento humano: "Al hombre le parece siempre recto su camino, pero es Dios quien pesa los corazones" (Prov 21,2).

    La tendencia humana es de resistencia a reconocer el propio pecado. Quizá por aquello de "todo el que obra perversamente detesta la luz, para no verse acusado por sus obras" (Jn 3,19-20). Lo cierto es que el hombre tiende a justificarse y a enjuiciarse favorablemente. ¿Quién, entonces, puede desvelar mi pecado con justicia? Sólo la fuerza del Espíritu. Es decir, sólo desde la perspectiva de Dios, desde la perspectiva de la fe, es como el hombre se descubre pecador: "El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena" (Jn 16,13). Y la verdad plena de Dios es también la verdad total sobre el hombre en su realidad de luz y sombra, de pecado y gracia.

    La fe es el paradigma de los valores sobrenaturales. Ella pone de manifiesto el bien, los mandamientos, nos descubre a Jesús como modelo, nos señala las exigencias morales, nos enfrenta cara a cara con el amor de Dios. Lógicamente, al descubrirnos el bien nos descubre el mal, al descubrirnos la luz nos descubre las tinieblas; al descubrirnos la verdad nos descubre la mentira. La fe, pues, pone al descubierto nuestro "yo" y lo que en él hay de bien, pero también de mal.

    Esta toma de conciencia de nuestro pecado a la luz de la fe es un "don", una "gracia". Se convierte en "buena noticia", porque del descubrimiento de nuestro pecado se descubre la grandeza del amor y del perdón de Dios: "¡Oh feliz culpa, que ha merecido tan gran Redentor!", es el canto de la pascua. No se trata, por tanto, de un reconocimiento que lleva al pesimismo, a la depresión espiritual ni, por supuesto, a la desesperación o desesperanza: "Sabemos también que a los que aman a Dios, todo les sirve para el bien..." (Rom 8,28). Y en definitiva, el hombre con conciencia de pecado siempre puede decir con san Pablo: "Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?... Dios es quien justifica, ¿quién condenará?"


    6.
    Vaticano II: Cristo, el hombre nuevo

    "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona.

    El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado.

    Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios `me amó y se entregó a sí mismo por mí' (Gál 2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo.para seguir sus pasos y, además, abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.

    El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el primogénito entre muchos hermanos, recibe `las primicias del Espíritu' (Rom 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es `prenda de la herencia' (Ef 1,14), se restaurainternamente todo el hombre hasta que llegue `la redención del cuerpo' (Rom 8,23). `Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros' (Rom 8,11). Urgen al cristiano la necesidad y el deber del luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección.

    Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual.

    Este es el gran misterio del hombre que la revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!, ¡Padre!" (22).


    7. Síntesis

    La imagen paulina "hombre viejo"-"hombre nuevo" sintetiza al hombre en dos de sus más fundamentales características: el pecado y la gracia, la tiniebla y la luz, su miseria y su grandeza. Quien quiera comprender al hombre desde la perspectiva bíblica, necesariamente se encuentra con esas dos situaciones: pecador y santo. La primera forma de vida nos configura con Adán; la segunda, con Cristo: "Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida" (1 Cor 15,22).

    Respecto al hombre viejo, cabe decir que el pecado constituye una constante en el hombre. Es su condición histórica, es decir, que el hombre que conocemos y existe es un hombre con "personalidad de pecador": "Pecador me concibió mi madre" (Sal 50,7). La raíz de todo pecado está en el llamado "pecado original", a partir del cual el hombre se sumerge en una triple ruptura, característica de todo pecado: ruptura respecto a Dios, rompiendo "la meta [que] es que todos juntos nos encontremos unidos en la misma fe y en el mismo conocimiento del Hijo de Dios, y con eso se logrará el hombre perfecto, que, en la madurez de su desarrollo, es la plenitud de Cristo" (Ef 4,13).

    Esta dialéctica de paso del hombre viejo al nuevo es propiamente la conversión, exigencia nunca plenamente cubierta, porque siempre hay algo del hombre viejo que permanece, y algo del hombre nuevo que no se acaba de alcanzar. Lo cierto es, sin embargo, que ya se ha realizado un gran cambio con la redención de Cristo, hasta el punto que san Pablo nos dice: "En otros tiempos erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor".


    8. Vaticano II: El pecado (GS 13)

    "Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Oscurecieron su estúpido corazón y prefirieron servir a la criatura, no al Creador. Lo que la revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación, tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación.

    Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lacha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe del este mundo (cf Jn 12,31), que le retenía enla esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud.

    A la luz de esta revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente su última explicación" (GS 13).


    9. El misterio del pecado

    "Si leemos la página bíblica de la ciudad y de la torre de Babel a la nueva luz del evangelio, y la comparamos con aquella otra página sobre la caída de nuestros primeros padres, podemos sacar valiosos elementos para una toma de conciencia del misterio del pecado. Esta expresión, en la que resuena el eco de lo que escribe san Pablo sobre el misterio de la iniquidad, se orienta a hacernos percibir lo que de oscuro e inaprensible se oculta en el pecado. Este es, sin duda, obra de la libertad del hombre; mas dentro de su mismo peso humano obran factores por razón de los cuales el pecado se sitúa más allá de lo humano, en aquella zona límite donde la conciencia, la voluntad y la sensibilidad del hombre están en contacto con las oscuras fuerzas que, según san Pablo, obran en el mundo hasta enseñorearse de él.


    La desobediencia a Dios

    De la narración bíblica referente a la construcción de la torre de Babel emerge un primer elemento que nos ayuda a comprender el pecado: los hombres han pretendido edificar una ciudad, reunirse en un conjunto social, ser fuertes y poderosos sin Dios, o incluso contra Dios. En este sentido, la narración del primer pecado en el Edén y la narración de Babel, a pesar de las notables diferencias de contenido y de forma entre ellas, tienen un punto de convergencia: en ambas nos encontramos ante una exclusión de Dios, por la oposición frontal a un mandamiento suyo, por un gesto de rivalidad hacia él, por la engañosa pretensión de ser `como él'. En la narración de Babel la exclusión de Dios no aparece en clave de contraste con él, sino como olvido e indiferencia ante él; como si Dios no mereciese ningún interés en el ámbito del proyecto operativo y asociativo del hombre. Pero en ambos casos la relación con Dios es rota con violencia. En el caso del Edén aparece en toda su gravedad y dramaticidad lo que constituye la esencia más íntima y más oscura del pecado: la desobediencia a Dios, a su ley, a la norma moral que El dio al hombre, escribiéndola en el corazón y confirmándola y perfeccionándola con la revelación.

    Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios; a lo largo de toda la historia humana esto ha sido y es bajo formas diversas el pecado, que puede llegar hasta la negación de Dios y de su existencia; es el fenómeno llamado ateísmo. Desobediencia del hombre que no reconoce mediante un acto de su libertad el dominio de Dios sobre la vida, al menos en aquel determinado momento en que viola su ley" (14).


    La división entre hermanos

    "En las narraciones bíblicas antes recordadas, la ruptura con Dios desemboca dramáticamente en la división entre los hermanos.

    En la descripción del `primer pecado', la ruptura con Yavé rompe al mismo tiempo el hilo de la amistad que unía a la familia humana, de tal manera que las páginas siguientes del Génesis nos muestran al hombre y a la mujer como si apuntaran su dedo acusando el uno hacia el otro; y más adelante el hermano que, hostil a su hermano, termina quitándole la vida.

    Según la narración de los hechos de Babel, la consecuencia del pecado es la desunión de la familia humana, ya iniciada con el primer pecado, y que llega ahora al extremo de su forma social.

    Quien desee indagar el misterio del pecado no podrá dejar de considerar esta concatenación de causa y efecto. En cuanto ruptura con Dios, el pecado es el acto de desobediencia de una creatura que, al menos implícitamente, rechaza a aquel de quien salió y que la mantiene en vida; es, por consiguiente, un acto suicida. Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios, también su equilibrio interior s'e rompe y se desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma, el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el mundo creado. Es una ley y un hecho objetivo que pueden comprobarse en tantos momentos de la psicología humana y de la vida espiritual, así como en la realidad de la vida social, en la que fácilmente pueden observarse repercusiones y señales del desorden interior.

    El misterio del pecado se compone de esta doble herida, que el pecador abre en su propio costado y en relación con el prójimo. Por consiguiente, se puede hablar de pecado personal y social. Todo pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro aspecto, todo pecado es social, en cuanto y debido a que tiene también consecuencias sociales" (JUAN PABLO II, RP 14 y 15).