Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia CATEQUESIS 4: EL ÉXODO: HABÉIS SIDO LLAMADOS A LA LIBERTAD


CATEQUESIS 4


EL ÉXODO: HABÉIS SIDO LLAMADOS A LA LIBERTAD

 

PRESENTACIÓN


El éxodo fue el acontecimiento fundamental de la historia de Israel. En él nació como pueblo y tomó conciencia de ser un pueblo elegido. En adelante todos los acontecimientos serán medidos y valorados en comparación con él.

Por su trascendencia puede ser considerado el prototipo de toda liberación, y por su carácter religioso, el punto de referencia para comprender lo que es la salvación que Dios nos ofrece en Cristo.

La fe, rectamente entendida, embarca al hombre en una aventura de liberación radical, personal y colectiva, en una lucha por superar en sí mismo y en los otros todo tipo de esclavitud y la raíz de todas ellas: el pecado.

En esta lucha el hombre no está solo: Dios se ha comprometido poniéndose de su parte.

El objetivo de esta catequesis es hacernos caer en la cuenta de nuestras esclavitudes, de las dificultades que encontramos para superarlas y del camino que hay que seguir para conseguirlas. Todo ello a la luz de la experiencia de Israel.


 

Primera parte

La libertad, ¿realidad o ilusión?

 

1. Introducción

Ciertamente tenemos que preguntarnos: ¿es la libertad una realidad o una ilusión? No pocas veces, dada la experiencia real de nuestra vida, nos inclinamos por considerarla una "ilusión". No es posible la libertad. Sin embargo, desde la fe, sabemos que Cristo ha realizado nuestra liberación. El ha hecho posible la libertad. Pero ¿de qué libertad se trata? El objetivo de esta sesión catequética es dar respuesta a esa pregunta.


2. Diálogo

Tratamos de ver hasta qué punto la libertad es una realidad en:


3. La esencia de la libertad

A partir de la Gaudium et spes 17 (cf documentación), tratar de ver en el grupo cuál es el origen, la verdadera naturaleza de la libertad y sus características.


4. La palabra de Dios

San Pablo se plantea (cf Rom 7,18-25) el problema de la libertad interior, de la libertad del corazón. Pero se siente incapaz de alcanzarla. Cristo es la respuesta.


5. Oración

Este cántico, basado en la carta a los Romanos (cf Rom 7,18-25), se encuentra grabado en el disco Camino de Emaús, editado por Ediciones Paulinas. Se puede cantar o recitar como acto conclusivo de la sesión catequética.

¿Quién me librará?

¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
¿Quién me librará?

Pobre de mí. Esclavo soy por mis pasiones.
¿Quién me librará?

¿Quién me librará de esta fuerte cadena?
¿Quién me librará?

Pues hago el mal que aborrezco.
¿Quién me librará?

¿Quién me librará?
¿Quién me librará de este cuerpo
que me lleva a la muerte?
¿Quién me librará

Señor, tú eres mi salvador.
Señor, tú eres mi único Dios.

¿Quién me librará del temor que me ahoga?
¿Quién me librará?

Pobre de mí, sin rumbo voy en mi camino.
¿Quién me librará?

¿Quién me librará de esta ciega atadura?
¿Quién me librará?

Pues no hago el bien que deseo.
¿Quién me librará?

¿Quién me librará?...


 

Segunda parte

La primera liberación, prototipo de todas las liberaciones (Ex 1-14)

 

A) Un pueblo esclavizado (Ex 1)


1. Introducción

Ciertamente, la libertad es posible; como hemos visto en la sesión catequética anterior. Pero la libertad es la respuesta a una situación de esclavitud. Israel vivió la experiencia de esclavitud y de libertad, convirtiéndose en prototipo de una y otra. Efectivamente, también hoy vivimos experiencias de esclavitud que están reclamando libertad.

Con esta sesión catequética iniciamos todo un análisis y reflexión del éxodo como acontecimiento salvador vivido por un pueblo creyente, pero que es repetible en nuestra propia historia personal y social.


2. Reflexión sobre el texto bíblico

Se comienza con la lectura de Ex 1. El cuestionario para el posterior diálogo será el siguiente:

Se concluye la reflexión con la lectura, a modo de síntesis, de la documentación.


3. Oración

En el salmo 21 el pueblo invoca a Dios en un momento de angustia, con la seguridad de que será escuchado.

Súplica, esperanza y acción de gracias

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas?
No te alcanzan mis clamores ni el refugio de mis palabras;

Dios mío, de día te grito, y no respondes;
de noche, y no me haces caso
aunque tú habitas en el santuario
donde te alaba Israel.

En ti confiaban nuestros padres,
confiaban, y los ponías a salvo,
a ti gritaban, y quedaban libres,
en ti confiaban, y no los defraudaste.

Pero yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;
al verme se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:

"Acudió al Señor; que lo ponga a salvo,
que lo libre si tanto lo quiere".

Fuiste tú quien me sacó del vientre,
me tenías confiado en los pechos de mi madre,
desde el seno pasé a tus manos,
desde el vientre materno tú eres mi Dios.

No te quedes lejos, que el peligro está cerca
y nadie me socorre.

Me acorrala un tropel de novillos,
me cercan toros de Basán,
abren contra mí las fauces
leones que descuartizan y rugen.

Estoy como agua derramada,
tengo los huesos descoyuntados;
mi corazón, como cera,
se derrite en mis entrañas;
mi garganta está seca como una teja,
la lengua se me pega al paladar;
me aprietas contra el polvo de la muerte.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores,
me taladran las manos y los pies
y puedo contar mis huesos.

Ellos me miran triunfantes,
se reparten mi ropa, se sortean mi túnica.

Pues tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a auxiliarme;
líbrame a mí de la espada,
mi única vida, de la saña del mastín;
sálvame de las fauces del león;
a este
pobre, de los cuernos del búfalo.

Hablaré de ti a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré:
"Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
respetadlo, linaje de Israel;
porque no ha sentido desprecio ni repugnancia
hacia el pobre desgraciado,
no me ha escondido su rostro;
cuando pidió auxilio, lo escuché".

Tú inspiras mi alabanza en la gran asamblea,
cumpliré mis votos delante de sus fieles.

Los desvalidos comerán hasta saciarse,
y alabarán al Señor los que lo buscan:
¡no perdáis nunca el ánimo!

Lo recordarán y volverán al Señor
desde los confines del orbe,
en su presencia se postrarán las familias de los pueblos.

Porque el Señor es rey, él gobierna a los pueblos.
Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo;
a mí me dará vida.

Mi descendencia le servirá y hablará del Señor,
a la generación venidera le anunciará su rectitud,
al pueblo que ha de nacer, lo que él hizo.

 

B) El libertador (Ex 2,23 - 4,17)

1. Introducción

La experiencia de esclavitud es una experiencia común a todos los hombres, porque todos hemos sido esclavos de situaciones, presiones, sentimientos, etc. Más aún, es posible que no sólo hayamos vivido como esclavos, sino también como opresores, esclavizadores. Hemos sido "faraones".

Dios, sin embargo, quiere liberar a su pueblo. Moisés es el elegido. La historia de la salvación es un acontecimiento ligado al compromiso de los hombres. ¿Quién puede ser Moisés hoy? Dios sigue necesitando de "líderes" que ayuden a salvar al pueblo de sus "esclavitudes".


2.
Reflexión sobre el texto bíblico

Se comienza con la lectura de Ex 2,23 - 4,17. Posteriormente se hace el siguiente cuestionario para el diálogo:

Como síntesis final se lee el texto de la documentación sobre el libertador que se encuentra en la documentacion.


 

3. Oración

¿A quién enviaré?

¿A quién enviaré?
¿Quién irá en mi lugar?,
¿quién a los hombres la esperanza anunciará?,
¿quién .será mi profeta?,
¿quién por mí hablará?
¿quién será mi testigo en la verdad?

Tú eres mi elegido,
tú irás en mi lugar,
tú has de ser un profeta de la paz.
Hablarás a mi pueblo,
la maldad denunciarás,
con mi fuerza, mi testigo tú serás.

¿Cómo dices, Señor?
¿que yo iré en tu lugar?
Tú sabes que soy pequeño
y que apenas sé hablar.
Pues mis labios son impuros
y me da miedo luchar;
no soy digno. Tú ya sabes que es verdad.

No tengas miedo, te voy a purificar.
No te inquietes. Yo por ti voy a actuar.
Te basta mi gracia, sólo en mí has de confiar,
pues mi Espíritu en tu ayuda acudirá.

(Cf el disco Camino de Emaús, en Ediciones Paulinas).

 

C) La lucha por la libertad (Ex 6,28 - 10,29).

1. Introducción

La libertad es una realidad difícil de conseguir y de mantener. De ahí que la lucha sea una parte integrante de su conquista.

Tenemos que ser conscientes de que el Faraón y Moisés no son representaciones simplemente de personas que entran en conflicto por la libertad, sino prototipos de situaciones y esferas de la vida. Hoy día el conflicto se centra, no pocas veces, entre el mundo económico-político y el mundo religioso. Ciertamente tenemos que comprometernos por la libertad, cuya plenitud está en Cristo. La lucha, por tanto, será una constante, una tarea para quienes quieran vivir en libertad.


2. Reflexión sobre el texto bíblico

Después de la lectura de Ex 6,28 - 10,29 se hace el siguiente cuestionario para el diálogo:

El pensamiento de la Iglesia sobre estos puntos puede verse en Gaudium et spes 16 y 74. Estos textos están recogidos en la documentación.

La síntesis está en número 74 de la Gaudium et spes.


3.
Oración

Se puede terminar con una oración espontánea en la que se tenga presente de un modo especial la autoridad humana.

 

D) El paso de Dios (Ex 12,1-32)


1.
Introducción

Al hombre corresponde luchar por la libertad, pero ¿tiene garantía de victoria? La experiencia del éxodo nos pone de manifiesto que fue el auxilio de Dios el que consiguió la liberación. El paso de Yavé supuso la muerte de unos y la liberación de otros.

Cristo con su muerte y resurrección realizó el nuevo paso de Dios, la pascua, en la que se alcanzó la victoria definitiva sobre la esclavitud del pecado.


2.
Reflexión sobre el texto bíblico

Primero se lee Ex 12,1-32; seguidamente se reflexiona sobre el siguiente cuestionario como base para el diálogo entre todos los miembros del grupo:

La pascua cristiana. En 1 Cor 11,23-27 Pablo nos presenta la tradición que él ha recibido: la pascua cristiana sustituye a la pascua judía.

A modo de síntesis, se lee el texto de la documentación.


3.
Oración

En el Magníficat, María habla en nombre del Israel liberado y de todos los que en adelante habrían de beneficiarse de la salvación (cf Lc 1,46-55). Puede recitarse o cantarse a dos coros. Este Magníficat se encuentra grabado en el disco Camino de Emaús, editado por Ediciones Paulinas.

Magníficat

Proclama mi alma la grandeza del Señor;
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado mi humillación,
la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

 

E) El paso a la libertad (Ex 12,37-42; 13,20-22; 14,1-31)


1.
Introducción

La conquista de la libertad ha sido garantizada por la presencia de Dios. Esa es una experiencia religiosa clave y fundamental del pueblo de Israel. Ahora bien, no todo queda resuelto con ese "paso a la libertad" simbolizado en el paso del mar Rojo. Ciertamente ha quedado atrás la esclavitud, pero ¿y por delante?, ¿qué se avecina? Se abre, por tanto, un futuro con interrogantes, aunque para el cristiano, desde la fe, es un futuro con esperanza. De ahí que surja una pregunta de fondo: ¿qué actitud mantendremos tras el "paso a la libertad"?


2.
Reflexión sobre los textos bíblicos

Se comienza leyendo los textos de Ex 12,37-42; 13,20-22; 14,1-31; saltando el texto omitido. Posteriormente se abre un debate en base a las siguientes cuestiones:

Finalmente, para terminar la sesión, y a modo de síntesis, se leen los números 6 y 7 de la documentación.


3.
Oración

El himno basado en Ex 15,1-18 cierra esta sesión.

Este cántico se encuentra grabado en Camino de Emaús, editado por Ediciones Paulinas.

Mi fuerza es el Señor

Cantaré al Señor, sublime es su victoria:
caballos y carros ha arrojado al mar.
Es es mi Dios: yo lo alabaré;
el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré.

Mi fuerza y mi poder es el Señor.
El es mi salvador
(bis).

Forastero me vi en un país extraño.
Como un mar agitado la muerte me cercó.
Mas tú, Señor, viendo mi dolor,
saliste a mi encuentro, oíste mi clamor.

Mi fuerza...

Te doy gracias, Señor, mis manos alzaré:
que todos los pueblos conozcan tu poder.
Tú eres mi Dios: yo te alabaré.
El Dios de mis padres: yo te ensalzaré.


 

Tercera parte

Celebración


Después de este recorrido por la experiencia del "éxodo" como experiencia de liberación, conviene que hagamos un alto en el camino para orar, reflexionar sobre nuestro camino y celebrar el don de la libertad y de la salvación.

Puede constar de tres partes: preparación, celebración y ágape.


1. Preparación

Se forman pequeños grupos que se responsabilicen de toda la preparación inmediata de la celebración: elección y preparación de cantos, moniciones, lecturas, preces de los fieles, adecuación del local, prever todos los requisitos litúrgicos, etc.


2. Celebración de la eucaristía

Con el fin de facilitar la preparación ofrecemos un esquema general de la celebración:

Rito de entrada: Monición.
Canto de entrada.
Saludo del presidente.

Rito penitencial: Canto o preces penitenciales.

Proclamación de la Palabra: Monición y primera lectura (Is 1,10-20).
Canto interleccional.
Monición y segunda lectura (Lc 3,1-17).
Homilía.

Momento de oración y reflexión: Oración en silencio.
Cuestionario para la reflexión:

Intercambio de experiencias.

Se recita el salmo 22: "El señor es mi pastor".

Preces de los fieles.

Comunión: Canto de la paz.
Cantos de comunión.

Despedida: Monición.
Canto final.


3.
Agape

La preparación del ágape —momento de encuentro, convivencia y amistad— se hace con aportaciones de todos los miembros del grupo. Debe prepararse antes de iniciar la eucaristía; así se evitarán precipitaciones y preocupaciones durante la celebración de la misma.


 

Documentación

1. Gaudium et spes

Grandeza de la libertad. La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuese pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido "dejar al hombre en manos de su propia decisión", para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuenta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado (GS 17).


2. La
esclavitud

La tentación de someter a otros hombres tal vez sea tan antigua como el mismo hombre. Y no se puede decir que nosotros estemos a salvo de la misma. La experiencia de los hebreos en Egipto es prototipo de todas las situaciones de esclavitud y de opresión. Estas se dan siempre que un hombre ve pisoteada su dignidad, cada vez que otros se niegan a reconocer en él la imagen de Dios.

Una relación semejante entre hombres envilece más al opresor que al oprimido, aunque el primero no quiera darse cuenta y su poder, su dinero o su cultura le hagan creer lo contrario.

Pero no toda esclavitud viene de fuera. A veces las cadenas más fuertes están dentro del hombre mismo: la ambición, el ansia de poder, la soberbia, las pasiones..., son con frecuencia obstinados faraones que nos impiden salir libremente al encuentro de Dios. Sólo cuando el hombre alcanza la libertad interior es radical y verdaderamente libre. Esta la alcanzamos sólo en Cristo porque sólo él nos hace libres del pecado y de su raíz.


3. El libertador

No vivimos en tiempos de prodigios que puedan impresionarnos. Dios no es un mago de feria. Cuando quiere actuar en favor de su pueblo lo hace a través de un hombre. Moisés supo ser, a pesar de sus fallos, el lugarteniente de Dios en la obra de la liberación del pueblo. Por esto es modelo de todo libertador.

Fue elegido para esta tarea, y el hecho de que ofreciera resistencia nos hace pensar que no buscaba su gloria personal; vivió en su propia carne el proceso que conduce a la libertad antes de ayudar al pueblo a vivir esa experiencia, dando a entender que sólo un liberado puede realmente liberar; realizó con su pueblo el camino, compartiendo con él dificultades, pruebas y peligros, mostrando con ello que el camino de la libertad es un camino de encarnación; y al final, cuando el proceso hubo terminado, desapareció, haciendo posible que el pueblo caminara por sí mismo.

El libertador no puede pretender sustituir al opresor haciéndose indispensable para los liberados. Liberar es hacer posible que el "hombre" que cada uno lleva dentro se realice plenamente. No es cambiar de amos, sino ayudar a crecer.


4.
Gaudium et spes

Dignidad de la conciencia moral

En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Pero el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley, cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanta mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerre la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado (GS 16).


Naturaleza y fin de la comunidad política

Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la comunidad civil son conscientes de su propia insuficiencia para lograr una vida plenamente humana y perciben la necesidad de una comunidad más amplia, en la cual todos conjuguen a diario sus energías en orden a una mejor preocupación del bien común. Por ello forman comunidad política según tipos institucionales varios. La comunidad política nace, pues, para buscar el bien común, en el que encuentra su justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección.

Pero son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una comunidad política, y pueden con todo derecho inclinarse hacia soluciones diferentes. A fin de que, por la pluralidad de pareceres, no perezca la comunidad política, es indispensable una autoridad que dirija la acción de todos hacia el bien común, no mecánica o despóticamente, sino obrando principalmente como una fuerza moral, que se basa en la libertad y en el sentido de responsabilidad de cada uno.

Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos.

Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común —concebido dinámicamente— según el orden jurídico legítimamente establecido o por establecer. Es entonces cuando los ciudadanos están obligados en conciencia a obedecer. De todo lo cualse deducen la responsabilidad, la dignidad y la importancia de los gobernantes.

Pero cuando la autoridad pública, rebasando su competencia, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rehuir las exigencias objetivas del bien común; les es lícito, sin embargo, defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de tal autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica.

Las modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su estructura fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser diferentes, según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia. Pero deben tender siempre a formar un tipo de hombre culto, pacífico y benévolo respecto de los demás para provecho de toda la familia humana (GS 74).


5. La lucha por la libertad

La libertad es un bien dificil de conseguir, por lo cual no está ausente de ella la lucha ni antes de conseguirla ni una vez alcanzada. En el caso de los hebreos no luchan Moisés y el Faraón, sino Dios y el poder absoluto de un hombre que se cree Dios. No son dos personas las que entran en conflicto, sino dos realidades, dos esferas de la existencia: la divina y la humana. Dios reclama para su pueblo la libertad que éste necesita para darle culto, y el Faraón se niega a reconocerla, pretendiendo para sí atribuciones que no le pertenecen.

Hoy vivimos situaciones semejantes. El poder político, económico o militar crea a veces situaciones en las que la libertad del hombre y los derechos de Dios son negados por la autoridad humana. En esas situaciones, defender los derechos de Dios es garantizar la libertad y dignidad del hombre. Cuando los que poseen el poder sobrepasan sus propios límites, la primera víctima es el pueblo, y sólo la mentira y la propaganda convertidas en arma política son capaces de justificar realidades radicalmente injustas.

No obstante, el creyente sabe que la victoria final está garantizada gracias a la muerte y resurrección de Cristo. En aquel combate singular, la muerte y todo lo que ella significa fue vencida, y Cristo se convirtió en la prueba de nuestra victoria y en la garantía de nuestra esperanza.


6. El paso de Dios

El poder humano divinizado, la fuerza del opresor, tarde o temprano es destrozado. Dios parece perder la paciencia y hace que los egipcios entren en razón. La pascua es el paso de Dios por el país de Egipto, un paso que es salvación para unos y muerte para otros, libertad para los oprimidos y muerte para los opresores. En adelante, los hebreos recordarán esa noche, terrible y gozosa a la vez, con la más importante de todas sus fiestas.

Más tarde, Jesús instituirá la eucaristía en el marco de esta fiesta. A partir de ese momento los cristianos no celebrarán otra pascua que la de Cristo, y la primera pasará a ser un mero anticipo o anuncio de la misma. No habrá otro cordero por cuya sangre seamos salvados que Cristo, el Señor, ni otro alimento que su cuerpo y su sangre en el pan y el vino.

La salvación, a partir de ese momento, será algo profundo e interior; liberación no ya de la esclavitud exterior, sino del poder del pecado. Dios sigue pasando y su paso sigue siendo salvación para los que lo acgptan y condenación para los que obstinadamente lo rechazan.


7. El paso
a la libertad

Para los antiguos, el mar era el ámbito en el que reinaban la muerte y los malos espíritus, es decir, lasfuerzas contrarias a Dios. Para ellos, mar es sinónimo de mal. Pasar por él y no morir, hundirse en el abismo y volver a salir era una victoria imposible sin una especial intervención de Dios. En los evangelios Jesús aparece calmando la fiereza del mar y la fuerza del viento, indicando con ello su poder sobre los espíritus contrarios a Dios.

El paso del mar Rojo marcó para los hebreos el final de una etapa. Detrás de las aguas quedó la esclavitud. Pero la libertad total aún no ha sido alcanzada. Hay que purificarse primero en el desierto. Este acontecimiento culmina el aspecto negativo de la liberación: en la historia de un pueblo y en la vida de un hombre la libertad exige romper ataduras de dentro y de fuera. Sólo el que sabe dejar, prescindir, renunciar, logrará la libertad. Por eso Jesús llega a decir que no puede ser discípulo suyo el que pone la mano en el arado y sigue mirando hacia atrás, es decir, el que busca la liberación futura y sigue añorando lo que dejó. Para entrar en el desierto y correr hacia la tierra prometida es necesario prescindir de todo lo accesorio. Cargado de cosas inútiles no se puede sobrevivir allí donde escaseará el agua y el pan.