Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia EL DIOS DE LOS PROFETAS

Segunda etapa

 

EL DIOS DE LOS PROFETAS

 

 

Hombres de Dios y hombres de su tiempo

Los profetas tienen una doble experiencia simultánea acerca de Dios y de su tiempo. Conocen a Dios y conocen a su gente. Y justamente porque conocen a Dios y a su mundo, se sienten llamados a dar a conocer a Dios al pueblo de su tiempo; y, a la vez, en nombre de su Dios, denuncian, consuelan y animan al pueblo, según fueran sus necesidades.

No es posible ser profeta de Dios, si en verdad no se le conoce a Dios y al mundo en el que se vive. Si se conoce bien la realidad socio - económica, quizás se pueda ser un buen sociólogo o un buen político. Si alguien dice que conoce a Dios, pero no conoce bien la realidad de su mundo, puede que sea una persona muy espiritual, pero ciertamente no tendrá nada de profeta.

El profeta tiene que anunciar. Anunciar, en primer lugar, a Dios mismo, un Dios vivo, respuesta a los problemas acuciantes que se viven en ese momento. No respuesta a los problemas de otro tiempo, sino a los que aplastan a sus conciudadanos. Y este anuncio siempre está cargado de esperanza, justamente porque anuncia al Dios de la vida en medio de un mundo de muerte.

Se dice que el profeta tiene también siempre como oficio propio el denunciar. Pero ello depende de la realidad que se encuentre ante sus ojos. Si esa realidad es contraria al plan de Dios, ciertamente tiene que denunciarla. Pero a veces su misión es sólo de consolar o de animar, porque eso es lo que le pide su fe aplicada a las circunstancias.

Hasta antes del destierro en Babilonia los profetas son denunciadores de aquella sociedad corrompida. Pero justo en el tiempo del exilio su principal actividad fue la de consolar a aquel pueblo humillado y desanimado. Y después del destierro, la principal misión de los profetas de entonces fue animarles a seguir reconstruyendo su país, en medio de terribles dificultades. A través de estas tres actividades –denunciar, consolar y animar– Dios mismo se fue revelando poco a poco.

No se concibe a un profeta que no anuncie a Dios. Y para ello lo que hacen con frecuencia es justamente lo contrario: denunciar los rostros falsos de Dios. Precisamente porque conocen a Dios, saben detectar toda imagen falsa de la divinidad. El que no conoce bien a Dios confunde fácilmente su imagen verdadera con sus falsificaciones. El profeta es como un detector de mentiras, de mentiras acerca de Dios. A él le subleva terriblemente todo lo que intente ser manipulación y falseamiento de Dios.

 

El Dios de la historia

En los primeros siglos de la etapa profética Dios no aparece todavía como un poder universal; su poder se limita a Israel. Se ve todavía como normal que los otros pueblos tengan sus propios dioses.

Para ellos Yavé es el “Dios de nuestros padres”, el Dios que adoraron nuestros padres, entre otros dioses posibles que hubieran podido adorar. Pero Israel celebró un pacto con Yavé, y éste lo tomó como pueblo propio. Desde entonces la suerte de los dos está unida indisolublemente. Así se lo recuerda Josué con toda claridad (Jos 24,15-22).

Miqueas afirma: “Los pueblos marchan cada uno en el nombre de sus dioses respectivos, pero nosotros marchamos siempre en el nombre de Yavé, nuestro Dios” (Miq 4,5).

En esta etapa se insiste en un acercamiento de Dios a la existencia del hombre. Se trata ahora de una relación más personal y más moral, y, por consiguiente, menos ritualista que la anterior.

Yavé se obliga a que la fidelidad de Israel se traduzca en prosperidad y felicidad (Is 3,10). La fidelidad exigida por Yavé produce una sociedad justa y feliz (Dt 5,1-7. 32s): “Sigan en todo el camino que Yavé les ha marcado; así vivirán y serán felices y sus días se prolongarán en la tierra que van a conquistar” (Dt 5,33).

La primera consecuencia religiosa de esta exigencia de fidelidad es un juicio crítico negativo sobre una religión ritualista, como se ve, por ejemplo, con claridad en Amós 5, 21ss. y en el primer capítulo de Isaías, en los que se desprecia todo lo ritual sin espíritu y sin justicia.

La segunda es que la moralidad propia de esta etapa es consecuencia de la alianza con Dios. Todo lo demás ha de subordinarse a la alianza: se usa en la medida en que sirve para cumplirla (Dt 7,1-13).

En tercer lugar, esta alianza con el Dios de la historia debe tener como resultado una actitud histórica. El compromiso de Israel es cumplir los mandamientos de Yavé. El compromiso de Yavé es proteger a Israel, dándole abundancia, fertilidad, triunfo contra sus enemigos y todo lo necesario para vivir una vida histórica. Israel se preocupa de la moral, y debe dejar a Yavé ocuparse de la historia (Is 22,9-12).

Cuando a Israel le amenaza el peligro de las invasiones de los grandes imperios, los profetas insisten en que no hay que enfrentarlos con las mismas armas que ellos usan. Lo único eficaz es poner en marcha una renovación moral hacia adentro. Lo demás es cosa de Yavé, que es siempre fiel a su compromiso. Cada problema histórico replantea a Israel su infidelidad a la alianza establecido con Yavé.

Esta actitud se apoya en el cimiento de una confianza absoluta en que Dios es capaz de cumplir la parte que le toca: la conducción de la historia. Por eso se critica a quienes pretenden ser ellos mismos providencia histórica. Oseas e Isaías atacan como idolátricos los pactos políticos con los imperios (Os 7,9-11; 31, 1ss).

El verdadero trato con Dios en esta etapa consiste, pues, en observar una moralidad de acuerdo con la alianza realizada con Yavé, y dejarle a éste, según su providencia, la disposición de los acontecimientos históricos.

En la primera etapa aparecía Dios con los rasgos del misterio. Ahora aparece como una providencia histórica, que dispone de los acontecimientos según la conducta moral de su pueblo. Con ello lo divino se va acercando al centro de la existencia humana.

Así el pueblo va tomando conciencia de que tiene una vocación histórica, aprobada y sostenida contra todos los obstáculos por un poder divino. Israel descubrió que era colaborador de Dios en un designio histórico. Lo cual le dio confianza para poder salir de la seguridad anterior que le daba la religión ritual.

Este nuevo elemento, el de ser colaborador de Dios en un designio histórico, pasará, purificado, a la revelación cristiana como algo básico. Pero le faltaba aun purificarse del elitismo de grupo, pasando a la siguiente etapa, que será ya de universalismo, como veremos más adelante.

 

Las primeras experiencias proféticas

Cuando aparecen los profetas ya estaba avanzada una larga tradición oral acerca de Dios. De padres a hijos se habían ido transmitiendo ricas experiencias. Y ya existían también unos primeros escritos.

A los patriarcas Dios se había manifestado eligiéndolos y prometiéndoles familia y tierra. Durante la esclavitud de Egipto se manifiesta como el Dios que libera. En el desierto es el Dios exigente que purifica. Durante las primeras épocas en Canaán  ellos se sienten acompañados por su Dios en toda aquella tarea de llegar a conseguir tierra fraterna en la que vivir dignamente como hijos de ese Dios que los quiere a todos ellos por igual. Yavé no es como Baal, que tiene hijos predilectos, a quienes les entrega toda su tierra, y a los demás, como secundones, les ordena vasallaje. El pueblo del tiempo de los Jueces demuestra la fe en su Dios no admitiendo ningún tipo de opresión: son todos hermanos por igual. Por eso no tienen reyes, ni ejército permanente: Yavé es su único Señor.

Más tarde, durante el reinado de Salomón, ante tanta magnificencia esplendorosa, fruto de una opresión por primera vez organizada, los primeros escritos van a insistir en que lo principal es la fe en Yavé, y no todo aquel orgullo nacional.

Justamente los profetas surgen a partir de un ambiente de creciente opresión durante la monarquía. La fe en Yavé no les permitía vivir callados ante tanta mentira organizada. La mayoría de los reyes y los "grandes" de Israel y de Judá decían creer en Yavé, pero no eran sino unos farsantes, que influían negativamente en el comportamiento y en la fe del pueblo...

 

 

8. SAMUEL: El Dios de las personas honradas

 

Samuel, último juez (1Sam 7,15) y primer profeta (3,20), (siglo XI a.C.) constituye una figura importante de transición, pues vive en un momento decisivo para la historia de Israel.

Dios escuchó el clamor de su madre Ana, que era estéril (1Sam 1). Ella representa a la mujer sencilla, confiada y humillada, que se sincera totalmente delante de su Dios. Yavé le responde fecundando con su amor la semilla de la vida, de donde brotó Samuel. Nació como fruto de una profunda oración, fruto de la gracia y del amor de Dios; y todavía tierno, lleno de inocencia, su madre lo presentó y consagró a Dios (2,11).

Samuel experimentó a Yavé desde su niñez, sintiéndolo como un Dios que escucha la voz de los oprimidos y desesperanzados y rechaza todo tipo manipuleo de la religión para cometer injusticias.

Con Samuel se inaugura  la figura de los profetas como transmisores de la palabra de Dios a su pueblo. “La Palabra de Dios era escasa en aquellos días” (3,1), pues no había quien la escuchara. Siendo aun él jovencito, Dios le llama por su nombre repetidamente: (3,4-10). Cuando él se da cuenta que Dios quiere hablarle y él se decide a escucharlo, lo siente a su lado: “Yavé entró, se paró a su lado y le llamó de nuevo” (3,10).

La actitud fundamental de Samuel es la de escucha de la Palabra de Dios: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (3,10). En esta primera ocasión Dios confía una misión importante a este adolescente (1Sam 3,13). Lo elige y confía en él (9,21; 16,11-13), porque tiene preferencia por los sencillos, los que no cuentan para los poderosos. Elige al insignificante ante los hombres para transmitir su mensaje a los poderosos.

Samuel era sirviente del anciano sacerdote Helí que, casi ciego, no sabe ni controla los juegos sucios de sus hijos que se aprovechan de la religiosidad del pueblo. Dios se presenta al muchacho con toda sencillez, como un susurro íntimo en medio de la noche. Al principio no le entiende, pero por fin aprende a escuchar lo que Yavé quiere decirle (3,4-9). Y el encargo que recibe es sumamente grave: ha de avisar a su amo que Dios está muy enojado con él: "Comunícale que yo condeno a su familia para siempre por el pecado de saber que sus hijos se están envileciendo y no habérselo impedido" (3,13). Helí es una autoridad religiosa que ha cumplido mal su tarea: no ha sabido o no ha podido educar a su familia. Y él lo reconoce, y acepta su castigo. Y admite también el relevo generacional que ello conlleva en sí: el sacerdote anciano da paso al joven profeta, viendo en ello la mano de Dios. Helí, a su modo, también tiene una nueva experiencia de Dios; siente que su castigo está preñado de esperanza.

A partir de entonces, “Samuel creció y Yavé estaba con él. Y todo lo que Yavé le decía se cumplía” (3,19). Todo el pueblo lo reconoció como profeta de Yavé (3,20), el hombre de la palabra de Dios.

Samuel aprende a llevar a la oración las dificultades de cada momento, para poder escuchar así la respuesta de su Dios. Sabe escuchar a Dios en la realidad de su pueblo; y sabe también escuchar las palabras del pueblo para llevarlas al Dios de la vida (8,21) y pedir por ellos (7,9; 12,23).

Samuel sabe que Yavé tiene un plan liberador sobre su pueblo; quiere que Israel viva en fraternidad, en solidaridad, en un sistema social en el que todos sean reconocidos en su dignidad. Y su pueblo lleva ya casi doscientos años esforzándose por llevar a la práctica el proyecto de ser un pueblo de hermanos, muy distinto al de los pueblos vecinos. Por eso demuestra su desagrado cuando le piden que le nombre un rey, así como tienen los demás pueblos.

Samuel les avisa con claridad que el acaparamiento del poder en una sola persona, de forma permanente y hereditaria, puede ser contrario a los planes de Dios: esos reyes se pueden convertir en opresores, acaparadores no sólo de riquezas, sino de la misma dignidad de sus súbditos. Habría prosperidad para ellos y sus allegados y miseria para el pueblo (8,11-18).

Pero escucha el clamor de su pueblo y respeta su decisión, concediéndole un rey, a pesar de que él no estaba de acuerdo. "No te rechazan a ti", le aclara a Samuel, "sino que es a mí a quien han rechazado para que no reine sobre ellos" (8,7). A través de Samuel hace conocer al pueblo sus deseos de fraternidad absoluta, pero respeta la libertad y la decisión de su pueblo y le deja que experimenten: “Hazles caso; dales un rey” (8,6-7). Pero aun así Samuel les advierte de las consecuencias nefastas que les acarreará su decisión:

“Miren lo que les va a exigir su rey: les tomará a sus hijos y los destinará a su carro y a sus caballos, o también los hará correr delante de su propio carro; los empleará como jefes de mil y como jefes de cincuenta; los hará labrar y cosechar sus tierras; los hará fabricar sus armas y los aperos de sus caballos; les tomará sus hijas para peluqueras, cocineras y panaderas; a ustedes les tomará sus campos, sus viñas y sus mejores olivares y se los dará a sus oficiales; les tomará la décima parte de sus sembrados y de sus viñas para sus funcionarios y servidores; les tomará sus sirvientes, sus mejores bueyes y burros y los hará trabajar para él, a ustedes les sacará la décima parte de sus rebaños y ustedes mismos serán sus esclavos. Ese día se lamentarán del rey que hayan elegido, pero Yavé ya no les responderá" (8,11-18).

Pero "el pueblo no quiso escuchar a Samuel y dijo: “¡No! Tendremos un rey y nosotros seremos también como los demás pueblos" (8,19). Samuel respeta su decisión, pero siempre estará dispuesto a criticar al poder cuando no ve coherencia entre la fe en Yavé y la justicia que practican. Tanto, que llega a hacer destituir a Saúl, el primer rey, a quien le echa en cara: “A Yavé no le agradan los holocaustos y los sacrificios, sino que se escuche su voz… La rebeldía es tan grave como el pecado de los adivinos; tener el corazón porfiado es como guardar ídolos. Puesto que tú has descartado la orden de Yavé, él te ha descartado como rey" (15,22-23).

Este Dios que experimenta Samuel es sumamente exigente, y por ello juzga el culpable comportamiento de los miembros de la familia de Helí, el sumo sacerdote (3,11-14) y la del rey Saúl. Es un Dios celoso, que quiere que su pueblo se vuelva sólo a él (7,3-6). Dios fiel, constante, justo y cercano, que exige de su pueblo confianza, obediencia, convencimiento y fidelidad.

Personalmente, para Samuel es un Dios cercano, un amigo, con quien dialoga. En todo momento acude a él y él lo escucha y lo acompaña (17,36s). Es un Dios capaz de sacar vida de la muerte; de la esterilidad hace surgir la vida. Dios fuerte, poderoso defensor de los pobres, que los levanta del suelo para dignificarlos (1,8; 2,4-8).

Con Samuel se palpa una presencia permanente de Dios en la historia de su pueblo; un Dios comprometido con la realidad de la gente, que ama a los pequeños y escucha su clamor; un Dios generoso en responder, lleno de misericordia, que pisa tierra al lado de su pueblo; un Dios que nunca abandona, dador de vida; un Dios que elige, llama y se mantiene siempre fiel a su alianza.

El testamento de Samuel, después de probar la honradez de su vida, se limita a este magnífico consejo, resumen de toda su vida: “No se alejen de Yavé y sírvanle con todo su corazón” (12,20).

 

Texto para dialogar y meditar: 1Sam 3 (vocación de Samuel)

1. ¿Cómo podemos resumir la experiencia de Dios que tiene Samuel?

2. ¿En qué medida estamos nosotros dispuestos a escuchar lo que como pueblo quiere decirnos Dios?

Terminamos rezando juntos el cántico de Ana, madre de Samuel: 1Sam 2,1-10.

 

 

9. DAVID: Un gobernante que se humilla ante Dios

 

David, hijo de Jesé, nació en Belén durante la segunda mitad del siglo XI a.C.

Su vocación transcurre a partir de las más puras raíces bíblicas. Cuando Dios lo llama es aun un jovencito, despreciado por sus hermanos y aun por su propio padre. El profeta Samuel, designado por Dios para consagrarlo, se fija con avidez en la fortaleza y buena presencia de los otros hijos de Jesé. Pero Yavé le advierte ante cada uno: “No mires su apariencia ni su gran estatura, porque lo he descartado. Pues la mirada de Dios no es la del hombre; el hombre mira las apariencias, pero Yavé mira el corazón” (1Sam 16,7). Ninguno de los que Samuel elegiría es el elegido por Dios. El elegido es el hermano pequeño que está en el campo guardando las ovejas de la familia. Parece que a Dios le gusta seleccionar a los ausentes y pequeños.

Poco después entra al servicio del rey Saúl como músico para aplacar su espíritu atormentado (1Sam 16,4-23; 17,1-11). Y se afianza su prestigio cuando, con su honda de pastor, puesta su confianza en Dios, derrota al gigantesco filisteo Goliat, pertrechado a la perfección (1Sam 17,12-51), con lo que fue alcanzando, poco a poco, una gran popularidad (1Sam 18,12-16; 25 - 30), que le acarreó el odio y la persecución a muerte por parte del rey. Así fue como se convirtió en jefe guerrillero independiente, al servicio de quien mejor le pagara.

A la muerte de Saúl, después de muy variadas intrigas, asesinatos y luchas, se convierte en rey de Judá primero, después de Israel y de diversos otros reinos que va conquistando después. 

Con gran habilidad política escogió como residencia a la ciudad cananea de Jerusalén, recién conquistada, a la que nombró capital de su amplio reino. Allá trasladó el arca de la alianza, con lo que pasó a ser la capital religiosa también (2Sam 5,6).

El complejo Estado davídico sólo se mantenía unido por la fuerte personalidad de David y su ejército personal. En su organización se inspiró en el modelo de Egipto. 

Se preocupó por mantener la fe yavista de sus padres como elemento unificador de los diversos grupos que componían su Estado.

Al final de su vida fomentó y sufrió intrigas de toda clase, asesinatos, traiciones y guerras internas. Sus más de veinte hijos lucharon entre sí y contra su padre, y él fue siempre flojo y condescendiente con ellos. Su familia, convertida en signo de poder, es nido de intrigas y sufrimientos. Sus hijos se ultrajan (2Sam 13), conspiran, se asesinan y son asesinados (2Sam 18,9-15). En su vejez las malas noticias familiares le torturaron sin cesar (2Sam 18,31).

La personalidad de David fue excepcional. Fue un valiente e indómito guerrero, un conquistador afortunado, un astuto político, un prudente organizador, un cruel perseguidor de sus enemigos, un sabio administrador de la justicia... Por todo ello no es de extrañar los enfoques contradictorios que siempre se dieron sobre él. Según las épocas posteriores, se le juzgó de forma muy distinta. El Deuteronomista, por ejemplo, durante la época monárquica (1Sam 16 - 1Re 2), subraya sus rasgos negativos. Pero después, poco a poco se fueron olvidando sus defectos y llegó a convertirse en el ideal de rey, profundamente humano y totalmente entregado a Dios. Crónicas pone de relieve sus éxitos y sus virtudes (1Cró 11 - 29; 2Cró 1 - 9) y el Eclesiástico aun más (Eclo 47,1-11).

Se puede poner a David como modelo de gobernante eficiente, pero no tanto como de hombre honrado. ¿Y como creyente? La verdad es que no es fácil hablar de la espiritualidad de David. Pero hay varios hechos que nos muestran encuentros sinceros con Dios. A David se le pueden echar en cara diversas faltas graves; pero no se le puede acusar de hipocresía. Cuando se le hace ver sus errores, él se humilla y cambia de actitud. Natán es un profeta clave en su vida, a propósito de varios errores suyos, como el intento de construir un templo a Yavé y el asesinato de Urías. Veámoslos más detalladamente.

David piensa que después de tantos triunfos suyos ya es hora de construirle una templo a Yavé.  (2Sam 7,2). Natán, después de pensarlo ante Dios, se opone al proyecto: "¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?" (2Sam 1,5). Yavé es demasiado grande y libre como para encerrarse en una casa. Quererle ofrecer una casa a Dios es como pretender manipularlo, como hacían los reyes de otras religiones. Tan pronto como consolida su poder, David quiere disponer de Dios. Pero la voz profética pone al rey ante su propia pequeñez, haciéndole ver lo ridículo de su pretensión. Ante esta oposición del pueblo yavista, David desiste de su pretensión. Ya había otros santuarios antiguos en la región; y, además, Jerusalén era una ciudad de fuerte tradición pagana.

Natán le hace ver que es el mismo Yavé, el que le sacó de detrás de su rebaño, el que toma la iniciativa, prometiéndole: "Yavé te construirá a ti una casa" (2Sam 1,12), o sea, una serie de sucesores que perpetuarían su nombre. Dios invierte la  postura de David haciéndole ver que sólo él puede dar descanso. No es Dios quien necesita una casa, sino David; no son los hombres quienes deben ayudar a Dios, sino al contrario. Por eso Yavé ofrece con claridad su ayuda paterna para los hijos de David: "Yo seré para él  un padre y él será para mí un hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes…, pero nunca le retiraré mi lealtad" (2Sam 7,14-15). La renuncia de David a construir un santuario equivale a la renuncia a toda práctica mágico religiosa, para pasar a fiarse de la decisión divina y de la gratuidad libre de su don. Renuncia a sus astucias y violencias y da paso a la promesa gratuita de Dios, sintiéndose dependiendo de él.

El episodio paralelo del arrepentimiento después de su adulterio con Betsabé y el asesinato de su marido Urías muestra a un David que sabe reconocer que su comportamiento fue realmente vergonzoso y humillante. Aquel hombre, tan orgullosamente buen rey, sucumbe ante el adulterio y el homicidio (2Sam 11). Pero aparece una nueva grandeza en él cuando reconoce su pecado (2Sam 12,13). El hombre David no es grande cuando busca en sí mismo las fuentes de su grandeza, sino cuando se vuelve en humildad al Señor que lo eligió (2Sam 24,25). Este rey grande es hombre. Y su humanidad no está tanto en su grandeza sino en su humillación. En el salmo 51 encontramos parte de sus sentimientos ante Dios: "Contra ti, contra ti sólo pequé, lo que es malo a tus ojos yo lo hice… Tú ves que malo soy de nacimiento, pecador desde el seno de mi madre. Aparta tu semblante de mis faltas, borra en mí todo rastro de malicia. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un firme espíritu… Líbrame, oh Dios, de la deuda de sangre, Dios de mi salvación, y aclamará mi lengua tu justicia" (Sal 51,6-7.11-12.16).

Después de una juventud agresiva, orientada sólo a la conquista del éxito, se siente fracasado y se pone en las manos misericordiosas de Dios. Va tomando cuerpo la conciencia de que estaba siendo guiado secretamente por Dios hacia horizontes que ni él mismo sospechaba. Poco a poco va mirando a su oficio de rey no como una conquista humana, sino como un servicio. Vive la tensión entre la confianza orgullosa en sí mismo y el abandono confiado al proyecto de Dios. Tiene la honradez de reconocer sus errores y pedir perdón por ellos, aun públicamente; y de cambiar sus proyectos cuando se da cuenta que no son acertados.

David es el reflejo de su pueblo; en él se condensan sus añoranzas y sus anhelos, sus sueños y sus esperanzas; su elección, sus traiciones, su humildad y su vuelta a empezar... La vida de David es la suma de nuestras vidas. En toda persona se halla un David, tentado y pecador, victorioso y fracasado, lleno de arrogancias y de contradicciones, de orgullos y de humildades. En David se entremezclan el bastón y la honda, el arpa y la lanza, el cetro y las sandalias, el canto y el llanto, el triunfo y el desprecio, todo ello aceptado y asumido ante Dios. Su búsqueda de Dios, a tientas y tropiezos, es preámbulo de todas las búsquedas de la humanidad. Él fue un hombre terriblemente humano, conocedor profundo del triunfo y del dolor, que a la hora de la verdad supo poner su confianza en Dios.

Algunos salmos reales están inspirados en la figura idealizada de David, como el 72 y el 2.  Y la esperanza del triunfo de un nuevo David está con frecuencia presente en boca de los profetas (Jer 23,5-6; Miq 5,1-5; Zac 9,9-10). Pablo insistirá en que Jesús "nació de la descendencia de David" (Rm 1,3; 2Tim 2,8). Y los evangelios lo presentan como "hijo de David" (Mt 1,1; 9,27; 15,22; 21,9, etc.). Y se afirma que "el Señor Dios le dará el trono de su antepasado David" (Lc 1,32). Todos tenían claro que el Mesías tenía que ser "un descendiente de David" (Jn 7, 42).

 

Para dialogar y meditar: 2Sam 7,1-16 (profecía de Natán)

1. ¿Qué es lo que le agrada a Dios de David? ¿Por qué?

2. ¿En qué nos sentimos nosotros parecidos a David?

Podemos rezar el cántico de acción de gracias de David: 2Sam 22.

 

 

10. SALOMÓN: El joven sabio al que corrompe el poder

 

Salomón joven pide a Dios saber gobernar "con santidad y justicia". Pero pronto la acumulación de poder e intrigas que heredó de su padre corrompió su corazón, de forma que su sabiduría la llegó a poner al servicio casi exclusivo de su orgullo y su bienestar.

Ya muy al comienzo de su reinado empezó a eliminar sistemáticamente a sus adversarios (1Re 2). De hecho, había sido designado y ungido por medio de intrigas y favoritismos. Pero realiza una peregrinación a Gabaón para implorar de Dios la sabiduría práctica necesaria para poder regir a su pueblo con justicia. Ciertamente supo pedir lo esencial. Y de hecho, al comienzo de su reinado, la sabiduría de aquel joven rey pasó a ser objeto de  leyendas y fábulas curiosas como la de la discusión de dos madres por la posesión de un hijo (1Re 3).

Pero aquellas primeras experiencias se van degenerando rápidamente. De hecho se convierte en el prototipo del hombre que intenta manejar a Dios, acomodándolo a sus propios proyectos. Salomón pretende poner a Yavé al servicio de su política centralizadora. Su padre David había respetado en parte la libertad y la trascendencia de Dios. Pero el hijo corrige y aumenta los defectos paternos, pasando a ser prototipo del acomodo, la politiquería y el chantaje. Él parece que sólo cree en un Dios "domesticado". No intenta descubrir y seguir los planes de Dios, sino acomodar a Dios a sus planes. En su oración lo que más le interesa es que Yavé le mantenga firme en su trono: "Cumple la palabra que le dijiste a David, mi padre" (1Re 8,26), parece exigirle a Dios. Con el apoyo divino, suficientemente propagandeado, podrá hacer lo que quiera durante su gobierno...

Salomón acapara riquezas en cantidad agobiante (1Re 10,14-29), gracias al monopolio de las industrias y del comercio, a los elevados impuestos y a las propiedades de la corona adquiridas en los muchos territorios conquistados por su padre. Y él hace ostentación de tanta riqueza, como dones otorgados por Dios en cumplimiento de sus promesas, sin tener para nada en cuenta la creciente pobreza campesina.

Acapara también mujeres, con la excusa de que es una necesidad de Estado para favorecer su política de alianzas con los reyes vecinos; eso, además, favorece la admiración envidiosa que le tiene el pueblo: "Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras... Tuvo 700 mujeres que eran princesas y 300 concubinas" (1Re 11,1.3). Pero "sus mujeres lo llevaron tras otros dioses y ya no fue sincero con Yavé, como lo había sido su padre David" (1Re 11,4). Edificó cantidad de santuarios dedicados a los dioses de sus mujeres (1Re 11,7).

Otro acaparamiento especial fue el de caballos, signos de prestigio y de poder: "Salomón tenía cuatro mil establos de caballos para sus carros, y doce mil caballos (1Re 4,26).

El pueblo tenía que mantener a sus costas estos gastos desproporcionados: "Cada uno de los intendentes cuidaba, un mes por año, que nada le faltara al rey Salomón y a todos los convidados a su mesa. Llevaban la cebada y la paja para los caballos y mulos, al lugar donde el rey estaba, cada uno según su turno" (1Re 4,27-28). "Los víveres de Salomón eran treinta cargas de flor de harina y sesenta de harina cada día, diez bueyes cebados y veinte bueyes de pasto, cien cabezas de ganado menor, aparte de los ciervos, gacelas, gamos y aves cebadas" (1Re 4,22-23).

Salomón, al instalarse en Jerusalén, ciudad típicamente cananea, se dejó conquistar por la mentalidad contra la que su pueblo había luchado durante la época de los patriarcas y los jueces. Para los cananeos, adoradores de Baal, la tierra y las riquezas podían acumularse sin medida. Salomón se rodeó de funcionarios cananeos y asimiló sus ideales absolutistas. Las ciudades pasaron a dominar la economía campesina. A parir de Salomón se van dando pasos hacia un sistema de gobierno a base de prebendas. Ya no se respetaba el patrimonio familiar; con el sistema cananeo, al que vuelve Salomón, los funcionarios fieles del Estado son los que reciben tierras y riquezas. Desde entonces comienza de nuevo el latifundismo: los propietarios, que viven en la ciudad, hacen trabajar sus tierras a través de obreros agrícolas, a los que se les regatea un salario mínimo. Ello es lo que critica Génesis 57, retroyectando la historia al tiempo de José, pero describiendo la realidad que estaba pasando entonces: los campesinos, llenos de deudas e impulsados por el hambre, tienen que vender sus animales, sus tierras y a ellos mismos: "De este modo José adquirió para Faraón toda la tierra de Egipto, pues los egipcios tuvieron que vender sus campos, ya que el hambre los apretaba, y Faraón (Salomón) se hizo dueño de todas las tierras, y redujo también a todo el pueblo a la servidumbre" (Gn 47,20-21).

Salomón se convirtió en un personaje frío y calculador hasta la crueldad, de una gran sagacidad administrativa. Supo construir un gran progreso, pero al servicio de su corte y de Jerusalén, que vivieron un esplendor que contrastaba con la situación de las tribus empobrecidas y sometidas a duros tributos. Las leyes de la alianza eran ahora sustituidas por un inmenso aparato burocrático defendido por el ejército permanente.

En medio de este ambiente, floreció también un renacimiento cultural de tipo humanista, abierto a los aportes de otros países, sobre todo de Egipto. Se trata de una sabiduría elitista, con consejos prácticos de vida para la nobleza, como puede verse en los capítulos 10 al 20 de los Proverbios, redactados básicamente en este tiempo.

La escuela yavista, ante el orgullo de Salomón, que se presenta a sí mismo como modelo de hombre bendecido por Dios, resalta la figura de Abrahán como el hombre verdaderamente bendecido. Más tarde, el deuteronomista insistirá, en un esfuerzo concientizador antimonárquico, en que Salomón "se portó mal con Yavé" (1Re 11,6). "Yavé se enojó contra Salomón porque se había apartado de él" (1Re 11,9). Ante tanta corrupción, el profeta Ajías le anuncia con claridad: "Voy a hacer jirones el reino de Salomón... porque me ha abandonado... y no ha seguido mis caminos ni ha hecho lo que me parece justo ni ha observado mis leyes y mis mandamientos" (1Re 11,31.33).

En David  hubo escándalos superados y una humanidad convertida y sinceramente humillada; Salomón, en cambio, tapa con pompa y fastuosidad su orgulloso vacío. David está siempre creando cosas nuevas; Salomón sólo sabe disfrutar de las herencias de su padre. David acepta la inseguridad de no apoyarse en un templo oficial; Salomón se apoya en la seguridad de un dios domesticado, al que le ha construido una magnífica morada, con lo que pierde la capacidad de distinguirlo de los ídolos. David no confundió a Dios con sus propios proyectos; Salomón acaba creyendo que él mismo es dios…

 

Para dialogar y meditar: 1Re 11,1-13 (infidelidades de Salomón)

1. ¿Por qué David acabó agradando a Dios y Salomón no?

2. ¿Conocemos casos en los que el poder corrompe a gente que de joven era "sabia"?

3. ¿Corremos peligro también nosotros de que el poder nos corrompa?

 

 

11. ELÍAS: ¿Yavé o Baal?

 

Elías actuó en Israel por los años 850 a.C., en tiempo del rey Ajab. Podemos leer su actuación al final del primer libro de los Reyes hasta comienzos del segundo (1Re 17–19; 21; 2Re 2).

Elías es al mismo tiempo profundamente hombre de Dios y hombre de su tiempo. Él sabe pasar largas temporadas retirado en un desierto, en íntimo contacto con Dios, el Dios suave como la brisa (1 Re 19,12); y sabe también enfrentarse cara a cara con Ajab, el rey de las crueles injusticias. Para Elías Yavé es íntimo y suave, y al mismo tiempo exigente ante las injusticias y la hipocresía religiosa. Esa brisa suave que es Yavé se convierte en huracán que barre con todo cuando se trata de vengar la sangre del pobre (ver 1Re 21).

Yavé, Dios de Israel, es un Dios diferente, y Elías, “hombre de Yavé” (1 Re 17,18-24; 2 Re 1,9.11.13), también es diferente a los profetas de otros dioses: tiene su propia experiencia de Dios y actúa de acuerdo a las exigencias de ese Dios. Su lema es: “Vive Yavé, Dios de Israel, en cuya presencia estoy” (1 Re 17,1; 18,15). Elías permite que Dios tome toda su vida; él es el que lo compromete y empuja; lo lleva donde quiere y le hace realizar las cosas más inesperadas.

Elías tiene una profunda actitud de escucha a Dios, a pesar del momento tan difícil en que vive su pueblo y que él se encuentra solo, con peligro de perder incluso la vida. Es un contemplativo que vive sin descanso la búsqueda de Dios y comunica el fuego interior que le consume: “Ardo de celo por Yavé” (1 Re 19,14). Para su pueblo, Elías es el “hombre de Dios que habla las palabras de Dios” (17,24).

Elías se siente arrasado al pasar el desierto de la soledad, pero después de la fatiga y el desaliento, al final de un largo y doloroso caminar, recibe la experiencia de intimidad de un Dios cercano, personal, amigo y compañero, presente en los sufrimientos. En su huida y soledad, Elías descubre la fidelidad de Dios (1 Re 19). Y al mismo tiempo se da cuenta que Dios no necesita de sus servicios, sino de su presencia y su fidelidad.

En su búsqueda de Dios, Elías piensa encontrarlo según los criterios tradicionales: en la tormenta, un terremoto, o el rayo, pero en ninguno de ellos lo encuentra; Dios se le hizo presente en el murmullo de una suave brisa, en un trato de suave intimidad con él (19,12). Experimenta a Dios en el silencio y la confidencia, para poder luego encontrarlo también en la lucha por la justicia. Es un Dios personal, tierno y exigente a la vez. Un Dios que acompaña y comparte su poder (19,14). Un Dios que da esperanza en las dificultades; un Dios vivo, que orienta e instruye; Dios fiel, presente en la crisis de su elegido, de quien se hace consolador y animador (19,5s).

El Dios de Elías es compañero de caminata en el trillar diario de la historia de su pueblo. Elías lo busca para encarnar y encarar la vida. El supo sentir a su lado a un Dios misericordioso, que escucha el clamor de su pueblo. Por eso se atreve a preguntar a Dios por la causa del dolor del pueblo (17,20). Se da cuenta que su oración puede hacer eficaz el poder de Dios a favor del pueblo. El Dios de Elías se deja conmover por medio de la oración, como en el caso del hijo de la viuda (1 Re 17,22), el de la sequía (1 Re 18,41-45) y el del fuego en el monte Carmelo (18,36-38). Él es ejemplo vivo de oración encarnada en la vida y en la historia de su pueblo.

Se trata de un Dios que ve y se preocupa de la realidad de su pueblo; el Dios del pueblo, siempre cercano a él, Dios vivo y liberador, que se preocupa de las necesidades más fundamentales del hombre: el agua, la comida, la tierra. Un Dios fuente de vida para el pueblo, no sólo capaz de devolver la vida al hijo de la viuda (17,17-24), sino de resucitar también la fe del pueblo.

Es un Dios que no abandona. Se puede confiar en él. No deja morir de hambre a Elías cuando se secó el torrente (17,2-6), ni a la viuda de Sarepta cuando se acabó su harina (17,13-16). Provee de lo necesario en momentos de desesperación y angustia. Está presente donde se comparte lo que se tiene, como en el caso de la harina y el aceite de la viuda (17,13-16).

La equivocada concepción que a veces el pueblo tiene de Dios le hace conformista, resignado en su miseria, permitiendo así a unos pocos acaparar y malgastar riquezas, hasta el punto de que prefieren la vida de sus animales antes que la del pueblo (18,5). Elías denuncia la idolatría a las riquezas como causa estructural del hambre del pueblo.

El Dios de Elías es un Dios encarnado en la vida y en la historia de su pueblo; un Dios subversivo, defensor de los pequeños en contra de la prepotencia de los poderosos; acompaña al pueblo a luchar y defender lo suyo. Es un Dios fraterno, justo, comprometido y solidario, que llama al pueblo a comprometerse; invita al pobre a levantarse de su miseria, a no ser pasivo y callado frente a la explotación del rey. Enfrenta a los poderosos con coraje y valentía. Y busca con decisión el porvenir de su pueblo (19,16). Por eso condena el acaparamiento de tierras (21,1-29).

Su Dios no es neutro: no quiere ser confundido con los otros dioses (18,17); y toma posición ante los conflictos. Es libre y soberano, en nada atado a los intereses de los poderosos y sus dioses. Él se manifiesta cuando y como quiere. Es imposible poder aprisionarlo en cualquier proyecto o pensamiento humano o encerrarlo en un templo (19,12).

Gracias a Elías, el pueblo empezó a ser más crítico y a diferenciar a Yavé de Baal. El Dios vivo le mueve a Elías para que perciba y desenmascare la falsa imagen de Dios divulgada por el rey Ajab. Y obliga a los israelitas a que se definan a favor de uno o de otro.

Pero aunque castiga la idolatría (21,19) y las injusticias, es sensible y misericordioso ante el arrepentimiento del pecador (21,28).

Elías es el precursor de los contemplativos. Él experimenta cómo Dios habla y se comunica en la intimidad de los corazones. No se hizo un Dios a su medida, sino que dejó a Dios ser Dios. Y se deja alimentar con su pan y su palabra para poder llegar a su destino (1 Re 19,8).

Tan fuerte fue la experiencia de Dios que tuvo Elías, que después de su partida el pueblo invocaba a Yavé como “el Dios de Elías” (2 Re 2,14).

 

Elías defiende la vida del pueblo en contra de la prepotencia del poder. Ningún gobernante es dueño de Dios, ni del pueblo, ni de la tierra. Su poder no es ilimitado, ni puede ser usado sin control. El único dueño de todo es Dios, que hizo la tierra para todos.

Ejemplo típico de la actuación de Elías es la historia del campesino Nabot. La ya vieja lucha de Elías contra el rey Ajab se radicalizó cuando éste acepta que sus subalternos juzguen fraudulentamente y asesinen a Nabot, para poder así apoderarse de su tierra. Aquel asesinato fue preparado minuciosamente, dándosele apariencia de legalidad y aun de defensa de la religión.

Nabot era un campesino honrado, que mantenía con fidelidad religiosa la parcela heredada de sus antepasados. El rey Ajab le propuso comprarle su tierra para aumentar así sus posesiones. Pero el campesino, conocedor de que aquel pedazo de tierra era un don de Dios para mantener a su familia, se niega absolutamente a vender o cambiar: "Líbreme Dios de que vaya yo a dar la herencia de mis padres"  (1 Re 21,3).

Ajab entonces queda "triste y enojado", pero su esposa Jezabel le incita a que con trampas judiciales se apodere de aquella parcela de tierra que tanto ambiciona. Para ello usa la intriga, la calumnia, un juicio fraudulento y, finalmente, la muerte violenta del propietario. Todo ello envuelto en un falso ambiente de justicia y religiosidad (1 Re 21,5-14).

Pero en el momento en que Ajab se posesiona de su nueva propiedad Dios llama al profeta Elías. Su Palabra es terrible (21,18-19). Elías se dirige inmediatamente hacia donde está el rey y lo encuentra festejando su nueva conquista. El rey, que conocía la integridad del profeta, se inquieta al verlo: "Me has sorprendido, enemigo mío"  (21,20). Es como sentirse descubierto con las manos en la masa. A continuación el profeta le comunica un castigo de escarmiento radical contra él y su esposa: Derramarán su sangre justamente sobre la misma tierra sobre la que han derramado la sangre del campesino, pues a los ojos de Dios tanto vale la vida y la dignidad del campesino, como la del rey.

Elías denuncia la injusticia asesina del rey como algo íntimamente unido a la idolatría. Todo acaparador se inventa dioses falsos, justificadores de sus acaparamientos. Por eso la lucha de Elías tiene a la vez un carácter religioso y político.

En el relato de Nabot aparecen dos formas opuestas de la fe en Dios: La de los poderosos (simbolizados en Jezabel) que, en nombre de sus dioses, se sienten con derecho a poseerlo todo, manejando a su antojo la ley y la religión, aun a costa de la vida del pobre. Y la del creyente en el Dios de la Vida, para quien la tierra es un don divino, destinado a que cada familia tenga lo suficiente para poder vivir dignamente.

 

 

Texto para dialogar y meditar: 1Re 21,1-23 (la viña de Nabot)

1. ¿Cómo siente Elías a Dios frente al caso de Nabot?

2. ¿Qué diferencia existe entre la idea que Nabot tiene sobre Dios y la que tiene Jezabel?

3. ¿Puede ser que Dios nos llame a ser profetas como Elías? ¿A qué nos comprometería?

Terminamos escuchando en forma orante el encuentro de Elías con Dios: 1Re 19,1-16.

 

 

12. AMÓS: el Dios que exige justicia

 

A finales del reino del norte (Israel), durante el siglo VIII, se presentó el profeta Amós, campesino oriundo del sur. Predicó a las puertas del santuario nacional de Siquén, cerca de la capital, Samaría.

El reinado de Jeroboán II fue próspero económicamente para algunos sectores, pero funesto para los pobres. Los más poderosos se adueñaban de las tierras de los pobres. Crecía el poder económico de unos pocos a base de usura y corrupción administrativa y judicial. Resultado de todo ello era el lujo descarado de algunos y la miseria creciente de la mayoría. Y, para colmo, este status se apoyaba en un culto religioso esplendoroso, desarrollado en el santuario nacional de Siquén.

Frente a tanto abuso social y religioso, Amós levanta con energía su voz. Él siente en su corazón una fuerte rebeldía contra las injusticias que ve y la manipulación justificadora que se realiza en el culto del santuario.

El campesino Amós, puesto que no pertenece a ninguna familia sacerdotal o profética, deja bien claro que habla coaccionado por Dios mismo: “Yo no soy profeta, ni hijo de profeta… Es Yavé quien me encargó hablar en nombre suyo” (7,14). “Al oír el rugido del león, ¿quién no teme?; así también, ¿quién se negará a profetizar cuando escucha lo que habla Yavé?” (3,8).

Él había sentido la llamada de Dios justamente cuando iba “arreando sus vacas” (7,15). Era un campesino del sur que iba a vender a la capital del norte los productos de su tierra: higos secos y queso. Los vendía por las casas de la capital y a las puertas del santuario nacional de Siquén. Como era buen observador, conocía bien las costumbres y la religiosidad de la clase alta de Samaría. Entraría con frecuencia en las casas para vender sus productos y observaría con admiración en la puerta del templo cómo sus lujosos clientes presumían de piadosos. Era natural que él, campesino honradamente creyente, se escandalizara y se enojara ante tamaña hipocresía. Y en su enojo sintió que estaba presente Dios, que le obligaba a denunciar lo que veía.

Fue el lujo insultante de los grandes, mirado a la luz de su fe yavista, lo que provocó en Amós su vocación profética. Él experimenta a Dios como león que ruge frente a las injusticias y a los lujos de los poderosos: “Yo aborrezco el lujo insolente de Jacob y detesto sus palacios” (6,8). Sintió que su propio enojo coincidía con el enojo de Dios. Aquella gente, aparentemente tan religiosa, había destrozado el proyecto de vivir como Pueblo de Yavé.

Por eso rechaza con tanta fuerza los “lujos insolentes” de unos pocos a costa de la miseria de la mayoría: “Tendidos en camas de marfil… beben vino en grandes copas y se perfuman con aceite exquisito, pero no se afligen por el desastre de mi pueblo” (6,4-6).

Las injusticias de aquella gente claman al cielo. Dios no puede verlas y quedarse impasible, dice Amós. El ha elegido a su pueblo (3,2) y le ha dado su tierra (2,9s). Cada familia debiera estar gozando los frutos de sus campos. Pero hay un abismo entre las exigencias de la fe en Yavé y la realidad existente.

El Dios de Amós quiere justicia y honestidad para todos, pues justicia y fe en Dios son inseparables. “Quiero que la justicia sea tan corriente como el agua y que la honradez crezca como un torrente inagotable” (5,24). Por eso denuncia duramente a los que transforman las leyes en algo tan amargo como el ajenjo (6,13), y a todos los que oprimen a los débiles: “A ustedes me dirijo, explotadores del pueblo, que quisieran hacer desaparecer a los humildes… Ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable por un poco de dinero…” (8,4-6). “Ustedes venden al inocente por dinero y al necesitado por un par de sandalias. Pisotean a los pobres en el suelo y les impiden a los humildes conseguir lo que desean” (2,6s; ver 4,1s).

Lo más grave es que viven así sin preocuparles para nada la ruina del pueblo (6,6). Todo lo contrario: ellos son la causa de la miseria del pueblo. La capital, Samaría, está llena de desórdenes y de crímenes (3,9). "Yo sé que son muchos sus crímenes y enormes sus pecados, opresores de la gente buena, que exigen dinero anticipado y hacen perder su juicio al pobre en los tribunales"  (5,12). "Ustedes sólo piensan en robarle al kilo o en cobrar de más, usando balanzas mal calibradas. Ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable por un poco de dinero o por un par de sandalias"  (8,5s). "Pisotean a los pobres en el suelo y les impiden a los humildes conseguir lo que desean"  (2,7).

Los ricos de Samaría no dudan en oprimir a sus hermanos hasta vilependiarlos (2,6s), porque están obsesionados por las riquezas, hasta el punto de absolutizarlas y convertirlas prácticamente en sus dioses. Desprecian la vida del prójimo con tal de saciar su afán de poseer. Por eso Yavé se ve obligado a destruir las casas de veraneo, lujosamente ataviadas, como si fueran dioses rivales (3,9-11.14s). Sólo en Yavé debe el hombre depositar una confianza radical, y no en la acumulación de riquezas o poder.

Amós descubre a un Dios que no admite una estructura social injusta que favorezca la riqueza de unos pocos a costa del empobrecimiento del resto del país. Su Dios no está encerrado en los templos, ni está dispuesto a justificar ningún tipo de opresión. A él se le rinde culto no en los templos sino en la vida. “Búsquenme a mí, y vivirán” (5,4).

Aquella sociedad próspera, pero desigual e injusta, celebraba un culto solemne y ostentoso en el templo de Siquén. Y el profeta, a las puertas del templo, les manifiesta el desagrado de Dios: "No me gustan sus ofrendas..., ni me llaman la atención sus sacrificios. Váyanse lejos con el barullo de sus cantos..."  (5,22s). Y les aclara la condición para que el culto le sea grato a Dios: "Quiero que la justicia sea tan corriente como el agua, y que la honradez crezca como un torrente inagotable"  (5,24). No se deja sobornar por nadie (5,12), no admite ningún tipo de manipulación. Ni se le puede engañar con bellas ceremonias religiosas.

Porque Dios es íntegro, siempre bueno, pero no manipulable ni engañable, por ello él no acepta un culto que esté fuera de la verdad y la sinceridad, ni mucho menos cuando se trata de justificar desprecios o abusos de los demás. Él es el Dios que ama la luz y no las tinieblas, el bien y no el mal. Por eso la causa de los pobres es su causa.

Aquella alta sociedad se creía perfecta y estaba segura de sí misma. Pensaban que  ellos eran los bendecidos de Dios. Por eso anhelaban con ilusión que llegase “el día del Señor”, en el que ellos esperaban ser aun más bendecidos. Pero Amós les dice que Yavé no está contento con ellos, ni le gusta el culto que le rinden (5,21-23; 4,45; 5,5). Por eso  Dios se encara  con su pueblo: "Prepárate a enfrentarte con tu Dios" (4,12). El día del Señor se acerca ciertamente, pero será día de obscuridad y amargura: "será como un hombre que huye del león y se topa con un oso" (5,18-20). Huirán los valientes (2,15s) y nadie podrá salvarse (9,1-6). Los que se acuestan en lechos de marfil y comen exquisitamente "serán los primeros en partir al destierro" (6,4-7), y con ellos irán sus mujeres que no se cansaban de emplear en bebidas la plata de los pobres (4,1-3).

A pesar de todas estas amenazas, Amós les invita a convertirse y cambiar de vida. Dios está siempre dispuesto a perdonar con tal que se cambie de vida. "Busquen el bien y no el mal, si es que quieren vivir"  (5, 14s).

El Dios de Amós es justo, hiriente, exigente, un Dios que no tolera injusticias ni hipocresías, pero al mismo tiempo da siempre esperanzas de que llegarán tiempos mejores (9,11-15).

Pero nadie hace caso del mensaje de Amós. Todos se molestan con sus palabras. Hasta que al final un sacerdote del santuario de Betel lo denuncia ante el rey (7,10) y Amós acaba siendo expulsado del país (7,12-15).

 

Texto para dialogar y meditar: Am 5,1-24 (búsquenme a mí y vivirán)

1. Intentemos hacer una lista de las denuncias que realiza Amós.

2. ¿Por qué fe y justicia están indisolublemente unidos?

3. ¿Por qué no le gusta a Dios el culto que le tributan los injustos?

Terminamos escuchando las promesas de Dios: Am 5,4.14s; 9,8-15.