Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia La viuda de Sarepta

¿Cómo te llamas, mujer, que amasas el pan de la mañana y crees al mensajero que el hijo está vivo?

Meditación a partir de 1Re 17, 7-16:

La viuda de Sarepta

Virginia Raquel Azcuy

Teóloga, Argentina

http://www.sjsocial.org/crt/como.html

 

Promesa para los que ya no tienen nada

¿Qué hacer cuando faltan el rocío y la lluvia? (Re. 17,1) ¿Cómo suavizar la dureza de la tierra y mitigar la agonía de lo creado? Gimen los sembrados. Se agrietan los caminos —acaso, sobre todo, los del alma—. Sequía y hambre injustos que padecen los pueblos, los de abajo, del reverso. ¿Quién se queda con el agua que bendice la historia? ¿Quién se lleva los frutos prometidos en la aurora? Es amargo vivir a la intemperie: sin lugar, sin techo, sin abrigo. Soledad y desarraigo, porque lo tuyo ya no es tuyo. Y te quedaste sin casa, sin amores...

En algún lado, escondido, habrá un torrente (17,3ss). ¡Vamos a buscarlo! ¡Qué no apague la sed nuestra esperanza! En medio del desierto hay una fuente, un hueco de reposo y de refresco. Es verdad que no sabemos cómo, que sólo se encuentra al partir y dejar todo. Pero no siempre elegimos los caminos: la fidelidad está, más bien, en saber seguirlos. ¿Por qué será que los mejores son aquellos no previstos? Lluvias en torrentes, que como pan en migajas, sacian la confianza que nos mueve hasta atravesar las arideces. Rocíos del día y de la noche, que invitan al encuentro... (17,6).

Pan del trabajo, obsequio del corazón pobre

La historia de la viuda de Sarepta (1Re. 17,7-24) es una historia que ilustra la paradoja de la vocación cristiana de dar de lo que no se tiene, ser fecundo desde la propia esterilidad, y todavía más: dar amorosa acogida a partir del propio desamparo. Se dice que es una mujer viuda que recogía leña (17,10). Sus manos no se escapan del trabajo, no interesa la aspereza de la leña. Son las mismas que amasan en la mesa, las que saben del rigor de los inviernos1. Ella deja su casa, está sola para luchar la subsistencia. No sabemos su nombre ni con quien ha dejado al pequeño. Su labor la viene definiendo: Calentar el hogar y aplacar la crudeza de la ausencia. Y si llora el amor que se le ha ido, su nostalgia es canto y es memoria, en sus manos que buscan leña vieja. Ay mujer, si pudiera saber tu nombre, tus vivencias ocultas que se duermen en lo cotidiano del trabajo. ¿Contarás recuerdos a tu niño por las noches? ¿Sabrá él de los mundos conocidos por tus manos, cuando le ofreces el pan de la mañana?... ¿Cómo serán las manos de tantas mujeres solas —viudas o abandonadas— que trabajan para sostener de pie las paredes de su casa? ¿Cuántas de sus lágrimas no serán primicias de rocíos y lluvias nuevas que alientan la esperanza? Señor, tú que ves en lo secreto de los corazones, multiplica el fruto de todos los que trabajan y buscan cada día el sustento que los hace dignos y sencillos.

¿Qué más sabemos? Que esta mujer viuda y trabajadora es llamada a dar de beber y de comer al que está sin sustento (17,10b-11). La escena nos evoca el pasaje del Evangelio en el cual Jesús dice a sus discípulos: tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era extranjero y me acogieron... Mt. 25,35). En Sarepta se anticipa esta enseñanza; en Elías, en el indigente, es Dios quien golpea a la puerta del corazón. Un Dios mendigo, que pide pan y trabajo2. Este Dios vestido de pobre para enriquecernos con su pobreza (2Cor. 8,9). Que clama desde el corazón de los sin techo, sin tierra, sin trabajo, para que los ricos repartan sus bienes y los pobres den, también, desde su pobreza.

En el pasaje del libro de Los Reyes, a diferencia del Evangelio, el tema se presenta más concretizado en las personas y las acciones de Elías y de la viuda. La petición de Elías me recuerda el encuentro de Jesús con la Samaritana, en el que también se pide agua a una mujer (cf. Jn. 4,7). Lo importante parece ser la invitación hecha a la mujer de Sarepta: extender su cuidado femenino al de otra familia y de otra tierra, a quien ahora está desprotegido, sin casa ni comida. Ella que ya se está quedando sin harina (1Re. 17,12) se encuentra con un desconocido que le suplica un poco de agua y de pan. Claro que no es mucho, pero hay que tenerlo y son muchos, muchísimos, los que están privados de este mínimo alimento para sobrevivir. La viuda, sola con su dolor y su miseria, se dispone a preparar el pan que se le pide: se obsequia trabajando, amasa con la harina de su propio corazón, que no se acaba (17,16). Porque sólo el amor no se acaba (1Cor. 13,8). Lo dado es fruto del amor, decisión por la vida del otro, liturgia de la vida: fracción del pan y mesa compartida... Así le gusta a los más pobres, así lo encarnan muchas mujeres que habitan las tierras de la América sureña: con manos laboriosas cumplen los ritos de la lucha cotidiana, mientras sus rodillas conocen los rezos secretos en los templos. Unas callan, pero dan vigor al grito de los hijos. Otras son más bien el rostro del coraje: se atreven, no aflojan, resisten los golpes y sostienen la palabra.

La vida del hijo es un motivo para seguir esperando

Por último, la historia de Sarepta nos hace volver la mirada sobre el hijo de la dueña que muere y es resucitado (1Re. 17,17ss). Según parece este hijo es todo lo que tiene esta pobre viuda y es fácil imaginar que su muerte significa para ella una soledad absoluta, un despojo de lo más suyo. En este sentido, su cuestionamiento a Elías asume un fuerte tono de lamentación: ¿Es que has venido a mí para hacer morir a mi hijo?... (17,18b). En la muerte del hijo están representados otros clamores que sufren las mujeres de nuestros pueblos; pienso en las madres solteras que deben dar sus hijos en adopción por no tener como alimentarlos, o en aquellas que no tienen los recursos para proteger la salud de sus hijos y familiares enfermos. Porque también, muchas veces, el amor que no se acaba tiene que soportar que al acabarse el pan se acabe también la vida.

Pero la resurrección tiene la última palabra y ésta tiene que ver con un modo solidario de entender la vida: el profeta que ha recibido el sustento del pan de manos de la viuda, ahora se dispone a actuar y a pedir la intervención de Dios (17,19ss). Quien se ha sabido hospedado en la casa y en el corazón de otro está llamado a velar por la vida de quien lo ha recibido. Porque ya ha dejado de ser un extraño para pasar a ser un huésped, en cierto modo alguien que forma parte de la casa. Hospitalidad, solidaridad y custodia de la vida, son los nuevos nombres de una Iglesia que quiere caminar con todos los excluidos y darles acogida. Como la mujer de Sarepta, estamos invitados a recibir y alimentar a Cristo en los más necesitados. Como Elías, hombre de Dios, estamos llamados a proclamar ante tantas situaciones de muerte, particularmente las sufridas por las mujeres: ¡Mira, tu hijo vive! (17,23).

1«No se necesita, no se necesita —dice María— tener las manos blandas para ser mujer», canta el Rock Nacional Argentino en la voz de León Gieco.

2Lo mismo que pide una multitud de peregrinos en el Santuario de San Cayetano, en los bordes de la Capital de la ciudad de Buenos Aires.