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PREGUNTA

Simón Pereira
El origen de la vida, especialmente el de los seres humanos, ¿a quién se le atribuye? ¿a Dios, por creación divina, o la evolución de la evolución?

RESPUESTA

El origen de la vida en definitiva está en Dios, que es el SER por excelencia. "YO SOY EL QUE SOY", le dice a Moisés. Es decir: la EXISTENCIA misma, y el fundamento de toda existencia es el SER NECESARIO, cuya EXISTENCIA está en ÉL, y de cuya EXISTENCIA todos dependemos.

Otra cuestión es ¿cómo nos creó Dios? Sobre todo al hombre. La Iglesia, fiel a la Revelación, está en contra del llamado evolucionismo total, o radical, que defiende que todo ser viviente es producto de una evolución ciega o fatal. Pero no está en contra del llamado evolucionismo parcial.

Es decir: no es contrario a la creación de Dios el pensar que no fue necesaria una intervención especial de Dios para cada especie y cada variedad de la misma especie. Dios creó la vida, y es admisible la teoría de que esa vitalidad que infundió en el ser creado, fuera evolucionando con el paso del tiempo, dando origen a otras especies, y a características concretas dentro de cada especie, como sigue ocurriendo en la actualidad debido al clima, tipo de alimentación, cruces, etc. Dios está detrás de cada proceso.

Lo que no es admisible es que esa evolución natural diera como fruto en el tiempo la espiritualidad, la racionalidad, la inteligencia, lo que es el ser humano. De la materia no puede brotar el espíritu.

La espiritualidad no es la simple facultad de pensar, es mucho más. Y esa racionalidad humana es fruto del alma espiritual, principio de vida en el ser humano. Y esa alma espiritual es creación directa de Dios en un cuerpo material, que pudo ser de barro, o pudo ser un primate, ya creado anteriormente por Dios, y utilizado como base para crear el ser humano. Los "monos" actuales no llegan a ser humanos por mucho que se les adiestre.

El ser humano, como tal, sigue evolucionando con el paso del tiempo: somos más perfectos, tenemos más conocimientos, vivimos mejor, etc. Gracias a la inteligencia, fruto del espíritu, que nos permite pensar, amar, decidir, y tener tantos valores humanos y espirituales que no pueden tener los demás animales.

Atentamente

Juan García Inza
ginza@ozu.es