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PREGUNTA

¿Por qué se tiene la creencia que despues de esta vida hay otra en el más allá?

 

RESPUESTA

 

HAY UNA ESPERANZA PARA EL MUNDO. HAY UNA ESPERANZA PARA TI. ¡RESUCITAREMOS!

Todos, un día u otro, tendremos conciencia de que la muerte se ha instalado en el corazón de nuestra vida: las células del cuerpo se rebelan y envejecen, la personalidad se descompone poco a poco. Esto sucede inexorablemente así, si es que la muerte no llega antes, sin previo aviso. Pero de todos modos comenzamos a vivir ya el enigma de la muerte en la desaparición de otras personas que nos rodean (familiares, amigos, conocidos). Estos acontecimientos nos desconciertan. Quisiéramos olvidarlos, pero no es posible. La muerte es una sacudida que pone a prueba la esperanza humana. Ante ella, como en ninguna situación, experimentamos nuestra fragilidad y la rapidez con que pasa la vida: "Los días del hombre duran lo que la hierba, florecen como la flor del campo, que el viento la roza, y ya no existe, su terreno no volverá a verla..." (Sal 102, 15-16).

La muerte es el camino de todos (1 R 2, 2): los hombres y los demás seres vivOs del planeta. Hoy contamos con otra experiencia: en todo lo que tiene forma y estructura se encuentran encadenadas fuerzas enormemente poderosas que el hombre puede utilizar a favor de la vida o, también, para la destrucción de toda forma de vida; una guerra atómica, bacteriológica o química, podría desencadenar la destrucción de toda forma de vida sobre nuestro planeta. Las imágenes apocalípticas han venido a ser una posibilidad sumamente real: "Se conmueven los cimientos de la tierra. La tierra se rompe con estrépito, la tierra se deshace a trozos, la tierra salta hecha pedazos, la tierra vacila como un ebrio y es sacudida como una choza" (Is 24, 18-20).

La muerte es el mayor de los enigmas, la más seria amenaza a las ansias humanas de vivir, el último enemigo (1 Co 15, 26) del hombre: "El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua" (GS 18). La muerte desconcierta, sobrecoge, escandaliza. Frente a ella, de uno u otro modo, el hombre se pregunta: ¿Por qué la muerte? ¿Habrá algo después? ¿Qué será de mí y de los míos?

¿Estamos condenados a muerte o existe para nosotros una esperanza? La muerte pone en cuestión el ser y el sentido de la existencia humana. Si el hombre es, en realidad, un ser para la muerte, bien puede decirse también que es una pasión inútil. Ahora bien, la muerte pone en cuestión también a Dios. Dios es el Señor de la vida y de la muerte y, además, es Amor. El verdadero amor pide eternidad. El amor de Dios no sólo la exige, sino que, eternamente fiel, la da a los suyos. Si la muerte fuese lo más fuerte, o Dios no sería Dios o Dios no sería amor. Es Dios mismo quien ha sembrado en el corazón del hombre un anhelo de inmortalidad.

El israelita piadoso ha intuido en su fe en el Dios de la Alianza, que Dios mantendrá fielmente a los suyos, consigo para siempre: "no dejarás a tu amigo ver la fosa; me librarás de las garras de la muerte, me colmarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha" (Sal 15, 10-11). Dios, comprometido fiel y amorosamente con los suyos para siempre, nos llama sin cesar a la esperanza: "Así dice Yahvé: Reprime tu voz del lloro y tus ojos del llanto, porque... hay esperanza para tu futuro" (Jr 31, 16-17). Llamarnos a la esperanza es una costumbre de Dios. Sus costumbres son eternas. Por eso, desde el principio (Gn 3, 15), la historia de la salvación es una invitación de Dios para que el hombre espere, incluso contra toda esperanza (Rm 4, 18). Dios es la esperanza en persona, como dice el salmista: "Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno, tú me sostenías, siempre he confiado en ti" (Sal 70, 5-6).

Hubo esperanza para Abraham. Esperó lo humanamente inesperable. Dios le había dicho: "...Te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré crecer sin medida" (Gn 17, 5-6). Abraham era ya viejo y su mujer estéril; sin embargo, creyó y esperó en la Palabra de Dios que le prometía una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo (Gn 15, 5). Abraham, "apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: 'Así será tu descendencia'. No vaciló en la fe, aun dándose cuenta de que su cuerpo estaba medio muerto -tenía unos cien años- y estéril el seno de Sara. Ante la promesa no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte en la fe, dando con ello gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual le valió la justificación" (Rm 4, 18-22).

Hubo esperanza para Israel en medio del mar y en las soledades del desierto, donde no había camino: "Así dice el Señor, que abrió camino en el mar, y senda en las aguas impetuosas... Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo" (Is 43, 16-19). Y en medio del destierro, donde no había regreso: "Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares" (Sal 125, 1-2). Era el cumplimiento del anuncio profético: "... Volverán de tierra hostil" (Jr 31, 16).

Hubo esperanza para Jesús: un "tercer día" ante el máximo enigma del hombre, la muerte. En efecto, ha habido un hombre que ha esperado como nadie, allí donde se troncha y desaparece toda esperanza humana. Ese hombre ha sido Jesús. El horizonte de Jesús se había ido cerrando progresivamente: la intriga, la persecución, la calumnia, la condena y, finalmente, la muerte. Todo había caído sobre él. Era una situación sin salida. Jesús lo sabe y así lo dice a sus discípulos en distintas ocasiones: "Desde entonces empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día" (Mt 16, 21).

"... Y al tercer día resucitará" (Mt 17, 23; 20, 19). Jesús confía totalmente en el Padre: por muy honda que sea su caída en el oscuro abismo de la muerte, nada podrá impedir que se manifieste triunfalmente la acción salvadora de Dios. Jesús sabe que de su humillación y de su muerte el Padre sacará la glorificación y la vida. Cambiará su suerte, habrá un tercer día más allá de la muerte, resucitará.

"Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2, 3.6). ¡Cristo ha resucitado! Este es ya el gran acontecimiento. Un muerto, Jesús, condenado y ejecutado por la turbia justicia de los hombres, vive. La resurrección de Cristo significa la ratificación categórica de lo que los justos del Antiguo Testamento habían presentido: Dios no abandona a sus elegidos al poder de la muerte. En Cristo ha desvelado este gran misterio.

Como dice San Pablo, nosotros, porque Cristo ha resucitado, resucitaremos a imagen de Cristo resucitado, como plenitud del cuerpo resucitado de Cristo, del que los bautizados somos miembros: Por eso San Pablo llama a Cristo Resucitado "primicias" (1 Co 15-20) o ".primogénito de entre los muertos" (Col 1, 18). Su resurrección no es el final feliz de un destino meramente individual, sino la anticipación y el modelo de un destino común a todos los suyos. Si el cristiano es el hombre que va asemejándose a Cristo como a su prototipo (Cfr. Rm 8, 29), ese proceso de asimilación no estará completo hasta que, muerto con El, resucite como El. Para representarnos, pues, nuestra resurrección, no tenemos otra referencia que el misterio de la resurrección de Cristo. Sabemos que Cristo una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más y que la muerte no tiene ya dominio sobre él; su vida es un vivir para Dios (Cfr. Rm 6, 8-10). Por eso, resucitaremos a una vida no señalada ya para siempre por el poder y la amenaza de la muerte. Viviremos para Dios.

Según formulaciones de la fe de la Iglesia, "los muertos resucitarán en sus cuerpos"... (Símbolo, Fides Damas¡, DS 72); "con sus propios cuerpos que ahora tienen" (Concilio IV de Letrán, DS 801). La resurrección de los muertos será "la resurrección de la misma carne que ahora tengo" (Profesión de fe impuesta a los Valdenses por Inocencio III, DS 797). La fe cristina no se limita a sostener el hecho de la resurrección, defiende además la identidad corporal del resucitado. Pero no podemos pensarla ingenuamente como una identidad groseramente material, como un retorno de la carne y sangre perecederas. En el fondo, la Iglesia, con su fe en la identidad del cuerpo resucitado, trata de salvaguardar la identidad del hombre resucitado con el hombre de la anterior existencia temporal. El cuerpo, en efecto, es la totalidad de mi persona en tanto me expreso y asomo a lo exterior. La corporeidad de la resurrección será la mía; más aún, será más mía que nunca lo fue en mi vida terrena.

El hombre muestra por su cuerpo lo que él es, en el gesto, en la palabra corporalmente articulable y perceptible. Durante la existencia terrena, esa automanifestación no se logra del todo; es, o puede ser, ambigua, equívoca, bien porque el hombre se enmascara con la mentira o el disimulo, bien porque no ha llegado aún a forjarse un semblante definitivo. Resucitar "con el mismo cuerpo" significará, por tanto, resucitar con un cuerpo propio, que transparente la propia y definitiva mismidad, ya sin posible equívoco: un cuerpo que es más mío que nunca, por cuanto es supremamente comunicativo de mi yo. El cuerpo glorioso ("pneumático", espiritual, 1 Co 15, 44) es el yo irradiando la vida del Espíritu, libre de todo automatismo inconsciente, depositario de una plenitud integral que nace en el núcleo más íntimo de la persona y alcanza y transfigura su corporeidad. Existe una misteriosa continuidad entre nuestra actual corporeidad y la plenitud de nuestra resurrección en Cristo.

La vida del hombre, en su núcleo más general, continúa más allá de la muerte, inmediatamente después de ella, y "previamente" a su resurrección. Por supuesto, dichas determinaciones temporales no corresponden del todo, unívocamente a las de nuestro tiempo terrenal. Por eso puede decir con verdad Jesús al buen ladrón: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23, 43). Y Pablo, por su parte, puede escribir a la comunidad de Corinto: "Preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor" (2 Co 5, 8). Y a los filipenses: "Deseo morir y estar con Cristo" (Flp 1, 23).

La liturgia en uno de los Prefacios de difuntos, lo proclama así: "La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma." La Iglesia ha enseñado al respecto que las almas de los que se mueren en gracia de Dios, si no tienen nada que purgar, están en el cielo viendo la divina esencia con visión intuitiva, cara a cara, inmediatamente después de la muerte "aun antes de la resurrección de sus cuerpos y del juicio universal" (Const. Benedictus Deus de Benedicto XII, DS 1000).

La teología cristiana -y aun el pensamiento popular cristiano- ha tratado de pensar esta pervivencia personal después de la muerte "antes" de la resurrección, desde las creencias religiosas y, también, desde la convicción filosófica de la "inmortalidad del alma". Pero la "inmortalidad del alma" no expresa por sí sola, como creencia de las religiones primitivas ni como pura y simple convicción filosófica, la totalidad del destino final del hombre ni los motivos originales de la fe en la resurrección. La inmortalidad del espíritu humano es contemplada por la fe en el contexto de la resurrección.

El Papa Pablo VI expresa de esta manera en el Credo del Pueblo de Dios la fe de la Iglesia en la vida eterna y en el misterio, ya actual, de la comunión de los santos:

"Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo -tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio como las que son recibidas por Jesús en el paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el buen Ladrón- constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la resurrección en el que estas almas se unirán con sus cuerpos" (CPD 28).

"Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como El es, y participan también, ciertamente, en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza" (CPD 29).

"Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: Pedid y recibiréis. Profesando esta fe y apoyados en esta esperanza, esperemos la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero. Bendito sea Dios, santo, santo. Amén"(CPD 30).

La vida eterna consiste nuclearmente en la visión de Dios, una visión que se inicia ya aquí, de algún modo, por la fe y se alcanza, cuando, muerto el creyente, está y vive con Cristo (Cfr. Lc 23, 43; 2 Co 5, 8; Flp 1, 23; Const. Benedictus Deus de Benedicto XII, DS 1000) y culmina en la resurrección. Así lo que llamamos vida eterna se despliega sustancialmente en dos estadios. El Verbo, que tiene la vida, o mejor que es la vida, se ha encarnado para comunicárnosla (Jn 1, 12-14) a partir del nuevo nacimiento que es el bautismo: "El que cree en mí, tiene -ya ahora- vida eterna" (Jn 3, 36). Pero en el estadio final, la fe se muda en visión: "Cuando se manifieste (Cristo), seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2). "Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce" (1 Co 13, 12).

Este concepto de la visión de Dios como constitutivo nuclear de la vida eterna ha sido entendido, a veces demasiado unilateralmente, en un sentido secamente intelectualista (visión como conocimiento intuitivo de la esencia divina pensada como conocimiento de una cosa, o como una idea representativa de algo). Sin embargo, en el lenguaje oriental, ver al rey, que es el inaccesible, es privilegio exclusivo de sus cortesanos, de los que viven con él, se sientan a su mesa, gozan de su intimidad, reciben sus confidencias... Ver a Dios es conocerlo de tú a tú, inmediatamente; es participar de su vida. La visión aquí es comunicación de vida en el seno de una intimidad amorosa.

El Dios cristiano es un misterio interpersonal. Participar de esta íntima comunión amorosa es impensable sin una cierta connaturalidad u homogeneidad en el ser. La vida eterna será una participación del ser del Dios Hijo, Jesucristo, el "consustancial a nosotros según su humanidad", según definiera el Concilio de Calcedonia. Y mediante el Hijo ("por Cristo"), llegamos a la intimidad con el Padre en el Espíritu. En la vida eterna, aunque Dios sea "todo en todos". (1 Co 15, 28), Cristo sigue siendo, en cierto sentido, nuestro mediador. El, que es ahora nuestra vida (Cfr. Col 3, 4) lo seguirá siendo para siempre. El es "la resurrección y la vida" (Jn 11, 25).

La Resurrección de Jesús ha inaugurado para el mundo entero el amanecer de un nuevo día, el Día de la Resurrección, el "tercer día". El tercer día no es tanto un día solar de calendario, como, sobre todo, el principio que cualifica todo el tiempo nuevo: el tiempo que sigue a la resurrección de Jesús. Cristo ha hecho de la historia humana el tiempo de la esperanza. La muerte no tendrá poder definitivo sobre el hombre y sobre el mundo. Por ello, puede decir Pablo: "La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?" (1 Co 15, 54-55). San Ignacio de Antioquía ha expresado admirablemente ante su propio martirio, la fe cristiana en el amanecer de ese nuevo día que venza la oscuridad de la muerte: "Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, se oculte en Dios, a fin de que en El yo amanezca."

Hay una esperanza para el mundo, una esperanza para el hombre, una esperanza para ti. Nuestra esperanza se llama Cristo Resucitado: "No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 12). Si acoges en tu vida la acción de Cristo Resucitado, ciertamente "hay para ti un mañana y no habrá sido vana tu esperanza" (Cfr. Pr 24, 14). No temas. Son para ti estas ,palabras de Jesús resucitado: "No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos; y tengo las llaves de la Muerte y del Infierno" (Ap 1, 17-18).